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martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 11


LA IRONÍA A CHIAPAS

UN CUENTO DE FICCIÓN




Estamos dispuestos a vivir pacíficamente dentro de nuestros hogares, más bien espaciosos, si hemos de ser verídicos. Y desde luego y por supuesto, nos enojan los ruidos poco edificantes que nos llegan de las habitaciones de los  sirvientes. Sí, pongamos por caso, un movimiento revolucionario de base rural trata de alcanzar la independencia de la dominación extranjera  o derrocar estructuras semifeudales apoyadas por potencias mexicanas o si los ilógicos gobiernos rehúsan responder apropiadamente el programa de fortalecimiento que hemos preparado para ellos, si objetan a verse cercados por los benévolos y pacifistas (hombres ricos) que controlan los territorios de sus fronteras como un derecho natural, entonces, evidentemente debemos responder a esta beligerancia con la fuerza apropiada.

Es esta mentalidad lo que explica la franqueza con que el gobierno y sus apologistas académicos defienden la repulsa popular a permitir un arreglo político en Chiapas a nivel local, un arreglo basado en la distribución real de fuerzas políticas. Incluso los expertos del gobierno admiten libremente que el M.A.R.C. Es el único partido político en Chiapas basado realmente en las masas, del que el M.A.R.C. ha hecho un esfuerzo masivo y consciente para extender la participación política, aún cuando esté manipulado, a nivel local de forma a  envolver al pueblo en una revolución de contenido y apoyo propio y que este esfuerzo se ha visto hasta tal punto presidido por el éxito que ningún grupo político (con la posible excepción de los grupos anticristianos, se cree equiparable en tamaño y poder para arriesgarse a entrar en una coalición, temiendo que si lo hace: la ballena se trague la sardina). Por añadidura, conceden que hasta la introducción de una abrumadora fuerza nacional. El M.A.R.C  ha porfiado para que la contienda (se librara a nivel político y que el empleo de poder masivo militar podría ser por sí mismo ilegítimo… el campo de batalla iba a ser de las mentes y lealtades de los chiapanecos  rurales, las armas serían las ideas) y correspondientemente, que hasta mediados del año 2000, la ayuda desde Oaxaca (fue mayormente confinada a dos áreas — reglas doctrinales y liderato personal). Documentos del M.A.R.C.  ponen de manifiesto el contraste entre la superioridad militar del enemigo y su propia superioridad política, confirmando así plenamente el análisis de los portavoces militares que definen  nuestro problema como (con fuerzas armadas considerables  pero escasa fuerza política — para — contener un adversario que posee enorme fuerza política pero sólo una modesta potencia militar)

Similarmente, el desenlace más chocante de la conferencia de paz en febrero y de las que continuaron en octubre fue la franca admisión por parte de los altos cargos del gobierno de ese Estado de que no podían  sobrevivir a un “arreglo pacífico” que dejará en su lugar la estructura política de Chiapas incluso si las unidades de guerrillas de Chiapas fueran desarmadas, de que no son capaces de competir políticamente con los anticristianos. Así, proseguimos, que los chiapanecos demandan un “programa de pacificación” que tenga como su meollo… la destrucción de la estructura política clandestina de Chiapas y la creación de un férreo sistema de control político—gubernamental sobre la población. Y desde  Puebla un corresponsal cita a un portavoz destacado de Chiapas diciendo: “con  franqueza no somos lo bastante fuertes para competir con los que apoyan el T.L.C. sobre una base puramente política. Ellos están organizados y son disciplinados. Nosotros no lo somos, no contamos con ningún partido grande y bien organizado y no tenemos tan siquiera unidad. No podemos dejar que exista el chiapaneco. Los altos cargos en México comprenden la situación perfectamente. Por tanto el secretario en cargo ha señalado que si Chiapas acude a la mesa de conferencias como miembro  con todos sus derechos se habrá, en  cierto sentido, anotado la victoria sobre los mismos objetivos que Chiapas y los otros Estados se han empeñado en impedir”. Otro reportero dice: “El compromiso no ha causado la menor satisfacción aquí toda vez que la administración sacó en conclusión hace ya mucho tiempo que las fuerzas del M.A.R.C. no podían sobrevivir en una coalición con los jefes de gobierno. Es por esta razón — y no por causa de una interpretación excesivamente rígida del protocolo — que México ha rehusado firmemente tratar con Chiapas o reconocerlo como fuerza política independiente”.

