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martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 18


EL NAHUAL DE HUAMANTLA




El nahual no sale en las noches de luna llena, esos no son sus días, sino las fechas en que impera la oscuridad. Las anochecidas más calladas tampoco son de su gusto sino cuando el viento hace mover las cosas de manera azarosa o cuando los perros inquietos lanzan sus aullidos a sitios distantes o los perros que ladran desde sitios remotos e inquietan a los canes más cercanos. La población de Huamantla se encuentra a 45 kilómetros aproximadamente de la ciudad de Tlaxcala. Es una entidad singular que podría confundirse con una ciudad pequeña o con un pueblo grande, sus habitantes piensan que viven en 2000 pero en realidad viven en una época diez años más atrás. La historia de los nahuales es antigua. Desde antes de la llegada de los españoles, entre los moradores de la región, se creía que había  personas que por las noches se transformaban en nahuales, estas gentes vagaban por la medianoche asustando a la gente, robando ganado, y pertenencias, así como ultrajando a las mujeres que se quedaban perdidas por los caminos y veredas. Los nahuales los había de bondad y de maldad casi siempre los que se dedicaban a la maldad tenían una muerte muy sangrienta y dolorosa, en cambio para los nahuales de bondad, pasaban por ser finalmente aceptados en la región. Los nahuales se transformaban en caballos, burros, perros, chivos o cochinos y no tenían cola, otras personas las describen como animales muy fantásticos que lanzaban fuego por sus cuatro patas. También los había que eran nahuales que por las noches merodeaban las casas de las muchachas, las espiaban por las ventanas cuando se iban a la cama y las espantaban con ruidos y manoseo cuando salían a obscuras a los patios y jardines de sus hogares. Algunas personas de las más viejas cuando intuyen la presencia de un nahual, al primer malestar de cabeza se ponen sus chiqueadores que son hojas de ruda, de epazote o alguna otra hierba de olor mojada en alcohol.

El nahual de Huamantla se pasea por las calles, ausculta los resquicios de las puertas y ventanas, olfatea los hogares, merodea en las colonias y casas apartadas, tiene un sentido peculiar para saber, en una casa, la habitación de la mujer hermosa y casadera, tiene el cuerpo educado de un felino, sus extremidades van avanzando como una perfecta máquina, se va camuflando entre la negrura. Viene siendo sigilosamente hasta la sombra. Los muros no son ningún obstáculo, ni los cortinajes. Entrar a una propiedad no tiene para él ninguna prohibición. Eso es cosa de los hombres más no de los animales. La pelambre negra absorbe toda luz y su presencia pasa como un soplo de hojas o bien sin ser percibida. Los ojos gatunos atisban los cuartos y sus habitantes, por entre los resquicios van asomando a esa existencia. La mujer joven con una soltura que sólo puede dar la intimidad, se deshace de sus zapatos y ropa, va dejando, en la silla, en el ropero y buró la ropa del día, la desnudez aparece en segmentos o total, los pechos y pezones presumen su juventud, las piernas firmes confirman la belleza desplazándose por la estancia.

Tras la cortina el nahual atisba la escena, se place en la observancia, goza a placer el hecho de observar sin ser descubierto, se deleita al develar la intimidad, los secretos obscuros, los enigmas de la mujer soltera; disfruta al descorrer la gasa de la intimidad más celosamente atesorada. La mujer ante el espejo se deleita con sigo, al ver sus perfiles reflejados, sus contornos curvos y suaves, su cabello suelto y perfumado; sus piernas abiertas casi en arco confirman su solaz soltura. El nahual casi puede advertir en los perceptibles gestos de la cara, los pensamientos secretos, sus deseos más recónditos, son las sonrisas de un bello recuerdo, las miradas lujuriosas a su cuerpo, las caricias a los labios o los gestos jubilosos de un deseo latente. El nahual arquea su cuerpo, trata de alcanzar tras el vidrio y con sus garras aquel ser deseable por sus formas de Venus. La Venus del nahual no sale de la espuma del mar y de una concha sino que su espuma es en veces el velo que hace disimular al cuerpo, en veces es la transparente gasa que hace ver las cosas menos crudas y más perfectas, y la concha donde guarece no es marina sino terrestre y esa concha es la habitación que cobija  y protege.

