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martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 7


EL ESPANTO DEL ZAHUAPAN




El río  siempre ha estado allí. Lo que apareció fue reciente y muy inesperado. Los Tlaxcaltecas antiguos lo sabían, pero nunca pudieron decirlo.  El río Zahuapan a sido desde antes de que se edificara la ciudad, miembro del paisaje, de este sitio anclado en el altiplano mexicano. El agua era nítida pero con el paso de los años se volvió líquido turbio de desagüe. Yo estuve allí cuando pusieron las barreras de contención, en ese entonces me parecían exageradas y gigantescas, se construyeron tremendos muros por el constante peligro que había cuando se avecindaba una tormenta, el río se desbordaba.  Estudiaba en la escuela primaria Emiliano Zapata, recuerdo que habían puesto un rompeolas muy cerca de la escuela pero este no aguantaba los embistes del torrente. Hay todo un cúmulo de historias en torno a la Escuela Emiliano Zapata, el río y sus alrededores. Algo de ello dejó marcada la vida. Cuando iba a la escuela primaria me resultaban algunas cosas divertidas, algunas otras no lo eran tanto. De entre lo divertido estaba salir al recreo o bien a la clase de educación física, lo que sucedía en los  recreos era todo un mundo de acontecimientos. Puedo pensar que no tuve un recreo igual; siempre eran diferentes y la diversión ocurría desde jugar con el amigo, patear la pelota, hasta corretear a la niña simpática del salón. Hubo ocasiones en que de escapada jugábamos en la “playita” lugar solitario formado por la arena dejada por el río. Entre las jarillas y matorrales solíamos construir chozas de zarzal donde comíamos la torta y nos divertíamos a lo ancho.  Ocurrió también las veces en que la patada lanzaba la pelota hasta el río y quien daba la patada tenía que meterse a la corriente a sacar el balón. Recuerdo que me tocaron dos ocasiones, sólo dos. En realidad no era tanto meterse al agua, sino que el agua era de desagüe, y por tal razón prefería no meterme en ella. Algunos niños vecinos  de la ribereña solían de vez en cuando bañarse o bien cruzar el río para escaparse e irse de pinta, nunca hice tal cosa, aunque me hubiera gustado. Aproximadamente a setenta metros de la escuela está el puente rojo, es afamado por su nombre. Este armazón encarnado hace comunicar la región norte de Tlaxcala con el centro. Pues bien, justo a un costado de este punto se encuentra la fábrica Zahuapan, maquiladora de telas. Nos acostumbramos a residir con sus sonidos, sus vibraciones, su marcar del tiempo en la ciudad y hasta conocerla en su interior por lo siguiente. La fábrica contaba con un drenaje amplio que se unía con el desagüe pluvial de la avenida Guridi y Alcocer, este desagüe terminaba en el río por lo cual había una cavidad hacia el río, para los demás niños era la aventura, le habían puesto por nombre “la cueva del diablo” nombre no muy original pero que de principio llamaba la atención. Fueron varias las ocasiones en las que entré a ese sitio, y eso porque mi hermano Damián era osado para esas aventuras y le gustaba espantar a los niños cuando pasaban cerca de “la  cueva del diablo”. Para entrar teníamos que bajar el muro de contención, pisar unas piedras sobrepuestas  y luego la arcilla, de entre los huecos y basura estaban los nidos de ratas; esa era una de las pruebas para demostrar la valentía. Caminábamos junto al muro por espacio de veinte pasos y allí estaba la balaustrada indómita, como tratando de doblegar nuestra intrepidez, haciendo del corazón un trapo agitado por el espanto, nos corría un sudor frío cuando se oía ese sonido de aire extraño,  parecía que hablaban desde el interior de la caverna. Era un retumbo lamentoso en ecos — que asegurábamos — estremecía hasta a los mismos roedores. Mi hermano Damián  al frente, animándome a mí y a los otros tres chicos, cuando trepábamos se escuchaba el quejido quebrado y entonces nos poníamos estremecidos desde los pies hasta la cabeza, se podía ver la silueta de algo aparecido. Era la silueta móvil de un hijo de la llorona.


EL ABRAZO




No acordó nada, sólo sucedió a partir del cumpleaños de Ramiro. Ella no le daría el abrazo porque lo quería,   — aunque a primera vista esto suene ilógico —sin embargo Alejandra no podía ponerse en evidencia. Prefería guardarse ese deseo,  verse recatada; aunque Ramiro  sabía que cosa sucedía.

