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martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos



ÍNDICE

 


PRÓLOGO




L
a realización de un texto como el que se presenta, tiene una serie de avatares que algunos lingüistas encontrarían dentro del texto, no pretendo en este prólogo hablar sobre problemas, sino en la medida, hacer aparecer los logros y alcances que ofrece la hechura y aún después, la lectura de este conjunto de cuentos. El hacer cuentos tiene su importancia tanto cuanto el autor se empecine en ello; inclinarse por esta forma de expresión cabe como para complicarse el escritor solo, pero, a mi parecer queda el autor doblemente enriquecido porque con el mínimo de palabras se entiende con el lector y con la estructura se disciplina el espíritu. Estas dos exigencias son valoradas por los más altos exponentes de la literatura Universal, el logro queda asentado, falta un testigo para que corrobore el trabajo: el lector.

Este libro de cuentos se presenta como un elemento de iniciación en la escritura, por ello he querido agradecer a quienes estuvieron en el principio de esos días, a mi familia por su comprensión y apoyo, a la gente que me rodea, porque sin ellos no hubiera contado con excelentes protagonistas, a los maestros que estuvieron dispuestos a corregir esos errores y a las instituciones que dieron la oportunidad



El Cachorro


EL BOMBERO CASTIGADO




— ¡La ambulancia por favor! Envíela frente a la presidencia, tenemos dos accidentados, uno de gravedad; envíe equipo de emergencia, repito. Envíe equipo de emergencia. Tuvimos un percance en la demostración, ¡dense prisa!—  El jefe de bomberos repetía exaltado por el radiotransmisor llamando a la corporación de la Cruz Roja.

Héctor Rulfo era uno de los accidentados, sus lesiones sólo llegaban a ser golpes leves que a media semana se borrarían. Los de su compañero eran de consideración.

— ¿Y como fue el accidente?— Pregunta el curioso al señor más cercano.
— Lo que pasa es que se subieron a una escalera de seis metros; mire, allí ya se la llevan. Y con los tres que se subieron no aguantaron  las sogas y fíjese que con todo y equipo dieron al suelo.

El compañero de Héctor Rulfo se retorcía de dolor con convulsiones, los temblores seguían cuando llegó la ambulancia. La muchedumbre se arremolinaba como moscas en perro muerto. Los compañeros bomberos pedían la calma. Los policías ineptos se ponían nerviosos. El presidente municipal cuchicheaba con su secretario y mientras; los camiones rojos, pipas y demás aditamentos se aburrían esperando ser utilizados. Se había hecho una exhibición con todo el equipo, y extendido en el pavimento, los botiquines eran desparramados para buscar el remedio presto para curar al casi hermano, al compañero de trabajo. Pero, no había nada para curar al grave de derrame cerebral. Si fuera algún asfixiado o quemado cualquiera de ellos era competente.

Héctor Rulfo era uno de los más prestigiados hombres de la heroica agrupación de bomberos, tenía en su currículo una  afanosa lista de reconocimientos, diplomas y fotos con personalidades distinguidas que corroboraban su capacidad en el trabajo. Ser bombero no había sido fácil para él. La elección al oficio había sido una promesa que se había hecho a sí mismo por la muerte de su padre, en el incendio de la iglesia ocurrido en 1938. Héctor había pasado por catástrofes como: inundaciones, temblores, derrumbes, incendios, entre otros; y accidentes de electrocutados, de personas salvadas a punto del suicidio, perdidos en grutas insondables, niños ahogados con un pedazo de bocado, en fin. De lo que se sentía más orgulloso era de lo ocurrido dos meses atrás. Resulta que recibió en su turno  una llamada en dialecto propio de los naturales de la región, y que ni tarde ni perezoso acudió al auxilio; era el incendio de una troje llena de pastura, pero el problema era que cerca estaba el cobertizo donde la comunidad guardaba el grano para la siguiente cosecha y también enseres que eran propios para el trabajo. Héctor Rulfo como superior de bomberos dirigía las acciones con tino, dando como resultado el cese del fuego en pocas horas, no sin antes arriesgarse él mismo para salvar el becerro torpe de patas. La comunidad había acordado que enviarían una invitación para que el jefe de bomberos seleccionara a uno de sus oficiales, para que el Día del Bombero acudiera a la comunidad. Se haría una comilona en su honor.

