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martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 27


El progreso y la globalización





Amanecía en la pequeña población de San Bartolo en el Estado de Tlaxcala, y como siempre, los primeros en despertar son los gallos, la mayoría de la población trabaja en el campo; Es decir, sobre los surcos de milpa o de lo que sea: vida de labrantío. Los siguientes en despertar son los habitantes, la mayoría desde las cinco de la mañana, para que la jornada diaria termine a buena hora y así se aproveche bien el día, los últimos en despertar son los rumiantes y las lagartijas friolentas. Pero no, también hay otros que se levantan tarde en las poblaciones como San Bartolo y son los caciques, ellos con su vida holgada, no necesitan pararse tan temprano, para eso tienen a sus peones y a sus sirvientas. Don Indalecio Florentino Olvera Xóchihua es un cacique autóctono cuya pureza se observa claro en su lampiñez obstinada; es todo hombre, que como un patriarca ejercita su posesión con las sirvientas y como ciudadano ejercita también sus derechos para votar. Su pose era la de un ser carnívoro dispuesto a comerse cualquier ciervo descuidado.

El cielo parece borrego en plena trasquila, con un tono punzó en el orto, el paisaje se observa mestizo con un lampo murmurante sobre las tejas más nuevas y sobre el hagüey de la descampada de la “Santa Cruz”. El pequeño pueblo tiene un característico olor a gallinaza, a eso se le va sumando el tufillo de las cocinas de humo. El tostado ambiente se acicala en el cerro Oxtotl quien tiene una neblina propia de tugurio legañoso. Se hacen exterminar todas las calamidades nocturnas que se escucharon por distintos lugares a lo largo de la noche. ¡Pero que delicia el sentir esa su aniquilación! La belleza grotesca y sin ningún pudor se presenta en la campiña; los matices basándose en lombrices tonales: nogal, ayacahuite, sabino; En los madroños, cerca de la casa de Don Indalecio, hay un nido al cual le chifla el aire por entre las ramitas, no tardará en caerse con todo y huevos. El rododendro felizmente presume su hermosura sin recato alguno, está en el  jardín que cuidan con esmero los sirvientes.

Don Indalecio déspota como la mayoría de los que tienen el poder o puesto público por muchos años; se vanagloriaba de haber pertenecido a los muchachos corajudos y revolucionarios del 68; de aquello le quedaba el recuerdo de ver morir a muchos en la plaza de las tres culturas, ahora no le resultaba más que recordarse con una mueca, como un chamaco pendejo que creía en ideales injertados, verdes, candorosos; ahora se pensaba —“gracias a Dios”— muy lejos de aquellos años. Don Indalecio al paso del tiempo le hizo un guiño al  hedonismo, aprovechó que era abogado, se sirvió de que el ronquido de ignorancia era permanente y casi hereditario en los indios, así como también se valió de su carácter el cual no se amilanaba ante nada, y de que carecía de esa compasión que pedía Jesucristo ante sus escuchas. Por tanto, sus ideales comunistas enflaquecieron en tanto que su patrimonio  engordó tanto como las vacas que José hijo de Jacob  pronosticó al faraón.

A las diez de la mañana llegó el vendedor. El comerciante era gordo, barba canosa de candado, pómulos salientes, cabello entrecano y lacio, chaparrón y  un poco zambo; lentes, zapatos con suela de goma, pantalón negro, saco verde olivo, movimientos ágiles a pesar de su abdomen, Don Indalecio esa mañana compraría una computadora con un dinero que le había llegado por la venta de un terreno, sus ganas por comprar ese “aparatucho” era sólo para presumir con el montón de compadres, porque eso de saber de Internet y procesadores pues ni jota. En los arreglos de compraventa de la computadora, el cliente añoraba que su categoría social aumentara mientras que el comerciante perseguía que ese individuo se llevara el producto embodegado y que así aumentaran sus ganancias. Pero Don Indalecio sabía que  "A mucho decir, mucho mentir”. Y no iba a dejar que le mangoneara el asunto así que pago lo suficiente haciéndose un descuento del cinco por ciento por “costos de operación”. Don Indalecio sabía que a la gente se le juzgaba por sus bienes, se le valoraba de esa manera, por eso cada vez repetía:
—Y sí que sabes tú... “Cuanto vales cuanto tienes” y si no veme a mí.