El nahual se asoma a otra casa y es el baño donde la señorita alista los enseres propios para entrar a la regadera. El ojo atraviesa las paredes, atisba los contornos, las variantes, la tez y los movimientos; es una máquina de la observación, del arte de apreciar la hermosura, cosa distinta es el fisgoneo morboso y trastornado que lastima y contamina al apreciador de las formas perfectas y femíneas. No hay nada de perturbado en ser el advertido de la belleza y ser el fiel esclavo de adorar las efigies de las linfas en la tierra. Observa y la observada se pasea la espuma jabonosa por la piel turgente, la mata húmeda y negra resbala pegándose al cuello y la espalda. El torso late su vida, pulsaciones que casi imperceptiblemente hacen vibrar los senos duros y serenos, el pezón amorenado y sin mácula se enfrenta a las gotas caprichosas de la regadera, que urgentes quieren surcar por todo aquel paisaje curvoso y en algunos sitios velludo. Los brazos suben y bajan recorren los extremos, reconocen cada segmento; la gimnasia se aprecia solemne, ritual, casi religiosa; ejercicio que al tallar y hacer espuma se transforma en magia blanca y burbujas. La cara recibe las gotas ignotas del beso epidérmico, cruzan haciendo malabares en hilos argentinos. El calor de  las lágrimas acuáticas abren los poros y respira el alma, su licuación del aura se entrevera en el vapor que danza hasta el techo y allí se condensa. El sonido chisporroteante del agua es como una danza de Centauros celebrando sus orgías eróticas, es la fiesta al rededor del cuerpo afrodisíaco.

El ojo nahualezco no esperaba un sopapo en la testa:

—¡Pinche chamaco cabrón!, conque estás espiando a m’hija, te voy a poner tu merecido, toma, toma, y toma esto otro: —¡pac!, ¡cataplum!,  ¡soap! ¡pun! ¡ouch! ¡Crack! ¡Sinif!— y no vuelvas por aquí… ¡Libidinoso!


EL DOCIL AMO




Su caminar era seguro, con determinación. Las orejas levantadas que demostraban algo de “inteligencia”. Caminaba sesgado, metiendo la pata izquierda entre las manos y la pata derecha a lado diestro de la mano derecha, moviendo la cola con agilidad y gusto. Llevaba el frasco al cuello, este colgaba de una soga fuertemente amarrada que hacía que la pelambre en esa zona se abriera en surco como una gargantilla peculiar. La lengua comenzaba a sudar a los pocos minutos de iniciada la travesía. Observaba atentamente antes de cruzar la calle, era ducho al intuir los salvajes choferes, o los pilotos embriagados de prisa. Cuando llegaba al parque, se echaba al pasto y era cuando el dócil amo, salía del frasco para empezar a trabajar en la calle pidiendo limosna y haciendo malabarismos.

