Translate

martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 10


EL TEMASCAL




—Sabes bien que no iré —Decía Dalia- ¡No iré, no iré!—mientras caminaba con paso firme hacia abajo por el sendero serpentino en tanto que Carmelo continuaba sentado en la piedra alta de atar.

—Las piedras ya están al punto ¡Qué te cuesta! —Decía casi gritando—A lo lejos miraba la grácil configuración que se perdía al voltear la vereda. La estela de perfume a jazmín de Dalia se envolvía en el camino hasta el recodo.

Se quedó pensativo como queriendo volver a anudar la reciente plática. Chupaba en sus labios un tallo de trigo silvestre, lo masticaba entre los dientes de manera inconsciente. Su pantalón oliendo a chivo, se confundía entre el demás hedor a ganado que le envolvía. De un fuetazo despabiló al ganado para dirigirlo a la lagunilla; bebieron hasta el hartazgo. Carmelo seguía recordando que la invitación a la bañada en el temascal había sido un fracaso; tal vez ella pensaba en los temores de la primera vez. El noviazgo, la relación amorosa de apenas unos meses tenía que cruzar el puente de la reconciliación o terminar. Un enmierdadero quedó en la rivera, cerca del agua, se sumó al incontable excremento depositado en tierra, copioso, nutrido de moscas, esparcido de manera potente por las bestias  domésticas.

Carmelo miraba la borrasca, el chubasco se acercaba. El perro mordía las patas, era un ser viviente con colección de parásitos: garrapatas, piojos, moscas, lombrices, sarna.

—Pinche suerte, yo que me la quería coger allí en el temascal. Alisté la toallita, el jabón, mucha leña; tengo que convencerla... lo primero será volver a reconciliarme. La voy a llevar a Puebla a ver los aparadores, con eso se contenta. La Dalia tiene que ser mía; ésta sí es rejega porque lo que es la Verenice, donde sea: en los campos de labor, aquí en la lagunilla, en el panteón o las veces cuando me tocaba picar las campanas en domingo, nomás nos mecíamos colgados en la soga y la campana suena y suena. Lo malo es que la Verenice ya se casó y se fue a Puebla. A Dalia la tengo metida en la cabeza, se me hace que un día de estos le atajo el paso en el sendero, por allá por la piedra alta de atar y me la robo. Sí, son muchas mis ganas, sueño a diario con tenerla todas las noches y que me atienda, recibir su calorcito. Tiene una cara bonita, como de virgen, pechos pequeños, levantados y con pico como la montaña, nada más que de a par. Me la imagino encuerada sirviéndome la sopa, con sus pezones duros y al aire, los pies desnudos sobre el piso de cemento color mosca.

Las nubes se hacían nudo, como un gran tumor de gas negro. Los chicotazos de Carmelo eran recibidos por los animales más perezosos. Sabía que no llegaría hasta el establo, así que los dirigió hasta el tejabán, cerca del temascal.

Tuvo frío, advertía que en el temascal hacía calor; dejó el sombrero y el cotón en la entrada. La cueva caliente estaba seca. La oscuridad envolvía toda posibilidad de observación. Tomó la toalla que se encontraba encima del banco y la puso en el piso. Se recostó. Dalia lo había esperado por varias horas. Se acercó, puso la mano en el pecho en tanto que su boca cerraba la oportunidad a cualquier palabra.

Carmelo acomodó su mente al sabor de la boca que lo besaba, recordando el olor de esa piel tan cerca y lisa.

—Carmelo, tómame... mm... mm... necesito que me quieras —Él trató de inventar una sonrisa de satisfacción; pero no le salió. La oscuridad se lo impedía.


LA QUINCEAÑERA




La ciudad se encuentra en éxtasis de aburrimiento permanente, las sombras de la tarde poco a poco se comen los rayos de luz que se ven filtrados en los  parabrisas de los carros.

El cantinero limpia la barra, con un trapo seca el área de trabajo donde ha servido el par de cubas para Rafael y Carlos. Un reloj descompuesto de fayuca adorna las paredes de la cantina “El jinete Negro”. Oscar entra y se encuentra a sus amigos.

