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martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 4


EL MANZANO




—Nací cuando mi padre había sembrado en el traspatio, el árbol de manzana. Mi abuelo tenía una huerta y quien ayudaba a la cosecha eran en parte los tarahumaras. En el momento en que mi padre regaba el árbol, yo habría los ojos a la vida.

—Después de tantos años, y ahora bajo la sombra de este manzano. En la silla de cedro. Miro el rojizo horizonte norteño. Con las satisfacciones similares al manzano. Después de dar los frutos de cada cosecha sigue en su utilidad cubriéndome del sol tardío y del viento del Este que por la loma de “la estrella” se arremolina sobre los pastos entecos.

—La existencia me ha dosificado del florilegio aceptable. La vida ha sido seductora. “No sé si  me he encontrado o sigo buscándome” como diría Artaud El yo que podría ser sigue estando en algún lado, interno, como un órgano de la conciencia o parte esencial del ego. Considero  que nunca he sido el mismo, podría ser irónico como el mismo Sócrates lo hace para tratar de pensar que yo sólo sé, que desconozco de muchas más, que no poseo de saber más que de pocas cosas. La percepción que ahora experimento me arroja al disfrute del paisaje. Los cincuenta años que tengo, no me inducen a reconsiderar lo bueno y lo malo de mi existencia, sino sólo a la contemplación total, armónica con lo que me rodea.

—Cuando el árbol de manzano estrenó su sitio, yo llegaba al mundo en una noche pacifica con la luna salpicando su luz en las tres ramitas flácidas, no me imagino cómo pudieron configurarse las minúsculas raicesillas en un ambiente extraño, nuevo, inesperado; donde la naturaleza externa intimida a la naturaleza interna del pequeño tronco, las contadas hojitas, el musgo de raíces. Y como fue desarrollándose sorbiendo las nutritivas substancias del suelo, del agua y sus minerales. No puedo comprender esa maravilla de la creación que hace de una planta el enraizamiento en un universo desconocido y cómo es que sabiéndose cobijada, sorbe de la tierra los nutrientes para su desarrollo. ¿Qué sucede si la naturaleza del suelo es adverso, es hostil a la planta? Pues es de alguna manera cercenada la existencia, de tajo, es arrancado el estimulante para su cumplimiento como planta, es decir, como árbol en este caso.

—No me intuyo a mi mismo sembrado en este sitio, pero mucho me gustaría ser el árbol, convertirme en su existencia. Sorber de la tierra lo necesario para crecer, para dar frutos, dar cobijo y sentir el aire del Este soplar las hojas. En el mismo sentido, realmente no sé si al árbol le gustaría mi existencia, yo sé que la diferencia está en el corazón, pero, sí es de envidia estar aquí en la silla de cedro contemplando el inquieto horizonte rojizo de la sierra tarahumara.

En  la colonia de gnomos, Fralous era el nomo chaman; él era vidente y había percibido el pensar del hombre que estaba sentado a la sombra del manzano. Él como encantador podría hacer que el hombre percibiera la vida desde la perspectiva del manzano.

Los gnomos eran habitantes de la sierra tarahumara. eran enanos que tenían poderes sobresalientes, como: convertirse en espíritus, hacer que baje la niebla y se ponga pesada, imitar fielmente los sonidos de los animales para poder comunicarse entre ellos, invernar a conveniencia en las profundidades de alguna grieta; entre otras cualidades. La colonia de gnomos era incontable, no porque fueran muchos, sino porque nunca se sabía cuantos había en la región, la peculiaridad de los gnomos es que son espíritus viajeros. Viven en el mundo y cualquier sitio es su casa. El oficio de chaman entre los gnomos no era para cualquiera, esta capacidad superior se formaba por sí sola, además de que tenía que ver mucho el espíritu purificado y la longevidad del ente. Mientras que algunos de los gnomos chamanes tenían facultades telepáticas, otros tenían aptitudes como el de ser videntes, hacer transformaciones de la materia o bien mover a su conveniencia cualquier fuerza de la naturaleza. Fralous era el chaman por antonomasia. Hacía más de un siglo que estaba en una gruta perdida en las cañadas de Las Barrancas Del Cobre. Como sapo petrificado seguía la vida, alimentando su espíritu, y reforzando las facultades embrionarias.