Nadie había percibido de donde salía el perro, tal parece como si de repente se dosificara de fantasma a perro común en las calles y por las noches se desvaneciera  a otras dimensiones. Se tenía el rumor entre la población de que el perro vivía en una cueva en los Cerros Blancos y que él era el guardián tanto del hombrecillo como de un tesoro escondido por los cuatro señoríos a la llegada de los españoles, pero que nadie había podido seguirlo porque era muy escurridizo y cerebral, otros decían que primero se veía venir por la rivera Oeste del río y que sacaba gemas verdes de su lecho y luego las escondía en un paraje escabroso, unos más afirmaban haber visto como atravesaba el muro central de la capilla abierta, la que está frente al exconvento de San Francisco y por un pasadizo se escurría por galerías cavernosas entreveradas bajo la estructura e iglesia, y que este pasillo corría justo bajo de ella, y estas excavaciones se confundían con los ahuecamientos que habían hecho primero los tlaxcaltecas cuando levantaron su centro religioso, luego los franciscanos para protegerse de los naturales y por último los presos que querían escapar de la cárcel en épocas de las alzadas y de la revolución. En realidad, todos tenían distintas versiones, y a todos causaba espasmo al ver el par de seres que pedían limosna en una banca del parque. El perro  se quedaba a lado o bien muy cerca, seguía con los ojos a las ardillas, ratas y palomas que con su movilidad inquietaban. La pelambre del perro era ceniciento, con el pelaje del lomo oscuro y el del pecho bajo de fina pelusa gris. El hocico se apreciaba amplio y dentadura y lengua eran de una pulcritud poco creíble. No se sabía si alguna vez haya mordido o ladrado a alguien, su docilidad tenía sus límites por lo siguiente. El frasco presentaba toda su transparencia excepto en los sitios por donde daba vueltas la soga y la tapa lo era de rosca sencilla, tanto por dentro como por fuera tenía una especie de agarraderas distintas, la de afuera eran propias para que el hocico la sujetara y por dentro para que entre manos y pies del dócil amo la cerraran. El par de ventanas para el flujo de aire, en veces cuando no las sujetaba, iban dando tumbos; y, dentro del espacio, se escuchaba como lajas golpeándose. La mullida estancia estaba en su base cubierta de una alfombra y cojines que hacían confortable los trayectos, y un cajón donde guardaba no sé que secretos, u objetos desconocidos.

Los malabarismos realizados por el dócil amo iban desde equilibrios a una mano, saltos mortales desde el respaldo de la banca, contorciones para atravesar por un aro, dominio de las corcholatas que hacía girar, equilibrar y maniobrar como un perfecto cirquero; además de los trucos, apariciones y suertes propias de los magos, y sin faltar, el baile y el canto de los corridos tlaxcaltecas y canciones pueblerinas; en fin, era una caja de monerías artísticas.

La ganancia por todo aquello eran monedas que iban desde una corcholata, los centavos, los pesos y cuando algún rico visitaba el parque caía un billete, lujosamente nuevo. También había que los turistas extranjeros disfrutaban de las demostraciones y dejaban caer metales de grabados monogramáticos alienígenos. Parecía que no le causaba ninguna importancia el dinero, era como si fuera un nomo que se dedicara a retirar el circulante. El perro en veces se aburría y ovillado tomaba una siesta frente al sol de la tarde. La chaquira del traje del dócil amo, con los rayos del sol, provocaba chispazos juguetones que se desperdigaban por los ramajes bajos de los árboles y por los setos de los jardines. Su bombín de terciopelo en arco iris hacía sonreír desde los más chicos hasta los más grandes espectadores.

¡Cuanto asombro despertaba este personaje!, y con que recelo escondía su identidad, su personalidad inescrutable, su vida íntima circunspecta y atemperada. Su pasado no existía, y su futuro tampoco lo era. Era el existente, que vivía el momento y nada le importaba más que, comunicar lo que sentía en una sonrisa, en la reunión tanto de la gente como de las monedas. Pero ¿Por qué el dócil amo era quien era? ¿Acaso alguna maldición lo había transformado en eso? ¿De Dónde venía este minúsculo ser, y cual era su propósito en la vida? ¿La gente algún día podría saber de su pasado, y su triste historia? ¿Quién era el perro que lo acompañaba? ¿Era acaso un ser del mal cuya misión era castigar al dócil amo? ¿En donde se guarecían y cual sería su fatal muerte, si es que la tenían?

Las preguntas siempre nos van a asaltar, vendrán a nuestra mente como cascadas insumisas. Yo fui uno de los hombres que por última vez los vio. Recorrían la avenida principal y parecía que el perro como un gendarme montara la última guardia de su fortín, era como si un rico hacendado recorriera su propiedad antes de irse a dormir. A mi memoria, llegan algunas canciones y corridos, recuerdo sus tonadas pero no sus canciones y poco a poco se van borrando los colores que lucía su hermoso bombín de circo.


