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Agenda de congojas: novela corta


 


E
l tianguis se ha esparcido en la explanada como tumor o como humedad en muro salitroso, los comerciantes de mayoreo llegaron desde las cinco de la mañana y algunos han colocado la mercancía desde la tarde de ayer. El rocío de la madrugada se ha depositado en las verduras frescas y verdes, en los rostros toscos y tostados, en los parabrisas de las camionetas. Los camiones de los comerciantes arman un regimiento en derredor, los hombres y mujeres bajan cajas, acomodan en los diablos los manteados y lazos, las básculas, la mercancía, tablas y burros. Es un hormiguero en movimiento, el inicio del entretegimiento económico de la capital de provincia. Es el motor comercial de la urbe de la altiplanicie mexicana.  Los espacios están regulados y bien distribuidos, allá el sol tlaxcalteca lanzando chisguetes de luz sobre las azoteas, por el frente, los friolentos atizan a un tambo leños para calentarse las manos callosas, acullá las vacas en los rediles de las camionetas expirando vaho caliente y vaporoso, aguardando con mucha calma al interesado en auscultar sus dentaduras y sobar las ancas; en otros sitios de la plaza, los tamaleros gritan, así como el del periódico, los gelatineros, los vendedores de pan, de atole y chileatole caliente, de café y café con leche. Por el lado de la panadería, por sobre los pinos del frontón de la escuela, un mechón de vapor y humo negro se descarrila en el cielo, por el lado de la fábrica Zahuapan se suelta un pitido por todos conocido, y los ruidos se avecindan: los borregos balando su soledad, el gallo ágil y tempranero despertando las plumas, los totoles inician por comer piedritas y algunas hojas gustosas; los canarios resguardados en los portales de las casas presumen su amarillo al señor sol que parece que navega sobre el río Zahuapan, las campanadas de la iglesia llamando a misa de seis, el grito de los periodiqueros —¡el sooool, el sooool!— y aún más vagidos, más validos, y ahora perros ladrando entusiasmados por un concurso de perra en celo, así como los cuervos en las copas, o en  el lirio acuático. El ruido del camión con motor a diesel va traqueteando su llegada. Se despierta la gritería del mercado, la de los mercaderes y los marchantes, la de los sonidos que se enganchan en un barullo complejo de sonidos, e intrincamiento de olores, de colores, formas, gustos. Es el sitio que late socialmente cada sábado, lugar de reunión entre pobres y ricos, clase media y vagabundos; zona de dramas, jolgorios, intrigas y traiciones entre otras muchas cosas, pero nuestra narración no tiene que ver del todo con  el tianguis sabatino sino con Francisco Barrios  que es uno de nuestros protagonistas, él era comerciante y trabajaba en ese lugar, no sólo este día sino durante toda la semana, excepto el lunes, que era el día que viajaba a México para comprar mercancía. Francisco Barrios llegaba por lo regular al derredor de las siete  al mercado, y descargaba de la camioneta algunas cajas de su mercadería. El tenía un local dentro del inmueble y en ocasiones, cuando su esposa tenía tiempo, ponía otro puesto afuera, en el tianguis, para vender en dos sitios distintos.

Javier Pérez Ortega se despertó desde las siete treinta, duchado, se vistió con camisa Manchester, ropa interior Rinbros y pantalón de vestir, leyó el periódico en la sala mientras sorbe café que le ha preparado su hija Carmen, ella irá a la ciudad de Puebla a unos asuntos de la Universidad, estudia contaduría publica. En el periódico que lee Javier aparecen las fotografías de las candidatas a señorita Tlaxcala. La sala es cómoda y amplia, se encuentra en la planta baja donde también está el comedor y la cocina. La casa no es de gran lujo, pero sí tiene ápices que demuestran que ha habido abundancia, hay  dos estatuillas en bronce de toros y una más con un torero en el pase capoteando al astado. Hay en el mueble principal de la sala en madera de pino entintado color cedro, a un lado del televisor, un equipo estereofónico Philips modelo SPX. 1500 TAPC sintonizador-amplificador AM-FM y FM-Estéreo, grabadora, reproductora de casetes, tornamesa automática, pastilla magnética y dos bafles APX 1500 100 WATS musicales. Así como fotografías con el exgobernador, la foto familiar y un escudo con el emblema de Tlaxcala en aluminio, así como también la enciclopedia, los libros de contaduría, y tres tomos encimados y recién comprados: Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez.  Los hombres de ovni  de Pedro Ferriz  y Christian Siruguet y  Operación Jesucristo de Og. Mandino. La casa es muy amplia, tan amplia que podría caber una escuela particular. Habitación para cada hijo, tres baños completos, cocina con alacena amplia, cisterna y garaje para tres carros, estancias, portales y balcones, más allá un huerto con árboles frutales como ciruelo, chabacano, limón, aguacate, tejocote, membrillo  zapote, y  abajo la alfalfa verde y jugosa. En la cuchilla más apartada de la finca hay un gallinero con aves bien alimentadas, no falta la gallina clueca y el afilado y colorido gallo de pelea. Javier prepara en estos días la programación que tendrá la próxima feria de Huamantla, es el presidente del organismo de planeación de esa feria y este sábado ultima detalles con las rancherías, que participarán en las charreadas, con los dirigentes de los clubes de rancherías en otros estados y con los publicistas que se interesan en la fiesta charra; además, bosqueja la elección de los mejores días para este  tipo de actividades.

Tlaxcala amanece, se despierta y le han sembrado un tianguis. La mancha comercial ha crecido y ocupado las calles más cercanas al mercado. Los manteados estallan en coloridos, así como los productos allí vendidos que van desde los distintos verdes de las legumbres y frutas: verde limón, verde olivo, verde aceitunado, verde obscuro, verde fresco casi menta. Y así los amarillos fantásticos, surrealistas, hechos en otro mundo pero plasmados en la fruta fresca, en los productos de la tierra. El negocio de Francisco Barrios se emplaza en el interior del mercado, se expone como un pellejo extendido, pero la multitud de cilindros, recipientes, casos, artículos del hogar y enseres cotidianos, hace asemejarse como una accidentada zona de trebejos apilados. Francisco tiene sus amigos: Don Eliseo, que es el de la zapatería “El  borceguí”, Don Martín que es el vecino de junto, aquél cuyo negocio es la florería, entre otros, y Trinidad García Flores, madre de Francisco Barrios, se dedicaba a vender flores, fruta de su huerto entre otras muchas cosas, todo ello  obtenido de los terrenos de labor, de los animales, y de su casa; ella era una mujer incansable que pocas veces se le veía haciendo nada. Ella vivía en Tepehitec y vivía a cien metros de donde vivía Javier Pérez Ortega. La relación que tenía Francisco en el mercado era de compañerismo, eran las veces en que las ventas eran malas y todos compartían el mismo infortunio, o también las veces en que alguno de ellos necesitaba cambio y entre ellos se prestaban dinero. La vida en el entorno de trabajo como lo era  el mercado por lo regular se daba a conveniencia, era el centro de comercio donde obtenía cada uno su subsistencia, se conocían entre ellos mañas, traiciones, robos y defectos.

La ciudad de México luce un vaho lechoso y estático; tiñoso, por la amplia capa de smog que le cuelga como papada. La enloquecida cotidianidad se abalanza a tomar sus horas diurnas. Las fábricas con sus cucuruchos van barnizando el ambiente. Los edificios y casas ponen su mejor cara a la mañana. Los mercados, comercios y supermercados han inaugurado sus ventas con vocinglería: gritos, sonidos, zumbidos, y chiflidos de arriero; parece una alharaca por todos lados desvalagado. Se da todo con carnavalezco entusiasmo. En las austeras calles y callejas o bien en las tiendas departamentales y supermercados afamados o de clase media, hay la compraventa, el cambalache o el infaltable robo. Los acueductos transpiran la hediondez de la ciudad cosmopolita, su patología no tiene futuro, y su presente se aprecia gustoso, propio de mexicanos. El restaurante donde se han quedado de ver es el “Chez’ar restauran”, ubicado en reforma # 276 en la Zona Rosa. El restaurante luce su mejor vista con muebles en madera laqueada y superficies con formica en negro y encarnado. En la arquitectura interior domina una delineación afrancesada con influencias europeas, hay la máquina de café con su brillo bruñido, la barra con sus asientos que parecen champiñones uniformados; los cuadros decorativos con paisajes franceses y alemanes, en tanto que en los muros frontales lucen algunos cuadros de artistas impresionistas. Los meseros con cara totonaca y aborigen, con atuendos clásicos: camisa blanca de manga larga, chaquetilla abierta al frente, pantalón obscuro y moño negro; es su tradicional vestidura, van y vienen  atendiendo a la clientela. Los cuatro socios citados allí se dedican al crimen, son medianamente profesionales, su oficio va desde el robo insignificante a los transeúntes, el asalto a casas, pero su especialización son los asesinatos, entre ellos dos a políticos y uno a comerciante insumiso. La mesa es para cuatro, Daniel Sánchez Cervantes es el cabecilla, tiene otros dos colegas que son Feliciano y Manuel; han acordado la reunión para ver las novedades, y “el encargo para Tlaxcala”. Hablan con total soltura pero tienen un lenguaje que entre palabras se oculta las acciones y los proyectos. Después de desayunar toman café y esperan al Diputado Silvestre Ocampo Uribe. Las recomendaciones habían llegado desde “el trabajo que habían hecho” anteriormente y  también por altos cargos de la policía. Habían sido muy buenos dentro de la corporación pero por cuestiones económicas prefirieron dedicarse al jugoso negocio del crimen organizado. Ellos eran miembros de una amplia rama de la criminalidad en México, “formaban parte de la familia”. Los objetos de su negocio lo eran desde la droga, la prostitución, falsificación de documentos, el hurto, el secuestro y asesinato, entre otras. Su radicación estaba en México, pero en esta ocasión irían a provincia. Ésta situación no era del todo agradable porque desconocían la topografía y otros informes de contexto para trabajar con éxito. A los tres socios les gustaba la buena vida. Así como les llegaba el dinero así lo gastaban, comían en  restaurantes de más o menos  buen gusto, o para clase media, y por las noches asistían a los bares de la  “Zona Rosa” o en las actuaciones que se presentaban ora en el “Moroco” con Johnny Laboriel  o bien en la “Madelón” con Gualberto Castro y  la carabina de Ambrosio o también en “Casa Blanca” con Chavelo, Beto el boticario y  Gina Montes o si no, en el “Marrakesh” con Armando Manzanero, en fin, eran muchos los lugares a los que podían asistir y a los que les gustaba frecuentar. El licenciado Silvestre Ocampo Uribe era diputado por  el partido de las fuerzas revolucionarias (PFR) Era un influyente hombre de la cámara que hacía hasta lo imposible para conseguir sus objetivos, uno de estos objetivos era obtener una secretaría en el próximo sexenio, se acercaba la elección federal a gobierno de la república y era el momento propicio para quitar a un lado a los enemigos más cercanos. El Licenciado Silvestre, tenía intereses puestos en el renglón energético, así como una industria que se beneficiaría en gran medida con influencias de los altos cargos, razón por la cual, su tirada era ponerse como único y más apto para ocupar el puesto de secretario de energía en el próximo periodo sexenal. El licenciado Silvestre Ocampo Uribe tenía un rival para el puesto, era  David Sosa Yañez quien había tenido el puesto en la comisión de energía en la cámara de diputados y tenía muy buena relación tanto con delegados sindicales como con los altos funcionarios de la rama de energía y también con el actual presidente de la república así que era un rival a vencer, sabía que no había modo de ganar de manera limpia, así que contrató a unos malandrines para que, o bien, provocaran un accidente o asesinaran a David Sosa Yañez, razón por la cual se citaba con los hampones en el “Chez’ar restauran”. El diputado, con traje completo en gris, su fleco lacio y escurrido hacia la derecha, con zapatos cómodos en piel fina de vaca. Tenía el perfil de bollo, y sus ojos lucen un café de maldición, era entonces todo un personaje de la política. Su saludar ceremonioso, acostumbrado a dar la mano a todo el mundo, a ser el punto central en las conversaciones, a obtener de los demás, favor y provecho. Saluda al Administrador, con quien tiene carta abierta, a Guillermo, su mesero de siempre a quien le pide un café americano y un vaso con agua, saluda algunos comensales en las mesas contiguas hasta llegar a ellos: los impacientes colegas. La conversación gira en torno a los negocios y se desarrolla con soltura y sin reticencias, describen los modos y las fechas, los pagos y las acciones secundarias. “La movida” sería el día domingo en la tarde en Tlaxcala. Se sabían el itinerario que seguiría  David Sosa Yañez del día lunes fecha en que ocurriría el accidente, irían a la casa del “Lic.” “A amarrar asuntos” mientras tanto también tienen pensado ir a algún lugar esta noche a “festejar el cierre del negocio”.

Rosa Vargas Ha llegado a hora oportuna a Zacatelco para ultimar los detalles para la reunión con los campesinos del lugar, tratarán de sus problemáticas y de los fondos para créditos a agricultores, ejidatarios y pequeños empresarios.  Ella es una mujer corpulenta, grande de estatura, pelo corto y lacio, nariz un poco aguileña y frente estrecha, el mentón contraído y pómulos delineados, hay facciones en su cara que invitan a estarla mirando, pero tiene otros que más bien son masculinos como las cejas pobladas y las orejas grandes. Ella tiene la edad en la cual se dice, es la mitad del camino, su vida a transcurrido con tranquilidad, a tomado lo que la vida le a dado, todas las mejores oportunidades no las ha dejado pasar y siempre ha estado en el lugar adecuado y con las personas más idóneas. Su vida amorosa ha sido de un accidentado camino, tuvo dos novios en la adolescencia y otros amigos, pero ninguno de seriedad como para casarse, porque le exasperaban los desplantes masculinos y porque a decir verdad no le gustaban, prefería estar enamorada de una mujer hermosa de piel suave de durazno; ella conocía como ningún hombre el sentir pasional de una mujer, los puntos de excitación y los tiempos lentos para que nazca un orgasmo de inmensa gratitud. Tenía amigas que no se negaban, al sobo y toqueteo o bien a acostarse con ella, era algo no muy natural, pero que la sociedad dejaba que acaeciera sin el mayor escándalo.  En la noche, Tere se quedó en su casa, ella tenía el cabello negro  que le daba a los hombros, pechos hermosos y cadera bien distribuida. Era un cuerpo digno de mirarse. Se bañaba. Con pausas, pasando el jabón por cada pierna tersa y firme, como reconfortándose en el chorro cálido. Después de bañarse, Rosa la esperaba en la cocina. Cenando pollo, café y pan tostado, disfrutaron de una conversación sobre el trabajo. La visitante tenía un negligé de seda negro. Se veía diligentemente apetitosa, como una fruta con envoltura de lujo, de esas que son sólo para exportación o para restaurantes de cinco estrellas. En la recámara, Tere se acercó al espejo y empezó por rizarse las pestañas. Tenía aún el pelo húmedo. Rosa tomo el aparato y rizo las suyas, era el inicio de un juego sexual, la iniciación amorosa entre las dos. Rosa, sentada frente al espejo acercó a la muchacha y ella se montó en sus piernas frente a frente. Los pechos de ambas frotándose, se acoplaban unos senos encima de otros, acoplamiento que hace recordar al ajuste de las chumaceras en el árbol de levas. Rosa acercó el artefacto a los ojos de la joven. Las rizó, después fue bajando las pinzas hasta ponerlo frente a los pezones. Rozó el montículo y la erección morena. Apretó ligeramente. Fue el comienzo de caricias, besos, escarceo pausado y al mismo tiempo fogoso. La noche resultó mutuamente placentera. Un pensamiento que compartían era: “No necesitamos de los hombres para el sexo, ellos son unos animales.”  Rosa Vargas tiene la  profesión de Licenciada en Derecho por la Universidad Autónoma de México. Ha tenido diversos cargos públicos y es una mujer consentida por la actual administración, es la secretaria particular de Pedro, el gobernador actual. Su futuro dentro de la política pinta muy bien. Ha tenido oportunidades para irse fogueando en el ambiente público y es ella quien organiza a las gentes en las reuniones que tienen con el gobernador, resuelve asuntos y administra la diversidad de cuestiones que tiene que ver con la agenda de un mandatario.


DOMINGO 7 DE JUNIO




E
l sábado habían estado buenas las ventas, era tiempo de benéficas temporadas y Francisco Barrios no se quejaba, pues había poca competencia. La mercancía de plástico y peltre la compraba por mayoreo en la Capital de México e iba una vez por semana, en tanto que la mercadería de barro la adquiría en la Trinidad Tenanyeca y el pueblo de Xochimilco, Tlaxcala. Mañana se iría a México a comprar mercancía y la tarde la dedicaba en descansar y alistar la camioneta para el viaje del día siguiente. La capital se encontraba a dos horas y media, pero él aprovechaba la mañana para conseguir los mejores precios a buena hora, además de que ya tarde empezaba a llover y por “Río Frío” se ponía muy pesada la niebla. Estaba la autopista y por ella circulaba seguro. El clima en los días llegados habían sido serenos, dos lluvias por semana y un que otro chubasco azaroso, sin tanto viento, ni granizo, sol intenso en el medio día y noches templadas y silenciosas: Era un pronóstico que a todos beneficiaba. Sobre todo a Francisco Barrios pues una familia de cuatro hijos: Alejandra, Martín, Matilde y Carmen era pesado en tiempos de carestía. La familia descansa el domingo, durante la comida observan una película de Pedro Infante. Más tarde es el programa de variedades “Siempre en Domingo” el que los entretiene. Los anuncios son de coca cola y sabritas. Su televisor en blanco y negro es cuadrado y de pantalla algo abombada, hay momentos en que se distorsiona la señal por los vientos o por el paso de algún estrepitoso camión. Su televisor de color café hace combinación con el juguetero colocado a la izquierda, es allí donde van colocando los minúsculas piezas, recuerdos y promociones de algunas compañías refresqueras y de panquecitos, que van desde colección de coches,  repertorio de artilugios voladores, avioncitos armables y conjunto de barcos; enseres de guerra en miniatura y estampas de la película de moda de Walt Disney; hay además, colgados en los muros de la habitación, distintos almanaques con paisajes diversos. Los calendarios han sido regalados por los amigos del mercado y por los comerciantes que surten de mercancía. El sillón es de diseño colonial, en color obscuro, los cojines que lo cubren son anaranjados con flores amarillas y blancas. En el centro de la pequeña sala hay una mesa circular que hace juego con toda la estancia, hay en ella una maceta con una violeta africana y sobre la mesa una carpeta color hueso con diseños de flores en blanco, amarillo y violeta. En veces  como esta, la señora gusta consentir a su familia con palomitas, chicharrines, y botanas distintas. En veces son las visitas, amigos, compadres y parientes los que hacen un domingo distinto y relajado. Hay también las ocasiones en que salen de día de campo con la familia de la señora, con los compadres o bien a los moles de las distintas fiestas de la región. Francisco Barrios García descansa. Es comerciante de loza y utensilios de plástico. Paco es gordo y chaparro, sonriente y de carácter suelto, tiene amigos por toda la ciudad, le gusta vivir sin complicaciones, la vida de trabajo, pero no en exceso, su personalidad es seria pero sabe reír, festeja cuando se puede, y trabaja lo suficiente como para mantener a su familia y no se mata en el trabajo, porque sabe que todo tiene su medida. En el mercado nuevo apenas lo están localizando sus clientes anteriores y sólo falta que todo vuelva a la normalidad.

El auto parte de la casa del gobernador hacia el palacio de gobierno, circula por el bulevar Mariano Sánchez —la calle por donde podría salir el trayecto más sencillo es por la Primero de Mayo, pero está en construcción la Plaza Juárez— y da vuelta por la calle Diego Muñoz Camargo hasta llegar a la Plaza de la Constitución y dar vuelta para circular frente al portal grande y luego hacia el estacionamiento de gobierno ubicado en la calle Lardizabal. El palacio de Gobierno con una arquitectura que inicia desde el siglo XVI se beneficia de la consistencia rocosa de los muros, de los remozamientos periódicos, de los cambios para acoplarse a los tiempos cambiantes de la época, es aquí donde se llevan a cabo los actos tanto públicos, como los asuntos particulares con el gobernador. El Gobernador Pedro Castillo González tiene un acto protocolario en el salón rojo del Palacio de Gobierno. Tomará la protesta  de ley a los integrantes del comité ejecutivo estatal de la federación de la C.T.M. Más tarde irá a comer y por la noche asistirá al certamen de Señorita Turismo Tlaxcala 1981.

Han llegado desde la tarde y pasaron al lado de la vía a comerse una torta. Los tres malandrines vienen de México. Le harán un arreglo al auto de David Sosa Yañez que más bien va a ser un desarreglo. El chofer anda alistando el coche, revisando y llenando el tanque de la gasolina. El cofre de los malandrines está abierto, saben que pasará por allí el chofer. Cuando ven que se aproxima, Daniel  se pone en la carretera y agita las manos en señal de ayuda, cosa que de alguna manera obliga a detener la marcha. El chofer se detiene y ofrece ayuda:
— ¿Les puedo ayudar en algo?
—Sí, no sabemos que tiene el carro. ¿Podrías ayudarnos? —acierta a decir Daniel. Feliciano se hace como que le mueve a los cables que van hacia las bujías.
—No sé mucho pero a ver— el chofer se baja y se acerca al motor. Manuel, escondido entre la cuneta y hierbajos repta bajo el auto del “Lic.” y con herramientas apropiadas hace el trabajo.
—Préndanlo para ver como hace.
—Félix, échalo a andar, —chirric, puf, puf, puf, chirric, puf, puf, puf.
— ¡Ya con eso!, creo que es porque no le llega la gasolina al carburador. ¿Sí tienen gasolina?
—Sí, tiene medio tanque. —grita Felix desde dentro del auto.
—Le estuvimos revisando las bujías pero sigue igual y no habíamos tenido fallas desde que salimos de Puebla.
— ¿Vienen de Puebla?— pregunta el chofer tratando de hacer la amable plática. Sus manos revisan cada parte del auto que tenga que ver con una posible falla.
—Sí, vamos a Huamantla a visitar a un compadre.
— ¡Ah! Ya se acerca la feria, yo cada vez voy a la Huamantlada y a ver las alfombras, se pone bueno, se las recomiendo. —Manuel continúa aflojando tornillos y  dañando tubos en la parte trasera, sabe que los daños deben pasar desapercibidos para que el accidente sea visto como percance y no como otra cosa.
— ¡Aquí está el problema! Pues si no está conectada la manguera que viene del filtro de la gasolina al carburador. Présteme el desarmador para aflojar la abrazadera. Ajá, así, mm. Ya está. A ver. Enciéndalo. chirric, puf, puf, puf, chirric, puf, puf, puf. , Run, run, run, Run, run, run. ¡Allí está! La cosa era buscarle, bueno  yo me voy. Que tengan buen viaje, —Cuando Manuel escucha encender el motor del auto supuestamente descompuesto se desliza fuera del auto y se esconde entre las matas, en el borde del camino. Se queda agazapado para pasar desapercibido.
—Gracias joven, no sabe como le agradecemos, si no fuera por usted, seguro nos quedábamos aquí atorados. Ya habíamos pensado ir por un mecánico a Apizaco, pero, no conocemos por aquí, y seguro nos cobraría un ojo de la cara. Pero dinos cuanto es.
—No, no es nada, si era cualquier cosa, y además, era un favor, si no fue la gran cosa y tenía algo de tiempo, además de que vengo sin el patrón, porque si fuera con él ya parece que me voy a detener. Bueno nos vemos.
—Sí, gracias, hasta luego, y muchas gracias. —El auto del chofer arranca y se pierde en el camino. Los dos malandrines observan la cuneta y como va saliendo Manuel entre el herbazal.
—Que onda, la hiciste gacha o no.
—Ja, Pues soy un profesional güey, aunque no tuve mucho tiempo. A ver que sale.
—Y ahora que.
—Vamos a Apizaco a dar una vuelta y luego a un hotel a conseguir un cuarto, tenemos que estar listos temprano para seguir al “Lic” de cerca y a ver si sale bien el asunto.

Desde la entrada del centro de convenciones de Apizaco, hay una algarabía y movimiento desde el día anterior. Justo frente, hay una manta con el letrero: “Certamen señorita turismo Tlaxcala  1981” con una corona pintada al centro y con diamantina ribeteada, hay en la parte principal del salón, una pasarela adornada con margaritones entre otros adornos florales. Las mesas están casi apiñadas unas a otras, la ventilación es pobre o más bien nula. El pronóstico es que el sobre cupo y la mala aireación hará una noche de incomodidades.

Las nerviosas concursantes están  impacientes, se hablan y se confiesan entre ellas, son mujeres hermosas, bellas, dentadura impecable  y pelo largo de distintos colores: trigueño, negro, rubio; el rímel y rubor realzan sus encantos, los cortes son de mucho tubo, como bucles artísticos. Sus encantos van desde una cara hermosa, pechos de buen tamaño, estatura que destaca el porte, trasero atlético y voluminoso, y movimientos sensuales de mujer tipo: Marylin Monroe. Entre ellas está: María Elena Miranda, Begoña García, Patricia Carmona, Paola Cobarrubias, Lourdes Cancino, Olga Gamboa, Mónica Cortazar, y Elena Verconcti, entre otras. Se visten con traje de noche, algunos vestidos son largos y escotados, otros son largos con tirantes a los hombros, otros llevan un escote amplio a la espalda, los hay que son de grecas y tablones, enchaquirados y con brillos, son negros, pardos y ligeramente transparentes, brillosos y dorados; especiales para deslumbrar al más distraído. El gobernador ha llegado con Rosa Vargas, Don Vicente, secretario de turismo, y otras distinguidas personalidades de la política, la administración pública, la iniciativa privada y ganaderos de renombre en el Estado, entre otras muchas familias burguesas, de clase media y reporteros. El gobernador llega con un traje negro en casimir a rayas, corbata lisa en café y corte de pelo reciente, tiene un puro en la mano, su mesa está en un lugar privilegiado; hay en ella, una botella de ron, hielos, agua mineral y refrescos de cola, son elementos que a lo largo de la noche serán substituidos por otros con mayor grado de alcohol o de mejor calidad. El concurso de divide en la fase de semifinalistas, de finalistas y ganadora y tiene tres etapas y cada etapa con calificación, y son en traje de noche, en traje de baño y la serie de preguntas que se le hace a cada una sobre cuestiones del Estado de Tlaxcala, en torno a la realidad nacional, y así como su pensar de las buenas costumbres y la moral. Las concursantes desfilan en traje de baño en negro con un nudo al centro de los pechos, pasan entre arreglos florales, usan zapatillas, razón por la cual una de las concursantes llamada Patricia Carmona hizo el ridículo tropezándose con un florero. En la serie de preguntas, resultaron salir todas muy bien, tal parece que las respuestas ya se las sabían de memoria. El ambiente se enardece en las semifinales con porras, aplausos y griterío. La favorita del Gobernador es a la que le aplauden más, hasta allí se ve la “cargada”, el “dedaso”. La ganadora con la corona, y su listón significativo avanza por la pasarela, llora de felicidad, las otras la abrazan y felicitan. Tienen sudor en el rostro, el calor y luego allí en el tablado, no es para menos, pero que importa, todos aplauden con efervescencia incluso Daniel Sánchez Cervantes, Feliciano y Manuel quienes han llegado desde el principio y han estado atentos a las piernas de las concursantes. Han realizado su trabajo y con copas encima disfrutan de la noche. La cruda según parece va ha ser considerable a grado que no se darán cuenta —como tendrían que hacerlo, a distancia prudente— de “la resolución del negocio”.

