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martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 15


¡SE HA PERDIDO LA MUSA!




Me quedo sin mover ni un dedo oscilando en la silla mecedora. Observo el patio donde crece el herbazal, el pasto y la manzanilla. Descanso la testa en el filo del respaldo, la nuca esta soportando el peso de la cabeza y así sigo, como queriendo adormilarme; meterme en una ensoñación  total, como si el cuerpo se ablandara para recibir lo que sea. Todo parece que se ha puesto de acuerdo. Es el movimiento del estomago en cada respiración. El zumbido de los oídos por la permanente calma. La presión del aire que entra por quien sabe donde. El sopor que bosteza en las cortinas floreadas. El descolorimiento y apaciguar de los colores de los libros y revistas. La indolente quietud de la cama y el sobrecama. El relajamiento de tensiones de las telarañas. El día a pesar de su tierna aparición surge desganado y hosco. El crudo sol sosamente va penetrando su cosquilleo de rayos por las ramas y cortinas de la ciudad. El aire es una salsa de empujes tibios y rocíos tardíos; va elevándose por él, los vapores de las calderas de las fábricas y baños públicos. La claridad del Orto va alejando a esa mantequilla que son las sombras penosas de la noche a otros sitios terrestres.

La estación es la que sea, no me importa cual. Eso no tiene que ver conmigo, no me da de comer ni los horóscopos ni la meteorología. El día de hoy lo que tengo son bostezos largos y  jugosamente distribuidos. La desgana del espíritu es fiel  hasta en las manifestaciones que no tienen que ver conmigo. No merezco estas horas— y tal vez sí— ya que las otras han sido de riqueza y han sido mías, tal parece que después de los años observo el telón de Aquiles de mi existencia. Y no es que me ponga muy melodramático o tenga el espíritu de ese filosofo alemán del que hablan los letrados, creo que se llama Nietzsche, que dice puros pesimismos, no, no es necesario. Lo que sí son los años que pesan como si fueran sacos de cemento en la espalda, son como heridas o llagas que a cada paso nos van frenando por el dolor y a cada año otra llaguita. Mejor debería de dedicarme a la venta de publicidad, al fin y al cabo conozco el medio.

Las metáforas ya no me llegan, por más que combino verbos con sustantivos y unos adjetivos muy estruendosos no desarrollo ideas, me siento como que muy desamparado, perdido en una página en blanco, claro, no es la hoja en blanco tradicional eso es un decir, es la pantalla en blanco, la de la computadora y por más que busco por la Internet algo que fusilarme, nada, no cuaja nada. ¡Ha! Divino cuando las cosas salían por pura espontaneidad, no tenía que buscar nada, la idea se formaba solita y tejía, únicamente tejía a complacencia y sacaba rollo tras rollo, notas bien pagadas y ensayos lúcidos; eran los días en que me dieron el premio de periodismo. Que placer andar por la calle y ser reconocido y saludado por los amigos, por los colegas y vecinos, por los diputados y licenciados, es algo de lo que me siento orgulloso.

