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jueves, 20 de enero de 2011

Las nubes de "don Goyo"

LAS NUBES DE “DON GOYO”

 




Pompeya se localizaba a diez kilómetros del Vesubio, volcán que en el año 62 d.C. hizo erupción; aquello según historiadores, arqueólogos y vulcanólogos, a la fecha a tenido unas 70 erupciones. La semejanza entre el Popocatépetl y el Vesubio son muy lejanas tanto en el tiempo como en el espacio, uno está en Italia y el otro en México, tampoco hay mucho parecido entre las ciudades como Pompeya y Herculano, cerca de Nápoles; con  los pueblos de San Nicolás de los Ranchos, y Santiago Xalitzintla cerca de Puebla,  pero los dos tienen que ver con una actividad volcánica

         La majestuosidad del volcán Popocatépetl puede apreciarse desde lejos, es un panorama único, pero también de cerca,  hago memoria al haberlo escalado hace aproximadamente cinco años. Ver las fotos del recuerdo en el borde del cráter y después verlo por la televisión escupiendo lava, piedras candentes, y material incandescente resulta casi cosa de la imaginación, una quimera, como si ese cráter fuera otro,  uno distinto localizado en  sitio remoto.  El momento de ver a un volcán en erupción en vivo es espasmódico, anonadante, le quita a uno el aliento ante el lucimiento de la naturaleza, el poder incontinente de la tierra. Así lo ha de haber captado Plinio el viejo al observar al Vesubio o el Doctor Atl al ver al Paricutin.

 Una erupción es la expresión máxima de que la tierra respira, sigue su curso sin importarle que cosa esté atajando el paso, o bien que le caiga ceniza al coche cuando apenas el día anterior lo habíamos lavado hasta con shampoo. En ocasiones resulta que no nos damos cuenta, estamos metidos en nuestras nimiedades, resolviendo nuestros particulares problemas cotidianos y luego el volcán estalla, hace erupción, algunos dicen: —aparte de todos los problemas que tengo, la renta, los gastos de la casa en fin, a todo eso ¡hay que sumar todavía  la erupción del popo!

Nunca se está del todo preparado para verse sometido uno a las contingencias que la vida nos depara, o que la naturaleza nos prepara, cada cual se enfrenta a esas eventualidades de muy distinto modo y las toma también según sus capacidades de adaptación y confronta ese problema según su manera de ser y de pensar. El volcán Popocatépetl es una eventualidad sin parangón, como lo he descrito líneas arriba, su activación afecta la región central y no es que perturbe sólo a una región de doce kilómetros cuyo eje es el cráter sino a localidades algo alejadas como Tlaxcala o Veracruz. Tal parece que Tlaxcala se está convirtiendo en el sitial predilecto de las nubes de ceniza y en cuanto a Veracruz  pues también, pero hay una diferencia, que las nubes que van a dicho puerto primero pasan por Tlaxcala y de paso dejan su polvito.

Estrenamos siglo  —cosa rara, sin fiestas— y a Tlaxcala le pinta una bonanza en cuanto a progreso y desarrollo en los próximos años; sin embargo, la ceniza del volcán hará que algunos perciban el futuro o bien opaco o legañoso y para otros cristianos será tal vez un miércoles de ceniza permanente; entre otras cosas, no olvidemos que según algunos paleontólogos, los dinosaurios se extinguieron debido a las gruesas capas de ceniza habidas en la atmósfera, tal vez ese echo  se convierta en regla  y así nos deshagamos de algunos dinosaurios metidos en la política. Desde tiempos bíblicos el hombre siempre espera que caigan cosas del cielo, claro, no me refiero a la invariable lluvia de siempre, sino de cosas distintas como el maná o como los billetes de cincuenta pesos que les lanzaban a los tarahumaras para que votaran por el antiguo partido en el poder, Don Goyo lanza una lluvia de ceniza a los tlaxcaltecas, todo para que en los próximos años su agricultura triplique sus ganancias y así nos vaya bien a todos incluso a los poetas sin trabajo o a los escritores sin oficio ni beneficio.

El tema que desarrollo me hace recordar una obra de Sócrates que se llamaba las nubes, esa fue la única obra que realizó y se perdió, no olvidemos que Sócrates realizaba sus indagaciones filosóficas mediante la mayéutica, o sea en dialogo entre preguntas y respuestas. La obra Las nubes  fue el azote de Sócrates puesto que fue calumniado por ella, decían los griegos que era una obra realizada por un hombre que vivía en los nublados o sea  un hombre que andaba siempre en las nubes, haciendo indagaciones raras y preguntándose por cuestiones trascendentales que a muy pocos les importaba, finalmente Sócrates pasa a la posteridad, asegura que el sentido del hombre es precisamente  cuestionarse sobre el todo afirmando que ese es uno de los modos en que el hombre es hombre y se diferencia así de los animales. Actualmente, creo que Sócrates viviendo en Tlaxcala, no le tentaría escribir esa obra del mismo modo; seguramente sus cuestionamientos tenderían más hacia preguntas y tesis sobre: la composición mineral  de la nube de ceniza y sulfitos diseminados, su temperatura calculada en grados y altitudes, la elevación que alcanza desde el cráter hasta arribototota y el viaje trasatlántico que podría tener según suposiciones de chamán o de brujo de Catemaco. Y digo lo anterior sobre Sócrates y su hacer porque recordemos que estamos en plena modernidad y globalización y quien no se acople en su discurso  a lo que es el desarrollo de la ciencia y la técnica, pues andará como loco preguntándose si los ángeles tienen lunares u otras cuestiones metafísicas y  ahora sí, hablando sobre las nubes y por añadidura muerto de hambre así, precisamente, como yo me lo imagino.  

Las nubes de don Goyo son muy poco literarias a menos que nos refiramos  a la novela de Malcolm Lowry Bajo el Volcán o a las peripecias de los españoles que narra Diego Muñoz Camargo para obtener el azufre para hacer la pólvora que se utilizaría en la guerra contra los aztecas o bien otra referencia que por el momento se me olvida, pero no sabemos si esto sea un preámbulo para que los literatos se pongan a escribir sobre “las nubes de don Goyo”.