Translate

viernes, 25 de noviembre de 2011

ideas reverberantes



Sembradío de Elucubraciones

Edgar Sánchez Quintana

M
e gustaría volverme a enredar pero no puedo, poco a poco voy extendiéndome en esta existencia rala, el secuestro de mi mismo se hace evidente, algún día lejano me he de encontrar de nuevo conmigo mismo. Cuantos de ustedes me han visto en el torbellino, en la cosmovisión  nano, en la academia de la desdicha que viste como una democracia  haciendo las poses de lagarto; y los imbéciles están creídos en que tal alharaquiento les arroja al caudal; pero pobres ilusos que la carcoma de la insatisfacción les cunde como polvorín de guerra fertilizable. La ocupación en la intemperie pulió mi paisanismo. Ahora, ha como dé lugar, ando buscando una veintena de oprobios para que como obstáculos me hagan tropezar en el camino. Voy a encomendarme a dioses que resisten tal cantidad insoportable de blasfemias, que puedan con mi obtusa insistencia,  y este lacerante tóxico de verbos tartajosos. Por fin he vuelto a recuperar mi anciana mirada, aun tiene ese brillo del viejo socarrón que aún le quedan ganas de corretear a las niñas y beber sus humedeces.

Ahora estoy regocijado, tengo horror al zangoloteo en boga, lo mejor para mi en este momento sería recogerme, completamente bautizado sobre las damas. No me  reparto pues, retomo los caminos que me han avecindado donde he cargado con mis desvaríos y he  echado raíces de ansiedad como un fardo; desde la edad de la sazón, cuando inicie por cocinar las tortas, el pozole; y que hizo inclinarme al ciclo, que me calienta, me precipita, me remolca.

Me llegó por fin la última inocencia y la última desvergüenza. Lo dicho era llevar al mundo mis repugnancias y mis traiciones. ¡Vamos! el hastío, la espera, el desierto y la blasfemia. ¿Qué mentira debo sostener? ¿A quién entregarme? ¿Sobre que tribu caminar? ¿A que bárbaro servir? ¿A que dibujo santo atacar? ¿Qué corazones estimularé?  Cuidarse, más bien de la democracia de simulación y será la vida dura, en el surco, en los sitios huecos llenos de ocho horas, pues eso es el simple embrutecimiento, acrecentar la brutalidad, con el ojo marchito, y la tapa del ataúd lista para traslaparse con las lajas. Así nada de peligros, ni de ocaso: el terror me acompaña en este destino. ¡Ah! Me encuentro tan abandonado que ofrezco a cualquier poderoso perfil mis impulsos hacia la perfección. ¡Oh mi virtud, Oh mi caridad maravillosa depositada aquí en la tierra con profunda  modorra!

Cuando aún era muy niño, admiraba al párroco de la iglesia que consagraba siempre las hostias y hacia  abrir las puertas de la sacristía para que entraran pequeños como yo para ser violados y ultrajados por esas sotanas tan santas para las santurronas; visitaba los albergues y los internados que él había santificado con su figura, incluso lo seguía hasta la montaña a escuchar esos sermones vaporosos, cuando arreciaba la ventisca; veía  con su idea el cielo azul y las floridas prácticas de provincia; mis testigos y sufrientes amigos decían que el silencio era un buen consejero, por aquel entonces escudriñaba tal fatalidad en ciudad-pueblo, que despedaza inocencias con mustio empacho. Él, como único juez de su gloria y de su razón, sigue fecundizando picardías a los estrenados camaradas hasta que el señor lo llame a su santa gloria y lo tendrá sentado muy cerca de él y su reino no tendrá fin.

En los campamentos, durante noches inclementes, sin techo,  sin equipo de supervivencia, sin esperanza de encontrar el camino, una voz marchita exhalaba mi nombre desde la arboleda, mi corazón coagulado por la modorra, inició su avance con un pequeño sobresalto. A la mañana siguiente tenía una mirada tan extraviada y un semblante tan muerto que aquellos que hallé tal vez no me hayan visto.

En la ciudad el smog se me aparecía súbitamente gris y negro, como un hoyanco donde se están quemando los frijoles. ¡Cual un infortunio de cocinero! Buena suerte –pronunciaba- y veía un mar de llamas y humo en el cielo; y, a izquierda, a derecha, todas las gramíneas lanzándose hacia el cielo: ayocotes, alverjones, alubias y las riquezas saliendo después de ser comidas, todas ellas flameando como un millar de relámpagos desde nalgas paradas como catapultas hostiles. Y yo apuntaba hacia el norte para clamar venganza.

