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martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 24


El mal tercio 




—Tú me vas enfriando el agua con las yerbas para que no esté tan caliente, mira, le vas haciendo así—  toma la jarra, la introduce en la cubeta, levanta la jarra y deja caer el chorro opalino y vaporoso, su acción a dejado una estela gaseosa frente a ellos. La tía Prudencia deja el asa en manos de Lucas. Entra a la recámara de Marcela cuidando de dejar bien cerrada la puerta. Dentro de la habitación se respira un ambiente de sauna, la tía está dándole un “baño de asiento” con yerbas medicinales, después será un masaje, y luego va a “apretar” a su sobrina después del baño. Tras las cortinas de la ventana hay una opalescencia escarchada en los vidrios, motivado por el excesivo tanto de calor como de humedad; el tufo del azufre mezclado con alcohol y eso revuelto con el penetrante aroma de ramas de Eucalipto, Pirú, Romero, Árnica, Manzanilla y hojas de Sompancle; hacen de la ambientación  un escenario propio de alquimista medieval venido a menos en un lugar tropical. La pobre mujer atendida sufre su vía crucis con abnegación exacerbada, como si gustara de un masoquismo místico, escrupuloso. La tía aconsejaba a los de la casa que las mujeres no podían atarse el pelo ni llevar anillos, y no deberían cruzar las piernas por ningún motivo; y también se tenían que deshacer todos los nudos que hubiera en el cuarto, no cruzar los brazos ni las piernas ni pisarse un pie con el otro ante un enfermo. Todas estas cosas las había aprendido de la abuela Margarita, curandera del pueblo de Iztulco. La abuela Margarita ya había muerto.

            Después del baño la tía Prudencia pidió a Marcela que dejara auscultarla para intentar saber la razón de porque no ha podido tener hijos. Ella accede. El tratamiento del baño era precisamente para eso, para ayudarla a concebir. Hace tres años que se casaron y no han tenido familia. Marcela está desesperada y lo desea con tantas ganas como judía sin descendencia. Él, como cualquier macho mexicano le echa la culpa a ella.
—Hija, tu estás bien de todo, sí hija, ¡Sí!, Todo en su sitio, ninguna anormalidad. ¿Y tus reglas?
De lo más normal tía, ¡Y como relojito nuevo!
—Bueno pues, entonces el que no funciona es tu marido.
— ¿Será?
—Pos puede que su semilla no tenga mucha fuerza, ya ves los malos hábitos y vicios que tiene, no creas, esas cosas también afectan.
—No pero si apenas que estábamos hablando de enfermedades de cada quien, o sea de la infancia, él me dijo que sufrió de las paperas y que los testículos se le inflamaron re feo, dice que ni podía caminar. Pero eso no lo dice mi suegra, eso se lo calla, ya ve usted tía que toda la culpa me la echa a mí.
— ¡Huy! Hija eso de las paperas es malísimo para los hombres, si no se cuidan pueden quedar estériles.
— ¡Dios santo! A poco tía, no me diga que me voy a poner a chillar, con tantas ganas que tengo de tener a mi bebé.
—Pos sí hija, tenía mis dudas antes pero ahora ya no. Tu marido es el que no puede.
—Será que nunca podré tener hijos... —La mujer se queda pensativa, esquiva la mirada y observa como baja una gota por el vidrio de la foto de novios, parece una lágrima que ella ha dejado caer. En la foto de estudio ambos se ven tan felices, tan lejos de saber la actual y triste noticia. Ambas se quedan pensativas, quieren buscar soluciones al problema, sus cavilaciones continúan hasta que escuchan la voz de Lucas tras la puerta:
— ¡Doña Prudencia! Qué hago con las hierbas hervidas que quedaron en la cubeta, ¿Las echo a la basura?
—Sí, pero espérate, voy para allá. Oyes hija, y si le decimos a Lucas que preste su semilla, sólo una o dos veces y ya tienes a tu hijo, además son hermanos, la cosa quedaría sólo en la familia —El asunto era así como los antiguos espartanos: El viejo, el estéril o el que deseaba mejorar la casta, cedía  a la esposa  y aún la prestara a sus propios hermanos. El pueblo espartano debido al decrecimiento poblacional por cuestiones de guerra, utilizaba este tipo de interrelaciones sociales; las madres tendían a ser muy reproductivas, la patria necesitaba de soldados por tanto se los exigía; ante todo esto, la cuestión entre Marcela, Ulises y Lucas no era muy nueva.
— ¡Hora qué cosas anda diciendo tía!, ¡Qué ocurrencias! Con Lucas. Un hijo. Y Ulises qué...
—Al rato que nos juntemos, más tarde, se lo proponemos a la familia y les hablamos de todo esto, y a ver que pasa; además, lo que queremos todos es que tengas un hijo, el modo pues que sea el que sea, o que... ¿Para lograrlo quieres prestarle el culo a cualquiera que se te cruce en la calle, a un desconocido?
—Hay no, tía, como cree. Estoy tan desesperada pero no para tanto.
—Bueno pues, entonces al rato lo platicamos.

