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martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 16


MI BOLSA Y MI GLOBALIZACIÓN.




El menesteroso, sentado en la pierna que le hormiguea, piensa que eso es un sacrificio que hay que soportar para ganarse el pan y la manteca diaria. Los trapajos vestidos lucen a tono, y su acompañante amigo y colega, cabecea por el sopor de las primeras horas de la tarde. En todo el día les ha caído unas cuantas monedas de limosna, la suma es raquítica, pero continúan allí poniendo su cara de pobres y desamparados, estirando su mano tiznada, roñosa y arrugada.

—Compita, póngase a vocear, ya sabe que el que no habla, Dios no lo oye.
—Nel carnal, ya me aplatané de que nom’as nada, con la raza, de a tiro pienso como uste, cuando dice que Dios nos ha desamparado.
—No pos, cual desamparado, si así es la vida pss ni para que negarla. Pero uste sígale en la voceada ya sabe que bien dice el dicho que más discurre un hambriento que cien letrados ¡seño…una caridad por el amor de Dios!
—A veces pienso mano, que lo mejor es que nos jale la calaca porque esta ya no es vida, nom’as nos andamos mosqueando —estira la mano  y pone una cara de sufrimiento con los ojos medio adormilados.
—Cuando se le va a quitar el espíritu de jodido, no compita, la gente rica tiene la obligación de darnos, pero de la situación, ésta de la crisis, no hay mal que por bien no venga. Así es como pienso yo y más tarde que nunca, veremos la fortuna o por lo menos un buen morir.
—Nel, bato, uste siempre al mal tiempo siempre le pone buena cara. Pero yo siempre ando viendo nubarrones.—saca una cajetilla de cigarros sin filtro, estruja el estuche y toma con los labios el carrujo, tiene en la mano derecha una escayola roñosa y dura que le sirve para aparentar mejor su invalidez, con los dedos asomándose en la punta del yeso, rasga un cerillo y enciende su tabaco y continua— Hasta la abuelita de superman ya se dio cuenta que está dura la cosa, con eso de la globalización y la liberalidad nos van a quitar el pan de la boca, al rato van a venir colegas de otros países, se van a sentar, mire, allí a un lado y esa competencia nos va a llevar a la chin... No pos si le digo que el gobierno quiere acabarnos a pura hambre, a lo mejor esos mendigos resultan que saben pedinguear mejor que uno y como dice el pueblo de que: cada maestrillo tiene su librillo; puede que resulte que tienen mejor técnica, nosotros no vamos a tener otra cosa que nom’as mirarlos.
 —Aguas, allá vienen unas ñoras, ya cállese no ve el dicho: oveja que bala, bocado que pierde.
— ¡Una limosna para este pobre invidente!
— ¡seño…una caridad por el amor de Dios!

Bajo la banqueta están dos perros de los más corrientes que pueda haber. Ovillados. Por su pelambre recorren ágilmente las pulgas. Las garrapatas entierran aún más sus extremidades hasta provocar rasquera en las orejas del par de desgraciados y enjutos canes. Se escucha una flatulencia.
—Compa, te estas pudriendo, deja de pedorrearte porque así espantas a la clientela.
Es de que los tacos que me trague ayer ya estaban medio podridos y ya sabe que a buena hambre no hay pan duro y ya ve las consecuencias.
No compa yo no los veo nom’as las oigo y los guelo. De tanto ya hasta se me quieren ampollar las narices, no mames, ponte un corcho en el culo.
—Présteme atención colega, y póngalo en la caña
—Lo que le voy a poner será una empinada.
 — ¡Una limosna para este pobre invidente!
— ¡seño…una caridad por el amor de Dios!
—Ya compa párele, vamos allá a la parroquia, ya es la hora de la misa de las cinco— las pocas monedas tintinean en el bote, sonido que hace despabilar al par de perros y como si supieran la diaria rutina de la pareja de amos, van despatarrando sus pesuñas y bostezando sus  hocicos jubilosos; reinician su olfateo en los muros veteados de orines así como por los postes degradados a  mojones de marca territorial. Al levantarse. Por el esfuerzo se sueltan una serie de flatulencias que hacen sólo menear la cabeza al compañero.
—Tenga compa, le toca esta ganancia, cómprese unos “alka-seltzer” para aliviar la panza  o unos tacos allá con el tuerto.
—A ver. —el compañero toma las monedas, observa las águilas impresas, soba sus contornos mientras inicia el camino, el otro se retrasa, tiene la pierna acalambrada de estar mal sentado. Los perros se han adelantado y bien contentos y felices mueven la cola con cierto orgullo.
—Sabe que “parner” esta morralla, esta limosna es para uste. Porque yo nomás estuve cabeceando y ni voceaba. Y uste es de los que no doblan la pata y son tercos como las mulas además como dice el dicho: los dineros del sacristán, cantando se vienen, cantando se van. Yo nom’as  voy andorreando la vida.— La iglesia se apoltrona al centro del pueblo con su par de torres con cupulín y cruces de hierro forjado, sus campanas acaban de dar el primer repiqueteo, cosa que ha hecho elevarse por el aire pañuelos blancos y aerodinámicos: las alas de las palomas juguetean con la gravedad de sus cuerpos.
— ¡Una limosna para este pobre invidente!
— ¡seño…una caridad por el amor de Dios! —estira la mano y al recibir la limosna de su amigo uste sabe que la neta mi bolsa y mi globalización están de a tiro en las últimas, pero esperemos que en algunos años ¡si Dios nos concede vida, claro!, que podamos salir de la miseria, y que en lugar de comprar “pisto” corriente se nos haga un añejo, a poco no.
—No, no siga “parner” porque se me hace agua la boca.