La casa del Exgobernador está rodeada por tierras planas y fértiles al este de la ciudad de Apizaco, Tlaxcala. Es la zona donde se siembra: maíz, trigo, y  sorgo entre otros granos. La casa parece una isla entre las tierras. Su portentosidad se asemeja a una hacienda que ha sobrevivido a las vicisitudes que ha tenido la historia, Su modernismo se entrecruza con la finca ranchera y mexicana. La arquitectura es propia de la colonia, con muros altos y churriguerescos adornados con cornisas clásicas y gárgolas propias del siglo XVII. Las nervaduras que soportan los techos son de riel, y los muros de cantera. Los pisos de los corredores son de petatillo, las jardineras son de piedra llamada Xalnene, hay por todos lados herrería de forja, talavera y cantera labrada; jardineras, balcones con macetas y arcos que ornamentan  la alberca techada. El bar está bien surtido. Al asador en el jardín le hace compañía una carreta vieja que adorna con plantas colgantes. Se escucha a lo lejos, por las caballerizas un relincho, El capataz desensilla su yegua y la pone a la sombra. 

El despacho del licenciado  David Sosa Yañez está acomodado en una habitación contigua a la sala, por un vestíbulo secundario. Hay en la cómoda un sinfín de cosas: recuerdos de Europa, artículos, proyectos, planes, discursos, oficios y demás documentos, en el escritorio está la máquina de escribir, el porta lapicero, el lapicero, libros diccionarios y papel. En las paredes hay pinturas de José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y Rufino Tamayo. En el librero no faltan los libros clásicos de abogacía, de informes de gobierno de: Adrián Vázquez Sánchez, Felipe Mazarraza, Joaquin Cisneros M., Anselmo Cervantes, Crisanto Cuellar Abaroa; Legajos de propuesta de leyes. Compilaciones de discursos famosos de José Martí, de Fidel Castro y del Che Guevara; de Enrique Rodó, Benito Juárez y de algunos de sus maestros como: Lombardo Toledano, Samuel Ramos, Carlos Pellicer, Antonio Caso y Manuel Gómez Morin entre otros.

En algunos discursos de él, sobrepuestos en la gaveta se lee: “sólo el trabajo genera riqueza, sólo nosotros somos arquitectos de nuestro propio destino” y más abajo: “viejas de siglos son las carencias y las aspiraciones de los tlaxcaltecas. Un sexenio es apenas un breve lapso en nuestro proceso histórico. La adversidad económica y los marcos de pobreza que todavía rodean a una parte importante de nuestra población, exigen de todos nosotros una acción promotora y de cambio, de mentalidad y de estructuras sociales” y más adelante: “Debemos revitalizar nuestros mejores atributos como pueblo mestizo, mitad indio y mitad español, inquebrantables y decididos, persistentes y laboriosos, para sobrevivir y perdurar en esta tierra de nuestros mayores para vencer la adversidad con el trabajo creador y la voluntad de progreso insoslayable” y luego: “Mientras tenga un hálito de vida, lucharé, serviré  amaré y  respetaré a Tlaxcala, creeré en sus hombres y en sus mujeres, en sus jóvenes y en sus niños, como en las mejores luces del pensamiento dignificante y enaltecedor de la vida de mi pueblo…Haremos de Tlaxcala una hermosa ventana de la provincia, al amparo de su marco colonial y del signo estoico de su historia…ciertamente somos un Estado pequeño, pero todos los días hemos realizado algo para hacerlo un poco más grande”

David Sosa Yañez, atiende a la lectura del libro en sus manos. Su pensamiento se fija en la grafía, Su espíritu está en total calma. Los sonidos en torno son apocados por las cortinas y el tapete oriental, hay sin embargo, cuchicheos lejanos de las sirvientas que hacen los últimos quehaceres del día o que se dirigen a sus habitaciones. Es un hombre maduro, canoso, de frente amplia, tiene pequeñas bolsas bajo los ojos, son ojeras que podrían confesar un exceso de uso de la sal en la dieta o enfermedades en el riñón. Tiene ojos expresivos, grandes, lo mismo que la nariz y las orejas razón por la cual hace recordar las facciones españolas y tal vez rasgos franceses de los Pirineos. Continúa la lectura, su mente despierta, amplia, consumada en las acciones, en los discursos, en el trato con la gente. En casa está la familia completa. Refugio Ruiz de Sosa, es la esposa de  David Sosa Yañez y sus hijos Isauro, Miguel, Blanca y Luis Sosa Ruiz.

Isauro Sosa Ruiz, trabaja en México, es el director regional para México y Centro América del CITIBANK N.A. es el hijo mayor y está casado con Rosa Magris tienen un hijo que se llama como el abuelo. Miguel está en la maestría y pronto se titulará, y Blanca sigue los pasos de su padre, ha estudiado Derecho en la U.N.A.M. Y tiene un despacho, seguramente en próximos años será diputada y tendrá puestos públicos. El Más chico se ha dedicado a la hacienda y los negocios conoce muy bien sobre exportación por su hermano mayor y la fábrica ha fructificado durante el sexenio de su padre. Las reuniones de la familia son periódicas y continuas, hay una comunicación incesante entre ellos, y la madre es un monolito de atracción hacia la casa grande, las fiestas decembrinas, vacaciones y cumpleaños, así como día del padre y de la madre, la pasan juntos; en ellas no faltan los tíos, primos sobrinos, y parientes, así como compadres, amigos antiguos, amistades de la industria, de la política, de la iglesia y de la añeja burguesía de provincia y de la capital.


LUNES 8 DE JUNIO




L
a camioneta donde viaja Francisco es una Chevrolet blanca de modelo 68 con caseta café sin llanta de refacciones. Tiene golpes en ambas defensas y el parabrisas tronado, carga en  la visera para protección de los rayos del sol una estampa de San Francisco de Asís y un rosario de cuentas de vidrio enroscado en ella, la tapicería es gris, la cabina espaciosa, cómoda y suficiente. Francisco Barrios había puebleado con ella en décadas anteriores, había andado por Puebla, por Atlixco, por la sierra Poblana, por San Pablo del monte, por el lado de Huamantla y en pueblos de lo más escondidos, en sitios por demás dejados a la buena de Dios. Francisco viaja a México para comprar la mercancía, ha pasado a hacer el pedido en la Trinidad Tenanyeca y por la tarde cuando regrese de México lo recogerá. La autopista es segura, aunque tiene muy poco acotamiento en la orilla y por Río Frío en la subida, llega ha ver colas de coches debido a camiones lentos o muy cargados. Mientras observa las líneas de la carretera atisba de momento el paisaje del Popocatépetl y el Iztaccihuatl, sus cimas nevadas y nubosas y en las bases el color verdoso pardusco del bosque de coníferas. El tránsito es moderado, no hay en el día nada extraordinario, todo ocurre con normalidad. Pasa el pueblo de Río Frío e inicia el descenso hacia la ciudad de México, sintoniza la XEW, sabe que en esos sitios tiene buena recepción. Pasa un auto a velocidad y no le toma importancia. Más adelante al dar una curva ligera antes de tomar otra más prolongada descubre que acaba de haber un accidente, un carro debido quizá al exceso de velocidad se ha ido a estampar a un árbol por su lado izquierdo, el auto es un Chevrolet modelo Caprice, el polvo del choque aún no se disipa del todo, detiene su camioneta, se baja y observa con prisa el auto chocado, —¿puedo ayudarles en algo, están ustedes bien?— adentro del auto están inconscientes dos de los  accidentados, observa que uno de ellos, el que iba en la parte trasera, es el exgobernador  David Sosa Yañez, tiene golpes en la cara, en la frente de lado izquierdo y en la base de la nuca. El otro es el chofer, se ve que tiene algunas costillas rotas, lesiones en la cara  y en el cuerpo. Los otros dos, el copiloto y otro acompañante más, están tirados fuera del auto, en crisis, con dolores y sangre en el cuerpo. En eso se acercan tres personas más.
— ¿Hay heridos, cuantos, usted vio todo?
—Cuando me detuve ya había pasado, parece ser que les gano la curva, o tal vez  le pisaron fuerte al acelerador y no la lograron, parece que aún viven, han de estar inconscientes, los otros dos puede que tengan sólo golpes y fracturas, están más o menos, pero este de aquí atrás creo que es el exgobernador de Tlaxcala… se ve mal.
— ¿Usted lo conoce?
—Sí p’s yo vivo allá y además conozco a Javier Pérez Ortega que era su secretario.
—Ya avise por radio, la ambulancia se va a tardar yo creo que como quince minutos, la Cruz Roja más cercana es la de Chalco. —dice otro chofer aproximándose.
— ¿Los sacamos?
—No, allí los dejamos no sea que tengan alguna vértebra dislocada, o el cuello y resulte peor.
—Yo me sigo, voy a avisar a Tlaxcala para que den parte a sus parientes. ¿A donde creen que lo lleven, a que hospital?
—Allí en los Reyes llevan a los que se accidentan  por aquí
— ¿En que Kilómetro estamos?
—En el 26 ½
—Hay nos vemos— Francisco enciende el motor y se dirige a México, después de algunos minutos en carretera, atisba a la ambulancia que viene con celeridad con la sirena encendida y aullando por la carretera. Francisco llega a la gasolinera, entra al restaurante y pide el teléfono, marca el número de Javier Pérez Ortega:
—Javier, habla Francisco Barrios, el hijo de Doña Margarita. ¿Si te acuerdas quien soy?
—Sí, como has estado. En que puedo servirte.
—Fíjate que tengo malas noticias, el Lic. David Sosa Yañez tuvo un accidente aquí en la autopista México-Puebla.
— ¡Pero… cómo! No es grave…verdad.
—Pues no sé, yo lo vi mal, estaba inconsciente él y su chofer. Iba con otros dos más. No sé quienes sean, no los conozco.
—Gracias por avisar, ahorita mismo voy a hablarle a doña Refugio y a sus hijos. Gracias… ¡ha! Oyes, en que hospital crees que va a estar.
—Creo que lo van a llevar, o ya lo llevaron al hospital de Emergencias de los Reyes.
—Bueno, otra vez gracias. Voy a comunicarme de inmediato. Hasta luego. —Javier cuelga y vuelve a marcar. Habla a la casa del Lic.  David Sosa Yañez.
—Sí diga. ¿Casa de la familia Sosa Ruiz?
— Habla Javier. Comunícame con Doña Refugio, es urgente. — La sirvienta camina con agilidad hacia donde está la patrona. La señora da indicaciones.
—Señora, habla El señor Don Javier, dice que es urgente. — la señora va hacia el auricular, sabe que si no fuera importante, Javier no la llamaría a ella. Se preocupa y presiente situaciones de sobrecogimiento.
—Sí, Javier, dígame…
—Le tengo una mala noticia. Me acaban de avisar que David Sufrió un accidente en la autopista a México.
— ¡Dios mío de mi vida!,¡Ampáranos señor! ¡Pero cómo! …
—No se preocupe tanto, seguramente no es cosa grave. El coche que trae es nuevo y muy seguro, además de que lo conduce su chofer y él es precavido.
— ¡Hay Dios Santo que no le haya pasado nada grave! … Isauro está en México, y también Miguel…
—Sí, no se preocupe, yo me comunico con ellos, ahorita mismo. ¿Está allí Blanca y Luis?
—Ajá, ella está aquí y Luis salió para arreglar unos asuntos de la fábrica. Hay Dios Santo bueno, Gracias Javier, este… Nos vemos en México… este… ¿En qué hospital crees que estará?
—Me dijeron que podría estar en el hospital de emergencias de los Reyes.
—Bueno, allá nos vemos.
— ¡Hay Dios, de mi vida santa! Blanquis, Blanquis, Hija, donde estás, ¡María! Busca a Blanquis, hubo una tragedia. ¡Hay, Dios nos ampare de algo grave!
—Diga señora… que pasa… que le pasa.
—El señor sufrió un accidente en la carretera. ¡Dónde está Blanquis!
—Chin. Pos crío que se estaba bañando seño.
—Hija apúrate, tu papá tuvo un accidente en la carretera. ¡Vamos rápido a México!, Hija apúrate.
— ¡Virgencita santa! Pero… ¡cómo! Quien te dijo eso. —pregunta la mujer vistiendo una bata de baño y una toalla a la cabeza, aunque sin maquillaje, la mujer es hermosa y de contorneado cuerpo.
—Habló Javier. Y me dijo que había sufrido un accidente tu papá.
— ¡Llévame a México!!¡Háblale a tu hermano para que nos acompañe!
—Sí ma. Deja termino de cambiarme. —La mujer se apresura. En su mente se figura lo peor, sus pensamientos se confunden, se hacen nudo, tratan de formarse pero no prosperan. Javier ha Hablado a México a casa de Isauro, pero él no está. Quien estaba era Rosa y su hijo. Ella hablará a la oficina de su esposo y se comunicará con su cuñado Miguel.

— ¿Maestro, porque suenan las campanas de San José?
—Pues será fiesta de un santo, por estos lugares nunca faltan santos por festejar.
—Sí maestro, yo en la tarde voy a ir a escuchar el teponaxtle, mi mamá me dijo que teníamos que ir a dejar al catecismo a mis hermanos y por allí vamos a estar.
— Sí, pero ya dejen de platicar y apúrense con la lección; ya va a ser hora de salida, vean la lista para ver a quien le toca hacer el aseo, Macario, te toca porque ayer te escapaste y no lo hiciste— el chamaco da de zapatazos sobre el suelo y entierra el lápiz en la banca.
Después al salir:
— ¡Espérate!, se me olvidó el balón, déjame ir por él— dice Martín a su amigo de pelo rojizo, en tanto sale corriendo para regresar por la pelota.
—Apúrate que quiero ir a ver como están trabajando allá donde estaba el mercado. — Una explanada se extiende en los ojos del muchacho, es donde se ubica el nuevo tianguis sabatino. El nuevo mercado está rozagante, el niño todavía se acuerda de la inauguración en que regalaban comida, refrescos, tortas y la gente se apelotonaba para ganarse algo. Las palmeras añejas de la fábrica Zahuapan son mecidas por una brisa relajada. Unas nubes blancas y espumosas contrastan enérgicamente con el cielo azul, azul perfecto, sin mota de mancha. A lo lejos, en el techo de la iglesia de San José estallan con estruendo los cohetones, a la altura de la carretera a Ocotlán que hace serpenteos en la subida; Más allá, en la distancia, mirando rumbo al Popocatépetl, un pequeño soldadito de plomo, es la silueta de la estatua de Xicothéncatl, se asoma en la copa de la loma sureña y a un lado la escuela secundaria. Martín va en  sexto año de primaria en la escuela Emiliano Zapata en la capital de Tlaxcala, México.
—ya vine ma’—dice el muchacho y lanza su morral al sillón de la sala.
—porque te tardaste, ya casi van a ser las dos y tu no llegas, ve y toma dinero para que vayas por las tortillas, compras kilo y medio porque ayer compraste nom’as un kilo y no alcanzó, si hay cola mejor te vas a la de la “Veinte de Noviembre” allá salen más rápido —dice la mamá mientras le pone sal al caldo de pollo y prueba la sazón  en la cuenca de la palma, la mujer usa un mandil, zapatos de piso y una falda gris con estampados de rosas pálidas casi transparentes y sutiles, la blusa es blanca y a la espalda  una trenza amarrada con listón negro. La cocina es humilde, cazuelas de barro, ollas de peltre abolladas por los años, trastos ennegrecidos; la vajilla es surtida que va desde el plato de plástico, café, blanco, amarillo y salmón; los de vidrio son con flores moradas al fondo, con hondas y pardos, los hay que son tazones y refractarios, pocillos y platos planos; los vasos los hay de aluminio, de barro, y de peltre, así como tenedores con mango de plástico rojo, con motivos de guirnaldas o con forma de flor de lis; hay cucharas cafeteras, soperas y para el pastel; cuchillos, de distintos sitios, nacionalidades, y desechables. La alacena contiene sopas de distintas figuras, arroz y avena, lentejas y maíz palomero, chiles secos como chipotle, huajillo, y mulato; hay también polvo para hornear y un kilo de harina, así como tarros con polvo de haba y polvo de camarón, piloncillo y sardina. En la cocina humea el caldo de pollo con verduras de jitomate, cilantro, calabacitas y zanahorias, así como col, papas y chayote. A un lado la sopa de codillo con mucho jitomate, cosa que al papá le gusta.

La calle donde está ubicada la casa es en la Josefa Castelar, calle importante porque da con el hospital general del Estado y que conduce por un lado hacia la colonia “La loma” y por el otro quiebra por una prolongación paralela al río Zahuapan, hacia la casa del gobernador por la calle Primero de Mayo. La casa de los comerciantes es de ladrillo con loza de cemento de una sola planta, hay un cubo en el centro de la casa con laminas  en tanto que se sigue construyendo para el segundo piso, los muros y techos interiores son rosas, la casa carece de puertas excepto la de la entrada principal y la del baño, tiene cortinas en los huecos donde irán las puertas de las habitaciones, la cocina y la alacena. En el comedor los muebles lo componen una mesa de madera pintada en blanco con una laja de lámina sobre puesta pintada en negro con chaflán albino, seis sillas de estilo rústico compradas a los burreros que bajan de la Malintzi, hay también una vitrina opaca de mugre; sobre los cristales se aprecian fotografías de los hijos en cumpleaños, cuando fueron padrinos de bautizo, así como el boleto de lotería sin premio, el recorte de periódico donde sale en la sección de sociales la tía  que recibe su carta de pasante de la normal y recetas de cocina apuntadas en servilletas. Adentro de la vitrina son las copas de bodas, las arras con una tela de araña y con un brillo de cochambre, la jarra de vidrio y vasos lujosos para los casos especiales, las carpetas de ganchillo en blanco con el centro en rojo en forma de rosa, el par de platos biselados con una leyenda francesa indescifrable, las corcholatas de refresco, pedazos de boleto del cine, del camión a Puebla y Apizaco. Un cable de luz se escurre desde el techo hasta una altura pertinaz; la cadena de interrupción y el foco  permanecen moteados de moscas y no hay la ocasión en que se mueva el cable que no se despierte un zumbido como de panal provocado. El mosquero no es por otra cosa sino por el par de chiqueros que tienen en el patio trasero de la casa, un marrano capado y otros dos de meses; hay un tejaban de láminas de cartón embreado donde se guarda el salvadillo, las tortillas duras, el maíz y la alfalfa; además, entre los trebejos, es una mandíbula de tiburón comprada en Veracruz, unos salinos cueros de conejo, suficientemente oreados y marchitos, alambre quemado, frascos, herramientas de campo descompuestas. En el ambiente del patio hay un hedor pestilente que contamina hasta el mismo espíritu. En otro cuarto contiguo es la mercancía guardada que no ha salido, que esta embodegada o que por el despostillamiento, la quebradura, o la tronada de jarro, ha quedado rezagada o de a tiro inservible.

Pedro el gobernador se despertó con jaqueca, la sirvienta le preparó para el desayuno: chilaquiles, café, jugo de naranja y unas pastillas para el dolor de cabeza.  De eso preparado prefirió la cerveza que no le habían alistado. Estuvo en la casa de Gobierno hasta pasado el medio día, luego estuvo haciendo llamadas y recibiendo a unas visitas.

—Que pasó mijo, ya le diste de comer a los animales.
—Sí pa, desde hace rato, como te fue.
—Bien, traje los pedidos, y conseguí en la fábrica de Don Pablo otro crédito. Traigo cosas buenas, que se van a vender como pan caliente. Ve y dile a tu mamá que caliente la comida, ahorita voy nomás bajo algunas cosas, ten llévate estas toallas que me encargó tu mamá. —el muchacho se apresura cargando en la cabeza los lienzos.
—Ma. Ten, dice mi apá que calientes la comida.
—Como le fue a tu papá.
—Dice que bien, que trae novedades.
¡Ha!, Pon las toallas en mi cuarto y recoge las cascaras de naranja que dejaste encima de la mesa, sino, tu papá se va a enojar de que está la mesa sucia. Después de un rato y ya cuando la comida está caliente.
—Que tal, como te fue
—Bien, Don  Pablo me dio otro crédito y pude traer otras cosas que se van a vender bien, te traje media docena de toallas, con esas tienes, para qué quieres más, y sí, como te dije el otro día, me salieron a mitad de precio.
— ¿Que, no se te ponchó la llanta? ¿Si te acordaste que no llevabas llanta de refacciones?
—Sí, si me acordé. ¡Ha! Oyes a que ni sabes que.
—Aja, que.
—Cuando iba por allí por adelante de Río Frío, que me alcanza un auto a velocidad, y más adelante ya cuando iba de bajada, en una curva forzada, que se estampa en un árbol. Estuvo feo. ¿Y sabes quien fue el accidentado?
— ¿Quien?
— David Sosa Yañez, el exgobernador.
— ¡Santo Dios! Y tú que hiciste, ¿llegaste luego, luego a ayudarlo?
—Llegué rápido al accidente, pos yo venía atrás y cuando me paré y me asomé al auto, supe que era él. Se veía mal, estaba inconsciente. Iba con otros dos y el chofer. El chofer también estaba inconsciente, con muchos golpes. Ojalá y no pase a mayores, ha sido el mejor gobernador que ha tenido Tlaxcala.
— ¿Y ya han de estar enterados los familiares, su esposa, sus hijos?
—Sí pos, yo hable con Javier, ves que él era secretario durante su mandato. Le dije, lo que había pasado, Javier iba a hablar a su esposa y a sus hijos, a Pedro Castillo González y a todos los demás. Tú sabes, él es un hombre muy importante, y creo que va a tener un buen puesto en el próximo sexenio, seguramente le van a dar una secretaría, o quien sabe, a lo mejor es un candidato que lo tienen escondido o “tapado”, y eso le convendría a Tlaxcala. Los que más suenan para candidatos a la presidencia de la república son: Miguel De La Madrid, Pedro Ojeda Paullada… como se llama este otro…Jorge De La Vega Domínguez, Fernando Solana. Pos también… Javier García Paniagua, entre otros, pero podría estar también, el Lic. David Sosa Yañez, él es bueno.
— ¡Híjole! Que mala noticia. Le voy a poner una veladora a las almas del purgatorio. Para que sane pronto y se cure…oye, y ¿no habría sido provocado?
—Que, ¿el accidente?, no como crees, si el auto sólito se ve que le gano la curva y saliendo de la curva que se estrella en el árbol, así en el lado izquierdo, no hay de otra, y luego no te digo que iba fuerte, pos hasta me arrebasó…—el niño escucha la última parte de la conversación.
—Qué pa. ¿Viste un accidente? ¿Cómo estuvo? ¿Viste muertos?
—No, no vi muertos, pero si vi un accidente, te acuerdas del anterior gobernador.
—El que una vez vino a la escuela de capacitación, allí en “el temascal”.
—Sí
—Ajá, si me acuerdo. Yo lo vi de lejos. Tú, me dijiste que era ese. Aja.
—Pues él sufrió un accidente en la carretera, yo vi cuando acababa de pasar.
—Entonces se accidentó y ¿cómo quedó el coche? ¿Se estampó contra una pipa?
—No, mijo, se estrello contra un árbol y el coche sí quedó muy mal.
—Bueno, Adiós pa, voy a jugar allí afuera.
—Hijo, no se te olvide que vas a ir a la panadería más tarde, quiero que compres unas tortas para cenar— dice la señora,  y empieza a lavar los trastos sucios.

Francisco se quedó con algo de preocupación y decidió hablarle a Javier para saber el estado de salud de David Sosa Yañez. Ya se ha comunicado varias veces pero la línea está ocupada, y en otra ocasión le dijeron que no estaba, que se había ido a México. Mañana le hablaría.

En el Hospital de emergencias de los Reyes los habían transportado para brindarles ayuda, pero los médicos se declararon incompetentes y los otros accidentados pidieron ser atendidos en el seguro. En una ambulancia los transportaron a la clínica 25 del Instituto Mexicano del Seguro Social, allí fueron atendidos por médicos especialistas. Vieron la gravedad del Lic.  David Sosa Yañez y tanto los médicos como los familiares decidieron llevarlo hasta el Centro Médico Nacional. Como a las 18:00 llegó un helicóptero de la Dirección General de Policía y Tránsito del DF. Y lo transportó hasta allí, donde fue atendido quirúrgicamente en el hospital de traumatología y ortopedia. Como a las 23:30 El médico habló con los familiares y les dijo que su estado era grave y sin pronósticos. No había recobrado el conocimiento, que estaba en terapia intensiva y que hasta el día siguiente tendría un diagnóstico. La operación practicada había sido en la base del cráneo, tiene fracturas allí y en la pierna izquierda y heridas también en la cara.

La policía Federal de caminos había dado el reporte: Accidente aproximadamente a las 10:00 horas del día lunes 8 de junio en la carretera México-Puebla, de un auto procedente de Puebla. El coche Chevrolet modelo Caprice con placas de circulación XTA009 chocó contra un árbol que se encuentra en el Kilometro 26 ½  precisamente al final de una curva forzada. El político accidentado viajaba a la mitad del asiento trasero y se “desnucó” con el impacto.

Los reporteros reunidos en el hospital se apresuran a tomar la nota y llevarla con rapidez a sus medios. Hay en la sala familiares, amigos y parientes, preocupados por el accidentado. Javier es invitado a pasar la noche en casa de Isauro. Él prefiere quedarse y pasar la noche en el vestíbulo del hospital.




