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martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 8


LA GELATINA




Mi esqueleto se escapó por la ventana, se licuo entre la falda de la Malintzi y las sombras del entorno. Pensé en recuperarlo pero necesitaba un recipiente en donde meterme. Entré como aire a la pelota de mi sobrino. Mi acuosidad inicio en rebotes la búsqueda. Dejé atrás la estancia, impávida quedó al recordarme mis mozos años cuando en brincos sobre ella machucaba lo que ahora es piel de mis entrañas.

Recorrí el barullo del mercado, los gritos de los comerciantes me llegaron hasta los pulmones, ellos comerciaban con tal simpatía que remangaban la mitad de la cara con una risita fácil,  espontánea y a veces muy vendida. Algunas veces esa risa deambulaba en mi jalea interior. Pregunte entre los comerciantes si habían visto mi esqueleto, y me respondieron que habían visto algo parecido por el lado de las tiendas  de compraventa de fierro viejo. Llegue al sitio y engalanaba el lugar las horquillas, los picos, las estructuras de telares viejos, los caparazones de un chasis inocuo, los diferentes arietes, los báculos inactivos. Nada se parecía a lo que yo buscaba: mi osamenta.

Di con las autoridades, era  una pérdida casi irreparable. Los oficiales diligenciaron cartas en el asunto; Tomaron mi declaración pero argumentaron que era mía la culpa, que yo era el causante de dicha perdida, y que iba a pagar caro el haber dejado  libre el esqueleto. Porque con un esqueleto suelto se corre el peligro de extinguir el calcio y otros minerales del planeta, que para eso se había inventado la carne como mediadora de la voracidad de las osamentas. La pena se pagaba con la muerte. Solo muriendo la carne moría su otra parte. Me desesperé, la razón fugaz de mi existencia se  cosechaba al final como violencia. Quería huir, escapar, pero ya me habían etiquetado como pelota al paredón. Me imaginaba aquel muro salpicado de gelatina de muchos sabores, de colores, de consistencias, de esencias en gel, de masas orgánicas destartaladas en agua. Ese muro era la báscula del homicidio legal. No calculaba tal dolencia. Necesitaba un respiro. Opté por salirme del balón y escurrirme por la alcantarilla. No veía nada, sólo nadaba por los tubos de drenaje hasta llegar al río Zahuapan. Así estuve por varios años hasta que llegue a un paraje donde estaban unas vacas tomando agua a la orilla y allí estaba mi esqueleto, pastando con ellas comiendo codo a codo y chupaba con unas ganas increíbles, habidamente, las ubres de las terneras. Parsimonioso me acerqué y sigilosamente le caí encima. Se encabritó de tal modo que  indómito despilfarraba la  fiereza al estilo rodeo,  las viradas y saltos llegaban hasta las copas de los árboles — las reses saltaron la cerca y huyeron despavoridas —  hasta que logre someter y domesticar.

Cada noche me tomo mi vaso de leche y las  respectivas vitaminas. Ese es el convenio a que llegamos. Somos inmensamente felices.



LA BÚSQUEDA




Me engalané el cuerpo, enchulandolo con  el cautivante enredo de una sonrisa. Y todo para verte, mientras circulaba por la avenida “Te amo”, me diligencie un recuerdo de tu bronceado pecho y se emperjuicio mi mástil orgánico. Cuando llegue a la avenida del “Éxtasis” esquina “Sabanas Virtuosas”. Se me figuró todo negro porque en esa esquina se encontraba el puesto de revistas donde la nota principal rezaba: “Apañaron la inocencia de las mujeres arrancándoles su virginidad”. Cabizbajo recorrí el empedrado descendiendo la colina. Mi intención de preguntarte por el asunto se me azoto a la cara como un puñetazo, porque cuando abriste la puerta, la castidad la cargabas en tu pecho como un pabilo de corbata o un enjuto trapo rasgado. No pude más, no soporté verte así, la dolencia me extirpó las lágrimas, y las lágrimas rodaron cuesta abajo dejando un hilito húmedo en el cuello. Con la cavilación  de unos meses se me agrego al entrecejo unos parientes que se apellidan: Talión Venganza. Convocamos a una  junta para dar resolución al problema. Yo sería el hacedor. Decidí hacerme de un laboratorio al estilo alquimista porque de la tecnología de punta se tenían serias dudas para resolver el dilema. Mezcle  las esencias de las rosas, con el tejido de las telarañas y una pizca de polvos de virtud; pero no funcionaba porque el aquello era demasiado chiquito. El himen fabricado  debía de tener nuevas características de mejor calidad y propiedades como la recicatrización, la elasticidad, los diferentes tejidos de la  membrana, o sea al gusto. La  usuaria debía de sentirse completamente segura con su compra y con su interioridad singular. Inclusive podríamos agregarle características como de autolimpieza o de autoremangado por aquello de las violaciones. Innové algunos tipos de tejidos utilizando materias primas jamás utilizadas pero más bien eso sirvió para inventar las sedagasas y el durojean, probé la rehilvanación  pero por lo regular quedaban imperfecciones en el tejido por el pequeño espacio y por la estructuración del desgarre. Probé la injertación utilizando como base un cuerpo de cordones fuertes y al final un imperceptible hilo de araña enana, pero ah fracaso,  el injerto sobresale hasta las rodillas,  y para andar arrastrando la doncellez  pues no vale ni enrollada porque cualquiera la manosea. Consideré la idea de una microscópica malla, pero electrificada con la elasticidad suficiente como para que el sexo entre hasta la cocina, pero pamplinas, de nueva cuenta las íes revoloteando en la idea; porque de electrificar la malla se necesitaría conectar a tierra para no sufrir alguna descarga, pues eso provocaría una erupción de orgasmos incontrolables, y los clímax deben de ser administrados tal como se dicta en las leyes interpersonales.