Pero la orgía y el burkake  me estaban prohibidas. También las niñas frescas y castas. ¡Ni siquiera un compañero! Me veía ante una multitud sulfurada ante un par de policías listos para lincharlos y ellos llorando su desgracia de que todos nosotros no pudimos comprender, que eran unos inocentes, eran víctimas propiciatorias ¡y no pudiendo haber perdonado prendían la pira con ramas de pirul y eucalipto para que al quemar la carne ardieran también los ojos impúdicos!—¡Cómo es eso!—Hubo un equivoco al dejarme crecer hasta lo que soy ahora, porque nunca entendieron que debían de cortar la cizaña antes de que se extendiera por todo el terreno, y ahora sabrán que jamás pertenecí a este municipio pedorro; nunca he sido creyente; pertenezco a una estirpe que ha desaparecido y cuya gracia es cantar caminando entre los precipicios y el vacío; carezco de decencia, vomito insolencias a los más venerados, soy una bestia.

Sí, tengo los ojos cerrados a toda luz. Soy un bárbaro, Pero sin remedio, no puedo ser condenado, porque nadie está por encima de mí. En este caserío se respira la fiebre del cáncer más purulento; por sobre las casas escurriendo como gustosa baba, las enredaderas en plena primavera. Los ancianos cuando llegan estos tiempos se creen cada vez más prudentes o más respetables y muy pocos reclaman que los tuesten amarrados en las azoteas. Lo más lúcido es renunciar a este distrito, donde ronda hasta por dentro de mí los enloquecimientos de esa manada de secuestrados pusilánimes. ¡Sed, hambre, ganas de cagar, de echarse una miada en el sitio más inapropiado!

¡Ah! No lo había sospechado pero, he recibido el golpe de la desgracia en plena temporada de lluvias, ¿Qué acaso esa desventura no sabía que tengo goteras en mi casa? ¡Vaya desventura de lo más inoportuna! ¡Me he conocido! –Basta de diccionarios— Sepulto a los vivos en mi estela. ¡Soltemos los gritos a la callada sombra! Ni siquiera vislumbro el lapso maravilloso donde desgranamos fuetazos en sus espaldas, serán agraciados con esa mi bendición, se tirarán en las banquetas para buscar mi bautismo.

Este viento, viento pájaro de murmullos en farra, como adolescentes rumbo a la feria; viento cruzado, de izquierda a derecha, topándose con las cosas cual muchedumbre con vocación al caos, son aires que se parten la madre y se tuercen hasta verse el culo unos a otros, son objetos que no se ven pero que si se mueven y se entrometen en cualquier rendija, estruja los árboles, encabrita las nubes abucheadas por estos y por aquellos lados. Corriente afrodisíaca que pasa por los calzones colgados en el tendedero, que excita las antenas, flujo aternurado que me hace entrar en la cama y dormir con el rorro de las hojas del árbol cercano, rostro vacío, diversidad sin morfología en faena,  feligrés en peregrinación. Ente despeinador, cegador, creador de mugre,  brioso erosionador de los montes exangües, cafre del cielo, conjurador  letal y vanidoso de los pronósticos del tiempo.

Desde ayer ando Fantocheando mis artículos periodísticos, burlándome de ellos, incitando a que duerman su historia, quiero mandarlos a santiguarse frente a mi espejo y que me mienten la madre, pues vulgares, del montón, adobados con  jactancias en el sobaco no me sirven de nada pues les falta que suden y que se fajen de la cintura.

Resulté ser un aprendiz del eco político, me aventajan otros con gran desfachatez y lisonjería, pero a estos otros insultables apóstoles  de cutis de casaca, por estos, no doy nada. Los políticos y su enorme sabiduría: ¡patrimonio de la humanidad! Ellos lo saben, la inteligencia se les descobija como gargajo artesanal, son narcisos a la intemperie, presuponiendo que son fastuosos en su beldad; su cabeza  resulta ser un musgo encopetado y socavado por un liliputiense espíritu que quiere huirles nomás por traición afanosa.  Cuanto daría por un Dios de tales virtudes, para así dejar de preocuparme en ganarme el paraíso pues con ellos puedo conseguirlo con amparo de una manzana mordida.

