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martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 9


EL REGALO




El arrodillado cuartucho de Josebio, estaba absorbido por cachivaches que no sirven para nada. Su sarape ocupaba un rincón entelerido, quieto como chuleta fláccida  y su cocina eran unas piedras y un hoyo en el suelo. Josebio era nervioso, parecía que siempre andaba “ciscado” de miedo. Mi evocación llega a tener sólo un vaho reminiscente de él, aparte de ser tan flaco como una carcaza asoleada. El  herbazal cubría el lomerío, se mecía en oleaje al  vaivén y arbitrio de las ventoleras. Me acerqué a su covacha de ensamblajes de madera y lámina de cartón embreado. Toqué la puerta chirriante y podrida. Salió Josebio todo arrebozado. Lucía traje raído y pantalones colorados; su camisa ennegrecida le entonaba con su cabellera negra, la cual se revelaba brillante, se había puesto manteca de puerco para sentar los hirsutos cabellos; tenía dientes blanquísimos y dentadura de conejo. Me reí de su figura. Voltee a ver sus pocos enseres, todo era un trastrueque, un reborujo de los mil demonios.

—Lo miré a los ojos, y le pregunte la razón de por qué se encontraba tan guapo. Josebio de súbito se dirigió a un rincón, y aventando a todos lados sus trapos, sacó una cajita y me la enseñó. — Esto ser un regalo… y no diré pá quien es — Sonreí maliciosamente pensando en que tal vez era para mí, o ¿Para quién pudiera ser aquél regalo?… Le di órdenes para el siguiente día, y atisbando con profundidad, ratificó: — Aquí estaré —. Cuando me fui, las luces del poblacho guiñaban como espejitos al recibir fulguraciones de la luna.

Amaneció. Las nubes cambiaron de color al salir el sol legañoso: amarillas, naranjadas y purpúreas, después a las cambiantes opalinas y lechosas. Subí a la camioneta. Llegué al cuchitril del cuarto de Josebio. La puerta estaba abierta, y dándome valor, me adentré al cuartucho. Dentro de aquel tilichero  tenía en un sitio apartado, una concavidad, y en ella cosas personales: lociones de gardenia, pomos de alcohol de varios colores, anillos de fantasía, pañuelos y recortes de muchachas bellas. Cerré todo y me alejé. El sol se  exhibía. Busqué a Josebio por todos lados. De Josebio me gustaba su compañía, me reconfortaba en mi deprimida soledad; a pesar de que era un ser insustancial, tan desabrido como su talante pasivo, taimado. De  pronto, vi en las puertas entreabiertas de la capilla una luz mortecina  y pálida. Me acerqué.

El aislamiento del templo era mausoleo glacial. En medio de dos velas e hincado estaba Josebio, rogándole a la Virgen. Estaban colgados objetos de: oro, plata y carey. Josebio volteó a verme con ojos arrasados de lágrimas y me dijo: — estos son mis regalos pá la virgencita, por la Navidaaa. — me cubrió un velo de repulsión hacia mi persona… lo tomé del hombro: ¡vámonos!… Al salir se espantaron las palomas y volaron al cielo. Eran pañuelos… mi fe en Dios había renacido nuevamente.


LA TURISTA




La encontró en la escalinata tomando fotos del primer cuadro de la ciudad mientras su peinado suelto negro azabache se comía los rayos de sol que caían sobre su cuerpo. Era de tez rosada y  nariz perfecta, hermosa como las mujeres del norte. Él se presentó como avecindado en Tlaxcala, pero lo cierto es que era del DF. Y trabajaba de maestro de Bachilleres, aunque también daba clases en la Universidad. — Sabes algo de toros — le preguntaba ella mientras enfocaba la lente hacia los lugares más convenientes para imprimir un recuerdo. Los ojos de él  recorrían el escote de su blusa holgada y descubría dos hermosas toronjas como para apagar la sed. Se turbó al sentir la mirada  de ella, un ojo que sospechaba sobre su propia sensualidad y descubría el interés del pretendiente. — Sé que te gusto y podríamos pasarla bien — dijo ella mientras guardaba en el estuche, la cámara fotográfica y miraba arriba, hacia el resto de la gran fuente y más que fuente cascada — invítame una Budweiser. Se me antoja a esta hora del día.

