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martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 6


EL REGALO DE NAVIDAD




En la catedral de san Antonio de los Arenales, la madera luce su riqueza en las molduras talladas y repujadas en pan de oro. El candelabro de hierro forjado en la céntrica cúpula ilumina el entorno, su rococó retorcedura asemeja al arácnido de algún mundo sorprendente. A lo alto y en torno, la cristalera con vivos colores: el vitral de San Nicolás, el vitral de San José, el vitral del Sagrado Corazón de Jesús; la vidriera de la  virgen Guadalupana, el vitral de santa Teresa del niño Jesús. En la piedra con destellos blondos, el rosetón, el cual deja pasar un rayo de luz que se estampa en una de las estaciones del vía crucis.

En próximos días será Navidad y la pequeña ciudad luce las festividades con espléndidas compras que hacen los cristianos. Los comercios ataviados con árboles, con esferas, con series de luces, con los Reyes Magos, con adornos decembrinos. Es la luminosidad en algarabía. Es el colorido en fiesta  — bermellón, verdemar, dorado, plateado, azul, guinda —. Las  tiendas céntricas campean en Navidad con exhibición del Santa Claus, del regalo memorable, o bien de la oferta tentadora.

Los niños que harán su primera comunión se han ido luego de la posada. En el atrio de la iglesia han quedado guijarros de piñata rota. La basura de cacahuetes, galletas, naranjas, cañas, tejocotes; son el panorama después de la verbena. Dentro  de la iglesia hay una decena de cristianos. Entre ellos están los niños Alonso y Edgar.

—Me cae re gordo estar rezando oraciones — Piensa Alonso mientras se encuentra hincado — en lugar de haberme ido con mis amigos. Si no fuera porque tengo que esperar a mi mamá. Chirrión, ya ni voy a rezar… Santa María madre de Dios ruega por nosotros, los pecadores, ahora por la hora de nuestra muerte. Amen. ¡Ya! Gracias a Dios que ya terminé de rezar… mi mamá me dice que si hago oración y le pido con mucha fe a Diosito me concede lo que yo pida… eso está bien difícil. A mí me gustaría que mi papá  ya no sea alcohólico, me gustaría que Diosito le quitara a mi papá las ganas de tomar y de emborracharse, eso sí estaría bien, pero no, yo lo que quiero de regalo de Navidad es un tren con su vía y que funcione con pilas y que apagando la luz se vea el foquito de la locomotora ¡hijole! Que padre. Le construiría un túnel y unos puentes bien suaves.

—Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, vénganos tu reino, hágase tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo… — hace oración Edgar, otro de los  niños que se ha quedado después de la verbena — Diosito quiero pedirte, bueno, si se puede, bueno Diosito mejor ni te pido nada, bastante trabajo has de tener con esto de la Navidad. Bueno, lo que quiero se lo puedo pedir a los Santos Reyes Magos, ellos yo creo que sí pueden…no… yo creo que mejor no pido nada. En mi familia somos un chorro, somos once de familia y si nada más me llega a mí el regalo no es justo porque los demás hermanos van a sentir feo de que nomás a mi y porque a ellos no, tal vez por eso, en Navidad nunca nos llega ningún regalo de los Santos Reyes Magos. Mi mamá en la cena de Navidad hace rica comida y ponche y cantamos canciones y nos toca a cada uno un refresco completo… mi mamá dice  que somos pobres, a mí me hubiera gustado haber nacido en una familia rica donde en las Navidades hubiera muchos regalos y juguetes y hubiera mucha comida para todos, pero todo el año. Mi papá dijo que iba a comprar colchones nuevos y una literas para esta Navidad, hijole, que bueno, porque en la noche me destapan o amanezco orinado por culpa del otro hermano. Bueno Diosito, creo que soñar no es ningún pecado. A mí me gustaría de regalo un tren de pilas y que tuviera muchos vagones, con él podrían jugar todos mis hermanos y lo podríamos poner allá junto al montón de arena y cuando ya no quisiéramos jugar al trenecito cada hermano podría agarrar un vagón y jugar con él como si fuera un coche, le pediría a mi papá que trajera de la fábrica donde trabaja de esos tubos de cartón que son desperdicio, y con ellos hacer puentes y ciudades y luego jugar en la noche con el tren y verlo como va por la vía jalando los vagones y los vagones: anaranjados, verdes, negros, amarillos y que alguno traiga animales como: caballos y burros y camellos y que traiga pintado al maquinista con una pipa en la boca.