Antes de encender la máquina pide que se congreguen algunos parientes y  sirvientes para que le echen agua bendita del templo de Juquila y le recen algunas jaculatorias, eso para que Dios no permita que llegue a la pantalla alguna que otra imagen licenciosa. Algunos le han dicho que para que se acelere el disco duro hay que ponerle unos imanes extras. Pero él no hace caso, repite, como cualquier pelafustán  —“Mientras en mi casa estoy, rey soy”—Nadie entiende el uso de ese aparato, tienen la idea de que es una televisión más  pero con más “difinición”, la sobrina aconseja —Pos la ha comprado porque dicen que tiene juegos como “el solitario” y “las busca minas” en donde se puede divertir uno ¡a lo grande!— El monitor se les queda viendo que si hablara les diría: “bola de orangutanes”, ¡mamíferos de pacotilla! Se les veían las mismas facciones bárbaras que tenían las hordas hitlerianas en la quema de libros contrarios al partido nazi. Otra comadre de él, Beatriz una indita religiosa, ignorante y con dinero se había comprado también una computadora porque le habían dicho que Dios había puesto su pagina en Internet y ella quería comunicarse con Él para agradecerle distintos favores.

Los hombres del pueblo desanimados, parcos en el habla, sumisos ante el patrón. Su voluntad era la que les permitía estar firmes, persistencia que sumaba años en el mismo sendero. Ellos se daban esperanzas diciendo: “No hay miel sin hiel”. Los conflictos que querían resolver mellaban la anorexia, su inquietud podía resolverse  o no, todo dependía de que Don Indalecio les escuchara. Él sabía bien que “Favor con favor se paga”. A Don Indalecio le gustaba hollar a sus paisanos, era un placer no confesado, tal vez porque era cristiano. Don Indalecio mandó a instruir a su sobrina para que manejara perfectamente la computadora y así para que todos los del pueblo vinieran a él para que les hiciera algún favor, como buscar alguna información en la computadora, mandar mensajes a los que se habían ido del otro lado, recibir mensajes y cobrar una cuota. Así como asistir a la villa de Guadalupe vía Internet por medio del sistema de conferencia y cobrar la mitad  de lo que gastarían de pasaje — ¡Y sin riesgos paisanos, y sin riesgos! De las compra-venta por Internet se adjudicaba un 5% por costos de operación; en fin, Don Indalecio era todo un hombre moderno o sea aquel que se va acomodando a los avances de la técnica y la ciencia. La población de San Bartolo en el Estado de Tlaxcala —gracias a su cacique—, no podía negar que a ellos les había llegado por fin la modernidad, y que ahora podían sentirse comunicados con el resto del mundo, ahora sí ya podían casi acariciar el progreso y la globalización.




Bangkok





Me extiendo en mi asiento dando un gruñido bostezo, observo aquí frente al hotel el mercadillo de Chatuchak, cerca del río Wat Phai Tan en la ciudad de Bangkok. Hay hombres, mujeres, asiáticas de color cobrizo: todos en el trajín, con cestos, paquetes, bicicletas; los infantes pidiendo, limosneando a los turistas, el rugido de motocicletas de dos levas, gente jodida con el lodo de los arrozales pegado en el tobillo; me quedo quieto observándolos, tratando de penetrar, de hurgar en su interioridad, pero termino fatigado, porque para eso ni a mí mismo. Los insectos reinician su danza en el lóbulo de las orejas. El calor sofocante es diseminado con una Coca Cola™ medio fría. A lo lejos creo escuchar xilófonos, tambores y varios gong-carrillòn, son instrumentos para armar la música tradicional de Tailandia, es posible que estén interpretando danzas del Ramayana hindú. Pero por el momento no quiero caminar, sino estar sentado aquí tomándome un buen refresco. La mesera a venido a dejarme un pequeño caso de arroz acompañado de ajo en polvo, leche de coco y un poco de nam pla (salsa picante hecha a partir de anchoas) devoro eso y pido un pescado y un batido de fruta, con el estómago lleno, me tomo otro refresco. Me gusta escuchar a los vendedores ambulantes pregonando la comida tailandesa en carromatos de tres ruedas, en el idioma Tailandés; me recuerdan a mi infancia cuando voceaba periódicos, por las calles de Tlaxcala o cuando andaba vendiendo chicles por el parque y los portales; no cabe duda que somos parte de nuestra historia, un personaje apenas subrayado pero que la totalidad está allí atrás, observándonos, juzgando nuestro actuar cotidiano; Esto que me pasa no es añoranza por aquel Estado que dejé hace tres meses sino reconciliación con ese pasado con el que me he construido; ahora no me considero una entidad apartada o territorializada sino alguien que quiere compartir su mundo con el mundo, que se abre al conocimiento de lo otro, de los demás.