MARTES 9 DE JUNIO




L
a casa del gobernador está ubicada en la convergencia del bulevar Mariano Sánchez y la calle Lardizabal. Tiene un enorme portón de madera recién pintado en café con chaflanes entre cada tabla y en el remate una solera enmarca y sujeta las pesadas y chirriantes carretillas que circulan por el  riel de tres cuartos de pulgada; el portón se abre de sesgo por atrás del alto muro; cuando es abierto, es empujado con fuerza y tomado de ambos asideros, tanto interno como externo como cuando se empujan las camionetas cuando la marcha está descompuesta, casi siempre es el jardinero, o el mozo de la casa. El portón tiene una pequeña puerta de 180 por 70 centímetros aproximadamente con chapa de doble paso y tres bisagras negras bien lubricadas  y en el centro de esta puerta, a la altura del ojo, una mirilla cuadrada con protección de herrería y bisagras simples. Por sobre el muro y a lo largo del bulevar Mariano Sánchez se distingue parte de las habitaciones de la planta superior de la casa principal, los sabinos dejan asomar sus ramas de techo y los cipreses italianos presumen sus puntas en una simetría de guardia civil. En la parte frontal se aprecia un aguacate criollo de enormes dimensiones, los frutos maduros caen al bulevar y son esparcidos como cocos. Así como también una palmera datilera añeja parecida a las que tiene tanto la avenida Guillermo Valle como las que se encuentran en la fábrica Zahuapan. En la parte suroeste se encuentra la calle Primero de Mayo en donde esta la entrada principal y desde donde se observa el jardín por el bajo muro y son un par de jacarandas caprichosamente torcidas, bugambilias, bambúes y trepadoras, así como setos, pasto verde recién cortado y un ciruelo que apenas despunta en su tercera primavera; a la vera del río, es una cerca de madera con terminación en punta, un par de  tumbonas y muebles para la intemperie, hay una especie de playa diminuta con pasto y arena y el río circula formando ruidos del agua y las gravas arrastradas. En el horizonte, frente al río o sea justo atrás de la fachada principal están bien colocados los cerros blancos, una pequeña capilla en lo encumbrado de un cerro justo en lo alto del pueblo de  San Juan, más a la derecha se aprecia la iglesia de San Miguel Tlamauhco y apenas sus torres: la iglesia de Axotla del Río, y de lado derecho viendo a contracorriente del río, un sol que parece navegar sobre las ligeras olas; a media distancia esta el Puente Rojo que comunica con las poblaciones del noroeste; el puente había sido construido por el general Adolfo Bonilla en 1890 y reconstruido en 1935. Es una estructura con mucha historia, tiene una cantidad de remaches en sus soleras como rombos, que parece que le ha dado viruela, de estética no tiene nada, es útil y es una estructura que  identifica a Tlaxcala como una entidad que había entrado a la era del hierro y a la arquitectura de ferrocarrilero. Más a la distancia, en lontananza se aprecia entre la brumosidad, los árboles más altos y añejos de la garita. De lado izquierdo, el río toma una curva hacia el norte y observando hacia arriba el pueblo de San Hipólito Chimalpa, su iglesia, sus casas desvencijadas, sin terminar, a media construcción, de lámina, de cartón embreado, de Xalnene y adobe, del novedoso block y de ladrillo, algunas son coronadas por costillas metálicas al aire, son las antenas de sus televisores, otros techos presumen las enormes cazuelas para el mole y para las ocasiones de fiesta. La calle Primero de Mayo remata en una minúscula casa de lectura de cuatro por cuatro donde Martín Barrios lee libros de aventuras, se asoma a sus primeras letras, y se transporta con su imaginación a sitios nuevos. Entrando a la casa de gobierno, por el gran portón,  está el adoquín recibiendo a las visitas, junto al jardín suntuosamente cuidado, de lado derecho, están las habitaciones de los sirvientes y al fondo la bodega y el patio de servicio, de lado izquierdo, pegada a la confluencia del bulevar y la calle Primero de Mayo está la casa grande, planta baja y primer piso, se circula por en medio de los cipreses italianos hasta la escalera  de cuarto de elipse hasta la planta alta y por abajo se llega a la amplia sala con cornisas blancas igual que los muros, el bar y la estancia, éstas ampliamente iluminadas por ventanales anchos en madera de pino y al natural. A un costado, el despacho mirando tanto al jardín como al estanque y del otro, está el comedor y más al fondo la cocina con Talavera de Puebla y piso palafoxiano; en la planta alta se encuentran las habitaciones: la recámara principal viendo hacia el norte con el paisaje del vergel y el río, a la diestra un balcón amplio que deja buena vista hacia la entrada principal, el mirador con jardineras y canarios, las demás habitaciones miran a distintos horizontes; una hacia las escalinatas, otra hacia Ocotlán y una más hacia la garita. Los muebles son de tipo modernista y colonial, gustos propios de familia acomodada de provincia y de década de los 70s.

Los nuevos habitantes a la casa de gobierno han estrenado su estancia desde hace medio año, el gobernador Pedro Castillo González es el ejecutivo que ordena con voz determinante, las direcciones que ha de tomar la administración bajo su mandato; él es de complexión corpulenta, tez blanca, ojos negros cabello ralo y lacio un poco largo a la usanza de la época, sus manos son  gordas y venosas, la cara gruesa con media docena de viruelas esparcidas, la nariz aguileña con los poros muy abiertos y una frente corta que es tapada por un fleco elemental, es de estatura alta y tiene un caminar bonachón pero con paso seguro, gallardo, de buena figura, aunque sus ropas no le ayudan con soltura a verse elegante y fino; más bien le restan presencia ante las clases altas del Estado.

El gobernador Pedro Castillo González tiene que arreglar algunos asuntos. Dar indicaciones. Desde el medio día de ayer sabe del accidente del Lic. David Sosa Yañez y ha estado en contacto para saber el estado de salud. El anterior gobernador ha sido su ejemplo ha seguir, ha sido como su maestro y a recibido todo el apoyo para guiarlo en la política. Le debe mucho. Ha cambiado su agenda para dar cabida a idas a México para visitar al exgobernador.

Por indicaciones del gobernador, Rosa Vargas viaja a México. El titular del Estado quiere que el exgobernador reciba las mayores atenciones. Su auto circula por la avenida Ignacio Zaragoza. Se enreda en el transito caótico de la ciudad, es sólo un Volkswagen más entre los miles en la metrópoli. El auto es blanco con tapicería en gris en la parte trasera trae una calcomanía: “Escuela de Derecho” y el escudo de la U.N.A.M. Es algo que lo identifica. Los semáforos regulan las arterias y la vialidad permanece en constante movimiento. Rosa Vargas estaciona su auto. Entra al edificio. Allí saluda a Doña Refugio Ruiz y a dos de sus hijos, los otros dos han ido a desayunar. Rosa Vargas pregunta y se entera, ofrece favores e invita a tomar calma, afirma buenos síntomas y presagia recuperaciones. Javier Pérez Ortega, llega con unos amigos de Tlaxcala. Pregunta sobre las buenas nuevas, y se entera que David Sosa Yañez ha tenido alteraciones cardiacas y que será sometido a intervención quirúrgica dentro de dos semanas para corregir la fractura del fémur de la pierna izquierda. También se entera que sufrió fractura de la primera y segunda costillas del costado izquierdo, con lesión mínima del plexo branquial y del circunflejo, lo que ha provocado según los médicos, parálisis del músculo del hombro correspondiente. Rosa Vargas le comenta que vendrá el gobernador al hospital para ver el estado de salud de  David Sosa Yañez. Todos esperan la recuperación, pero saben que está delicado. La gente ha llorado, y han querido pasar a verlo pero, no está permitido.

En el hospital hay movimiento, de vez en cuando el ulular de las sirenas de las ambulancias se deja escuchar. Las enfermeras, médicos, enfermeros, trabajadores de limpieza, de trabajo social y demás, se afanan en su trabajo. La vida se mueve para salvar la vida. El ambiente oloroso casi enrarecido a cloro, alcohol, formól, medicinas, limpiadores varios; se mezcla y se identifica con el color blanco, con los aires acondicionados y la iluminación artificial, y surgen ruidos, lloros, congojas, quejidos de alguna parturienta y gritos de algún médico que pasa veloz a la sala de operaciones. Se escucha por los altavoces solicitando algún doctor: “Doctor Alfonso Segura Vergara, Lo solicitan en terapia intensiva, Doctor Segura Vergara a terapia intensiva”. Y así sigue. Los parientes del exgobernador se ven fatigados, han estado en vela, preocupados por la salud. Han dejado algunos escurrir la lágrima, otros se han abrazado a los suyos. El pesar es constante, la angustia se refleja en las caras alargadas y frías. Algunos aplacan su nerviosismo con cigarros, fuman en el vestíbulo o se van a lugares apartados para no molestar a nadie. Afuera, el sol irradia su calor sobre el pavimento, la costra negruzca se ablanda al paso de los autos más pesados.

El gobernador llega pasado el medio día. Se reúne con Doña Refugio  y platica con los hijos. Su pesar no dice nada bueno. Después habla con Rosa Vargas y con Javier:
—Sabemos que la cosa no anda muy bien. David está delicado, sigue inconsciente. Pero no debemos alarmar a la población, y también necesitamos dar una versión que favorezca la imagen de David. Rosa, quiero una rueda de prensa para cuando lleguemos a Tlaxcala. Comunícate a la oficina para que convoquen. Tu Javier, que vas ha hacer, ¿vas ha estar pendiente?
—Sí, pero, tengo que arreglar unos asuntos en mi casa y en Huamantla y en cuanto pueda me regreso para ver la recuperación del Licenciado. De veras que triste son estas cosas, nunca sabemos cuando vamos ha estar en una situación como ésta, o cuando nos vamos a acercar a la muerte. Cuando nos va a tocar.
—Ajá, realmente es triste, —Dice Rosa y continua—el ver que un amigo está grave. Pero yo tengo fe en que David se va a recuperar, que esto no es más que un susto y nada más.
—Las lesiones en la cabeza no son cualquier cosa, —comenta Pedro—son para preocuparse y hay que esperar con fortaleza los resultados más desesperanzadores.
—Los médicos que lo atienden—afirma Javier— son de lo mejor en México y el equipo es de lo más avanzado. O sea que no podemos dar queja sobre ese asunto.
—Sí, tienes razón, está muy bien atendido… bueno, yo voy a hablar por teléfono a Tlaxcala ahorita nos vemos—Rosa se dirige por el pasillo hacia el vestíbulo del hospital. Llega al teléfono y hace las llamadas.

Ya en Tlaxcala, Javier se queda cerca de la central camionera para dirigirse a su casa, mientras tanto, Rosa Vargas y luego Pedro Castillo llegan a palacio de Gobierno donde los esperan los reporteros para saber las noticias de la recuperación de  David Sosa Yañez

—Buenas noches señores, Gracias por venir, las noticias que tengo del Lic.  David Sosa Yañez, son muy buenas, está delicado, pero se recuperará…
—Pero como fue el accidente, ¿es cierto que iba a exceso de velocidad?
—No señores no, nada de eso. Tengo que aclararles como fue el accidente, verán. El Lic.  David Sosa Yañez viajaba de la ciudad de México a Tlaxcala porque lo habían invitado los industriales de la siderurgia Clemex, la que está en la Unidad Industrial Xicothéncatl. ¡Que quede claro! él no manejaba el auto, el que lo manejaba era su chofer y nada más iba él y su chofer…
—Pero señor gobernador, ¿cómo fue el accidente?
—Según parece, una camioneta de reparto de leche que viajaba hacia México brincó el camellón y le dio de frente al auto donde viajaba el Lic. Él no tuvo nada que ver.
—Y que lesiones tiene, ¿se recuperará pronto?
—Sí, se va a recuperar pronto, tiene fractura en el fémur;  en unas semanas le van a practicar una intervención quirúrgica. Toda la familia está atenta esperando el restablecimiento del exgobernador.
—Bueno es todo, ya me voy porque tengo asuntos que atender.
—pero… señor gobernador en que hospital está.
—En el hospital de Traumatología y Ortopedia, algo más. Bueno…me voy. —El gobernador se levanta y se dirige a su oficina a arreglar algunas cuestiones y a enterarse de los asuntos que hubo en su ausencia.



MIERCOLES 10 DE JUNIO




E
l gobernador Pedro Castillo González observa  el periódico y la nota que él ha provocado el día anterior, merienda.  Afuera lo esperan para ir a una reunión y a la toma de protesta de la nueva directiva de la COPARMEX en el salón rojo. La mañana tiene una calma de turista despreocupado, nadie imagina que por la tarde caerá una lluvia torrencial que echará a perder algunas siembras por el lado de Acuitlapilco. Pasa la vista por el periódico local y lee la nota:

“EN FRANCA RECUPERACIÓN, EL LIC. DAVID SOSA YAÑEZ. “El gobernador del Estado Lic. Pedro Castillo González informó a su regreso de la ciudad de México y después de acudir al hospital de traumatología del centro medico del seguro social, que el estado del exgobernador Lic.  David Sosa Yañez es delicado pero que evoluciona satisfactoriamente, por otra parte insistió el gobernador del Estado en precisar algunos datos sobre el accidente que sufrió ayer el Lic. Sosa Yañez. El gobernador  David Sosa Yañez viajaba de la ciudad de México  a la ciudad de Tlaxcala a invitación de los directivos de la siderurgia CLEMEX. Que está instalada en la unidad industrial Xicothéncatl.

El Lic. David Sosa Yañez no conducía su automóvil, viajaba sólo en compañía de su chofer y el vehículo transitaba a velocidad prudente, el accidente se produjo cuando una camioneta de reparto de leche que circulaba hacia México brincó el camellón de la autopista y embistió de frente al automóvil del Lic. David Sosa Yañez. Según el reporte oficial de los médicos, el exgobernador tiene fractura de fémur y los cuidados que se le practican tienen por objeto evitar complicaciones y garantizar el restablecimiento general del Lic. David Sosa Yañez a fin de que posteriormente se le pueda practicar una intervención quirúrgica. La familia sigue atenta cerca del enfermo.”

La nueva directiva de la COPARMEX de Tlaxcala se ha reunido en el salón rojo del Palacio de Gobierno en la capital del Estado. Afuera, en el vestíbulo, se aprecian los retratos de los gobernadores como: Adrián Vázquez Sánchez, Felipe Mazarraza, Joaquin Cisneros M., Anselmo Cervantes, Crisanto Cuellar Abaroa, entre otros. Los techos son altos y las columnas son de piedra labrada. Hay en la planta baja las pinturas de Desiderio Hernández Xochitiotzin, en ellas se narra la interminable historia que ha tenido la región: Los antiguos habitantes, luego los tlaxcaltecas y posteriormente la llegada de los españoles a estas tierras, se tiene proyectado continuar con los muros de la escalera que conduce al primer piso con la historia de Tlaxcala en la colonia, en la Independencia y durante la Revolución. Los sonidos de los altavoces se escuchan, prueban la resonancia para la toma de protesta. Entrando al salón rojo se perciben las fulguraciones de los vidrios biselados de las ventanas, en ellos está el escudo de Tlaxcala; están abiertas y se aprecia parte del parque, las jardineras y los autos que circulan frente al portal grande. El salón rojo tiene en el techo, plafón que esconde la iluminación artificial, aparte del duplo de candelabros con cristales achaflanados y pedrería de tamaños diversos. El cielo raso es blanco y cerca de las esquinas hay un remate de moldura en yesería, y barnizados en oro,  los muros están pintados en color rojo, y oro viejo; el piso es de parket de nogal, los cortinajes son rojos con cortineros en madera tallada y recién laqueada. Hay en uno de los muros una reproducción de la foto del Presidente de la República, sobre el pecho cruza un listón tricolor, el marco es de cedro entintado con un remate en la parte superior tallado a mano con una flor de lis y una especie de esculpido en forma de concha y ribetes suntuosos.

Los señores, patrones de factorías, y negocios distintos, están a la espera del presidente de la COPARMEX y del gobernador, seguramente vendrán juntos, los allí reunidos hablan de los negocios, de sus propiedades y uno que otro de sus futuras vacaciones en Acapulco o Cozumel; los reporteros se acurrucan en una de las ventanas, observan el movimiento de los autos y de las personas que pasan por el parque, algunos alistan sus libretas y sus cámaras, otros fuman y tiran la ceniza por sobre el balcón, platican sobre el chayotismo que ha sido muy bueno, y de la facilidad con que se consigue el reporte y la nota, se regodean de que no hay competencia en Tlaxcala. Los nuevos de la directiva levantan la mano y juran cumplir con el reglamento interno, Pedro, el gobernador, con un saco de piel en negro mate y pantalón de vestir en casimir ingles, protagoniza la reunión.

Martín se pone un pantalón y zapatos viejos, le toca limpiar los trochiles, quita las trancas y el par de animales jóvenes salen con prisa gruñendo de contentos, recoge el excremento y luego enciende la llave del agua y apunta  el chorro al piso y los muros, el agua escurre y llega a la canaleta y así va arrastrando todos los residuos, el animal capado, en el redil izquierdo, sube las patas al muro, razón suficiente para que Martín le lance el chorro de agua, el agua escurre por las cerdas, el cerdo agita las orejas y abre el hocico para recibir el líquido, el niño continua, baja la cubeta de comida del entarimado y vacía en las cuencas de cemento, desperdicio y tortillas duras revuelto con salvadillo, en el otro comedero agua. El par de chanchos entran gruñendo directo a la comida, Martín pone las trancas y sigue con el segundo chiquero en este no quita las trancas porque sabe lo difícil que es volver a meter al animal, con empujones y patadas logra quitar a la bestia del excremento y empieza con la pala a recoger y a verterla en la carretilla, el animal se pone inquieto, Martín pone un poco de comida en la concavidad del suelo y el cochino se atraganta, hala de la manguera, y con toda la calma de un niño sin preocupaciones, barre el breve lugar. Desde la barda, vacía el resto de la comida de la cubeta, acomoda los enseres  en su lugar y se va a jugar con los vecinos.
—A que juegan.
—A nada, estamos esperando a que venga Rodrigo con la pelota, vamos a jugar en el campito del hospital.
—Le entro.
—No espérate, si no viene Juan entonces sí le entras, porque con él ya estaríamos completos.
— Ya saben que yo soy buen portero
— ¡O, entiende que te esperes!
—Oigan y si vamos a espiar a los muertos, el primero que salga corriendo es gallina.
—No, a mí no me gusta eso, la otra vez me regañó el velador porque fue a mí a quien me vio cuando fuimos la vez anterior.
—Yo tengo que irme tempra, si quieres juega por mí— el niño suelta una flatulencia que hace desperdigar al grupo.
—Pinche cochino, te estas pudriendo— el niño se tapa las narices con la manga corta de su camisa, el hombro izquierdo lo hecha hacia atrás.
— ¡Si comiste pollo le hubieras quitado las plumas!
—No mames, cabrón apestoso— el niño se ataca de la risa por haber provocado el  desparramo de niños
—A lo lejos Rodrigo se desternilla de la risa al ver lo que ha ocurrido, le parece realmente cómico que todos salgan corriendo y que Beto se quede tranquilamente viendo como huyen.
— Martín, Ni modo ahí viene Juan, te esperas a que se vaya el cagón del Beto.

En la ciudad, se ha soltado un aguacero constante y estruendoso, las calles se van anegando y en las arterias más inclinadas va pasando una corriente que se dirige a las partes más bajas, a las atarjeas de la rivera del río. El Zahuapan ha crecido, lleva en su torrente troncos, envases, lirio acuático y ramas trozadas por los vientos salvajes. El curso frente a “la isla” se divide en dos y en el paso angosto se arman rápidos de miedo, choca y da tumbos todo, la espuma chocolatosa, el ruido de las olas arrastrando y rasguñando las breñas de la vera o las raíces de los árboles más desamparados; es la actividad de la naturaleza que deja escuchar sus gemidos, su fortaleza escondida a las manos del hombre. Y allí, cruzando las ondulaciones del agua, un perro pasa pataleando, sacando el hocico,  tratando de salvar su vida y en el rompe olas, frente a la fábrica Zahuapan se estrella y se hunde en los remolinos asfixiantes, al poco rato navega como barcaza, sin dirección, un cuerpo de perro como tronco indolente, va hacia el noroeste.

En la casa de la Familia Barrios García hay un ruido que ensordece por las gotas y granizos que caen tanto en las láminas del cubo donde irán las escaleras del piso superior, como en el tejaban donde se guarecen los puercos. En la tele sólo se ve una como nieve sobre las imágenes blanquinegras y las veces en que cae un rayo o se va la luz, ni eso. Francisco espera, ve por la ventana pasar algunos transeúntes con la cara escurrida, tratando de salvarse de la mojada, pero sus esfuerzos nunca fructifican. La esposa reflexiona sentada en la orilla de la cama, tiene en sus manos una costura.
—Oyes pancho, y que ha pasado con tu prima, ya se recupero, ¿ya le quitaron los puntos que le pusieron en la operación?
—Sí, le pregunté a Má Margarita y me dijo que se está poniendo unos emplastos con miel, hiervas y no sé que más, para que se le borre la cicatriz de la cara, ojalá y se le borre, se  le vería muy mal.
—Y como está ella, no le afectó…
—Pues quien sabe, ese tipo de cosas se ven a la larga, tal vez ya ni pueda casarse y tener hijos o quien sabe si en algunos meses nazca uno indeseable.
— ¡Malditos! Como me gustaría que hubiera justicia y que a esos violadores les pasara lo mismo para que sintieran la impotencia y la humillación, hay pero ¡Diosito castigará y sin contemplaciones, los mandará a los infiernos! ¡Idiotas! Y ¿sí fue uno de “los gavilanes”, no habrá sido otro que para que no lo incriminaran se hizo pasar por uno de esa banda?
—No, yo pienso que sí fue uno de “los gavilanes”, si no, ella hubiera puesto una demanda, además por miedo, la amenazó, además de que demostró el cabrón, con la cortada de la cara, que era capaz de todo, y no sólo eso sino que acuérdate que cuando quisieron pagar la cuenta del hospital resulta que ya los gastos estaban pagados, ha de haber sido alguien de dinero, que estaba drogado.
—Todo es culpa de las influencias de los gringos, si antes cuando se iba a saber de violaciones y de drogas y mariguana. Y lo peor es que disque estudiantes. Te acuerdas de cuando fueron a balacear por allá por “el pocito” donde está el jardín de niños donde iba Martín. Yo en esos días tenía mucho miedo. Luego cuando vinieron de Puebla, los de la Escuela “Carolino” y balacearon en el Instituto de Estudios Superiores y allí en el sótano mataron a uno porque no pudo escapar por una abertura; en esos días todo el mundo andaba temeroso, lo peor es que algún día, el tiempo pasará y esos que hicieron sus diabluras cuando jóvenes, se van a acomodar en los puestos públicos, y se van a convertir en políticos o en hombres de ejemplo.
—Sí, no cabe duda que muchas veces nuestros héroes son de lodo y tienen mucha cola que les pisen. Tienes razón hay mucha injusticia, pero no puedes hacer nada, lo mejor es quedarse callado, si sabes algo, no lo comentes, si sabes nombres, hechos o corrupciones lo mejor es cerrar la bocota y comportarte como un ingenuo o como un retrasado mental, dedicarse cada quién a lo suyo.
— ¿Ya quieres cenar?
—Sí pon agua para café, ¿compraste pan?
—No, los que compré el lunes ya se acabaron, y ahorita no se puede salir a comprar, ¿sigue lloviendo, verdad?
—Sí, el río ha de tener crecida, por allá por Acuitlapilco ha de haber caído  granizada, se veía negro, negro… y mucho trueno. Oyes hazte una salsa para comer con frijoles, ¿dónde está Martín?
—allí, tratando de ver las caricaturas.

 
JUEVES 11 DE JUNIO




E
l auto del gobernador se dirige a Zacatelco, lleva una comitiva de cinco autos y un par de vehículos militares. La laguna de Acuitlapilco está espejeante de agua, en ella se refleja algunas lomas cercanas y la Malintzi; hay motas al rededor: son vacas pastando. El olor del campo se mezcla con el oloroso humazo de las cocinas de humo. Subiendo la colina se deja atisbar el valle del pueblo de Tepeyanco y al fondo el horizonte Poblano, de lado derecho el Popocatépetl y el Iztaccihuatl. Son un par de moles pétreos con permanentes nieves que adornan perfectamente a un país como México. El salón social donde se llevará a cabo la reunión está sin terminar, los muros son de ladrillo, y se ha dispuesto de templete y de una mesa larga con paño en tono verde bandera y al frente las siglas del partido y el escudo de Tlaxcala. Sobre, hay vasos y una jarra. Las sillas para los campesinos son plegables y tienen la leyenda de una cerveza. En ellas están sentados los campesinos, gente humilde, ejidatarios, trabajadores del campo y pequeños propietarios. Sus peticiones son básicas: apoyos para adquisición de maquinaria, precios justos para los granos, créditos a la palabra, créditos cuya garantía sea la cosecha; apoyo para transformar el suelo erosionado en tierras de cultivo o las superficies de los cerros, antes inútiles, ahora en terrenos de terraplenes o bien transformar los terrenos de temporal, en tierras enriquecidas con agua fluida y constante de pozo y encauzada en canaletas. La comitiva se dirige hacia el salón y llega formando una alharaca que  hace poner nervioso al público. Los agentes de tránsito tratan de hacerse presentes dando fuertes pitidos al silbato y agitando la mano para hacer fluida la calle. El gobernador, con una sonrisa permanente saluda a los parroquianos, tiene una soltura en el carácter y una presencia que se impone en todo público. Su voz es fuerte, de mando, mantiene un nivel auditivo alto, sin llegar al grito; los gestos y ademanes son aquellos suficientes para poder expresarse con entusiasmo, viveza y temperamento. Es el gobernador que quieren los tlaxcaltecas, que se acerca a ellos, que baja de su apoltronamiento y convive para comer barbacoa, mole, quesadillas y tomar  pulque, mezcal y otras bebidas; que baja a bailar en los bailes populares con su señora estrella y que se atreve a utilizar el lenguaje del pueblo lépero y majadero. Cuando termina la reunión son los aplausos, el auditorio que se levanta de sus asientos; algunos, al paso del hombre importante, se quintan los sombreros, otros gritan ¡viva Pedro! Chiquitibum, a la bin-bon-ba, a la vio, a la vao, a la bin-bon-ba, El gobernador, el Gobernador, ra-ra-ra. —Aplausos— De ellos, pocos saben de la gravedad de  David Sosa Yañez y algunos ni siquiera se han enterado que tuvo un accidente el día lunes, los que saben tienen la versión que dio el ejecutivo el día de ayer y eso no es grave, es cualquier cosa. Muy lejos están de saber lo que narro a continuación.

David Sosa Yánez sigue mal. A primeras horas de la mañana ha venido el médico de turno a examinar su expediente, tiene problemas cardiacos, disfunciones en el miocardio y seguramente arterias tapadas por grasas, colesterol, que podría quitarle la vida. Los magullones en la cara han adquirido un tono entre morado y verdoso, tiene amoratada la pierna izquierda y las contusiones en las costillas parece que se niegan a sanar. Su futuro no pinta muy bien, han pasado tres días del accidente y mientras más pasa el tiempo son menos las posibilidades de recobro. Incluso los problemas cardiacos son un constante sobresalto para los médicos y enfermeras que lo atienden, ha sido en distintas ocasiones en que el corazón se ha negado a continuar, ha lanzado la toalla, pero ágiles los profesionales de la salud lo regresan a la actividad del bombeo. Los sesenta y cuatro años que tiene le sobrecargan aunado al sobrepeso, y las grasas polisaturadas en el organismo. Todos quieren una feliz recuperación, que todo salga bien, que nadie sufra, pero la vida es al mismo tiempo dadivosa y arrebatadora, inmoral e insensible, escandalosamente bella y una maravilla propia para dioses. En el edificio, al mismo tiempo en que, seres humanos de todas las edades mueren, otros nacen, o renacen; es una constante ida y vuelta, negociación entre las parcas y la omnipotencia de la fertilidad y lozanía, entre la dolencia y la robustez, entre gérmenes y antibióticos de penicilina, entre células sanas y células cancerosas: es  el quita y daca de la existencia, un tiovivo en permanente movimiento, un entre cruzamiento de contrarios, yuxtaposición de males y bondades, dolores de muerte y éxtasis de felicidad por provocar la vida. Extrañamente es en un hospital donde se observa la singularidad humana y al mismo tiempo la complejidad del cuerpo, es el sitio donde el hombre se desnuda para ser la entidad corpórea. Son huesos, cráneo, músculo, vísceras y masa cerebral quienes protagonizan sus desplantes o sus insuficiencias y no la investidura social o de contexto lo que importan, así como también, deja de tener importancia ante los padecimientos tanto la fealdad como la belleza, la riqueza y la pobreza.