Calles hormigueantes, banquetas atestadas de sueños donde circulan sombras de los transeúntes, las ocultaciones  de la realidad van de aquí para allá, como savia de árbol, el smog dormitando entre tanta agitación, su brumosidad va decorando esta modernidad de ciudad colonial; es una niebla amarillenta y sucia, como inundando todo  de bióxido de carbono. Mi alma va discutiendo cansadamente conmigo sobre este ambiente de pesados nervios; allí están los viejos barrios inundados de años, chorreando décadas, apareciendo en las esquinas las historias más enflaquecidas de invención pero regordetas de realidad, por aquel lado está el espinazo de la ciudad: es decir las colonias populares, de clase media, zonas habitables para el obrero, los empleados de mostrador, las enfermeras y maestros. Allá los rostros arquitectónicos de los antiguos aposentos de los colonialistas, con altos muros, prendidas a una significación permanente de nuestro liliputiense espíritu conquistado y ahora preparamos el centro de la ciudad y sus aledañas cuadras a que se asemejen a la misma idea rejega, el similar asomo de casas de mayoral  como si toda la ciudad fuera de la misma condición. Por acullá la yuxtaposición mostrenca: modernidad-identidad (de político analfabeta) de cuya conjunción no logramos mas que engendros, diseños corcovados e identidades infusivas y de charada. ¡Festejemos tales resoluciones ordeñadas! Necesito de una tolerancia inteligente para seguir discurriendo el verbo, para continuar con este paseo discursivo. Mi alma hace de tal realidad un reflejo harapiento en rasgos tartajosos pues tose lo que puede y a veces lo que no debiera. He visto como se entusiasma de apetito nuestro futuro, pues buscamos sin lapso alguno nuestra modernidad emparejada, pero lo que nos chicotea de esa maroma son sombras chinescas, muecas de una realidad dosificada de abismos, veo a mi tribu como una entidad haciendo peripecias imberbes, como horda de chamacos con juguete nuevo y ese juguete lustroso se llama modernidad y yo la veo bofa, ávida y nerviosa, como con falta de fundamento, tal cual una ñoña virgen frenética por sus ganas y mi satisfacción placebo ante tal escudriñamiento es echarme a dormir como un santo marrano, babear la almohada, pedorrearme entre las cobijas y  así ser feliz soñando que mi avecinado futuro sea cada vez más moderno y mientras más moderno tendré esa tolerancia eucarística  propia de los mártires  por mi sumisión autóctona.

Tengo en mi piel un error específico, el resbalón de ser inexistente. En que motivos radica la certeza de existir si yo no soy, pero el verbo tuerce la intención aseverada porque no somos, pero solo en parte, solo en algunos mundos, solo en ámbitos errabundos, esferas esquivas, planos diáfanos; la consecuencia plena de inexistencia  es independencia, y tal vez libertinaje ¿quién como yo puede rendirle cuentas al silencio y el silencio acepta las más insospechadas elucubraciones? ¿De qué modo es posible sembrar  desgarradoras y ponzoñosas palabras si no es con una estela brillante de prohibiciones?

Que horizonte más llamativo, el de las espesas nubes sanguinolentas, esa lontananza  que llama a una observancia inquisidora o a una pereza catatónica; me sobo los pies mientras admiro el tenue semblante dispendioso de anaranjados, carmesíes y blancos, grisáceos allá por la izquierda justo donde se transpira el húmedo ambiente y el zangoloteo infame del chubasco.

Ante los secuestros contundentes de la conciencia, me presto a la disposición de una violencia de alto octanaje en los adjetivos, ya que la playa carnavalesca de actualidad, hace boicot a todo pensamiento que trata de formarse, he aquí a un habitante de este lastimado destino, henos yendo hacia el dedo de tales vértigos, a la boca de donde sale la tierra de los desposeídos; y el viento me entra por la encrucijada tecnología ínfima. Hablo con una lengua rasposa y reveladora, pues las rocas que me hacen tropezar crecen como hongos de muerte. Sí, es una lengua eclipsada, rota, que habla en  lenguas, lenguas excluidas, primigenias, despavoridas  del presente, por eso se desfonda la voz como objeción mortificada, como una hermosa contestación insolente.