Ahora no me ha quedado de otra más que menearme en esta mecedora, cuidando hasta de no estornudar porque al hacerlo se me caen los cabellos de la frente, ¡así ha de estar de acelerada mi calvicie! A todos nos ha de tocar el día en que se nos acaba la cuerda, es como las pilas alcalinas que agotan su energía, dan todo lo que tienen y ya; así he de ser yo, ya he de haber dado todo lo que debía de dar y lo que queda es ir a darse un largo y hermoso sueño en seis pies de tierra. Que placentero ha de ser cerrar los ojos y no molestarse en abrirlos más. Apagar el interruptor click-click y adiós, que siga el mundo su viaje sin regreso, “que yo me pinto de mil colores”. Que prefiero que me coman los gusanos y con eso alimentar a la naturaleza tan divina y perfecta. ¿Porqué ha de ser que llegar a ser un hombre es al mismo tiempo tan primoroso como tan ufano?, su efimeridad es la que es tan absurda, su llegar a ser en el mundo es complicada socialmente pero cuanta insubstancialidad hay a la muerte de cada uno “eso de que polvo eres y polvo te convertirás” es una verdad que da al traste con todos nuestros deseos y existencias de vanidad y soberbia. A veces realmente me resulta la vida muy estúpida por la manera en que se vive, a veces se van los años, años vividos en el error, en la conciencia errática, en la experimentación de una existencia equivocada, sin destino, perdida en un laberinto tan pequeño de tan inexistente, son tramposamente  nuestros engaños los que atrapan, los que fijan y amarran todo, tanto nuestras inseguridades como nuestros más comunes temores. La imagen de un hombre rico en un ataúd equilibra toda desavenencia, en ese sentido Lázaro es más afortunado y más rico porque regresa de entre  los muertos, porque es llamado por el hijo de Dios a la existencia. Con todo esto me vivo y me solazo en mi existencia mientras vivo, ya que eso es maravilloso, no encuentro palabras que describan esa dicha de estar aquí, acampando en esta ciudad cosmopolita y yo sin ideas, desamparado de  la musa que por años me había resguardado. Dejado a la buena de Dios y sin un ángel de la guarda que sople alguna inspiración piadosa para este menesteroso del pensamiento penetrante. Me voy a acurrucar en los sueños para ver si allí en el inconsciente encuentro algo que alimente a este espíritu desvitaminizado e ido a menos. A veces la risa y la ironía me habían salvado, eran una campana antes del knock-out, más por técnica que por ingenio, pero lo malo es que a mi no me gustan las locuras, esos escritos irracionales e incongruentes, es decir sin lógica que llenan un ambiente estrafalario y sin una conexión a la realidad, eso me cansa la cabeza al leerlo, y más al tratar de escribirlo.
—Patrón, allí lo busca un señor que dice que es el director del periódico, lo hice pasar a la sala.
—Mmm. dile que pase hasta acá, es un viejo amigo de años, prepara café para él y para mí agua mineral de sabor con hielo, llévate los restos del desayuno. —el periodista sigue columpiándose levemente en la mecedora, en su mano derecha manipula el control remoto del estéreo colocado en la vitrina. El compacto que programa es el de Joaquín Rodrigo y su tema preferido: El Concierto de Aranjuez.
—Antonio, como te va, dice el dicho que si la montaña no va hacia ti tú vas hacia la montaña.
—Pásale, como estás, como te ha ido, siéntate  allí donde gustes.
—Pues bien allí andamos llevándola. Pero cuéntame tú que es lo que estas haciendo, desde hace unos meses no hemos recibido nada tuyo y bien sabes que tienes lectores que no puedes dejar sin tus publicaciones, vengo por tus originales.
—Pues, ha habido cambios en mi vida, últimamente he sentido como si me movieran el tapete, como si ya no tuviera nada que escribir, y aunque te dé risa la musa me ha abandonado. Y no he podido escribir nada desde hace un buen rato. Se me acabó la creatividad, ya no puedo seguir, de imprevisto ya no tengo nada que escribir, la musa me abandonó. ¡De a tiro me abandonó!
—Como va a ser eso, Toño a tantos años de experiencia, y con la fama que tienes tanto entre la comunidad como entre los colegas e intelectuales, en esta profesión no hay manera de rajarse, sino hasta la muerte y tú aún no estas para la muerte, estás joven, eres un chamaco y pareces un conejo de tan  ágil y vivo, No Antonio, ve a pasear, toma vacaciones y vas a regresar con aires nuevos, te recomiendo las playas de “Puerto Escondido” en Oaxaca, renta una cabañita y desde allí nos escribes y nos mandas tus columnas. —La sirvienta entra a la estancia con una charola, la pone en la mesa de centro y se retira.
—El tuyo es el café, para mí pedí agua, el café me hace ir muchas veces al baño, ya mejor no lo tomo, aunque tu sabes, me encanta. —el visitante se acerca  a la mesa y se prepara el café a su gusto; el tintineo del par de hielos en el vaso contrasta con la música que hay de fondo, en el ambiente se suma el olor del humeante café fresco y apetecible.