—Cómo están —Saludando de mano, continúa la conversación con los  ebrios, en cuanto a la música, el compacto de Pedro Infante compone la alegría.
—Vengo a invitarlos a unos quince años a la Trinidad Tenanyecac ¿Podrán ir?
—Nosotros vamos al mismo infierno... si es que hay copas—contesta Rafael con voz entrecortada y lengua torpe, en tanto que Carlos empina el codo bebiéndose la cuba.
— ¡Cantinero! Sírvale una cuba a mi amigo Oscar —Dice Carlos secándose la boca con el brazo. Mientras el cantinero trabaja Oscar comenta a sus amigos:
—Desde que estoy en las filas de los desempleados, nomás pienso en mi familia. De los precios estoy hasta el copete y mis deudas crecen y crecen. Lo que queda es olvidar por un rato todo este rollo en las fiestas. ¡Salud!
—Oscar, te preocupas demasiado —contesta Rafael con ojos adormilados — ¡Chúpale! Y olvídate de lo demás... súbele a la música cantinero, esa me gusta... la de... ¡hic! Doña Meche.

Dos rondas antes de la caminera circulan en las gargantas aguardientosas de los tres amigos, poco a poco Oscar muestra en su cara los efectos del alcohol.
—Me toca pagar la caminera pero... ¡ya vámonos! El vals con la quinceañera nos espera.

En la calle los tres amigos piden parada a los taxis que ni se inmutan ni se molestan por causa del vaso de plástico, que todos conocen por cuba, en manos de sujetos con caminar torpe.

—Frente a San José no fallan —dice Rafael adelantando el paso casi a media calle, ocasionando las pitadas de los carros.
—Pues a donde va chofer —dice Oscar- por aquí no es.
Es que tengo que darle vuelta al parque para salir por Mariano Sánchez, la guerrero y después por el “Trébol”.

En el trayecto, Rafael y Carlos discuten sobre el trato que se les debe tener a las mujeres. Rafael contesta:

—Carlos, a las mujeres hay que tratarlas bien, tenerlas contentas por muy indefensas e insignificantes que las veas tienen su sentimiento y sufren. Si no respetas a las viejas, la estas regando, porque a la larga pagas caro lo que haces. Te lo digo por experiencia.
— A mi señora la traigo cortita — contesta Carlos mientras el taxi circula por la autopista — ¡Me vale! La trato como me da la gana, y si no le gusta que se busque otro que la mantenga.
—No seas bruto, la mujer por naturaleza es romántica, como la quinceañera de ahorita. No ves que son soñadoras… ¡salud! Poseen la inocencia y la candidez de que nosotros carecemos ¡hic!… ¡hic!…

Al tomar la desviación, Oscar le indica por donde: — siga derecho hasta llegar a la Hidalgo, ahí se va a ver la pachanga.— tan pronto como se bajan, van a un terreno de labor a orinar y a fajarse la camisa. El conjunto toca la canción cumbiambera del momento “el diario de un borracho”, Carlos comenta:
—Ya oyeron, nos dan la bienvenida — se abraza el trío y se dirige a la fiesta.

La quinceañera con un vestido propio a la ocasión, demuestra con su cara y su belleza el festejo y la alegría que hay en su interior. Dos conjuntos musicales y un grupo de luz y sonido amenizan desde la comida la fiesta de quince años; el pastel luce al centro de la pista-calle. La localidad disfruta de la noche fresca de un sábado de primavera que se encuentra en éxtasis de aburrimiento salvo en la fiesta.

—¡Chin chin, el que no chupe y baile! — gritó el grupo al unísono, como una oración que ya de memoria se conocían. Encontraron tres sillas desocupadas y se apostaron a disfrutar. La quinceañera le ofreció a Oscar una botella de brandy, los vasos se volvieron a llenar.