Un asunto más que debía de atenderse — aunque no se tuviera el producto terminado — es la producción en masa y la introducción en los mercados internacionales. Podríamos adelantar el servicio de ventas por correspondencia y con la mayor discreción por si acaso la esposa o la amante quisieran ofrecer una sorpresa  de regalito.

Hemos doblado los esfuerzos y nuestra empresa continúa hacia arriba, tal vez para la próxima década tengamos el producto terminado redituándonos grandes ganancias.


TODO ES IGUAL QUE SIEMPRE




Salgo al aire cuando se ha estrenado el día, y todo es igual que siempre. Malo sería que la ciudad estuviera de cabeza: que las casas fueran habitadas por las gentes, que los carros circularan por las calles, que la vida citadina fuera igual todos los días, que las leyes fueran puestas para ser obedecidas, que los matrimonios permanecieran unidos para siempre, que los mercados y supermercados estuvieran repletos de mercancías, que los policías se encargaran de poner el orden, que el viento soplara horizontalmente, que el sol dejara caer los rayos de luz  sobre las cosas, que las montañas se elevaran por encima de las nubes, que los mares fueran salados, que la política fuera la profesión del cinismo, que la vida fuera desagradable, que las nubes dejaran caer agua.

Las casas son habitadas por las cosas, todas las casas están vestidas por una cantidad de artículos que benefician la arquitectura, es la explosión de la riqueza en objetos: mesas pinturas, instrumentos,  piezas de colgar, candelabros,  libreros; los armatostes configurados para las esquinas, o los centros, o los lugares más iluminados. Así como los objetos para la habitación de estar, para la sala de lectura; o los diferentes tipos de ropero para guardar cosas pequeñas y dentro de estos roperos: cajones que conservan objetos cada vez más minúsculos hasta llegar a los alhajeros diminutos de cosas como granos de arroz con el nombre del propietario, o  cerdas de caballo con poemas inscritos. ¿Y las gentes? Las gentes  son los esclavos eternos que proveen de cosas a las casas. Los carros se duermen lánguidamente por donde pasan las calles a toda carrera, metiendo tercera y cuarta velocidad; los carros están marcados con números de colores para que las calles no se pierdan en la travesía, cuando las calles llegan casi a su destino los carros tienen una identificación más, cada uno tiene su olor característico que los diferencia de los demás. La vida en la ciudad es turbulenta, con el bazar de aventuras vividas al mismo tiempo, como un circo permanente postrado en las diferentes localidades. La vida es carnavalezca, lúdica, es un escaparate de mil formas, es andamiaje de risas y desajustes permanentes ciclonicos, explosivos. Es como una nave hecha de retazos inconexos pero siempre diferentes. Los juristas son los que planean las características que tendrán las leyes para que próximamente se violen y así cumplir con su función, la abogacía por remediar los enredos de una ley mal administrada conduce a que las  normas se obedezcan equivocadamente. Las legislaciones se norman para que se puedan desobedecer, si no es así los leguleyos tienen que trabajar para que se cumpla, ¡imagínense si no fuera así! Lo que es llamado matrimonio es considerado sagrado. Los matrimonios deben cumplir la norma de permuta (si no es así se incurre en un pecado capital) porque las gentes al permanecer dos días juntos,  comienzan a soldarse de tal forma que quedan castigados, por lo cual durante la madrugada cada gente se turna a la siguiente y así gira  el nuevo día en la ciudad con nuevas caras por conocer. Los mercados y supermercados están repletos de: sentimientos, pasiones, intrigas, amores, vanidades, saberes, voluntades, opciones, tristezas,  oraciones, éxtasis,  sutilidades, misterios, tiempos,  vida, reflexión, excitaciones. Cada gente compra según su bolsillo lo que quiere, pero tiene que consumir de otras cosas no deseadas para que la plusvalía ganada por el capitalista sea conveniente. A los policías siempre se les anda persiguiendo por ser la mafia más organizada de la ciudad, los policías andan provocando el caos, disparando en los ataques que cometen contra las casas,  los balnearios son los más visitados por estas gentes. Poseen una industria del mal  que de pensarla mi pobre imaginación se queda idiota. El viento se deja caer de arriba hacia abajo haciendo que la ciudad permanezca eterna porque no hay erosión de esa manera, los vientos son tranquilos y templados, se fertiliza en las capas altas y se deja caer alimentando las tierras de cultivo. El sol es el órgano de la vida, es el motor del universo. Las cosas, los objetos lo irradian con su luz y lo alimentan para que así continúe la vida. Juntas todas las ciudades, todos los países, todos los mundos, lo irradian y este crece como un gran Dios dador de vida, de existencia. Las montañas descienden hasta las profundidades del planeta. Lejos. Donde nadie llega tan fácil. Las nubes son los velos fabricados en los gobiernos para proteger al gran Dios sol dador de vida. Nada ni nadie puede estar por encima de las nubes puesto que se consideraría una acción de sacrilegio. Las aguas de los mares y océanos son distintos pero nunca salados: el océano Pacifico tiene el  sabor de la amante, el océano Atlántico al probarlo  se percibe como agua de esencias de las vírgenes de 18 años, el mar del olor es increíblemente fantástico y así todos los demás. La política es la profesión dedicada a salvaguardar la verdad de la ciudad por sobre todas las cosas; la política se dedica a poner la vergüenza en cada gesto de los protagonistas dados al oficio. La vida en la ciudad es tan agradable y placentera  como un paraíso poblado de felicidad y reposando en esta existencia que se dinamiza en el presente. Si acaso las nubes dejaran caer agua sería la catástrofe completa, la muerte impredecible puesto que somos  de arena.