Los días se suicidan uno tras otro y nadie guarda un poco de sapiencia aunque sea indígena para poder distribuir talismanes protectores de la conciencia. Ni yo mismo ando buscando el infinito porque en mí ya está instalado, las costras imperecederas apenas si se asoman y es la caspa en mi frente. ¡Silencio! ¿Qué no se dan cuenta como su cuerpo hecho pedazos va haciendo sonidos a jirones, a roncos gemidos, a tintineos de huesos secos? ¿Qué no les basta con tararear cualquier bobada  para distraer el espíritu y vaciar la conciencia? ¿Qué acaso no son ya demasiado desgraciados como para exaltar aún más su desventura? ¡Vayan y escóndanse en la negrura que ya acecha, la que se puede ordeñar en los sitios donde hormiguean las masas! Vayan en una mañana frágil a esconderse de los últimos sueños de las conciencias agudas, y no salgan de su escondite, porque puede llegar el temblor, el cisma, la muerte que se ha quedado dormida dentro de ustedes. Más valdría romperles el cráneo como nuez y desmembrarles la muerte, su muerte instalada, emplazada a su futuro evasivo y untuoso. ¡Ya vieron como les crece su muerte y al mismo tiempo empequeñece su vida! Como me gustaría que esa muerte ya tan cercana les pusiera el culo en la cara y respiraran esa hediondez en su último respiro. ¡Basta!, ¡Ya basta! ¡Basta de sus murmuraciones afanadas, dispendiosas, longevas! Pues yo seguiré con este lacerante tóxico de verbos tartajosos, pues la anciana mirada se ha vuelto a recuperar y el viejo socarrón prodigo de irreverencias, escucha su pulso y lo atraviesa insumiso. Esta mirada que traigo hace más fría la escarcha que se ve por los caminos, las imágenes del emparrado y los jardines florecientes han quedado solo en desesperanza, mi observancia inquisidora los torna aún más esqueléticos y desabridos. ¡Ho! ¡La mirada de azufre! ¡El hedor maravilloso de los infiernos!

Me entra por la boca una violencia explosiva, los poros se pedorrean de gusto y un escalofrío mastica el cuerpo. Un pesar hostil viene del mundo, se posan a mí alrededor las angustias de esta tribu pobremente humana. Bebamos pues la tímida luz que emana de ese universo, el alma que tuve algún día se me fue escapando como efluvio maldito, hasta que el último pedazo se echo a correr a unos montes que hay por aquí cerca; que hermoso es no sentir el alma en el cuerpo, percibir el dios del abismo, labrar en sus interiores colmenares de crucigramas, infinitos  jeroglíficos y escuchar un eco bien sonoro, rotundamente armonioso. Ahora sabrán porque mi humanismo se ha quedado callado, no poseo más que fluorescencias amargas, centelleos recónditos, pulsos ahogados. ¡Al alma que se la cargue la chingada! ¡Maldita! ¡Mil veces maldita! Puta barata, ve y corretea en los montes, coge, ve a que te chingue toda la tropa, lúcete bailando tubo ante la caterva; consume todo placer sexual, metete miembros en cualquier agujero de tu cuerpo, hasta que tu voz salga perdida también aullando por montes aún más lejanos. Ese plañidero son, a otros lados, que beba de las atmósferas más ácidas, que comulgue con las miserias terrenas; Que avizore los sitios más desolados, purgatorios infames, zonas  hecatombes. Ya estarás después sobándote las llagas, presumiendo cicatrices, luciendo las marcas de la vida. ¿Ya dedujeron  como me he quedado desprovisto del último testigo incómodo? La última secretaria, el informador  que sostenía con sus leyes los prejuicios, aquél que metía los frenos y suavizaba mis blasfemias. Gemidos, el dolor como pasto. El rumiar de los nervios pellizcados. La rompedera de cuerpos, el gimoteo como una rapsodia ecuménica. Pues eso no lo contenía el alma sino el organismo nuestro, la carne, todo aquello que esta contenido en la piel ¡El sufrimiento nos llevará al éxtasis! Y para los ascendientes a la catarsis. Todos a comulgar de esto en cada verano, Es la religión cuya base es la expresión del cuerpo. Arte corpóreo, filosofía corporal. Paraíso terrenal.

