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martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 19


IRAÍS



“Hay veces que no tengo ganas de tocarte, hay veces que quisiera ahogarte en un grito… pero no me atrevo”.
Caifanes



Mientras el autobús circulaba por el bulevar escuchaba la música de los “Caifanes”, la melodiosa canción hacía rememorar aquellos días cuando iba al departamento de Iraís, él entraba en esos momentos a la gran ciudad para verla. La Puebla de los Ángeles se percibía como la metrópoli modelo de fin de milenio, con sus riquezas y sus bajezas. Entre un tumulto de coches, el autobús gira para entrar a la “CAPU”, otros  más salen a repartir los pasajeros a una docena de destinos: Poza Rica, Orizaba, México, Tlaxcala, Acapulco, Jalapa, Oaxaca, Veracruz, entre otros. Oscar se levanta antes de parar el camión para bajar cuanto antes.
—Gracias — le dice al chofer mientras pone los ojos en los escalones de salida.
—De nada —pronuncia el empleado en tanto que apaga el motor.

La gente corriendo, con prisa, los maleteros con sus batas cafés empujando su herramienta de trabajo: ”el diablo”, los taxistas tratando de ganar el pasaje, la muchedumbre en la expectativa de ser transportada en la sala de espera, el olor de los hot-dogs combinado con el sudor del autóctono, del serrano se atesora en el ambiente; el rápido transito en los baños se baraja en los minutos, en las colas de las líneas de transporte se apretuja el fastidio y el ansiedad, en los taxis autorizados se imprime la impaciencia;  y la mendicidad presente, siempre presente.
—Joven caridad, no tengo pa’l pasaje a mi pueblo —le dice una señora de rebozo y en el rebozo una criatura mamando la chichi, colgada y mugrosa. Otro  crío asido al delantal husmea con sus ojos raquíticos la red con pedazos de torta que han recolectado en algún tambo. La criatura luce la desnutrición en su triste perfil y las desproporciones que tiene el capitalismo en un país latino, en una nación con atraso socioeconómico; es el resultado vivo del centralismo en el gobierno y el deficiente apoyo en las redes bajas de la sociedad. Oscar los ignora de manera patente e indiscutible, detesta a los “jodidos”, —porque no saben hacer otra cosa que vivir de los demás como parásitos de la vida pública, de la sociedad. Oscar circula por las afueras de la terminal de autobuses y se encuentra con ofertas y ofrecimientos que no hacen perturbar ni un poco siquiera los ojos puestos en su objetivo más inmediato: la combi.
— Güerito, el dulce de camote, llévelo, llévelo a cinco a cinco.
— ¡Cemitas!, ¡cemitas!
— Taxi joven, taxi,

Sobre el puente peatonal, la avenida se aprecia jugosa de variedad de autos, de movimiento motorizado. En el horizonte más cercano se capta el mercado de fayuca, los anuncios de Coca Cola, el restaurante, los rótulos: del hotel, de las diferentes avenidas, la oferta de colchones, la gasolinera de enfrente; y más a lo lejos ve la silueta de la Malinche, los otros volcanes, la colonia “la Paz” y sus antenas de  comunicaciones, los edificios más altos, las chimeneas de las fábricas como alfiles en regimiento. Es una apreciación que a Oscar le da igual, no es más que la ciudad donde vive Iraís: su amante. La combi llena y cachonda. Los asientos ocupados. La  gente sudorosa, bronceada por el sol mestizo  de noviembre. Por la mente de Oscar pasan innumerables pensamientos.

—Pinche gorda infernal —maquina en su mente —por su culpa no quepo, ¡hijole! Y faltan como quince cuadras, ¡he!, no me sobes la mano, bodoque, te haces pendeja hasta crees que te voy ha hacer caso, ya me imagino pataleando contigo, moviéndote tus kilos de celulitis, o encimándote en mi pobre cuerpecito, no, si nada más eso me faltaba, que una gordis se pusiera candorosa en la combi, y lo bueno que no la tengo bien enfrente porque si es así, con los meneos de la combi me cae que sí me entusiasmo y le pongo sus piquetes de mentirillas o de a perdis sus sobadas. A de tener una pechuga descomunal como para agarrarlas de almohada y de chupón al mismo tiempo, no pero, eso solamente sucede en esta ciudad —y en su mente vuelve a tararear —“hay veces que no tengo ganas de tocarte, hay veces que quisiera ahogarte en un grito… pero no me atrevo”.

