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martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 23


Me salí del restaurante 



“Lo inexpresable no existe”
 Théophile Gautier



…Y Ahora que las tortillas han pasado a ser un artículo de lujo, haremos una declinación hacia ese alimento barato y consumible: el pasto y los quelites. En eso estaba cuando entré al restaurante y todo en él me tomó desprevenido, los quelites y el pasto se quedarían con las ganas porque allí los chiles rellenos me daban la bienvenida, la ensalada se enverdecía nomás por el gusto de verme y la pizza, toda ella me guiñaba el ojo lleno de salsa de tomate; las hamburguesas se cuchicheaban para hacer alguna estrategia y así llamar mi atención, el mole tomaba fuerzas de no sé dónde y sacaba a relucir su aroma deslumbrante, el pozole siendo un poco más grosero, lo único que hacía era pelar unos dientes bien reventados, el espagueti, trataba de lazarme el cuello, en tanto que el chile colorado se ponía furioso y un poco más colorado, los tacos con crema tocaban sus flautas y la pierna ahumada me invitaba adentro, o hincarle un colmillo; pero las  chuletas de lomo... ¡Esas no tenían vergüenza!

Cuando estuve placenteramente cómodo observé que, allí sobre la mesa, las galletas me hechizaban el olfato hasta que no pude soportar tanta insinuación y les caí encima, de a dos en dos fueron pasando por mis hábiles muelas. Mi mirada de gavilán se abalanzaba tanto sobre los platillos como sobre las muchachas que desde sus asientos seguían el ritmo de la música. El perfume anais-anais me vitoreaba la indulgencia  Mi indiscreción no preocupaba a nadie, la avispada mirada continuo desperdigándose por la estancia.

Me veía en el parque y allí, la hoguera prendida a una pértiga en vaivén  era atacada por ligeros cohetes  que cruzaban la distancia y estos se encontraban amarrados a cintillas largas, como mechas sulfúricas  que al tocar la lumbrera se prendían y hacían caer trenzas pirotécnicas de colores y contornos humeantes desde lo alto, se me figuraba ver aquellos antiguos artefactos pirotécnicos que dejaban caer encendidos de cohetes: chispas y petardos desde la torre de la iglesia, hasta la explanada por medio de una soga. Aquellos jóvenes cerca de la fuente hundida jugueteaban para ver quien ganaba en la competencia de tener el mayor alcance en sus patinetas, era así como se estrellaban en los árboles y hacían caer a las ardillas como manzanas maduras. Luego me veo pegándome en la planta de los pies con un tubo de acero.

Estoy jodido pero sé derrochar, por eso entro a los restaurantes lujosos, donde me saludan por allá Robert De Niro y Sharon Stone, aquí Paul Gauguin y Marilyn Monroe y acullá  Salma Hayek y Steven Spielberg. Busco en sus espectros una resurrección de jazmín y los huecos se ven en los puentes que atravieso de manera intermitente, ¡Oh! Vaya la coquetería que baraja la aldea, se asoman por allí unos recién nacidos resplandecientes, colgados y despellejados como pollos tlaxcaltecos en un mercado, ellos son quienes llamaban a mi degustación; pero... en este momento no llevo suficiente cambio, ¡Lastima, ya casi me imaginaba saborear una piernita con ese delicioso sabor lechoso!

Lorenzo con una personalidad elástica hacía de la adiposidad su mejor compañera. La rotación cultivada de su espíritu se vaciaba mineralmente en el ardid.  El traje de  Rodoreda, parecía salea de camarón. Él se hacía acompañar de Clara, pero ¡Hay! Diosito la premio con una cara como para morirse de espanto y cada vez que la miraba me imaginaba ver algún demiurgo de lo más horrible. La única carcacha que veía entre tanto espécimen hermoso era la esposa de mi amigo, él dio por aludido ese pensamiento, sabía que el doble sentido de las palabras estaba entretejido. Con sólo decirles que su mano era un pedazo de cuero como una tela de esmeril difícil de acariciar. Los gorriones iniciaron con trinos de acompañamiento; El banquete, de manera entrecortada, inauguró su ritmo, pero eso sí cada cual por su lado.