Fue una reunión informal, platicaron del asunto mientras tomaban refresco y comían botana de pepitas y cacahuates. Ulises estuvo en desacuerdo y tuvo algunas contrariedades, pero al final y a regañadientes accedió. Entre Lucas y Ulises ya había habido prestamos de esta naturaleza; de jóvenes, cuando iniciaban por conocer su sexualidad, muchas veces se rolaban a las novias. La que no estuvo en nada de acuerdo fue la suegra. A ella nadie le iba a quitar de la cabeza que quien tenía la culpa de no embarazarse era Marcela. Ulises era un personaje de lo más complejo; por una lado, era vegetariano, le hacía la competencia a los herbívoros, tal vez por esa razón tenía ojos de borrego y por la otra tenía una personalidad elástica y hacia  de su adiposidad una llanta. Le gustaban las corridas de toros y no cruzaba frente a un panteón a solas porque le daba mucho miedo. Creía en los espíritus chocarreros y en el nagual. Cuando andaba con dinero extra acudía a los centros nocturnos y se acostaba con una prostituta. El matrimonio entre Ulises y Marcela era de lo más normal. El devorador de siluetas esbeltas llegó tiempo después del casamiento, de modo como siempre  acostumbraba y poco a poco fue comiendo la silueta atlética y joven de él y de igual modo fue defecando bajo la piel, el gordo de manteca que todos conocemos.

Era obvio que Ulises no dormiría en su casa porque su hermano dormiría en su cama, con su esposa, no tenía ganas de hacer mal tercio; por tanto, decidió irse de juerga. Primero en bares que conocía perfectamente, con baile erótico y meseras en bikini, y luego en un baile de esos de corbata, en donde abundaba el color de los cuervos y los escotes voraces, y por último con una putita muy azarosa. Por la madrugada soñaba que fornicaba con una chiva muerta y totalmente despellejada. Hemos de pensar que esa noche la pasó muy bien.

Lucas terminó de bañarse y fue al cuarto de Marcela, ella estaba recostada viendo la telenovela. Tomó el control de encima de la cama y le cambió a un canal de música:
—No espérate, no seas, deja que termine mi novela, que no ves que ya se puso re interesante.
—Que no te vas a bañar, está caliente el agua.
—Con la bañada que me dio mi tía en la mañana a poco crees que necesito más.
—A ver, te voy a revisar... —Él empieza auscultando las orejas y estira la pijama para asomarse adentro.
—Espérate güey por lo menos hasta que estén los comerciales— Lucas se acercó al tocador y se peinó, tomó un poco de loción para después de afeitar de su hermano, era de la marca Giorgio Armani. Luego fingió hacer strip-tease sobre el taburete; cosa que no le resultó pues tenía movimientos a lo Juan Gabriel, un tanto afeminados. Ella rió un poco, se quitó la ropa y apagó el aparato. En ese momento hasta parecía que le rendía culto a la adultera Clitemnestra, una diosa griega de no pocos inciensos en aquella cultura. Lucas empezó con un latino tropezón de besuqueos muy al estilo francés directo al pecho mofletudo. Sus pezones hacían hacer de cerca a Lucas una “o” bien redonda, como bocal algo olímpica. La cama resultó tan cómoda como una pantufla. Marcela era una mujer cachonda, se ponía ardiente tan rápido a modo de procesador Pentium IV a seiscientos Mega-Hertz. Su cuerpo era tan incontenible como excitación juvenil en table-dance. El sexo se deslizaba por sus cuerpos como tabla de juegos extremos y los contorsionismos eran los ejercicios para esa noche. El diminuto polvo que caía sobre las gotas de sudor de sus cuerpos, se divertía de lo lindo. Ella tenía entre las piernas un sexo bizco, ciclópeo, como de cizaña, y ella escandalosa —pero en quejidos— como las bolsas de las papitas. Lucas en veces se veía de espíritu postizo, falso; al principio se sentía un Abrahán celestial pero cuando Marcela terminó de amarlo, parecía Jesucristo al final de su vía crusis. Toda su figura parecía un retruécano predicado por Sor Juana, y eso que no era un hombre necio que acusa a la mujer sin razón.

