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martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 12


EL UMBRAL ERÓTICO




Caminaba con pasos apresurados en medio de una ciudad que conocía desde pequeño pero que aún no dejaba de percibir cosas nuevas, o situaciones diferentes. Sabía que ella lo esperaba y por eso aceleraba su paso, saludando a algunos amigos con reverencia al estilo político. A lo lejos pudo ver la florería de la esquina y pensó en ese obsequio que hace ablandar los corazones más helados. Entro a la tienda y pidió una sola rosa, aquella que representaría todo el cariño que él sentía. Sin más retraso, continuó su senda con prontitud. Dobló la última esquina, la sonrisa de triunfo, con el corazón exaltado, la falta de aire, con el pulso batiente y la garganta seca.

Se recargó en la casa marcada con el número treinta y cuatro para recuperar su aliento. Respiró profundamente  mientras sacaba un pañuelo para secar las pequeñas gotas de su frente. Miró a su  alrededor, su vista buscaba   aquella casa de dos pisos con reja negra cuya particularidad era una fuente de mármol. Recuperado del esfuerzo, suspiró acercando  a la nariz  la rosa que llevaba entre sus manos y que, seguramente despertaría, eternas pasiones ó simplemente, aquella sonrisa, que lo hacía volverse loco. Sonrisa deleitable, placentera, hermosa. Llegó ante esa casa y admiró la fuente que dejaba caer aquellos hilos de colores acuáticos y más aún, se  imaginaba   aquella  cabellera al viento de alguien con quien pronto  estaría.

La puerta de su alcoba estaba abierta  ella tenía los hombros desnudos. Con movimientos sensuales deslizó su camisón mostrando el muslo satinado. Un viento suave ondulaba el negligé, untándoselo al cuerpo. El la miró desde el vestíbulo y el negligé desapareció ante sus ojos, mientras  un temblor  le nacía en los labios imaginando el   cuerpo cálido de la mujer al suyo. Las venas de las sienes le pulsaron desbocadas. Sin dudar, ofreció desde lejos el presente dejándolo en la mesa de centro y subió por la escalera. Al llegar al umbral extendió sus brazos para tocarla y, al dar el paso que lo separaba de ella, se le desvaneció con un golpe en la cabeza.

Hecho un ovillo en el suelo y entre sueños escuchó que alguien le decía:
— ¡Qué trancazo José! ¡Vaya golpe!… ¡No vuelvas a dormir en la litera!

EL DIOS DE LA MOSCA




Zumbaba cerca, parecía un vuelo desesperado, con prisa, en aspavientos acelerados. Danzaba en el aire que respiraba, luego, la mosca se paró; aventurándose a comer el azúcar de la taza de café, en el borde floreado y albino. Me miró. Diciendo:

—Tú eres Dios. Tú eres eterno, lo puedes todo; yo soy perecedero, mortal y etéreo; navego en una realidad apresurada, por eso mi vuelo, por eso mi gesticulación volátil, por eso te molesto. No me das vida, pero sí la quitas con tu propia mano. Tú eres mi Dios, el hombre es mi Dios.

— ¡Vete de aquí! — Le dije — ¡vete! Lánzate a gozar de tu vida, encontrarás en este tu universo pequeño, lo suficiente para tu existencia. Devora las semillas del segundo y no pierdas más tú tiempo. Baila sobre lo que pueda hacerte más feliz, pero  no retes a tu Dios, no lo ofendas, no lo disgustes pues encontrarás cortada tu existencia.

Se alejó sin decir más, había dejado sujeta como grapa una enseñanza, ¿Le había dado aliento? Que hubiera pasado si le hubiera corregido que yo no soy ningún Dios, que era como ella: efímero, transitorio, vaporoso.

LA PEOR HORA DEL DÍA




—Esta es la peor hora del día, vitalidad opaca, deprimente. Odio esta hora. Me siento como si me hubieran comido y vomitado. Circulo por las calles, con el embrutecimiento pegado a la cara, al cuerpo. — El viento dibuja algunas barbas de frescura en su semblante, pero ni así, el cerebro se le acomoda a  estas horas perezosas. Adolfo Escalona camina por las calles sonriéndose como un imbécil, las manos pegadas a los bolsillos del pantalón y con el chaleco que le regaló su esposa; un par de botas se enfilan por las banquetas de adoquín. Se le ve el modo cretino al caminar, es de mediano paso, desgarbado; con los hombros caídos al igual que sus ojos. Cruza las calles cuando en el semáforo tintinean los últimos pulsos amarillos.