Entraron al bar del primer descanso y allí platicaron del color de la cerveza y su sabor. Quiso referirse a su tierra pero él la calló argumentando que prefería el misterio, mientras, ella introducía su zapatilla entre los pies cruzados del hombre, invitando así con ese roce a una relación más estrecha. En ese momento realmente necesitaba a una mujer, la infructuosa relación con su amante de hacía meses lo habían dejado hambriento de sexo. Volvió a mirar sus pechos y en ellos lunares, asteriscos diminutos.

—Deja de mirarme de esa manera, tranquilízate, las cosas deben de ser como esta cerveza al beberla; es decir paso a pasito — recordó mientras la miraba, el muchacho que había sido, la erección solitaria en el cine Matamoros con películas calientes en entradas clandestinas. Mientras bebían, el silbato de la fábrica  Zahuapan marcaba el medio día. Dijo la mujer: —vámonos juntos ¿Quieres?— Se dejó llevar, el guía  que la acompañaba lucía el perfil masculino de un hombre maduro y nada feo. Mientras subían al auto, los rayos del sol sembrados segundos antes, se transformaban en sombras de la nube que recorría el cielo hacia el sur. En el semáforo ella le acarició la mano mientras embragaba la velocidad, solamente contestó —te necesito— En tanto que conducía su auto hacia su departamento de la loma.

Al cerrar el zaguán vino al encuentro un sexy cachorro de gato, muy minado, rozaba la bastilla del pantalón del hombre y la pelambre buscaba caricias. Ese peluche vivo pedía cariño. —Te sobra un poco de amor para mí —dijo la mujer lasciva mientras ofrecía sus pechos abriendo la blusa. El hombre cayó abrazado en un tálamo mullido y la habitación despertó con los primeros rechinidos de la cama. Aún vestidos todavía, revolcaron sus almas en la colcha. Cayeron las zapatillas de la dama en la sinuosa  y un tanto acolchada alfombra; siguieron prendas de ambos sexos, sin orden, con prisa, desnudándose, mordiendo, besándose. Ella cerrando los ojos se concentraba en el puro goce, esperando el orgasmo imprevisto, fugaz. —En este momento tú eres mi torero. ¡Mátame!— La excitación lubricaba el eco en la habitación y era un sólo sonido mezclado en gritos, jadeos, rechinidos de cama, roces de epidermis ardientes. La anatomía se mezclaba en las cosas, en los cuerpos, en los órganos, toda una mezcla en erupción. — Espera un momento — Y desde el baño le contaba de sus viajes por el país y sobre la situación económica, regresaba bamboleándose como diosa de lujuria, desnuda, paseándose por la recámara, muy cachonda, bailando sus nalgas seductoras y excitando. Estaban desnudos, saciados de la primera vez, fumando y fumándose un descanso, platicándose cosas para que la segunda vez fuera más amistosa, íntima y no ese relámpago de sexo del principio. Él le comentó que su madre había muerto en el terremoto del 85. Trabajaba de cocinera en un edificio lujoso. Nunca encontraron su cuerpo, se imagina que todavía está en México y algún día irá a rescatarla. Posó sus manos en los pechos y acariciaba los contornos como jugando a las excitaciones. Las caderas de ambos se ponían en movimiento y una vez más trepaban al paraíso de la vida sexual. Bebían los sudores de los muslos, se emborrachaban las bocas de éxtasis, se encajaban los dientes. Y la noción del tiempo se perdía entre los objetos, testigos fieles del deseo compartido que se protagonizaba. Ella lo invitó a bajar hasta su vagina, el buen mozo continuó lo indecible, gimió. Se fundieron otra vez y se quedaron y se quedaron dormidos.