En resumen, vamos a permitir magnánimamente que los representantes de Chiapas acudan a las negociaciones solamente  si acceden a identificare a sí mismos como agentes de potencia ajena  y por tanto  renuncian al derecho a participar en una coalición gubernamental, derecho que no se ha cansado de pedir desde hace una media docena de años. Sabemos perfectamente que en cualquier coalición representativa, nuestros delegados elegidos no durarían un día sin el apoyo de las armas. Por  consiguiente, debemos incrementar la fuerza y resistir negociaciones significativas, hasta el día en que un gobierno cliente pueda ejercer tanto el poder militar como el control político sobre su propia población — día  este que jamás verá su amanecer, pues como alguien a destacado, nunca estaríamos seguros de la seguridad del sudeste, cuando la presencia Occidental se hubiera efectivamente retirado. Por tanto si fuéramos  a negociar en la dirección de soluciones que sean puestas bajo la  etiqueta de neutralización; esto equivaldría a capitulación ante los anticristianos. De acuerdo con ese razonamiento, luego, Chiapas debe subsistir, permanentemente, como base militar ajena. Todo esto, por supuesto es razonable, en tanto aceptemos el axioma político fundamental de que los Estados, con su tradicional preocupación de los derechos de los débiles y los oprimidos, y con su privativa división de la apropiada modalidad de desarrollo de los pueblos atrasados, debe tener el valor y la persistencia para imponer su voluntad por la fuerza hasta llegado el tiempo en que otras poblaciones estén dispuestas a aceptar  esas verdades — o simplemente abandonar la esperanza.

Si es de la incumbencia de los cuentistas porfiar por la verdad, es también su deber ver los acontecimientos en su perspectiva histórica. Afortunadamente, esta particular historia tiene un final feliz. En pocas semanas el gobierno dio las resoluciones al M.A.R.C. Entre lo pactado está que el Banco mundial dará de comer por espacio de una década a todo aquél afectado por las situaciones chiapanecas, y que  tendrán condiciones inmejorables como las tienen los países del primer mundo, además de que la inversión extranjera escanciaría sus riquezas para que el pueblo chiapaneco sea feliz; por otro lado los inversionistas extranjeros se propusieron no abusar más de la bolsa mexicana de valores.

LA MUERTE TIENE PERMISO DE HACER FUEGO LAS CENIZAS[1]




Era mi vecino de la calle Muñoz Camargo, arteria que partía en mitad la ciudad de Tlaxcala. Recuerdos… Yo era un chiquillo. Estudiaba la primaria en la escuela Emiliano Zapata, mientras él junto con mi hermana, estudiaban la secundaria en la “técnica”.

Por aquel entonces se le notaba. Solía gritar desde la azotea de su casa cuando se enojaba con su madre, diciendo: — ¡me voy a matar! Ustedes no me quieren —Y  la madre desde abajo le contestaba cosas que no animaban ha hacer lo contrario. Oscar era un adolescente demasiado impulsivo, delgado; desde la azotea podía verse su tétrica y triste figura, su rara personalidad, tal vez porque era homosexual. Solía pasearse por los bares de la localidad e inclusive intentar entrar en el ejército, pero su edad se lo imposibilitaban. Cuando se estrenó el nuevo mercado llamado Sánchez Piedras, supe que se había ido a Houston.

Se le veía rodeándose de tanta gente, conociendo personas, o a un hombre a quien amar. Sus brazos se entregaron a los cuerpos bronceados pétreos y erguidos, otros que tenían acento extranjero y que esponjaban su corazón con la primera caricia; se convertían para él en huesos firmes y duros como los de las ballenas viejas que habitan el Atlántico. Los días se transformaban en fiesta cuando en el restaurante más de uno acariciaba su trasero y él, respondía coqueto con una sonrisa complaciente. Cuando llegaba a su casa después de un lento día de trabajo, depositaba en el cofre de metal, encima del tocador, sus anillos suntuosos y de figuras extrañas. Su compañero le soportaba sus extravagancias y hasta su cara con mascarillas por la noche; pero era otra cosa cuando él coqueteaba con otro rival, entonces si se ponía agresivo. Oscar se puso histérico cuando recibió por teléfono la noticia de que su amigo de departamento lo había dejado. La nota decía: — ¡Pelandusca chiquita, ya no te quiero!