Opción de cierre número uno:

La tía era demasiado imprevista, podía llegar a la casa con una sarta de insultos equivocados, con su recalcitrante modo de hacer las cosas a su manera o con una canasta: frutas de temporada y quelites o manojos de borraja, flor de tila y estafiate. Esa vez, muy de mañana llegó con una cubeta de alverjones y encima cuatro zapotes maduros. Va a la habitación de Marcela, ella está alistando su ropa. Se va a dar un baño. Lucas sigue durmiendo, ronca como motocicleta en subida.
—Buenos días hija, que, como te fue —su voz es muy baja, no quiere despertar al bello durmiente.
— ¡Hay tía!, re bien, figúrese que este Lucas es bien ocurrente, ¡Hay cada cosa!, Pero de mi marido y él pos... que me perdone Ulises pero resultó mejor amante aquí mis ojos— la coqueta mujer levanta repetidas veces las cejas y mira al hombre durmiendo, la pariente se da por entendida y le lanza a la espalda varonil sus ojos lujuriosos.
—Bueno tía me voy a dar un baño... y me voy a apurar porque tengo que ir a traer la leche—la mujer sale de la recámara y se dirige al baño, al final del corredor.
—Aja. —La tía se recuesta junto a Lucas, acaricia la espalda tratando de hacer cositas, él despierta y se da cuenta de las intenciones de la pariente, él explica que lo que ha hecho por su hermano, había sido por pura obligación y casi a la fuerza.
—No, tía, la mera verdad las mujeres, para mí  ¡fuchi! Y no se me acerque más porque me da asco.

Opción de cierre número dos:

La cama no sólo había resultado tan cómoda como una pantufla, sino tan provocadora de sueños que siguieron los dos durmiendo hasta bien entrada la mañana. Habían utilizado ese espacio a manera de balneario veraniego: solaz y descampadamente.  En la foto de estudio, colgada en una de las paredes de la habitación, los esposos se siguen viendo tan felices, sonrientes; tan lejos de saber el actual adulterio celebrado a consentimiento. Ulises no aparecería sino hasta la tarde. Poco a poco van desperezándose, despatarrando sus extremidades, bostezando, tallándose los ojos.
—Ulises, Ulises—Hajum, Hajum—Ya despierta, vete a bañar primero, tú tienes más prisa, ándale güey— Lucas se voltea hacia el otro costado
—No estés jodiendo, deja dormir... yo no soy Ulises. —el pensamiento de Marcela da un vuelco y de un chispazo recuerda todo. Lucas está medio despierto, ya no va a reconciliar el sueño. Ella se veía como una ininteligible mujer con pene, pero sus armas labiales del cuñado estaban listas para desramar su rejega pose de abeja reina, de mujer gobernadora. Confiesa estando con la cara oculta dentro del sobrecama, sigue con los ojos cerrados: —usé condón— Marcela se queda pasmada. Despierta del todo pues sabe que de ese modo no se puede.
—Usé condón.
—Y así para qué me sirves güey, si yo lo que quiero es un hijo...
—Pos la verdá lo único que quería era darte una probada. Se lo pedí a tu tía. Ella fue quien enredó las cosas... le tuve que dar una lana y tú me la vas a regresar. Si quieres tener un hijo mío te va a costar cinco mil pesos... con la garantía de que va a ser un chamaco chinguetas... como su padre.


El mal del Vitíligo Tripigmentado




El había sido un bruto y se llamaba Sixto, Su vida había sido una aventura hermosa, sin complicaciones, vida que por esa razón cualquiera podría envidiar. En aquellos años tenía tan ausente la sabiduría que se perdía a sí mismo cuando abría la puerta de su ignorancia, esa encantadora tan suya y consentida. Su sonrisa campeaba bajo el bigote rústico, su mazorca de dientes y todo el paisaje facial hacía recordarme la insuficiente agricultura mexicana. La manzana donde vivía Sixto era una donde apacentaba el comercio, se podría decir que a la manzana le pasó contrariamente que como a Newton: a la manzana le cayó el comercio en la mera cabezota y la despertó. Era en ella todo un compra y vende por aquí y por allá. Los comerciantes llegaban desde las colonias aledañas e incluso de las barriadas más pobres, desde temprano y se retiraban hasta muy tarde, eso a Sixto le gustaba, el movimiento, la acción en la calle, la cantidad de gente pasando, la cantidad de fisonomías, de caracteres; el mare magnun de contratos, componendas y transas; todo eso pasaba a ser parte de él. En la mañana el clima había arreciado ruinmente, pues la escarcha había dejado caer su baba helada, enronqueciendo el verdor del pasto dormido que se localizaba en los jardines, en los camellones y en las jardineras. El cielo parecía borrego en plena trasquila.