Han llegado de visita Rosa Vargas y el obispo de la ciudad de Tlaxcala. Además están en este hospital de traumatología y ortopedia, Doña Refugio Ruiz de Sosa y sus hijos Luis y Blanca, entre otros parientes y amigos. El vicario pasa al cuarto donde está encamado el convaleciente, en las manos lleva recipientes pequeños con los santos óleos. La extremaunción es uno de los sacramentos que podría considerarse como una confortadora del espíritu, el ritual que pone en manos de Dios cualquier decisión de vida o muerte, es un respiro profundo para esperar la buena de Dios, comunicarse con Él y el hombre para dejar listo el camino y exculpar faltas, es un diálogo entre el sacerdote tutor del hombre y el omnipotente. Su presencia calma dolores intrínsecos, del alma, sana heridas históricas, de resentimiento. Rosa Vargas se queda en la sala de espera, su pensar medio construido, recuerda los días en que convivía con el licenciado David. Él le enseñaba los modos de ser y comportarse, manejar las situaciones, y  encargarse de alguna secretaría, era el hombre que enseñaba cosas interesantes. Recuerda la vez en que hizo el ridículo ante el auditorio y él no salió a echarle la mano, la dejó manejar la situación, él sabía que para aprender a nadar había que lanzar al agua al aprendiz, era la vez en que Rosa era dirigente del movimiento estudiantil del partido, llamado “Juventudes Revolucionarias.” Recuerda cuando iba a comer a la casa del gobernador y allí soñaba con ser algún día la gobernadora del Estado y luego ser senadora o  manejar alguna secretaría en el ámbito federal, y ella misma luego ayudar a otro aprendiz como podría ser Tomás Juárez Muñoz entre otros. Su pensar se construía sobre la base de los recuerdos que tenía con el exgobernador, Las fiestas en el partido, las reuniones de amigos íntimos, o en la tienta de vaquillas en la ganadería de Jorge; eran los días en que terminaba su carrera y se la pasaba en ida y vuelta de México a Tlaxcala. Recuerda las veces en que el licenciado David visitaba su casa y caminaban por el huerto, los corrales y la caballeriza, desde allí se ponían a observar el entorno y platicaban sobre el entretejimiento político, las traiciones, el enriquecimiento espontaneo de alguno, la venganza, el capital o los mecanismos para hacerse de él. El exgobernador explicaba en aquellos tiempos como debería de ser un servidor público. No había buena voluntad o democracia en todo el discurso, sino conveniencias, estrategias, modos de sobrevivir en la política, era enfrentarse o vestirse al cinismo, la hipocresía, la inmoralidad, la doble cara, la cobardía, la fanfarronería, y el lambisconeo humillante. Ellos sabían que los hombres honestos y sinceros hasta el tuétano, no eran más que ingenuos en el negocio de la política. Mientras tanto sus miradas se elevaban hacia el norte y  observaban una iglesia empoltronada sobre las ruinas de uno de los cuatro señoríos de la antigua Tlaxcala. El cerro “el Ostol” quedaba a un lado, su vegetación de matorrales permitía que los vientos chiflaran por la cañada hasta llegar a los entornos de la casa de Rosa. En la sala de espera, continúa Rosa Vargas, la ha importunado la señora del aseo, con un escobón de trapo, lo va pasando bajo las bancas y asientos donde están las personas. El bamboleo en su caminar afirma problemas en los huesos y reumatismo en las articulaciones.

—Jorge, como estas.
—Pos aquí nom’as arreando el ganado, ando calando a ver cuales van a tu feria.
—Me hubieras invitado, compadre, que tal si me traes un dormilón.
—No si es uno de esos mejor no te mando nada. Oyes, te voy a decir una cosa, te acuerdas  que le presté un toro a Caleserito en la plaza de Puebla, bueno pues quiero que me lo regrese, si no, mira que no llevo nada, si él no me regresa mi animal, porque él está en el cartél y  yo no voy a dejar que él se luzca con mis toros si él todavía no me regresa el que le presté, a ver como le haces, lo sacas, le dices que me lo regrese o no hay corrida en tu feria.
—Híjole, me hubieras dicho antes, faltan como quince días para que empiece y tú apenas me vas diciendo esto. ¿No habría manera de que tú te arreglaras con él?
—Ese cabrón no me hace caso, y solamente presionándolo es como cede las cosas, ya otra vez me pasó con “la tiznada” mi yegua fina.
—Mañana voy a Huamantla y allí me voy a encontrar con él, le voy a decir, de esto, pero se va a poner furioso si le digo que siempre no va a estar.
—Pos más vale compadre, dice el dicho “más vale pájaro en mano que ciento volando”
—Sí, ajá… ¡ha! Otra cosa, también quiero confirmar la asistencia de tus hijas para el jaripeo y a tu yerno para las suertes.
—Sí, de eso no te preocupes, allí van a estar, aunque no los invites, ellos están allí porque les gusta, así es mi gente tan cabrona.
—Bueno allí te veo luego, ¡ha! oyes supiste lo de David.
—Si hombre, se va a recuperar pronto.
—Sí eso esperamos todos, bueno, nos vemos.
—Ándale pues, nos vemos. —Javier se queda cavilando, trata de hilar ideas, pero es un presentimiento, es una corazonada lo que le asalta. Sabe perfectamente que es lo que pasa con David, conoce que si vive no quedará bien, y que si muere en alguno de estos días, la pérdida será irreparable para el Estado entero, Tlaxcala se quedaría sin el hombre que la impulsó y le dio todo el apoyo. Pero no pierde las esperanzas, no se amilana porque sabe que David es un hombre fuerte, que se enfrenta a cualquier cosa, es un ganador. Es un individuo de determinación y carácter férreo; lo que jamás haría sería acobardarse ante la muerte. Del mismo pensar es Javier, sabría soportar enfermedades largas, cuarentenas forzosas, dolores y afecciones, cosa que el no ha sufrido pero sabría mantenerse inamovible. El carácter de Javier ha sido ese. Podrían ponerle un asunto demasiado problemático y él lo resolvería con inteligencia y además ganaría algunos amigos más.



 VIERNES 12 DE JUNIO




E
n los periódicos han aparecido notas de buenos deseos, y en una sección está la biografía y la foto de  David Sosa Yañez. Es casi una seguridad que se recupere, después de los pasados días de buenas esperanzas, a la gente no le cabe duda. Los ciudadanos de Tlaxcala conocen de infortunios, de desesperanzas; la pobreza y el desamparo han sido su sustento diario. Cuando es el momento de tomar una bandera, dudan, pero al final de cuentas allí están, bragados como el que más, tienen la fe en un futuro mejor, esa fe que mueve montañas, y desconoce fronteras. Fe que tiene todo ser humano, la misma voluntad que movió a los antiguos tlaxcaltecas para formar una fuerza conjunta con los recién llegados españoles y que tal cosa era una odisea de lo más descabellada, puesto que a quien se atacaba era a un imperio, el azteca. Los tlaxcaltecas se dan a conocer por lo recelosos, como si anduvieran ciscados, tanta historia a cuestas, tanto descalabro por generaciones no es gratuito, y llegó Xicothéncatl y Tlahuicole y luego tantos más, y luego Felipe Santiago Xicothéncatl y luego… pues tantos más que no conozco, pero la población sí, es la vía láctea de personajes que se acomodan a la sombra del Matlalcueyatl y en estos es David Sosa Yañez quien levantó a Tlaxcala y la transformó de territorio agrario de pura subsistencia en territorio agrario sí, pero además industrial, fabril. ¿Hay vuelta hacia atrás para Tlaxcala? ¿Tlaxcala se deberá olvidar de su bucólico ambiente para transformarse en manufacturero? No, no hay vuelta hacia atrás y su peor osadía es olvidarse de su raíz provinciana y apacible, su agrarismo genético, sus características  coloniales, su génesis de tierra surcada. De aridez casi corpórea, pegada en la bruñida piel por el sol tlaxcalteco.

Javier se dirige a Huamantla. Sale de su casa a pie. Tiene el coche con el mecánico. Sube la pendiente desde Tepehitec hacia la capital, se irá en camión  y lo tomará en la central camionera. Cruza por en medio de árboles centenarios, es la carretera con su media docena de gendarmes, inmensos verdes y arbóreos; en ellos se han estampado en coches los borrachos, en ellos se han orinado los perros, y ha sido sitio para rascarse la piel de los distintos animales, emplazamiento para amarrar yeguas; guarecida de asaltantes que andan a salto de mata, testigos de violaciones y asesinatos, alimento de alimañas y proveedores de leña  pétrea, además de  sombra  y cobijo. El ocotal está a la izquierda, es una superficie ejidal cuyo centro es la barranca donde desciende el agua en cada lluvia y se reúne algunos kilómetros más abajo, a la corriente del Zahuapan. El camino es una pendiente dificultosa, se aprecia inclinada y para un hombre como Javier, con sobrepeso, es un esfuerzo de respiraciones entrecortadas y sobresaltos del corazón.  Hay un dolor ligero, es el mismo dolor mezclado con el ansia, como las veces en que sueña que alguien, algún fantasma le presiona el tórax, como si quisieran apretarle los conductos, como si el corazón quisiera tomar ritmos distintos, trotes disparejos. Llega a la central camionera con el corazón dando golpeteos, casi se le sale, respira, jala aire, mete a los pulmones oxigeno, se retranca en la pared y allí limpia el sudor; el sofoco y la sudación, las sienes palpitantes, el hormigueo del brazo izquierdo han de anunciar alguna cosa pero por el momento nadie sabe que es.

Javier en el camión, se encuentra con el tío de Martín, cuñado de Francisco. Es el cobrador. Se conocen porque Javier ha sido parte de la mesa directiva de esa línea de transportes, además de que Fidel es una persona amable y respetable. Fidel es  chaparrito, moreno y de ojos vivos, voz fuerte y carácter afable. Después de cobrar, platican de toros, de ferias y de mujeres, son temas que manejan muy bien, sobre todo el último. Se ha sabido que Javier ha tenido amantes, tal vez algunos hijos regados, es un hombre apuesto y tiene el cada vez menos encontrado “don de gentes”, a cualquiera le cae bien, y sabe iniciar una charla y despertar el interés en el escucha, además de ser un hombre sencillo, de carácter extrínseco. Javier es un hombre que no busca a las mujeres, no las persigue, ellas llegan solitas, sin ningún empuje, se entregan al hombre guapo, un tipo con el porte de ser  el amante perfecto. Él es parte de la aventura que la mayoría de las mujeres soñaría tener.  Pasan a Apizaco y se dirigen a Huamantla. Las planicies están sembradas ya sea por maíz, frijol; haba, alfalfa entre muchas más. La carretera recta. Es peligrosa debido a que hay un sólo carril para cada sentido, continuamente hay accidentes debido a múltiples motivos: el animal que se atraviesa, el conductor a exceso de velocidad, el bebido y fanfarrón, el chofer que se duerme después de conducir durante todo el día y parte de la noche, la falla mecánica, los bicicleteros y andantes en el camellón, el imprudente. Son cuarenta y cinco kilómetros de Tlaxcala a Huamantla, es un recorrido de menos de una hora, al llegar se descubre la torre de la iglesia, anuncios de la feria, carteles de publicidad de vinos, rones y licores, el pitido del tren que se dirige a Veracruz. El camión llega por la calle Abasolo, la plaza de toros “la Taurina” está muy cerca, se nota en el ambiente que está próxima la feria, se arreglan fachadas y se consigue aserrín para las alfombras. Javier se encuentra con Caleserito como tenía previsto, él ensaya los pases, se entrena. El toro lo es una carretilla de madera y estructura de palos entreverados que sirven de soporte para la cabeza y los cuernos. El corredor es un muchacho entusiasta, al entrar hace los gestos que podría hacer un toro, la inclinación hacia el capote y la arena es precisa, como  toro educado. Es el muchacho quien grita los ¡oles! y muge, como si el acto fuera un verdadero teatro. Caleserito conserva el porte, toma con maestría el manto naranja, la esbeltez del porte es gallardo, atrevido; es la actitud de quien se enfrenta a la bestia y se regodea ante la muerte; además de que Caleserito es temerario y precipitado en sus arranques de ira, a llegado la vez en que no mide las consecuencias. Javier habla con Caleserito. Él sigue practicando, tiene colocado en el burladero, el florete listo para adiestrarse en la estocada:
— ¡Ole! Eso es, pégate y gira, mueve los pies con cuidado, que el toro se da cuenta— dice Javier al llegar y observar desde la barrera a un lado del burladero. Caleserito continúa.
—Qué hay.
—Nada, vengo a ver que hay con los paisanos y a entregar el programa completo.
—Ya deberían de estar los carteles, puestos y publicados, te estas tardando.
—No, es buen tiempo, ya la cosa está avanzada. Pero… creo que no vas a estar tú.
— ¡Cómo de que no! Javier, no salgas con tarugadas, porque te parto el hocico.
—Regrésale el toro que le debes a Jorge y todo sigue igual. Él dijo que si no se lo regresas, él no trae sus toros. No es tiempo para ver otra ganadería. No hay otra opción, regrésale su toro, y todo queda listo. Cortarás oreja y rabo.
—No, no mames pinche Javier, estáte quieto ¡he!
—Soy capaz de que el día de la fiesta, ya estando de luces, no te dejo torear ¡he! y capaz de que Jorge tampoco.
—Ese pinche Jorge cabrón, pero yo sí toreo, como chingaos no, entiende las cosas, yo se lo voy a regresar cuando pueda, ahorita no, además el primero me salió malo, y después cuando pedí el segundo prestado, no pude hacer gran cosa porque el puto toro no se prestó. Entiende las cosas, ¿las entiendes?— Caleserito se aproxima a la barrera. Está enojado. Furioso por lo que le acaba de decir Javier, da de patadas al burladero y patea la arena, el polvo se levanta en la plaza. —Yo había hablado con él y le había dicho que se lo regresaba después, cuando terminara de pagar la deuda de la hipoteca del rancho, él sabe que me han salido mal las cosas, que necesito tiempo.
—Ni modo, tienes que pagar tu deuda, si no, no le entras. No le entras y ya.
—Javier dame una oportunidad, dile que luego se lo regreso, que le doy una yegua en prenda para que vea que sí se lo voy a regresar.
—No, es definitivo, regrésale el toro, y no hay problema,
—Pinche Javier mierda, como serás cabrón, ¿no entiendes las cosas?— Caleserito toma el florete y corretea a Javier que trata de que éste no le dé alcance, —¡Cálmate guey!, ¡Cálmate!— Javier corre por dentro de la barrera y Caleserito en el filo del redondel.— ¡Te voy a cortar la pinche lengua, Javier cabrón, no entiendes como están las cosas!— Javier corre, el corazón lo tiene casi de fuera cuando sale a los rediles, mientras sigue gritando: ¡Cálmate guey!, ¡Cálmate!
—En los toriles se encuentra con atropellos con algunos peones que hacen la labor de quitar la maleza para dejarlos listos. — ¡Caleserito me quiere dar la estocada, cabrones, quítenmelo de encima!— y sigue corriendo hasta la calle.

Después de calmarse, y de beber un refresco. Se toma una pastilla ordinaria, de las que venden en cualquier tenducha. Tiene un ligero dolor en el pecho. Sabe que es por el susto que le puso Caleserito.

Santa Apolonia Teacalco está al sur del Estado de Tlaxcala; es una población cuya economía se sustenta en la agricultura y la ganadería; la cantidad de habitantes es regular razón por la cual, cuenta con escuelas de enseñanza hasta de media-superior. Pedro Castillo González tendrá una reunión con los de la escuela normal, irá con el delegado de la Secretaría de Educación Publica y con el Secretario de Desarrollo Social. Las escuelas han preparado un acto protocolario o festival para darle la bienvenida al gobernador del Estado. La banda de guerra de la primaria, toca el  redoble de todos los desfiles y aún así, algún tambor o trompeta sale a destiempo o queda confundido. La poesía coral a la madre está fuera de contexto pero es la que se había ensayado con esmero  y aquella que se saben los niños de sexto grado al dedillo. Las niñas de la escolta han ensayado  por varios días y su bronceado rostro es antitético a los guantes de paño blancos. Los alumnos de la escuela normal con  sus pantalones de campana y greña larga se han preparado con carteles de peticiones, de saludos y lisonjas. El gobernador después de los honores al estandarte patrio visita la exposición de manualidades realizadas en los distintos talleres de la normal. En derredor de la calle están los camiones en donde han llegado los acarreados. Todo pinta hermoso en provincia.

Martín mira la cartelera del cine Matamoros. Por entre el enrejado de los arcos de la entrada se observan los carteles: “Hotel de La Tentación” y “Cuando Las Mujeres Se Llamaban Vírgenes”, y en las carteleras del Cine Cuahutémoc, localizadas de lado derecho: “Ilegales Y Mojados” los protagonistas son: Raúl Ramírez y Rosenda Vernal. Localidad 30 pesos. Por sobre la taquilla se observa un letrero: adultos, luneta 30 anfiteatro 25, horario: 16:00, 18:15 y 20:30. Martín mira las imágenes, los cuerpos turgentes, la piel tocada, las poses por demás exóticas, libidinosas. Los labios deseantes, insumisos o sometidos a una lengua exploradora. Bajo la bragueta del pantalón va apareciendo una ligera excitación que incomoda, Martín voltea a todos lados tratando de observar si alguien ha percibido su enardecer promiscuo. Se sienta en el peldaño. Mira hacia la plaza y ésta vive los principios de un fin de semana. Los viernes siempre son distintos. Las carteleras de los cines cambian por una programación para adultos y las taquerías y licorerías tienen sus mejores jornadas desde tiempos en que Malcolm Lowry les hacía el gasto. En la calle se aprecian los autos que van y vienen. Hay en los vendedores ambulantes una fiebre previa a la venta: son los chicharroneros, el de los algodones de azúcar, el globero con su pitido singular, los niños que se apresuran a ganar el cliente, y limpiar sus botas; El paletero y el señor de los raspados, la pepitera y en la esquina con una nube de moscas y tres perros haciendo guardia: la fritanguera, el niño pecoso vendiendo su periódico; el organillero en la plaza de armas, en los portales, le da vueltas a la manivela y un mocoso endeble y harapiento  pide cooperación. En el portal grande se llega a apreciar la ferretería con su infinidad de cosas expuestas tanto afuera como adentro, que van desde tintura natural de chinchilla, pastillas para cuajar la leche y  hacer queso, trementina, aperos para animales de carga y para el campo, ayates y sombreros de diversos tamaños, lentejuela, chaquira y sogas; martillos, piedras para moler y bloques de sal para los animales, el calendario de galván, azufre, incienso y veneno para ratas, así como también son lupas, relojes, y enseres  para la cocina, componentes para instalaciones eléctricas, chapopote y juguetes como: canicas, trompos y yoyos; títeres, petardos y pelotas. Martín  se queda observando íntegro, es una riqueza para una mente inquieta, toda herramienta y artilugio es la novedad a sus ojos, el asombro por andar conociendo todo, tocarlo, hacerlo funcionar o ver como funciona, es la impaciencia que va de la niñez a la adolescencia, es el incipiente conocimiento de las cosas, de las personas, del folklore; es el interés por ampliar el círculo que parte del conocer hogareño al conocer social, de contexto, del ambiente de la comunidad.

 SABADO 13 DE JUNIO




H
a sido desde la madrugada que los médicos se han puesto en movimiento con David, ha tenido distintos problemas que ha puesto a sudar a los galenos. Se registraron más alteraciones cardiacas y deterioro en su estado general. Se efectuaron en días pasados, estudios de topografía computarizada del cerebro, para conocer la probabilidad de que éste resultara afectado por los golpes. La máquina no diría todo lo que se podría conocer del paciente. Los trastornos cardiacos continuaban a las ocho de la mañana por lo que los médicos decidieron trasladarlo a cuidados intensivos de cardiología y neurología del Centro Médico Nacional.

Doña Refugio Ruiz de Sosa, Isauro y Blanca están allí, sin resignarse a  las versiones de los profesionales de la salud, continúan con la angustia, con el deseo de poder hacer algo por el ser querido; se sienten maniatados al no poder dar el soplo de vida, de recuperación. Creen que es un sueño, la pesadilla del cual se quiere despertar, piensan que tal vez eso no está pasando, que porqué a ellos les pasa, porque tenía que ocurrirle a él, y en este preciso momento en que las cosas marchaban tan bien. Tienen la esperanza de que esto no sea más que un susto, que no va a llegar a mayores, pero se preocupan. Isauro habla por teléfono con Javier. Son las 9:52.
—Sí, bueno, ¿quien habla?
—Javier, habla Isauro. Tengo malas noticias. En la noche mi papá siguió mal, continuó con alteraciones cardiacas y lo trasladaron a cuidados intensivos de cardiología y neurología, está muy, muy grave, no sé si la logre…—Javier soporta una impresión jamás percibida, que tiene que ver las horas de la mañana, la salud, y la situación. Es el sobrecogimiento. La percepción en choque. El balazo de excitaciones que hacen cabalgar los nervios, la sangre en las arterias. Es un rugido en los tímpanos. El alfiler largo, grueso y punzante en el corazón. La válvula falla. El auricular cae, y Javier también. Sus manos se dirigen con desesperación al pecho, lo aprisionan tratando de hacerlo funcionar, como tratando de quitar el dolor. Los ojos se desatan con estupefacción desmedida, es la expresión de alguien que siente que se le escapa la vida, su cuerpo le falla y siente que no podrá salir de esta. La esposa llega. Javier no escucha nada, sólo abre los ojos, como queriendo implorar, las venas de la sien no punzan, se le acaba en poco tiempo el oxigeno al cerebro. La señora grita. La sirvienta acude. Los hijos corren. Cuelgan el teléfono y hacen la llamada de auxilio. Se desesperan. Se apresuran por alcohol. Las medicinas. La bomba se niega y la sangre se estanca. La familia llora, gritan de desesperación. Los músculos se contraen y los vasos sanguíneos se violentan en espasmos, la piel se amorata y después de una tensión en las extremidades estas se aflojan y se languidecen. Javier muere de un paro cardiaco a las diez de la mañana.

Los especialistas en cardiología luchan por salvarle la vida; pero, David Sosa Yañez finalmente muere por complicaciones cardiacas de un paro cardiorespiratorio atribuido a una embolia grasosa pulmonar. Son las 13:30. La familia tenía previsto tal contingencia en últimas horas, razón por la cual los trámites y servicios se llevaron sin ningún contratiempo. El sufrimiento es casi indescriptible, la gente que a tenido que sufrir por la muerte de un ser querido, sabe lo que se siente. Conoce en carne propia el dolor de esta familia. Arrebatarnos a alguien, saber que ya no va a estar con nosotros, es una congoja que a nadie se le desea. Las palabras fallan al querer expresar que el dolor del otro es también nuestro. El llanto, el grito, la desesperación, el alma que se troza, se  derrumba, la impotencia ante la muerte, su injusticia, son expresiones e ideas que percusionan a la hora del fallecimiento de un ser amado.

Mientras tanto en Tlaxcala, es en la sala donde han puesto el cajón, la preparación del cuerpo ha sido rápida. Los tañidos luctuosos empezaron  en las primeras horas de la tarde y repican desde la iglesia de la Trinidad Tepehitec. Cuatro sirios custodian el féretro. Al frente es una cortina negra con una cruz con pedestal en aluminio pulido, el olor es a cirio, a flores y a resanderas del campo; se han dispuesto sillas para los visitantes que vienen a acompañar, a dar el pésame y a rezar un poco. Carmen hija entra como loca. Viene de Puebla. Su crisis nerviosa esta a punto de hacerla desmayar. Se abraza de su madre, también está inconsolable. Madre e hija se abrazan al ataúd:
—papá no te vayas, no nos dejes.
—Por favor Javier, levántate, dime que esto es un sueño, no, no es cierto, llévame contigo, ¡no puedo vivir sin ti! — la mujer llora desconsolada, los ojos rojos, en su cara se dejan mostrar los gestos del dolor, las facciones del alma que sufre, el grito, el gremido y el llanto son uno sólo en el cuerpo acongojado. 
—Papá, pápacito porque a ti, diosito llévame a mí en lugar de a él, no permitas que nos deje, por favor a mí, llévame a mí, ¿y ahora quien nos va a cuidar? Nos quedaremos solos, ¿Por qué abandonas de esta manera a tu familia que te ha querido tanto? No te vayas, no nos dejes.—a la mujer se le descompone la cara en lagrimas, la escena de las dos mujeres y lo que han dicho ha provocado consternación, un nudo en la garganta, lagrimas y lloriqueos, gemidos y mujeres suben con prisa a las habitaciones, ellas van por alcohol y sales de azufre, para las desmayadas y hacerlas volver en sí, los hombres en el portal platican en voz queda, casi silenciosa, entre sus dedos los cigarros  humean, de vez en cuando sus labios presionan el pitillo y respiran el tabaco. Todo el vecindario y el pueblo están consternados por lo sucedido. Ya han puesto el moño negro a la entrada de la casa y en una tina, cerca de la pileta, se van reuniendo los racimos de flores como azucenas, nube, rosas, gladiolos y margaritones.

La nueva viuda se ha calmado un poco, está sentada en la cocina con su suegra, y le avisan que tiene una llamada por teléfono del gobernador
—Bueno.
—Carmen. Quiero darte mi más sentido pésame por la muerte de Javier, tu sabes cuanto lo estimábamos, estas cosas que pasan nunca se esperan, y siempre son dolorosas, te acompaño en el dolor, en este dolor que todos tenemos, no sabes cuanto lo siento, las cosas de la muerte son siempre incomprensibles e inevitables. Más tarde estaré contigo, por el momento no puedo porque pasó otra desgracia de la que tu ya estabas algo enterada, murió a la una y treinta el Lic. David Sosa Yañez y estoy comunicándome y haciendo arreglos y viendo asuntos, estos son momentos muy difíciles, debemos de ser fuertes para seguir adelante… Carmen, tú lo sabes, pueden contar conmigo para lo que ustedes quieran, si se les ofrece algo, pídanlo, el funeral va a ser pagado por el gobierno Estado, de eso no te preocupes.
— Queremos enterrarlo en Huamantla
—Sí, yo te mando la carroza,  unas patrullas y elementos de la corporación para la escolta. ¿Ya avisaste a Huamantla?
—Sí ya saben que se va a enterrar allá, la misa va a ser en el convento.
—Bueno avísenme para cualquier otra cosa que necesiten, voy para allá en cuanto pueda, ¿he Carmen? 
—Sí, nos vemos.
—Que pasó hija que te dijo.
—Que falleció también el  Lic.  David Sosa Yañez — la voz corre como el viento, la noticia se esparce por el vecindario, el pueblo y la ciudad con una celeridad de ráfaga.
—Señora, aquí está Don Margarito, el encargado del panteón de aquí. Dice que si lo van a enterrar aquí, que porque dice que no le han avisado de nada y mejor ha venido a preguntar
—No, dile que lo vamos a enterrar en Huamantla, pero que le diga al padre que oficie una misa para Javier; al rato va a ir Doña Engracia para que pague la misa.
—Aja,
—Señora, dice el panadero que cuantos canastos de pan dulce va a querer, que él calcula que como dos son suficientes.
—Ajá, dile que traiga dos, luego hacemos cuentas. — Las jaculatorias inician. Las resanderas miran las cuentas del rosario y sus ágiles bocas pronuncian las letanías con maestría.