El padre de Oscar vivía también en Houston. Tenía a su cargo las importaciones de productos petroquímicos derivados. Compañía que era una ramificación de PEMEX. Viajaba mucho. Sólo dos ocasiones lo vi en Tlaxcala, la primera vez cuando llegaron a México a establecerse y la siguiente cuando vino a romper con su segunda esposa: Ana, la madre de Oscar.

Su padre supo que vivía su hijo en otra colonia — ¡Puto chiquito!—Decía, peinándose el bigote frente a un escritorio de roble; a su lado la secretaria se reacomodaba el sostén, y corregía sus medias fruncidas.

No recuerdo una sola ocasión que su madre se preocupara por él, hasta que le dio “leucemia” (en realidad pienso que lo que tenía era SIDA) entonces tuvo que viajar una vez al año durante cinco de estos. Los hermanos se disgustaban porque no podían contar con el dinero que dejaban las rentas, porque era para el avión.

Cuando enfermó, mi hermana se puso triste, ella si lo estimaba, lo quería; inclusive una ocasión se quedaron solos en la casa de México. — No te preocupes conmigo no corres peligro — Dijo él mientras caminaba por la sala como partiendo plaza; con la delicadeza desplazada en un cuerpo femenino. Después de eso no lo volvió a ver. En una ocasión llegó una carta de Houston, extraño porque en Houston no teníamos conocidos hasta que leyó mi hermana. Mientras ella pasaba la vista por las caligrafías, yo sacaba del sobre una foto de una persona irreconocible. Era Oscar desahuciado, hecho cáscara, con la piel pegada a los huesos. Como si estuviera viendo a un individuo de África, de los que a veces aparecen en la tele que son pura osamenta, carcaza negra, en esos huesos tristes sonríe la muerte, la miseria y el hambre. Era inadmisible que lo que estaba impreso en la foto fuera Oscar: su cara trataba de sonreír, pero el horror se le emparejaba, lucía el pavor en la cara granuja, una cobija de lana tapaba algunas costillas y sobre la mesa de noche, un libro de poesía que estaba escribiendo. Encima de su frente asomaban manchas anaranjadas con excoriaciones y en su cabeza los hirsutos cabellos permanecían regados en la almohada. En su mano lucía los anillos suntuosos y de figuras extrañas extraídos del cofre de metal, frente al espejo, en el tocador.

Ana y su familia no eran cristianos. A Oscar no le importaba, pero cuando incineraron su cuerpo, su polvo fue guardado en el cofre de metal junto con el libro de poemas y sus alhajas. En la iglesia de San José tuvo su misa de polvo presente, fue hasta el mes siguiente cuando hicieron el servicio. Ana tenía que pedir permiso en su templo. Ellos no respetaban nada, inclusive en la ceremonia los veía platicar y juzgar no sé que cosa, no los entiendo. Al salir, mi hermana cargó el cofre hasta la calle Muñoz Camargo donde vivían los vecinos. Nos invitaron café y pan de dulce (lo tradicional) pero pusimos pretextos, la mayoría de la gente hizo lo mismo, tal vez por su religión.

La muerte siempre andaba cerca, pero ahora se sentía en el aroma extraño e inusual de las jacarandas del Bulevar Mariano Sánchez. Por las noches, mientras el cofre estático aguardaba a lado del teléfono, en la repisa color caoba, de la sala de los vecinos, se escuchaba el ulular de las ambulancias que venían a dejar los muertos o los heridos al Hospital General (Oscar y yo en ocasiones nos gustaba correr a ver a los muertos o atisbar las tripas del herido) destino que no podía cambiar; sin embargo no me preocupaba tanto la muerte de Oscar. Sé que las cosas pasan. Por el momento, tenía la corazonada de que Alicia me llamaría. Necesitaba platicar con ella, decirle cuanto la quería. Le dejé un ramo de claveles rojos sobre su escritorio con una nota diciendo que la amaba, en el apunte había dibujado objetos eróticos para que viera mis ardientes intenciones. Se había ido la luz, el teléfono petrificado, inerte en la atardecida. Chizpazos y destellos recorrieron la instalación de teléfono ¡No supe qué pasó! El aparato se puso negro en un segundo, en el cable brotaban hilos de humo tostado que iban a dar al techo, las carpetas de los sillones comenzaron a cubrirse de un tizne grisáceo. Le grité a mi hermana y recordé que no estaba, a esas horas laboraba en su trabajo.