Sixto había sido un bruto pero ya no lo era tanto, él sabía que era todo un bruto desde que tenía uso de razón, pero su conocimiento de ser un bruto no le atormentaba; incluso sabiéndose bruto se sentía de lo más contento, se explayaba solazmente, pero luego la cosa fue distinta. Él siempre tenía inquietudes de cómo funcionaban las cosas, el saber era una entidad de la cual Sixto estaba relegado. Poco a poco y desde los veinte años empezó algo que cambiaría su vida, de ser “el bruto del Sixto” a pasar a ser “Sixto el sabihondo y el genio de la colonia” continuamente lo molestaba la gente, envidiaban sus capacidades, le codiciaban su enorme memoria. Sixto antes tenía preferencia por artistas populacheros como: Spice Girls, Vicente Fernández, Kabah, Selina, Grupo Mojado, Límite, Huracanes del Norte, Fey, Shakira, Los Rieleros, entre otros; pero luego la cosa fue distinta y era: Vivaldi, Bach, Coreli, Albinioni, Caudioso, Mozart, Beethoven, Brahams y de sus lecturas ya no eran de: “Fantomas”, “Memin Pinguin”, “el libro vaquero” y “sabrosas y enjundiosas”  luego eran lecturas tanto de clásicos griegos como: Homero, Arquíloco, Heraclito, Esquilo, Sófocles, Aristóteles y Platón. Como de autores distintos como: Marx, Kant, Baudelaire, Freud, Paúl Valery, Nietzsche, Hegel, Kafka, Mallarmé, James Joyce, W. Benjamín, Beckett, Allan Poe, Víctor Hugo, Rimbaud, Habermas. Entre otros muchos más. Su interés había llegado a las artes plásticas, la genética, la música, los idiomas, bueno en fin; Él era toda una enciclopedia con patas.

—Ese mi sesudo, como va el chinguetas. —Saluda Roberto, un vecino de la colonia—Ya no leas tanto que te vas a volver loco.
—Que tal, como estamos Roberto. Francamente te equivocas. Tú andas pensando en que yo soy un hombre inteligente, pero quiero pedirte un favor, que no andes pensando en ese tipo de tonterías, detesto la pose, me vomito en ella, eructo. La gente por lo general desprecia a los hombres inteligentes, desconfía de ellos, los tiene recelosamente en la mira. He experimentado en carne viva que al bobo se le recibe con complacencia, se vuelve un compañero con el que se puede codear fácilmente, sin recelo, la lucha de conocer entre dos o más  se evapora,  se hace un hermanamiento; en cambio el “sesudo” parece un apestado, alguien parecido a los leprosos del cual hay que alejarse...

—La neta yo no sé de esas cosas, esas para mí son mariguanadas, y... chale... ya ni se puede platicar contigo porque sales con citas, autores y experiencias que en mi vida, jamás voy a tratar ni a conocer. Y pos... ya ni pedo. —Como un infinito que le hacía un guiño, así mismo la inteligencia diminuta se desposeía de sus lacónicas e insipientes conexiones neuronales de Roberto. Ellos continuaban platicando, él uno esforzándose cognitivamente al máximo, el otro en idas y vueltas mientras el otro apenas va. El interruptor convino en dejar de hacer debutar a una luz que estimulaba a los pequeños insectos que andaban tras la luz del foco, en la marquesina de la fachada.  Había amanecido completamente.

La razón por la que Sixto había tenido dicho cambio se había debido a un experimento que habían realizado los investigadores de la Universidad de Massachusetts, durante el lapso de tiempo en el que Sixto se había ofrecido de  voluntario para correr pruebas para posibles enfermos de Alzheimer en esa Universidad. El experimento que habían realizado había sido hecho sin su consentimiento, o sea que no se había ni enterado; él como todo un tonto les había caído ahí al dedillo, es decir, que ni mandado a hacer. Cuando fue seleccionado para correr las pruebas, le hicieron un examen cuyo resultado era contrario a lo que se espera, generalmente quien pasa un examen es porque se queda, es promovido; en este caso quien lo reprobaba y resultaba pobre de coeficiente intelectual era ideal para el puesto, Sixto cantó pésimamente las rancheras y por tanto se quedó, en aquellos días estaba tan contento que en la colonia casi le hacen fiesta. El químico suministrado a una docena de camaradas igual que Sixto era la proteína Kinasa y  genomas polimórficos manipulados que hacían aumentar la actividad tanto de las sinapsis como del desarrollo e incremento de nuevas células, estas células según se había descubierto, nacían en áreas centrales del cerebro y emigraban a regiones de la corteza periférica, entre ellas la corteza prefrontal, parietal y temporal, estos últimos —se sabía— participaban en procesos de almacenamiento de datos y modulación del comportamiento. Este tipo de investigaciones, según argumentaban los investigadores no le haría daño a ninguno; era: “como darle vitaminas a un anémico”. Los avances en genética había llegado al grado de que todo el mundo quería hacerse la prueba de ADN para saber cuantos cromosomas eran buenos y cuantos anómalos, simplemente para presumir en la escuela o el trabajo. Pero muchas veces el tiro les salía por la culata pues en lugar de recibir buenas noticias se enteraban de que iban a morir de cierta enfermedad a los cuarenta o cincuenta años o bien que tenían  enfermedades como Alzheimer, Gaucher, cáncer  de Colon, de Pulmón; Enfermedad de Huntington u obesidad o cualquier otra no listada. Muchas veces los genetistas retenían la información por el bien de la humanidad ya que  había habido una temporada cuando aún no estaba legislado en que la taza de muertes por suicidio era directamente proporcional a los pacientes que habían conocido su futuro modo de muerte o sea la enfermedad que irremediablemente les quitaría la vida.