En la mesa contigua estaba una hermosa vecina, como una mariposa nocturna se alfombraba de manera muy bien recamada. Llevaba un sostén suficientemente descapotado y en pleno alborozo. Tenía la cara de Linda Evangelista, y su perfume era  Catalyst  de la marca Halston.  Su parloteo me andaba buscando la oreja, pero como yo la tenía ocupada con la polka Junke de Strauss, hice entumecer la perturbación con inciensos de ensimismamiento. Pude esperar un poco y repartía mi atención en las dos eucaristías.

Comía todo aquello como un desaforado, los meseros me atendían con maestría. Degustaba los manjares con todo y sus colores: rojo salsa, verde perejil, color tortilla, blanco cebolla, entre otros y bebidas varias como vino, refresco de soda y café. En el portal izquierdo, cerca del bar, las noticias titiritaban en la pantalla de la tele, anunciaban tal vez buenas noticias, como siempre, yo esperaba las peores inclemencias. —A grosso modo— La rebelión refaccionaba los ímpetus guardados durante la última década, la inconformidad de la tribu se climatizaba en el ambiente. La erupción de la guerra encostalaba a gatos, y a perros. Las lúdicas caras  de: Centímanos, Multicéfalos, Cien-ojos, Cari-horrendos, Zoomorfos; Híbridos de múltiple casta como el Cerbero, la Quimera; se dejaban ver en la pequeña pantalla. Como que se querían salir de ella...

Estoy impúdico. Los hipopótamos me roen. Los corderos, cuando me miran, acuden a acurrucarse en mis cobijas; un pequeño tritón ha chupado mi cerebro y ha ocupado su lugar. Dejemos que las larvas vayan colonizando en tribus por mi vieja axila. De manera muy escueta, una bifurcación de células hizo de mi entusiasmo un vodevil. Y luego, un Hipocampo gendarme inauguró una marcha de Híbridos: la marsopa-raqueta, el estudiante-hurón, el murciélago-betún, la pantera-oasis. Los espectros del transporte se asomaban al restaurante  y se abrazaban a la estructura del edificio. Alguien me llamó. ¡No supe que pasó! Pero... me salí del restaurante sin pagar la cuenta, ¿Saben porqué? En ese momento desperté de mi sueño.

El vestido de novia 




—Y ¿Ahora  que vas ha hacer con el vestido?
—Allí que se quede, como si me importara, pero triste Diana, conque me quería enjaretar su hijo si yo nunca nada con ella, a lo más, llegábamos a unas calenturas leves.
— ¿Cómo te diste cuenta?
—Se fue a probar el vestido y no le quedaba, le habían tomado las medidas dos veces porque el vestido ya le habían cambiado la talla hace como quince días;  y vez como es mi mamá, bien metiche y le saca la verdad. Dice mi mamá que se puso a llorar pero nada se puede resolver, si ella hubiera sido sincera, sabes, hubiéramos resuelto el problema, pero ese engaño ninguno lo pasa, te lo aseguro. ¡Petra, dale vuelta al casete... se acabó! Si, como vez, son jaladas, he de estar salado para que me pasen tantas cosas, me roban mi bicicleta, voy a tomarme unas copas y me parten el hocico, pierde el Cruz Azul y... y pues esto de Diana. ¡Se pasa!
— ¿Y habían entregado las invitaciones?
—No, Martín iba a ser el padrino de invitaciones, me dijo que tenía otras deudas por pagar pero en esta quincena sí iba a tener dinero para eso, al rato lo voy a ver para decirle las nuevas. Se va a burlar el cabrón, pero ya ni modo.
— ¡Voy por las tortillas y por allí voy a comprar azúcar...!
—Oyes. Pérate, no seas malita Petra y tráete una caguama, pero te la traes bien helada, sabes... te traes de las del fondo, esas sí están frías.
—Aja
— ¿Dónde está tu mamá?
—Se fue por el vestido, pues ya está pagado y terminado.
—Bueno, me voy, nomás venía para enterarme de eso.
—Pérate, ¡No ves, fueron por la caguama! A poco crees que la mande a comprar para mi solo. Aguanta. Aguanta. Petra tiene también hecha la comida... ahorita comemos— Los dos amigos Fulgencio y Nicolás se quedaron platicando sobre el fútbol, sobre los asuntos del trabajo entre otras cosas.