Francisco y su esposa acuden por la noche al rosario. La señora había mandado con Martín, el recado de que Javier había tenido un paro cardiaco y había muerto, para que Francisco comprara flores con Don Alonso y llevarlas a la hora del rosario. Cuando Martín llevó el recado, Francisco sabía de la muerte de David Sosa Yañez y se sumaba la muerte de Javier. El rumor de las malas noticias corriendo más rápido que las noticias buenas; la mitad de la población conocía la muerte del exgobernador. Ambas muertes era una contingencia que jamás se había tenido en la ciudad, la gente murmuraba que tal vez lo habían matado, que había sido porque era un candidato presidenciable. Algunos pedían que se trajeran los restos a Tlaxcala, pero ya la familia había previsto que se enterrara en el “panteón Francés”, en cuanto a Javier, nadie se esperaba su muerte, tenía cuarenta y dos años, edad de madurez, pero todavía a esa edad se podían hacer muchas cosas. En la casa de Javier hay gran cantidad de gente. Amigos, conocidos, parientes, vecinos tíos, compadres, socios; de todo hay en el velorio, a orillas de la carretera están los autos, dos filas largas en cada lado, que van desde coches, camionetas, carros de volteo, camiones de pasajeros de distintas líneas de transporte, carroza y patrullas de la dirección de tránsito. La casa está llena, se ha reunido toda la familia, los parientes políticos, los políticos, algunos presidentes municipales, algunos dirigentes de partido y de sindicato, locutores de radio, veterinarios y ganaderos del estado, gente humilde de los alrededores. Caleserito está que no le calienta nada y Jorge igual, toman algunos mezcales y fuman. Su temple de hombres bravíos se abate. La muerte la viven cerca en los toros, pero la parca cuando toca cerca, en un hombre que ha hecho tanto por la fiesta brava es amarga, dolorosa. El ambiente de Tlaxcala es de desolación, el repique  de las iglesias y el aullido lastimoso de los perros, aunado a la mortecina noche negruzca hacen un entorno de miedo, tristeza y desamparo.

Martín no quiso ir al rosario. Las cajas de muerto le dan miedo y no le gusta rezar las oraciones. Se ha quedado en la casa del tío Fidel, juega con las primas a los espantos. La casa del tío es amplia, tiene una serie de habitaciones  y recovecos que hacen del lugar un estuche para el juego. El ambiente externo parece que los ha alimentado, sí, han sido las pláticas de los adultos, y el cuchicheo de las gentes por la calle hablando de cadáveres, quienes han hecho construir en su pensamiento la diversión. La noche obscura es ideal para hacer distracción con monstruos y espantos. Las primas son tres: Maribel, Magdalena y Margarita, con la edad que ronda en los diez años. Son inquietas, ruidosas y coquetas. Han empezado por platicar de muertos, luego con accidentes sangrientos, después de calaveras y sombies hasta terminar con monstruos de catacumbas y difuntos decrépitos y despellejados. Es el recreo en donde se trata de entrar a una habitación obscura y allí se encuentran escondidos los muertos, cadáveres y “calacas salvajes” que gritan espantosamente y se le abalanzan al recién llegado hasta hacerlo huir o matarlo de pura risa. Entre todos se desata un entretenimiento de lo más gustoso, son las veces en que las mujeres entran y Martín con gritos guturales y onomatopeyas de animal intratable, hace huir y hace gritar a la más miedosa o las veces en que las mujeres con sabanas encima cual fantasmas en convento maldito, aúllan y le hacen cosquillas a Martín y éste se revuelca en el piso o termina con todas ellas encima en la cama. El sobo y manoseo de los primos es ingenuo, es parte del ir creciendo, de reconocer el cuerpo propio por medio de otro igual, o distinto; no hay malicia, sino un ligero juego sexual. Terminan cenando y contando chistes y adivinanzas en el comedor de la casa.



 DOMINGO 14 DE JUNIO




L
a capilla # 6 de la funeraria Gayosso en la ciudad de México, es abierta a las ocho y treinta; Desde esa hora han empezado a montar guardias de honor al lado del féretro. A la agencia de pompas fúnebres han llegado personalidades distinguidas de la política, familiares allegados, parientes y conocidos, todos han pasado a dar el pésame a la viuda y a la familia. La calle Felix Cuevas está llena de coches, la carroza aguarda en el estacionamiento hasta la una de la tarde para iniciar el recorrido hasta el panteón de la Piedad. La ciudad está en calma, es un día domingo en el que la gente descansa para continuar el día lunes con  la rutina de ir al trabajo.

Carmen Iñiguez Viuda De Vega está siendo velada también, así como David Guillen Rioja, están en distintas capillas. Los dolientes llegan. Se abrazan. Se sientan en las bancas y sillas. Rezan. Observan el féretro, el cadáver y dicen palabras, casi indescifrables, opacas. Afuera de las capillas está la cafetería. Los maceteros ornamentan con plantas de tierra caliente, la luz artificial es distribuida convenientemente según la zona. El olor de las flores, las veladoras y demás es la singularidad que invita a cavilar sobre nuestro estar en este mundo. El ataúd es un artefacto que descalabra el ego, lo despostilla, aquellos que se sienten seguros con su vida, dudan, agachan la mirada, se desinflan. En el vestíbulo conversan en voz baja, y son las virtudes del hombre, su calidad humana, el carácter amable, decidido; sus experiencias y los hechos en su biografía las que están en boca de todos. El humo de los cigarros hace cabriolas y luego se desvanece, se integra al ambiente. El color negro resalta, así como las caras alargadas y descoloridas con lentes obscuros y ojos decaídos.

Montan guardia de honor: gobernadores, senadores, diputados, dirigentes del partido y presidentes municipales; directivos de dependencias de gobierno, personalidades de la política y la abogacía; maestros, compañeros y directivos de la Universidad Tlaxcalteca. Así como las personalidades de su estado natal: como empresarios, industriales y ganaderos; en fin, son muchas las personas que van a despedirse, que acuden para presenciar el final de un hombre, el término de una vida.

En Tlaxcala se ofician misas para su eterno descanso, Las hay en Ocotlán, Apizaco, San José y en distintas parroquias del Estado. Los sacerdotes hacen plegarias, pidiendo al altísimo su venia para tenerlo al lado suyo. Así como también piden oración a los feligreses para que el alma descanse en paz. La consternación en el Estado es total, la gente en las calles, vuelvo a repetir no habla de otra cosa. Algunos dicen que fue Dios mismo quien lo mandó llamar, otros, que fue un maleficio sentenciado por uno de sus enemigos políticos, y otros más dicen que fue el gobernador, otros afirman que no fue otra cosa que una mala suerte que lo pilló y no le dejó escapatoria, otros más afirman que fue un accidente provocado por uno de los candidatos a ocupar la silla presidencial, y los hay también quienes afirman que fue un nagual el que se le atravesó en la carretera y provocó el accidente; en fin, son muchas las versiones y diversos los juicios; cada cual se queda con el mito más a tono y el que más le acomoda. Los filósofos podrían llamarle una “víctima propiciatoria” pero de eso nosotros no entendemos nada. 

Martín va a ir en la tarde a misa de siete, cuando termine sus deberes tendrá la mañana libre, da de comer a  los animales, desayuna hot-cakes, y un vaso de chocolate que le prepara su madre; ella ofrecía una torta de tamal y atole, cosa que dejó para más tarde. Sale corriendo al campo de fútbol del hospital. Allí está la pandilla correteando y dándose sobos y agitando los brazos para quitarse  el frío. En las piernas jiotosas de algunos se asoma la carne de gallina, los shorts  descoloridos no tapan gran cosa. Hay uno que trae una camiseta de los pumas  y grita:
— ¡Y aquí va Hugo Sánchez, y Hugo Sánchez lo burla se la pasa a su compañero, se acerca a la portería y tira un cañonazo que dobla al portero y mete y goooool, gooool de Hugo Sánchez!

Otros dos suben el moco y uno de ellos lo embarra a complacencia en el brazo desnudo y brillante. Esperan a que lleguen los otros deportistas. Rodrigo llega con una camiseta con el número treinta y cuatro y con el nombre en la espalda de Fernando Valenzuela, trae el balón desinflado como cuenca en la cabeza, trae unos tenis marca “puma” y unas calcetas percudidas con franjas paralelas en verde y azul. Se reparten equitativamente, sabiendo que Martín juega más o menos, Beto es un maleta, Juan es el mejor, y Rodrigo es bien cochino, respecto a los demás, hay le hacen la lucha. Al estar a medio partido, escuchan el ulular de las patrullas de policía. Es una comitiva en caravana lenta. Llevan en la carroza a Javier Pérez Ortega, la fila de autos es larga y esa fila irá hasta Huamantla donde va ha ser sepultado. Hay tres camionetas llenas de coronas y flores. En los autobuses va la gente que se reunió antes en la casa del finado. Se quedan por un momento quietos. Observando ese acontecimiento. Se observa la carretera y los autos a lo alto, frente al pueblo de San Hipolito Chimalpa.  Van rumbo al distribuidor carretero llamado “el trébol” y de allí a pasar por “la y griega”  y luego a Apizaco para finalmente llegar a Huamantla. Los chamacos pronto se olvidan y continúan pateando el balón y metiendo goles, para ellos no es más que un acontecimiento que se cruza en sus vidas pero que no tiene ninguna trascendencia, su realidad es otra, el juego, el esparcimiento, son más importantes; La muerte en la concepción de ellos es lejana, existente sólo como juego o como una expresión tradicional del día de muertos, aquella que viene siendo también la algazara ante la parca.

La vida cotidiana en Huamantla se ha trastocado. Casi toda la población ha estado en el duelo de las 12 horas, en la calle Allende Norte. Es un inusitado contingente quien acompaña desde la calle Allende hasta el convento y de allí a escuchar a la misa de cuerpo presente. El convento franciscano se ha llenado con feligreses; después irán al panteón de “Nuestro Padre Jesús”. En una de las lápidas de lado izquierdo donde está la excavación para depositar los restos se observa una inscripción:

“Margarito Pérez, 20 de junio de 1895, Vino a esta tierra de tristeza y duelo formando de sus padres la alegría pero al mirar del mundo la agonía, tendió sus alas y elevose al cielo, los afligidos padres le dedican este recuerdo”.

En la cruz se observa una corona y una escalera. En derredor hay una multitud de lápidas con una variedad de inscripciones que van desde ser poéticas, dolorosas, de mero dato de fecha y nombre, lujosas y tipo telegráfica, entre otras muchas más; los monumentos los hay de pura tierra y una cruz con maleza de adorno, otras son una plancha de mármol, otras son un pequeño castillo, otras son criptas, y otras más son una escultura en granito, todas con cruces y elementos católicos. El tumulto de la gente no se aprecia del todo debido a los montajes de cruces que ambientan al panteón.

Al panteón francés llegó la comitiva desde la funeraria. La larga fila de carros es proporcional al ser querido que se va, por tanto el lector se ha de imaginar la multitud que va a despedir a David Sosa Yañez. Para esto, en la entrada se han dispuesto ya los vendedores ambulantes para comerciar que el refresco, los chicles, la paleta helada y las flores entre otras cosas más. El sol luce espléndido, la blancura de las lápidas contrasta con el color de las ropas de los dolientes, A Doña Refugio Ruiz de Sosa la van acompañando de cerca todos sus hijos y parientes más cercanos, además del gobernador de Tlaxcala. El sacerdote es el que lleva a cabo la ceremonia y doña Refugio es la que lanza el primer puño de tierra. Tal vez sería más agradable narrar sobre las flores, el ambiente de la ciudad, la arquitectura de las edificaciones, el gesto doloroso de las personas o los acabados que tienen los mausoleos para así desviar aunque sea por un momento, la congoja o aquello que podría interpretarse como falta de respeto; pero si bien, podría darse ambas situaciones narrativas, lo que aquí se buscaría sería mostrar la imagen completa de la muerte de  David Sosa Yañez. Y creo, o por lo menos se intenta, tener un panorama completo. El narrar  que es lo que sienten, su interioridad, su subjetividad podría escaparse o podría ser: dolor, acto protocolario, evento social, recuerdos de instantes agradables, el momento en que se muere, la hermosa nalga que tiene la muchacha del vestido negro, la oración ferviente, confesiones ante Dios, de algunas malicias con el recién hombre muerto, los desmoralizados pensamientos, la  meditación cerrazona del futuro, los pensamientos juzgones entre otras muchas cantidades de pensamiento diverso.


 

A
l paso de los años. Martín Barrios es un hombre de mediana estatura, de complexión delgada, y tez morena, tiene un caminar muy juvenil, pandeándose como un barco chico en oleadas grandes, al dar el paso, la punta del pie se inclina hacia afuera cosa que por desgracia hace gastar zapatos. Su cara es redonda, con dientes blancos, nariz recta y hoyuelos en las mejillas; la frente regular con unas casi imperceptibles arrugas a lo largo y en el entrecejo, sus orejas medianas son disimuladas por el cabello de las sienes, tiene  algunos lunares entre la base del cuello y los omoplatos, los hombros son fuertes y sus brazos son fortalecidos por fibroso músculo de hombre joven.

La vida ha sonreído a Martín, no le ha faltado dinero para el estudio,  vive bien, tiene dos novias que va capoteando y tiene amigos con los que puede, en fines de semana, tomarse unas cervezas bien frías; y en ocasiones, de ir a los bailes populares. Su carácter es temperamental cosa que ha sido un detalle que ha sabido franquear la familia. Ha viajado a otros Estados de México, ha conocido las playas de Acapulco, Veracruz  y Mazatlán. Y le ha gustado el campismo y escalar las montañas más penosas como el Popocatépetl, el Iztaccihuatl, la Malinche y la Cuatlapanga. Ana Roldán de Barrios, su madre, continua en casa, en su cabeza pintan canas y desde hace algunos años se hace permanente crespo para disimular la caída de cabello. La economía de la casa se quedo estancada, a tanto que su papá dejó el negocio de comerciante y se metió a trabajar a la fábrica de telas Zahuapan.  La cocina y las costumbres no cambiaron en nada, estrenaron sala, la mesa del comedor fue substituida por otra igual, pero ahora Martín la había entintado al alcohol y barnizado con brocha gruesa.

La vida en Tlaxcala no ha cambiado en nada, siguen  las mismas calles, la misma gente y otras más venidos de distintos lugares. Se tienen otros servicios y mejoras; carreteras, avenidas alumbrado, comercio con otras entidades, fábricas y maquilas así como educación en todos los niveles tanto públicas como privadas. Ha crecido vertiginosamente el turismo y aquello que en viejos tiempos estaba durmiendo bajo tierra, iba a ser descubierto. Los días sábados seguían con su traqueteo cotidiano del tianguis y la cotidianidad era igual pero al mismo tiempo distinta, cada vez más moderna, aunque algunos queriendo saber mucho y presumiendo de intelectuales afirmaban que la postmodernidad también había llegado a Tlaxcala. —Cosa que yo dudo, porque de eso no entiendo ni madres— La internet y las computadoras son la panacea de fin del milenio y de principios del siglo XXI. Son las fechas en que todos quieren hacer fiesta para celebrar el fin de milenio, para mí es un año más que me hago más viejo. Si supieran los hombres que vivieron el principio de este milenio que se termina, la carga horrible y pesadillosa de los años, cargar a cuestas un siglo es pesado, ahora un milenio es para locos, pero yo prefiero sufrir amnesia. Que chingá me importa la modernidad. Mil años más cumple una humanidad que está en pañales, que no se imagina los mil años que va a vivir más adelante y paro de contar porque no quiero sonar como escritor de ficción y fantasía. Y Además también eso me importa un pepino, porque yo, cumplo mi existencia así o asá y ahí nos vemos, que es mejor estar muerto que mal acompañado, porque la compañía como la humanidad esta que conozco no me atraen a la cabeza más que injurias y desconsuelos. A Martín Barrios pueden topárselo en cualquier esquina de la ciudad de Tlaxcala, nomás no se espanten cuando lo vean, y comprendan que es verdad, que él existe; a mí también pueden encontrarme en cualquier banqueta de la ciudad, tanto él como yo somos seres ordinarios, seres que se pueden confundir en el mercado, que viven la realidad más monótona y triste, que somos tanto él como yo dueños de nada, por lo menos él tiene un oficio, y  yo nada más le hago al cuento. Soy uno de los que piden limosna aquí en el mercado, cuando gusten pueden venir a socorrerme.

Bueno…Ajá, Martín Barrios va a México a conseguir la visa para pasar del otro lado y también para comprar algunos libros por allá por Miguel Ángel de Quevedo, Resulta que en la ciudad de México se encuentra con un hombre en una banca del parque de Insurgentes sur y le hace la plática, y aunque esto suena de mucha casualidad, como en las novelas que suelen pasar en la televisión, es verídico, lo malo es que no pueden verificarlo porque el hombre  está muerto.
—Que, de donde  vienes, tú, dame para un trago.
—No tengo, sólo tengo para mi pasaje, pero si quieres te doy la mitad de ésta torta.
—No chingues, pinche torta apestosa, y luego de guevo… no, con eso me dan agruras—Martín trata de irse, quiere comerse la torta y el refresco a gusto.
—No, no te vayas chinga. Pinche delicado, has de ser de alcurnia. A ver, dime en donde vives.
—Vengo de Tlaxcala y tú de que colonia eres.
— De la Rosario, que cosa vienes a hacer acá, los fuereños nomás nos vienen a contaminar—Martín se sonríe mientras ve la nata de smog en el cielo y atisba un microbús con los cristales ralloneados y con grafitis en los costados, la avenida delira en autos y gente.
—Sí seguramente porque los chilangos son una pureza de gentes.
—Sí, por eso al interior de la república todos nos respetan.
—No será por miedo. —Martín continúa comiéndose la torta, cuando siente que se atraganta, le sorbe al popote mientras sostiene la bolsita del refresco a una distancia conveniente. Los dos permiten que el silencio de la plática se solace entre el barullo de la calle. Ambos se dedican a observar. Se duermen  en ese atisbamiento, uno simplemente observa, el otro mastica.
—Yo una vez fui a Tlaxcala… hace mucho—el hombre  se aclara la garganta y lanza un tremendo gargajo verde sobre el pavimento, poco a poco va disecándose. El sol es fuerte. — fuimos con unos amigos a arreglar un asunto. Te lo voy a platicar nomás para pasar el tiempo y porque después de más de veinte años  ya no me puede pasar nada. Además de que me vale madre.
—Disculpe pero no tengo tiempo…
—O espérate, no te la voy a hacer larga. Esto es nomás para no llevarme la historia. Además de que quiero que se sepa que es lo que pasó.
—que… se cogió a una tlaxcalteca
—No, eso hubiera sido bueno, dicen que son chaparritas pero eso sí, ¡bien chichudas!…No la onda fue otra. Una vez nos contrató un diputado que se llamaba Silvestre Ocampo para accidentar a un exgobernador de allá, éramos unos cuatachos los que andábamos en ese tiempo; era Daniel, Feliciano y yo… y creo que también Nicolás… no creo que él no estuvo, él estuvo en Guadalajara. Bueno pues, fuimos y descompusimos el coche para que se accidentara. El Diputado Silvestre quería quitarlo de en medio para ganarle en la secretaría de Agricultura… no creo que la que peleaba era la de Energía, pero al fin y al cabo no se quedó con ninguna, en realidad no sé que fue de él. Daniel era el que comandaba y como te digo, fuimos y le descompusimos el coche una vez cuando al día siguiente vendría aquí a una reunión, o a una conferencia, ya ni sé… El caso es que se accidentó, no pudimos verificar si nosotros habíamos sido los culpables o habría sido otra cosa, porque en esa ocasión, la noche que nos quedamos en Apizaco, era el concurso de Señorita Tlaxcala y nos quedamos allí viendo el show y “chupando”, teníamos que haber ido muy temprano, de cerca, a ver como se accidentaba el carro del Exgobernador, oyes, ¿no te acuerdas como se llamaba el gobernador ese que se accidentó?
—David Sosa Yañez
—Bueno, ese, después nos enteramos que estaba accidentado y ya, nos dieron nuestra paga. Nos hemos de haber ido a algún lado a festejar. Ya ni me acuerdo. En  Tlaxcala nomás fue esa vez, además que ni  me gustaba, pinche pueblo feo, no hay diversión, ni siquiera putas han de tener. —Martín se queda callado, mira a los ojos de Manuel, él, que esquiva las miradas directas, observa el gargajo y lo embarra con la suela del zapato.
—A poco crees que me interesa lo que me estás diciendo. Nos vemos.
—Espérate, déjame platicarte cuando fuimos a matar a una persona importante…
—No… hay te ves. — Martín continúa por la avenida y quiebra por el bulevar rumbo a la librería por Miguel Angel de Quevedo.

Rosa Vargas fue presidenta municipal de la capital del Estado y actualmente es diputada por el segundo distrito en el ámbito federal. Aún no se ha casado. Ha construido una casa con acabados de lujo. Se ha vinculado con las altas esferas del gobierno tanto federal como local y le ha sacado partido a los vínculos familiares. Las enseñanzas que le había dado el licenciado David Sosa, las había aprendido de muy buena manera, a tanto que era tal vez candidata al Gobierno del Estado. Sus encuentros con mujeres continuaron y cada vez era más el sometimiento al que eran postradas porque cada vez adquiría mayor poder, además de que a ellas les gustaba estar sometidas, recibir un costoso regalito, salir de paseo o de vacaciones o comer en buenos restaurantes. En cuestión de amor, Rosa Vargas, es una experta para complacer a su amante, y algunas de ellas hasta provocaban los encuentros en fiestas y reuniones, quieren sentir las manos femeninas sobre sus turgentes cuerpos deseantes. Es el cunnilingus perfecto, infinitamente agradecido, y los orgasmos entre ellas, caen como “bolo” en bautizo de pueblo. Rosa Vargas es sexualmente feliz, le queda un largo trayecto que avanzar en política y vida pública. Ella es un ejemplo de feminismo y liberación del género en Tlaxcala, es el prototipo de la mujer moderna y emancipada.

Pedro Castillo terminó su mandato y cedió la batuta al siguiente. No continuó con la carrera política porque se enfrentó con enemigos que él se agenció durante y después de su mandato. Todos decían que era muy mal hablado y un  patán, que tenía la boca muy suelta, cola que le pisaran y de que tenía fama de borracho, parrandero, mujeriego y demás; o sea, era un político integro de pies a cabeza. Las ocasiones en que quiso subir en la escala política fue en las siguientes elecciones para diputado, pero no consiguió la venia de la directiva nacional del partido y por tanto no lo apoyaron, después cuando quiso entrar de nuevo fue cuando apoyó al candidato de su partido para gobernador, pero la alianza de partidos de izquierda  dio al traste con sus expectativas. Últimamente se le ve con algunos amigos entre ellos “Alvarito” allí en el “cuarto señorío”, bar muy conocido y además céntrico.

Doña Refugio Ruiz viuda de Sosa se fue a vivir a la ciudad de México con su hijo Isauro y llega también a la casa de Blanca, también casada y con tres hijos, El hijo mayor de Isauro: David terminó la carrera de economía y quiere entrar o bien a la maestría o bien a la carrera diplomática. En la casa de Apizaco continúa viviendo Luis, el hijo menor. A él le fueron buenos algunos negocios, otros no. Tiene mayor experiencia, y allí la lleva, tiene lo que quiere. Los otros hermanos no se pueden quejar. La vida les ha sonreído. Las fechas en que en el gobierno del Estado hacen homenaje en nombre de David Sosa Yánez, todos se reúnen; allí está Doña Refugio Ruiz viuda de Sosa, sus hijos: Isauro, Miguel, Blanca y Luis, así como Pedro Castillo González, Rosa Vargas, el síndico de Apizaco, el gobernador actual, diputados y gente de la política entre otras personalidades y amigos del emérito hombre de Tlaxcala.  

En la misma fecha es también el homenaje que se le celebra en Huamantla a Javier Pérez Ortega, frente al busto se ponen sillas. La principal protagonista es Carmen Castillo viuda de Pérez, sus hijos: Carmen, Javier, Carmina, Ernesto, Luis Javier, Alejandro, y Ricardo. Entre los presentes también se llega a ver a Caleserito y en casos excepcionales, cuando tienen tiempo, a Francisco Barrios García y su esposa: Ana Roldan de Barrios. Martín no va, no le gustan los homenajes, prefiere ir al cine con una de sus novias y allí en lo obscuro, hacer cosas, y dar besos.




M
artín observa a través del cristal, los trebejos oxidados en el patio de la vieja casa donde trabaja. El polvo y el aceite adornan las estructuras de telares viejos haciéndolos ver marchitos y cansados, el residuo se duerme también en las telarañas, se tornan en colores cenicientos y en parte donde las baña el sol de plomizo brillante; Los viejos hierros se aferran a la vida, pudriéndose en el piso de tierra como si enterraran su hocico en el fango, tal vez, parecidamente a echar raíces en el terreno insondable, en la baja capa del suelo arcilloso. Alguna luz del reflejo metálico brilla en el patio, trata de crear una vivacidad en chispas que asemejan centelleos minerales. Toda esa mole de objetos, el jardín de metales, coexisten en la misma zona, aparecen en la narración, tanto el jardín como el mismo Martín. El zumbido deslucido de los engranes del torno, instaron a Martín a reaccionar. Le dio la vuelta a la pieza que torneaba para seguir desbastándola. Frente a un torno pequeño, labora de manera artesanal las piezas de los telares tales como: bujes, rondanas, tensores, tornillos… se acerca don Javier, revisa las piezas en proceso y con frío desdén pregunta:
— ¿Crees que haces lo mejor que puedes? ¡Te estás tardando! Hace algún tiempo como ya te había platicado, trabajaba en la Volkswagen, hacía sesenta piezas de esas en dos horas, así es de que hijo mío. Échale ganas— Deposita en la mesa de junto un sobre, al mismo tiempo continua —Aquí está lo de tu semana, limpia tu lugar de trabajo y nos vemos el lunes a las ocho.

            Martín cierra el portón de la casa marcada con el número cuatro, acomoda las manos en las bolsas del pantalón y camina. Quiebra la esquina de Manuel Roldán y Antonio Díaz Varela en el templo de Guadalupe, y se dirige hacia abajo hasta la parada de “La cruz” donde tomará el colectivo para Tlaxcala. Se detiene en el aparador de la tienda “Modas de alta clase “Vanitty”. El maniquí cubierto con un camisón sensual ataviado con dos gasas al cuello y garbo de golosina, luce como efigie; al fondo, la ropa colgada en ganchos, y en la vitrina se exhiben anteojos negros de muchos modelos, aretes multicolores entre otros accesorios personales. Pasa al siguiente negocio: la papelería “Grecia”.
—Que le damos— contesta una señorita sin quitar la vista de la televisión reposada en los anaqueles.
—Un portaminas del 05— responde Martín en tanto que rasca en sus bolsillos asegurándose de tener dinero.
—De ochocientos o mil doscientos.
—Me los muestra por favor— la mujer estira el brazo y alcanza dos cajas  sin bajarse del banco, permanece sentada.
—Este es de ochocientos y este otro de mil doscientos
—Mm… quiero este rojo— al tiempo que saca unas monedas.

