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jueves, 20 de enero de 2011

El tren anclado



EL TREN ANCLADO





La industria textil desde antiguo fungió en el Estado de Tlaxcala como una de las mejores opciones en cuestión económica, las haciendas desde antes de la revolución formaban un sistema que implicaba una organización social muy bien estructurada, eran entidades autosuficientes, feudos que todo lo contenían, y en su apogeo llegaron a ser la envidia del burgués europeo; En muchas de las veces la hacienda se abocaba a una producción, se especializaba en una manufactura, o  dominaba en la obtención de alguna materia prima. Fue así como lograron formar el excedente. Había aquellas que se dedicaban a la comercialización del pulque, al mercadeo del maíz, a la venta de ganado y pastura, así como a la elaboración textil; esta última fue la que fructificó de sobre manera en el Estado de Tlaxcala.

Las haciendas que sobresalieron en la industria textil son las de San Manuel, la Trinidad entre otras, ellas aprovechaban el terreno donde se ubicaban: cerca de una corriente de agua ¾para generar electricidad¾ y cerca de las vías del ferrocarril para la transportación tanto de materias primas como de la producción elaborada; después vino la construcción de fabricas de terminado cuyo adelanto era que ya no necesitaban estar forzosamente cerca de las fuentes de agua para hacer su producción puesto que se les subministraba electricidad en el lugar más conveniente y estas prefirieron  estar cerca de la mano de obra y del transporte más rápido, el auto transporte substituyó al ferrocarril para llevar y traer los productos. A donde se comerciaba generalmente era a la capital de la República Mexicana y en menor porcentaje a otros estados del interior. Entre estas Industrias se encuentran la fábrica la Luz,  la fábrica Covadonga, la fábrica Zahuapan entre una docena más de ellas; en esta ocasión quiero hablar de esta última, por ser una de las fábricas que marcó el ritmo de la ciudad capital.

Antes, mucho antes del crecimiento de ciudad capital, cuando sólo había pocas calles pavimentadas, cuando todavía circulaban carretas y burros y los días amanecían en los años sesentas, aquellos tiempos  de añoranza  cuando los empedrados y calles de tierra eran la generalidad y la realidad no tenía empacho en pintarse autóctona, la tosquedad ingenua se   percibía al paso por las calles, en el aroma de las cantinas, de las pulquerías, en las boticas y droguerías, en los comercios distintos de telas, de ferretería y mesones, de hoteles y cines; Había  aún en ese ambiente el sentido de enconchamiento, de cerrazón, de supersticiones, de entidad mezquina que se cuida de lo ajeno, que vive para reconfortar su adentro, su interioridad. La parquedad del ciudadano ladino era más esmerada, los hombres de sombrero y guarache y las mujeres de rebozo se veían por doquier; su provincianismo  era auténtico y sin acomodo. Los castos  atributos de ciudad colonial fueron mermando y eso empezó  a partir de sus ciudadanos, después quedó sólo en recuerdo su arquitectura. La fábrica Zahuapan era el límite de la población y la entrada a la  localidad era por “El Puente Rojo”, ese era el antiguo camino real, eran las casas sólo motas entre los campos de labranza, una aquí y otra hasta allá, tanto por el lado de la colonia “la loma” como por la colonia López Mateos; Eran los tiempos en que la ciudad comenzaba a extenderse y ampliaba su radio de acción que estaba limitado al hoyanco en que fue fundada; el río Zahuapan era una pesadilla en tiempos de lluvia y las enfermedades se señoreaban entre la población más raquítica, la salubridad era muy pobre y los perros rabiosos se presentaban cada verano al igual que las sequías y las tempestades.

La fábrica Zahuapan desde la década de los cuarenta ya marcaba el tiempo en la ciudad con su pitido de ferrocarril anclado, era la industria que marcaba ritmo, el clarín del obrero, llega a nosotros la nostalgia del compás centrífugo de la fábrica Zahuapan; la arquitectura de ésta asomaba el sentido utilitario aunque la curvatura del frente, los jardines y el alto techo nos descubrían algunos gustos por la amplitud y algunos deleites burgueses, aunque la fábrica en sí seguía teniendo las mismas dimensiones. El paso del campesinado al obrerismo se fue dando como un continuo engranaje de la historia, los tiempos de la siembra y la cosecha se fueron intercalando con los tiempos de la producción, con los ciclos del rol de turnos y la espera de la quincena, así mismo, la industria se fue adecuando a las tradiciones, los sindicatos y la religión. Fue el tiempo, el paso de los años la que fue dejando la huella interna de esta fábrica en los ciudadanos, cada residente fue barajando acontecimientos, empeños, relatos, recuerdos, algún vestigio de esta nave; para algunos fue su segunda casa durante muchos años, para otros era el símbolo del industrialismo, el tótem del desarrollo. Para algunos más como yo fue el inamovible elemento de esta ciudad, el engranaje que le daba vida pues fue el elemento que nunca faltó en la infancia, jugamos en su derredor casi como el cuento del ogro y los niños, paseamos por “la cueva del diablo”, nos maravillamos de su maquinaria y su chisguete de vapor, fuimos viendo como crecíamos al unísono sus árboles y sus palmas de abanico. Pero ahora ya se ha ido, la embarcación se hace ahora inalcanzable, el extrañamiento del pitido se dará entre la gente madura y los más viejos. Se avizora un tren distinto en turno, espero que éste que llega no sea un resplandor fugaz, pues el que se fue, dejó una onda huella en la época de Tlaxcala del siglo pasado.