—Carlos, mira — Rafael señala a un grupo de muchachas esperando a que las saquen a bailar. Las muchachas de falda, de vestido, con escotes y bien arregladas, cuchichean declarando inclinaciones de gusto por los muchachos. El amenizador del conjunto musical hace énfasis en los chistes de siempre, con las frases repetidas fiesta tras fiesta. La gente se sigue riendo de lo mismo. Carlos se levanta de su asiento para pedir a una muchacha que baile esa pieza. Se tambalea y llega frente a ella; al mismo tiempo otros cuatro jóvenes le piden bailar a la misma muchacha. La  muchacha titubea frente a las cinco caras de los jóvenes entre ellas la de Carlos con ojos adormilados; las cinco manos se encuentran extendidas. Escoge la mano más blanca y es la de Carlos. Las parejas salen a bailar, Carlos se bambolea con el ritmo de la cumbia y le cuesta aún más por el suelo pedregoso. Carlos le hace la plática:
—Oyes linda… ¡hic! ¿Me quieres?
—pero si yo ni te conozco, como se te ocurre.
—es que tengo corazonada de que me… me... quieres
—pos’ ni que fueras “luismi” para quererte luego.

Carlos se pega contra la muchacha, su aliento se esparce por la cara de ella como vaho alcoholizado. Rafael, corpulento y de estatura, también baila muy cerca del pastel que luce como una gran copa gastronómica sobre una mesa en el centro de la pista-calle. La muchacha se suelta de Carlos  para dejar de bailar, Carlos insiste con un torpe jalón que hace enfurecer a la muchacha, empuja con fuerza a Carlos y va a dar con la pareja de Rafael haciendo que Rafael tropiece con las piedras y caiga encima del pastel. Las patas de la mesa se vencen con el peso del hombre embriagado y los manotazos terminan con el trofeo gastronómico que ahora luce en el suelo con el asombro de todos los invitados. La quinceañera es la primera en sollozar:
— ¡Hay mamá… no es posible! — y abraza a la madre que, aún sin concebir lo ocurrido, estupefacta y anonadada en el total espasmo por el suceso; atónita sin saber que hacer. Los tíos de la festejada corren a salvar lo insalvable, el pastel  queda irreconocible, la mesa en medio de la pista-calle se emplaza perezosa con el destrozo de sus patas, embadurnadas de crema, mermelada y betún de colores. Los beodos se desternillan de la risa. En el suelo se sacuden el polvo y el chantillí. A Carlos lo levantan en vilo. Con los pies arrastrando lo llevan hasta la tierra de faena. Orinaron una vez más. Oscar vomitó lo suyo y abrazados se fueron viendo el horizonte y cantando la canción de  “doña meche”. El día domingo estaba a unas cuantas horas, prometía el éxtasis de aburrimiento permanente sumado a la “cruda” de los tres catarrines.

SOLTÓ POCO A POCO LAS CUERDAS DEL COLUMPIO




Se quedó esperando la llamada, mientras, lloraba un poco para no aburrirse. Rompió el eco con un sonido seco de los orificios nasales. Quería averiguar porque estaba tan ofuscada consigo misma. Se quitaba la ropa de manera enérgica como si con eso se arrancara el coraje; la imposibilidad de conseguir una llamada de él la ponía histérica, desesperada. Cómo hacer que la llamara era su preocupación de fin de semana. Acomodó  sus pies en el sofá, veía los muslos  y sobre de ellos el teléfono.
—como estás
—bien y tú
—también bien, estuve trabajando tarde
— ¡ah! Y estás cansado
—como para hacerlo, no,
—estoy viendo la tele
— ¿Está bueno el programa? O, aburrido
—más o menos
— ¿Porqué siempre más o menos?
—Es que así me siento la mayoría de las veces ¿te vas a enojar por eso?
—no… lo que pasa es que en las conversaciones siempre eres muy seca, no le pones entusiasmo
—Que quieres ¿que me ponga eufórica?

Sonó el teléfono, su abdomen se contrae y contesta.
—como estás
—bien y tú
—también bien, estuve trabajando tarde
— ¡ah! Y estás cansado
—como para hacerlo, no,
—estoy viendo la tele
— ¿Está bueno el programa? O, aburrido
—más o menos
— ¿Porqué siempre más o menos?
—Es que así me siento la mayoría de las veces ¿te vas a enojar por eso?
—no… lo que pasa es que en las conversaciones siempre eres muy seca, no le pones entusiasmo
—Que quieres ¿que me ponga eufórica?
—No, simplemente has lo que te plazca… clic. Pip…pip…pip…pip…