Martín Barrios Roldán,  como ya habíamos afirmado es físicamente de complexión delgada, de estatura mediana: 1:68, tez morena, pantorrillas musculosas y hombros anchos. Su cara ligeramente redonda, nariz recta con orificios anchos, barbilla cuadrada, vistosos dientes blancos con formación de mazorca; en tanto que sus ojos cafés de vista distraída denotan carácter. El cabello corto, educado hacia atrás en tanto que las orejas confundidas sin sinuosidades; los brazos musculosos y velludos de los cuales decía su madre Ana que los había heredado de su padre al igual que la frente y las entradas al estilo Pedro Infante, pero estas últimas un tanto ocultas para no verse viejo y calvo. Las manos fuertes, curtidas, echas para el trabajo pesado. El rostro franco, aceptable y en ocasiones simpático, pero detrás se ocultaba una astucia y más oculto aún estaban sus sentimientos, como si contara con un corazón de piedra o como si el buen Dios no hubiera volcado en él las virtudes de la compasión, el amor, como una consecuencia de la iniquidad natural.

            Martín: un sujeto más en la cuenta de los censos, producto de la clase media, un personaje simplemente dado, echado a la vida, protagonista de desecho, como vida inútil, estéril. Puesto como un simple consumidor o bien el ente que se entreteje en los miles de laberintos sociales, en la infinita cantidad de entramados culturales y demás interrelaciones de clase media mexicana

Nuestra narración se desarrolla a finales de los 80. Los años se mezclan en la historia de México con escenas de Panamá y Antonio Noriega ante una nación que dirige el coro mundial de las naciones al mando de Ronald Reagan. La guerra Irán-Irak se desenvuelve entre bombardeos aéreos en Teherán y otras ciudades iraníes y  ataques a Basora y regiones sureñas a lo largo de la frontera.  El autoritarismo y los narcóticos son dos jinetes apocalípticos que cabalgan en las naciones y dejan huellas de incertidumbre y decepción. Es un mundo en el que la sociedad levanta la vista para ver el camino a pesar de vislumbrar inagotables baches. La crisis económico-financiera mortifica a todas las naciones y las menos desarrolladas se quedan con ella, la heredan; La irritación social de la clase media con respecto al “cuento de nunca acabar” se convierte en un carácter de su realidad.

            La modernidad y conceptos como progreso y desarrollo paralizan el pensamiento y la reflexión al ver ejemplos de ciudades como Detroit en Estados Unidos, donde millones de personas vierten desechos y excreciones adulterando el medio por amor al progreso. La basura, las plantas manufactureras y comerciales, las fábricas de pinturas, de productos  químicos, minas de carbón, fábricas de cemento, instalaciones siderúrgicas; son un jardín propio de finales del siglo XX  y recrean el horizonte que promete poco para las décadas venideras. En periodos anteriores, se había dado el auge de las drogas, era el símbolo de una realidad del cual se quería escapar. Las sociedades ahora piden estimulantes como una connotación de desprecio al trabajo; se trata de falsificar por segmentos sutiles la vida, de manera artificial y con ayuda externa se buscan sentidos de existencia, para olvidarse del enajenado desarrollo capitalista.

            Se ha desencadenado una campaña mundial contra las drogas en donde la principal acción es abatir el consumo de narcóticos cuyo primordial mercado es la nación Americana. Se irriga el mercado de las drogas, de los estupefacientes. Ese es el perfil del mundo en cierta manera, México se teje con ellos con integridad indefinible, estas problemáticas antes señaladas hacen llagas y constriñen a los sectores sociales bajos. Es difícil descifrar el entramado de paradigmas indecibles que se desarrollan  en México; la carestía y una espiral inflacionaria dejan entrever el atraso tanto tecno-científico como de infraestructura financiera a la par de la ingeniería chata de política. La administración de la burocracia cuesta al Estado y deforma los márgenes del impulso industrial; es así que se convierte en quiste que mama los movimientos de liberación que busca México para dejar de ser país en vías de desarrollo. Miguel de la Madrid Hurtado, Presidente de México, en su último año de mandato, sostiene la nación tratando de detener la carestía por el parálisis y anestesiamiento del capital y anuncia el pacto de solidaridad económica, en tanto que atrás de él, el exsecretario de programación y presupuesto: Carlos Salinas de Gortari, hace labor electoral como candidato del Partido Revolucionario Institucional. En México, la provincia entiende de manera microscópica las problemáticas del país y del mundo. La percepción en los estados del interior se mezcla con la vida cotidiana; es decir, baja a las calles la pesadumbre de la inflación, la carestía, el contexto de la vida diaria, las costumbres provincianas, los prejuicios morales y sociales cerrados, la marginalidad del desarrollo y trabajos con manufactura artesanal o semi-industrial es el marco. Es el hemisferio donde muda la singular puesta en escena de la provincia.

            La ciudad de provincia donde se hunde nuestro protagonista es Tlaxcala, región con historia larga de comentar pero a pesar de ello se adorna con juventud en la historia, ciudad pequeña situada en el altiplano central mexicano rodeado por el estado de Puebla. Más adelante señalaremos el complejo social que enmarcaba a Martín Barrios.

            Martín despunta en su juventud. Ya no es más aquél mocoso que jugaba fútbol en el campo del hospital  Cuenta con 17 años, muchacho deportista, inquieto, escritor y lector de algunas cosas que lo hacen salirse de sus problemas, trabaja en un taller mecánico con tornos, fresadoras, cepillos, esmeriles; en la vecina ciudad de Santa Ana. Su patrón, hombre conocido como Don Javier Santander, se encarga de fabricar refacciones para las máquinas de las fábricas textiles de la región. Martín ha terminado apenas sus estudios y realizado su servicio social en el taller mecánico de la escuela.

            Llegando a casa se dirige al baño para lavarse las manos y la cara llenas de aceite; el jabón queda con un barniz de grasa, tiene entendido que ese jabón traerá problemas, llega a su cuarto secándose las manos y se tira a la cama. Está cansado. Se duerme y sueña:

            Todos están en diferentes escalones, y yo estoy en la cima contemplando el panorama de adentro y afuera, desde la calle me saludan unos conocidos, mi bajada no tiene la menor importancia, veo a mis hermanos trabajando arduamente cargando costales de carbón y ésta es una gran montaña interminable, sus caras cubiertas de tizne, hacen denotar su agotamiento en un trabajo sangrante por conseguir el sustento, el dinero.  Veo la casa grande, de ladrillo rojo donde vivimos; en ella se encuentra mi madre acompañándome, ella extiende sus manos blancas, tiernas y me regala una foto de un hombre famoso. Emprendemos el camino, mi madre baja la mirada mientras camina, ella seguramente está triste por el destino, pero al mismo tiempo su cara es una esfera de luz que resplandece con alegría.

Anota Martín en su libreta —6:30 fui al gimnasio y entrené brazo, 7:15 salí del gimnasio y me fui a trabajar. Es día sábado de 1988, trabajé hasta las 13:00, me dijo el patrón que trabajara rápido y bien, me pagó cuarenta y seis mil pesos que gasté en: unas vitaminas de veintiún mil pesos. Diez mil seiscientos pesos en una agenda y mil doscientos de un portaminas. vi. tele y en este momento me pongo el antifaz de escritor:

“Podría ser, ¿Podría suceder acaso que una sola dosis de embriaguez de masas me convierta en un canto subversivo? Pudiera ser que allí metidos en los protocolos de la diversidad e hiciera saltar ese indefinible estereotipo que esconde sus pliegues ahora apaciguados en la integridad, podría llegar a ser actual el echo de que mi púdico consumo se torne en moralismo público, es, como si el espectáculo que yo mismo recreo se ciñera a las protagonizaciones diversas de la complejidad, podríamos entender que estamos convertidos a credos económicos y que por si fuera poco, el filtro que cuela nuestro interior cambia a diferentes denominaciones. Nuestro empeño es una posibilidad que llegue a ser actual. Es un problema cotidiano, la sustentación del pellejo y por el otro, las sociedades. Sólo queda ahora callar y escuchar.

10:15 Martín duerme. Su cabeza sigue trabajando con signos, con palabras, con imágenes. Se torna todo en una diferente realidad, su sustantividad onírica por el momento le hace presencia a la  complejidad; es decir, se entrega a los significados sedimentados en la conciencia con proporciones, son  topografías, laberintos de la percepción; para Martín es real.

            “Ven crucemos el río sobre este puente y lleguemos a aquella plataforma, a la planicie. Observa que no es peligroso, sólo adquiere gallardía ¡Lánzate! Es el último obstáculo, no morirás en la caída. Romperse los huesos es poco, hay que romperse el alma, hacernos pedazos. Es peor caer en ese río de cauce extraordinario, a esa corriente. Mírate como estamos cruzando puentes con facilidad viendo los colores y en aquella plataforma: la sociedad (un poco más abajo) esto es grandioso., la cascada muestra la belleza de la vida. La perspectiva que lleva nuestra situación pone la jerarquía de las dimensione., Es la contradicción de puentes y ríos. ¿Porqué te preparas tanto para el ultimo desgarre? El que lleva hacia la práctica, casi no importa pero… ¿Te has quedado allá? Me hiciste  creer que vendrías conmigo, mientras me hacía pedazos, gozando mi caída; mientras, sigues allá preparándote banalmente haciendo trabajos que no vienen al caso. No hay nadie donde estoy, me encuentro intermitente, despierto cuando están dormidos seco donde los demás están mojados y es una diferenciación tal que me pierdo y no puedo encontrarme.

—8:00 a.m. Domingo trece. Es día de San Rodrigo (No conozco a ninguno para felicitarlo) —Escribe Martín en su agenda que acaba de comprar el día anterior. Termina el día y continúa —me paré y almorcé. Fui por las tortillas. Compré la pila del reloj y me costó mil pesos. Regresó Alejandra y Matilde de Puebla. Fuimos al centro expositor a ver la feria industrial y comercial. Vino mi amigo el pelirrojo y salimos al cine. 10:15.

En Tlaxcala, para impulsar el comercio se ha iniciado con la primera feria industrial y comercial, había acudido con sus hermanas. De regreso se encontró a su amigo que lo invitó a los “Cinevas” cuya película exhibida era Los ases del contrabando  con Rodolfo de Anda Raúl Herrera y Jorge Russek. Se queda pensando. En la cama, metido en las cobijas observa el techo. Su mente trabaja en cosas, le llegan palabras y las mezcla en el techo: —organismo, estructura, orden, asco, realidad, pesado, contrabando— Continúa despierto mientras su cuerpo descansa en el costado izquierdo, sus piernas ligeramente dobladas al centro del colchón —quiero estar para dejar vivir mis sueños— duerme en el costado derecho y con las manos junto a los pómulos.

—Que tal imaginación… ¿Vives?
—Si desde  adentro, en mezcla de valores y trascendencias.
—Espero que me recuerdes.
—Solo si me alimentas con la libélula  de tu intuición y clarividencia
— ¿Confías en mí con la fe inquebrantable de las semillas en germinación?
—Si
—Entonces déjame estar contigo soy: vida, multiplicidad, lisura, albedrío, modernidad, encanto,  cíclope de imágenes, caricias de color, ninfas tiernas, aurora y prado; pájaro y sueños frescos, verso atroz.

Decidieron piedras para sus cimientos pero eran sólo mentiras. Antifaces profundos y estridentes. Estaba inmóvil descosiendo los embudos del silencio y entre la charca, los adoquines. Las rocas ahogándose, como si fermentaran entre sus pliegues el agua, era un cacho marino, un segmento acuático en la ansiedad del universo de una megalópolis y en ella estelas de aguas frágiles por las llantas. Tras la charca, los baches, las gotas ahogan su yo, pierden su temblor gravitante y su virginidad terrestre en zonas asfálticas escoltadas por los chirridos de las llantas y los motores nerviosos. Cada uno va cayendo, se sumerge en su interioridad, lo prueba, lo saborea, olfatea el sexo de la charca, lo atraviesa. Es un éxtasis  de movimiento que, como un pistón, excita tanto a los rines, las curvas, el chapopote delirante y todo el movimiento se resuelve en eyaculaciones de lodo y salpicaduras marinas. Frena un auto en el paso peatonal, en su interior una mujer se rasca la cabeza, otra más se saca los mocos y se los come. Embraga una segunda velocidad, se pone en movimiento y penetra el sexo de la charca, mientras el semáforo regula su éxtasis.

            Y ahí muy cerca de aquél quiosco donde compartía la belleza del canto unicorniano paseaba entre los arcos pintados de mosaico oxidado y circulaban los hombres comprando y vendiendo lo impronunciable. Se acercó al aparador, le trajo la atención las máquinas complejas, lo abstracto, el símbolo vacío, y siguió caminando en línea recta hasta donde lo guiaran las banquetas, estas lo llevarían a la montaña pedregosa, donde se apretujan, allí donde los puentes son vencidos por el peso. En ese sitio caerán los trastabillados a la alberca sin fondo. Flotarán los osados, mientras otros entrarán sumergidos al laberinto eterno (el puente desvalido aún conduce los destinos).

La comunidad señala al hombre para cruzar en primera fila, para abrir el camino donde pasen los demás; le dan de los óvalos de poder. El hombre habrá de abrir ventanas rompiendo vidrios, los cuadros de espacio no es el sitio sino el acceso, aunque, sabrán los de atrás que hay algo de historia personal. El “Estado” laberíntico es un edificio, está presente el engaño de algunos viejos, tratarán de cambiar los rumbos hacia el opaco credo de nuestra historia. Él cruzará la avenida con el puño de su voluntad, justo donde las franjas preventivas duermen. El destino de los hombres supera el engaño, no ha podido destruirse nada, pero las capas superiores del espíritu humano se asentarán en lo pulcro, se habrá superado el dédalo mugroso y falso.

            —6:00 a.m. Lunes catorce de marzo de 1988, entrené pecho, 7:15 almorcé y al trabajo. Terminé el buje, empecé ha hacer una carretilla con garganta en metal vaciado, la terminé. Hice la flecha del buje anterior, acabado y rectificado de la flecha. Terminé. Salida del trabajo. Comí. vi. tele. Descansé.
—7:30 fui a correr y regresé a las 8:30. Me lavé, cené y me puse a dar de teclazos— su cara muestra enojo. El entrecejo se arruga y respira hondo con los dientes apretados:


“Se sobrecargó el adormecimiento y se convirtió en virtud. El sonámbulo espectral férreamente se presentó como una moda y fue tomada en la baraja de la modernidad; es decir, en el crepúsculo de las mascaradas grotescas de la mercancía y la maquinaria, o sea el desequilibrio, las voces chirriantes con el pulcro silencio de la soledad en epifanía con el Universo. Todo eso trajo a colación los cántaros del tiempo. Todos estuvieron seguros de que surgiría la resistencia como una voz descolorida en nuestro recuerdo. Todas ellas son visitas que dejan sólo lúcidas heridas de espanto. Las dos líneas finales, es decir la del diálogo y la otra, la de las cabezas huecas, me parece un hecho de que ambas son descoloridas, ambas son un mismo viaje: una va en cubierta y la otra como los delfines saltando frente a la quilla. Pero… entre tanto es la víspera de las inercias, tanto las manos y los cuerpos, cuanto los presupuestos. Mis solitarias redes singulares se mezclan en la aldea, en el andamiaje de nuestros cielos colectivos. He palpitado al mismo tiempo que los bárbaros, he asentado los pies en el cemento aternurado, ha sido mi lecho en algunas ocasiones pero… ¿Cuál ha sido el método de los flujos de urbanización que se han llevado a cabo en mi interior?”

Martín aprieta su frente con ambas manos, gira el rodillo de la máquina de escribir, pasa los ojos sobre la grafía asentada y acto seguido arroja la hoja de papel al cesto de la basura. Continúa su exangüe retazo de barajas.

“Quisiera hacerme de pequeños castillos de plata, de turrón, de adobe, de caos, de hielo, así como estructuras de abismo, de escondrijo, monolíticas, de coral, tuve el presentimiento de que esto pasaría, sabía que mis propias paradojas me delatarían como un hombre de rostro polifacético, un hombre que tiene en  sus manos atrapada la rutina y el tiempo, e irónicamente se echa a dormir, a cantar, a mirar de reojo, ha hacer una jugada en el gran teatro de las mascaradas. Es preciso asentar que son las vísperas de mi propia hierva y enramadas, es apenas el murmullo de una conclusión coloreada de genios y enanos imaginarios, mágicos y fabulosos lémures”

“Simplemente atrás, en los arcos relevantes de tres colores patrios, como cada año y cada tragedia, se presenta el canto de los dolores, las campanadas roncas por el alcohol, sólo que ahora somos más y menos semejantes a nosotros mismos. ¿Acaso quisiéramos  tener los ojos azules de los anglosajones? Quiero ver mi historia, caer como alfombra de aserrín, postrar mi propia representación al mundo y que vea el globo que soy, mestizo como el color de las maderas más nobles, pero ya es muy noche para estar con estas conclusiones. Ya se presentaron los crepúsculos que sangraban cerca de las nubes del popo y del Ixta, se llevaron todas las sombras naturales de los cuerpos móviles. Llegó la hora de que los cobardes salgan al aire a rezar su rock criollo y pobre. Es el momento de que los románticos de dulce  de piloncillo saquen el mugrero a orear en su lenguaje de Beverly Hills con toda su inercia reprimida en su esponjosa pobreza.

—6:00 martes Quince, entrené pierna. Me encontré a Pepe en el Gimnasio. 7:15 almorcé y me fui al trabajo. 8:04 llegué al trabajo, hice dos discos, terminé a las 13:00, hice el casquillo de las carretillas. 14:00 empecé un tornillo y una tuerca. 16:00 salí del trabajo, avisé que llegaré a las14:00. Comí descansé, perdí el tiempo y además vi. Un poco de tele.

-6:30 a.m. Miércoles dieciséis. Entrené brazo y hombro, 9:00 terminé de entrenar, almorcé y descansé; fui a la escuela y entregué mi constancia del servicio social. Me encontré a Berta y Emma. 12:00; 12:30 regresé al centro, me encontré y conocí a Verónica, esa mujer es un encanto, me hubiera gustado en ese momento chuparle sus pequeños pezones. 13:30 me fui a trabajar, hice dos coronas. 21:30 llegue a mi casa y cené. Tengo un ligero dolor de cabeza, ha de ser por exceso de trabajo- Martín se queda pensativo.

¿Qué es lo que haces? Miras el pizarrón, algunas letras, la palabra “argumentación”, las corbatas, el techo, el dolor de cabeza; y te quedas sentado como zombi: la cabeza punza y mientras piensas en los engranajes del fondo estructural, de reojo vislumbras las siluetas del pizarrón y la letra “e” de argumentación y esa grafía explota de dolor en la sien, marcha como soldado por los nervios y se licua entre los colores de las corbatas, se adhiere en el techo de conciencia. De nueva cuenta vuelves a preguntar la acción que estás realizando y sólo hay representaciones y síntesis de representaciones, observas el sombrero colgado en lo alto del tripié donde descansa el pizarrón y ese terreno entre el sombrero y el dolor de cabeza es el mismo, es como si tuvieras puesto el sombrero y de toquilla una corona de cristo que bombea dolor mientras succiona la palabra “sombrero” o “argumentación”. Existe en ti una fuerza racional cognoscitiva que hace trenzar a las corbatas encefálicas y… aún más, hace de tu caja ósea letras y pizarrones con los huesos parietal y occipital, Te desencantas y sientes la embestida como carruajes que, accidentados quedan como estopa punzante. Hay una filtración… ¿Qué es lo que haces? ¡No! Que algo está posesionándose de tu interioridad, necesitas un tamiz, que se cuela, son las cortinas, el piso de cemento, han venido a la  existencia, han tornado a ser presencia, son ahora entes representados en este dolor de cabeza. ¿Qué más seguirá en esta tragedia?... Lo que hago es nada.

Estuve en un arroyo —sueña Martín sin sentir ahora siquiera los dolores de cabeza— discutiendo con las microondas que irradiaban los tobillos. Sentado en las piedras, a lo lejos sólo era llano, donde se arremolinaba la hojarasca bailoteando con el viento fresco del medio día, siempre pensé que los mejores momentos debía guardarlos en un cofre pequeño entre mi corazón y mis memorias, y quería ese momento, (Al estar  escuchando las libélulas zumbar en el rozamiento con el agua corriente y zigzaguear las piedras y otras no sé que cosas) guardarlo allí. Cerca estaban los juncos donde se apretujan los mosquitos. La brisa caía en los musgos y los ponía verdes, las bellotas caían al arroyo. Unas flotaban siguiendo el remanso de las tierras bajas, las otras sólo eran arrastradas a las presas naturales de palos y juncos podridos. La discusión con las microondas llegaba a las cosquillas. Los pequeños granos de arena se colaban por entre los dedos y los pequeños trozos de hojas y minúsculas ramas rozaban la sensible piel. Era un verano digno de amarse. Como flujo menstrual, la montaña bautizaba el rostro del valle, como si fuera un lecho que se estremece y se extiende para alcanzar el eco de sus caricias. Como si el sexo se diversificara en el trayecto, en su evento y aquél accionar de naturaleza y reflujo transformaran hacia una trascendentalidad omnisciente, aún hoy sigo sentado en esas piedras, observando el verdor del medio día y gustando de las sombras, del sol, de las diminutas playas doradas. Y de un pequeño cofrecito que guardo entre mi corazón y mis memorias; mientras, veraneo en el arroyo.

Caminaba trasteando a su paso observaba las pequeñas basuras de la banqueta y de las atarjeas. En ocasiones perdía su vista en maniobrar los objetos del interior de una bolsa de plástico. Rebuscaba en ese pequeño mundo. Eran sus objetos más valiosos. En ocasiones cumplía la función de almohada en un lecho de cemento en una ciudad muy temperamental.

—6:10 jueves diecisiete, entrené abdomen y trapecio. 7:15 almorcé y me fui a trabajar. 8:04 llegue a trabajar y empecé a hacer dos coronas para sinfín. 17:30 salí de trabajar. Comí. Descansé, me lavé y me fui a ver el pelirrojo. 18:30 berreamos los comentarios del día.
—Que transas, tuviste faje con la quinceañera.
—luego, luego empiezas de porno.
—Pues ya —dice Martín— llévatela atrasito de las milpas.
—Estate quieto, y tú que pasó con el patrón, ya no te regaña por las pendejadas que a veces haces.
— ¡Hujule… mejor me voy. Va a ver baile en el atrio de San José, que tal si nos damos una vuelta mañana.
—No lo sé, tal vez tenga que trabajar en la tienda, mi papá se puso mal del corazón y va a tener que ir a México.
—Pues a ver si se puede, me tengo que ir porque tengo que ir a correr, que se recupere Don Leo. Nos vemos.
—Mejor vete a dormir y ya no corras, de todas maneras eres bien sonso para el básquet— Martín hace un ademán  mientras baja el empedrado.

19:30 regresé a casa, fui a correr. 21:00 cené. Vino mi hermana Carmen. Me senté en la mesa y desde allí pensé en alguna frase con que empezar una hoja 12:00

“Para  todas las patrias, he puesto una ofrenda, una colección de historias para que puedan memorizarse. Sombreros modernos, relojes para que ninguna patria se atrase y todas estén en este momento en la ola de la industrialización que libera el espíritu del hombre hacia un concepto más amplio, más abstracto pero cambiante. Siempre se corre el riesgo de perder los trenes por eso la colección, la ofrenda que tengo expuesta en las paredes de mi conciencia. Tiño las imágenes de blanco, pues siempre sí ha quedado algo del sentido patriótico en las sienes, muy cerca de los ojos”.

“Esto sólo es sacar a flote, poner en circulación, poner en evidencia el lenguaje y darle su chance. De lo que se trata por otra parte es de agitar la historia del evento, de la historia de la acción, del juego, del espectáculo. Se trata de hacer protagonizar la metáfora, representarla en una creación imaginaria, formarla cuerpo, que sea rostro vivo. Siempre pensé en reinventar una forma de flor, desgañitar la corola, deformar el color de los pétalos y agitar un tanto el aroma, la esencia de los pistilos, pero… solo se queda un murmullo de imágenes, copos embrionarios. Una mueca hizo transformar la cañada en una nube repleta de jardines como trofeos naturales. Como si con la cara precisara los esplendores. La magnificencia de un capullo transformado en mil. Los esquejes se presentaron cuando muere el invierno, aún si los fríos tuvieran presencia en el medio día de Abril, causarían filtros para los nuevos brotes. Una y otra vez sin descanso, una y otra vez, pesadamente se ven con brío y a usar los insectos para fornicar por larga distancia”.

La casa queda en silencio a partir del último tecleo y como si el eco pidiera más sonidos, los busca en la calle y sus ejemplos son los perros y gatos que hacen vida nocturna. Se inclina encimándose en la máquina, poniendo sus brazos entrelazados y asentando su frente en ellos duerme.

“Los forasteros se maltrataron un poco la piel, por los vampiros que los ven salir y entrar por los caminos, los más habituales, es decir, cerca de los escaparates, a veces vestidos de trigo, otras veces tomando hielo y refrescándose en las playas acapulqueñas; sin embargo he contado algunos que recitan palabras inglesas mientras cojean con sus chanclas albinas. Es un rebosamiento, exactamente entre el cielo y los centros comerciales  de Miami o California y su mundo de vida. En una noche renacen los vampiros, pero luego pierden el control y ascienden al confort con perfumes, almohadones, bosques de aspiraciones sensuales, senos polares, falos ensangrentados. Hemos de anticipar que incluso esa noche siguen recitando palabras inglesas pero ahora con sonorizaciones  exhaustas, ruidos eyaculados, puesto que ha valido la pena haber muerto en el trabajo, para resucitar completamente sanado por la fiebre de la economía. El movimiento de la piel se da,  aunque no hay que descartar aquellos encogimientos que vienen desde el interior, ya empapados. Luego después de tocar las puertas de cada habitación,  todos se vienen con las manos entrelazadas a los parques, las grutas, las tiendas. Las pirámides aztecas y totonacas para llevar recuerdos, para comprar cultura para hacerse los otros con la diferencia.

Muchos hombres con embestiduras migratorias en las sendas, estremecieron las explotaciones en los desfiles educativos. Licuaron algunas órdenes en sus banquetas, decían ellos ¡marchar más rápido! Mientras que los míseros hombres de las doce horas equivocaban el paso por las sendas del escándalo y la ridiculización, ¿No son acaso los futuros grasientos que alimentarán los amores patrios de las franjas y las estrellas? Mientras cantan impasibles con la boca negra, enmohecida y al compás de los marcapasos de las máquinas mientras lamen un pequeño confort de bárbaros. Han nacido para ser viciosos del miedo y la cobardía.