—En la tienda de “Fernanda’s” he visto cosas buenas, lo que pasa es que cuando estás mirando, tirando la baba, los de la fonda de enfrente, esos que almuerzan a esta demencialidad hora, te quedan espiando para ver si tienes malas mañas o malos gustos; ni modo, algunas veces lo he dicho, inclusive he visto nalgas buenas, casi poéticas. Quiero comprarme  unos “Ray—Ban” o algo que se les parezca, que apantallen hasta el más entendido. Esos  anteojos estilos John Lenon me quedarían de opulencia, me imagino que el compadre se quedaría de espasmo al verme con ellos o estos otros al estilo Elton John. La cigarrera de al lado se ve formidable con los “oritos” en las esquinas; es un estuche como para presumir en la oficina; mi jefa usa una de esas pero la diferencia es que es forrada de piel de pitón y esta es toda brillosa con grecas grabadas encima de los “oritos” — Adolfo se inclina para ver con notable visibilidad en el aparador. Los carros continúan en la ciudad corriendo desmesuradamente. Los transeúntes pasan, van y vienen presurosos. Las pitadas de los carros escupen a destiempo, los repartidores de refresco acomodan los vidrios en los empaques, y los de gas doméstico hacen lo suyo en la sinfónica de la capital. El olor de las memelas de la fonda de enfrente atraviesa las fosas nasales  y va a parar al antojo. La  carcajada infame de los  aprendices de empresario se deja escuchar cuando la dama joven con las medias flojas, torcidas; se apresura a pasar desapercibida cosa que no consigue. El perro soez en la banqueta durmiendo, el niño que se ha embarrado del bostezo canino.

—Las corbatitas de seda de Pierre Cardin, de Gianni Versace, se entallan con un diseño exclusivo y esas de colores serios en forma de pastel estrellado son fantásticas, esas otras de tipo deslavadas están de embeleso. Todo es detalle de alcurnia; como para sentirse todo el día una eminencia. ¡Chulada de cosas! — Adolfo Escalona se imagina tener todo. Observa la felicidad presentada en ese escaparate, cada artículo, cada cosa, sus detalles, sus propiedades, los colores de cada objeto. La eternidad se presenta en la mente. Las horas no existen, han muerto. Se quedaron guardadas en algún sitio de su cretinismo. En la cabeza de Adolfo Escalona existe un universo entregado para la  degustación de sus ojos mongólicos. El cristal se impone como un gran soldado a sus  manos. El acercamiento deseoso se vuelve inminente. El cristal como un policía se presenta en la realidad. Topa con el cristal del escaparate al estar ido y, lo fractura de lado a lado; sin que el dueño lo note. Continúa candoroso con su deambular por las vías de la ciudad. Las sirvientas con su caminar ladino, aturden sus calzaletas. El día zopenco. La población entera moviendo sus manos para hacer algo. Las palomas del parque fascinadas  de no hacer nada. La arquitectura chirrigueresca anestesiada en las paredes gordas. Los tentáculos de la realidad lo arrastran al pavimento, a las calles, a las líneas de casas, de negocios, de suburbios. La ciudad estrujándose en la jornada deprimente. Día mexicanamente desorbitado.

—Y ahora que hago para sentirme bien en este malogrado día, en esta hora que se me hace que no termina, que me usa y escupe a cada minuto. Camino, creo que de momento incautamente me sentiré mejor, aunque no sea cierto.  