Para los gnomos comunes, los hombres no son más que animales, bestias de hacer y hacer cosas. Su mundo les parece inútil, trivial, como perseguir al aire. El tipo de conciencia de los hombres es yermo porque su concepción del mundo de vida cabe en un puño de percepciones, no llegan a comprender la vida y la muerte como una totalidad circulante del Ser, sino como entidades separadas, de tal forma que su concepción de la vida pierde terreno al intuir la diferencia entre el ser y la nada, o bien mucho peor cuando ni siquiera sospechan la diferencia. Para Fralous  era la cosa diferente, la luz del ser lo irradiaba a él todo. Él percibía la existencia e interpretaba todos los lenguajes. El lenguaje era la casa del ser. Fralous era todo lenguaje, así es  que; podemos pensar, metafóricamente que Fralous era un sirviente de la casa del ser[SS1] [SS2] .

Cuando el hombre se quedó dormido en la silla de cedro, contemplando el inquieto horizonte rojizo de la sierra tarahumara, no sabía lo que le esperaba. Fralous  hizo transformaciones en la materia y puso la conciencia del hombre en el árbol de manzano; así, cuando el hombre despertó su cuerpo eran ramas y tronco, raíces y hojas. Había desaparecido todo olor, todo sabor, todo dolor. La desmembración de los sentidos había ocurrido. Se quedó atónito porque no le quedaba de otra. Percibía el sol y el viento, la humedad en las raíces, la savia circulando adentro, moviéndose lentamente. Advertía las larvas de mosca en las frutas y los parásitos en las raíces, carcomiendo todo. Los hongos en el tronco viejo y cercano hacía tiempo que lanzaba sus esporas al ambiente creando más parásitos. Y las hormigas, carcomiendo de las frutas podridas, de vez en vez y por regimientos subían por el tronco a cortar hojas, morder la  fruta y ejercitar sus extremidades. Todo a su alrededor ocurría. Todo se transformaba, y el árbol quieto. Todo quieto. El manzano ciego, inmóvil, indolente, intuía las cosas parecido a como lo hacía Fralous. La diferencia estaba en el corazón. El manzano tan sólo irradiaba su savia, la fotosíntesis que ocurría en las hojas no era más que una transformación química, era energía.

El hombre seguía  bajo el manzano. El paro cardiaco había hecho cambiar su existencia a otra cosa. Como tronco lánguido se desparramaba en la silla de cedro, y a la vista, el inquieto horizonte rojizo de la sierra tarahumara iba poco a poco entregándose a la oscuridad. Era una noche sublime, llena de luminarias.