CARTEÁNDOSE CON LOS DIOSES 




El río no había crecido mucho en las temporadas de lluvia. Los encargados de  la medición y cálculo del agua habían marcado en sus libretas más que los mismos números, eran variaciones mínimas. El río circulaba de Este a Oeste y cruzaba por el centro-norte de la ciudad, su destino era el Océano Pacifico, este río recibía distintos nombres según las regiones por donde atravesaba. El río corría muy placido exceptuando en la zona del Puente Rojo, donde había turbulencias debido al arcaico vado que dormía en su desuso; Daniel evitó dicha zona para su cometido. El inicio de la tarde se atemperaba de calor por el andamiaje arbóreo de las jacarandas de la ribereña.

Las caricias que hizo al papel antes de introducirlo a la botella, eran de un enamorado que manda carta a su amante. El pergamino enrollado era de papel fino de Holanda y el sello estampado en cera a la manera antigua, tenía un escudo Heráldico, de casa y estirpe distinguida. Los caracteres manuscritos eran del antiguo griego, lenguaje que pocos conocían pero que entendería perfectamente su destinatario. El corcho que serviría de tapón había sido de la añeja botella de champaña que se había bebido en las fiestas del nuevo milenio. El aire que se embotellaba era el de Ciudad Bienestar, moderna y estrenadora de era. Mas sin embargo, el remitente aún no sabía de las peripecias en las que se vería envuelto.

El par de amigos René y Wilber se citan en Toquitlán bar muy afamado por sus aires de grandeza cultural, por sus ambientes substancialmente ígneos. En las mesas se encuentran algunos periodistas de izquierda, otros son promotores idealistas, más allá son poetas rancios, y acullá son  músicos y a la vez fanáticos del rock de décadas pasadas. Las cervezas que se sirven allí son de las más frías, y no las que “parecen miados de burro”, las hay negras, claras y las llamadas “ampolletas”, las hay de Jarra, de yarda, de barril y de bote, nacional y extranjera; hay también del casi extinguido pulque, aguardientes, tequilas, rones y rompopes para alguna niña “fresa” que se haya equivocado de rumbo. El par de amigos comentan el cambio de sexenio, la transformación que ha habido en el estado, y las novedades de la cultura; el ambiente literario es su esfera de vida, son hombres entregados a los cambios aunque sus distintos temperamentos y personalidades distan mucho y hasta se pensaría que son antagónicos, pero por sus afinidades se entienden. Hacia más de un año, ellos habían participado en un desplegado, era una manifestación y denuncia de las políticas culturales que se llevaban a cabo y que imperaban en esos días. Denunciaban la incertidumbre que había en los cambios de sexenio, así como de los proyectos culturales, del autoritarismo con que se ordenaba el discurso de lo cultural e intelectual, de la improvisación y falta de profesionalismo, de la exclusión y ninguneo de los artistas y creadores del estado, de las insuficiencias del instituto encargado de la cultura, y la cerrazón de las políticas culturales con su consagrada abulia. También denunciaban el caciquismo arrogante y fanfarrón de los “sabios” del pueblo. Y el ahorcamiento sistemático de la crítica, la creación y la conciencia libre por presupuestos bajos, apoyos simbólicos e infraestructura ida a menos.

Era el inicio de la tarde y Daniel zambutió el  corcho en la botella y selló con cera los contornos de la boquilla. Se puso sus lentes para el sol, cargaba el recipiente ámbar como si fuera un objeto sacro, como si el destinatario fuera Faraón, Emperador, Rey o algún semidiós de amplios poderes. Daniel a nadie lo había comentado, pero su misiva era dirigida a Apolo. Daniel consideraba que  la botella llegaría primero a manos de Afrodita y esta la daría a Atlante para que la considerara, y finalmente llegaría a Apolo. Tenía sus riesgos, la misiva podía llegar a manos de alguna Gorgona o Hespéride y hacer mal uso de ella. Pero Daniel sabía que quien no arriesga no gana, así que comunicarse con su Dios predilecto era una prioridad de lo más fundamental.