UN HOMBRE ESPECIAL




Algunas veces pensé que el ser un escritor me iba  ha ser un hombre especial, como si el hecho de escribir fuera una función importante, la cosa es que sigo indagando y creo que sí, quiero ser escritor, sigo pensando que puedo ser un hombre especial nada más que no se de que, en que sentido. Especial porque sería un espécimen  raro entre la población, porque la rareza se mete hasta la cabeza o porque me considero Sansón, la cosa es que creo  que me equivoco. Si dicha profesión no da de comer como diría Sancho  Panza no vale dos habas. Tomar como profesión  el ser escritor  me  conduce a una serie de avatares que al final de cuentas conduce a la miseria, hablo desde México. Y eso tiene un significado de  fundamento .Si naces mexicano y quieres ser escritor necesitas de varias cosas, ser un hombre bien acomodado  para que te vayas sacudiendo poco a poco los frenos, tener parientes conectados  en la cultura o ser un genio. De todo ello no tengo nada. Seguramente porque no tengo  nada, soy pobre, cuento con unos  cuantos libros, leídos y releídos, con unas libretas gastadas y grasientas, con  un escritorio color caoba, una fotografía mía al frente donde aparezco como alguien que no conozco y que conoce la mayoría de la gente, es decir, la cáscara, la  mascarada, el caparazón, también cuento con una  pequeña cama de tres cobijas y tres almohadas, un reloj con figura de búho, pero, y eso es todo. ¿Contar con esos objetos me hace especial? Soy acaso con eso un escritor. ¡Ha!  Se me olvidaba, también tengo un espejo, no podía faltar un maldito  espejo para   estar observando que cara cargamos en el día, antes de ponerme a escribir y después. ¿Para que escribir? Sería una profesión, un deseo inherente al espíritu, un deseo que nace innatamente, o es una pasión que no puedo  remediar, como un vicio de no poder expresarme de otra manera. Porque yo sé que eso pasa conmigo, no se comunicarme con las personas a nivel personal, soy un imbécil para el diálogo, inclusive pasa cuando me preguntan la hora me sudan las manos y la lengua se llena de un pasto polvoso, por eso cuando llego a  mi casa enclaustro el espíritu y sigo así, pero no siempre pasa, en ocasiones lo que hago es ir a las fiestas, divertirme pasear.

Sí,  me gusta pasear, considero que esa es la riqueza que se me ha ofrecido en la vida, el paseo, la vacación, por eso me ha gustado ir a México DF. A  pasearme en los museos, en las galerías, los mercados, o bien por los aparadores, las vidrieras, por las avenidas, eso es bueno. Algún maestro de por allí ha dicho que  los escritores no pueden hablar mas que  describiendo sus propias experiencias y sacando jugo de sus particularidades, explotando su ser interior eso hago, los materiales para un escritor son eso, no creamos que se trata de tener una maquina de escribir  y un buen tanto de hojas, sino de las herramientas  que tiene en la cabeza. Memoria, vocabulario, sintaxis, reglas gramaticales, experiencia, rigor, tesón  espíritu aventurero, observador…que más habría…pues entre ellas creatividad, esa, creo que es muy importante, “creatividad”: eso es algo así como tener las cosas delante de ti hacer una mezcla de ellas y a ver  que sale, o bien es la síntesis azarosa de una invención. Aunque por lo regular consideramos tener mucha creatividad pero la verdad es que es una argucia porque esa invención del “agua tibia” la han inventado otro millón de gentes como yo y otro tanto más de gente que también pensaron que habían  hecho algo como eso.

La vez pasada cuando me puse a teclear la maquina consideré que lo que estaba escribiendo era algo interesantísimo, era algo así   como un relato  de los pajarracos, que viven en los árboles más altos de la ciudad, era  —pensaba— una joya literaria única en la narrativa contemporánea, pensé que podría gustarle a Octavio Paz, a los  hombres  de letras más eminentes. Chasco me di cuando mi maestra me dijo que se conocía unos treinta relatos de diferentes autores que trataban el tema de los pajarracos que viven  en los árboles más altos de la ciudad.  Pues bien,  esa enseñanza me desinflo el aire de hombre de letras especial y  único. Recuerdo que mi maestro me decía que los griegos habían creado toda la filosofía posible, todas las obras  excelsas del espíritu humano, y que a nosotros nos tocaba repetirlas o dar solamente los  comentarios, eso me anima más aún  a creerme un espíritu de escritura especial. He conocido a muchos escritores, se ven tan normales, que desde entonces los considero gente normal, los que si  no me caen bien son los poetas, como que los aborrezco  por decir muchas mentiras o bien toda la verdad, algunos si son buenos pero otros, los  he escuchado en ciertos lugares, diciendo pestes, con un lenguaje más rebuscado, chato y chabacano, que en verdad  da vergüenza tenerlos como   representantes  en esta tierra, de aquellos griegos antiguos  que les conté. Yo no sirvo para eso, en realidad no se si en realidad sirvo para escritor. Mi amigo me comentó  en una ocasión que dejara de estar escribiendo que el cuento, que la narrativa, que la novela,  que el poemita, que la columna periodística, que el ensayo filosófico; sí, es mucho, se que estamos en la época de la especialización  pero, tengo miedo de  aburrirme, hacer pura narrativa jodida  como que siento que me adormecería. Además  sólo le hago al cuento, porque creo que  lo que  escribo sirve para maldita la cosa, nada  más  pura diversión, perdida de tiempo, desgaste intelectivo, o sea el vacío de lo vacuo, la masturbación literata, el vaciamiento de las sacadas de onda, o el vomito psíquico en las letras. Si después de esta explicación sigo estando integro,  entonces creo que nos estamos acercando a lo que sería el hombre  especializado, al profesionista de las letras, el escritor.