Su poca coquetería  se quedó pasmada. Después de esperar tanto y de imaginar el mismo diálogo, el teléfono se enmudeció al colgar el auricular. Lentamente fue recuperando su enojo hasta que fue total, como una cera se derritió su expectativa. No  pudo arrancarse la ropa para demostrar su irritación porque ya no la tenía, sin embargo, arrojó sobre la  televisión, el moño blanco que sujetaba la cabellera. — ¡idiota! Hay… no puede ser, que estúpida soy, ahora tendré que aburrirme el tiempo que dura el fin de semana — se levantó del sofá y puso bruscamente el aparato en su lugar. El sol se había ocultado entre los volcanes. Las nubes destellaban colores rojizos y lentamente el fresco viernes se transformó en tormentoso fin de semana. Descalza, con la melena al vuelo por las habitaciones de su departamento, una y otra vez rememoró el conflicto; transitó por su cabeza el sentimiento de culpabilidad, arrollada en una mortífera sacudida de sentimientos reprimidos, el descuido de los comentarios era la causa eficiente de un viernes tedioso. La urbanización periférica en torno a su departamento era una mezcla de arquitectura funcional y otro tanto de arquitectura casual. Allá abajo, la ciudad de Tlaxcala  representaba una  fermentación cada vez más contundente de luces y destellos citadinos, el flujo por las calles: (los autos y los anuncios con luminosidades pletóricas), circulaba en los ojos de los transeúntes. En la oscuridad floreció una cantidad suntuaria de sombras, de claroscuros, de cuerpos negros, la opacidad se conjugaba con las luminarias dispersas. El aspecto  lóbrego de algunas zonas resaltaba una alianza con la  carencia. Los perros de la localidad dejaban caer sus ladridos en las avenidas, en las azoteas o en algún peatón.

El lecho recibía la belleza de la mujer con una libertad envidiable, las sábanas aspiraban de vez en cuando un sollozo. Sus sueños de misterio.

La túnica envolvía el cuerpo lindo, virginal; la silueta como un aura murmuraba en movimientos los pasos por aquél jardín lleno de flores, los arcos de mampostería eran cubiertos por enredaderas con rutas indefinidas y múltiples, y abajo, en los pies desnudos la alfombra natural como un colchón fresco y verde, los arbustos recién cortados con figuras clásicas. Encinos y abetos son otro fondo del paisaje, la diversidad de los verdes, el cetrino, el verdemar y el aceitunado en combinación con la montaña pintoresca: su expresividad nata es la belleza. El río a la izquierda cerca de la vaguada, el desfiladero se divide en múltiples bifurcaciones venosas, como crestas de rutas indescifrables, el agua rebota, es el sonido que  recobra la percepción del oído. Un murmullo en el aire, el bisbiseo de las hojas frotándose, susurrantes unas a otras en mezcla con el gorgoteo acuático del río, del pez que salta imprevisto con un inadvertido arrojo.

Caminaba en el valle. Su piel saboreaba el fresco soplo y el ambiente cálido. Al encontrar un columpio en el roble hercúleo se sienta y se mece lentamente como esperando algo. A lo lejos, en el horizonte distingue una silueta. Es un hombre que cabalga, se ve imponente, masculino, con la fuerza viril conduce al animal por entre los árboles y saltando los riachuelos. El corcel trota con majestuosidad, la maestría y el dominio en las patas educadas. El sol cae en los rizos trigueños, flotan; su movimiento es de émbolo combinado con el trote del caballo. El varón desnudo, a pelo, desmonta del percherón; cerca, por los arcos y camina hacia el columpio, la belleza del hombre era evidente, sus muslos a cada paso se contraen, se tensan. La piel broncínea brilla en tono cobrizo, los ojos expresivos e intensos en una cara cuyo moño es una sonrisa abierta; con ese gesto hizo celebre la reunión.

La tomó del talle, su túnica se pegó al cuerpo. Una sola silueta por la fusión de los brazos y las  bocas. Fue venciendo su cuerpo y soltó poco a poco las cuerdas del columpio.