— ¿Te van a publicar tu última novela?
—Si, ya cerré contrato con la editorial, andan buscando que salga en el mejor mes de ventas, esas son cosas de ellos. A mi eso no me interesa, tu sabes que los libros son hijos que trae uno al mundo, el que se desarrollen y tengan éxito ya no tiene que ver uno del todo, ellos solos se van abriendo camino.
—Yo realmente no lo sé, nunca he escrito uno.
—Lo que si me preocupa es de lo que te estaba yo hablando, la musa me abandonó, y,  no creo recuperarla. Yo soy un ferviente admirador de esta fe por ella y por más que le rasco a la cabeza, como que ya se me secó. Has de cuenta como un limón exprimido, cuando le sacas todo el sumo, después sólo queda la cáscara, el gabazo, el agrio sabor si lo lambes.
— ¿No te gustaría que pusiera unos anuncios en el periódico? que dijeran: —el hombre hace una pantalla con las manos y los dedos abiertos al frente— “Se busca musa extraviada, se gratificará a quien la encuentre, mayores informes en esta casa editora”
—No, si lo que menos quiero es el escándalo, la burla y guasa de los compañeros y amigos. Lo mejor es esperar, dejar que pasen las cosas, esperar a que regrese “ella”. —los dos amigos continuaron platicando de cosas y al final.
—Bueno, me dio mucho gusto, volver a verte, el café estuvo delicioso, otro día vengo para que platiquemos extenso y tendido, Nos vemos.
—Ándale, pues que estés bien, en cuanto tenga un tiempecito voy a verte allá al periódico, Adiós.—el hombre hogareño ausculta los resquicios de su casa mientras va de la entrada principal hasta su estancia preferida, parece buscar un fantasma que no está.



EL PIRÓMANO 




—Ándale  Oscar. Vas muy lento, yo ya voy la segunda, y tu apenas llevas la mitad— Agustín pone sobre el refrigerador la botella vacía de cerveza sol y lo abre para sacar otro par, destapa la suya y empina el codo, después del trago hace un gesto agridulce y refrescado mientras mira la botella, estirando el brazo —¡Ha! ¡Hajum!—respira—Está buena, ya tenía ganas de una así. Andaba con sed. — Oscar se retranca en la pared, la tienda está repleta de mercancía, hay en ella una fiesta de colores publicitarios, de olores dulzones y acidulados, del aroma de tortas compuestas y de cerveza derramada en el suelo, hay en el centro de la tienda una mesa enclenque que aguanta con esfuerzos un canasto grande de pan de dulce y teleras, el tendero platica con el repartidor, hacen cuentas y cierran negocios. Los dos amigos miran a la calle mientras se dan un respiro en la plática, el silencio es bueno para los dos, dejan que sus mentes se organicen en ideas, recuerdos, proyectos y problemas, los tragos se van sucediendo y en veces coinciden con un — ¡salud!— y continúan la plática. La calle es una arteria secundaria de la ciudad de provincia, por ella circulan los autos a marcha moderada, los transeúntes circulan haciendo sus quehaceres: yendo de compras, saliendo a dar una vuelta en el parque, esperando con grandes esperanzas al novio, vendiendo las paletas en un triciclo con cajón tipo baúl,  adosando voluntades afables entre los peatones, viendo caras, cuerpos, gestos; espíritus errantes en vestimentas tradicionales. La ciudad se comporta engreída en su verdor por el Julio lluvioso y bien plantado. El sol se acomoda en la decaída diurna, donde las gentes más viejas han tomado la siesta, y las sombras se preparan para pintar chiripas en los añosos muros de las casas coloniales. La cebada va burilando un relajamiento tanto en las mentes como en los cuerpos, su envoltura es una reducción de la vista y ligeros escalofríos al ir entrando el alcohol al organismo. Son tres cervezas las que toma cada quién, suficientes para estar a gusto y bien —joven, cuanto le debemos, fueron tres y tres, son seis. —el comerciante cobra y despacha, da cambio y las gracias— sí teníamos sed, y así está bien, gracias, he, hasta luego, hasta luego, — los dos salen de la tienda y en el frontis, duda el amigo mayor, no sabe a donde ir, titubeante, da pasos y se regresa, es su espíritu inseguro el que se asoma, da tres pasos y luego se regresa de nuevo —No, mejor vámonos por acá, sirve que pasamos por el parque. Pasan por un zaguán donde una señora rechoncha plática con la vecina, su negocio a la salida de su casa son elotes, esquites y chileatole.