Los dos trabajaban en una tienda de telas en la principal calle de la ciudad. La casa de Fulgencio se encontraba en la unidad habitacional de Santa Gertrudis en el municipio de Ocotlán en el Estado de Tlaxcala. Fulgencio tenía ganas de casarse, y como hombre prevenido, antes de comprometerse con Diana había salido varias veces y simultáneamente tanto con Diana como con Cristina. Cristina era una jovencita de diecinueve años que trabajaba en la papelería que estaba a un costado de la tienda de telas donde laboraba Fulgencio, era una mujer simpática y de cabello lacio. Fulgencio siguió saliendo con Cristina cuando se rompió el compromiso con Diana, pero Cristina no se enteró de su anterior relación y enlace. Al mes siguiente, Fulgencio le propuso matrimonio a Cristina y ésta acepto.

—Mamá, ven Mamá, ven a ver el vestido, lo trajo Fulgencio, ha de estar lindo.
—Estoy viendo la novela, vente para acá, allá en el comedor no hay buena luz niña— la señora se levanta del sofá y enciende la luz. En el centro de la sala hay una mesa de centro de madera y vidrio en tinte de cedro. La muchacha pone el vestido sobre la mesilla y ese mueble desaparece ante el enorme volumen de la prenda.
—Pero mira que lindo.
—Sí, era la sorpresa que me tenía Fulgencio.
—Hay pero si parece que hasta sabía tus medidas, anda sácalo de la bolsa, quiero verlo completo, ¡Hay mi niña de blanco! Pero cuando iba yo a pensar que te ibas a casar tan pronto, pero ni modo, así es la vida. —Cristina saca el vestido, lo desempaca y se lo pone enfrente, como midiéndoselo. Toma la tela a la altura del muslo y lo abanica para dejar ver su esplendidez.
—Hay mamá estoy tan emocionada... y muy nerviosa.
—Hay no creas que yo no, hija, desde que me dijiste que te habían pedido en matrimonio no salgo de las preocupaciones, creo que hasta he bajado de peso nomás de la preocupación.
—Todo saldrá bien mamá, no te preocupes, yo soy la que no debo de subir o bajar de peso, que tal si luego ya no me queda el vestido.
—Oyes hija pero anda, saca el tocado que también lo quiero ver. Mmm... Es este. Hay mira nada más que encanto es como el que usó  tu tía Narcisa, en forma de “v” en la frente, nomás que el de ella tenía unos como azares colgando, como toquilla árabe, tenía más pedrería, pero eso pasó de moda. A ver ven para que te lo vea puesto, tenemos que ir pensando de una vez como vas a ir peinada, no quiero que a la mera hora te vayan a querer poner cualquier chongo. Hay pero que linda, mira, te lo vamos a agarrar de acá y de acá para que no se te caiga o te lo jalen, acuérdate que vas a bailar a la “víbora de la mar” y luego jalan mucho el velo.
—Hay ma me pongo tan nerviosa, de que me vaya a tropezar allí entrando en la misa o a pasar cualquier otra cosa. ¡Ah! Tenemos que comprar las zapatillas, las medias, los ligueros y... bueno todo lo demás que hace falta. Sí, tengo dinero para eso. Luego hago la lista.
—Hija, el viernes no vayas a salir a ningún lado, porque Mary está organizando tu despedida de soltera. Allí vas a recibir tus primeros regalos. A todo esto hija ¿A dónde van a vivir?
—Mientras, vamos a vivir allí en su casa con mis futuros suegros, y su tío tiene un departamento rentando allá por Ocotelulco y se lo va a rentar barato, pero vamos a esperar un poco hasta que lo desocupen y le hagan unos arreglos.
—Bueno, hija eso no importa, el hombre aunque sea pobre, pero honrado, y sobre todo que te quiera mucho hija.
— ¡Hay que emoción! Te juro que vamos a hacer muy felices y... luego, luego quiero tener un bebe, tu primer nieto—En sus caras hay felicidad, regocijo, el compromiso avecindándose las llena de emoción, se entusiasman por el evento. Para la noche, el vestido quedaba colgado desde un sitio alto esperando sus futuros protagonismos.