       Nunca Tlaxcala tuvo tantas magnitudes como las que nombro, jamás tuvo una estrella que resplandeciera de igual modo. En ningún tiempo de estas tierras había caído una semilla de tales proporciones. Mi longitud llega hasta el cielo y la aurora anda conmigo con mucho cuidado, pues los ojos de tigre son mariposas y las mariposas han sido crisálidas y he venido deviniendo hasta ser este tlaxcalteca encallecido y añejo; la eternidad  se fue fraguando en mi sobaco, he ido pudriendo el paisanismo hasta hacerlo rancio y aéreo; ¡Ah! ¡Jamás he sido tan peligroso como hasta ahora! Aquí voy Tlaxcala con un sonar de tambores rumbo a la guerra. Estoy preparado para sembrar la insurrección. ¡Ya detona mi pendenciera mirada en lontananza! Poco a poco cantarán sus lágrimas y naufragarán estas por sus cuerpos inexpresivos y ñoños. Tlaxcala, pon escarpados a mi paso, forma veneros de plomo hirviente, construye descampados floreados de púas y naturaleza de la más venenosa a mi senda; para que sienta el dolor, la inquisición que me desprecia. Y así afirmar que soy cuerpo; si, cuerpo apenas figurado, entidad apenas nombrable. ¡Tlaxcala nunca conoció desde sus entrañas el crujir de miembros, los dilatados órganos! Ha  parido un engendro, por su garganta ha volcado un espécimen con la piel cual pétalo de rosas  y una mirada hipnótica, ¡Vean su joven estructura atlética! A ver muchachas, chúpenle su conejo, extasíense admirando y sobando sus nalgas, mastúrbense imaginando su cuerpo viril poseyéndolas. ¡Tlaxcala por fin ha parido algo!

       Traigo en el entrecejo un odio transpirado por culpa de fúnebres años que vistieron las ciudades mezquinas del norte, en el momento que lo supe, la sudoración hizo crujir los testículos entre mis piernas; era para mí una objeción inobjetable, pero también penitente, mi amenaza inquisidora era un polvito en el viento, sólo una desesperanza humana. La tirria por las ciudades mezquinas del norte llegaba hasta el orgasmo, estaba lo suficientemente curtida que llegaba a la simpatía. El camino me lleva a ellas, hasta los panteones para abrir las tumbas y sacar a sus muertos, hacer primero una ofensa inmaculada y lúcida, luego afirmar por un lado que sus muertos fueron mejores que los seres que están vivos y por el otro reafirmar sus muertes porque esa era una de sus mejores opciones. En el fondo de cada una de sus tumbas se ve su purgatorio: el espejo de falsedades, el servilismo abrasador, su insignificante permanencia, su famélica y desnutrida vida de virtudes y su sencillez pigmea. ¡Que acaso nadie ha vislumbrado siquiera un poco la sumisión autóctona que les llegó desde su infancia, desde cuando dio inicio su historia! ¿Qué va a ser de nosotros si ellos abandonan su modernismo aplastante y su moralidad oblicua? ¡Vamos a danzar al derredor de sus cadalsos, matémoslos aún más! ¡Festejemos la amanecida de un día nuevo e ilimitado! Los cerros les caerán encima, van ha ser aplastados por el rinoceronte y el continente del cielo; después nos lavaremos la cara con agua fresca de Yucatán y nos haremos aire tendidos en una hamaca, para luego frotarnos las manos y reírnos de la jugada.

       Sin poderlo remediar, me he tragado el horizonte con todo y peñascos, eso me ha ayudado a transparentar un pensamiento de observancia muda, artística, autística, meditabunda; ahora yo soy un horizonte con peñascos, volcado a ser de ahora en adelante un faro que guía hacia las tinieblas, soy la invitación para caminar hacia la nada, todos a tomar un triste andar, deberán entrar en mis esencias  que yo los haré crujir en mis entrañas, sabrán entonces porqué el día se atraviesa en mi garganta, yo lo gorgoreo y se convierte en naufrago, ¡todos estarán pastando en mis humores!

   Me queda por festejar una ignorancia invencible pues los mexicanos tienen en el conocimiento de las cosas una indiferencia estudiada; vamos a bailar con nuestro embrutecimiento, gocemos esta anestesia permanente de la barbarie, a vitorear  esa desgana por el  logos, la gracia permanente  de las tinieblas. A gozar todos, el hecho de que a nadie le importa la sapiencia pues es posible que eso sea una entidad caduca, fuera de tono, o arcaísmo hueco. ¡Esto se llama un boicot al pensamiento! ¡El terrorismo al intelecto!