—Que… se te antoja un chilatole
—Hay como quieras
—Señora que tiene.
—Elotes, esquites y chileatole, pruebe, el maíz está tiernito, mire no es del que ya está pasado, está bien cocidito, y el elote se lo preparamos como usted guste.
—Como ves
—Se me antojan los esquites, seño deme unos esquites.
— ¿Mediano o grande?
—Mediano
—A mi deme un chilatole, ¿está bueno?
—Sí está recién hechecito, y bien rico.
—Como ves
—Hay como veas tú
—Sí… me da uno— observa los elotes, la señora destapa la olla y va a servir el jarabe.
—No, sabe que seño, mejor deme un elote, pero que este bueno, no le ponga mucho chile.

Van disfrutando del sabor del maíz en sus distintas presentaciones. Pasean por el parque. Los dos hombres deambulan en sus treinta y cuarenta años, son de miradas serias e inteligentes, aunque  han hecho ambos locuras que rayan en la extravagancia, en la aventura creativa  y propia de mentes complejas, nunca han transgredido las leyes. Los dos han sido amigos de muchos años, se conocen bien, tienen gustos semejantes. Las veces que tomaban algunas cervezas en alguna tenducha cualquiera —cosa que ambos preferían y no irse a meter a un sitio establecido porque como Agustín decía: “no allí no, porque de allí ya no salimos”— les gustaba pasear por la ribereña del río Zahuapan, por el parque o por el mercado y en ocasiones llegaban al departamento de Agustín para seguir platicando sobre el trabajo o sobre cualquier otra cosa. La casa de Agustín quedaba cerca del centro histórico, a unos minutos y quedaba también cerca su centro de trabajo, era bibliotecario en el centro de investigaciones de Tlaxcala llamado comúnmente “el C.I.T.”  Lugar de reunión con otros amigos pero en esta fecha estaba cerrada por periodo de vacaciones, pero que sin embargo Agustín tenía llaves para entrar y salir a la hora que él quisiera.
—Y si nos tomamos una copita chiquita
—Hay como veas, ¿tienes en tu casa “alcohol”?
—Sí, pero también tengo en la biblioteca una botella de tequila que dejó la otra vez Álvaro, así que como quieras, me da igual.
—Hay como veas. Vamos a la biblioteca, es lo que está más cerca. — El par de amigos se dirigen al centro de trabajo. Oscar carga un refresco de litro y medio de refresco de toronja. La tarde ha oxidado el aire con una capa de asfalto aéreo, las nubes chocolatosas se disponen a dormir en el mullido cielo de provincia; y, sobre los muros virreinales, las sombras ya no pintan chiripas sino   chucherías tozudas o tal vez ingenuas. Mientras entran a la biblioteca surge una conversación que ya han tenido semiroída en otros encuentros.
—Te acuerdas que te dije de cómo me gustaría romperle la cabeza a alguien, como aquél amigo que te conté que decía: “me gustas para un tirito” y sopas, te caía a golpes, pues así me gustaría una vez pero no así, sino con un hacha, tomar el hacha y ¡pacatelas! Saber de esa manera que cosa está pensando el idiota. Siempre he encontrado esa imposibilidad, no podemos conocer las cosas de manera inmediata sino al través de lo fenoménico, o sea a través de las representaciones que llegan a la cabeza, siempre he tenido ese “rollo” metido, como también el gusto por conocer el dolor o hacer locuras “Donjuanezcas” como las que narra Carlos Castaneda.
