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miércoles, 7 de diciembre de 2011

Las corridas de toros, Un pasaje por sus connotaciones simbólicas.




Las corridas de toros, 
Un pasaje por sus Connotaciones Simbólicas

Edgar Sánchez Quintana






El asistir a una corrida de toros es sorprendente de alguna u otra manera, sobre todo, si nunca nos ha llamado la atención. Al asistir a la fiesta brava, aparecen a nuestro espíritu nuevas experiencias, elementos ocultos de nuestro carácter, son sentidos que despiertan y se hacen presentes. Los conocimientos que se pudieran tener sobre los toros, se empequeñecen al tener la oportunidad de verlos, de apreciar en vivo tal festividad.
La oportunidad se me había presentado por pura casualidad, muchas de las cosas de mi vida suceden de esa manera, son pura chiripa; el boleto regalado lo tenía en mis manos, no había más que poner pie en el portón de la plaza de toros para poder apreciar el espectáculo. Soy un hombre dedicado a las letras, como quien dice, una ratón de biblioteca, por tal razón los espectáculos y aglomeraciones prefiero evitarlos. Hace mucho había leído un pequeño folleto de principios de siglo, donde refería que la corrida de toros era una salvajada y que se deberían de prohibir por el bien de las buenas costumbres y por respeto a las reglas más puras del cristianismo temeroso de Dios; en fin, más adelante tuve la oportunidad de leer otro texto por demás interesante sobre la fiesta brava. Era una obra de Carlos Fuentes llamada "el Espejo Humeante", en uno de sus primeros capítulos desarrolla los conceptos teóricos e historia vinculada con las corridas de toros; en la historia de este evento aparece la cultura romana, el circo romano, el coliseo como cimiento histórico de lo que vemos hoy en día, aunque haya variado tanto, puesto que en el coliseo romano, no eran solo toros, sino bestias de las más diversas clases contra unos pobres e indefensos cristianos o malechores que, por aquellos tiempos no había gran diferencia, cosa muy distinta al capoteo que se da hoy en día, puesto que en tiempos del imperio romano los hombres  eran atados a un poste central para no darles tiempo de escapar y también para facilitarles las cosas a los animales carnívoros. Y ya se han de imaginar aquello, mezcla de griterio en las gradas, el coro griego, los instrumentos de viento, tambores y cuerdas, los rugidos de la bestia, los estertores del hombre que observa como la bestia le inca los colmillos y le desgarra las piernas o el tórax; yo supongo que eso no nos resultaría muy agradable de ver por más desalmados y de sangre fría que seamos, la crueldad es algo denigrante sea para quien sea. En la época en que el imperio romano estaba en la cúspide de su desarrollo, había distintas formas de muerte para los delincuentes, otra de ellas era la crusifixión, pero esta manera de morir era muy lenta, levaba muchas horas, no había emoción, por tal razón a la gente no le gustaba ir, prefería el circo romano, que era más bien "pan y circo" para el grueso de la población. El circo romano era el sitio de reunión de clases de la ciudad, se podía ver al emperador, como máxima autoridad y luego a los senadores, a su séquito, después a las distintas castas, y finalmente a los esclavos y a las mujeres. Era un espectáculo que duraba todo el día. Al final todos se sentían complacidos: el emperador había demostrado ser quien era en su mandato, lo ciudadanos habían disfrutado y los esclavos no les daban ganas de hacer alguna rebelión.

En la fiesta de los toros se ven implicados distintos conceptos dicotómicos. Es la lucha casi metafísica entre el bien y el mal, es el encuentro guerrero entre las fuerzas salvajes de la naturaleza y el poder humano de la razón. Es una especie de confrontación entre lo irracional, lo voluptuoso y salvaje contra las leyes básicas de la óptica, la lógica y el porte gallardo y humano.  Las ideas de muerte de la bestia o triunfo del hombre sobre la bestia, nos vienen dadas desde los mitos griegos, recordemos al minotauro, personaje mitad hombre y mitad bestia, o bien, los mitos escandinavos de luchas con bestias aladas y dragones y quien triunfa es el héroe, el salvador del pueblo, el semidiós. Es el hombre quien sale victorioso -aunque algunas veces los coge el toro- de una lucha igual, cada uno con sus armas, en muchas ocasiones se ha dicho que la fiesta de los toros es inhumana, porque se hace sufrir a un animal, yo pienso que no, lo menos que se quiere es hacer sufrir, y está calculada la muerte cronométricamente que si el matador no alcanza a dar una buena estocada o le hierra varias veces, lo que consigue es la rechifla del auditorio y el castigo de la autoridad, aún también, y en muchas ocasiones, los más rechiflados y maldecidos son los picadores, quienes se deben de cuidar de no castigar mucho, porque les hacen recordar con los chiflidos y gritería muchas cosas.

En este festival de toros, me hizo recordar que, humanos, seguimos siendo carnivoros, seguimos siendo depredadores, seguimos siendo cazadores y continuamos con inteligencia, doblegando a las fieras salvajes; tal vez se piense que este espectáculo es para hombres muy machos pero se equivocan las estadísticas, puesto que realmente los que asisten a la plaza de toros en un muy buen porcentaje, son las mujeres por lo siguiente: La fiesta brava tiene su lado erótico, y esto no es invención mía, está teóricamente documentado, desde el toro con un peso descomunal, el cuerpo bien proporcionado, lo testículos colgándole, el pelaje brilloso y sus carnes fibrosas y duras y aún también la fiereza, lo salvaje, el temperamento y su sangre bañando su lomo, hasta el torero con su traje de luces bien entallado, mostrando en una como bolsa ceñida entre las piernas, el pene y los testículos. Es el hombre delgado, gallardo y bien emplomado en el ruedo, así como su simpatía, es la belleza del cuerpo viril mostrándose en un baile que me hace recordar a las aves del paraíso o los pavorreales y luego la sangre, el rojo encendido. Todos estos son elementos eróticos altamente sexuales, el ver la sangre en el lomo del morlaco  es un afrodisiaco, las banderillas son las anunciantes de una penetración en ese rojo encendido y luego la penetración profunda en esa herida, la descarga al interior con una arma larga y delgada. El éxtasis del momento es la penetración de la espada, entonces se da en el espectador una especie de catarsis momentanea y luego la calma, el respiro. Se podía interpretar como un coito público, donde no hay ganadores, es el evento lo más importante. Más de un asistente seguramente tiene fantasías sexuales o termina la tarde con alguien en la cama, y esto no es exagerar.

Recuerdo que a la salida de la plaza, un grupo de mujeres solteras y bellas hablaban de "una cogida del toro", luego se referían a ellas, lazándose una pelotita verbal, se veían muy entusiasmadas y sobre todo excitadas; camino a casa, por las calles me puse a reflexionar sobre la manera de potenciar estos eventos, viendo el resultado que asoma a las mujeres.