Ya no recuerdo que insulto me falta por hacer, ni a quien dirigir mis penosas injurias. Más bastaría con hacer escarnios a cualquier penitente descuidado, o en guardia; y así completar mi industria venenosa, más estas peripecias facciosas provocan indiferencias encallecidas, untuosas, despreocupadas. ¡Que parecen flores lúcidas lanzadas a una concavidad sin tiempo y sin destino!

Ante un esplendor globoso a muerte me dejo conducir hacia la adversidad de los destinos, adquiridos más por cosecha que por predestinaciones. Cuantos de ustedes cosechan en sus vidas ninguna otra cosa más que futilidades, si tan sólo dejaran que el dolor llegara  a ustedes y no lo trataran de evitar, si tan sólo se enfrentaran contra toda adversidad para poder crecer.

Voy a fructificar el egoísmo pues la parroquia actual de cotorras me encamina a divertirme a solas ¿Qué me importa el destino de esas sombras? Como hago para que se encuentren lejos, mientras yo busco en este mi paraíso de las negruras: los silencios, el retiro del bullicio, la genialidad del ser aparte, la voz del estrafalario profeta  fuera de onda. Como le haré para que mi narcisismo goce de estas letras y nadie más que él disfrute de esos jugos. ¡Estas letras no las merece nadie más que yo mismo! Y ahora recapitulo mi destino decadente, la ingratitud que se luce en mí plenamente humana, tal cual es en cada uno de tantos y tantos individuos que circulan en las calles y en las múltiples ciudades. Pues he nacido para comerme a mí mismo, a conocerme a mí mismo, a devorar mis propias heces, a eructar hacia adentro, a reírme de mí mismo, a conocerme viviendo y viendo como voy conociéndome ¡Que lejos estaba de saber que yo mismo era mi propio horizonte! Que intensidad el voltear la mirada al horizonte que somos nosotros mismos en una reflexión extendida a la superficie humana, a todo aquello  que ennegrece, peca, ancla, corrompe, diezma nuestro sino.

   Como gozo acicalándome en sus ropas en este pueblucho lleno de santurronería y melaza moral, en ningún sitio mejor de este continente estaría más consagrado mi ocultamiento más que este drenaje de humanidad. Es un honor para ellos tenerme a su sombra aunque ellos no lo sepan, lo malo es que a lo mejor me ensucian de su indecencia congelada, su gazmoñería fibrosa. Porque estarán hasta el hartazgo de falsedades instintivas, casi de pedestal, casi de fundamento. ¡Sí, que hermoso dejarlos en su ignorancia! ¡Hay que permitirles seguir siendo unas bestias! No tenemos que esforzarnos por malograr su tísica vida. Tienen una constante, estar siempre velados, ciegos por sus prejuicios ancestrales, su mediocridad heredada, casi genética. Disimulen todo incluso su vida pues no podrán encubrir esa muerte de perro sin dueño, una muerte que pasa inadvertida para los aires del mundo. Escondan tras su muerte esa doble moralidad y pídanle a su dios que sus hijas no caigan en mis manos para despedazarlas con placer y gran gusto, que al fin y al cabo eso fue lo que nunca quisieron y lo que más celosamente procuraban. ¡Que bien, por fin se han muerto! ¡Que bueno que ahorraremos un poco de oxigeno para los niños más necesitados! ¡Dejemos que los cuerpos se pudran en el sol, bastará con rociar unos kilos de cal al cuerpo hinchado, ocupemos los restos como fabricas de moscas e insectos nocivos para poder podrir más cuerpos en menor tiempo! Viles muertos, cuerpos globosos, ambientes campiranos llenos de flores multicolores, y a los lados los abismos que conducen a los desfiladeros mortuorios.

Me ataca cordial tanto la celulitis del mercado, como el confeti que lanzo para no aburrirnos cual placebo de paraíso. Fue la patada y sentí luego, luego como por allí se metía  interminable esa maroma de modernidad de formas chinescas, y se junta todo y parece que es un renacimiento de las cosas… ¿Será que este mundo tendrá un renacimiento? Y si es así… ¿A quien le acomoda ser el huésped de mis rocíos? Ya había comentado  como había que hacer más basura, dejar que las cosas se descompongan más rápido, implicar un apresuramiento del caos, hacer un escrutinio de cada error específico para concebirlo de una fuerza indómita. Una industria venenosamente estudiada ¿Acaso de esto generaremos solo influencias pirricas? Pues tal vez brote por otros lados únicamente una indiferencia encallecida y errabunda. ¡Acaso nos enfrentamos a una obediencia servil y prorrogable por y para la modernidad!