Cuando se reunieron los bomberos después de la demostración, en el salón de sesiones de la corporación de bomberos, había un  apesadumbrado viento fresco que empalagaba todas las caras de abulia por lo sucedido, muy a pesar de encontrarse celebrando su día. En la mente de Héctor Rulfo  se repetía el discurso del presidente municipal:

Sabemos que lo ocurrido a los compañeros es muy lamentable, son cosas que suceden, y que lamentamos. Seguiremos muy de cerca el restablecimiento del compañero, la exhibición tiene que continuar, y sólo esperamos que terminen de colocar los aditamentos de la próxima demostración. El oficio de bombero, todos lo sabemos, no es fácil, arriesgan su vida, y ellos están dispuestos a todo, están al servicio de la comunidad, así como nosotros lo estamos, o sea, todos los que formamos parte de la presidencia que yo dirijo; pero vamos, señoras y señores, un aplauso a los bomberos, por favor ¡Un aplauso!”

A Héctor Rulfo lo despertaron de su introversión cuando pasaron una gorra con unos pequeños papeles hechos bola, era el sorteo de cosas como: encendedores, lentes de contacto, una suscripción gratis para la revista que dirigía el presidente municipal, el premio para ir a comer con la comunidad de los naturales y, también, una dotación de condones suficientes para todo el año, donados por la secretaría de Salud  gracias  a las influencias del presidente municipal, entre otras cosas. Cada  uno de los bomberos iba inaugurando una cara de sorpresa; pero no tanto para Héctor Rulfo, le había tocado ir a comer  a la comunidad de los naturales, pero él lo que quería era estar con su amigo delicado, hizo un gesto de aprobación cuando le tocó  nombrar su estímulo. Cosa que más que un regalo, en esas circunstancias era para él un castigo. En la gorra había quedado un papelito, era el papel del obsequio que correspondía al lesionado más grave, le había tocado una dotación de condones donada por la Secretaría de Salud.

Cuando llegó a la comunidad lo primero que avistó fue una troje negra, chamuscada, luciendo unos rayos traviesos jugueteando en el interior; al lado, cerca de la iglesia, se miraba un manteado y más allá dos mesas con carne de puerco escurriendo sangre, las tajadas estaban listas para las carnitas. Las moscas, sobre todo y más que los comensales, festejaban como si fuera su santo. Los perros irradiaban de felicidad, y peleaban con desgano, debido a la comilona, un pedazo de cebo hediondo.

El superior de la comunidad llegó a recibirlo. Su pantalón limpio contrastaba de manera salvaje con sus pies embotados en guaraches de suela de llanta y los pies gruesos de polvo, como costras cuarteadas por la historia. Con una sonrisa radiante el señor extendió la mano y muy amablemente Héctor  hizo lo mismo. Habían hecho una pequeña valla humana hasta las mesas. Al pasar el agasajado todos aplaudían. Los borrachines gritaban en su idioma y festejaban desmesurados con el alcohol, que era tradición regional. Ninguno entendía  de buena manera el idioma de Héctor, cosa  que no le afligía en lo más mínimo. Cuando le sirvieron el arroz consideró escapar del asunto, pero era demasiado tarde, le habían puesto enfrente  una bebida propia de al región, la cerveza, los hielos, las servilletas, el pan de caja, las tortillas recién hechas, un vaso con arreglo floral y, sobre el vaso, un dibujo en papel de un bombero apagando el fuego, realizado en la escuela primaria.

Después del primer plato siguió una charola cuya fuente era: cueritos, chicharrones, costillas, tripitas, pedazos de hígado y bofe; acompañados con limón, salsa roja, cilantro y cebolla, entre otros complementos. El tercer taco fue de bofe, cuando quiso tragar el pedazo y no pasó fue cuando supo que estaba en problemas. Héctor levantaba las manos intentando acomodar la garganta, tratando de ayudar con los movimientos de la cara. Mientras, los parroquianos disfrutaban del banquete pensando que el bombero festejado se le había subido el alcohol a la cabeza, y en su idioma contaban el chiste viendo la demostración. Héctor como mimo señalaba la espalda e intentaba golpeársela, cosa que ocasionaba la risotada de los más ahogados en alcohol; cuando cayó al suelo con la cara morada, intentando jalar aire, los asistentes lo rodearon apelotonándose. Algunas personas imploraban a los espíritus de la montaña, otros se alejaban pensando en que se le había metido un demonio, algunos más acomedidos se inclinaban para darle un vaso de agua o la copa de aguardiente. Dejó de respirar. Todo fue tan rápido. Se dieron cuenta demasiado tarde. Se había ahogado el bombero con un pedazo de bofe. Las lesiones de la caída ocurrida  en la mañana todavía seguían allí, no se borrarían. El currículum de gran bombero allí se cerraba.