Se tomó la última copa recordando la llamada de anoche. Sabía que las mujeres eran así, a veces incomprensibles; tal vez había sido un error colgar el teléfono; pero tenía que darle un escarmiento para que cambiara de actitud, para que se educara, la mejor carta que tenía era que ella pidiera perdón y continuara todo como siempre. El ambiente del bar se había desvencijado por las horas y el alcohol, el día hacía señas en aparecer. Un gallo torpe se escuchaba a lo lejos y punza el principio de la resaca. La mano inepta se apoyó en la mesa donde dormía  su amigo, y derramó el retrasado sorbo. Pidió el teléfono.

Corrieron felices al arroyo, el remanso del agua terminó cuando juguetearon; el caballo bebía en el estanque más abajo, cerca de la cañada. Buceaban. No existía lenguaje, la expresión de sus cuerpos era total. Después de broncearse al sol; un placer  comer manzanas del árbol, estirar la mano y tomar. Cae una, y ¡suena un timbre! Se desprenden muchas al mismo tiempo y caen estrepitosamente.

— ¿Quién habla? — contesta una voz adormilada entre contenta por el sueño y molesta por la  interrupción.
—Soy yo mí… ¡hip! Amor.
—Qué quieres.
—Quiero hacerlas pases, te perdono por ser tan seca en las conversaciones.
— ¡ha sí! Pues vete mucho al diablo clic. Pip…pip…pip…

—Y… ahora  esta ¡triste vieja! — Azota el teléfono en la barra y hace que se caigan los ceniceros apilados. El cantinero se enfurece, brinca el mostrador, al mismo tiempo que lanza la patada. En el piso es pateado por otros dos, la cara, los golpes, sangre, contusión, magulladuras. ¡Todo le llueve! Su amigo está perdido; vomita en el mingitorio. Los amarran y son subidos al Volkswagen. Cerca de Panotla, en el puente que cruza la autopista lo atan. Su amigo duerme la siesta en el pasto seco.

Despierta feliz, el sueño que ha tenido la ha rejuvenecido; acaricia las sábanas recordando el cuerpo viril del hombre, sus caricias, el beso apasionado; el sexo pleno, total. — recuerdo que empezó cuando entregué mi cuerpo y solté las cuerdas del columpio.

El hombre está colgado, su tronco se vence por las costillas rotas y suelta poco  a poco las cuerdas que columpian su cuerpo.


EL CUACO

Camilo… ¡Dónde está mi animal!




—Cómprame el caballo o véndelo. Yo para que lo quiero — dice su papá en tanto que acomoda la hierba y la esparce en el comedero de los animales. Los rumiantes ni lentos ni perezosos movieron sus mandíbulas.
—Allí tenlo, al rato lo vas a necesitar
—No… traga mucha pastura y yo nomás lo ocupo dos veces por semana, dile a don Jacinto, a doña Manuela, o a ver a quién, porque yo ya no lo quiero. Cómpramelo tú, así se queda en la familia, y puedes prestármelo el día que lo tengas desocupado.
—Pero, papá, apenas si tengo para mantener a mi familia y quiere usted que mantenga al animal. Los surcos que me dio no necesitan de tanto — contesta Camilo rascándose la cabeza despeinada.
—Lo vendo en ochocientos pesos. No está caro, piénsalo, después me dices, y si lo vendes a otra persona pues le aumentas cincuenta para ti — exclamó el hombre mientras arrastra con la pala el excremento. — ¡ha! Y otra cosa, mañana no voy a poder sacarlos a pastar porque voy a ir  con doña Jacinta para que me haga  una “limpia”, últimamente como que me siento mareado, y las comidas que me traes, nomás de que pasan por el panteón se les mete el mal sabor y me truenan las tripas, además de que siento piquetes en el cuello. Vienes temprano para que en la tarde no te agarre la lluvia, y recuerda llevar a lazo al becerro.
—Lo  bueno que mañana tengo día de descanso en la fábrica, porque si no, iba a tener que decirle a Pablo que se saliera de la escuela.
— ¡Ni lo mande Dios y la Virgen de Guadalupe! — Vocifera fuerte el viejo al tiempo que se santigua y mira el cielo — ese chamaco es el mismo infierno, capaz de que los mata en los roquedales, acuérdate de aquella vez que le amarró cohetes al “peluchin”, pobre perro, del susto se aventó a la presa y los remolinos ya no lo dejaron salir. ¡No! ¡No! ¡No! Quiero  que los cuides tú…
—Está bien papá, nada más que primero compraré el gas en la carretera, si no cuando, y ya se va a acabar el otro. Tengo que pescar el camión temprano porque ya ve que ni entran al pueblo, según porque se les descomponen los muelles — Dice Camilo mientras observa los guajolotes que se pasean torpemente y cacarean con estruendo, asemejando un eco sórdido cuando el viejo grita.
—Bueno pues ya vete, llévate los huevos  que están en el chiquihuite encima de la leña, creo que ya se están empezando a apestar y antes de que se los dé  al “Dogo”.