—No pero que tal si llega mi papá todo borracho — especula Alonso — casi cayendo y me lo destruye… pero ya se van a divorciar, ya para que. Yo lo más seguro es que me vaya a vivir con mi abue, con ella si estoy a gusto, aunque es muy enojosa porque  no le gusta  que haga tiradero. Mi papá el otro día escupió sangre, dice que porque tiene llagas en la lengua de que a veces la trae muy seca. Mi mamá ya no tarda en venir por mí. Mi mamá dice que nunca nos va a faltar nada, que ella va a dar todo lo necesario para lo de la escuela y todo lo demás. De lo de la cena de Navidad la verdad quien sabe, mi papá seguramente va a empezar a tomar desde un día antes, y después se va a poner a discutir con mi mamá y yo voy a pasármela metido en mi cuarto. Mi abue hace mucho tiempo que no pone pie en mi casa. Yo creo que con el tiempo me voy a acostumbrar a pasar Navidades tristes… como me gustaría tener una familia como las que salen en la tele en estas fechas donde en la cena de Navidad hay un gran pavo relleno y regalos y el papá se alegra por lo del santo Clos u después el papá juega junto con el hijo con el trenecito que le trajo el santo Clos o con lo que le haya traído… y todos son felices en estas fechas… mi mamá ya no ha de tardar — el niño se asoma a  ver la entrada de la iglesia. Al portón se acerca una señora con escoba. Recogerá la basura del atrio.

—Bueno pues — Edgar Reflexiona —  quien sabe, Diosito… mejor ni te pido nada… bueno, si se puede. Lo que me gusta de la Navidad es deque nos  toca un refresco a cada quien y comemos pollo en pipian y comemos buñuelos y juntamos la colación que nos dan en otros lados y con todo eso hacemos una piñata y la quebramos entre todos. ¡Y dale, dale, dale, No pierdas el tino!… y lo del trenecito pues haber si me lo traen los Santo Reyes pero si no se puede voy a ir juntando con lo de la venta de los periódicos y con eso me lo compro — el niño continua si introversión, de reojo observa a una señora que pasa, es una señora bien vestida. Toca el hombro del niño que está hincado unas bancas más adelante. Es la mamá de Alonso. Alonso se persigna, la mamá hace lo mismo y salen de la iglesia. Edgar se queda sentado, pasa la señora con la escoba y dice:
—Ya nada más voy a dejar la escoba y a despedirme del padre, ahorita ya nos vamos — comenta en voz baja la señora. Es la vecina de junto.

En Navidad, Alonso la pasó encerrado en su cuarto, la cena se quedó allí. Por el disgusto, seguramente el santa Claus no quiso molestar o se le olvidó dejar el regalo y no hubo. En la casa de Edgar  hubo una cena de Navidad con pollo, ponche, una litera con colchones que olían a nuevo; pero, no hubo regalo. Los Santos Reyes seguramente decidieron no traerle a nadie juguete porque están caros.


LAMIA



…Robert Burton narra la historia de una Lamía, que había asumido forma humana y que sedujo a un joven filósofo ‘no menos agraciado que ella’”.
Jorge Luis Borges



Diosito me dio la oportunidad de soñarte, y allí es donde te encontré, quería que fueras parte de mi voluntad. El deseo de poseerte ha sido de tiempo atrás, como cuando eras niño y tu madre te espantaba con el hecho de que yo te llevara. Seguramente con los años pensaste que no era yo más que una fantasía, el mito que se crea para controlar las travesuras de niños malcriados. Existo. Soy parte de este contexto, el mundo donde tú vives y de otros mundos que ni siquiera te imaginas. Negar mi existencia suena insustancial. Soy la entidad que gobierna mentes, o acaso, ¿Podrás negar que te tengo atrapado?, ¿Qué no acaso mi voluntad es exactamente ese albedrío que según piensas es tuya, más sin embargo, no lo es?

Carezco de la facultad de hablar. No importa. Puedo dominar las mentes y hacer que la imaginación se conduzca como yo quiera. Pondré un ejemplo para que no dudes de mi existencia. Escribe e imagina un cuarto. Lo tienes, bien; el cuarto que tú imaginaste es más o menos de cuatro por cuatro metros y la altura aproximada es de dos metros, ahora bien, imagina y escribe una mesa en medio de ese cuarto, lo tienes, bueno pues, la mesa que has imaginado es o bien de fierro o bien de madera y tiene cuatro patas y la forma de la mesa es rectangular. Has escrito he imaginado lo que yo quiero; mi voluntad se ha expresado y tu mente ha sido mi herramienta.