Emparedados, leche fría y cóctel de frutas fueron el tentempié mientras platicaban del sexo; ella le tomó una foto para el recuerdo y depositó la cámara en la mesa del comedor. Él le dio un beso en la mejilla en tanto que entrelazaba sus dedos por entre la mata de cabello. Ella inclinó su cuerpo para lamerle los vellos del pecho y chupar las tetillas y después bajando hasta su sexo. El miró la cabeza allá abajo, la boca, la mata de pelo azabache oscilando en movimiento de fuga y  entrega frenética. El pene respondió a los ataques de sus labios y una vez más hicieron énfasis en la promiscuidad. — Dormiré contigo y mañana me iré a otro sitio, mientras, duérmete mi niño — dijo ella. Y él soñó con la felicidad, el regazo de aquella mujer que le servía mientras dormía y ella fumaba, dando un poco de ternura a ese pobre amor y pensaba en el recorrido y las distancias del día de mañana.

Despertó con campanadas huecas en la ciudad. El horizonte legañoso y húmedo distinguía la silueta de la Malinche en tonos sombríos, rojizos y amarillos. El vaho de la niebla sembró la humedad en los rostros mañanero, en los cristales, el rocío de la mañana en provincia. La turista despertó recordando en donde se encontraba, miró el rostro sereno, apacible del hombre y lo besó antes de dirigirse al baño y ducharse. Se dio prisa para abordar el camión a buena  hora. El gato perezoso la miraba desde la mecedora. Salió azotando el zaguán. Fue con el ruido estruendoso de las láminas como despertó sobresaltado, buscando algo, incluyendo las causas de su sobresalto. Recordó a la turista y de pronto vio la cámara a lo lejos, sobre la mesa del comedor. De un salto alcanzó los pantalones, buscó la ropa regada en la habitación, corrió a tomar la cámara fotográfica. El gato huyó asustado, con el pelambre erizado a ocultarse bajo la tarja.

Muy de mañana Don Javier, trabajador del rastro municipal arreaba desde San Diego Metepec dos vacas y un toro indómito para las carnitas del sábado. Con chiflidos de arriero y piedras obedecían los animales. La turista los había visto de lejos sin tomarles importancia. Subió al camión y se fue. Los animales doblaban la esquina cuando el hombre cerró con prisa para alcanzar a la turista, corrió con la cámara en la mano poniéndose una chamarra guinda. El toro se desbocó, embravecido al oír el ruido estruendoso  de las láminas; trotó para embestir aquello que se moviera.

—¡Soo! Toro Soo! Toro — Gritaba Don Javier para tratar de calmar al animal pero sólo vio como era lanzado por los aires el hombre con la cámara fotográfica. Calló sobre el cofre de un carro rompiendo el parabrisas, la cámara fotográfica  volaba por los aires y tocó el suelo justo cuando pasaban las llantas del carro de un lechero.
— ¡Arre! Toro ¡Arre! Toro; Disculpe joven… ¡Arre! toro ¡Arre! Toro— y siguieron los animales rumbo al matadero.

TA´CARA




—Me dedico a checar tarjeta— dijo el desconocido mientras la combi avanzaba por la ribereña del río Zahuapan a la altura de la escuela Emiliano Zapata.
— Que güeno, yo no checo, me chisparon apenas de la fábrica y ahora me dedico a gastar la suela pa´ conseguir, si no consigo aquí de provincia me voy a chilangolandia, por lo menos allá me paseo en metro y no gasto tanta suela, ta´cara.