            El monzón no tardará en lanzar sus primeras banderas informes, blancas, espesas, de cinco días, obesas de agua. Con una precipitación de 106 a 153 centímetros cúbicos de agua al año, Tailandia se iguala con Filipinas y Myanmar en cuanto a lluvias y se pasa de la raya durante la temporada de los monzones. Se escucha el tren que va rumbo al norte, al interior del país, a la ciudad de Najon Sawan casi siguiendo las laberínticas venas del río Phiraya: El más importante de Tailandia y por el cual a esta ciudad de Bangkok se le ha dado en llamar la Venecia del Este.

La llegada a esta región ha sido para mi como una travesía que llega hasta las venas, he visto  gran cantidad de hombres con piernas amputadas, son tal vez refugiados camboyanos, los veo con sus muletas malechonas y cojeando entre los puestos del mercadillo, En Vietnam y Camboya siguen sembradas las minas en los campos y cada vez cobran una pierna o una vida. A pesar de los años que han transcurrido, tal parece como si fuera una guerra permanente, que se despierta de vez en cuando, que nos pone en guardia y que estruja al letargo. Pero la guerra es para algunos insospechadamente aprovechable. Existen naciones que si no fuera por las guerras, decaen, sufren de crisis financieras o simplemente no son porque tienen en sus sociedades una cultura bélica. Tailandia es una de las naciones que no es como las naciones de las que les estoy comentando, sino una nación  que se ve envuelta o involucrada en situaciones de pugnas belicosas, la gente va y viene y aquí en Bangkok  hay una población grande de faltos de extremidad por lo que la idea de llegar a este sitio no es solo por puro turismo, sino debido a los negocios que me traía yo entre manos, soy empresario y mi tirada era hacer el negocio en la venta de prótesis de madera con grabados y bajorrelieves muy artísticos con imágenes como los murales de Cacaxtla y demás motivos tlaxcaltecas y mexicanos, la idea me vino cuando vi la artesanía de Tizatlán: sus bastones, los tallados diversos en madera de encino, los pisapapeles en forma de Búho entre otras cosas. Pero no, no funcionó, le había apostado todo a esa carta pero ni modo, el libre mercado me ha vencido. Es culpa del libre comercio, de la globalización. El vecino país de Taiwán hace prótesis de aluminio y materiales livianos con empotramientos electrónicos como MP3, localizador instantáneo y estuche de monerías; en lo que al precio se refiere, este es inigualable. Llevaré a casa una decena de ellas y algunos budas para frotarles la panza para ver si así me traen suerte. El monzón ha llegado y estará presente por largos días en la ciudad, mi expedición tailandesa ha terminado. Seguramente colocaré esta nueva prótesis musical a buen precio y se venderá como pan caliente.



Molinillo sin fin





—Una de mis parientes vino a encerar de nuevo la historia que había olvidado, a ella le duelen las rodillas porque dice que le da miedo el hospital, y yo aquí sin embargo sigo escuchando las estruendosas calderas de esta fábrica de sanos, percibo sus chisguetes de vapor, las distintas televisiones de los pacientes, el sacrificio que tienen que hacer estas paredes para cada vez estar soportando los hedores, la asepsia, la hierva de gasas y vendas que crecen por los cuerpos de los insanos, de los accidentados o desahuciados, con algo he de sopesar este como espejismo, el terror, la pesadilla monsónica que me persigue. Se escucha el “curucú” de las palomas tras el vidrio, por fuera de la ventana, aves de lo más grisáceas... ¡Malditas pajarracas! Como me gustaría ser de nueva cuenta un hombre joven para así ir corriendo al mercado a comprar un charpe y así partirles el pico en dos, dejar que caigan desde estas alturas como costales de cemento, muertas, totalmente difuntas; y no se me escaparía ni una porque yo cuando chamaco era el rey del charpe, con una puntería de tuerto de barriada, pero, mi realidad actual es otra, no tiene gloria, el canto de mi aura se ha opacado, hay en mí una deserción de fuerzas vitales, los brazos del señor muerte se extienden hacia mí con ternura santificada.—