Al tratar de cruzar la calle uno de los perros no logra alcanzar la banqueta próxima y es atropellado por un auto. El sonido es seco y directo que va unido a un chillido leve salido desde la vitalidad más substancial. El otro perro es el primero que se acerca al malherido can que acostado perpendicular a la guarnición de la banqueta, respira entre jadeos y sangre que brota de los ojos, lame el hocico y voltea a ver a los amos con las orejas bien levantadas y vuelve a lamer el hocico de su amigo de correrías. El  par de menesterosos se apresuran cojeando, lanzando jesuses al cielo, tintineando sus trebejos y olvidando casi sus cegueras, y sus minusvalías. Cosa que se aprecia como una escena cómica de director novato. La gente se ha detenido. Los comerciantes de la calle se han asomado para ver, con fisgoneo y morbosidad, quien ha sido el desafortunado; el auto del percance se ha detenido más adelante. Los dos mendigos observan al herido y por experiencia saben que la vida del desdichado animal ya se termina. Desde la torre viajan campanadas que barnizan la ciudad, es la segunda llamada para la misa de las cinco. El conductor se baja del auto y se apresura a ver al herido. Habla muy rápido, y en un lenguaje que no se entiende. Al mismo tiempo los dos indigentes reclaman y lanzan leperadas.

—Mon Dieu! Pardón!…Ciel! Je ne pus regarder pas rapidemont quand le chien travesé la rue. Je ne sais pas quoi faire en cette situation! Malheur! Nous pouvons conduire a vétérinaire?[1]

— ¿Y este que dice? —pregunta uno de los indigentes a su compañero, se quedan como idos, tanto por el accidente del perro como por el extranjero que se topa en sus vidas. El francés  hace aspavientos tratando de darse a entender pero no consigue nada, hace mímica como tratando de levantar al perro pero no lo entienden.
—Oyes, tú que te fuiste de mojado y anduviste con los gringos has de saber que cosa dice este.
—no parner, no le entiendo ni jota, ha de ser ruso. Pero enséñale el botecito, ha ver  si te da algo— el colmilludo mexicano hace los suyo, y teatralmente observa al perro agonizante. Y suelta unos berridos. El extranjero continúa explicando y dando su versión. No hay nadie que le entienda.

Ne  pleure pas, le animal se soigne! vous prendre cette, argent  pour qua le conduire au médical. Mais, S’il vous Plait Je ne veux pas avoir probléme avec les  autorités. Se blesser sest en la teste mais il se soigne. Je suis une touriste. Demain je suis parti au Etats Uni. Pardón, pardón mais adió, adió.[2]

En el bote entran unos Euros recién fabricados, nuevos y olorosos. El papel moneda desconocido hace brillar los ojos de los indigentes que observan el bote y se olvidan de los ojos del animal que van perdiendo brillo hasta quedarse quietos, vidriosos y sin vida, observando las llantas del auto del extranjero que se alejan por las calles adoquinadas.

Los trashumantes compañeros, después de ver por un rato la quietud mortuoria del perro. Se dirigen a la iglesia para seguir en el negocio. La tercera llamada no faltaba en aparecer. El infeliz chucho que quedaba, huérfano del amigo, echado a un lado, pronunciaba unos chillidos leves pero verdaderamente  lastimosos. Se quedó aguardando hasta muy noche para ver si se paraba, pero no fue así, era cadáver. Percibió su desgracia con un dicho: en perro flaco todo son pulgas.
—Te digo que mi bolsa y mi globalización a empezado, la liberalidá nos va a llevar a la riqueza, aunque hay que hacer sacrificios pero  y como dice el dicho  a la tercera va la vencida.
—Vas a Creer tu eso parner, y suelta una leve flatulencia allí echado a las puertas de la iglesia.