Lo ves Edgar, ahora ya deja de creerte un hombre creativo. Todo ha sido mío, ha sido la experiencia que he tenido en otros mundos, ha sido mi vida, mi voluntad. ¡Y Aquí estoy y no podría estar en otra forma! Sin mí eres una nube a punto del desmayo o como  un bagazo. Ya puedes empezar a sentirte frustrado, al fin y al cabo eso es lo que yo deseo. Quiero que te sientas como una costra. Es más, así como te he seducido, también he atrapado a los lectores. ¡Oye tú!………….Sí…………tú…………quien está leyendo, pensabas que no me había dado cuenta, también has caído en el juego, en el garlito. Te he atrapado. Quizá continúes leyendo o puede que no, lo importante es que ya hiciste la lectura anterior y al darte cuenta de mi presencia  se libera tu albedrío. He de presentarme para no ser descortés. Soy Lamia. La hechicera.


LAS LÁGRIMAS SE SAFARON DESDE LA NOCHE DE ENERO




Antes de que pudiera intentar alguna otra cosa, Martín Barrios fue invitado al bautizo, aunque pudo bien quedarse en casa, viendo  “tele” como lo tenía pensado, pero su boleto de ociosidad se acabo al cocinarse la tarde. Llego Patricia a invitarlo; ella finalmente no iría a la boda de Mónica en Puebla porque la habían dejado sus parientes por haber salido tarde del trabajo. Patricia llegó a la casa vestida para una boda, su vestimenta también le servía para una fiesta de bautizo y ella como se le conoce, no es de las que se quedan como “el perro de las dos tortas”. Patricia tenía la seguridad de que ese sábado estaría en una fiesta. Había muchas diferencias entre las dos fiestas, pero Patricia no era fijada al respecto, le daba igual en cierta manera hacer bulla durante el “bolo” que durante “la víbora de la mar”. Eran celebraciones y en cualquiera de ellas se divertiría, comería muy bien. Para Martín Barrios era la cosa diferente, tal vez se podría decir que  opuesto, a él le molestaban las fiestas y prefería quedarse en casa viendo la tele o rentando películas, además de que lo más seguro es que  en el bautizo se encontraría con Verónica, el amor platónico que una vez conociera en la cena de compromiso de uno de sus primos y que desde ese entonces jamás olvidaba. El aseo de su recuerdo lo hacia decidir por esa tediosa alternativa. Pero que sin embargo prefería el sacrificio de no verla — incluso en las fiestas de bautizo — a recibir de ella un desprecio o una decepción. La fiesta iniciaba justo cuando llegaban y Martín Barrios sintió un sudor frío y la agitación profunda hasta la  médula porque allí estaba ella, en la sala platicando con una de sus hermanas. El banquete consistió en: arroz, barbacoa, carnitas a la mesa con salsa verde, roja y guacamole, refrescos (entre ellos la incansable Coca Cola) aparte de los vinos tradicionales y refrescos de cebada. La lona cubría la zona, era parte del patio y llegaba a proteger del clima  airoso y soleado del mes de Enero Tlaxcalteca. A como  llegaban al convite se les servía. La fiesta se llenó de risas y encuentros inesperados. Los ojos habidos de los invitados observaban al comer, la carne jugosa, oliendo rico, deleitando su lengua culinaria con la masticación de los manjares tradicionales. La gastronomía de la casa cerraba el ciclo de  alimentarse con la cuba y para los niños la bolsa de dulces. La fiesta continúo hasta entrada la noche. Al  final de cuentas Martín Barrios bailó con Verónica, ella lucía un vestido verde muy entallado con escote  a la espalda, las zapatillas eran color esmeralda. Ella sabía cuanto la quería Martín Barrios, pero la imposibilidad estaba en que el papá de ella no aceptaba dicha relación por cuestiones de  creencia y por diferencias entre las dos familias. Martín Barrios recordaba su situación económica y esa era otra de las imposibilidades para dicha relación. La noche lucía perfecta y la música invitaba al baile. Verónica quería bailar. Había pocos hombres solteros en la fiesta y los que había ya estaban apartados. Verónica veía con insistencia a Martín tratando de decir algo con su mirada. El observado permanecía sentado en el sofá y por el rabillo del ojo percibía la mirada de ella. Verónica platicaba con su hermana menor, se  reía de manera evidente para llamar la atención del hombre mientras observaba a los bailarines en el jolgorio. De pronto se hizo el huateque haciendo la larga cola de hombres y mujeres al compás de la tonada cumbiambera, los más jaraneros invitaban a los sentados al relajo y halaron a Verónica e inmediatamente a Martín, de esa manera coincidente quedó ella tomando a Martín de la cintura, al ritmo, ella movía sus manos en la cintura, él por el momento gozaba teniéndola cerca, oler su perfume y percibir de vez en cuando el aroma de su cabellera. Cambió la dirección del círculo de personas en forma de cola y fue cuando Martín tomo a Verónica del talle, percibía con las manos la estrechez de su cintura, esa parte del  cuerpo y abajo observaba sus zapatillas verdes y las medias negras maquillando sus piernas estilizadas. Verónica era una mujer hermosa, era delgada  pero con  una cadera suficiente como para enamorarse de una vez por todas, de las piernas puedo decir que le sacaba suficiente provecho para verse mujer sensual, deseable, erótica. En ocasiones usaba las medias  súper transparentes con dibujos tras la pantorrilla o con  una línea más obscura a todo lo largo en la parte trasera. Pero  cuando hacía frío prefería las mallas azul cielo o bien blancas. Después Martín la invitó a bailar, bailaban y él no dejaba de admirar cada parte  de su cuerpo, sus movimientos, el meneo de sus senos junto al pecho de Martín. El viento soplaba de manera permanente en el altozano sureño de la ciudad de Tlaxcala. El aire arreció hasta lograr un apagón en la colonia. Los invitados gritaron al unísono. A Martín le gustó escuchar a las mujeres gritar en el apagón y en sus brazos Verónica sujetándose fuertemente de él. Martín Barrios aprovechó la ocasión para besarla. La temible sombra fue testigo de la caricia bucal, los labios se unían y él exploraba con sus labios las comisuras de ella, con la lengua buscaba el calor, la miel de su abertura. Eran los belfos unidos por el deseo y el arrullo más sublime, más completo. El acunamiento más entero de las almas para demostrar el cariño. Había un susurro en las bocas que ambos no percibían pero que equivalía al anhelo por compartirse, por entregar su ser al otro. Martín intuyendo algo dejó de besarla, pasó un minuto y fue entonces cuando todo foco en la fiesta se expresó según su capacidad.

