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martes, 18 de enero de 2011

Postmodernidad y transmisión del saber filosfófico.

IV

POSTMODERNIDAD Y TRANSMISIÓN DEL SABER FILOSÓFICO





Si pudiéramos hacer  un consenso de las prácticas de educación filosófica, para omitir las opciones de cambio, o permanencia de los mismos, de la filosofía;  arriesgo que ese consenso  pediría un cambio, una interpretación filosófica novedosa, revivida; es decir, una reconstrucción de ese discurso.

Para tal reconstrucción de lo filosófico, Vattimo señala esta posibilidad sólo si se tiene el coraje de escuchar con atención los discursos sobre la postmodernidad y sus rasgos más peculiares, y no sólo ver el nihilismo ventilado, los síntomas y denuncias de la decadencia. Pienso que todos estamos enterados del anunciado declive de la modernidad, la puesta en evidencia del fenómeno anterior nuestro, que se legitimaba bajo la progresiva iluminación que se desarrollaba en los procesos de apropiación y reapropiación de los fundamentos u orígenes , y que daba por sentado un orden sea histórico unitario o bien metafísico. Nietzsche en el siglo pasado anunciaba la muerte  de Dios y la crisis del  humanismo se entrecomillaba, pero la historia del hombre daría cabida a que estando muerto Dios, el hombre la pasaría mal; porque si bien es cierto, la idea de tener alguien omnipotente nos mantenía con seguridad, cimentación y legitimidad aunque fuera por lapsus imaginarios, espejismos que sustentaban nuestro hacer. La crisis del humanismo tiene cabida en el ocaso de Occidente, donde el imperativo es la técnica y las actividades son: las científicas, las económicas y de comunicación. Al desaparecer en el trasfondo, el “mito tranquilizador” de la metafísica es como moverse el tapete legal de la realidad, o bien cortar de tajo desde el mismo ombligo el cordón umbilical que cimentaba la racionalidad, donde del ser no queda más nada y se continuase con contenidos residuales y contaminados de sentidos de realidad.

Podríamos pensar como Nietzsche que “el mundo verdadero ha devenido fábula”, y aceptar que “no hay hechos sino interpretaciones”, y que nuestra pócima es “seguir soñando sabiendo que se sueña”; también se podría pensar que después de esto no existe un evento más, que las chances han sido consumadas y que sólo quedan puntos suspensivos. Tal vez se note que la vitalidad de la filosofía está decrépita por los impulsivos escames de la ciencia, pero ¿Qué pasa con los hombres y mujeres que acaban de llegar a la filosofía y esta les presenta un carruaje de ideas dispersas, imposibles de comprender en la realidad. Reflexionando, veremos que la transmisión del saber filosófico tradicional es ineficiente, y por esa causa se le tacha de ineficaz, no es el sentido del progreso a la manera moderna, porque tengamos pendiente de que en educación no hay progreso  ni emancipación. La preocupación que presento gira en torno a la postmodernidad y la transmisión del saber filosófico; antes señalemos como es afectado el universo de la transmisión del saber en las sociedades. Para Lyotard  - entendemos que - la condición del saber “cambia de estatuto al mismo tiempo que las sociedades entran en la edad llamada postmoderna”[1]. Es evidente que los giros y las condiciones a lo largo de la historia del espíritu humano con respecto al saber  han sido diversas, entre ellas, por ejemplo; el saber por el saber, el saber que conduce al espíritu absoluto, el saber para la ciencia, el saber que busca la verdad o imperativos categóricos trascendentales, etcétera. El giro del saber, o cambio de estatuto del cual se refiere Lyotard, se implica en las sociedades de consumo generalizado, en las culturas en gran medida informatizadas con tejidos fuertes de medios de comunicación. ¿Cómo se afecta el saber en este sentido? Lyotard señala que se afecta en dos sentidos, uno es la investigación y el otro es la transmisión; nos ocuparemos, como ya lo hemos dicho, de este último. En gran medida la transformación del saber por las máquinas de información e infraestructuras telemáticas y cibernéticas, tiene ya cabida en la circulación general de los conocimientos, y esto supera la noción que se tiene del usuario con respecto a su enmarcado conocimiento de cierto objeto, esto no quiere decir otra cosa que las capacidades de memoria se exteriorizan y ya no dependen directamente del sujeto, ahora bien, las nociones de conocimiento y saber se equiparan al uso de esas informaciones, a las capacidades del movimiento y aptitudes del usuario para con los bancos de datos; sería demasiado chato decir que ese tipo de sistema substituirá a la transmisión tradicional del saber, más bien, es un reacomodo o reestructuramiento.