—Yo soy de la idea de que se debe de buscar modos de ir soportando la existencia, finalmente sabemos que en el espíritu las cosas que quedan en él no son las cosas ordinarias sino más bien las extraordinarias y llegar a ellas es provocando el espíritu, desajustando nuestro ordinario existir ¿no crees?
—Pues sí… finalmente es eso, de esto se pueden decir infinidad de cosas, y voy a decir una tontería, pero, vieras que también hay veces que las cosas más minúsculas te llegan a afectar de manera evidente y sin que exista una cosa excepcional por ejemplo un grito, una escena en una película, la cara de alguien en la calle o algo que pasa o la manera como sucede que a veces pienso que por estas cosas tiene que existir Diosito.—el amigo que escucha se queda callado y se acomoda en la silla de escritorio perfectamente ergonómica. La sala amplia de la biblioteca luce los altos muros blancos y los vastos anaqueles llenos de volúmenes substanciosos, añosos y contemporáneos; clásicos, regionales y únicos, pesados, descoloridos y mamotretos ilegibles. El fichero  se aposta a respirar por una larga noche más, el olor vetusto de los libros; papel tinta, pintura, polvo, desodorante “pinol” y olor de cigarro son una conglomeración sensitiva  que ambienta la plática de los dos amigos.
—Donde tienes los vasos, no los veo.
—Tráetelos de allá del archivero de la esquina, por donde están  las cosas del aseo, por allí te traes un cenicero.
—Aja no quieres también tu chupirul, oyes ahorita que me acuerdo, la próxima semana te entrego los libros que me llevé, el de Bachelard  y el otro de “mi lucha” de ya sabes quién.
—Sí tráelos cuando los acabes, tú sí eres de confianza por que los demás cab… ya no les presto nada hasta que me regresen los que se llevaron.
— ¿Me sirves? o  yo mero me castigo.
—Sírvete hombre, el copetín es chiquito nom’as para estar un rato a gusto. Sabes que me gustaría un día. Tener el espíritu de incendiario, empezar con una fogata en el bosque y ver como el fuego alcanza los arbustos, las ramas bajas de los árboles y luego las copas de los pinos y maravillarme de como el fuego va corriendo con sus lenguas tan peligrosas y salvajes y ver la vastedad ardiendo sin control, y en el trepidar de las ramas, entre el crujimiento de los árboles pasto seco y matorrales soltar carcajadas insanas. Abrir bien los ojos porque no volverá a suceder, sería como estar poseído, como alcanzar el deleite  propio de los Dioses. Como una catarsis plena. ¡Que tal!
—Pues eso realmente estaría interesante, cometer locuras como esas yo tal vez no me atrevería. Cuando las cosas se salen de mi control, cuando ya no las puedo controlar como lo sería el fuego, me pongo de malas, y simplemente no lo soporto, aunque si me llega cierta malicia como para provocar cosas que lleguen ha ser inmensas e incontrolables y luego reírme de la odisea.
—Que tal si aquí prendemos fuego, incendiamos todo esto y que se lo cargue todo la…pero que fuera ingeniosa, no nada más  lanzar el cerillo y salir corriendo sino planear de tal manera que uno no salga inculpado y haciendo uso de la inteligencia como provocar el fuego por un corto circuito o por la difracción de la luz por una lupa y concentrarla o por frotación como lo hacían en la película de “la guerra del fuego” o bien por química haciendo una máquina que contenga por ejemplo sesquisulfuro de fósforo y trisulfuro de antimonio con un reloj para que se incendie en horas muy apropiadas y esto con: petróleo, gasolina o parafina,  cual sea menos la escandalosa formula de la dinamita o la nitroglicerina, tendría que ser algo que sea de cacumen y bien realizado.
—Que… ¿le entras?
—No masques, eso es mucho trabajo, te vas a quedar sin chamba.
—No, el sindicato me defiende, además necesito unas vacaciones más grandes.