            La secretaria del párroco se acomoda en la silla, y observa el libro, el acta de nacimiento y las fotografías.
— ¿Usted dice que se llama cómo?
—Cristina Portilla Méndez, vea, aquí está mi acta de nacimiento y  mi fe de bautismo.
—Pues sí, pero... según parece este señor ya se casó, las amonestaciones corrieron hace tres meses y se casó en otra iglesia, aquí no. El nombre de la mujer con la que se casó se llama... mmmm. déjeme ver... aja  Diana Hortensia Tlapale Ortega
—No, No es posible, ha de estar usted confundida. Él no está casado, su nombre completo es Fulgencio Pulido... ¿Cual es su otro apellido mamá?
—No lo sé, pero allí está en su acta de nacimiento además usted a de tener las fotografías que se dan para las amonestaciones.
—Si pero, las amonestaciones que se corrieron en estos meses todavía están pegadas en la vitrina a la entrada a la iglesia.
— ¡Fabiola venga un momento por favor!— grita el párroco desde el interior de una oficina contigua—Las dos mujeres, madre e hija se quedan sin comprender nada, anonadadas ante la noticia. Se miran una a otra, en sus caras campea la sorpresa. La secretaria regresa.
—Lo siento pero no se pueden casar, él ya está casado. Si quieren pueden ver las amonestaciones, aún están pegadas a la entrada de la iglesia.
—Gracias señorita, nosotras casi, casi nomás veníamos a pedir informes pero... vamos a ir a ver como se resuelve este malentendido o que nos den explicaciones de esta burla. —recogen sus papeles y salen de la oficina. Cuando van a la iglesia van diciendo pestes y maldiciones, diálogos indescriptibles.

Cristina entró a su casa. El timón que gobernaba su templanza estalló por los aires, de modo tan eficaz que hizo un hoyuelo cavernoso en sus poderosos ojos vidriosos y animalescos. Estando así su aura azul color calma se transformó en amarilla color puntiagudo; el desarreglo de su espíritu, tan imprevisto y sólido como el esqueleto de un felino haría temblar al mismísimo diablo y observándola en cámara infrarroja se podría atisbar a una bestia que bufaba furia o a una máquina que fabricaba el carmesí calorífico propio de los elevados grados centígrados. Entró a su recámara y allí estaba el vestido, no encontró otra cosa en que vengar su dolor que en esa prenda — ¡Maldito Fulgencio, me las vas a pagar! ¡Te querías burlar de mí, me querías ver la cara!, ¡Pero no se te hizo, no soy ninguna tonta y ahora veras!— La muchacha intempestiva, furiosa, toma los cerillos que están en el buró, arranca de un jalón el plástico que protege el vestido y empieza a lanzar cerillos encendidos desde su cama. Está encorajinada. Al vestido le van apareciendo llamas que luego se apagan, se le van haciendo una especie de lunares negros, hematomas  tostados. La prenda va pasando de vestido blanco y pulcro  a vestimenta: disfraz de tragafuegos.