UN FUTURO PARA EL MES DE MAYO




—Me iré al departamento  de ventas y allí encontraré, a los encargados que dirigen el mercado. Las computadoras en la amplia sala estarán interconectadas con un sistema operativo en trabajo de grupo. El fax en la cómoda donde están los archivos de clientes se ubicará en la vitrina, junto con el premio de producción, y el premio al producto de mejor presentación en los medios. La publicidad llega a los confines del mundo  como un producto necesario  para las personas modernas. Los mensajeros llevarán la correspondencia para el departamento de embarques y ellos dirigirán el destino del producto a lugares que yo no conozco, que nunca conoceré, porque yo sería un empresario de élite que no asiste a lugares sin categoría o que no están señalados en el mapa de la gente pudiente. La sala de juntas estará en la planta alta  del edificio, desde allí podré sentir el poder, la gloria, el sabor de la cima. Los empleados de cada departamento tendrán un informe  listo cuando yo lo solicite, y el consejero dará ideas de como mejorar la producción, este dará indicaciones al secretario y yo daré por bien visto si es que así me lo parece o si no que se investigue más a fondo, que se trabaje horas extras para conseguir los datos porcentuales dignos de una empresa que está en la punta de la competencia mundial.

La secretaria lo despertó de sus sueños, estando sentado en su sillón frente a un escritorio metálico, ella le trae el café y los informes de sus empleados.
—Por favor, Iraís tráigame el periódico.
—Sí señor, ¿Alguna otra cosa?
—Me comunica  con el gerente de la empresa “IMESA”, es el señor Santander, para ver si le aumentamos el embarque.
— ¿Alguna otra cosa?
—No.

Es enero de 1995, la devaluación del peso mexicano frente al dólar estadounidense ha sucedido, los cambios en las secretarías de gobierno se sobrevienen una tras otra, tal parece que los errores aumentan. En el periódico que hojea Carlos, contador y socio de la mediana empresa; se leen los conflictos que se suceden en ese momento en el país y también a nivel internacional: el levantamiento armado en Chiapas, la ley antiemigrante  propuesta por el gobierno de California, la guerra en Bosnia, el desastre de la bolsa mexicana de valores, el desequilibrio en los mercados internacionales por el efecto tequila, el inicio de la baja de poder adquisitivo, los primeros descalabros para las empresas pequeñas, y el primer regimiento de desempleados nuevos que se suman a los ya existentes en el año de 1994.

El hijo de Carlos vive en un departamento en “las lomas” por aquél lado de Chapultepec, se encuentra en un edificio llamado “el 34”. El hijo de Carlos se llama Oscar es un joven de 26 años que estudia en la Universidad Iberoamericana. Es mantenido por su padre quien muchas veces ha tenido que pagar grandes sumas de dinero por los gastos tan altos de su hijo. La madre de Oscar o sea la esposa de Carlos, es una mujer abnegada pero no por eso deja los gustos por las compras en los grandes almacenes como Samborns, Rodoreda, Sears, o a los centros comerciales más prestigiosos. Los amigos de Oscar son de dinero, sus padres atienden los negocios más rentables en México, son parte de la élite rica de la ciudad de México, sin embargo, la posición económica de Oscar no es muy estable, puesto que la empresa en la que su papá es socio apenas despega con trabajos de los abatáres del mercado. Oscar  sin más es un hombre que gusta lucirse, no escatimar, y exhibir lo mejor con sus amigos y con las muchachas de la universidad.