La dama pasada de kilos baja de la combi, luce como collar una papada carnosa, tan gruesa que parece no tener cuello y ser la continuidad de su cara, los senos ciclópeos, apresados en un sostén sufridor y dentro de ellos un par de aureolas  morenas y rubicundas con sus torrecillas tipo mamila. La mujerona con su caminar pesado se va alejando mientras la mirada de Oscar se posa en otra mujer que es  exactamente lo contrario, si aquella mujer descendía de las bacas gordas del faraón, la que Oscar tiene enfrente tiene como origen las vacas flacas, su cara  no es más que la piel pegada al cráneo, su boca es una cuarta parte de su cara y otra cuarta parte son sus orejas, el pecho desnudo por el vestido escotado y sobre de él un desierto enjuto de nada como la carencia de agua en el Kalahari o como la desolación desecada en la aridez de Arizona. Su figura seca  y escuálida se encuentra asentada en los lugares que miran de frente al chofer, sus tenis asoman unos popotes esqueléticos y de tobillos unos nudos de hueso perfectamente bien definidos.

— ¡Ah! Cabrón —piensa Oscar —ésta sí que está huesuda, pues… ¿qué no le darán de comer en su casa? En lugar de vientre tiene un tubo cubierto de salea, ¿cómo sería subirse al “guayabo” con esta? Me imagino que si quisiera darme un beso apasionado me deja morado el pómulo o si se pone caliente corro el peligro de que me dé un codazo y termine con el hueso clavado o bien si hay “prau—prau” lo que va a ver será puro nervio.

Oscar pide la parada. La esquina próxima sobre el bulevar es la indicada para tomar la siguiente combi. El sol fortalece los árboles cenizos. La “naranjita” limpia la acera muy cerca de los arbustos. El camellón es sopleteado por una infinidad de escapes y de nuevo el gran tropel de autos con destinos encubiertos por la multiplicidad de avenidas en la ciudad. La Puebla de los Ángeles se percibe como la metrópoli de fin de milenio con sus riquezas y sus bajezas. Y Oscar una vez más en el transporte colectivo, la combi hecha carcaza, maloliente. El conductor pilotea como un perfecto bárbaro, el inculto apestado en la descortesía, es la instulticia al volante. Muy por afuera del vidrio roñoso, las fachadas lucen ataviadas de mugre y la roña propia de un barrio bajo de la ciudad, el tiempo se ha comido poco a poco el color de los muros y los herrajes promueven el oxido  en toda la estructura arquitectónica. Después de respirar por varias cuadras el olor combiezco, decide bajarse. La tienda de la esquina se encuentra abierta.
— ¿Me presta el teléfono? —dice al tendero y este con pesadez, con la ubicuidad pegada a las pestañas le alcanza el auricular.
— ¿Es local?
—Sí.
—A peso el minuto.
—Aja. —mientras marca el número de Iraís piensa — este pinche viejo aprovechado, pero se ha de morir cagando.
—Bueno… ¿Iraís?
—Sí, quién habla.
— Habla Oscar.
— ¡Qué tal, como estás, Oscar! ¿Donde andas?
—Aquí cerquitas, a la vuelta de tu casa, quiero pasar a saludarte, pero antes quería saludarte, que tal si estabas indispuesta.
— ¡Ay no! Cómo crees, ven, te espero.
—Bueno, ahorita te veo.