La mamá de Fulgencio se codeaba muy bien con la cocina y se entendía de tú con las especias. Llegó Fulgencio a la cocina y con la habilidad de un tejón digirió todo lo que estaba sobre la mesa, luego se limpió con la manga del suéter— Ma voy a ir a ver a Cristina para ver como le quedó el vestido, horita le voy a decir lo de Diana. Espero que no se enoje.
—Y como crees que no se va a enojar, si eso acaba de pasar y tu ya te vas a casar de nuevo. Y lo peor es que con el mismo vestido. A ver si no te hace comprar otro. Porque a las mujeres no nos gusta eso de “cosas de segunda mano”.
—Bueno a ver como me va, nos vemos.
—Aja, ¡Oyes hijo, de regreso compras un litro de leche y pan para la cena!

Huyó su esperanza para casarse, como un tornado sobre los campos de Arkansas, cuando vio la cara de ella al abrirle la puerta, en ese momento era tan brava que un insulto de su boca podría de algún modo causar una infección. Ella lanzó su ponzoña exacerbada y cuidó muy bien de hacer a él con sus palabras el mayor mal, minando así el horrendo pecado que había cometido, haciendo y diciendo se fue contra él y casi desaparece ante los golpes y los insultos, había en todo el vecindario por culpa de esa camorra: palabras en estallido, cuchicheos tras las ventanas, griterías de los vecinos. El enamorado no podía explicar nada, nadie lo escuchaba, los otros no tenían oídos para escuchar sino sólo lengua para injuriar y brazos para golpear. Al hombre le nacían moretones por el cuerpo de igual modo como le habían nacido hematomas tostadas al vestido. En últimas supo que quien podría salvarle serían sus piernas, y no tenía otra opción, así que utilizó esa opción. Salió como tapón de sidra en noche de Navidad. Otro día explicaría las cosas, en ese momento no. Cuando regresó Fulgencio a su casa, su madre no le preguntó sobre el encargo que le había mandado traer. Tampoco lo iba a castigar con unos cuantos golpes, ese día ya había recibido su dotación. Esa noche no cenaron ni leche ni pan.

Dos días después los padres de ambos se reunieron para aclarar las cosas. Fue entonces cuando supieron que Fulgencio se iba a casar con Diana pero se había suspendido la boda porque ella estaba embarazada de otro y quería comprometer a Fulgencio. También se supo que las amonestaciones habían corrido y como habían especificado una fecha y una iglesia pues en la catedral, la arquidiócesis dio por sentado el casamiento de Fulgencio en otra iglesia. Pero Fulgencio nunca aclaro el rompimiento del enlace. Otro de los datos relatado entre las dos familias era el de  Cristina, ella había quemado con cerillos el vestido de novia y aunque se aclararan las cosas, el vestido quedaría inservible. Para esto, salió a relucir que la mamá de Fulgencio no sólo se hablaba de tú con las especias y la cocina sino también con la costura, y se convino en el arreglo con holanes, encajes y bipiur.

En el día de la boda el sol había despertado de buen humor, parecía todo él una serranía de ortigas amigables y como un rascacielos mancomunado con las nubes así se veía la relación del sol caliente con el evento que se avecindaba. A los vientos parecía los habían embalsamado y en esa tarde no pudieran  molestar. En la casa de Fulgencio se vivía un entusiasmo desde tres días antes. En el patio se había puesto un manteado que cubría todo el patio, y uno más... pequeño, de color azul frente a la cocina de humo, allí se podía ver a la gente trabajando para hacer la comida. El mole ya lo tenían listo, faltaba que terminara de cocerse el pollo y el arroz. Los repartidores de refresco y cerveza descargaban cajas y Petra y algunas primas de Fulgencio adornaban el improvisado salón de fiesta. Al patio le habían echado agua para que a la hora de la fiesta no se levantara el polvo. Se había calculado muy bien el número de mesas y de sillas pero el lugar resultaba pequeño para recibir a doscientos cincuenta personas sin contar el espacio que ocuparía el conjunto y sus bocinas. A la entrada, en el quicio del zaguán había una herradura de flores con dos lianas de margaritas que se extendían a los costados y allí frente a la casa, el coche de Nicolás, el amigo y compañero de Fulgencio; tenía el auto un adorno con globos, flores y listones.