LAS BENDICIONES DE UN HALLAZGO 




Jacinto iba a dar la segunda pasada con su arado al par de surcos nuevos cuando se topo con una piedra, era un ídolo de los antiguos habitantes de la región. En dicha zona era común encontrarse figurillas de barro cocido representando a pequeños niños sonrientes o títeres en terracota, así como caritas y vasijas incompletas que más que nada eran guijarros. Pero no lo era encontrarse con una deidad de esa dimensión. Los nuevos surcos se los estaba agenciando del bordo del arroyuelo, el comisario Ejidal no diría nada porque era su tío así que dos surcos más le redituarían algunos costales extra de mazorcas.

El clima era cálido, la sequedad de los terrenos de temporal se sentía en la garganta cuando el viento frontal hacia estrellar los bufidos arenosos en la cara; y hacía que  Jacinto, se tapara la boca con su pañuelo y cerrara sus ojos hasta dejarlos como unos ojales planos y apretados. Algunas ingenuas nubes hacían su aparición pero tan pronto como probaban el salvajismo del sol primaveral, salían huyendo a esconderse entre el aire bronceado. A lo lejos, iban y venían pequeños y a veces minúsculos remolinos que cruzaban danzando por los campos, como si fueran personajes de alguna comedia. Por sobre la loma, justo en el pueblo, se veían dos torres gemelas; la iglesia estaba allí parada, como un gendarme cristiano que cuida que no se asiente en la tierra el diablo. Fue sacando la pieza haciendo posa con el azadón y usando las bestias para tirar de ella. Muy al principio no le tomó mucha importancia pero a medida que iba sacudiendo la tierra, iban apareciendo en la piedra esculpida: ojos saltones que brillaban con el sol, toquilla con medallones o más bien casco de diosa importante, con inscripciones raras en él; Eran los brazos cruzados al torso y al lado de las manos dos pechos salientes y apezonados, la falda tenía hendiduras como canales en forma de rombos y sus pies apenas si asomaban de la falda. Se transformaba entonces de una piedra cualquiera a una escultura de antigüedad y con valor. Sacudió la piedra con un costal y raspó con la hoz los canales bien contorneados, sabía que tenía valor y que no la iba a dejar allí, así que la envolvió con el saco para la pastura y la cubrió con zacate, espero hasta la hora de regreso. Se las ingenió para cargarla en una de las bestias. Cuando llegó,  su padre lo esperaba para la ordeña. La troje era el lugar idóneo para guardar el hallazgo. Bajó la pieza con cuidado, y fue a  seguir con los quehaceres de la casa. Dio de comer a los animales. Los puercos, las chivas y las gallinas después de comer se echan a disfrutar de una siesta contagiosa. Cuando terminó, llevo agua y escobeta para limpiar la escultura, empezó a tallarla y conforme iba escurriendo la tierra barrosa, aparecía los perfectos contornos de la Chachiutlicue. Jacinto conocía leyendas  y mitos en torno a la diosa. Sabía que darían en el mercado negro, buen precio por ella, pero también podía recibir bondades de la diosa si le ofrecía un sacrificio. Después de todo, el pueblo seguía creyendo de manera sesgada en los dioses de los antiguos pobladores tlaxcaltecas.

A la noche Jacinto quemó incienso; el sahumerio frente a la escultura se encontraba invocando bendiciones para la tierra y sus moradores, mató una gallina abada, en tanto dejaba escurrir el agua propia de una diosa que era dadora de este don. Danzó el baile del chochocol y luego se fue a dormir. El monolito se quedó inmóvil, tenía de guardianes unas flores de cempasúchil.

Esa misma noche una mujer soñó a Jacinto, era Candelaria, la hija de don Facundo que en edad de casorio, trabajaba en las labores de la casa. Su madre le había dicho que si una vez soñaba una caja de muerto y en él un cadáver que se fijara en la cara del muerto porque ese sería su futuro esposo. Candelaria en sus sueños veía a una mujer hermosa y antigua era una como diosa que tenía a los pies serpientes y estas serpientes a su paso iban dejando arroyos de agua cristalina, la diosa la conducía ante un ataúd  y le decía: entrégate a él, serás dichosa. Ciertamente Candelaria conocía esa cara, la de aquél hombre joven que había visto en la fiesta del pueblo, él correteaba feliz entre los cohetones del torito. Candelaria sabía que rumbo tomaba el joven hombre.