Oscar después de liquidar su deuda telefónica camina por una calle del barrio, la colonia se adormece zombiescamente en las primeras horas de la tarde. Como en cualquier colonia popular de la grandiosa ciudad de Puebla, los baches adornan la calle con el decorado propio de la estrechez de la clase media, el agua potable brilla por su  ausencia cinco días a la semana, en la tubería gorjea pobremente el fluido. Con un beso en la mejilla lo recibe Iraís y pasan al departamento. Oscar evoca el estribillo de la canción de los “Caifanes” mientras sube las escaleras que conducen al departamento — “Hay veces que no tengo ganas de tocarte, hay veces que quisiera ahogarte en un grito… pero no me atrevo” Oscar observa a Iraís que sube adelante de él, es visible su pelo oscuro y brilloso, la pequeña falda negra deja asomar los muslos pálidos.
—Qué linda estás hoy, eres un encanto.
— ¡Hay!, Gracias.
—Hueles a recién  bañada.
—Sí, me bañé hace un rato después de comer.
—Por cierto. ¿Tú ya comiste?
—Sí ya comí, gracias, pero… que preparaste.
—Hice arroz y de guisado: pollo con verduras, ¿Quieres?
—No, pero… — observa a la atractiva mujer con ojos deseosos — que hay de postre. — La mujer se hace la desentendida y reacomoda tanto el entusiasmo como las carpetas de la mesa del comedor. Él está sentado en la sala.
— ¿Quieres café?
—Sí, se me antoja algo calientito —responde Oscar mientras observa el teléfono y bajo de él el directorio. Mira la ventana y a lo lejos las nubes se hacen nudo.

Iraís es una mujer adulta, muy atractiva, trabaja de secretaria en una empresa constructora. Tiene el carácter reservado pero en la intimidad es la tigresa que devora todo, en la vida cotidiana cumple con las reglas de convivencia sociales y con Oscar es la amante que siempre pide más, que quiere que las cosas no terminen. Físicamente es alta, de figura estilizada, su cara un tanto ovalada al estilo de las mujeres costeñas, la barbilla disimulada en unos dientes blancos, los hoyuelos pícaros en las mejillas como dos recipientes para depositar besos, su larga melena descansa a sus espaldas y sus pasos breves, siempre bien pensados como ahorrando el coqueteo cada vez que da un paso.
—Como te fue en el trabajo —dice Oscar mientras saca del bolsillo de la chamarra la cajetilla de cigarros y se dispone a fumar.
—Bien, no estuvo el jefe y el contador se fue temprano —responde Iraís desde la cocina. La cafetera está lista —entre sorbo y sorbo de café los amantes van aproximando sus cuerpos reconociéndose, rozando, rompiendo las barreras. Oscar desliza su mano por el cuello. Ella se estremece, él continúa por el escote hasta tocar los pechos, desliza sus ágiles dedos por en medio de los senos. La otra mano inteligente explora la pequeña falda negra que deja asomar los muslos pálidos. El erotismo se posesiona de la pequeña sala con todo y el color de las paredes, las cosas se enternecen. Por el aire vuela una cana imperceptible. —Ven, acá estaremos más cómodos —dice una voz femenina entrecortada por la excitación.

—No hagas ruido porque allí está mi hermano en su recámara, y si nos escucha ¡Olvídate! — la pareja al iniciar el sonido de las bocinas bailan en un abrazo. Oscar conduce a Iraís paso a paso hasta la orilla de la cama. Sentados. Ella desabotona la blusa, poco a poco va descubriendo sus pechos. Iraís al ver los ojos cafés piensa. —Sí eso es veme. Oscar quiéreme, ya, toma mis pechos, sí OH Dios, ¡Rico! Sí, sigue, corre como loco, ¡Huy! Oscar loco, apuesto que no has visto muslos más blancos y suaves como los míos, bésame ahora baja, continua allí  donde tengo burbujas, cómeme ya, adentro, ahora señor mío, lo mejor, ten el pezón los botones ¿boca abajo? No hagas tanto ruido pero… sigue… me estás matando, Huy que rrrico caballito cabalga eso si el beso ¡Oh Dios! toma el violín el pedacito ¡que grande! Tener eso diario mmm… golpéame, mátame, como me gustaría que conocieras mi sentimiento hazme sufrir… ahora todo… ¡maldita cama no crujas! Mi vaginita, mi vaginitttaaaa, me va a estallar el corazón, Oscar sube la almohada pondré la almohada esta mejor ¡oh! Dios. ¡Diablos mi hermano anda en la cocina! —espera, espera —pronuncia Iraís — mi hermano anda en la cocina si nos encuentra cogiendo se arma  la de San Benito.
—No te preocupes haré menos ruido —Oscar toma un preservativo y lo estira de tal manera que suelta un extremo y el golpe va a dar a las caderas de Iraís, que impactada por el doloroso golpe se tuerce en un éxtasis nuevo, siempre esperado. El masoquismo es el elemento inédito en la relación. Para Oscar es como descubrir ignorados elementos de dominio masculino y la relación renovada. Mientras se viste tararea: “Hay veces que no tengo ganas de tocarte, hay veces que quisiera ahogarte en un grito… pero no me atrevo”.