Los desconocidos, frente a frente en una combi se dirigen a la central camionera. El medio día se despunta en un día de la semana. En la parada del puente rojo, los agentes de tránsito revisan el orden y un perro asolea las pulgas en un costado de la moto oficial. Los dos desconocidos continúan la conversación: — Para que me pase eso a mi, está difícil, primero se salen tres que están abajo y después yo. Soy sindicalizado y tengo quien me defienda y cuide de que en estos días de quincena me toque lo que me corresponde; donde sí está fea la cosa es en los precios y el IVA. Por eso ya pedimos aumento de emergencia.
—¡Pos’ sí! La combi ya cuesta 1.30 y ahorita estoy pidiendo prestado al cuñado, pues, ¿de dónde sostengo a mi familia?, Sí, son hartos gastos; antes alcanzaba para que los domingos comiéramos mejorcito y viéramos el “fut” sin preocupaciones; pero ahora sólo alcanza pa´que todos los días sea parejo de comer. La panza ahora entra a la juerza a lo democrático y si vemos el fut-bool. Nomás atentos pa´ver que errores comete el arbitrio y así “refrescársela” y aliviar un poco las penas.

La colectiva se detiene tras la larga cola de carros que se enfilan para pasar el semáforo de las escalinatas. Los estudiantes de la secundaria transitan por los escalones entre risas, bromas y jaloneos. Sube a la combi una señora con vestido floreado en color rosa y zapatillas verdes. Se acomoda en uno de los asientos; uno de los desconocidos piensa —ta´cara— y la revisa de pies a cabeza. El otro desconocido continúa la conversación:
—Sí, está difícil, fíjese que si no se solucionan los problemas de los asalariados nos vamos al paro. Tuvimos junta con nuestros representantes para que nos dieran otras prestaciones que nos hacen falta como por ejemplo los descuentos dominicales para los balnearios o vales para otras necesidades; sino, a donde vamos a ir a parar, las obligaciones cuestan y si no pedimos el aumento al rato van a querer que pongamos de nuestra bolsa y pues no es negocio, puras pérdidas.
—Pos que le vamos a´ser, ta´cara la cosa.
—Y no sólo eso sino que la situación no está como para comprar cosas importadas o de lujo, sino nada más lo necesario para seguir pasándola.

Llega a la central camionera. El chofer cobra 1.30 a cada uno de los pasajeros. La mujer de zapatillas verdes y vestido rosa floreado con escote, muestra los pechos al desconocido de enfrente, al pagar su pasaje; al desconocido se le agita un poco el corazón. Él mismo continúa la conversación para despedirse.
—Hasta luego, ojalá y consiga trabajo pronto.
—Sí, que se la pase bien, después nos hemos de encontrar.

Uno de los desconocidos se dirige a los baños de la central camionera, el atole y las garnachas del desayuno le habían caído mal; el otro desconocido lo sigue a cierta distancia. Gasta la suela y entra al baño. El otro desconocido se encuentra bajándose los pantalones. El baño vacío, sólo un muchacho de secundaria se asienta los hirsutos cabellos en tanto que del otro lado una muchacha, de la misma escuela secundaria, experimenta pintándose los labios.

El desconocido saca de su bolsa una navaja gastada y sucia. La aferra al puño, aprieta los dientes; la adrenalina se agita en su cuerpo. Con el hombro izquierdo empuja la puerta sorprendiendo al desconocido, sentado, con los pantalones caídos.
— ¡No te muevas de allí, señor! ¡Y dame tu sobrecito de la quincena con to y vales… y si no queres! ¡Te destripo, en una asesinada! Te vas a ver muy guapo asentado en la mierda con el corazón salido y mi herramienta clavada en tus cochinas tripas… ¡suéltale! ¡Ándale! ¡Suéltale ya!, La vida ta´cara, no ves, ta´cara; suéltale cabrón.

El desconocido apunta el arma al pecho, en tanto que el otro con las dos piernas juntas, al lado, empujadas por la puerta está en desventaja. Le ha nacido en segundos el temor, el espasmo, la cobardía, la duda, el desamparo. Su cabeza no piensa en nada más que en salvar su vida.
—Sí…sí.. Espérese. Nada más me subo los pantalones... no me haga nada.
—No, no, no; esos allí los dejas, sólo sacas lo que quero y después lo acomodas ¡échale! ¡Suéltale! Ta´cara la vida, no ves.
Tan pronto como el desconocido sentado saca su sobre con el dinero de la quincena y otros objetos de valor, el otro desconocido mete dentro de su bolsa el arma y la demás cosas.
—No te muevas de allí, sigue haciendo lo tuyo por un rato.
Entra al baño un grupo de jóvenes a orinar. Las bromas sexuales se presentan. El desconocido para no darse por advertido comenta:
—Amigo…ojalá y consiga el aumento de urgencia. Hay nos vemos.