EL BOYEURISTA ENCANTADO




— ¡Qué pasó Daniel como estás! Pero, pásale, estaba en mi cuarto nomás de flojo. Y tú... de donde vienes.
—Fui con mi tía Leonora y tu casa me quedaba de pasada pero ya se me hizo tarde, mira, ya casi son las ocho.
—Tú no te apures, total aquí te quedas a dormir. Puedes hablar por teléfono a tu casa diciendo que te vas a quedar conmigo.
—No... Ahorita veo, pero... que haz hecho. Desde que salimos de la prepa ya no te había visto, y... por cierto quedaste a deber lo de la cena y Pilar tuvo que pagar lo que te correspondía  a ti.
—Por tonta.
—No seas cabrón, ¡le voy a dar tu dirección!, ¡he! Haber, haber.
—No me amueles, a lo mejor ella ya ni se acuerda. Pásale mira éste es mi cuarto, está chiquito pero no importa, lo importante es que nadie se mete con mis cosas.
— ¡Andrés, ya nos vamos! — Grita la mamá al salir de la casa — hay gelatina en el refrigerador, ¡ha! y otra cosa, no vayas a agarrar del bistec porque es para la comida de mañana. Dale comida al perro. Nos vemos.
—Si ma’... ¿A quihora vienen?
—No sé a que horas termine la reunión.
—Bueno. Nos vemos.
—Y. ¿A donde van tus papás?— pregunta el amigo visitante
—A una reunión con amigos de su trabajo—contesta Andrés al tiempo que se sienta en la cama
—Ha.
— ¿Y tu hermana?
—Ella no vive aquí, vive con unos primos, sólo viene los fines de semana. Está estudiando la Universidad.
—Ha.
—Dame chance hablar a mi casa. ¿No?
—Órale, vente vamos a la sala. —pronuncia Andrés y se escucha el chirrido de los tornillos de la cama
El joven marca en el aparato telefónico, toma el auricular. Andrés ha ido a la cocina y ha sacado del refrigerador un recipiente con gelatina
—Bueno. Sí. Habla Daniel. ¡Quién es! ¡Ha! Tú. “Cuajada”. Dile a mi papá que ya fui a darle el recado a mi tía Leo, pero ya se me hizo tarde. Me voy a quedar con Andrés... Como que cuál Andrés...pos “el rufles”  para que me entiendas...si ese. No... No voy a ir mañana, no, no me toca, sino hasta el segundo turno. Bueno, nos vemos.
— ¿Qué haces?
—Comiendo gelatina, bueno no es gelatina. Es flan que hizo mi mamá. ¿Quieres?
—Sí, dame... tragón, come solo.
—Oye que tal si nos guisamos unos bistecs. —sugiere Andrés, sus cejas se ponen jubilosas moviéndose de arriba hacia abajo y la cara estrena una mueca que invita a aprobar la propuesta
— ¡Huy! no mames. Dijo tu mamá que eran para mañana.
—Si agarramos dos ni se da cuenta. Es más, agarramos otro de esos, —señalando al refrigerador— lo aplastamos más y luego lo dividimos y asunto arreglado.
—Hay tu sabes. Yo sólo soy visita.
—Mi mamá ni me dice nada, es más que tanto son dos cachos de carne. ¡hey! pero ayuda, saca de allí un sartén. ¡Ha! y pon la gelatina en la mesa, ahorita le seguimos dando baje.
— ¡A cabrón.... pinche cebolla! —Balbucea Andrés mientras pica los ingredientes. Daniel se recarga en el desayunador y pregunta al cocinero
—Oye y que pasó con Maira, sigues con ella, te la cogiste o que...
—No. Ese negocio ya se acabó. Estuvo mejor así. Pero ha veces si me siguen dando ganas de aquellos fajecitos que nos aventábamos en la sala de su casa. Pero, ¡ja! no le hagas, que nos cacha su mamá cuando —continúa sonriéndose— estábamos apachurrando como leones en pleno cachondeo allí en el sofá.
—En serio.
—Sí, ya le había quitado el sostén  y sólo tenía la camiseta, yo estaba encima de ella y había metido mi cabeza debajo de la  tela y estaba en eso...cuando entra su mamá. Del sobresalto que nos caemos del sofá, y yo con la cabeza metida bajo su camiseta. Me sermoneó pero ya ni modo. Las veces en que me encuentro con Maira nos da risa eso que nos pasó, pero eso ya se acabo, ese negocio ya murió
—Oyes no los guises tanto, ya están bien pinches negros, parecen cartones chamuscados. Haber este de aquí, échamelo para acá. Pon unas tortillas encima del sartén para que se vayan calentando y así les queda a las tortillas el sabor de la carne.
—Órale, tu si sabes.
—Pos...soy maistro en todo. Y... ¿con qué nos lo pasamos?.
—Pues con un chescolín, pero ese  tu píchalo.
—Órale me parece buena tu onda, haber, presta un envase. En donde está la tienda.
—Es allí dando la vuelta a la esquina por donde está la refaccionaria.
—Órale pues, ahorita vengo.
—Que..., ¿si hubo?
—Po’s no había de naranja pero si hubo de toronja... hijo’desu... ya hasta se está enfriando esta suela de llanta.
— ¡Pendejo! Le faltó que le echaras la sal, ¡como serás güey!
— ¿De veras?, bueno tu allí ponle. Y no le hagas tanto a la cardiaca.
—Bueno, presta pa’ca el salero. Oye pero siéntate, no comas parado, se te están escurriendo del taco las cebollas, estás dejando todo embarrado.
—Cab... te enojas de todo. Hasta de lo que no comes te hace daño.
—Bueno ya.
—Oye ahorita lo que me entusiasma, chom—chom es la vecinita de aquí junto. Si la... ¡mm!... vieras.
—Que... esa que tiene de bueno.
—Pues... ¡mm!... apúrate, ya va ha ser hora del show, ahorita vas a ver que rica nalguita. Lo bueno es que nunca se ha dado cuenta que la ando espiando. La señora es la que está buena. Tiene una hija que también se está poniendo bien buena. Nomás de acordarme se me para... el corazón.
—Que se me hace que eres Puto.
—Si, pero bien que te lo zambuto.
—Presta pa’ca el refresco ya te lo estás acabando... no mames ya le echaste pescados. Ya no quiero.
—Pues toma agua, allí hay mucha— dice Andrés encaminándose hacia su recamara.
—Vente por acá, es por mi cuarto, pero... ya deja de masticar.
—Perate, —chom—chom— que se me atora.
—Tú sabes que las morenitas son mis preferidas y esta señora bronceada es un encanto,
Mira allí está alistando su toalla y sus cosas, de lejos se ve que nomás no la hace pero de cerquita. Ven mira, asómate por aquí —los dos jóvenes se entusiasman, atisban la escena por el orificio.
— ¡Uta! pero estorba ese árbol y... se ve la regadera... ¡Hay güey! Hora si ya la vi —dice Daniel con balbuceo entrecortado.
—Se está alistando apenas. A ver deja ver a mi vecinita hijo’desu ya se me está alocando el corazón.
—Que se me hace que eres p...
— ¡Cállate ya que van a escuchar los ruidos! Ya encendió las llaves  y ya se va a meter a la regadera, hijo’desu ya se metió y se está mojando el cabello...y el agua escurre por todo su cuerpecito...
— ¡Quítate, deja ver!
—Se me hace que mejor vamos por allá afuera, se ve más de cerquita y no te pierdes nada del show.