Mientras el autobús circula por el bulevar escuchaba la música de los “Caifanes” él entra en esos momentos a la gran ciudad para volver a verla. La Puebla de los Ángeles se percibe como la metrópoli modelo de fin de milenio, con sus riquezas y sus bajezas. Entre el alboroto del transporte, el autobús gira para entrar a la “CAPU”, otros  más salen a repartir los pasajeros a una docena de destinos: Poza Rica, Orizaba, México, Tlaxcala, Acapulco, Jalapa, Oaxaca, Veracruz, entre otros. Oscar se levanta antes de parar el camión para bajar cuanto antes.
—Gracias —le dice al chofer mientras pone los ojos en los escalones de salida.
—De nada —pronuncia el empleado en tanto que apaga el motor.


LA SELVA




Siempre envuelta en aromas de azotea, se asoma la presencia, sola, sin amigos, en el total abandono. Es cuando se hace acompañar Alejandro de ella.

Se ha sabido en la colonia que Fortino será Licenciado, eso para él es importante, para los otros no ha sucedido nada.

— ¡Déjame en paz, no quiero! —dice la sirvienta mientras  trata de quitar el cuerpo de él, ella estira los brazos para impedir el acercamiento. La mujer se encuentra entre Fortino  y la pared. En el costado izquierdo de la recámara queda estático el espejo, y reflejado en el vidrio, la cama. —Tío te habla mi abuelita allá abajo —pronuncia el niño pecoso que llega de imprevisto, sus cabellos lacios y despeinados son la semejanza de parentesco. El niño se aproxima a la joven. — ¿estaban jugando a las cosquillas? —Cuestiona el niño. —Sí, como las que te voy a hacer a ti ahorita —dice la sirvienta. —No, por favor —es cuando el niño suelta las carcajadas que se esparcen por encima de las cortinas y hacen eco entre los juguetes arrumbados bajo la cama. La sirvienta pasa sus dedos ágiles por el cuerpo contorcido del infante, agenciándose para sí misma una sonrisa cómplice.