LA HUELGA APROPIADA




Los movimientos del cuerpo de Fermín salas buscaron posiciones para recostarse dentro de la tienda de campaña frente al palacio de gobierno. Inmiscuido en la huelga de hambre, buscaba el sueño entre el olor de los cigarros, el té de menta y el pan horneado de “la picota”. El sonido un tanto sajón de los cafés y restaurantes del portal grande impedían que soñara  alguna cosa.

—Desde que salimos el martes en la mañana de Teopan, no he comido. Los otros seis compañeros están igual, las tripas vacías son monstruosas como la bestia indómita de Apocalipsis y el agua sólo infla el vacío pero no reconforta. Nuestro partido nos prometió que no faltaría el suero y que buscarían publicidad para que nuestra causa tuviera eco en la población y que nos hiciera caso el gobierno. Los problemas se resuelven presionando, el licenciado nos platicó que así lo había hecho el señor Gandhi en su pueblo de la india. Fue muy famoso. Nosotros lo hacemos porque deseamos la democracia, porque queremos destituir al cacique rabioso Don Gumercindo, nos ha hecho pura tarugada en la población y ya no aguantamos más, por eso estoy aquí, metido en la gruñida huelga de hambre. La mera  verdad yo si me aburro; gesticulo cualquier cosa para sacudirme el hastío. Es monótono estar esperando que nos hagan caso; las compañeras vienen a platicar con nosotros, nos animan a continuar. El dirigente del partido nos apoya, dice que ya lo estamos logrando, que los acuerdos pueden lograrse en unas horas, en cualquier momento.

—Hace frío, el fresco de la tarde se congeló en el aire, se pega como diablo en las manos, la cara. No es  como en mi tierra veracruzana. La playa cerca  de Papantla, el calor, la humedad caliente, el olor salado del mar, los colores de la vegetación. Los recuerdos de  mi casa natal de “Rancho Playa” son tantos, siempre que los evoco lo primero que se me aparece es una pesadilla que viví en medio de la tormenta. El aire azotando en la cara, los cocoteros cayéndose, esparciéndose como granizos, rebotando en el agua. Las olas que se levantan muy por encima de la casa de los abuelos. Los abuelos que desaparecen entre las olas junto con los troncos, el tejaban, los trastos de la abuela; el machete. El chile piquín que se confunde con la espuma  del mar; los dos perros estrellándose en las rocas de la cuenca. El mar vomitando su furia sobre la tierra. Fueron las horas de la tarde más pesadillosas y turbulentas que he vivido.

—Nos fuimos a vivir a Papantla con la esperanza de que mi hermano y yo trabajáramos en la planta de Pemex de Poza Rica, él entró tiempo después. En los noviazgos cada uno de nosotros conoció a cinco, la  sexta fue la ganadora; extrañamente nos pasó igual: Sara, Carolina, Beatriz, Petronila, Edith y Julieta Morales: la madre de mi hijo; de Ulises  mi hermano son creo que… primero fue Selene, la hija del carpintero, Rocío, aquella que vivía frente  a la escuela; también fue Ciriaca, la facilita; me falta de nombrar a Sofía, una mujer costeña de las más hermosas que he visto en mi vida… me parece que Laurentina fue su penúltima. La recuerdo porque en un baile del quince de septiembre, hace muchos años, cuando jóvenes, le entró fuerte al mezcal. Se encueró allí en el parque y corriendo con una banderita gritaba — ¡Viva México! —Y su tía corriendo tras ella para que se pusiera el calzón. La mujer de él se llama Rosa y le ha dado tres hijos, el más chico tiene ocho años. Los otros van a la secundaria.