—Tráete la caja de herramientas vamos haciendo un corto circuito…con la parrilla eléctrica y unas hojas viejas. Además no hemos de ser los primeros en quemar una biblioteca, acuérdate de la quemazón histórica de las bibliotecas tan famosas de Alejandría, o la cantidad de libros invaluables e irrecuperables quemados por la inquisición, o la que realizó el nazismo en el siglo veinte. Estas cosas no suceden seguido, pero piensa por ejemplo en los “accidentes” que ocurren en los archivos de los gobiernos salientes, cuando se han enriquecido milagrosamente…
— ¿Esas son tus justificaciones para quemar esta biblioteca?
—No tengo ningún especial interés en quemar esta biblioteca, me da igual, pero  ahorita en los bosques no se puede porque la hierba está verde y es época de lluvias, además me da güeva… sabes qué, no, mejor no… mejor vamos apagando la sed con unos tragos. ¡Salud!
—Aquí está la caja de herramientas, has lo que quieras.
—Y tú como ves.
—Por mi, que se vaya todo a la … a mi esto me tiene sin cuidado, a quien fregados le importa una biblioteca, ahora, actualmente, tiene más valor un coche o unos trapos lujosos que una colección de libros, o sea que de nada sirve haberte leído bibliotecas completas y tener un bagaje cultural propio de sabios si en la vida vale más el hombre que tiene riquezas aunque sea un impenitente ignorante, sabemos muy bien que los valores están trastocados, puestos de cabeza, y cualquier valor fútil puede ser  ensalzado como la panacea del siglo, como lo es en el día de hoy  el consumo y el culto al hedonismo, y no digamos que no nos gusta, no nos engañemos, el mercado seduce de una manera irrefrenable.
—Deja de decir mamadas y ayúdame a meter algodón entre la resistencia de la  parrilla.
—Como serás güey  a poco así lo vas ha hacer, no, necesitas que el cable se caliente mucho y así provocar el corto circuito, necesitas poner papel que sea fácilmente inflamable, como el papel de baño o el periódico, pendejo te van a echar la culpa a ti de que dejaste puesta la parrilla.
—A chinga entonces como le hago.
—Pues inténtalo incendiando un maldito libro, cual sea.
—No tengo cerillos, el último de la caja lo utilicé en este cigarro.
—No bien te digo, perate no te lo acabes. Sóplale a la braza para hacer llama… no, no te está resultando. Según se dice el fuego se propaga con relativa facilidad pero ya vez que no, de que otra manera lo vas a intentar.
—Pues con la lupa que tengo en la gaveta y con la difracción de la luz,
—Pues inténtalo, yo mientras me tomo mi trago. —el amigo se pone manos a la obra, prepara una buena dotación de papel de baño hecho bola y saca la lupa. Consigue en la bodega una escalera y se sube hasta estar cerca de los tubos fluorescentes, el otro amigo dentro de sí se ríe a carcajadas.
—De a tiro estás bien toto, que no ves que esas lámparas son de balastro y esos tubos no producen calor. Eres tan pen..sativo como para ir a buscar un rayo para hacer fuego, ¿de casualidad no eres de descendencia gallega? Tienes petróleo o gasolina en la bodega o alguna que otra cosa que sirva. Algún alcohol.
—Cual, como el tequila, que te estás tragando
—No este no lo toques para tus experimentos. Es sagrado.
—Pues yo sabía que el fuego se propagaba con facilidad, pero mira que no he tenido suerte.
—Oyes y el carbón que quedó de la parrillada del primero de mayo, ¿en donde está?
—Allí está guardado, pero lo que necesitamos es hacer la lumbre. Cómo vas ha encender los carbones si no hay cerillos y luego que los tengas encendidos que.
—Ponlos a calentar en la parrilla y ya que estén rojos los avientas encima de los libros o los vas intercalando como si fueran separadores y allí que Diosito disponga. —el amigo entre tragos, seguía intentando la quemazón, el otro amigo lo aconsejaba para hacer las cosas de la mejor manera. Diez veces fracasó el experimento, pero en la décima hubo de salir demasiado bien, pero ya cuando los dos amigos dormían, y esperando una cruda que  jamás llegaría.