— ¿Vas a seguirle con lo de la tesis o tienes pensado hacer otra cosa? —Habla la madre —porque ya urge que te titules porque yo ya no puedo con los gastos de la casa, tú sabes que son muchos, más los gastos de los niños. Por eso quiero que te apures, pero tú dices que no quieres trabajar en cualquier cosa, que para qué  estudiaste tanto y trabajar en algo diferente a lo que estudiaste, hijo, no creas que me preocupa el que trabajes en lo tuyo, en lo que te gusta; pero debes pensar en lo económico,  en que la crisis está que nos lleva el carajo, y si estamos saliendo adelante es por tu hermana que trabaja todo el día, y ni los domingos descansa porque ya vez que vende la artesanía. Yo digo que debemos de pensar en otra cosa para traer dinero a la casa, y que tú debes de apurarte para titularte. He pensado que podemos poner un puesto de artesanía los sábados, quien quita y con eso salga para tus libros o para los gastos de las copias o las combis. No siempre lo que soñamos se nos concede pero debemos seguir luchando para conseguir lo que queremos… ¿No crees hijo? Tu papá pronto va a regresar de Estados Unidos y con el dinero que traiga  tal vez alcance para revocar la casa, y techar el cuartito de al lado, allí podemos pasar la cocina, aquí pronto ya no cabremos, tu hermana necesita su espacio, todos necesitamos un espacio, a mi nunca me  ha  gustado que andes poniendo los trastes encima del tocador o de a tiro sobre la cama. No hijo, de milagro terminaste tu carrera y eso porque Dios te socorrió y porque al principio estaba aquí tu papá, y te daba para la escuela, y tenías tu domingo, pero piénsalo hijo, tu nos tienes que ayudar… ¡tráeme agua de la pileta! Voy a poner agua a calentar, porque se va a bañar Rosalinda, la cubeta está por los tanques de gas —Fortino se ha  quedado callado después de comer, mira la tele y de vez en cuando voltea hacia la cocina donde trabaja Rosalinda: la sirvienta; el cuerpo de la criada no es más que el cuerpo de una mujer, nada más que de tamaño reducido, empequeñecido, su cabello negro, un tanto quebrado, le da a los hombros. La doméstica es bonita, tiene ojos expresivos, la sonrisa agradable, la piel tersa. De su cuerpo: los pechos son pequeños, suficientes, el color de la piel es pálida. Rosalinda  se baña y su pelo se moja a cada jicarazo, las piernas son restregadas quedando cubiertas de jabón, un ojo la espía por el agujero por donde entra el tubo de gas, Fortino siente el corazón agitado, se excita al espiar el cuerpo femenino de la quinceañera; sus nalgas, el pelo cayendo húmedo por la espalda, sus pechos inocentes, menudos, la boca callada. Los ojos observando la actividad, los pies ingenuos. El líquido cae hasta quedar la tina vacía.

Alejandro se pasea por los altos de la casa, su vista está perdida en el horizonte, en la distancia, la ciudad de Tlaxcala: las casas, los edificios de gobierno, las escuelas de la ciudad, las antenas de comunicación, todo ello envuelto en aromas de azotea, son difusiones de altura de la ciudad de Tlaxcala. El abandono de  Alejandro es con la  vida, es por la apreciación agradable de él con la presencia sola, la dejación de su espíritu allí donde queda aislado, oculto, para sentirse amplio, completo en esa soledad. El aislamiento en la azotea es la manera de sentirse ampliado como convertirse en una antena o en un edificio; o sea, una totalidad estructural como esas construcciones. La separación en ese punto, en ese lugar es una opción de carácter substancial, es la altura lo que convierte al hombre en un punto de referencia. La relación que tiene con la altitud según él, es vital para una existencia relajada: “Lo  mágico por lo regular se introduce en  mi interior, creando un espacio hechizado de precipitación sublime que cae en los dioses, en las semillas, en lo oscuro, en este espacio despejado”