La recámara de Oscar se encuentra al final del pasillo. La puerta luce estática en color cedro  y con chapa adornada con laminilla ribeteada. Los muros en color azul pastel. La iconografía en las tapias divisorias, son acrílicos y óleos que ha conseguido su madre. Los muebles son “Dico” en tanto que la alfombra gris hace combinación con el remate plomizo en yesería de las esquinas. El clóset multiplica sus espacios con unos espejos por puertas donde Oscar esponja su ego al vestirse, y dentro del armario, los trajes con marcas: Scappino, Dockers, Nino Cerruti, Robert’s; y las corbatas: Jhane Barnes, Gianni Versace; ropa que es utilizada en días especiales porque por lo común usa ropa casual de Levis, Wrangler y calcetines Donelli. Oscar se alista para irse a la escuela. — Ahora sí no vamos a poder escaparnos del examen, lo hemos pospuesto y ahora no nos escapamos — piensa Oscar  mientras se viste frente al armario. El joven se afeita con crema Guillette antes de ponerse su loción Polo Sport de Ralph Lauren. El portafolio en piel  color vino descansa en la mesa anexa de trabajo, a un costado de la computadora “Acer®” duerme junto con la impresora Seikosha sk 3000 color azabache mate. La monotonía se respira en la  arquitectura citadina. El bazar de acciones en la metrópoli no afecta los interiores del departamento, es la opulencia del vidrio, y el cemento la que hace camuflagear el vértigo de la calle. El macadán de la colonia residencial, los bulevares, la envoltura de la epocalidad, el show del delirio urbano, el ir y venir, son las redes a donde se desenvuelve Oscar; lugar donde en unos minutos estará. Oscar maneja en su “caribe”. —Primero tengo que ir a la escuela, después pasar al banco para pedir mi estado de cuenta y luego ver a Verónica en la cafetería y ya en la tarde; a ver que hacemos — reflexiona Oscar mientras maneja por la avenida. En los pasillos de la escuela se encuentra a los amigos.
—Qué tal René como has estado.
—Muy bien y tú, ¿ya listo para el examen?
—No estudié muy bien que digamos, pero pues, ya nos defenderemos. ¿Y tú pudiste estudiar?
—Muy poco, estuve en casa de Gabriela hasta muy tarde…
—Seguramente en el agasaje.
—Pues que esperabas, ¿tú fuiste a ver a Verónica?
—No, la veré después, no la he visto, le dije que aguantara un rato. Mi papá está bien enojado por el estado de cuenta de una de las tarjetas de crédito, pero es que él no comprende que uno tiene sus gastitos, y no podemos hacer el ridículo… — Mientras dice esto, dos compañeros salen del estacionamiento y se acercan.
—Mira, allí vienen los otros cuates.
—Qué tal ¿listos como hachas?
—Yo sí me preparé pero no estoy seguro con lo que dio la semana pasada porque yo no vine dos días y … los apuntes están mal, ¡Oscar maldito, no sabes escribir!— pronuncia fuerte Sergio vestido con unos Levis y una camisa de lana, su loción es “Catalyst” de Halston
—No mames como de que no le entiendes, si están claritos como el agua.
—No se olviden — dice Martín —  que tenemos que entrarle juntos al trabajo que dejó la maestra de cómputo. — Sergio tuerce la boca y hace un chasquido en la boca y prosigue.
—Eso lo resolvemos rápido, le digo a Ramiro el encargado de la red de computo de la empresa de mi papá que nos haga el trabajito y asunto arreglado, tanto  por eso, la maestra se va a quedar pendeja. — Sergio tira la colilla del cigarro muy lejos, cerca de los arbustos del jardín.
—Vámonos ya es hora, y hay que agarrar buen lugar, yo no me pierdo de sentarme cerca de Adán  puede que se pueda… — indica Martín y toma del suelo su portafolio retinto.

Los amigos se dirigen primero por las escaleras y después por el pasillo.

Después de hojear el diario. La oficina parece lucir deprimente, agripada. Por la ventana se observa la avenida populosa vestida de carros en delirio de persecución. Los autobuses hacen su escándalo. La ruta cien desapareció de la noche a la mañana, sólo quedaron huellas de corrupción. La nata pesada de  smog se duerme y cose el ozono en la desolación ecológico-urbana. Las banquetas hinchadas de paseantes, y mientras el sol rechina al pasar por las nubes y  fertiliza el calor que emana del asfalto.
— ¿Cómo dices? — Carlos habla por teléfono. — ¿y esa cantidad la metiste en la bolsa?
— ¿Y entonces?
— ¡Nos vamos a quedar en la calle!
—Sí, tienes razón, debemos tener calma.
—No, ya no
—Estaba en pesos.
—Nos debe la mitad y… será mejor recurrir al Banco y recuperar esa cantidad.
—Sí, estamos al corriente con los impuestos.
—Acabo de ver eso en el periódico parece que va a ser el 15%
— ¡Recorte!
—Pero dime, con cuanto personal nos quedamos.
—a que horas la junta.
—Bien, te espero, yo me encargo de lo demás.
—Nos vemos.