Los miedos de Cristina sobre tropezarse a la entrada de la iglesia habían sido infundados, todo ocurrió normalmente como cualquier boda de pueblo, donde no falta un chilango, la naca o la despampanante mujer que roba miradas frente a los santos de la iglesia. El padre dio su sermón invariable sobre fidelidad y otras virtudes cristianas; y como siempre, no falta la enorme lista de amigos, conocidos y hasta desconocidos que pasan a tomarse la foto del recuerdo frente al altar. Mientras esto ocurría. Diana, con cuatro meses de embarazo, continuaba con sus vómitos todos los días, le daban mucho coraje esos malestares y siempre buscaba desquitarse con alguien, como no pudo convencer al padre de su hijo, pues iba a tener que resolver su asunto ella sola.

Fulgencio andaba como poseído, feliz porque se casaba, cargó a la novia y la introdujo a la casa, llevaban incienso, flores y un canasto de no sé que,  luego bailaron el guajolote, después de eso se fueron a meter a la sala todos los mayores, los padres y los novios, y luego la comida. Conforme transcurría la fiesta se iban vaciando las casuelas de arroz, los chiquihuites de tortillas, los cartones de cerveza y refresco. Era de adorarse la pureza que tenían en sus pechos las muchachas, es una pureza semejante a la que anuncian en el agua de garrafón, ellas se veían encantadoras como hermosas piezas de joyería adornando la fiesta; y en el baile, los invitados de muchos lugares, van levantando en la zona el polvo, ellos y ellas sudorosos, las manos pegajosas, dando aplausos a las cumbias del conjunto y oliendo a perfume barato; son acomplejados, no levantan las manos cuando dice el animador porque, “¿Qué dirán los demás?”. El animador del conjunto se afanaba en amenizar el ambiente de la celebración pero la gente poco, muy poco... seguía aplatanada. Fulgencio se quito el traje y se fue a poner un pantalón de mezclilla con pinzas, una camisa anaranjada, botas chatas y un sombrero de pana. Se veía ridículo. La mera verdad había mucho naco en la boda. El eterno vals duró hasta las cansadas y luego se acostumbraba que en las bodas, al novio lo conducían como a un muertito y le tocaban una marcha fúnebre y en la ocasión pues a la novia también, cuando empezaban a levantar a Cristina para pasearla como  muertito le cayó encima, sobre el vestido un globo con sangre. De lejos Diana se marchaba entre empujones  y gritando: — ¡Ese era mi vestido y tú no lo vas a lucir mejor que yo!

Xoloizcuintli  



La primavera sacudía el pequeño emparrado de frío sitiado en la ciudad. La hierba reclamaba en peroratas verdosas su frescura; y en lontananza, el horizonte estaba tan horizontal como las nueve y cuarto. Se había desarrollado un plenilunio eufemístico, e inmediatamente al alba, se continuaba con otra cosa. Al despabilarse los perros, iniciaban los aullidos en la colonia López Mateos, esos ladridos habían cambiado aquél pitido de silbato de la fábrica que marcaba los compases del tiempo, o las campanadas de la iglesia en su matutino y esclerótico tin-tan para hacer salir de sus casas a la gente. Pero, la variedad de aullidos, rugidos, graznidos era variada; todo se juntaba en el “zoológico del lago del niño” se hacía una hibridez en el ambiente puesto que se mezclaban la vocinglería de los tamaleros, el azote auditivo de los autos, y el motorizado traca-traca de algunas fábricas vecinas. Los olores eran tan variados como la paleta para pintar de Van-Gogh, había algunos de esos que cuando escurren por la nariz, la infestan, había otros que hacían recordar algún día de campo o que sé yo. El trabajador limpia la jaula de los Cara-cara, ha empezado temprano porque sabe que habrá un evento y vendrá el señor Gobernador. Mientras limpia la jaula, sale al encuentro de la malla de alambre un gargajo húmedo y baboso, el elemento hace piruetas, lo gobierna también las leyes de la gravedad y va bajando hasta encontrarse con el rocío depositado en el cemento.