YO VI AL NAHUAL



—No puedo creer que aquello que estoy viendo sea el nagual. Me habían contado que por estos sitios se podía ver, y aquello que está allá en la arboleda, en el claro que conforman los campos semienhierbados, es sin lugar a duda. Me había fijado en ese lugar en muchas ocasiones. Ahí donde los árboles han crecido se pasea triste, columbrado. Hay una silueta áurea que lo sigue, que lo acompaña y sigo viendo. Atrás de las orejas  se me va formando un escalofrío que recorre la espina dorsal, es un miedo ante aquella cosa que se agita, se comba sin descanso. No logro entender. A lo lejos se mueve. El nagual corretea, se inquieta como si quisiera escapar de algún dolor, como si quisiera presentarse al dolor de los demás; en ocasiones  flota, se apacigua en el aire, en la brisa, sólo se puede ver en la brisa, en la ligera lluvia de las tardes de mayo, como ahora. El agua corre, los relámpagos chispean en el cielo y hacen configuraciones imprecisas de luz.

—Más tal pareciera que cerca del nagual, de aquella cosa que cambia de configuración... ¡Ahora lo veo en forma de perro!... no... ¡No es perro!... ¿será perro? Mmm... ¿No seré yo el que está allá? Mmm... Y ese cuerpo desnudo, escamoso, mmm... ¿qué le cuelga allí?, Parece que es... ¡las vísceras! Santo dios... ¿es la cola?, Es la cola de perro, cambia tanto, me espanta, ya no quiero ver. Me quiero ir de aquí, mmm... se ha escondido en los matorrales, atrás del árbol... no, no se ha escondido, se ha guardado de algo, tal vez tiene temor a que lo vean. ¿Acaso estoy violando los misterios que tiene que ser incognoscibles e indecibles? Es el objeto o la cosa viviente quien no acata las leyes físicas por las cuales mi razón se sustenta, es decir, la lógica racional sin la cual pierdo la cordura.

—A veces las imágenes son precisas porque el agua cae y forma un velo tenue y azulado. El velo se acentúa más; al mismo tiempo que se agigantan las gotas de lluvia, caen esporádicos granizos, pero ese velo deforma, se vuelve confuso en la humedad y la imagen es cambiante y diversa como mezcla fantástica. La hierba se moja con ese... y esas patas, las patas del nagual, no alcanzo a verlas pero imagino que son de hombre, podrían ser de perro. Sigue una tarea, la faena que asusta, que me engarrota todito. Me golpea el corazón. Me enferma. Me hace una atemorizada sanguijuela.

— ¡Que mal! ...¡Santo Dios!, se ha convertido en un esqueleto, es una armadura de huesos, es el armazón estéril, infecundo. Tengo que escribir esto, la circunstancia me hace estar erizado, tieso. Me quiero escabullir. Quiero escapar, me acobardo... ¿quién no ante este pinche show? En este momento me gustaría más ser un árbol, un maguey, un nopal  para no sentir este alucine. Algo pasa, algo pasa en torno a ese nagual, ha mutado en algo blando, adiposo, es un adobe... ¿un adobe o un abdomen? Es la informalidad, el cambio amplio, enconado, es lo que me debilita. Estoy abatido, raquíticamente abatido por esta imagen, ojalá y sea fantasía en desvarío una ficción que me aterra y que no puedo escapar mientras aquella cosa... ¡Apiádate de mi Dios Mío! ; Ahora es un burro sin cola, pero tiene cabeza de simio y cola de cuervo... No, no es un como... no es una cola de cuervo, es una sombrilla que cubre el lomo, entonces que hay en el lomo, ¿qué se encuentra en ese lomo que está cubriendo?

—Esa cosa inverosímil es la representación de otra cosa que no entiendo y que no logro comprender. ¡Caramba! De no ser por mi juventud, de estar mal del corazón, seguramente estuviera mañana en camino al panteón. Siento que los poros se me enchinan, se crispan, los bellos y su raíz se electriza, se hacen pabilo; y esta imagen, esta representación, esta ensalada centrífuga de partículas mezcladas en sus formas me hace estremecer.

—Sigue lloviendo, es el velo, el himen acuático que desfigura a ese perro con cola  patas de chivo que olfatea el aire, la tierra mojada, las plantas y arbustos... mmm... ahora se escapa, como si hubiera visto al chamuco el mismo nagual... ¡me está viendo a mí! Ha visto que lo estoy observando. ¡Qué ojos! Es el rojo encendido que centella entre el guinda fosforescente  y el azul de las urracas. Mis vísceras se desparraman, sufren espasmos. Aquello me ve, aquello me asusta. ¡Me estoy orinando!

—No escapa hacia el macizo  sino que se dirige hacia la colina; atraviesa árboles; se aleja. Lo veo entre magueyes tiernos y se pierde en la colina, mientras el agua corre en arroyos, se escurre hacia los estanques del pueblo.