Oscar entra al Banco un tanto malhumorado y con la preocupación formalizada en las entrañas por el examen que acaba de tener. La secretaria atiende a un cliente mientras otro espera también su turno, el Banco presume en su sello los colores verde olivo y marrón, la gente paga impuestos  y hace movimientos bancarios. “la panamericana” se aparece de imprevisto. El guardia con las manos embotadas en la cacha del arma. El cargador de dinero vigila al igual que otros dos la bolsa de dinero y esperan que se abra  la puerta de acceso; uno de ellos se medio oculta entre la jardinera y desconfía hasta del niño travieso que esconde los ticket de turno. Oscar  se sienta y espera. Sus ojos azules enmarcados en unos lentes cristalinos observan el panorama bancario. Los cristales de la fachada del Banco son limpiados por dos encargados al tiempo que los cajeros soban el billete en el conteo rápido, sus sofisticadas mentes trabajan ardientemente.
—Sí, quiero mi estado de cuenta
— ¿De qué meses? — pregunta la secretaria en tanto que alista sus dedos en el teclado.
—Noviembre y diciembre — contesta Oscar mientras hojea la revista “Mundo deportivo”  y después de diez minutos.
— ¡Cómo tanto!
— ¿La va a cancelar joven? — Oscar menea la cabeza en señal aprobativa y sus  ojos continúan puestos en la lista de números y códigos.
—Me permite su tarjeta por favor.
—Aquí tiene.
— ¿Está usted seguro que la va a cancelar? — Oscar continúa con los ojos puestos en las grafías y vuelve a menear la cabeza en señal aprobativa pero inconsciente. — la secretaria dobla la tarjeta hasta que ésta truena y saltan pedazos de ella. Oscar ve la acción pero sigue ensimismado en el balance, no se da cuenta que ya no tendrá crédito en ese banco.
— ¡Joven! Ya está rota, ¡he! Observe, ya se rompió — y lanza los pedazos a un bote de basura bajo su escritorio y continua — ¿va a liquidar su monto ahorita?
—Sí
—Pero antes, firme aquí. — más tarde Oscar continua.
—No sabe que, ahorita no, mañana vengo a liquidar mi cuenta pero quiero seguir teniendo crédito así es de que me  regresa mi tarjeta de crédito.
—Sólo que le haga otra.
—Pues sí.
—Déjeme sacar su expediente y necesito que me espere porque tengo que hacer papeleo  e ir a hacerla.
—Sí, la espero.