—Mi cabeza vive el paraíso —reconsidera Fortino en algún lugar de su casa defectuosa —de soñar siempre con sexo, esa es la naturaleza, y el mundo no lo puedo explicar de otra manera. El lunes por la tarde después de haber ido a la escuela, me tiré en la cama con la panza hinchada de tanto comer, no quería hacer nada, ni siquiera mover algo para descansar mejor, nada, quería sentirme ido, pasmado por la realidad, como cuando a un boxeador es noqueado y le cuentan hasta diez y él continúa con las neuronas en otro sitio, como si el momento, ese momento que se ve que pasa pero que pasando no sucede nada, simplemente se existe, se tienen los ojos abiertos , y esperando que todo ocurra frente a ellos sin importunar a la conciencia, sin hacer mover la intencionalidad. Algunas ocasiones he sentido esa extraña sensación cuando me toca una fuerte gripa, me tumbo en la cama, y no muevo nada, simplemente me quedo como idiota con los sentidos echados a donde sea, y con la voluntad hecha un guiñapo, pero todo bien, todo marcha bien, el mundo se hace loco allá afuera, y yo aquí sintiéndome diosito, sí exacto, como si me compenetrara una fuerza suprahumana y cautivara los sentidos, percibiéndome dueño del universo. No sabría que pensarían al respecto los amigos que tengo, tal vez me dirían — ¡pinche pendejo estas’ re idiota, como que te sientes diosito güey, no mames! —Por eso no les platico, ni quién me entienda mis idioteces, ni Fabiola me entiende, ella dice — ¡Huy! Ya vas a empezar con tus marihuanadas, mejor ya vete, nos vemos mañana. Tal vez son sacadas de onda de un chavo que apenas  terminó la Universidad y que está haciendo  su tesis,  y si son que, me vale. Pienso que estas cosas que pasan por mi cabeza no han de ser tan descabelladas. A  veces considero que la mera neta de las cosas es puro coger, por eso la mayoría de mis sueños radica en el sexo, no veo más que eso, necesidades sexuales, la naturaleza de la reproducción natural, de la cúpula como único horizonte del hombre. Lo que mueve a la  humanidad no es otra cosa que el sexo, sí, eso es, la existencia del hombre no tiene sentido si no hay eso. Los sueños que tengo son así, están poseídos de un erotismo absoluto, de una suntuaria carnalidad de cuerpos sexualmente en acción, es lo lúdico en éxtasis de bocas, de apetito genésico movido en escenas oníricas que van desde la representación en cama de agua, en el departamento de una mujer golosamente lasciva, en el tren hacia un país desconocido, frente a las playas de Acapulco, sintiendo la brisa caliente de verano, en el metro y la cogida rápida que dura lo que tarda en llegar a la otra estación, en el Jacussi de la residencia más suntuaria de la ciudad, aquí mismo en este cuarto de cuatro por cuatro, en la casa de pueblo allá donde viven mis tías, al aire libre, entre la siembra de maíz, montando un caballo y yo montándome a la hembra a trote, por la ribereña del Zahuapan,  en el bochito, tras las cortinas del restaurante, n la cafetería de la escuela, en el interior del carro alegórico durante el desfile de carnaval, dentro del cuarto de archivos de una dependencia de gobierno. En fin… son muchas mis ganas pero por el momento lo que quiero es cogerme a Rosalinda. Ya me la he agarrado, y le he acariciado su busto pequeñito con sus copas bien levantadas. Las veces que trapea me gusta cuando se pone sus blusas con escote, entonces cuando se agacha para exprimir el trapeador, se le agitan sus pechos que cuelgan, su pezón asomándose minúsculamente por el encaje.