Adrián Moncada Ordóñez  era el celoso padre de Verónica, cuando la vio bailando  con Martín Barrios la ira se le acumuló en los dientes. Su irritación se formuló al calor de las sorbeteadas copas de vino añejo. Hubo varios. Entre ellos su esposa que lo contuvo y convencieron a serenarse al ebrio.

—Mejor deberíamos dejar hasta aquí la cosa — dijo Martín estando al centro de la pista provisional y observando las discusiones del borrachín.
—A que cosa le tienes miedo, ¿A enfrentarte con mi padre?
—La mera verdad a mi no me interesa ponerme a discutir nada más porque bailo contigo. Así es que como tu quieras, cada quién por su lado o le seguimos.
—O sea que no enfrentarías a mi padre por mí.
—Bien sabes que te quiero, pero si me enfrento a tu padre no sé lo que ocurra, él tiene su carácter, y pues yo también tengo mi carácter, y si queremos hacer coincidir las dos diferentes formas de pensar es simplemente difícil— Una guitarra sonorizó de diferente manera la estancia y los más tomados lanzaron sus respectivas exclamaciones charras. Las costras etílicas de sus alientos embriagaron el esófago de Martín. Verónica  tomo tres copas, las suficientes como para sentirse mareada y a la vez contenta. No pudo conducir su auto al final de la fiesta, pretexto para que Martín se ofreciera para hacerle el favor.  El auto circulaba por la carretera. La noche airosa se refrescaba con el ambiente húmedo. Ambos no encontraban la manera de iniciar una conversación sobre sus sentimientos pero hablaban de cosas sobre el  clima. Al llegar al destino y estacionarse,  sin contratiempo Martín le arranca un beso y la abraza, las manos de Martín Barrios se posan en las piernas, sus manos sienten el tejido de las medias  y roza a la altura de las corvas la costura.

—Espera no, no lo hagas, me haces sentir mal.
—Tú sabes bien cuanto te quiero. Verónica, te necesito, vamos, ven, necesito quererte.
—Pero tu sabes cuantos problemas ha habido, esto no puede ser, mi padre no lo acepta, y esto no es más que un juego tuyo. No se porque me pasa esto pero ya no aguanto la situación, los problemas de mi casa, del trabajo, aparte los gastos y las deudas que tengo, tu no sabes que difícil se me hace la vida. Quisiera escapar, irme lejos, terminar con todo pero antes que nada esta mi padre, mi familia, ellos son todo para mi y tu no eres para defender el cariño que me tienes, eres un cobarde, eres un tonto, y fíjate que así dice mi padre: que eres un perfecto idiota, que no sirves para nada, que eres un pobre diablo, que no tienes nada, que eres un imbécil que no sabe valorar las cosas... en fin...      — Sobre la mejilla  izquierda resbala una lágrima producto del sentimiento y de las copas. El hombre queda enternecido por ella, por el momento. Se acerca a la mejilla y besa la lágrima que aún estando en movimiento resbala adentro, a las comisuras de los labios y es allí donde atrapa la gota.