El doctor y genetista Nicolás Mejía, director del Centro de Investigaciones del Genoma Humano de la Universidad de Massachusetts, recibía en su despacho al periodista Carlos Olivera del periódico Atlantis. El investigador de genomas era todo un cinta negra de la biología, tenía a su cargo el laboratorio de genética y dirigía la investigación de la secuencia del cromosoma 21, dicha tarea se le había encargado a él ya que dominaba en extensión el mapeo previo de este gen y algunas proteínas que interactuaban con ese pedazo de DNA. Las investigaciones que él había llevado a cabo tenían que ver con la enfermedad de Alzheimer y con el descubrimiento de la proteína Kinasa conocida como ERK (por sus siglas en ingles) dicha proteína interactuaba a nivel neuronal al estimular las neuronas vecinas y así potenciar a largo plazo las sinapsis o los puntos de contacto entre las neuronas. Esto ayudaba a que se tuviera un mejor conocimiento de cómo se formaban los enlaces y de ese modo la memoria; puesto que era aquí en los enlaces de la memoria donde ocurría la mutación de la enfermedad de Alzheimer. La entrevista ocurría en los días en que los avances en genética estaban a una velocidad impensable, ya que se tenía un previo mapeo del genoma humano y sólo faltaba la corroboración de ese mapeo, así como: el descubrimiento de la interrelación de genes y proteínas, la identificación de cada uno de los genomas polimórficos y la distinción de genes muy singulares que ni el genetista más creativo hubiera podido imaginar. Todo este faltante de información implicaba no sólo años a futuro dentro del proyecto, sino cientos de investigadores y un número substancioso de instituciones, laboratorios y empresas farmacéuticas. Los cuestionamientos del reportero tenían que ver con acusaciones que habían salido a relucir y una demanda en contra de la institución que él comandaba. El Doctor Nicolás es gordo, con barba de chivo y algo canosa, cabello lacio y entrecano; pómulos salientes, de papada y chaparrón; hombre de lentes, zapatos flexi, pantalón negro, y saco verde olivo. Sus movimientos son ágiles a pesar de su abdomen. Es  un poco zambo.

El periodista Carlos Olivera es de cabello quebrado, boca grande y lengua ágil; cejas pobladas y frente estrecha, su barba medio crecida; su vestimenta es conformada por pantalón negro y arrugado, lentes que apantallan o fingen intelectualidad, camisa cuadrada, y zapatos de vestir; cámara, grabadora y para no variar teléfono celular a la cintura. Sus manos brillan sudorosas. No le falta nada. Luce por tanto como todo un periodista.

— ¿De que manera es posible que a corto plazo, la humanidad se beneficie de los avances genéticos?
—Sí, verá, los métodos de ADN recombinante permiten el aislamiento, la multiplicación y la propagación de regiones específicas de ADN de cualquier origen. Es posible establecer métodos de diagnóstico y posibles métodos de curación para ciertas enfermedades moleculares. Las posibilidades se amplían a tal grado que su alcance parece estar limitado sólo a la imaginación. Se puede conocer a detalle la configuración genética de cada persona y con ellos, el riesgo de afectar la privacidad biológica del individuo. El examen de ADN... originalmente se diseñó para el estudio de los desordenes genéticos hereditarios pero ahora la predisposición a enfermedades, las respuestas corporales a ciertos agentes infecciosos, drogas y productos químicos y además el diagnóstico de enfermedades infecciosas. Aproximadamente de 100 a 500 mil genes humanos, tienen miles de oportunidades de mutación, en consecuencia los mismos genes en distintos individuos experimentan variaciones en su secuencia de ADN. Esto es posible a partir de una muestra de tejido biológico, normalmente es sangre, el ADN del individuo se fragmenta en enzimas de restricción las cuales cortan el ADN en sitios específicos.

