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jueves, 20 de enero de 2011

La central.



LA CENTRAL





Las terminales de autobuses, tienen un simbolismo fuertemente remarcado en nuestra actualidad, a continuación realizaré un boceto de dicha afirmación y una remembranza de los puntos de encuentro y de partida así como una grotesca ironía de nuestra “Central de Autobuses”.

            La historia del hombre narra en los disímiles periodos los distintos sitios en donde se ve envuelto, por un lado esta la casa: sitio de descanso, de intimidad, de resguardo, cavidad donde nos guarecemos de lo externo, lugar de reunión donde comulgamos los afectos con los más allegados, sitio donde se avecinan las parentelas; existe otro sitio simbólico contrario y es el trabajo: Este es el lugar que todos están obligados a ir, es el sitio donde comerciamos la fuerza de trabajo, distrito donde  intercambiamos cosas socialmente, y donde ganamos status, jerarquía y autovaloración; aparte de estos dos sitios simbólicos se encuentra uno más, este es de transferencia, y es la calle, todo aquel espacio abierto que nos sirva para ir de un lugar a otro es de este tipo, este lugar muy distinto a los otros dos tiene la singularidad de que es más jocoso, contiene el tiempo de lo humano, del hombre en los elementos de la naturaleza combinados con los elementos de socialización del individuo, es el sitio por excelencia de la observación, o sea del ver y del dejarse ver.  Pero cosa muy distinta es ser el peatón, el que camina sobre la banqueta y otro es el que cruza las calles en auto, puesto que el auto es una amplificación de la casa o el trabajo, no se tiene contacto con los elementos ni de la naturaleza ni de la socialización, es un ambiente cerrado, pierde el sentido chocarrero,  dentro de él no podemos escuchar  las alharacas de los comerciantes ambulantes, ni los sonidos de los comercios, o una plática de cualquiera que pasa a un lado. Ahora bien; antes de pasar a nuestro principal argumento he de bosquejar un sitio simbólico más que es faltante en este listado y es el sitio de la plaza, con esto entiéndase como cualquier lugar que no es la casa, el trabajo o la calle sino el  territorio donde consumimos el tiempo, terrenos donde se da el ocio, el pasatiempo, donde nos explayamos, nos recreamos y convivimos con gente que tiene nuestros mismos gustos, es el lugar donde actuamos y vemos actuar. Así como los anteriores hay otros sitios como lo sería el sitio donde tributamos nuestra religiosidad y el otro sitio donde conseguimos los bienes para nuestra subsistencia, pero para no extendernos lo dejaré únicamente hasta allí. Uno de los sitios que llama mi atención es “La terminal”  es figurativamente zona de transferencia de recorridos largos, de mucha extensión, de desplazamientos que no pueden realizarse a pie, son lugares-vértice donde  se intercambian personas de centros urbanos distintos. La importancia de estos sitios tiene que ver con sus conexiones, transferencias tanto de cantidad como de calidad y de la extensión que conecta; en este sentido podemos justificar, sin pedir peras al olmo y yéndonos de lo general a lo particular las “Terminales” que conocemos. Una “Terminal” puede tener por transporte: carretas, trenes, autobuses, trasatlánticos, transbordadores, aviones, entre otros; en la actualidad el más generalizado es la de autobuses.

La terminal de autobuses casi no tiene diferenciación substancial con las otras terminales de trasporte, estructuralmente funcionan del mismo modo, pero de lo que quiero hablar es de una en particular o sea de la “Central  Camionera”   que tenemos avecinada. Tlaxcala  inauguró su “Central Camionera” en la década de los setentas, había sido un verdadero logro concentrar a todo el transporte en un solo lugar, recordemos que en esas épocas era una verdadera anarquía el trasporte público; pero, como una ávida solterona, a la central camionera le crecieron las ganas con el tiempo pero decreció en belleza, aunque siga siendo útil ya no hay particular que le interesen sus curvaturas; como un tiovivo hinchado, obeso, se obsesiona como yoyo en seguir dándole cuerda a los camiones; se maneja en ella el método de la sardina: mientras más pasajeros le entren al autobús y con el mismo servicio retrógrado y escaseado, mejor será la ganancia; su tecnología  se quedó igual que desde que fue inaugurada, o sea nula; su indigencia recalcitrante  me hace pensar en la hambruna, en la parquedad de una hamburguesa cenicienta, en un espantajo arquitectónico, o como una costra de ciudad colonial, a veces la he visto como una ostra  que desova famélicas chatarras y autóctonos transportes propios para la infamia. Cuando se circula por ella se sienten las vibras de viejos déspotas disfrutando de su coto, llega a la vista la desidia, la flojedad, su horizonte liliputiense, de entidad que no sabe que la globalización le dará pronto un zarpazo. Pero por fuera no ha de decirse nada, pues es una maravilla de la opulencia, su olor hermosamente afrodisíaco, su frontis nalgudo y su aspereza contundente, vemos el paisaje, los hermosos árboles centenarios ya no están, pero hay ramas de automotores, aquí un tentáculo de taxis tartajosos, allá otro, acullá  un cosmos sardónico de combis y la música sonora, aullante y frente, en los negocios de pollo desfila la vena, vendita como ella sola, el agua ordeñada del drenaje, que como un manantial lozano glorifica al paseante.