UNA VIDA ES SUFICIENTE




—Era un gato. Los hombres con gran admiración hacían alarde de mis siete vidas. Tenía que confirmar lo que decían. Me puse en marcha hacia la azotea del edificio. Era una residencia de tres pisos. La terraza estaba llena de cachivaches y trebejos, parecía pista de aterrizaje con los aviones estrellados. Me acerqué a la orilla, unos niños jugaban pelota, se veían tan pequeños desde arriba, que sólo les faltaba cola para ser  sápidos ratones. Me rasqué la oreja pues me picaba una pulga, lavándome las manos para llevarlas limpias en la caída. En la calle había calculado caer un metro más allá de la banqueta, sería un gran descenso digno de llevarla a los récords de Gines.

—Imaginaba  que aquellos niños aplaudirían, Sería el representante distinguido de los felinos, las gatas en estampida acudirían a mí de rodillas; sería un extraordinario evento, un acontecimiento célebre por el resto de mis siete vidas, una maniobra sensacional informada por los medios de difusión; así como aquél gato que tan sólo por tener botas se había convertido  en un personaje de leyenda.

—No lo pensé más, caminé diez pasos atrás con movimientos ágiles, de gato afamado de Holliwood.

Abajo: el lugar no lo esperaba, se estacionaba un camión que transportaba pararrayos a una  compañía de enseres eléctricos, el conductor y su acompañante comían sopa y guisado en el restaurante de enfrente. Los pararrayos parecían lanzas del siglo XVII listas para la guerra, como las lanzas de Velázquez  en la obra titulada “La rendición de Breda”, o como serían incontables quijotes juntos atacando el cielo.

—Ajuste los bigotes para que no rozaran tanto al viento. Corrí  decidido y llegue al final, era como haber llegado a la meta de los cien metros planos. Me quedé sin piso, sentí náusea y un pequeño sentido en el estómago. El aire corría por la pelusa despeinándome. Alisté mis garras para recibir a la tierra y el impacto. Las pulgas saltaron despavoridas salvando sus vidas. El aire se asustaba al ver tal valentía, ni un ruido llegaba a las orejas. Los colores eran más acentuados en su tono. ¡Era maravilloso volar!

—Me di cuenta demasiado tarde; el cálculo se desvaneció, sólo quedaba un camión con lanzas apuntando, esperando impaciente. No pude hacer ninguna cosa, cruzaron mi cuerpo y maullé de dolor, sentí la sangre caliente que salía, y el frío metal que me cegaba. Quedé con la cabeza hacia abajo. Vi como corría la sangre a lo largo de los barrotes de los pararrayos. Los niños que jugaban con bullicio, algunos lloraban, otro se vomitaba por la escena dramática y asquerosa. El conductor y su ayudante ya no comieron más. Perdí la vida pensando que tenía siete. Le digo adiós a mis gatas, adiós a la caída sensacional y adiós al gato con botas.