Los dos policías dan vuelta a la esquina y toman rumbo a lo largo de la ribereña al momento ven a un joven lanzar una botella al río. Van y le dan alcance. El joven no se resiste. La botella toma un rumbo fortuito navegando en la corriente.
—Joven, queda usted detenido. Lo llevaremos a la comandancia. Está estrictamente prohibido lanzar cosas al río, apenas se aprobó el proyecto de ley para saneamiento y se está en proceso de limpieza. Lo siento amigo, pero tendrá que pagar una multa de tres mil pesos o cárcel de no se cuantos días.
— ¿No nos podremos arreglar aquí entre nosotros?, usted sabe, es una molestia ir hasta allá y el papeleo.
—Pues usted dirá de que color son mis ojos, a ver si nos entendemos.
—Tengo un cien para que se vayan a las “michas”.
— ¡Uf! amigo, con esa pobre patria no me arriesgo para que me corran de la academia, además que, móchese con un poco más, que valga la pena la regañada.
—A poco los van a regañar, ni quien los vea. Ni quien vaya con el chisme.
—No, de todas maneras para que andas aventando basura al río, si ves que está bien contaminado y todavía le echas más. —Daniel se queda callado, no se va a poner en evidencia, declarando que no es basura sino otra cosa, que es una especie de S.O.S. de un naufrago de la nave de los argonautas, que es un mensaje que leerá el mismo Apolo en el Olimpo griego. Sabe que ese par de analfabetas, obtusos alcornoques no entenderían ni siquiera una oración enviada a la Guadalupana. Mientras los gendarmes se aconsejan a unos pasos, Daniel piensa que cualquier castigo es nimio en comparación a un diálogo con su Dios, sabe que el Ser superior lo escuchará así que cualquier cosa que ocurra es insustancial.