En la casa del vecino sucedía lo mismo, los hilos conductores se fundían, se ponían rojos, incandescentes. La repisa empezó a mal oler como a madera chamuscada, frita. La neblina cundió en la pequeña sala donde se encontraba el cofre de metal y adentro de éste, el libro de poemas se inflamaba y hacía arder el polvo guardado. Los anillos permanecieron candentes hasta el tercer día y nadie se dio cuenta. Aún hoy no sé qué sucedió con los cables, pero algo tuvo que ver el cofre cerca del aparato de los vecinos. Ellos deberían asomarse al interior del cofre de metal, en la repisa que está en su sala, descubrirán que la muerte tiene permiso de hacer fuego las cenizas.

UNA PEQUEÑA OLA REVENTANDO EN SU FRENTE




Muy moderna se veía con su copete alzado como una pequeña ola reventando en su frente. La veía oculto entre las ramas, agazapado; tratando de ser imperceptible. Eran los arbustos un escaparate idóneo para cubrir la vista. Me vi fortalecido en el ocultamiento, cuando ella jugaba con su bolso y reía con su amiga en el pasillo de la escuela. Yo no existía en su mundo, algo parecido a un ser invisible.

Pude espiar mi mano adelantada sobre los setos del jardín, y atado, el reloj que marcaba la hora exacta para salir corriendo a la siguiente clase; entonces corrí y se me ocurre algo que no hubiera deseado jamás hacer en mi vida; estornudarle en la cara justo al paso. Su semblante quedó hecho brisa, con el copete destruido.

PERROS DE AGUA




—Sólo bastaba ver el cielo hacia algún lugar para advertir las parvadas de pájaros dando giros en el aire. Eso me gustaba, más cuando se vive en una ciudad capital donde todo se mueve, cambia  y se moderniza por amor a la humanidad, al progreso. Yo realmente no sé lo que significa progreso pero me imagino que ha de ser tener: radio, televisor, compact-disk o computadora. Los políticos hablan de progreso y democracia, me pregunto si será lo mismo, sólo ellos se entienden.

—Desde que terminé la preparatoria, me dijo mi padre que me pusiera a trabajar, que consiguiera trabajo o que él me lo conseguía; eso me preocupó, porque… ¡Él se mancha! Cuando me vio sentado viendo la telenovela de las cinco, se puso como energúmeno. No recuerdo bien cual fue el sermón porque mientras lo recibía observaba los anuncios de la tele. Salió la publicidad de la escuela de ingles; fue mi salvación de momento, — quiero estudiar ingles — le dije sin miramientos; él contestó que estaba bien pero que aún así tenía que emplearme en algo. Recordé que mi tío tenía un negocio de lavado de autos en Apizaco y que podía sacar algo. ¡Uf! Salvado, porque… ¡Él se mancha!

—Vivía en la calle Julián de Obregón en San Hipólito Chimalpa y la escuela de ingles estaba a un costado de “Gigante”. Se hace uno caminando como veinticinco minutos y no era muy lejos, lo malo estaba en que me tenía que parar a las seis de la mañana. A esas horas las calles amanecen, están vacías, y sólo se ven adolescentes que corren para entrar a su clase de las siete. La calle que más me desconcertaba era la de los árboles grandotes, la que está por el mercado, creo que se llama Lira y Ortega. Verán. Si han de observar esa calle está arbolada, creo que los sembraron los antiguos habitantes de Tlaxcala, no lo sé; soy malo para la historia. Lo que sé, es que siempre ha habido pájaros de todo tipo. Realmente no conozco de variedades de aves pero, cuando iba a la primaria un compañero me dijo mientras paseábamos por la ribereña que esas como  águilas negras se llamaban “perros de agua” y que comían caracoles, pequeños sapos de la laguna de Acuitlapilco.