Camilo sigue la senda, al pasar por el árbol de peras que está en la orilla, llena de frutos, el recipiente donde vienen los huevos. Camilo trabajaba en Panzacola en la fábrica de durmientes, descansaba  los jueves, ese día lo ocupaba para ir a Puebla a comprar o para hacer alguna que otra cosa. Una señora se acerca.
— ¡Camilo, conque cosechando de lo ajeno! — dice entre broma y risa. El delantal floreado es reconocido por Camilo.
—Doña Jacinta buenas tardes.
— ¡A poco ya son tardes! Si apenas vengo del mercado
—Pues sí, ya son más de las doce y media.
— ¡Virgen Santísima! Me voy a apurar — dice la señora en tanto que pasa la bolsa a la otra mano.
—Hasta luego doña Jacinta, me saluda al compadre Marcos —  apenas hubo dicho estas palabras y recoge el cesto del suelo y camina a su casa. El sol se queda pasmado en el medio día. No hay calor, sólo el aire fresco que huele a agosto.

Muy de mañana cuando la sinfónica de gallos se escucha desde cerca hasta lo más lejano, hasta los horizontes agrestes, cerca de los magueyales. Prepara la carretilla. Sube el tanque de gas. Quita un lazo del tendedero y amarra el cilindro. Mientras, su esposa sueña que tiene carro, en él se pasea por la “Cinco de Mayo” y la “Avenida Juárez”, allá en Puebla.

Las combis colectivas pasan de manera impertinente por la carretera, otros oriundos del lugar aguardan cuando los primeros centelleos de la amanecida parten del contorno de la Malinche.  Después de aguardar unos minutos aparecen a lo lejos los inequívocos carros repartidores con su tronar de cilindros, corriendo, peleándose la pista asfáltica, rebasándose, peleando por la venta. Los clientes a la caza. El tiempo que vale oro. El primero que llega es el que gana. Los gaseros duchos se lanzan a la venta, suben tanques vacíos, bajan otros llenos con prisa. Camilo abre la puerta de la cabina del camión y paga al chofer que da cambio, éste, al mismo tiempo observa por el espejo retrovisor, la competencia que se acerca a sesenta kilómetros por hora.

La esposa de Camilo, bostezando y con la pelambre hecha nudo, prepara el morral que se va a llevar su esposo, media docena de tlacoyos, el galón de agua y tres naranjas. El entramado de palos rebota cuando Camilo empuja con la carretilla la puerta de madera. Deja el tanque cerca del lavadero. Al dirigiese a la cocina se frota las manos para quitarse lo entumecido, obscura por el tiempo de madrugada, se envuelve en un silencio de ermita, duerme la ubicuidad entre los trastos y cazuelas, sólo se escucha el ronroneo del refrigerador. Toma el morral de la mesa, la gorra. Grita a su mujer desde el umbral del tejado — ¡Vengo en la tarde! — Sin contestación se dirige a la casa de su progenitor. La esposa sigue durmiendo, sueña que tiene una casa de lujo con pisos pulidos y sirvientes hacendosos.