Cada día realizamos un movimiento más hacia los abismos, hacia el camino fangoso donde los zapatos se embadurnan de huellas, de historias en la vereda; y allí, en lo más negro del precipicio veo distintamente mundos singulares: Pobres cuerpos torcidos, enjutos, panzudos o fláccidos  y de mascotas animales callejeros acicalándose la sarna. Y allí en esa oquedad se contonea el error, ronronea la estupidez, se vanagloria el pecado, y la mezquindad hace cisco entre los concurrentes y ese ambiente, ese sitio al que me refiero eres tú mismo: el hombre; y yo ¡nadie más que yo! He sondeado esos hirsutos abismos.  He descrito el mapa con todo y arrecifes, el croquis es para que el que más, lo lea, pues quien lo interprete le entrará el remordimiento y se imbuirá en  la vacuidad sabrosa de la nada ¿Acaso no con eso rellenaremos aunque sea un poco ese abismo sin fondo? ¡Acaso no tendremos una utopía afanada y enjundiosa dispuesta a hacernos parecer algo inmortales, pues ilusos colmamos lo imposible a base de fantasías!


Ya regresé a este bazar de visiones a seguir sintiéndome omnipotente, a seguir fraguando una mentada agria, y ensalivada. Aún sigo considerando importante estas letras hechas a base de puro moco seco, reseco de tanto aire y jadeo vital, pero este elemento es  si no me equivoco una veta, la nervadura mineral de una flor extraña  y perfumada,  escondida en las profundidades solitarias, allá en las tinieblas, allá en el olvido, una joya verde sepultada en un inadvertido eco de una galería. Y entonces, esta mentada faraónica estará destilada una decena de veces y sus figuras evocadoras tendrán la fuerza indómita del sismo y la gracia permanente de un poema indestructible y enteramente humano.

Alguien en algún lado y por algún momento pensará que es lo que hago: y pues nada me importa menos que eso porque su mofletuda conciencia si es que la tiene, se reflexiona hacia la nada, hacia un error vital, ¿Acaso es posible y valdría la pena hacer escrutinio de algo translucido y suficientemente ocioso? ¿Las fantasías febriles de un loco tienen acomodo en esta realidad donde cómplices todos vamos haciendo una locura en comunión? o sea, la comunidad que vive una realidad insensata y la considera una felicidad cegante pero lo que es realmente no es otra cosa que un entorno circuncidado de oportunidades o la brida inquisidora y penitente de una tribu de liliputienses viviendo en una islita tipluda y catatónica.

¡Hipócrita lector! Que te parece si dejas de fastidiarme, deja ya esta sumisión acechante y déjate de morbosidades, ¡que chingaos buscas aquí! No se te hace que ya tuviste demasiado, acaso no a estas alturas tu sorpresa fervorosa se a trastocado en  vaguedad mostrenca, pues si no es así, lo que intentas es que te miente la madre eucarísticamente. ¿Mi desvergüenza socarrona no ha sido aún demasiado zangoloteo?  ¡Hipócrita lector! Mereces una zurra.

Me manifiesto tal cual un moribundo acariciando mi tumba, gozando su llegada, festejando el próximo silencio. Es deseable coquetearle a la muerte, e invitarle con una sonrisa petrificada que me posea. Hay que manosear nuestro propio sepulcro, humedecer las manos en la tierra, percibir el aroma del polvo pastoso y escuchar el eco enflaquecido de dicha profundidad como el torrente sonoro del infinito ¡Ha si, eso es! a gozar esa afrodisíaca espera de la muerte soñolienta a una entidad fertilizable y activa. Ensalzo ya la alharaquienta quietud de los reposos; he socavado hasta el cansancio toda hechura terrena y ha sido todo para llegar aquí, a este greñudo consuelo: la tumba que como una vulva virgen me espera y yo me entrego a ella.