El bar está lleno de pláticas y variedad de temperamentos, René y Wilber juzgan la actual administración del instituto de cultura:
—No René, no es por allí la cosa, en realidad los cambios no son sencillos, y tu sabes que a partir del desplegado si se resolvieron las cosas, tu sabes, sí hubo participación de todos, o por lo menos de la mayoría, cosa que no se había dado en la historia de Bienestar, Bienestar a sido una ciudad de mucha indiferencia para la cultura, siempre se había dejado todo al ahí se va, siempre queríamos que nos resolvieran las cosas, por eso el paternalismo creció tanto. Ya era hora que se pusiera un alto a la intransigencia de las autoridades.
—Aja, y ¿Se ha resuelto mucho formando el consejo general y los comités de cada área, se resolvió bien lo de los presupuestos aceptables y lo de poner en las direcciones a las gentes que se merecían el puesto, que eran miembros asiduos de la cultura de Bienestar?, No, yo pienso que fue como dar atole con el dedo o como taparle el ojo al macho y todo sigue igual. El plan estatal de desarrollo lo veo como un bosquejo que hacen los improvisadores. No hay ninguna seriedad, tal parece que las autoridades se piensan que están tratando con una bola de retrasados mentales, que dándoles cualquier bicoca todos vamos a estar de acuerdo y perfectamente sumisos, las demandas siempre son muchas y siempre van a estar atrasadas, estaremos pidiendo cosas que simplemente ya no se sostienen, que son atrasos en la cultura, que por pura postergación de las autoridades no se avanza. A poco no es una mamada que tengas que poner de tu bolsillo para montar una exposición de lo que sea, o que vayas a buscar apoyo como si pidieras limosna o que quieras ir a alguna comunidad de Bienestar a una tocada, a una puesta en escena de teatro o de títeres y que no te den ni para la combi.
—Le estás exagerando.
—No, en serio, bueno, sí te dan, si lo pides bien, pero te lo pagan después, eso si llevas comprobantes.
—Pues yo realmente tengo fe en que la nueva administración va a cambiar, se ve que tienen ganas de hacer cosas, de conglomerar y hacerse visible.
—Pues algunos tratan de ser muy visibles ¡he! más bien diría yo, quieren ser “protagonistas” y figurar demasiado; como que adulan y hacen la reverencia muy servicial a las autoridades de más arriba, ¡pinches arrastrados jodidos!
—No sé a quien te refieres, pero creo que estamos mejor a como estábamos antes, Las autoridades están dispuestas a escuchar y dialogar cualquier propuesta que se tenga.
—De veras no sé porque sigues creyendo tantas cosas, has de creer hasta en el santa clos, La cultura para los políticos no es más que una  herramienta que puede utilizarse, la cultura para muchos es parasitaria, no contribuye a la riqueza del estado sino que es un gasto social. Existen errores de apreciación, el político piensa que les está haciendo el favor a los de la cultura y los miembros de la cultura piensan que con su arte humanizan educan y nos ilustran por tanto piensan que les debemos un favor; nada más errado que todo esto, en realidad pienso que la cultura sirve para maldita la cosa, a esta altura de la historia del hombre debemos estar conscientes de que la cultura como expresión de lo humano está más que muerta, La cultura no se desarrolla ni crece ni evoluciona a mejor, maneras de expresarse van y vienen eso creo que seguirá, lo que no tiene salida es el marco teórico que lo fundamenta. Sin un fundamento bien plantado de lo cultural que tenga que ver tanto con lo religioso como con una postura filosófica distinta de la que estamos acostumbrados a ver, no se va a dar una cambio radical de la apreciación del mundo, de la apreciación de la cultura y en sí de maneras de ser, de existir. Actualmente, nada es más extraño para la gente común que la cultura, porque no la siente como suya, son espectadores de algo que no les llega. Que pasa como las cosas en la tele, sin ninguna conexión con el contexto en el que se vive. En veces he pensado que en realidad la cultura tiene como fundamento, como en otros ámbitos, el  culto a la personalidad, al deseo de hacerse evidente, la satisfacción del ego ¿No crees?
—Dudo mucho de lo que estas hablando, hay veces que se hacen las cosas y no se sabe ni porque, se hacen por pura chiripada, por pura provocación. — terminaron de beber y decidieron dar una vuelta por la orilla del río. Wilber condujo su auto muy al norte de la entidad, viendo el río y lanzando piedras, haciendo “patitos” sobre el agua, continuaron platicando sobre las políticas de la administración de la cultura.

—Joven, acordamos que van a ser dos iguales o vamos a la comisaría
—Pero les estoy diciendo que lo que tengo es nada más eso, no tengo más, vea— Daniel enseña su cartera al policía, la extiende en tanto que dice— este billete de 100 y .. ¡ha! Mire, tengo esta tarjeta telefónica, es de a cincuenta y todavía no la uso…
— ¡Está bien traiga acá y guarde eso, cualquiera que nos vea va a pensar mal! Que no se vuelva a repetir, porque a la otra nos da el quiebre y además lo llevamos a los separos. —Cuando Daniel se dio cuenta ya la botella se había ido, le hubiera gustado verla perderse entre  las pequeños vaivenes del agua, se quedó sentado un momento y luego regresó a su casa.

— ¡Mira una botella!, hay que atinarle, a piedrazos el que pierda dispara los tacos.
—¡Órale!— El par de amigos inician el torneo, se afanan con pequeñas rocas, pedruscos, gravas y añicos de ladrillo, así estuvieron hasta que un sonido seco y vidriado dio termino a la justa. Metieron reversa al auto y se fueron a cenar. La noche  se pintaba hogareña, todos los habitantes de Bienestar habían tenido un día espléndido.