Me veo ante un mundo que se aquilata en una inconmensurabilidad y que a la par de ciertas monadas, hacen blanco móvil de nuestras representaciones y además también de nuestras propias acciones. Subrayo mi mente para conectar una situación que compete a interpretar las opciones y los desencantos de un horizonte de pistas fugitivas.



L
a vida de Martín Transcurre en los protocolos de la cotidianidad. Se incluye en los eventos sociales. Se deja llevar. Corre en el mismo sentido que la corriente social. Muda con su entorno. El trabajar lo incluye en el tipo de hombre que produce. Aún no conocemos la fuerza de voluntad por el trabajar, es decir el sentido que tiene en él. Martín suponía que porque tenía que hacerlo, pero el hecho de trabajar en un taller de torno era un destino que él no había pedido, es más, el oficio de tornero le importaba tanto como el oficio de cualquier otra cosa. Había estudiado el bachillerato en la especialidad de electromecánica sólo porque le latía que esa era una profesión de hombres, podría en ella desarrollar los músculos, este era el segundo interés en la vida de Martín. No hay en este Tlaxcalteca grandes objetivos que le hagan ponerle un entusiasmo extra  a las cosas  y se da simplemente a hacer, a producir, a dejar huella, el buscar una identidad desde el interior lo mantiene siempre pendiente, pero no sabe como ni porqué, mejor se pone a escribir, a pensar, a ver televisión, ha hacer ejercicio o trabajar en el torno.

En el taller, hacer ajustes para balero es lo más dificultoso, en muchas ocasiones Don Javier Santander había perdido material y tiempo por los errores de ajuste que tenían que ser de exactitud micrométrica. Don Javier siempre le reprochaba. El taller es pequeño, un torno para minuciosidades donde en un principio estuvo trabajando Martín, este se encontraba al lado izquierdo de la puerta justo frente a la ventana que mira al patio de trebejos donde está la maquinaria oxidada; del lado derecho de la entrada principal se encuentra una fresadora, en otro sitio más al fondo un torno más de color azul donde se hacen los ajustes, los desbastes profundos, las cuerdas, vaciados y otro torno más cuya especialidad son los trabajos con exceso de largo y diámetros excesivos. Entre las demás máquinas se encuentra un cepillo de mediana carrera, una fresadora manual de edición semi-industrial y junto a ella el esmeril. Al centro de la pequeña nave se descubre una mesa de madera  de enormes patas toscas,  llena de una orquesta de formas de hierro, aleaciones y metales. Al fondo, la casa de Don Javier Santander cuya descripción no conduce a un diseño excepcional, sólo es el prototipo de una vivienda provinciana con patio al centro y maceteros llenos de plantas en su derredor. La casa seguramente ha crecido junto con la familia: un cuarto, después otro porque ya no cabe, la cocina, más allá, la fosa séptica con un excusado de barro encima. Su familia medianamente numerosa, dos mujeres y tres hombres, de estos últimos, dos trabajan en el taller junto con su papá; en tanto que las mujeres, una trabaja en un banco y la otra estudia la licenciatura en educación física, del otro hijo Santander podemos decir poco puesto que es el mayor, casado y de carácter discreto.

No existe entre los trabajadores del taller una gran amistad puesto que por ejemplo, entre los hermanos Santander hay rivalidades, situaciones de sobajamiento y discusiones sobre como mantener su propia razón de las cosas y de cómo deben de hacerse las cosas, de antemano el señor Santander tiene entendido de estas competencias entre sus hijos, sobre todo porque está la herencia del taller y saben los dos que quien se desenvuelva mejor tendrá su promoción a ser patrón del “Taller de torno Santander”; al Señor Javier le conviene en cierta manera la situación entre sus hijos puesto que se hacen las  cosas de la mejor manera siempre y cuando exista competencia. De los otros dos trabajadores, Martín y Armando Lima ocurre algo parecido, pero la rivalidad es de intereses económicos y de preferencias, aunque Martín tiene educación media superior y le pone empeño, no le basta para alcanzar la posición que ya tiene Armando con cuatro años de experiencia con Don Javier, además con salario aceptable.

Al salir Martín del trabajo, se dirigía a casa con los pensamientos sumidos en las gentes en los problemas de su casa y del trabajo, en su mente corría un flujo de imágenes. Una mezcla de murmullos cotidianos y redes de memorias diversas que se incluían con las miradas al paisaje citadino, al jardín moldeado de cemento; todo ello, en ocasiones venía a  dar cabida a un pequeño texto. Para Martín la agenda era la herramienta de legitimación de sus ideas, era el artilugio vanidoso de su mundo, era su hacer, el apéndice que separaba sus sueños y escritos de lo ordinario, como connotaciones y distinciones de estructuras de su realidad, entonces podemos entender que para Martín la agenda era medio de veracidad de los días que transcurrían.

—6:10 viernes 18 entrené pecho y dorsales, salí. A las  8:30 almorcé, me cambié y me fui a la escuela a ver lo de las fotos, van ha ser seis infantil de frente. 11:30 regresé, descansé y me fui a trabajar. 14:00 hice dos bujes, los terminé, 16:00 hice tres estrellas y mañana las termino. Pasé a San José  al salir del trabajo y había baile, puros nativos. Llegué a casa y cené.
—6:30 Sábado 19 Día de San José trabajé brazo, fui a trabajar, terminé las tres estrellas que empecé ayer, me pagó el patrón cuarenta y seis mil pesos, salí a las 13:00. Llegué a casa y después fui a comprar algunas cosas  y las escuadras que necesitaba. Fui a San José, la iglesia estaba llena de gente. Cené. Vi tele, fue una película sobre extranjeros demasiado apocalíptica. 22:00

Observaron que en los pies tenían una enfermedad incurable, pisaba con cuidado para no manchar el cemento y los pastos, incluso las veces en que los cubrían con telas y polvos. Se marchaban al norte porque pensaban que sus sueños habían nacido allá; cruzaron la franja de montañas y valles con las cantimploras resecas y los pies amoratados, comieron del árbol de serpientes, tunas y resinas, mientras que los más viejos dejaban su cuerpo inerte a los costados de la vereda.

El grupo cantaba orándole a un hombre que vendría a proponer sus sueños de vida, de la nueva existencia, del sentido del cielo y de las cosas, mientras sus pies seguían sangrando con entereza. El clímax de su nación ha quedado vacío, ahora sólo existen juergas de comerciantes y resurgimiento de estructurados infiernos, hechos con recortes de conciencias corruptas. Inauditos instantes estallan en sus frentes y en sus pies punzan la histórica polémica del vértigo: su propia humanidad está perdida ¡son acaso hombres con su conciencia desgarrada marchando al norte!

            Que me alquilen las monjas sus rosarios, porque no he podido arrancarme la aspereza del diablo ardiente. Se que quisiera rondar por la gran avenida con una aura relampagueante y zambullirme en la fiesta de ojos de las rojizas aceras. Quisiera confundirme entre las edificaciones y la blancura de las nubes, si tan sólo pudiera explicar el extraño augurio, ya que ni las mismas monjas lograron un milagro y eso como de costumbre, después de todos los días, ya que han recorrido todos los pilares, todos los ángulos y todos los crucifijos, vuelven a caer como cadáveres en el silencio.

Mi juventud sostiene mi razón como un noble bastón metalizado y artístico, es precisamente por las ciudades, por los pueblos, los horrores, las comedias por donde ha corrido mi sangre, donde se ha reventado la locura y diamantado el diablo ardiente, es precisamente allí, en donde la última pieza del rosario cerró el divino círculo del rezo de aquellas monjas, quiero bendecir mis crueles pasos, mi sensual camino de diablo ardiente.

—7:00 domingo 20 de marzo, almorcé y me fui a jugar básquet, entregue las fotos al entrenador, anoté 24 puntos, ganamos. Me encontré al platillotes y al chafalo van a ir a jugar al seguro. Estuve platicando con mamá de la tía Lorena. Cené 10:04

Se tira en el sofá y empieza a recordar algunas situaciones de cuando era niño, dentro de él, el tiempo se queda quieto. —Como si la historia me pintara muchos años y esos años se guardaran en mi adentro, sólo así puedo asegurarme que he tenido vida a raíz de mis recuerdos; traigo a colación las veces que andaba por las calles, de niño, unas veces jugando, otras veces haciendo el mandado de mi madre, otras más vendiendo periódicos. Recuerdo la ocasión en que una señora nos timó de una manera despiadada. Nos hizo sacar botes y costales llenos de escombro del interior de su casa, prometió darnos unas monedas, tanto a mí como a otros tres periodiqueros; terminamos de trabajar y dijo que regresáramos en la tarde porque todavía tenía trabajo para nosotros. En fin, llegué a la casa de mi madre a comer, le conté lo que estaba sucediendo y me hizo ver dos cosas, la primera era que estaba bien porque recibiría dinero por mi trabajo, la segunda era que tuviera cuidado con la gente porque algunas se aprovechan de los niños. Y lo dicho se convirtió en experiencia; la señora, recuerdo bien, era de cuerpo fofo, de panza siempre llena, abotagada, las canas sucias y los pies embutidos en sus sandalias verdes con correas cafés. Tenía el carácter un tanto neurotizado como si en su vida hubiera tenido por experiencia: puros errores y derrotas. Era una señora que ofendía con su presencia a la vida, y ella, una mujer con esas características nos timó. Recuerdo que mis hermanas me reconfortaban por ser tan tonto, por ser un pequeño niño inocente, era que no veía hasta ese momento, la maldad y la deshonestidad confundida en el mundo en contraposición a mi educación hogareña, llena de cálido maternal. Mi madre me reconfortó en su regazo, me dijo que desconfiara de la gente y que viera en los ojos, el espíritu que guardan allí adentro, en ese cuerpo. Me dijo que observara sus gesticulaciones y sus palabras pues podría ayudar a que no me utilizaran y sobre todo que confiara en mi interior, en mi persona.

            —Aprendí muchas cosas en vender periódico, en mi vida de niño no hubo grandes rarezas, sólo vociferaba el periódico en las primeras horas del día al mismo tiempo que los lecheros hacían su rutinaria marcha por las vecindades, las casas; los panaderos y tamaleros hacían la competencia en los gritos tempranos por las principales calles de la pequeña ciudad capital.

—Levántate de allí— le dice Ana, su madre al tiempo en que lleva los brazos llenos de ropa y se dirige a las habitaciones del fondo —y por favor ve con tu hermana Maty a traer la leche y unos jitomates para la cena.
—Que vaya sola, la otra vez fui con ella y se quedó platicando con Alfredo como una hora y yo de “buey” esperándola.
—Te digo que la acompañes y no andes de majadero o te pongo a lavar los trastes.
—No pues así ni quien repele… ¡Maty! Grita Martín dando un brinco e incorporándose se dirige al cenicero, lugar donde se pone el dinero y los cambios de las compras del mercado.
—Maaattyy! Vámonos ya.
—Ya voy, ya voy me estaba peinando— se acerca la hermana alisándose el cabello por el pasillo y acomodándose la chamarra azul que le regalaron en su cumpleaños —como crees que voy a salir toda despeinada, que tal si nos encontramos a Alfredo.
—Pobre de ti si te quedas platicando —contesta Martín señalando la cara
—Ya, ya no le hagas tanto al cuento— Ambos salen de la casa y en eso pasa Don Rodolfo, el vecino de al lado —Que tal muchachos, buenas noches.
—Adiós Don Rodolfo, buenas Noches—  Se pasan a la acera de enfrente y doblan la esquina para continuar en la calle Guerrero y después en la calle Ignacio Allende  a una cuadra llegan a su destino. Martín se encuentra con el pelirrojo que juega a las “maquinitas” de la tienda.
—Que transas tu, babas
—Que onda Martín, pues aquí jugando “pac-man”, ya llevo dos mil quinientos puntos, ya tengo tres vidas y voy en el tercer nivel.
—Porqué no mejor te vas a tu tienda, a lo mejor te necesita tu mamá— contesta Matilde, interviniendo en la plática.
—Hujule dile a tu hermana que se calme, está bien que le caigo mal, se me hace que quiere hacerme responsable para próximos acontecimientos— cerrando el ojo izquierdo le guiñe a Martín.
—Menso
—No hermano, tu eres demasiado guapo para mi hermana— echándole un brazo al cuello se quedan viendo la pantalla.
—¡Hijo de su…! Ya me comieron, perdí una vida.
—Córrrele, córrele al cuadrito de poder, ahora que tienes cerca de todos los fantasmitas— y el pelirrojo se retuerce y saca la lengua tratando de que no le alcancen  en la pantalla y así no perder el juego.

Matilde mientras se entiende con Sandra la tendera y pregunta por Alfredo, el pelirrojo medio escucha y contesta:
—No, no ha venido por aquí si es lo que quieres saber, a mi se me hace que te está poniendo los cuernos— contesta el pelirrojo mientras pierde otra vida y eso le da oportunidad de echarse un trago de refresco.
—Déjame esta vida a mi a ver si gano.
—A ver, échale, yo sé que eres bien güey.
—Vamos ya a la casa, mi mamá nos está esperando.
—Espérate tantito, nada más le gano— Martín tuerce el cuello y se arquea tratando de que las manijas den el máximo de movimiento, chin, ya perdí.
—No bien te digo.
—carga tu la leche y yo los jitomates.
—Está bien, nos vemos pelirrojo, a ver que día te caigo por allá.
— Hora pues, nos vemos Maty

Los dos después de cenar duermen, en la noche se hace presente la vida de los sueños. Matilde sueña.

Solo estuvo caminando por el monte observando aquellas ramas rasgadas para detener la arena, el tepetate bronceado. Unos hombres cubrían la tierra de cemento y ladrillos sobrepuestos. A lo lejos pudo ver dos equipos de fútbol confrontándose, midiendo las fuerzas y sus capacidades, pero tal vez olvidan el azar de un gol. Despuntaba el sol de la tarde y ese día amanecía la primavera, aunque no dejaba verse por ningún lado. La sequedad de los pastos invitaba a las llamas a cubrirlo todo de alfombra negra, sólo era un monte con motas, lunares verdes donde robustecían los árboles. Una puerta crujió al sentir las vibraciones pesadas de la tormenta. Se han quedado inmóviles los asnos, han de sentir que si se mueven se mojarán más. De nueva cuenta cae la experimentación natural. Dentro del cuarto tras la puerta, se filtran por las ventanas las sonorizaciones que como gentecillas bailan y cantan las fiestas dionisiacas. Nacen afuera acueductos, venas acuáticas que hacen desparramar los charcos menudos y sigue el torrente con su inercia hasta el despeñadero. La muchacha deja dormir su séptima libreta de poemas en la caja de madera encima un cofre donde almacena lapiceros y otros misterios. Desde el medio día ha encendido una vela blanca ubicada entre la cama y la pared, ese es el habitual rincón de la luz. Tal vez  significaba la esperanza o simplemente para quedarse viéndola como pasmada, sin pensar, como si fuera televisión. Las calles que miran a la ciudad se atascaron de lodo, basura, humedad, podredumbre, mortandad y de unos cuantos sapos que se golpean con plásticos y envases; ellos cantan igual que las botas del obrero caminando en el zoquete, pero su imagen, se dirige a la noche. Brotó la luna entre la llovizna y la neblina, en cuanto a los grillos de la loma, lanzaron sus chirridos con sus barrigas verdes; tras la loma, en lontananza,  la cascada se revienta  en las rocas y hace de sí un agónico significado de la gravitación, graba su ronquido en los ecos de las paredes de roca, caen artefactos, piedras y ramas como liebres por las praderas. Destrenza sus cabellos con manos ágiles, de mujer experta, se mira de reojo, en el espejo, cepilla el pelo, separa con el peine los cabellos desprendidos en el cepillo. Sus ojos se interesan en la nada mientras su mente sueña.


E
s necesario mencionar otra parte de la vida de Martín Barrios Roldán en lo que se refiere al tipo deportista. En Martín, existe una inclinación hacia el deporte; es su ocio, preferido. Por las mañanas como a eso de las 6:00 se mete al gimnasio “Guerrero” en la calle guerrero #17. Es pequeño el gimnasio, los aparatos de pesas son de confección ingeniosa hechos en herrería. Del dueño de este negocio  he de decir que es corpulento, cuyo físico educado musculosamente le había hecho ganar trofeos de físico-culturismo  como también es de mencionar que las mujeres se le pegaban como moscas, por  lo regular terminaba acostándose con ellas, algunas acuden ha hacer Aerobics. En ocasiones platica con Martín para contarle sus amoríos y acostones mientras hace la limpieza del gimnasio o engrasa las correas y poleas de los aparatos. En muchas ocasiones, Martín piensa en las niñas mientras hace sus ejercicios, calcula que esforzando el músculo conseguirá el mismo placer que el dueño del gimnasio, la más de las veces el narcisismo se ve en la variedad de espejos regados en las diferentes paredes del gimnasio, lo hacen sentirse engreídamente el dueño y el señor de la belleza masculina, el prototipo varón, musculoso y fuerte. Al gimnasio acuden otros sujetos mas no pasan de media docena. Entre ellos sólo uno tiene importancia de subrayarlo; este se llama José Montiel Carpinteiro, cuyo nombre completo Martín no conoce y sólo le llama “Pepe” entrenan juntos cuando es posible.

La casa de Martín es de interés social, un jardín con entrada de coche en su fachada de ladrillo rojo, la sala normal y al fondo el comedor, de lado izquierdo la cocina y junto a la puerta principal, el pasillo que comunica a las otras habitaciones. Sus comodidades no llegan más allá que ser las de una familia de clase media que lucha todo el día para ganarse el salario mínimo. Matilde, Alejandra y Carmen, hermanas de Martín comparten la misma habitación, en donde cuelgan de sus paredes las fotografías de sus novios y los carteles de Roberto Carlos y el grupo “Menudo”. Alejandra es la mayor y el interés que tiene es casarse y formar un hogar, trabaja en oficinas de gobierno de secretaria. Matilde es la mediana, el nombre lo había heredado de su abuela, es un año más grande que Martín, estudia en el instituto de computación de la esquina de Justo Sierra y Miguel N. Lira, le gusta el grupo “Menudo” sobre todo el cantante Charlie. Carmen es la más chica de las mujeres, la más seria y soñadora, es linda, de cabello corto y castaño, tiene la estatura de su madre.

El padre de Martín trabaja de camionero en la fábrica Zahuapan, transporta pacas de algodón y materia prima. Lleva embarques a México (allá es donde conoció a su esposa) y también a Puebla y Veracruz, es un señor regordete y simpático. Para él la vida le sonríe. 

Sobre Ana, según ella decía que su llegada del baile había sido a las ocho como para figurar que su casamiento había sido forzado por su familia, fue así como se casó a los dieciocho años, es joven y de baja estatura. Ana se llama y es la madre  de Martín. La madre de Ana había sufrido los ataques desmesurados de la pobreza y la abuela de Ana, es decir, la bisabuela de Martín había nacido en la hacienda de Don Remigio Orozco, en las cercanías del Estado de México.

6:10 lunes21, natalicio de Juárez, entrené pecho, 7:15 almorcé y me fui a trabajar. 8:10 llegue a trabajar y nos dio el día libre. Llegue a casa. Perdí el tiempo un buen rato, después de comer, estuve leyendo a Stepane Mallarmé, ese poeta es un verdadero cabrón. Descansé y cené 10:30.

Martín  ha escrito un pequeño texto. Lo deja encima del comedor y se lee:
“Esta es una interpretación de el abanico de Mallarmé:

¡Vértigo! Ha aquí que se estremece
El espacio como un gran beso
Que, loco de nacer para nadie
Ni estalla al fin ni se apacigua,

“Hechiza igual que un señuelo seductor, el espacio tiembla en los pliegues labiales, le anima la agitación embrujada como un pequeño orgasmo; se presenta el mareo, el sinsentido, el vuelco mordaz, el extrañamiento, el desentrañamiento, la proyectura nauseabunda, la turbación abismal que se proyecta en una historia tras otra historia, en culturas tras culturas de manera demencial, como éxodos estructurales perdidos en el aturdimiento o como estelas de objetos precipitados en disfraces vertiginosos. La venalidad se presenta como un apéndice de una mentira, como una locura nebulosa que se pierde y se confunde, se acalambra en ocio, se sitúa entre los campos de la oquedad y las ciudades de la demencia, su gesto social se estremece en gestos incorrectos, desviados; pero, no deja, los espacios no terminan de ser, ni se quedan, está facultado para devenir y devenir”

Martín ronca desde su cama, se ha tapado con la cobija nueva que le ha regalado la tía Lorena

Año con año la piedra seguía mojándose con el agua del río que bajaba de las montañas, como si la irrigaran eternos caudales acuáticos y ellos provocaran su juventud. Solía sentarme en la joroba que sobresalía de las aguas y desde ese sitio me gozaba reconociendo el paisaje de la sierra como también el horizonte de montañas y cerros interminables. El llegar a ese mundo era un triunfo pues se tenía que viajar cuatro horas en camioneta por: valles, cerros, empedrados, riachuelos, precipicios, bosques y pistas clandestinas, después de que terminaba todo posible camino seguía una caminata descendente hasta los cimientos de las montañas. El hecho de sentarme en la piedra me rejuvenecía, era como estar postrado en las bases del universo.

—6:10 martes 22, trabajé pierna y pantorrilla, 7:15 almorcé y me fui a trabajar. Hice desbaste acabado de dos discos de hule y un engrane de ajuste, lo eché a perder, desbasté un engrane. Salí de trabajar 16:00 y me fui a casa, le ayudé a Don Rodolfo a cargar un camión con grava en su casa y lo fuimos a llevar con uno de sus parientes. 20:00 Me bañé. Cené y descansé.

—6:20 Miércoles 23, trabajé antebrazo bíceps y tríceps, 7:15 almorcé y me fui a trabajar 8:05 terminé de hacer el engrane, rectifiqué dos engranes, abrí más la ranura de una  pieza que ya había echo e hice otras tres rodajas más con la ranura doble, más grande. Salí de trabajar16:15 fui a entrenar básquet pero no hubo, estuvimos tirando, echamos cáscara. 18:10 regresé a casa. Comí.

Se mira en el espejo del baño, se toca el mentón, de repente estornuda, le lloran los ojos y quiere seguir estornudando, la puerta está abierta. Carmen entra.
—Apúrate que voy a ocupar el baño.
— ¡OH! Espérate, que no ves que me estoy viendo en el espejo.
—papá. Martín no se quiere salir del baño.
— ¡Cállate mensa! Me van a regañar por tu culpa.

            Martín se tira en la cama y siente una inminente gripa, estornuda dos veces más.

            Lo inminente o imparable se encuentra en mi, entrega la herencia genética y sin sentimiento de culpa los deja, recorre unas calles, se acerca a las vías del tren. Un ferrocarril de carga pasa, trata de subirse, duda, se pregunta el para qué, más adelante algunos vagones toman otro riel, el tren regresa a retomarlos y parte al horizonte. Él camina, observa los núcleos de energía, la gran potencialidad de esa comarca, las fábricas de petróleo, los cables de alta tensión, sabe lo peligroso que es pasar bajo ellos porque sabe que ese es un punto estratégico. Más adelante hay un restaurante, tiene hambre, quiere comprar un emparedado y por extrañas razones no lo compra sigue su curso por aquella carretera y se encuentra un camión. Se acuerda de aquél camión en el cual viajó en un tiempo y lo trajo a estos rumbos. Se dirige a una institución donde es respetado, la sobrepasa y cae en el olvido, el olvido de la muerte, la nada, la sinrazón de una vida de esa manera vivida y más adelante ya no hay lenguaje, se termina la representación, son puntos suspensivos.

Le gusta andar, subir al camión y caminar en las escaleras hasta llegar a la escuela que está en la cima, es México con sus nopales, su tepetate, barrancas y magueyes. Aquello que ve es un monumento. Entra a un auditorio, le dan cierta explicación, son seis o siete personas, no hay más, están completos, todos han regresado. Coceremos nuestros zapatos y continuaremos nuestro camino.

Los dedos temblaron al saber que esos surcos en las manos marcaban los destinos, a él se lo notificaron las gitanas de Temezontla, aquellas están cerca de los juncos ribereños, donde se desentiende el drenaje de los sumisos; porque ellas son las poderosas, las pitonisas las visionarias y dormirán para despertar las puertas del futuro y las ondulaciones que tiene el presente. Él estaba enamorado de María, una cosa fina que quería penetrar a toda costa pero el ciclo luminoso de las fechas y los treinta y tantos días coronaban sus flores. Invocaba el olfato para pedirle ayuda y sólo le mandaba trenzas, libros, voces chillonas, bosques de gorrioncillos, escenas que recorrían la tierra donde él vivía.

—6:15 jueves 24 trabajé pecho. 7:15 almorcé, 7:40 me fui a trabajar 8:04 llegué al trabajo hice ranuras de rodajas, me dio mis primeras horas de trabajo extras, salí a las 8:15. Lo que hice en esas cuatro horas extras fue vaciar las rodajas para que pesaran menos, llegué a casa. Cené.

Se pone a teclear en la máquina, recuerda algunas impresiones de cuando cursaba la primaria y se lee:

“En el traspatio, en las horas de recreo, las tres se juntaron a hacer su día de campo; organizaron el día anterior el orden del menú: un bote con chiles en rajas, tortas, seis rebanadas de jamón, el frasco con mayonesa y los vasos para el agua. Georgina entre sus pertenencias trajo un cuchillo con el cual abrió el bote de rajas con ayuda de una piedra, cosa que abundaba en el traspatio de la escuela. La elevación del patio en forma de tapanco  impedía  introducirse a personas pequeñas. Alejandra cortó las tortas y embadurnó la mayonesa en tanto que Georgina corría a llenar los vasos desechables en la llave de agua que se encuentra tras el asta de la bandera. A la triada de mujeres  se incluyó Claudia puesto que el día anterior no se había presentado en la escuela por una visita al dentista y sin embargo a la comilona aportó naranjas y una porción de chile en polvo”.

“Carmen era de las más calladas, la más pequeña en su cara demostraba la candidez de su inocencia, su timidez; las calcetas siempre estiradas y correctas en tanto que un abrigo de franjas multicolores  cuyos tonos se inclinaban al verde olivo era su identificación diaria. De pronto una manada de niños se acercan en estampida cuyo gobernante líder es el latoso “Dagoberto” (el sobrenombre por su perro Dogo, eterno acompañante de Alberto Morales) A la sombra del arbusto disfrutan la torta. Dagoberto se lanza encima de ellas, alcanza  una rama del arbusto y columpia su cuerpo por encima del “picnic”; los demás niños sueltan la carcajada. Dagoberto pronuncia un chin-chin chivo el último en llegar a la leva de las canicas. En plena carrera Alejandra alcanza a darle una torta a su hermano Martín, miembro de la manada, su rebanada de jamón cuelga en las salientes en tanto que Dogo alista sus fauces hacia los manotazos de torta que corren rumbo a la leva de las canicas. Un chirrido de bocina quiebra todo posible silencio en las horas de recreo, y una voz destronada chilla las ordenes de formarse, en tanto que Carmen Georgina, Alejandra y Claudia se apresuran a engullir los últimos cachos de torta y las naranjas. Una hora más tarde estarán elaborando el menú del siguiente recreo que seguramente constará de naranjas con sal, tortas de jamón con frijoles, agua de la llave y de postre, una travesura más de “Dagoberto.