—Se conocen casos diversos—afirma el periodista poniéndose la grabadora cerca de la boca— en donde han intervenido los avances en genética, la mayoría de las veces positivas en cuanto a enfermedades genéticas que la humanidad venía arrastrando y que no se verán más; pero también hay casos en donde más valía seguir ignorando esa información para así no experimentar. ¿Cuáles son los costos genéticos que tenemos que pagar?, ¿Será que la vida ahora será a la carta? ¿Será acaso que quien tenga dinero pueda comprarse o comprar para sus descendientes una vida sin enfermedades y tan larga como el doble? Habla usted de la imaginación, ¿Acaso los seres híbridos en los que andan experimentando furtivamente, no tienen parangón en la historia de la ciencia natural?
—Bueno, son distintas preguntas, que tienen que ver con lo mismo, verá, los avances en biología molecular que actualmente tenemos, son debido a muchas generaciones de investigadores y muchos años de ciencia. Siempre se había buscado “la piedra filosofal” y “las pócimas de la juventud” que nos harían vivir jóvenes para toda la vida, eso desde la edad media con alquimistas y luego con investigadores distintos, a partir del inicio del secuenciamiento de algunos cromosomas  e impulsos sobre el genoma humano debido al conocimiento genético de seres unicelulares y pluricelulares —entre ellos la mosca de la fruta— se pudo saber —fíjese, ¡Cosa increíble!— que la biología de los seres vivos utilizaba una especie de economía genética, de la cual todos los seres vivos participamos, desde la mosca de la fruta, hasta los seres más complejos biológicamente como lo son los seres humanos. Significaba que conociendo la arquitectura genética  de distintas especies, podíamos del mismo modo conocer la estructura genética humana, por comparación; es decir, buscando las similitudes y las desigualdades ¿No es acaso esto maravilloso?
—Pero aún no ha contestado a mis preguntas...
—A... sí... No, me parece que no, creo que no hay una factura que pagar de parte de la humanidad, las investigaciones que se habían realizado con fondos públicos son resultados del público, todo mundo lo puede conocer, está a la vista. Las que sí no están en “cartelera” son  las investigaciones que realizaron las empresas privadas, ellas hicieron inversión y como  toda empresa, pues esperan ganancias. Y sobre los híbridos de los que habla, pues siempre los ha habido. Pero en otras áreas, recordemos que desde hace mucho tiempo se viene mejorando, variedades del reino vegetal como el trigo, el maíz etcétera, para un genetista el material a trabajar viene siendo casi el mismo y pues en esto no hay límites... sólo aquellos límites que la sociedad y sus instituciones impongan.
—La razón de mi entrevista es por dos razones, vera doctor, según tengo entendido, está interpuesta una demanda en contra de la institución que usted dirige, hace algunos años contrataron gente en puestos temporales para correr exámenes y cosas sencillas... no me acuerdo muy bien de que cosa, el caso es que uno de ellos reclama indemnización porque se le aplicó—estando en esta institución— una serie de compuestos químicos sin su autorización que ciertamente mejoraron su calidad de vida pero fue perjudicado socialmente. Aunque es risible y hasta irónico, el hombre era un perfecto tonto pero feliz, y ahora con el tratamiento que le dieron se volvió de un coeficiente intelectual alto pero infeliz porque tiene problemas sociales... y cosas de esas. ¿Qué cosa me puede decir al respecto?
—Sí, estoy enterado del caso y pues... ya estamos preparando nuestra defensa, tenemos a los mejores abogados... de la misma Universidad. Nosotros lo único que hicimos fue alimentar bien a nuestros trabajadores dándoles vitaminas “de las buenas” y con algunos resultaron demasiado buenas, ya ve usted que cada persona, cada individuo es una singularidad y el organismo de cada uno responde de manera  distinta. Sabíamos... a base de mucha investigación, que no había modo de equivocarnos. Sabíamos que no perjudicaríamos la vida de la persona, ningún daño se iba a correr. En cuestión de genética e investigación todo salió a la perfección. No hubo error. Pero nosotros no previmos que nos encontraríamos con grandes logros y avances científicos  pero con cerrazones sociales e incomprensiones retrógradas. La sociedad desgraciadamente va lento, lleva su ritmo.  Una cosa son los grandes avances en ingeniería genética y otra son la manera como esos avances van a ser recibidos por la sociedad. Desgraciadamente siempre ha sido de ese modo, recordemos la inquisición o la conquista de los “bárbaros” por los civilizados. Nunca se sabe a ciencia cierta el modo como la sociedad va a responder a los avances científicos, recordemos “la revolución industrial” o bien “la revolución de Bill Gates” son dos paradigmas distintos que mueven a toda una sociedad  y que son recibidos de modo muy distinto, el uno destruyendo las máquinas a garrotazos porque son las culpables de que se queden sin trabajo y el otro entrándole al Internet porque si no le entramos estás fuera, eres de los nuevos analfabetas.
—Bueno, la siguiente cuestión es sobre una de las nuevas enfermedades que a aparecido, que claro no tiene nada que ver con ustedes, o sea con esta institución la cual usted atinadamente dirige, pero que la sociedad quisiera conocer más a fondo, conocer su proceso. Es sobre el Vitíligo tripigmentado... ¿podría dar algunos parámetros de esta rara enfermedad?
—Bueno, no le podría dar mucha información porque, la dermatología no es mi especialidad, yo soy genetista. Tengo entendido que es una disfunción de la melanina o sea de la pigmentación de la piel. Los estudios los están llevando a cabo diferentes empresas farmacéuticas como Novertis, la compañía inglesa Glaxom y la multinacional Bristell son empresas muy prestigiosas, seguramente ellas van a dar con el problema...
—Pero es un problema genético... podría usted darme información acerca de los genes que podrían estar interactuando...
—No, lo siento pero. Me llevaría un poco más de tiempo ya que es algo muy complejo y además yo no soy dermatólogo, soy genetista.
—Una última cosa, sí a de estar enterado de la manifestación que se llevará a cabo esta tarde, la llevarán a cabo la gente que sufre la enfermedad del Vitíligo Tripigmentado, y creo que una de sus paradas en la marcha será en esta institución, para interceder para que ustedes hagan algo al respecto.
—Sí, estoy enterado, nos van a enviar una compañía de policías antimotines para resguardar las instalaciones y cuidar el orden por si acaso suceden cosas imprevistas. Nosotros no tenemos que ver con nada de seguridad, de eso se encargan las instituciones del orden, nosotros a lo nuestro.
—Bueno, muchas gracias.
—No al contrario, gracias a usted.