¿Qué sentido tiene este reacomodo de la transmisión del saber o cambio de estatuto para las ciencias sociales?  Y ¿para la filosofía? En primera instancia se podría pensar que es el fin para los discursos no rigurosos, ambivalentes, de aquellos que no cuentan con un lenguaje que sea traducible a cantidades de información; o bien podría pensarse también que estos discursos no tienen gran mercado, es decir, que los conocimientos desarrollados en torno a las ciencias humanas se abaratan por la poca demanda de estos discursos en nuestros días, debido al auge que inclina a la técnica, la economía y los medios. Estos dos puntos notarían una afectación que es innegable, pero… ¿es posible pensar en una sustentación más acoplada a las exigencias de la filosofía, el uso de herramientas, métodos pedagógicos computarizados y transmisión del saber con los adelantos de la técnica y la ciencia telemática?

Las transformaciones  tecnológicas son un problema nuevo al interior de la filosofía, ésta, como quien dice, ha perdido su aura de privilegio misterioso, lo cual le envolvía, ahora es saber, área de conocimiento que se transforma en producción, en mercancía  informática; entra al mercado con valores de cambio, aunque su uso se pierda entre los entramados del lenguaje y la representación social; sufre una contaminación como lo llamaría Vattimo, una imposición que Heidegger nombraría como Ge-stell, que sería la aportación de la técnica con su ordenamiento, provocamiento e interpretación de la realidad, ahora ya virtual, pero no olvidando que esto significa centelleo de transición anunciado, del evento del ser.

Es evidente un miedo hacia la técnica, al interior de la filosofía, puesto que si no se está preparado, podría iniciar una arrasadora consumación del filosofar al competir en las memorias, los códigos digitales y archivos; que más que nada  sería un laberinto más del pensamiento metafísico; ahora bien, se podría comportar la filosofía, nostálgica, pero en un país como el nuestro, - asiento mis pies -, de desigualdades contrastantres, avizoro persecuciones de brujas o del último de los mohicanos, la mercantilización es la esencia contemporánea que rige al mundo, las estrategias de competencia permean los entramados sociales, y no es la excepción la filosofía, pues esta es un ápice del saber que se conglomera en los conocimientos e informaciones que legitiman el poder en los estados-naciones.

Entre los compromisos y prioridades para la educación superior en México, está “el de introducir innovaciones  en las prácticas, en los métodos educativos y en la organización académica, rescatando las experiencias de la última década y estableciendo mecanismos efectivos para la comunicación, el intercambio y el desarrollo de las transformaciones cualitativas de la docencia universitaria”[2]; con todo, ¿Cómo es ésta transformación posible en filosofía? De antemano estaríamos de acuerdo con Nietzsche, que el hombre capaz de la filosofía de la mañana, es el hombre de buen temperamento, es decir, aquel que no tiene el “tono regañón y gruñón” de los hombres envejecidos, es el pilar de la filosofía, de lo nuevo; sin olvidar el actual matiz mercantil, la actuación de jugadas y estrategias discursivas, socio-económicas, etcétera. La filosofía tiene las mismas  pasiones que el mundo, y a decir de Hegel, “es la hija de su tiempo”, por eso no es posible negar los tonos actuales que se publican al interior de la transmisión del saber filosófico. En el mismo sentido, podemos entender la imposición del Ge-stell de la técnica, pero tomando reserva a esa imposición y no entregándose por entero a ello, como si fuera un fetiche embriagador, en cambio, como una resignación, podría entenderse la protagonización de la transmisión del saber filosófico, una alianza entre el sistema impuesto, a la vez que un rebasamiento entendido como tamización residual de verdad.