La secretaria trabaja y mientras lo hace piensa. — ¡Hay idiota!, si no fuera porque está guapo y tiene unos ojos azules, lindos…chiquitito…huele  ¡Mmm! Tan rico. — aquí tiene su tarjeta. Por favor firme aquí. — Oscar firma.
—Pero no es la misma, esta no tiene el logo de “Visa”.
—No importa joven, tiene la misma cobertura.
—No, se me hace que no, mejor me hace una tarjeta igual a la que tenía, que tal si voy a cenar y al pagar me ponen a lavar platos.
—Es lo mismo, platique con el gerente si lo desea y verá que no hay cambios.
—Buenas tardes — dirigiéndose al señor de la oficina adjunta.
—Buenas tardes — incorporándose y saludando — en que puedo servirle.
—Verá, quiero continuar con mi tarjeta de crédito. Mañana pago mi saldo. La secretaria rompió la que tenía y ahora me da esta que no es la “ejecutiva” sino la “dinámica” y no tiene el logo de “Visa” por lo tanto no tiene lo mismo.
—No hay problema, no tiene nada que ver porque su  nombre está respaldado por el Banco y en cualquier ciudad de la República puede usted utilizarla.
—Pero y ¿Sí quiero ir al extranjero? Solamente  con tarjeta “Visa” puedo tener crédito, y el prestigio que tiene es a nivel internacional.
—Disculpe joven pero su tarjeta tiene límites que fueron  avalados por usted en el contrato, los estatutos que tienen las tarjetas de crédito son estrictos. Esta tarjeta le sirve a usted tanto como la otra, los movimientos y créditos que hizo con la anterior lo puede hacer con ésta de la misma manera, no hay problema, no tiene de que preocuparse — el jefe del Banco se esfuerza en convencer al cliente sabiendo que de lo que  trata el cliente es el de ostentar, y vanagloriarse ante los amigos que se tiene capacidad de crédito y la  reputación que se adquiere al cargar dinero plástico. El poder de firmar — tiene considerado el gerente — se vuelve una capacidad de un individuo de la alta sociedad o quien quiere tener privilegios. — el gerente continua:
—En realidad el Banco lo respalda y le da crédito cosa que sin la tarjeta usted no puede hacer nada.
—Sí, pero yo quiero una igual a la que tenía antes. Con el logo de “Visa” — responde  Oscar insistiendo.
—Le repito que es lo mismo. Su tarjeta de crédito es aceptada en cientos de establecimientos en todo el país.
—Sí pero que tal si en una de esas voy a cenar y si no me reciben mi tarjeta me ponen a lavar los platos.
—Eso no sucederá.
—Bueno pero mejor quiero la otra.
—Mary, venga un momento — El directivo apenas hubo dicho  estas palabras  y contesta una llamada
—Como está señor Don Miguel,
—También bien, aquí trabajando.
—Pues verá, es con respecto al crédito. Tenía que haber pasado ayer aquí, y lo estuve esperando. Le he sostenido todavía el 10% pero… no me quede mal.
—Bueno pues  así quedamos.
—Sí claro, igualmente, buenas tardes.
—Dígame licenciado — dice la secretaria con un par de documentos en las manos.
—Hágale nuevamente su tarjeta de crédito al joven.
—Sí señor — mientras se miran, una comunicación de participación fastidiosa por la postura del cliente se transmite a los ojos.
— Me espera un momento. Pase por acá — pronuncia la secretaria adelantándose hacia su escritorio.

La mamá de Oscar ha acordado ir de compras al supermercado con una amiga.
—A mí me gusta la marca “Vicky Form” no sé a ti pero es lo mejor  que hay en ropa interior, ha salido una línea de Thalía ¿Sabías? — pronuncia la amiga  después de un respiro silencioso.
—Ajá, — contesta la mamá de Oscar— vi el anuncio en la revista “Vanidades” pero para mí no, esos pedacitos de ropa son para universitarias.
—Pues yo sí me pondría algunos modelitos, en esos días especiales, tu sabes… — dice la acompañante con ademanes desplegados hacia el frente y señalándose  con ambas manos.
—La marca “Ilusión” es la que siempre he usado; y en cosméticos los de “Jafra”. Es lo mejorcito y lo más o menos de buen precio.
— ¡Mira esto, un suéter de suave cachemir como los de “Bloomingdale’s”! está divino. Para mi hija en estos días de frío. Y mira los colores, gris, plata, olivo, azul marino y hasta este negro. ¡Déjame modelarlo!—Pronuncia con aspavientos de sorpresa y ligeramente exagerados. Las prendas se encuentran en un exhibidor giratorio. Los ojos de la mujer se engolosinan por la ropa. Para la mamá de Oscar, el interés es otro.
—Son muy lindos, viste en el aparador de la entrada el que tiene el maniquí, está lindo, creo que me lo voy a probar y si no hay de mi talla de todas maneras me lo llevo para un obsequio, es como los que vi en “Philippe Charriol (Boutique) — dice  la mamá de Oscar mientras señala el acceso de la gran tienda y después dirige la vista hacia los vestidores.
— ¡Anda pruébatelo! Es la misma marca que usa Sharon  Stone y Cindy Crawford. Te verás linda.
—Sí, de veras, mmm… acuérdate que vamos a pasar a ver los tintes, necesito unos consejos para el pelo. ¡A veces lo traigo insoportable! — los visajes artificiosos se dejan entrever a través de la boca falsificada de status.
—Que tal… como ves.
—Sí, le a quedar muy bien a tu hija, que te parece uno en colores pastel, por ejemplo este, verde olivo con líneas grises, ¿qué tipo de cuello le gusta a tu hija?
—Pues le he comprado en “V” pero ella los prefiere abiertos de enfrente y con hombreras altas; si no las usa se ve muy niña.