Muchas veces me había preguntado ¿Qué buscan las personas cuando están calladas? Se ven allí quietos, sin hacer nada, esperando que inicie el protocolo, aguantando ser partícipes o testigos de los acontecimientos. Los funcionarios bisbiseaban entre unos y otros, palabreaban quedamente lo inconfesable, pero dentro de lo inconfesable se escuchaba algo así como —déjalo que goce su Abril y Mayo... ya le llegará su Agosto— El ambiente empezó a ronronear una serie de aplausos al paso de la comitiva. El aplaudido era de un espíritu petrificado y estomacal, y así de ese modo, con ese  espíritu, saludaba a la concurrencia. Se regodeaba de un despotismo muy jugoso y simpático, hasta parecía que todos lo querían, y luego después, le tendieron una diana greñuda y bostezante, al principio el del trombón salió a destiempo, pero luego quien sabe como le hizo que se puso a muy buen ritmo con la demás banda. El sol como que se apelmazaba en los cachetes de los instrumentistas de viento y  hacía relucir una brillantez postmoderna.

Al gobernador, el señor Antonio Hidalgo, debido a su diabetes, le habían amputado una pierna. La amputación había de tonificar su personalidad, ahora se veía como un hermoso hombre que había vivido y conocía el dolor de cerca. Y allí en el Zoológico del “Lago del niño”, en un templete y en una ceremonia honorable, le rendirían distinciones y la condecorarían por servicios prestados a la patria chica. Habría de ser en una fiesta de muchas luces. La razón por lo cual la ceremonia se llevaba a cabo en ese sitio era porque también se inauguraría el deportivo de la colonia López Mateos. Su mortecina pierna brillaba lustrosa por el reciente embalsamamiento con aceites y perfumes, lucía como la cecina que ponen bajo focos en el tianguis sabatino. La tenían en una mesa sobre el estrado, en una charola de madera; tenía zapato y calcetín y cruzando de izquierda a derecha una cinta con los colores patrios, en la parte donde había sido cortada tenía una tela blanca circundando la extremidad y atada con una cinta blanca y un moño blanco. Debajo de la mesa había dos arreglos de flores en donde abundaban rosas rojas y claveles.

Al gobernador le había tocado su puesto como ese dicho del burro que tocó la flauta o sea, de pura chiripa; porque si bien él hubiera competido para ver  que concursante tenía la sonrisa más idiota, seguramente se hubiera llevado el premio; él como un enano de espíritu no podía aparentar grandeza, su miniatura la tenía hasta en el espíritu; además era un arrastrado y convenenciero, no gratis  había un Cahuantzi en su árbol genealógico. La verdad que de cerebro tenía muy poco, pero esa carencia era muy bien substituida por su capacidad para relegar tareas a su equipo de trabajo y demás achichincles.