Cuando nací mi cuna estaba bañada de jeroglíficos en los costados, untadas en la gasa las moscas venían a visitarme desde la serranía chihuahuanse, en el techo se dejaban  desprender los átomos: la ceniza latina, el polvo griego, las partículas aztecas y desde allí los libros con férrea espera dormitaban aguardándome para hacerlos míos y entonces fui más allá de lo posible y más allá de lo conocido; pero fui esto que soy, un feto irrisorio en donde la noche y el silencio se han instalado, un desheredado que se emborracha del sol más alcaloide y tlaxcalteca, el nonato que vive de crear retos facciosos al silencio, el hombre de corazón correoso, encallecido y ahumado como un pedazo de machaca recocida en las llamas del averno. ¡Dios me ha hecho muy bello! Pero si recapitulo, hojalá y mí madre hubiera parido otra cosa y no este antónimo de entuerto y cuchufleta que soy yo.

Para pensarme tendrán que sumarse pues les faltará la fervorosa sospecha de la conciencia, pues soy de un ánimo abigarrado. ¡No!, ¡Se equivocan! ¡No busquen el alma, esa ya se chingó! y no indagues más mi corazón, pues un pedazo se lo han comido las bestias,  otro cacho lo he hervido y degustado con salsa tabasco. El alma fue un triste monumento, fue una serpiente que me mordía las entrañas, era una arpía de largas uñas que se abrían camino hincando con saña hacia mi purulento corazón; yo era el ataúd de esa amable pestilencia, estuvo conmigo haciendo de mi interior una epilepsia  explosiva y desgarrante, y esa bruja famélica que fue el alma, estuvo aullando dentro con su trompa granuja que le olía a pies de carnaval; si lo recuerdo bien, mis brazos en consecuencia estuvieron rotos, deshilachados por haber abrazado las incertidumbres a que estaba sometido; pero ahora. El abismo siempre tiene sed. Y yo soy su preferido y acuoso elemento, Yo convivo con mi abismo, me estrello en él, ¿y tú? ¿En que sitio duerme tu sueño de bruto? ¿En que sitio dejas descansar tu alma gruñona y sombría? Adiós: pronto nos hundiremos en las frías tinieblas.

Después de andar los caminos, con mis ojos de fósforo, llegó la iluminación, el conocimiento de tantas obscuridades, entonces me di cuenta que los clientes no están hoy ni son los de hoy sino los de mañana y que mis contemporáneos están a diez años de mi. ¡Imberbes! Y el gobierno… ¡Un juguetito! Pues en mi historia he pisoteado el barro como si aplastara muertos con mis zapatos, los he hollado con una indiferencia de humano deshumanizado. ¡Yo! Si yo quien fue amamantado por el austero infortunio, yo quien he pertenecido a este pueblo escuálido sin calzado y desnutrido, yo quien ha vivido en este lívido cielo donde hacemos germinar los huracanes, y exportamos desgracias con ellos, de aquí nacen los vientos gruñones, desde aquí programamos tempestades convulsivas y suficientemente amontonadas, yo desde aquí que he aprendido a domar desde el lomo de los cirros más espesos y salvajes con la intrepidez heroica de las divinidades. Y ahora no me queda de otra más que hacer mofa de vidas.

Estuve tentado en explicar el elemento motor que mueve mi existencia y desde hace una hora y sin que lo supieras besaste mis inmundas posaderas, porque eso es lo que me importan los principios y los fines, los métodos y las consecuencias: Ser la dulzura tanto para un ingrato como para un malvado, el cocinero de fúnebres apetitos, un individuo que dejó caer como campanas su par de flacas orejas y arrastró consigo lagartijas que muerden los huaraches ¡voy lanzando al cielo impuros salivazos! Soy un mexicano que asesina de este modo lo que queda de arte. Un Ángel de broncínea frente, un poeta que se tropieza con sus propias alas. Alguien que se gana el paraíso y no sabe que cosa hacer con él.

Si vieran como disfruto de este egoísmo floreciente, la delicadeza lacónica con la que me trato, el desgarbado apetito de mi mismo, el fervoroso hechizo  de la egolatría. El denuedo furibundo de mi propia existencia, la onerosidad impúdica de mi interioridad, me encuentro tan entero y pleno que no me contengo sino que me desparramo efervescente.

Y me lancé al camino más hostil, al descampado de cocoteros y aire salado; a perder el destino, ha hacerlo pedazos, a escupir la herencia y despreciar las estimaciones. Quería despellejarme por el sol a envenenarme de tanto piquete de mosco a entrometerme en este infierno llamado Acapulco y  ya eructé  el primer desasolve en mi garganta ya me tomé el primer jarabe para curar las llagas y voy por más hasta quizás convertirme en esa ilusión mía que es ser pordiosero, peregrino, druida del mundo.