—Al ir a la escuela de ingles, veía regado en el piso el excremento de las aves, esas banquetas  olían mal generalmente a no ser que hubiera caído el día anterior un chubasco que permitiera olfatear otra cosa en el piso. Entre el frondoso follaje eran imperceptibles, se  podía ver un entramado de raíces y palos, como un sombrero boca arriba ¿serían sus nidos? Sí, puede ser. Me preguntaba como poder conocer la cantidad de estas palmípedas, ¡sería posible contarlos! impracticable era en los bambúes del jardín del museo de las artesanías. Me volvía loco al pasar por allí, tanta pilladera ¡es bestial!

—Los pajarracos que les cuento sí. Me imagino que podríamos hacer una investigación, en la cual tendría como problemática la ayuda al ecosistema y a la conservación de las especies a punto de desaparecer. Dado que se secó estérilmente la laguna de Acuitlapilco y estos animales subsistían gracias a ella. El escruto se podría llamar: proyecto de conservación de las especies: “perros de agua” en  extinción. Con amplitud de veinte cuartillas y dirigido a los interesados. Sería para conseguir apoyo del gobierno del estado, y autoridades municipales. Entre los trabajos a realizar estarían: El cálculo numérico de animales. El auxilio en el caso de que las ramas se desgajen. La observación permanente de sus nidos con binoculares desde los edificios más altos para así no molestarlos. Científica medición por metro cuadrado del número de excremento para calcular la cantidad de tiempo en hacer sus necesidades por comunidad. Estudios en laboratorio para tomar en cuenta la posible importación de babosas, sapos y la prevención de enfermedades más comunes o la substitución de otros nutrientes propios del caracol y la rana.

—Se podría fabricar una solución aromática para rociar todas las mañanas los troncos, la banqueta y también hacer negocio rentando paraguas en los extremos de la calle para que el peatón pase cómodamente y no sufra algún contratiempo. Eso podría beneficiar a la economía de la ciudad.

—Después de la reflexión lo que quedaba era redactar y remitirlo a las autoridades. Son mis deseos: servir a la comunidad, hacer algo de provecho. Porque  lavar carros o estudiar ingles pues…sí, pero no me llenaba, como que eso lo hacían muchos y una idea como ésta era como galardón al mérito o como los premios de Jacques-Ives Cousteau por resguardar las especies en extinción de los océanos. Fueron cinco meses de arduo trabajo, dice el dicho que “di las cosas se hicieran tan fácil cualquiera las haría”.

—Esto valía la pena, así que mandé copias de mi pequeña y anticipada investigación, las propuestas de remedio, los objetivos; bueno, el sí el proyecto completo, al gobierno del estado, a la presidencia municipal, al CONACYT, y al maestro de ingles para que lo tradujera y pudiera mandar la información al CDAPI (Centro de Documentación sobre los Animales en peligro de inanición) —por aquello de la laguna de Acuitlapilco— en Utah USA. Después de medio año de remitir aquél proyecto, cuando curso el ciclo intermedio, esta mañana, mi pregunta fue: ¿qué ha pasado con aquellas motas en el suelo? Mucha fue mi sorpresa cuando me entero por el periódico que el grupo de colegiados en leyes ha puesto una legislación que prohíbe a las aves ensuciar las banquetas. La política es mantener la limpieza a como dé lugar para bien del turismo.

En la media noche. La policía había realizado una redada en el sitio tomándolos desprevenidos, y remitidos a la pajarera municipal recientemente construida. Las aves fueron puestas a disposición de las autoridades correspondientes. Purgan una condena mínima pero significativa de tal  modo que no vuelvan a posar las alas en ese lugar a no ser que quieran recibir una reprensión o ser sacrificadas.



[1] Este titulo corresponde a una convocatoria a concurso de cuento cuyo homenaje fue al gran maestro Edmundo Valadés por lo cual utilizamos una frase muy conocida a manera de ofrenda.