—Faltará poco para que me transforme en un cadáver, tal vez unos días o tal vez veinticuatro horas, mi situación no me permite otra cosa distinta, pero aún así, nada más continuo circulando por los pasillos, buscando mi espacio con el aura tan poderosa que me cargo, sigo golpeando las espinillas con ese aire gélido que obtengo de entre las patas de las camas, mi sombra continua importunando a los hombres de blanco, a las visitas de las cuatro de la tarde, a los sistemas eléctricos y elevadores y sigo con esto y con lo otro y no me quedo quieto porque tengo aún cosas pendientes, sigo aquí en este mundo inútil, porque aún no tengo la oportunidad de decirles a mis hijos que los quiero y que deseo que me perdonen. El martes que viene estaré en el cielo, disfrutando de unas vacaciones esplendorosamente eternas, coloreadas de quietud, avecindado con esa bandada de alados sin sexo que presumen blancura virginal. Ya mi silvestre desahogo lame la oleaginosa  unción acreditada y mis ojos recortan e intuyen la luz del bosque paradisíaco. —

Los hombres de negro atraviesan los muros del edificio, los laberínticos pasillos del hospital no tienen sentido para ellos; el par de individuos tal parece como si tuvieran una misión precisa, como buscar darle al clavo, ni siquiera observan los alimentos del comedor, ni a la parturienta que se afana en dar a luz, ni al policía que acomoda las credenciales de los visitantes; sólo tienen una misión: hacer cumplir al testarudo los designios establecidos. Llegan frente al desahuciado, observan su cara costrosa, como cáscara hibernando en cloroformo y su cuerpo como una caja vacía, tal cual un portafolio fofo, como cascarón huero, observan la tenue y azulada luz umbilical, hacen chocar pequeños objetos en ella y la larga línea se vuelve fosforescente siguen el listón con detenimiento hasta dar con el aura  desobediente.

—Conque querías hacerte el chistocito, aja pero aquí vamos a darte tu medicina— al aura torcida le empiezan a llover una serie de golpes, patadas y quebradero de huesos (en sentido figurado) su contorno se estremece con tantos raspones, abollamientos, y coscorrones. El esplendor de su espíritu se opaca ante tanto sopapo y no le quedan ganas de seguir negándose. Lo arrastran maltrecho hasta el cascarón que tiene por cuerpo, observan como por una visión calorífica la radiación de su organismo; uno de ellos saca de entre sus ropas unas tijeras grandes, como para cortar el césped y tasajea el cordón, el cuerpo se estremece, se tensa y finalmente expira. La enfermera llega ante el nuevo muerto, checa los signos vitales y se da cuenta que ya no tiene ninguno, llama al medico de guardia, los enfermeros llegan con los distintos instrumentos. Ya no hay más que hacer. Los hombres de negro enredan el cabo en la esfera, como boya inquieta, la depositan en un cántaro humoso, casi transparente como de agua y gel se dan la vuelta y se van por donde vinieron. Los profesionistas de la salud salen en grupo con paso lento pero seguro, el último en salir tapa la cara con la sábana. El cadáver poco a poco se va enfriando, al cuarto entra una señora blanca, ojos verdosos y de pelo quebrado, levanta la sábana y observa el rostro, esa cara a perdido su historia, le han quedado las cicatrices, las arrugas, el tiempo que ha barnizado en todo momento; despierta en la señora compasión, perdón a cualquier cosa ocurrida durante su existencia, pero ya nadie escucha. En la calle vecina al hospital hay un niño juguetón con un charpe, las palomas están temerosas, no cabe duda que la vida es un círculo que termina y empieza como un molinillo sin fin.