—Mami, báñate rápido, que sigo yo. La cena ya está lista, dejé hirviendo los frijoles, pero le bajé a la llama.
—Si hija. Ve a la tienda por un litro de leche y pan de dulce. Si ves viejos feos en la refaccionaria mejor te regresas, no sea que te vayan a decir de majaderías.
—¡Hay ma! Ahorita que está bien interesante la novela.
—Ni modo hija, si no vas tu quien más, yo ahorita no puedo.
—Voy ahorita que estén los comerciales.
—Mejor apágale a los frijoles, no sea que se quemen como el otro día.—La mujer se enjabona. Pasa el esponjado estropajo por sus tersas y firmes piernas, la espuma se desliza, por la piel cobriza, sus pechos cuelgan, se mueven. La mujer piensa. —  Andrés ha de estar viéndome. ¡Ja! Con lo que me encanta ese chamaco, si tuviera yo menos años... o él tuviera más años...las cosas serían distintas, sería el amante perfecto...si, eso me hace tanta falta ahora que me dejó José y se casó allá en el otro lado con una gringuita. Pero, ahora no puedo iniciar un romance, si así con esto que me pasó ando en lengua de todos. No sé porque me gusta tanto que me vea, me siento deseada, me excita el tener encima su mirada furtiva, !Ja¡ si supiera mi  hija... Se me hace que este cabrón también anda espiando a mi hija, no, eso no quiero, le voy a decir que ponga algo en la ventana.

—A poco nos tenemos que subir al árbol
—pues si, sólo así se ve de cerquita.
— ¡Hora pues, trépate tú primero!
— ¡Sst! Cállate, no hables tan fuerte, si nos llegan a cachar te voy a poner tu merecido—el joven aprendiz de chango escala el árbol, hacia la rama más cercana, el otro joven  se queda en la penumbra.

—Ma ya vine, no traje cambio porque me compre unas papitas, ahora sí ya déjame ver mi novela.
—Aja —contesta la bañista y reflexiona —ha si supiera  esta hijita lo que cuesta ganar el dinero, pero yo tengo la culpa por chiplearla tanto, pero... si no es a ella a quien— en eso escucha un crujido de ramas y una como caída de costal en el patio del vecino.
— ¡Hija que fue eso!—grita la mujer.
—Que cosa ma.
— Un ruido en el patio de los papás de Andrés.
—Déjame ver. — la jovencita se asoma al patio, atisba todo. En la penumbra escucha algo.
— ¡Miau!... ¡Miau! —las guturaciones felinas de  Daniel salvan a Andrés. Andrés aguantándose todo dolor se queda oculto tras la enredadera.
—No era nada ma, sólo era un gato brincando por las ramas.



 [SS1]se tendrá que redondear el cuento con este marco teórico, argumentando que el señor que está  a la sombra del árbol perciba la diferencia entre vida y muerte y además  que intuya la totalidad circulante del ser
 [SS2]se pensará que  es un argumento filosófico pero servirá como sustento de todo el texto