—A mi esposa la conocí en las fiestas del pueblo. Vivía aquí, en Tlaxcala, en Teopan, por la región de Tlaxco. Nos enamoramos rápido. Me la llevé a Papantla y después nos regresamos a esta tierra. Por eso tengo el extrañamiento, las remembranzas que se apretujan con vértigo, la añoranza del caliente olor de la vainilla, de los tamales de picadillo, de los plátanos de Castilla; o las noches al fresco, en la hamaca con las “cebaditas”, el agua de horchata; la comida en la cena, la tortilla, agua para café, memelas, totopos, la albóndiga, el pollo dorándose en el carbón, la leche… ¡Sí eso es! La leche de la cabra, el queso de la cabra, la cabra encarcelada en los barrotes que gruñen, los pozos vacíos, avellanados, sólo agua desértica, colchón de agua que refleja una cara estúpida, la cabra que se ríe  de la cara estúpida; el calor que no aparece en este pozo vacío, el desmayo de la  cara estúpida el vértigo  en las venas, en el frío de las manos vacías.

El doctor revisa la presión, guarda sus instrumentos y sale de la tienda de campaña. En sus ojos aparecen las mantas con las leyendas: “fuera del pueblo”, “no te queremos Gumercindo”, “solución señor Gobernador a los huelguistas de Teopan”. Se despide de los dirigentes y observa una vez más el asentamiento provisional. Las botellas vacías de suero hacen fila india a un costado del árbol mostrándose orgullosas, la hornilla y el tanque de gas acostado, se  aburren compartiendo la espera. Las mantas de vez en cuando se agitan por el viento o son ensuciadas por las palomas. El parque sigue inmóvil, su verdor está inquieto, los ánimos se le cayeron de manera inocente. Su integridad se complementa con los huelguistas. Dentro del palacio de gobierno, las pinturas de Xochitiotzin están inmutables, perfectas en sus colores. Los inquilinos afuera, en las tiendas, late en su epidermis la genética figurada en esas paredes, lo cual hace que se sientan como en su casa.

—De estos desvaríos ya estoy acostumbrado, los tiempos han sido tristes, cuando al medio día con mi mujer, compartíamos el huevo ahogado en el disque caldo de pollo o los chilaquiles pasados por agua, la carcajada de la situación nunca faltaba, era la risa entre el llanto y el nudo de la garganta; la mandíbula que quiere masticar más, la lengua que quiere  tragar aprisa y que yo no la dejo. La educación de la lengua es costosa porque no se puede verla cuando está buscando alguna artimaña. Hacer estas cosas del hambre no es fácil. Hay que educarse para no quedar en ridículo. Es muy fácil dejar tocarse por el diablo del hambre, la tentación del chicharrón en salsa verde, las gorditas con queso… queso… queso de cabra, la leche de la cabra, el queso que sale de la leche de la cabra, la cabra que me empuja al hueco vacío, la cabra que se ríe, la cara acuática de la cabra, el agua salada, el suero en la lengua y la lengua que  quiere tragar aprisa, quiero tragarme la lengua, educarla, convertirme en un profesional de las huelgas de hambre, viajaré por los países rentándome para hacer presión a los gobiernos y me tendrán miedo por mi tesón, por mi lengua educada, domesticada a punta de hambre.

Dos Jóvenes de clase alta pasan patinando cerca de la tienda de Fermín Salas. Lo ven con los calcetines tristes asomando en el hueco del zapato roto.

—¡Auch! Mira ese señor color de humo, tan temprano y ya está acostado.
— ¡Son de lo peor! No se bañan y así quieren que les hagan caso, ¡Vamonos que aquí apesta!
Al día siguiente Fermín Salas amaneció morado, con los ojos abiertos murió viendo el vacío en la tienda con su lengua tragada.