El medio día encaja sus horas en el entorno citadino, sólo dos  y a veces tres pequeñas nubes se dejan ver para después esfumarse en la nada, es el medio día de Abril, el mes en el que Alejandro celebra su fecha de nacimiento. Recostado en la mecedora observa los tendederos de la azotea y se fabrica sueños despierto: Tomé por sorpresa las reatas y elevé ancla, las cuerdas meciéndose, dejaron  sueltas las cotas extras que pendían del áncora. Me propuse inmiscuir la vida en la vastedad de la existencia. Es el mar a conquistar, a surcar. El camino es ancho, su ensanchar se compara a Dios. La nave se desplaza, centellea cuando es sacudida por los impulsos. El viento sopla. La naturaleza participa en las noches. Duermo. La topografía es única cuando llego a los puertos, entonces las manos sudan en el arribe. El navío se queda callado, en silencio busca reconfortarse. Los mástiles, tiesos, erectos gobiernan la altura. Mi nariz por un momento señala hacia el suelo, hacia la cubierta vejada. Los puertos tienen propiedades hogareñas. Siempre encuentro una mujer a quien amar, la mayoría de ellas huele a espuma, los cabellos como fruta es posible paladear y cubrirse de ellos; he de apostar que más de una me ha tocado el alma, pero, se quedan quietas como esperando una reacción; entonces corto el fruto de sus huertas y monto en el velero. Canto una canción de cuna. Después de eso ellas comprenden, me ven partir, sentadas en las rocas. La cabellera dice adiós moviéndose al compás del viento. Cuando el ancla se equivoca al pensarse anzuelo, la barcaza tiembla, temerosa vigila desde las olas; enérgicamente subo el anclote y descubro cosas como: libros, ciudades, patrias, espejos, tesoros, hombres maniquíes, burócratas, épocas. Dejo caer todo. Vuelvo a inflar las velas hacia rumbo desconocido. La navegación es misteriosa, no tengo la menor idea por donde me llevarán los vientos, inclusive esos vientos son gobernados por otro misterio más. Los elementos que tengo a la vista son el único flujo al alcance. No puedo hablar de nada que no parta de mi experiencia. En el trayecto me he encontrado con lanchas que han querido derribarme, no he visto a nadie, sólo una lanchita minúscula, que golpea la quilla como cualquier pájaro loco divirtiéndose, ¡Qué irónico! Si supieran que tengo doble caparazón. Tuve muchas tormentas en primavera, algunas fueron en invierno cuando los copos resbalaban como jugando por la vela tiesa, como cartón de empaque; era el momento de sacar del baúl, los viejos patines del abuelo. El paisaje ha tenido premios para un hombre que vive feliz navegando sobre las olas en una barcaza podrida, aunque sea puro trabajo, tendré el momento de regocijarme gustando de un hermoso pescado, una sirena de brazos desnudos o el atardecer cuando las gaviotas intuyen que llega al muelle mecida por las olas la barcaza podrida. — Alejandro se queda observando el cielo por la que pasan dos y a veces tres nubes que en el momento se esfuman en la nada. Vestido con un pantalón gris con pinzas y una camisa blanca, el suéter  a rallas grises y cafés combina con sus zapatos color vino, el peinado se adorna hacia atrás descubriendo la frente lisa, amplia. Las manos descansan en los brazos de la mecedora. Los dedos de Alejandro son largos y finos como si fueran para trabajos de burócrata, ellos nunca se han entregado a una labor pesada como la albañilería o la carpintería sino que se han mantenido con una delicadeza en sus movimientos como los tendría algún faraón o emperador de antigua cultura. En ocasiones a Alejandro  se le ha visto con la vista distraída, errante, como si estuviera ausente, como si su realidad perteneciera a otra dimensión. Se ha considerado que esas  ausencias no es que se deban a que se encuentra zopenco o ido sino que reflexiona o bien sueña despierto, la imaginación creativa se escapa hasta absorber toda su voluntad, cualquier acción de él. El abandono de Alejandro es con la vida, es con la existencia, es con el estar presente, pero habría que hacerse la pregunta del porqué. Se podría pensar que es por un rechazo hacia los existentes modos de vida, porque tal vez considera que la realidad es tan hueca como la cotidianidad medida por un día. El abandono es posible que se deba la apreciación que tiene Alejandro de la sociedad de consumo, el capitalismo, por el rechazo de la era en la que vive Alejandro. Él vive de las rentas de locales comerciales en el corazón de San Martín Texmelucan, tiene una computadora donde trabaja  y organiza sus gastos, las entradas y salidas de su negocio; tal pareciera que el hastío que conserva siempre vivo, se albergará en su propio ser a pesar de estar allí contradiciéndose irónicamente con su ocupación, con su modo de vida. El abandono de Alejandro es con la vida, es por la apreciación agradable de él con la presencia sola, la dejación de su espíritu allí donde queda aislado, oculto, para sentirse amplio, completo en esa soledad.