—Quiero comentarte algo — dice Ramiro acercándose a ella mientras trabaja en la cocina — pero no se lo digas a nadie porque Gabriela me dijo que no se lo dijera a nadie.
—No, cuando me has visto que ande comentando las cosas.
—Bueno pues, Gabriela me dijo que dos personas le habían dicho que tu eras mi novia, una persona había sido su sirvienta y la otra persona no se quien es y pues, resulta que ella  está celosa de ti.
— ¡Ha! Ahora ya se porque no me quiere hablar, si antes me saludaba bien, me hablaba, y ahora ya no.
—Lo que pasa es que como comprenderás, ella fue mi novia, y creo que todavía siente algo por mí, aunque no puedo negar que yo también siento algo por ella. No se que cosa es, pero creo que la sigo queriendo. Pero... necesito decirte otra cosa Alejandra, también siento algo por ti, tengo ganas de atraparte. ¿Tú sientes algo por mí?
—Pues sólo hemos sido amigos, y yo quiero que seamos amigos — dice la muchacha mientras que sus manos trabajan en los trastos y sus ojos observan al apuesto joven. Es evidente el enamoramiento al verle.
—No pero a mi no se me quitan las ganas de atraparte.
—Pero y porque no me hablabas antes y ahorita sí, si antes de que me dejaras de hablar nos llevábamos bien.
—Porque tu me dijiste que ya no te molestara.
—No pero ya no platicabas, y platicar no es molestar
—Pues sí, para mí sí, porque platicar con alguien es ya atrapar y eso es lo que yo quiero.
—No, somos amigos y quiero que sigamos siendo amigos.
—A poco no sientes algo por mí.
—Si pero sólo como amigos.
— ¿Que acaso soy feo?
—No, no eres feo
—Entonces.
—Lo que pasa es que simplemente no puede ser... ya tengo novio.
—No importa, podemos querer o a poco no — el joven toma de la cintura a la criada y soba esa parte. Ella se ha subido a un banco para poner  algunos  recipientes en la alacena.
—No, ya déjeme
—Ya te había dicho que yo soy bien pícaro, o sea bien travieso.
—Si ahora ya se porque Daniel me había dicho que tuviera cuidado con usted, yo le dije que usted no era así.
—No, lo que pasa es que ellos ya conocen que yo soy bien travieso, si he actuado contigo así es porque no quería hacer daño. Por eso cuando me dijiste que ya no te molestara, ya no te molesté; pero ahora que sucedió esto que dijo Gabriela, voy a continuar. Aparte de otra razón que tengo.
—Qué cosa.
— ¿Porqué no me diste mi abrazo de cumpleaños?
—A poco quería que se lo diera.
—Si, eso era importante para mí, quería sentir tu cuerpecito cerca. ¿Puedo esperanzarme en que todavía me lo darás?
—No lo se.
— ¿Acaso no sabes lo que significa un abrazo de cumpleaños? Es el gesto de afecto por una persona, es el congratularse de que existe, es el demostrar un sentimiento aunque sea mínimo. Pero como no has querido te lo voy a arrebatar y no sólo eso sino que esos abrazos los voy a multiplicar por veinte, porque lo que quiero es atraparte.
—Si pero yo no quiero.
—Pues ni modo, ahora me aguantas, porque sabes una cosa a Gabriela no le vas a cambiar la opinión de que tu eras mi novia, porque ella sabe que yo soy bien canijo.
—Entonces esta celosa.
—Si está celosa, ya te dije que me sigue queriendo, pero también creo que tú también sientes algo por mí. A poco no te pongo nerviosa, yo se que sí y no mientas Alejandra
— ¡OH! Ya déjeme.
—Qué no te gusta que te acaricie la cintura.
—No, me hace sentir mal.
—Que tanto es una caricia, al contrario, las caricias hacen nacer sentimientos.
—Bueno pues dígame bien porque no me hablaba si platicar no es molestar.
—Ya te dije que para mí sí, porque con el verbo se seduce, se atrapa y si hablo voy a guiar todo para atraparte, para que caigas y eso es lo que voy a hacer aunque no quieras, voy a andarte correteando y no te voy a dejar hasta que me odies.
—No yo nunca lo voy a odiar, pero... ¡ya déjeme!... Porque no va y molesta a Gabriela.
—No, a ella ya la molesté mucho. Soy una pesadilla.

El joven se acerca mientras la sirvienta limpia la mesa y le toma la mano en cuanto pasa el trapo cerca. La corretea al rededor de la mesa. Alejandra con una sonrisa amarrada a los dientes, corre con pasos cortos y sube por los escalones al primer piso. Ramiro la sigue pensando en una cosa: atraparla para arrancarle abrazos y besos. Para Alejandra esto no es más que un jueguito de “al gato  y al ratón”, un correteo infantil. Para Ramiro va más allá que eso, quiere amarla y saber cuales son sus límites, necesita conocer hasta donde permite Alejandra el acercamiento. Antes de que peligre el sexo lo evapora lascivo. Ramiro en su relación con Gabriela fue un volcán pasional donde el ganador fue él, en tanto que Gabriela recuerda buenos momentos y tiene un sentimiento de deseo, de querer a Ramiro, de desear tenerlo siempre cerca. De vivir todos los momentos juntos. Pero Ramiro no está dispuesto a perderse de las aventuras amorosas de la vida — el sabe que cachorra y alternada la vida se repite en vectores de sentimiento —, él ha preferido amar a muchas y compartir el amor con las que sean suficientes. Mientras, Ramiro ha entrado a la recamara de la sirvienta, al tratar de abrazarla, Alejandra se transforma en Gabriela a los ojos de Ramiro. Es el hechizo que ha formulado su exnovia para vengarse del “don Juan”.