El Vitíligo tripigmentado era una especie de “mal del pinto” novedoso y al parecer genético. Era una enfermedad benigna, que no tenía consecuencias mayores que las manchas novedosas y un tanto antiestéticas en la piel. Su etiología era aún desconocida puesto que según parece era adquirida de manera endémica y sin curación espontánea. Era el tono casi transparente de los albinos, la mancha voraz y rojiza parecida a alguna variedad de pigmentación sifilítica y el color verdoso encendido y singular de los camaleones, todo ello en manchas que se iban compactando hasta lograr en los crónicos una dermis propia de camuflageo que podría envidiar el soldado de infantería en batalla selvática.

            Sixto se pasó la mañana en lecturas interesantes, sobre el escritorio están dos citas:

“...y así mismo, vendían niños recién nacidos y de dos años para arriba para este cruel e infernal sacrificio y para cumplir sus promesas y ofrecer en los templos de sus ídolos como se ofrecen las candelas de cera en nuestras iglesias Diego Muñoz Camargo. Historia de Tlaxcala Pág. 155

Shakesperare decía:
“Alejandro murió, Alejandro fue sepultado, Alejandro hízose polvo; el polvo es tierra; de la tierra se hace barro y ¿por qué con ese barro en que se convirtió no podría taparse un barril de cerveza?” (Hamlet, a. V, escena I)

Sixto tenía pensado salir a una manifestación, participaría en la marcha-mitin que llevarían a cabo los aquejados de Vitíligo tripigmentado, él no estaba enfermo de eso, pero  se sentía hermanado de algún modo; Sixto se manifestaría en contra de los laboratorios de genética de la Universidad de Massachusetts por haberle realizado experimentos sin su autorización. La demanda que había interpuesto iba por buen camino.