Las bestias aturdidas por el vaho de la noche, la neblina se mece entre las patas; se impacientan al oír el cacareo de las gallinas, que muy de mañana comienzan a buscar la piedrita que comer o la hoja  que engullir. Camilo abre el zaguán de par en par. De pronto salen las gallinas, agitando las alas, efusivas, pataleando el suelo, excitadas por el nuevo día; en seguida un totol esponjado demuestra su género  como todo un garañón, se ve fogoso cuando se pavonea con un triste color negro. Desata el caballo dejando la cuerda encima de la grupa, las otras dos vacas al sentirse liberadas inician el cotidiano trayecto, el becerro corre a mamar pero las patadas de la res al trasladarse impiden acercarse a la ubre. Suben el cerro de la “Cruz” y toman camino por el sendero que conduce a la cañada “Barranca honda”. La mañana está fresca lo mismo que el entusiasmo del ternero; corre, patalea, trata de topar al perro. “Dogo” también juguetea, sube a los pequeños montículos de tierra, los tapancos tepetatosos sirven de escenario para la algarabía, los ladridos permanecen en las orejas de las bestias mientras el becerro continúa con la tarea  de fastidiar las tetas. El caballo atrás, impasible observa la cría. La vaca lanza la patada. El caballo relincha justo cuando pasan bajo una retama. Camilo sosiega al joven animal, mientras el cuaco sacude la cabeza como queriéndose  quitar algo. El caballo se ha picado el ojo con una vara, sangra, sigue chillando, quiere escaparse, correr; la sangre le cubre el ojo, tropieza con los otros animales. Al llegar a los campos, Camilo lo amarra y vacía en el ojo enfermo el agua del galón.
—¡Triste Animal! Y ahora que hago — balbucea entre dientes — Se te fastidió toditito el ojo, ya quedaste como ojo de tirador, y aunque te ponga la violeta, las pomadas, los emplastos y las limpias de Jacinta nomás no se te va a regresar el globo al ojal. Y ahora que le voy a decir al viejo, él que te quiere vender y ahora va a cobrarme como si fueras nuevo, nadie va a comprar un cuaco tuerto a precio real ¡Valdrás la mitad! Y si bien quieres si no te hacen chito — el animal no entiende nada sólo percibe un dolor intenso, el lamento y una oscuridad a medias le quitan el apetito, la hierba se aburre esperando ser comida. Las moscas han olfateado la sangre, se apresuran a festejar el accidente, bailan y danzan con el bisbiseo de las alas frente al ojo  sano.
— ¡Te dije que llevaras el becerro amarrado! ¡Nunca me  haces caso, parece que digo las cosas, te entran por una oreja y te salen por la otra! ¡Hora ver! No vale más que la mitad. Me lo pagas, yo no sé, me lo pagas, consigue dinero, me lo pagas. — Camilo conocía  de antemano la reacción de su padre. Tomó  la soga del cuaco y se dirigió hacia su casa, agobiado por la situación, temeroso del problema en que se había metido, apático ante la vida, tal pareciera que la suerte le había abandonado de manera patente. En su cara estupefacta asomaba una tristeza insaciable. Recorrió el pueblo tratando de buscar un comprador, lo llevó al tianguis del domingo pero como la crisis daba sus frutos en los bolsillos vacíos, no había ningún pretendiente de auscultar el diente del caballo, y más al ver al caballo de a media luz, triste, esquelético y con la sombra pegada al suelo con pesadumbre.

El viejo llegó a la casa de su hijo, empujó la tranca y entró al patio. Hacía quince días que no veía  a su hijo y quería enterarse, que había pasado con el cuaco tuerto; encontró a la mujer dando de comer a Pablo — ¡donde está Camilo! Dile que venga, quiero hablar con él. Desde que se trajo al caballo ya no lo veo. ¡Quiero que me pague mi animal! Necesito dinero para pagarle a Doña Jacinta.

Pone las tortillas en la mesa y a continuación dirige la vista al visitante —Pues, hora si se va a quedar sorprendido suegro, fíjese que el cuaco tuerto no se vendió, y nosotros no teníamos dinero para pagárselo, así que Camilo pensó mejor en matarlo y venderlo en canal, el dinero que se juntó no era ni una tercera parte de lo que usted pedía porque unos vecinos nos quedaron a deber la carne, y es hora que no nos pagan. A Carmelo no se le ocurrió otra cosa que ocupar el poco dinero en el pasaje para irse a Ciudad Juárez y pasarse de mojado. Me dijo que cuando él regrese entonces van a hacer cuentas— mientras tanto, Pablo sacude el salero encima de los ojos del perro visitante; que lo mira pidiéndole un bocado bajo la mesa. “Dogo” se rasca los ojos con la pelambre de las patas, la sal en los ojos hace soltar una lágrima.