El mapa de la ciudad era una paloma con rebozo azul dirigiéndose al norte, una frescura agradable se percibía en ese bosque de casas sin revocar. Había además sobre el río Zahuapan, un puente que parecía lengua de doble filo, así como aves nocturnas y coruquientas surcando  el caliginoso espacio sobre de uno. El trabajador llegaba por ultimo a darles de comer a los perros xoloizcuintles, los canes estaban hambrientos porque hace dos días que no comen, al conserje se le ha olvidado darles de comer. El señor continúa con su incontenible marea de gargajos. Como si hubieran colgado un bofe en el asta, llegaron las moscas verdes en desbandadas, todas siseaban como si  anduviera al paso una abeja reina con todo y colmenar buscando sitio, no encontraron otra plaza mas que una pierna ricamente adornada, se convirtió todo eso en un aire que pertenecía al diablo. Los niños, con la mandíbula desencajada observaban al par de animales  pelones y se acomplejaban viendo su mirada, sus ojos borboteaban un luxado y lucífero tinte para el cabello, cuando el hombre quitó el candado y abrió la puerta, los dos animales salen de la jaula en estampida como si supieran de algo, como si el olfato los guiara.

Los pobladores de Teolocholco estaban presentes, sigilosos, eran personas de las que no se sabe que están pensando cuando están calladas, su asistencia se debía a que se manifestarían en contra del secretario de gobernación por no haber hecho caso a sus peticiones; sólo esperaban la oportunidad de que ese servidor público pasara a decir algunas palabras. Cuando comenzó, se escuchó el abucheo, la rechifla tenía por misión, desacreditar al orador pero este, sintiendo que lo que revoloteaba en el aire era una corona de laureles, continuó allí parado con sonrisa de amante recientemente complacido, su boca guanga siseaba al auditorio tratando de continuar con su perorata flácida; la botella de agua purificada que fue a parar en su oreja izquierda significaba en palabras breves: ¡chingadazo! Y en acciones previsibles: ¡sal corriendo! Fue entonces cuando hizo caso a los instintos de supervivencia: él sabía  de antemano que en cuestiones de política así como en la guerra, no siempre se gana y hay veces en que las plazas se pierden y las batallas fracasan. La gente y los guardias de seguridad detuvieron su atención en el conflicto, la trifulca  duró lo suficiente como para que los canes se acercaran a la pierna y empezaran a devorarla. Los canes engullían la extremidad como animales carroñeros, tenían la agilidad de los buitres y la rapidez de las hormigas, además de que su hambre no era poca. El trabajador desde lejos se veía acercarse a toda prisa y exhausto. Una tempestiva ola de gargajos se acomodó en el eco del ambiente, se antojaba verlos caer verdes, elásticos.

            El gobernador, que estaba cerca se da cuenta de lo que le está sucediendo a su pierna.
—Jijos de su $%&#, Javier presta pa ca—El gobernador saca debajo del saco del guardia un arma y quita el seguro— Hazte para allá ahorita mismo me los descabecho.
—¡Espérese señor Antonio, esque esos perros...!— se escuchan tres estruendos dos seguidos y uno con un corto lapso de tiempo, los perros quisieron escapar al darse cuenta del peligro, pero no, quedaron sobre el templete, justo al momento de que el trabajador llegara y los viera  allí tendidos y atisbar como sus ojos brillantes y agresivos pasaran a ser opacos y agónicos.—Ya me los... —respira fuerte, pues el aliento le falta por el ejercicio que ha hecho— mató. 

La extremidad está bajo la mesa y sobre el templete, las moscas siguen con su bisbiseo festejando, el zapato fue a caer sobre los arreglos florales, el listón tricolor quedó colgando de la mesa y los paisanos de Teolocholco, se aconsejan, su cuchicheo despierta en algunos una risa sarcástica, cohibida y casi reprimiéndola, algunos achichincles han ido a levantar y sacudir a la homenajeada pero en realidad, continuar con dicho festejo se vería grotesco pues esa cosa informe y sanguinolenta no produce ninguna otra cosa mas que repugnancia, le han puesto el lienzo blanco encima.

El encargado del zoológico se acerca al gobernador y como si fuera el indio jodido ante el cacique, le dice:
—Señor gobernador, esos eran los dos últimos perros que había de esa especie. Estaban en peligro de extinción. Y ahora pos ya están extintos del todo.
—Bueno pues, no iba a dejar que esos jijos se comieran mi pierna.