Ya para terminar, Vattimo señala tres caracteres del pensamiento de la postmodernidad en filosofía, que estarían envueltos en la “transmisión del saber” filosófico teorizado por Lyotard. Primero sería el “revivir”, como pensamiento que se anticipa hacia sí mismo, bajo una ética de los bienes; otro carácter es el de la “contaminación”, del cual podremos decir que se refiere a la hermenéutica que mira tanto a su pasado, como a los mensajes que le llegan desde su mundo contemporáneo, y los conocimientos de los mass-media en las sociedades industriales, tratando de conformar una unidad divulgada, abierta, no dogmática, entre estos elementos. Y el último carácter es el “Ge-stell” que traducimos de Vattimo y Vattimo de Heidegger como imposición, provocamiento y orden de la técnica, que equivaldría a torcer esa imposición hacia nuestro evento, es como aceptar  la imposición tecnológica torciéndola hacia chances más convenientes. Este texto no tiene otro significado que poner en evidencia el cáliz que tiene actualmente la filosofía, las labores nuevas de intérprete, de ajustamiento, de montaje de las diversidades, de transmisión de los contextos, de lugar de reunión, de ensamble de los discursos, de legitimación de las esperanzas, de recicladora de recursos discursivos en la cotidianidad, en la ciencia, en las jugadas que se gasifican en el entorno, etcétera. Sabemos que existe el terrorismo que reprime y menosprecia a la filosofía; la “chance” que vislumbro es implicar los anteriores conceptos y abrir el paso al evento en la transmisión del saber filosófico.

Tal pareciera que no tiene gran significado el establecer una concepción filosófica para el papel de las Universidades en las estructuras sociales; pero tal vez por eso se pierde sentido y dirección a los horizontes posibles de una misión social de la educación superior. Uno de los posibles pasos para dar cabida a una interpretación nueva del que hacer y labor de las instituciones universitarias, es la aplicación de teorías filosóficas actuales que se centran en la educación; una de ellas es con respecto a la postmodernidad. Según los filósofos postmodernos existe un cambio de status del saber, afectado por las sociedades industriales, cuya cultura  tiene matices significantes desde los mass-media, el consumo generalizado y ordenamiento macroeconómico de los estados-naciones; la comercialización del saber, el costo de la información y las nuevas infraestructuras telemáticas, informáticas, es decir, computacionales hacen un giro que modifica los esquemas, y que algunos de ellos se caducan sólos. Ahora se tiene que pensar que el saber, es decir, la transmisión del saber y hablo de educación superior, se transforma en producción, en institución con mercancía informacional o formadora de cuadros que poco a poco  van requiriendo proporcionalmente el sistema social. Ahora bien, desde este contexto social en donde se reside ¿Cuál es el papel social de las universidades en las estructuras sociales? Y junto a esta pregunta, una más: ¿Cuál es el carácter nuevo, sin olvidar los estatutos sustentantes del servicio social en educación superior, teniendo en cuenta la realidad actual?

Podemos afirmar que paulatinamente a lo largo de la historia, el sentido de las instituciones dedicadas a la transmisión del saber ha cambiado; dos de ellas son: el saber por el saber, y el saber para la ciencia; y existen otras tantas que no se  subrayarán, pero en nuestro mundo, en nuestra realidad, aquello que está allá afuera, nos orienta hacia imperativos, exigencias de las entidades del sistema; es decir, las instituciones de educación superior son acoplamientos del sistema, se injertan  ensamblándose en las estructuras de los estados-naciones, en esa relación se aplican exigencias mutuas, la una, forma las mejoras de las actuaciones del sistema, es decir, la educación superior; la otra, ordena las reglas y legitima el hacer en educación superior; es así que podemos afirmar que hay un lazo de colaboración entre éstas  dos entidades.

El capitalismo tardío de nuestra época, la industrialización desincronizada, la rapidez de las tecnologías, los medios masivos de comunicación, la política de contextos paradigmáticos que se protagonizan actualmente y la globalización de megamercados económico-comerciales a nivel continental, no nos permite en pleno, tener una visión de conjunto. Pero sí vislumbrar la transformación de la educación superior; su meta y papel según el filósofo postmoderno Jean Francois Lyotard, es mejorar las actuaciones del sistema, a esto se le llama “performatividad”[3], que afecta comparativamente los intereses y los deseos, inclinados más al deseo de enriquecimiento que al del saber, por el hecho de que el saber se convierte en conocimiento con valor de cambio y mercadeo; la oferta y la demanda se rentan como conceptos ampliamente válidos de la “performatividad” pero tomando en cuenta que la enseñanza superior permitirá continuar proporcionando al sistema social, las competencias correspondientes a sus propias exigencias.

El desplazamiento de las competencias para inyectarse al sistema se da en diversas ramas caracterizadas por la reproducción de la “intelligentsia profesional” y la “intelligentsia técnica” y los nuevos destinatarios; esto es lo que produce la educación superior, inclinada la balanza a la transmisión del saber más que a la investigación.