En la tienda, los departamentos son espaciosos, señalados por un sistema de pancartas suspendidas del techo: el departamento de ropa, zapatería, regalos, frutas y verduras. Cerca de las cajas registradoras del lado izquierdo se encuentra el  departamento de libros y revistas, en el exhibidor se ven libros de: Como agua para chocolate de Laura Esquivel, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, La búsqueda de Alfonso Lara Castillo. Evite ser utilizado de Wayne W. Dyer, Dinámica política de México de José López Portillo, Hacen falta empresarios creadores de empresarios de Gabriel Zaid, estos años de Julio Scherer, Colosio de Ramón Diron, Como adelgazar en diez pasos de autor desconocido, y autores como Og Mandino entre otros. En el departamento de perfumes, entre las fragancias se encuentran Elizabeth Harden, Rochas, Christian Dior (Fahrenheit), Chanel N° 5, Yves Saint Laurent, Halston (Catalyst), Clairol.  Como otros tantos de esencias, lociones, fragancias, bálsamos que dan el toque de una personalidad construida a partir de los valores suministrados por la publicidad. Los consumidores van y vienen entre los estantes, por los pasillos y tarimas de productos. Las remesas de descuentos están en espacios amplios. Los refrigeradores trabajan congelando los productos perecederos. Una voz se escucha anunciando los descuentos en algunos pisos. La música de fondo es la “Marcha triunfal de Aída”.

Oscar después de salir del Banco, ha decidido ir de paso a visitar a su papá a la oficina, antes de ir a la cafetería para verse con Verónica. El nubarrón se esconde entre el aire de los suburbios del sur como nata pardamente cuajada.
—Hola papá, como estás — dice el joven asomándose a la puerta.
—Pásale hijo, ¿ya fuiste a la escuela? — pronuncia el papá sentado desde su escritorio.
—Sí, tuve examen… pasé también al Banco.
— ¿Y…?
—…Me… Me dieron mi estado de cuenta.
— ¡Si te excediste ya sabes lo que va a pasar, ya estoy cansado de tus gastos! No te das cuenta que estamos en crisis. ¿Ya viste el periódico? Hace rato me habló Javier para decirme que tenemos que hacer recorte de personal y que estamos muy mal, pero muy mal.— cuando el padre dice esto lanza al frente del escritorio a los ojos de Oscar el periódico — A ver, dame tu cuentita.
—Me hicieron un descuento en el saldo final, y ¡además, entramos al sorteo de uso de tarjeta! — pronuncia Oscar tratando de convencer a su padre y depositando en el buró adjunto la lista de la cuenta, al alcance de la mano de su progenitor.
— ¡Eres un idiota o que! ¡Esta cantidad es excesiva! ¿Crees que puedo pagar esta suma cada vez? ¡Te lo había advertido!…
— No te enojes papá, mira me dieron una tarjeta nueva.

El hijo estira la mano para darle la tarjeta de crédito mientras el papá continua viendo la lista — que le parece interminable — de gastos de su hijo y enfurecido toma la tarjeta. Colérico, la rompe saltando en pedazos. La lanza a la ventana. La irritación se agranda cada vez que su vástago trata de convencer al padre acorralado por la economía y que trata de atrapar un sueño que se le escapa. Oscar se retira enojado. Verónica lo espera en la cafetería. El jefe luego de discutir con su heredero se inclina en el asiento y sueña.
—Me iré al departamento de ventas  y allí encontraré a mi hijo trabajando para introducir el producto en el mercado. Las computadoras ausentes en la amplia sala. En la cómoda no estará el fax sino el tradicional teléfono de oficina. En la vitrina por donde están los archivos de clientes se  ubicará el premio de deportes que gané en la secundaria. La publicidad de las transnacionales (más no la mía) llegará a los confines del mundo como un producto necesario para las personas modernas. El cartero llevará  la correspondencia  para el departamento de mi hijo. Y él dirigirá el destino del producto a lugares que yo conozco o que conoceré después, porque yo sería un empresario que sabe manejar su vida tanto en las buenas como en las malas. La sala de juntas estará en la cafetería del edificio, desde allí podré sentir que puedo salir adelante, de nueva cuenta hacia la cima. Los empleados serán recontratados y tendrán un informe listo tal como ahora es, y mi esposa dará ideas de como mejorar el ahorro tanto de la  casa  como de la achicada empresa y yo daré por bien visto si es que así me lo parece o si no que se trabaje hasta los domingos, que se trabaje horas extras para conseguir sobrevivir en “este México que se nos fue”.