Al principio era sólo un millar de pecas húmedas en el piso. Después, la tormenta llegaba y cogía a la ciudad aún medio atarantada, era lugar sitiado por las negras nubes embravecidas. La noche hogareña se aprestaba para ser tan arrullante como una hamaca. El sol de bruces sobre la cresta de los edificios, curioseaba finalmente por las azoteas. La ciudad se despatarraba cada vez más —y no debido a la noche— y su deformación llegaba a ser hereditaria. Recorrer la mirada en cuerpo de ciudad mojada era armar vericuetos memorables y rumiar un socavón de experiencias pasadas; vivencias empaquetadas en las neuronas. Las calles se aposentaban con una simetría casi cursi, estilo cubismo, pintaban algo románticas y vitrificadas, tal pareciera que las gentes lo que hacían eran hacerles semejanza o ser un espejismo sinuoso de las calles; calles que rechazaban los movimientos bruscos  y tajantes, los cambios genéricos e instintivos de la modernidad, calles envilecidas en lo inmóvil, en el adormecimiento casi opiáceo de la realidad. En una ciudad nunca se sabe, de manera acertada quienes están ni a donde se dirigen, yo diría que saberlo no es importante, es más, lo  considero intrascendente, la mayoría de las veces se va por las calles como entidades dormidas, seres que se transportan a sitios distintos, que van o vienen llegando, siempre en la ciudad ese movimiento eterno, vuelco de voluntades o el movimiento de inercia, el lance centrífugo cuyo eje es la ciudad misma, punto urbano donde se entrecruzan los humanos.

La comunidad se encuentra preocupada de que una gran cantidad de gente sufre de la enfermedad del Vitíligo tripigmentado, temen contagiarse, hay prejuicios que han aparecido, algunas personas fanáticamente religiosas aseguran que son muestras de que el final se acerca, de que estamos a las puertas del Apocalipsis; hay una especie de racismo contra los “Vitíligos”, por lo regular se les veía y saludaba con cierto desprecio y repulsión. Debido a esa razón la gente adinerada que sufría la disfunción, que tenía este mal; recurría al uso de cosméticos para disimular la hipopigmentación e hiperpigmentación con soluciones de permanganato potásico en disolución adecuada y derivados del Psoraleno para hacer permanecer un solo color en la piel. — ¡Aunque sea negra!— decían algunos. Las manchas rojas, las manchas albinas y las manchas verdes eran tan singulares y diversas en las personas que debido a que se identificaban plenamente, entre ellos ya habían formado clubes, empresas y sociedades para procurar sus intereses, en la red es posible ver algunas páginas en www.vitíligotripigmentado.com  o en www.Vitíligos.com entre muchas otras.

Los medios de comunicación estaban presentes en la manifestación. El periodista Carlos Olivera del periódico Atlantis había ido a dejar su nota sobre la entrevista de la mañana, luego unos tacos de canasta, refresco y ya estaba listo para el siguiente reportaje, seguiría de cerca el desarrollo del evento. En tanto espera. Piensa. —Que carambas, todo por la nota, y para seguir percibiendo una baba de sueldo, aja, no tengo ganas de ver sus mapas, sus manchas caliginosas, sus parches verdes y azarosos; los pies blancos, sus brazos morenos, gente ensamblada, aja. Inche gente parchada—

La minoría hace manifestación para reclamar sus derechos y para hacerse justicia en contra de la segregación al que se ven sometidos por la sociedad. El común denominador de la manifestación lo eran sus enormes manchas blancas, rojas y verdes Iban tan amontonados en la manifestación como canicas en bolsillo de niño. Como un gentío solidarizado por su aislamiento en el Universo. Como una muchedumbre disciplinada y tan lenta la marcha como computadora sin disco duro. Las pancartas en tonos multicolores dejaban ver no solo sus recriminaciones sino también sus complejos: “¡Prohibido acomplejarse frente a los morenos!” “¡Mi cuerpo se destiñe, sufre, siento dolor, soy humano!” “¡Más apoyo a los centros dermatológicos de investigación!” “¡Basta de segregación: No estamos apestados!” “¡Ven, caminemos juntos!”, “¡Stop!” “¡Orgullo Pinto!” El boulevard principal de la urbe estaba ocupado, por él circulaban los manifestantes entre gritos, frases rimadas y pancartas; el bulevar terminaba en una  calle torcida que hacía un mohín y continuaba por otro rumbo muy distinto al de la marcha. Sobre de él espera el paso, un hombre con jiote brilloso al pómulo en auto nuevo. Ellos continuaron hasta llegar al instituto. Dentro  de la manifestación  marchaba Sixto, coreaba con ganas sus anatemas a los Institutos Genéticos  de Investigación. Él no se había dado cuenta que poco a poco su piel iba adquiriendo manchas blancas, verdes y rojizas, y tal vez por eso Sixto se sentía inconscientemente tan hermanado.

— ¡Ustedes para lo único que nacieron es para ser infelices!— Grita el pordiosero que ve pasar la manifestación y se retira rumbo al puente a desnivel desentonando una canción, debido a algunas copas, va tan torcido como el cuarto para las once. Su estolidez lo sigue como una sombra fiel.