La educación superior no es solamente los lugares donde se transmiten los conocimientos, técnicas y modos de ser y hacer, sino también entidades sociales, foros de permanencia  y madurez para futuras actuaciones dentro del sistema  de competencias y promociones; y aquí un paréntesis para poner en evidencia la exigencia actual de la educación permanente y el reciclaje de los átomos sociales. Es de hecho que la educación superior sirve como tejido de adquisiciones de información, tips, lenguajes y juegos de lenguajes; aporta las normas de las jugadas creadas en la “performatividad”.

El servicio social creado en la educación superior es el preámbulo a la actividad profesional en la sociedad; dentro de él les permitirán a los sujetos ampliar el horizonte de su vida articulando su experiencia, la técnica, teórica y ética; asegurando que aquellos que tengan mayores jugadas de los lenguajes, las aptitudes de competencia y actitudes desarrolladas de decisión y seriedad, serán activos inmediatamente a su promoción en la sociedad. A lo dicho, es claro que el injerto  de esta nueva posición con los estatutos sustentantes del servicio social en los acuerdos de Tepic, de la Anuies en 1972, y también de las “prioridades y compromisos para la educación superior en México (1991-1994); la Coordinación Nacional Para La Planeación De La Educación Superior (CONPES) de la Anuies acordaron que: “habrá que introducir innovaciones en las prácticas, en los métodos educativos y en la organización académica, rescatando las experiencias de la última década y estableciendo mecanismos efectivos para la comunicación, el intercambio y el desarrollo de las transformaciones cualitativas de la docencia universitaria” y esta cita para subrayar la importancia que  tiene la aplicación de teorías filosóficas para sustentar el papel de la educación superior, el problema que entre todo esto nos ocupa es el servicio social.

El servicio social cumple funciones de prólogo al que hacer profesional, se tratará de forjar una experiencia en los nudos y circuitos de comunicación de los juegos de lenguaje y técnicas de mayor praxis en la formación del sujeto educado; es de hecho, y retomando a los filósofos postmodernos, que el servicio social sirve a la “performatividad” del sistema, puesto que  ejercitar en un prólogo o preámbulo de servicio implica mejorar las actuaciones del conjunto y así acomodar en el sistema, las nuevas fuerzas de trabajo. Las actividades de un prestador de servicio social no terminan en sus 600 horas aproximadas, sino cuando le llega su promoción y puede insertarse en actividad en la sociedad. Tal pareciera, a partir de lo dicho anteriormente que el método es perfecto y lo que sigue es conducirnos por él; pero sabemos que hay ruidos, mecanismos desincronizados, contaminación, burocratización. El desorden en la función y la estructura es evidente, esto no quiere decir que  tengamos que derrumbar, al contrario, se tratará de limar, es un reacomodo y reacondicionamiento del sentido que tenga en la sociedad

Uno de los problemas del servicio social es la burocratización, la burocracia es uno de los contaminantes que afectan el servicio social; es decir, la burocracia donde navega el prestador del servicio social, merma las capacidades de entrega y aportación en su entorno cultural y social, para más la burocratización es el límite del servicio social puesto que los agentes involucrados frenan los intereses y la creatividad; pasando a segundo término esto último y entregándose a los fetiches del papeleo, los sellos y normas sobradas  de institucionalidad; este enviciamiento nos conduce a una grave enfermedad al no permitir las mejoras del conjunto, es decir, de la performatividad de la sociedad se cae en el terrorismo social, al no aportar sus mejores cuadros a la sociedad la educación superior por su burocracia en el servicio social. El servicio social sirve como antros de próximos desempleados a lo dicho como salas anteriores al desempleo; de este modo se da la fuga de las capacidades del prestador, la experiencia y la aplicación teórico-metodológica se evapora.


[1] Lyotard Jean- Francois La Condición Postmoderna Informe Sobre el Saber  Traducción de Mariano Antonin Rato, primera edición México, 1990, Editorial REI, México pagina 13. ,119pp.
[2] Propuestas en los acuerdos de Tepic de 1972 Asociación De Universidades E Institutos De Enseñanza Superior (ANUIES) TEPIC, Nayarit, Octubre de 1972.
[3] Véase el capítulo 11 y 12 de Lyotard Jean- Francois La Condición Postmoderna Informe Sobre El Saber  Traducción de Mariano Antonin Rato, primera edición, México, 1990, Editorial REI, México, 119pp