Una semana pasó para que llegaran las autoridades para arrestar a Jacinto. Alguien había ido con el chisme y habían ido a recoger la pieza —cosa que no lograron— y a meter a proceso a Jacinto.—cosa que tampoco se realizó— Las autoridades aplicarían sanciones expedidas en el Reglamento de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos, dichas sanciones venían dictadas en el capitulo VI y artículo 51 que dice: “Al que se apodere de un monumento mueble arqueológico, histórico o artístico sin consentimiento de quien puede disponer de él con arreglo a la ley, se le impondrá prisión de dos a diez años y multa de tres mil a quince mil pesos. Algunas personas interesadas del Instituto Nacional de Antropología e Historia estaban por hacer cambios en su ley y tenían en agenda una iniciativa de ley general del Patrimonio Cultural de la Nación cosa que estaba causando revuelo por los cambios, en ella había un excuso que rezaba: Si la persona tiene en su poder monumentos muebles arqueológicos exclusivamente para su apreciación y goce en forma privada, tomando en cuenta la educación, las costumbres y la conducta del sujeto, no le será aplicable la sanción prevista en el presente artículo, con independencia de que le sean impuestas las sanciones administrativas que procedan en tal caso. Jacinto no tenía la pieza y tampoco diría a donde había quedado, tampoco podía ser castigado porque no había objeto alguno por el que podría haber sido castigado. Y si las autoridades se empecinaban en ello, tenía el recurso de la iniciativa de ley que próximamente sería sometida a voto en el senado.  Pero para no hacerles larga la plática finalmente Jacinto fue castigado administrativamente pagando una suma de tres mil quinientos pesos. El lugar donde había sido encontrada la diosa Chachiutlicue fue puesta a disposición y reserva del INAH. Volvieron a tapar el hoyo que había hecho Jacinto porque como siempre es, no hay presupuesto en el Instituto y sólo hay para mantenimiento de los centros arqueológicos oficiales. Y no hay tanto dinero como para ponerse a rascar por todos lados porque por todos lados hay restos prehispánicos y paleontológicos.

El afamado y rico escultor Sergei Kokomo de Estados Unidos estrenará una pieza más  en su colección. La paquetería ha llegado al condado de Nueva York, en unos días será desempacada, habrá brindis y fiesta en la mansión. La diosa del agua Chachiutlicue de Tlaxcala traerá bendiciones o desgracias a la zona, No se sabe. Pero los pronósticos de los científicos con todos los adelantos tecnológicos y con las computadoras más avanzadas auguran una decena de ciclones en el Océano Atlántico que afectarán a sus costas, pero no saben que tendrán el doble. La diosa hará caer agua a su milpita.

Candelaria entró a la troje cuando Jacinto afilaba la guadaña para el día de mañana, la leve penumbra hacía que las sombras se acurrucaran en los trebejos. Para  Jacinto el simple hecho de encontrarla allí en su troje era ya una provocación, así que tomo la iniciativa y fue acercándose a esa deseable y virgen joven, con delicadeza le puso la guadaña al cuello, cerca de la nuca, y por el largo mango de la herramienta fue acercando a la mujer que sin hacer resistencia avanzaba hacia él. Jacinto se figuraba pescar con caña una presa de lo más apetitoso. —La diosa del agua me dijo que me entregara a ti puedmmm. Mmm. — Los besos suspendieron el diálogo y fueron explorando sus cuerpos con caricias, besos y demás. El sahumerio era testigo fiel del cumplimiento de los mandatos de los dioses. Esa misma noche cantaron los gallos a una hora poco habitual. Los más viejos del pueblo sabían que había llegado el cambio de clima, se esperaban las lluvias que llegaban a buen tiempo. El pueblo tendría buenas cosechas.





[1] ¡Dios!, Perdón. ¡Cielos! No pude ver rápidamente cuando el perro atravesó la calle. ¡No sé que hacer en esta situación! ¡Desgracia! ¿Podemos llevarlo al veterinario?
[2] No llore, ¡el animal se curará! Tenga, le daré dinero para que lo lleve al médico. Pero por favor no quiero tener problemas con las autoridades. Sangra de la cabeza, pero se curará. Soy turista y mañana viajaré a los Estados Unidos. Perdón, perdón pero, adiós, adiós.