Fortino ha dicho muchas mentiras, ha engañado a varias mujeres, las ha hecho sufrir, les derrota las almas a puros engaños. Cuando Fortino  las deja llenas de tristeza, ellas dan pena, ellas sólo dan compasión cuando acuden llorando a la casa de su madre, al final de cuentas él sale airoso, pero ellas terminan con el destino cambiado —algunas le han dicho —“que lástima”—  pero él se reconforta con la siguiente. —Las amantes que he tenido han sido pura diversión, así es la cuestión del amor, quererse, divertirse, salir con ellas, prometerles cosas que obviamente no he de dar. Hablarles: ¡eso es lo importante! Con la palabra se engatusan, se  marean fácil y de esa manera proponerles y así amarlas, quitarles un pedacito de sus tristes almas. ¡Coger! Eso es importante, ya lo he dicho. Acariciar los cuerpos, sobar desde el rincón más diminuto, sus muslos y todo. A veces he pensado que las mujeres necesitan de eso, si no, se morirían de aburrimiento. Ellas necesitan ponerse en peligro. Irse a la aventura. Hacer  alguna hazaña que las saque de su ritmo de vida, de su monotonía. A mí realmente me vale madre, pero me divierto, la paso bien. A la Rosalinda me la voy a coger, de eso no hay duda. Aunque me eche el pleito  y me ponga a discutir con mi madre porque ella se dará cuanta. A ella no le gusta que juegue con los sentimientos de los demás, me vale madre, ¡si no me pongo abusado me arruinan la vida mía, si no lo sabré! Eso es. Aunque suene feo, me gusta arruinar todo, golpear la vida de los demás. En esta vida nada se regala, pero, ¿Qué me ha dado la realidad? Sanar todo  es imposible, o a poco no, la corrupción está fuerte, las drogas. Yo no le hago a las drogas, eso es feo, lo que sí son los copetines y fumarse la rigurosa cajetilla de la quincena, sanar la realidad es arrendar la futilidad, agenciársela para construir a la de a güevo en ninguna cosa, a poco no lo importante son los negocios, la transa, eso cualquiera lo sabe, de este mundo no se saca más que ganancias, (y si son ganancias fáciles que mejor)  el billete es lo importante ¡ha! Pero si es billete verde mejor, porque mucho se sabe que eso del patriotismo, que nuestra nación, el país, cual país si eso es pura mamada si lo que conviene son los intereses que tiene cada uno u cada quien, de eso, pues es así y no hay quien lo cambie, eso y el sexo, mi cabeza está llena de sexo, de pensamientos de puro coger. Eso es lo importante. Por eso me quiero coger a Rosalinda, hacerla feliz un rato, quiero que sienta el rigor de mi pasión.

Alejandro observa en la azotea desde la baranda norte  de la terraza, el edificio contiguo. En el inmueble, en el último piso, hay una escuela de danza contemporánea, en ese apartamento divisa a la maestra: ella es una mujer de facciones finas, de ojos tristes y piel blanca, el cabello está trenzado. La bailarina se inclina tocando las zapatillas y su trenza cae por gravedad frente a sus ojos. La barra alta de ejercicios le sirve de sostén; su vista se pierde en el trabajo arduo del profesionista. Su concentración se aprecia en los pequeños gestos casi imperceptibles de su cara; la piel es pálida y lisa, como cera, como objeto inmaculado por el sol, es el síntoma más penetrante de su belleza. Alejandro la ha encontrado por la avenida Juárez con un andar especial, como si tuviera educada la cintura, y al mismo tiempo, los brazos tienen el movimiento perfectamente sensual. Alejandro ha imaginado a esa mujer como un Ángel, un espíritu divino, pero al mismo tiempo trágico, caído a la realidad, al mundo, al edificio que se localiza frente a la baranda norte y en el último piso del edificio contiguo. Alejandro no ha pensado salir con amigos, él no tiene. Ha considerado que todo se pierde, que es una manera de sufrir, de hacer heridas, ellos arruinan la vida —cavila Alejandro —golpeando la existencia y además, el hecho de mantener la relación de amistad incluye una serie de cumplimientos para con la otra persona que por la simple razón de mantener la correspondencia con los conocidos es —a manera de ver —una imposición social. En el sendero de la vida, vuelve éste cada vez hacia él mismo. Sí. Vuelve, puesto que todo es unidad incluso el sí mismo. La oscuridad se complementa, el arte, la naturaleza. La vida entera en ese significado es para soñar, ese es el sentido que tiene, nada está separado. No hay para qué llorar en su caso. La extrañeza se da por el lenguaje porque no nos sabemos comunicar, porque tal vez no se está donde se necesita —El abandono de Alejandro es con la vida, es por la apreciación agradable de él con la  presencia sola, la dejación de su espíritu allí donde queda aislado, oculto, para sentirse amplio, completo en esa soledad.

Fortino la pasa con los amigos despreocupadamente. Recorren los bares de la ciudad, y comenta a sus amigos que los amores que ha tenido siempre le creen, todo por amor. — ¡Amigos, esto me gusta: tomar las copas, cantar las canciones y después decir adiós con alcohol hasta la madre! Eso es lo bueno. Lastimar el alma, sufrir mucho. Quiero esperar las falsas promesas de vida en la indiferencia conjunta. Llamar a golpes de dado a la existencia.