LA AUDIENCIA TÁCITA


Toda la historia de la vida de un hombre esta en su actitud

Julio Torri



Estuve presenciando la voz de un hombre menudo perfectamente vestido cuyas palabras formaban universos extraños sacados de algún palimpsesto, todas esas palabras misteriosas reflejaban que éramos dos mundos diferentes, y después se reía, me daba unas cuantas palmadas en la espalda diciéndome:

—“Las cábalas políticas mexicanas son como las amibas; se fusionan, desprenden subdividen y vuelven a fusionarse en la oscuridad palaciega sin que el pueblo se percate”[1]
—Yo le dije, al tanto que me recargaba en la pared mientras el horizonte enrojecía. “A veces los mexicanos despertamos”[2]
Él con parsimonia tomó el último sorbo de su cerveza y continuó.
—Déjate de tonterías, las cosas no van a cambiar, mejor me voy “...Haz que todo me sea alistado para la hora de partir”[3]

Cuando se fue, tentado estuve de pedirle que se quedara, pero ese no era su destino. El hombre tenía que llegar allá cuando el ocaso, para hacer teatro de mascaradas. Nos habíamos puesto de acuerdo en que yo estaría allí aplaudiéndole y diciendo que él era genial que una palabra y sólo una podría hacer cimbrar la multitud, la muchedumbre. El camino era angosto. Una monumental bajada con terrado recorría la vía; y el asfalto envejecido permitía el giro de las llantas hasta llegar a un recodo donde se tornaba a un laberinto con piedras y ladrillos a los lados. Apareció el autobús que me condujo a un recorrido imprevisible.

Después de los años, cuando el horizonte se alejó y el ocaso de nuestras vidas  se apretujaba en los años que nos quedaban de vida, nos vimos... Yo estaba aletargado en compañía  de las moscas circunvecinas y con llagas en las corneas, veía a las libélulas copular en el aire desértico del pueblo de Palomas. Atisbaba las nubes del Puerto de Palomas y me horneaba en ellas, y era mirar el huracán tras la línea estadounidense. Yo, era uno de los hombres desheredados del pueblo, mi destino me había barrido hasta esos sitios substanciales del bochornoso clima chihuahuense.

Llegó el hombre y lo reconocí. Él continuaba hablando de cosas
Extrañas e in entendibles que yo, por no ser descortés, dejé que corrieran las palabras por las lomas sedientas. Le dije de continuo, ahorrándome palabras:
—Así como el gallo tuerto come de lado, así yo con el ojo de buey me nutro de ideas a diestra y siniestra. Él con voz de amo siguió:

—Cruzaré la frontera México-Americana de indocumentado porque tengo deudas con la justicia, y también para llevar unos paquetes que son propios del negocio—Terminó diciendo al tiempo que se descalzaba de sus mocasines amielados “haz que todo me sea alistado para la hora de partir”.

Partimos hacia la garita pasando la malla de alambre por un costado de la escuela  Ramón Espinosa Villanueva con las garrafas llenas de agua. Para perdernos, sólo teníamos que equivocar el rumbo y no llegar a Columbus, cosa que sucedió. A mí me picó primero la serpiente. Él continuó, y con sarcasmo adulé su valentía, seguía cargando los paquetes de polvo. Me quedé sentado observando el entorno, despertándome de vez en cuando “tal como lo hacemos los mexicanos”. Me avivé pescando hormigas con un garfio, lo introducía en el pequeño agujero donde salen y prueban  su fiereza con el metal quemante, se escurrían de nuevo a las profundidades del orificio fresco y retornaban a morder con fuerza sobre el objeto extraño. Yo extranjero, picaba con el garfio y el sol me atacaba salvajemente en cuello y espalda. Cuando vi un solo punto de aquel hombre supe que ya no lo volvería a ver, Él continuó caminando.



Las autoridades de inmigración encontraron a los dos cuerpos calcinados por el sol, después de cinco y siete días respectivamente. Al primer cuerpo, encontrado a un costado de un hormiguero, no le dieron mucha importancia; el segundo cuerpo, lo llevaron a México, lo presentaron a los medios de comunicación con todo y hormigas, con la lengua de fuera y con
Los ojos achicharrados por el sol, con la piel negra y seca. Había muerto el llamado: “El señor de las nubes y los medios”, narcotraficante muy buscado en el continente Americano. El otro muerto, antes de morir, arrojó palabras sobre la cañada, pero no tuvo auditorio.



[1] Carlos Fuentes, La cabeza de la hidra  pagina. 163
[2] Ibid
[3] Aquiles a Elena en Obras Completas  tomo III de Alfonso Reyes. pagina. 40