MALINTZI




Nos conocimos cuando la inflexible clase de experiencias me acompañaba a las compras del mercado. Malintzi me saludó con su envolvente mentalidad de amor. Y yo retrocedí ante su hermosura. Nos convidamos el alma y recorrimos como amigos la ciudad de Tlaxcala, ella era de una inteligencia ruda  y sabemos de antemano que rudeza aunque se vista de seda, golpea fuerte. Se veía como una diosa  caminando por la avenida Juárez, fue entonces cuando se acumuló poco a poco y suavemente el porvenir, en mi admiración.

Al pasear por las avenidas. Malintzi y yo correteamos como niños, reímos como locos. Su cascada de risas me embrujó hasta el orgasmo. Ella  me platicaba de aquellos años de grandeza cuando era traductora. Me dijo que la longeva conciencia permanece atada a la existencia  y ella está, se queda como el viento, o el aire de estas tierras. Ella es el alma de Tlaxcala. La cuna terrestre de su frescura estaba por quitarme el bigote de años; pero, ella lo impidió con un beso. La observe con el rabillo prudente del fisgón, la tenaz antena del misterio me cubrió de besos. Paseamos por las colonias y después llegamos al parque, nos tomamos un café, mientras hacía una propuesta de amor. Quería que compartiéramos el entusiasmo del erotismo. Mientras ella sorbía el café y oteaba mis ojos. Yo engalanaba el cuerpo enchulandolo con  el cautivante enredo de una sonrisa. Mientras, la locura sitiada en la ciudad, elegantemente se posesionaba del transporte público. Al llegar al hotel,  el dependiente la reconoció y hasta  se acicaló mi oído al escuchar su nombre.

Reconocimos en nave de besos el atardecer. Su indulgente mata de cabello me acogió como una caracola, como un hijo, como un amante. Ahora visitábamos nuestros sentidos tocando accesos de placer. Sus senos me coronaron la intención de mis avaras manos. Como chupacabras lamía el cuello. Su playa virginal me llamaba a viajar a su floresta. Desvestí la llamarada de erecciones en la estrella dilatada.

Esperé a que despertara la seda de su espalda para ponérmela de corbata. Pero cuando traté de hacerlo se desvaneció bajo la sabana.

AMOR




Cuando deje de caminar, se acumuló el porvenir en mi consecuente mirada. Observé la cascada de entusiasmo de los transeúntes,  y mis avaras manos llegaron hasta la atmósfera. Me enverdecí de gusto. Las aguas de mi herencia me convidaron un sumo de locura. Los mediterráneos descalabros del pasado me perseguían pero yo los enfrentaba como si fuera un toro herido. Las parroquias me acosaron, yo no quería pero... a punta de compromiso fui a misa y el virtuoso crucificado me obligó a ser puro amor. Me vi obligado a querer a toda la manada de: saltamontes, chimpancés, koalas,  hormigas, chupacabras, cebras, iguanas. Utilice todas las teorías, me hice de argumentos científicos para esta odisea. Almacené  gran cantidad de besos y abrazos en mi cuerpo para donarlos, aquí  bajo mi brazo, en el sobaco, abajo de la lengua, en el esófago, en el ronquido de mi voz, en los nervios, en la sonrisa, entre las aberturas de los poros. Mi tenacidad era tal que borboteaba como la sangre  en un cerdo herido. La intrepidez fue tal que desaparecieron los hombres y se presentó ante mí el amor en persona. Amor me dijo que eso era demasiado. Que la locura se había sitiado en la ciudad y se había posesionado de la sustancia. Que el gran cenote de amor que quería escanciar pronto se convertiría en orín de hormiga;  que  aquellos en la ciudad lo beben sin consideración  despilfarrándolo en las cosas, en los cuchitriles, en la vacuidad, en las visiones que aparecen de repente, en la cara de los elementos. Amor me invito a  su mansión y era el paraíso.

Estando allí, el edén lucía la felicidad con un gran moño en el Horizonte. Sólo con eso. Sólo eso y se enredo la sonrisa en mis labios. Busqué  un sitio donde  convidar a la siesta a un paseo de sueños y me encamino a sus arbustos, cerca del árbol de la representación. El árbol se alisó las ramas con un poco de viento e inflo sus frutos con agua nutricia. Me embriague de sueño y la embriaguez me llegó hasta los pulmones, recorrió mis uñas, los tendones, el bigote, mi sexo y llegó a mi tórax. Y soñé que era un hombre llamado Edgar y que era licenciado en filosofía y que vivía en Tlaxcala. Desperté de esa dolorosa pesadilla que había dejado una llaga en el ojo izquierdo. Cuando me despabilaba llegó Amor y me dijo:

—Tú ya me aburriste con tu creatividad, prefiero que seas mediocre. Vete allá donde te encontré. Es verdad que no puedes dar amor a todo el que encuentres. Pero aunque sea ve a dárselo a las putas en vez de estar aquí de holgazán.

Le hice caso y ahora estoy aquí destartalando mi sentimiento para darlo. Me he dado a la tarea de trabajar como un dulce en lengua de infante.