Y se imagina:
Y cae en la arena gruesa que mima su cuerpo en la quietud de los parajes de claroscuros y crecimientos desérticos, carcomen sus sentidos, fraccionándolo en un pantanoso e irreconciliable ego. Las piedras dan a parir su dureza que comunican a todo su entorno. La comadrona es el silencio que gotea en el tiempo que se pierde en la infinidad. Las tapias de roca grotesca participan del paroxismo engreído de su naturaleza en un sigilo tenue que es de siempre. La arena sustenta ese ser viviente que no significa ninguna otra cosa en ese orbe, rueda en la arena y da tumbos en el piso crujiente como una pizarra que pinta protuberancias exóticas, a veces espejismos degradados que como alfileres pinchan su historia y oxidan su conciencia. Él sigue allí eternamente solo.

Su padre llega contento ha tomado en el bar “el tío Benja”, el de la avenida Juárez y Zitlalpopócatl. Alardea de haber hecho grandes hazañas cuando joven.

—Venga para acá m´hijo, el único hombre que me dio tu madre; deja esa máquina, nomás gastas hojas, por allí nunca ¡hip! Llegarás a ser chingón como yo ¡hip-hic!
—dame tu lonchera papá, la pondré en la cocina.
—Ya te conté la hist ¡hip! Historia  de cuando conocí a tu mamá; la primera vez fue en el desfile del primero de Mayo, ella era bastonera de la escuela, la conquid ¡hip! Te con una sola mirada y unos piropos que le lancé cuando pasaba.— El ebrio respira, la mirada perdida y tambaleando su cuerpo, continúa su relato, en tanto que Martín se recuesta en el sofá y de reojo mira la tele.

— ¡Hay hijo…! Nunca ¡hip! Entenderás  todo lo que he hecho por ustedes, pis..a..crificios para que no les falte nada.

—Ya se enojó mi mamá de que llegaste así— dice Martín y prosigue —puse el agua para que te des un baño, ya sabes que se enoja la jefa.

—Acaso les ha faltado la comida y… ¡tráeme mi ropa! Porque tenemos que obedecer a las mujeres, ¡Somos unos incomprendidos!— Se agarra de las paredes del pasillo, encaminándose al baño continúa— Yo tuve tres novias al mismo tiempo… de las tres ninguna me merecía y tuve que escoger a tu madre— se escucha una voz que sale de la recámara principal con enojo.
—Ya te oí lo que estás diciendo.
—mi bombón chilango…no… te me esponjes; ya me voy a bañar… ¡Martín tráeme mi ropa de dormir!

La casa vuelve a quedar en silencio, todos en la casa escucharon la situación y todos hicieron lo que les correspondía hacer.

—Dice mi padre que tu no sabes manejar—  Decía el mayor mientras los otros tres chicos caminaban por el tepetate bronceado, en las horas en que el sol desgastaba las primeras sombras de la tarde  —Que lo mejor que sabes hacer es caminar por las barrancas y los bosques— Así continuaba la charla mientras descendían de la loma. Encontraban pedruscos y en ellos afloraban una serie de imaginaciones fantásticas: las hojuelas de obsidiana eran puntas de flecha para matar animales prehistóricos, los charcos eran orines  de mamut. Él les enseñó ha hacer  trampas naturales con los pastos crecidos, por si alguien los seguía. Los ubicaba con referencia al árbol seco, aquel que le había caído un rayo, de tanta energía recibida, por las noches alumbraba como una luciérnaga  la barranca y el bosque.


            Caminando en el   fondo de la barranca llena de musgo, brisa, humedad, hongos, la aventura está plagada de entusiasmo, la representación antológica de la gran ciudad da con el punto,  con una liberación de un mundo olvidado: el hombre sólo ante la naturaleza. Él siguió pensando sobre lo que había dicho el mayor de los chicos y se dijo así mismo; no sé manejar un auto, pero sí manipular la imaginación y ella lleva a mundos fascinantes

Siempre que llegaba a esa casa entre árboles, repartía unos saludos. Comía. Comentaba algunas cuestiones sobre política y se despedía guiándose hasta el valle. Nuca había lo suficiente para comer, él siempre quería dividir el plato de frijoles entre los comensales. Era Patricio, su esposa Margarita, sus dos hijas jovenzuelas y “Paco” su hijo de diez años. Por lo regular sabía cuando sus hijas se bañaban, porque la ventana del comedor miraba hacia el patio. Y justo donde el árbol de bellotas daba en la pared izquierda de la casa, a un costado de los rosales, se levantaba un entramado de troncos que Patricio había fabricado. Era un baño rústico. Se denotaba la limpieza de las jóvenes junto con la naturaleza en una imagen erótica. El calor de la colina subía como efluvio hasta el baño e irradiaba la piel de las jóvenes. Tal vez por eso Patricio no había colocado el calentador de agua y sólo la manguera colgaba de un tejido de alambres — ¿Qué ha sucedido en la política local?— Preguntaba Patricio a su esposa mientras miraba a una joven bañarse a medio día. Podía mirar sus hombros y pechos pues hasta allí daba el entramado de palos.

            —6:00 viernes 25, trabajé hombro y trapecio, salí a las  7:15 almorcé y me fui a trabajar, llegué a las 8:10; trabajé en el cepillo, hice el corte de unas piezas de hule y les di un lado, salí 16:04 llegué a casa, hice unos hot cakes, comí,  descansé, fui por mi hermana, salió tarde de la escuela de computación.22:00

—Sábado 26 No abrió el gimnasio, me fui a trabajar, me pagó y me dijo que ya había mejorado mi trabajo y que la primera semana de abril me subía el sueldo. Fui a Puebla.

            En el viaje a Puebla se encuentra a un hombre dedicado a las letras, un amigo que había conocido en una exposición de pinturas que se llevó a cabo en la casa de la cultura. El amigo lo había invitado otras veces a formar un círculo de literatos, puesto que sabía que Martín escribía. Mientras viajaba a Puebla, pasando por los pueblos de Acuitlapilco, Zacatelco, Santo Toribio, Panzacola, piensa.

“Pareciera  que hablabamos solos y realmente hablábamos solos, después de escuchar a mi amigo, me ha causado tal impresión que un mutismo se apoderó de mi al pensar que coincidíamos en algo realmente extravagante entre la gente, el gusto por las letras era  un desvarío en una ciudad provinciana, que no equiparaba el gusto que tenía la época.”

—7:30 Domingo 27 fuimos mis hermanas y yo al parque de la juventud, regresamos y almorzamos, 9:10 me fui a jugar, regresé a casa, me bañé, descansé, vino el pelirrojo estuvimos platicando, regresaron mi mamá y mi papá; fui a comer pizza con el pelirrojo.

—6:10 lunes 28, Trabajé pecho 7:15 Me fui a trabajar, hice el vaciado de tres poleas, después una pieza de aluminio, después el desbaste de dos flechas, salí de trabajar a las 16:15. Comí y fui a comprar hojas.

“Embarcado —Escribe Martín frente al escritorio— pliego el entrecejo en la nave de los locos, a pesar de mi silencio, me encuentro alborozado. Embarcan las velas a la imaginación. Hay un hombre castigado que fabrica algodones de feria en medio de las montañas y el cielo, sólo que no les pone dulce, ni color, las hace de vapor, otro hombre perdió el molde y las hace sin figura. Rasgo mi interior en una mecedora borracha, paticoja, me vomito navegando en un barco ebrio; al grito de tierra a la vista, la suela se gastó al llegar al país exótico, de pronto me movieron el piso y cayó estruendosamente el edificio”.

“Por última vez, poniéndome una corbata, salgo a caminar por las calles, en las noches, con mi paraguas, llego a la carnicería. Abro el paraguas para impedir la lluvia de moscas. El olor de la carne enciende el color del líquido que circula en mis venas. Por última vez compro carne en noches como esta, me afecta de manera potente”.

Extrae con enojo la hoja y gira el rodillo bruscamente, hace una bola  y la lanza al cesto de los papeles, pone sus manos al costado del tórax y duele la espalda.

Sueño una estación de ferrocarriles y un plato con spaghetti. ¿Quién ha escondido la libertad?, no la encuentro, ahora sólo miro soldados blancos que pasan revista. Dime tú hermana que te has metido en mi sueño ¿Cuál es el camino que lleva a Tlaxcala?  Y ¿La estación de ferrocarriles está en la loma? Tendremos que pasar por nuestro respectivo velorio, el tuyo y el mío. La gente se reirá de nuestra muerte, esa es nuestra única identificación.

He aquí lo que importa, dijo la maraña mientras  observa  su gesticulación, los almohadones y la alfombra. Era una casa de mediano lujo, pero cumplía con los requisitos que ella requería, se durmió en el color azul, traté de deshilarla pero esos años de historia se cumplían como costras infranqueables, rígidos escleróticos, prendí la luz para observar por el resquicio de su diván, me instalé en una perspectiva cómoda, seguía escuchando sus palabras como un eco o como ondulaciones auditivas y eternas en un mar de espacios acústicos y, ella dormía, la maraña seguía en reposo, soñaba algo que, si yo quería saber, tendría que  atorar algunas trenzas en mis ojos, curvar la vista diurna y probar con la lengua su sabor, por otra parte no pude captar su color, siempre se escapó, era un tono virginal que no podía tocar.

Son dos mujeres en lugar de una, ¿Será que vale por dos? Se peina. Es llamada al aposento. No me ha mirado sólo peina sus cabellos lentamente. Son dos. La potencialidad erótica se hizo patente en las venas negras que cuelgan de su cabeza, son dos cuerpos  pero es una entregados en ofrenda al Dios  Eros o tal vez guiados por afrodita a los limbos. Supe de unas sombras que prestan favores a una cabellera que me gusta, una mata de cabello con gracilidad. Lo seguirán haciendo hasta perderse en el vapor de la noche.

Corté las hierbas de un complejo paisaje donde el fantasma mediocre de la vivienda adormecía. El poso se encuentra en el camino y estorba a las ilusiones que tienen los ciudadanos. Me puse a corretear los tallos de las hojas. Su naturaleza se burla de mí. Se concreta en saber que soy ingenuo.


N
o sé si de lo que se trata es de recrear todas las situaciones en que vive Martín o bien de narrar a los personajes con los que se desenvuelve. Entre esos personajes están las mujeres. En cierta edad juvenil, la mujer se vuelve un mundo, Martín conoce a sus hermanas, pero eso no significa que entienda cuales son las reacciones de cada una. Mientras con Carmen es una risa encubridora, con Alejandra es el drama de los ejemplos, con las amigas que tiene, es la caricia incipiente o la sobada maliciosa e inexperta.

Martín  jamás había estado interesado en las mujeres como ahora que es deportista. Mientras asiste al gimnasio no es para otra cosa más que para  hacerse notar con ellas. En los días de aeróbic’s sus  ojos no le socorren en la concentración  de su ejercicio sino que se recrea en sus movimientos; en tanto que en el gimnasio de la Universidad cuando el baloncesto es el deporte, la pandilla hace la travesura en los vestidores  de las gimnastas o bien cuando en el taller de torno ve a la hija de su patrón con bata semitransparente, pegada al cuerpo, por el patio, recién bañada, de prisa, para no llegar tarde a su trabajo de cajera.

Su vida es regida por una permanente estructura de sexualidad, también hay otro tipo de mujeres, como su madre: Ana Roldán nació en México, se había casado joven con Francisco  Barrios. Ana es de baja estatura, dedicada a las labores de su casa. Su posición social es de clase media, terminó la secundaria, en ese entonces bastonera de la escuela por sus bellas piernas, cutis terso, limpio, cabello quebrado. Cuando se unió a Francisco no tenía ni idea de cómo hacer  comida. Es  paciente, aprendió a tejer, se levanta temprano para hacer el desayuno de su esposo y para poner el baño para la familia, cuando suenan las campanadas de la iglesia de San José, está lista para las faenas; su carácter abnegado, trabajadora, alma domesticada a fuerza  de días  y días para formar un hogar. Tiene los movimientos pulidos de una mujer entregada a los suyo, a su familia. La risa moderada pero abierta, fresca. De sus partos, el último fue por cesárea, es decir, problemas  al nacimiento de Carmen. De sus gustos uno llama la atención, le gusta pasear por los aparadores de Puebla y si tiene dinero compra algo para su hogar, este gusto lo había adquirido en la infancia cuando vivía en México; por el centro en calles como Correo Mayor o la merced o el Zócalo. Siempre había tenido la ilusión de ver a sus hijos casados y con un buen porvenir.

            Habría que comentar la relación de Martín y Verónica. El Móvil de amor o flirteo al que acude Martín para conquistarla es sencilla, sabemos que en alguna parte de nuestra historia particular, nos hemos de encontrar con situaciones de amor y deseo. A lo que quiero referirme es en relación al flirteo, etapa anterior a las relaciones sexuales.  Algunos apoyan la idea de que el deseo se da a primera vista, otros más apoyarían teorías como el deseo construido o bien alguna otra idea. Pensadores contemporáneos consideran que la sexualidad se expresa en todos los ámbitos de nuestra existencia, en nuestra cotidianidad y aún en dimensiones que tal vez nos asombraría;  Las personas al relacionarse,  establecen una relación de comunicación mutua, se esté en disposición o no y esta relación según semióticos y estudiosos del tema, arguyen que va más allá de las palabras el gesto o la actuación tal vez podríamos anotar en la química y genética algo de culpabilidad y también la experiencia y memoria de cada persona.

Llegando a esto tengamos supuesto que son muchos los caracteres que acompañan a las relaciones interpersonales; es tanto así, que en la relación de Martín con Verónica no escapan a dichas estructuras. La sensualidad cumple en la primera mirada el sentido de aceptación o rechazo, dicha sensualidad se presenta en el genero de lo femenino sexy o lo masculino sexy diciendo con esto que la aceptación o rechazo se yuxtaponen con la sensualidad y el genero. El flirteo para conceptuar un poco son estrategias de los deseos. Por el momento hablamos del flirteo erótico para enmarcar como fue esa relación  de Martín con Verónica.

El erotismo en una mirada, desprende la idea de que la sexualidad no se da entre cuatro paredes y una cama; el deseo del otro parte del contacto visual, la primera inquietud se da en la imagen, es decir, se entiende como exaltación primaria del sentido de la vista que afecta el deseo y la voluntad. En ese sentido Martín sintió aquella vez en la esquina de Ignacio Allende y Muñoz Camargo esa luz de atracción, la química del deseo erótico, la ansiedad de tomar aquello otro. Seducirlo, atraparlo. Era Verónica la que afectaba los sentidos de Martín, sus pechos pequeños, menuda, con la cara sonriente, asomando unos dientes blancos, enmarcados en una cara de niña  decente, frágil, coqueta por naturaleza y ojos expresivos. Tan expresivos que podría verse  en ellos su  pensamiento.

—6:00 Martes 29 trabajé pierna 7:16 almorcé me fui a trabajar. Monté un tubo, después hice cuatro piezas y las eche a perder, después el patrón me dio otras dos y las terminé. Salí a las 16:15 llegue a casa. Comí fuimos al billar el pelirrojo y yo jugamos una partida  y después cene 22:12.

—6:15 miércoles 30 San Regulo, entrené bíceps y tríceps 7:15, almorcé  y me fui a trabajar, hice las cuerdas de las piezas anteriores, después me dio dos piezas (bujes) y eché a perder una  y la volvía hacer, salí de trabajar a las 16:30 me pagó. Llegué a casa. Comí y descansé. Me bañé. Fui por mi hermana 22:00

Alejandra Barrios está cansada, después de pasear por el balneario con su cuerpo seductor y con un diminuto bikini ha captado las miradas deseosas de los hombres. Algunos han rosado su cuerpo accidentalmente en la alberca y otros han llegado al manoseo. Su figura se ha bronceado con los rayos solares en estos retozos primaverales. Ella se encuentra en su casa, quiere olvidarse por un momento de la ciudad, de su trabajo, la tarde ha envejecido y se acerca la noche.

Tira su bolso en el rincón del armario. Deja caer su cuerpo pesadamente en la cama, sus brazos extendidos como si estuviera crucificada dice mucho de su cansancio. En su mente recuerda los cuerpos viriles de esos hombres que le han gustado. Se imagina quitar  aquellas tangas masculinas y descubrir su sexo, su cuerpo musculoso, velludo y bronceado, deja caer sus manos en su cuerpo, lo acaricia reconociendo su geografía excitante, sus manos llegan a sus pechos y roza los pezones con las yemas. Se detiene un momento, nota el calor de la casa, su ropa húmeda. Se levanta. Pone el seguro de la puerta y se dirige al closet descalzándose. Descuelga una larga playera transparente y la deposita en la cama, dirige su mirada al espejo que parece que la observa. Alejandra mira su figura y se desviste, vuelve a ver su cuerpo desnudo. Lo modela frente al espejo. Lo pone de perfil notando la copa de sus senos. Acaricia la base y los circunda con los dedos. Se mira la espalda, sus piernas firmes y su trasero desafiante. Sabe que su cuerpo es seductor, desborda en sus contornos todo lo que se ha dado en llamar lo femenino. Mira su sexo y lo cubre con las palmas, aprieta su bello y la mirada se pierda en su imaginación con una odisea de lo prohibido. Toma de la cama su larga playera transparente y se viste con ella. Recoge del suelo las prendas que se ha quitado depositándolas en su lugar. Su cuerpo se derrite ante el deseo de un cuerpo escultural como el “David” de Miguel Ángel. Se asoma a la ventana, ve la calle y los carros que circulan. Algunas nubes esporádicas ocultan por espacios algunas estrellas que empiezan a intuirse.

Observa la casa de enfrente, los vecinos han encendido la luz de una de las recámaras. Un joven se desplaza. Le gusta. Se ha topado con él a la salida de la tienda, le ha encantado su sonrisa coqueta y su bigote delicado. El vecino se desnuda. Examina los movimientos de ese varonil cuerpo de piel morena, piernas velludas y nalgas sensuales. La experiencia la excita, su cuerpo se estremece, sus pechos rozan el cristal de la ventana, siente como se levantan los pezones erectos, se hacen potencialmente sensibles a la tersura de las cortinas mientras sus manos se pasean, exploran la epidermis. El joven se recuesta en la cama. Una mujer se acerca, besándolo largamente y deja que se desnude, los dedos traviesos del joven rastrean todo. Se acarician con ímpetu y voluptuosidad. Alejandra atisba toda la escena, su imaginación lívida y amatoria olvida la distancia. Su cuerpo se transmite en el de aquella mujer que goza del vecino en los placeres sexuales; mientras  las piernas de Alejandra se presionan una a otra y sus dedos desaparecen en la penumbra. El sensualismo loco del gozo se acerca a la resolución, al éxtasis, ella abre la boca en sus jadeos, siente los labios del joven y su aliento en su piel excitada. Mira aquél miembro místico, exótico, con ojos lujuriosos. Siente la contundencia del orgasmo, los abrazos carnales, las uniones por el sexo. Los pequeños estornudos interiores se esparcen por todos los músculos y tocan el alma. Su aura se esparce en la ciudad con palpitaciones en erupción… Alejandra da tres pasos atrás y cae en la cama. Se queda quieta, nota su ropa húmeda. Se dirige al baño y enciende la regadera. La ciudad sigue su curso cotidiano. Los carros avanzan con prismáticos de luz. Los semáforos marcan el paso, algunos de ellos parpadean la preventiva. A lo lejos se escucha como vocifera un tamalero, ella duerme. Mañana hay que trabajar como siempre.

            Los peldaños de la entrada principal están mojados, su postura intervine con la edificación de las casas de clase alta. Dos sirvientas los habían lavado para quitar la tierra depositada en los resquicios y esquinas. La colonia “Residencial Manantiales” se levanta en la zona de gran prestigio en la ciudad. —Puede pasar, está abierta la entrada— dijo la joven asomándose por una de las ventanas del segundo piso. Los lentes lucieron con resplandor.
—parece mentira, que, yo en este empleo— Se dice José Montiel Carpinteiro “Pepe”. Mientras se encarama un costal de herramientas. Dispuesto a embotellarse en la alcurnia de las habitaciones de la residencia. De embeleso queda la puerta de aluminio con base cromada, cristal de doce milímetros, las dos ventanas lucen como gafas, grandes espejos reflejan el embrollo de volúmenes arquitectónicos. Algunas  construcciones muestran su belleza en las fachadas opulentas, la inercia se deja ver por las rendijas dispendiosas de muros plomizos; los gruesos aquí y allá, los bultos en los cuerpos de cemento y bajorrelieves de granito y elementos decorativos que son el regio artilugio de la grandilocuencia en la ciudad.

De manera imperial, en la sala, el color nuevo de la alfombra respira imperturbable el olor de las rosas recién cortadas en el jardín posterior de la casa. El perro impetuoso como la misma fuente del lado izquierdo de la sala, gruñen cada quien su propio ruido mientras “Pepe” camina con su bulto a un costado de la oreja. Colérico el perro y la fuente exasperada huelen su nerviosismo ante los objetos de carey, de plata, de cristal cortado. El repertorio de objetos llega hasta lo incontrastable. El verano se deja ver por la frente sudorosa del trabajador y las bermudas acapulqueñas de la joven. Los ojos de Pepe tienen la invitación de mirar hacia los lugares más convenientes y de mayor colorido cuando sus pies dan un giro al muro decorado con pintura craquelada. Los brillos en los picaportes asemejan sonrisas de cristal de cuarzo, de sigiloso candor. Los estornudos de la aspiradora en el instante que cruza el dintel del  arco del comedor corren como murmullo y se  confunde con el equipo de sonido  y del chillido de las herramientas al hombro.

Sembrados en el techo, los alógenos esparcen iluminaciones diversas, pequeñas luces orinan algunos lugares privilegiados. Existen gestos en el atardecer que estremecen los arbustos, los rosales. El invernadero que como un gigantesco preservativo se aburre allá  muy cerca de la alberca y los límites de la propiedad. Las sombras de la tarde se esparcen como sarna. Los claroscuros toman formas caprichosas a cada minuto. Pepe sigue caminando por los distintos espacios. La herramienta de carpintero es el instrumento de sus faenas. Había heredado el oficio de su padre. Barnizador de una compañía llamada “Productos de Madera la Poblana”  él y su ayudante, se encargan de darles acabado a los trabajos que previamente han realizado otros trabajadores: lijar, resanar, aplicar los productos de acabado como: barniz, sellador, laca, poliuretano, tinte, pintura y limpieza de las áreas de trabajo: pisos, paredes, vidrios.

Pepe tiene que trabajar cotidianamente con solventes, alcoholes, pegamentos, compuestos tóxicos, por lo que el solvente tiene que trabajarlo como si fuera agua; es por eso que continuamente está drogado, aunque, en la compañía le exigían que use las mascarillas; después de algunas horas de estar trabajando con solventes, los productos tóxicos entran por los poros de la piel y hasta por los ojos. La manera de drogarse de pepe es inconsciente y tal vez hasta despreocupada, no es más que el ambiente donde trabaja; para él ese es el sacrificio; pero no lo es tanto porque en cierta manera le gusta sentirse liviano, ligero de pensamiento con el tinher flotando en las neuronas del cerebro.. El olor refrescante, dulce, gas inerte que provoca los trastornos de la ideación y del habla.

Pepe y Martín platican cada quien de su trabajo mientras hacen pesas en el gimnasio. Llegan los dos muy de madrugada antes que el encargado. Previamente han calentado. Martín en las escalinatas y pepe en el trayecto desde la loma hasta la calle Guerrero. Los dos ejercitan los músculos durante una hora, después de eso cada quien regresa a sus ocupaciones.

—Martín, hermano. Siéntenle ligero, despreocúpate, busca tu espacio. La felicidad interna, envuélvete en el gas. No seas un pendejo por allí babeando, masturbándote en las azoteas o en los resquicios donde trabajas o donde entrenas básquet. Aprende a vivir. A existir con mayúscula, con sangre. Hay que estar en éxtasis permanente, estar apacible pero al mismo tiempo con la voluptuosidad de un animal. Aliviánate con la hierba, con el tinher. Machacar las neuronas adormecidas en la cotidianidad, estamos domesticados por el gobierno. Hay que sacudirse la roña, la cloroformidad diaria, la pendejéz, si te duelen los músculos por las pesas, deja que se desgarren ¡Destrípalos! Siente el dolor como un gran placer. La diferencia está allí, en el nervio; si tienes nervio, sientes, si no tienes nervio, eres nada ¡Entiendes! Es el nervio. Siéntete ligero, despreocúpate estando vivo, porque cuando estés muerto queda la nada. Descubre tus límites. Supéralos. Despreocúpate. Siéntete ligero.

Muchos son los lugares que puede escoger Martín para iniciar una relación amorosa con Verónica. Se citan en la tarde. Es la ribereña. Viendo las aguas del río Zahuapan. En el sitio, el horizonte entre los cerros blancos y la colina donde se ubica Ocotelulco desprende una lengua blanca. Las torres de Ocotlán presumen el fondo color Malinche. El campanario escarcha el folklore de la provincia tlaxcalteca. El aire es limpio. Martín lo percibe cuando dobla la esquina para tomar la Calle Muñoz Camargo; al fondo, el “Jesucito” como un mueble más de la calle espera y deja pasar el tiempo.

—Sabes una cosa Vero, tú me gustas, quiero que intentemos una relación—.  Se sienta junto a ella en el muro de mamposteo. El río apacible sigue su curso haciendo ignorar con su murmullo acuático las palabras de Martín. —No sé si resulte, pero. Apoco, en serio, en serio— Viste ropa casual, zapatos de piso, pantalón de mezclilla, blusa blanca; el suéter santanero combina con sus ojos cafés. Los aretes ocultos, casi imperceptibles, como lunares de oro. Su perfume de “Avón” comprado con Sandra, la tendera. La sonrisa es amplia, la presume en cualquier ocasión y su cara es de niña inocente. No presiente ni por poco que ese hombre llamado Martín Barrios la llevara a cometer tantos errores y en tan poco tiempo. Para ella es un hombre atractivo, interesante, los brazos velludos y su frente amplia le dan el toque masculino que a Verónica le gusta, además que su vista distraída en unos ojos cafés dan seguridad como si Martín fuera inocente o inmaduro.



M
artín observa la comida, la revisa con la cuchara. La empuja en medio de la mesa. —Que no hay otra cosa, a mi no me gustan los chilaquiles, parece friego.
—Si no te gustan, deja— Contesta su padre con voz ronca— Pero no fastidies a tu madre, bastante hace con hacerla y todavía recibir tus desprecios.
—Lo digo porque anteayer comimos lo mismo y pues… hay que cambiarle— Dice esto y acto seguido se levanta  de su asiento. Las hermanas escuchan la música. Ya conocen a su hermano.
— ¿A donde te toca el viaje? —Dice Ana, depositando el cesto de las tortillas — Ojalá y no sea hasta Veracruz porque escuche en las noticias que hay norte.
—Creo que me toca a Puebla, voy a regresar temprano— Dice Francisco en tanto que muerde un chile  y en seguida siente como si los labios se le inflaran como globos calientes— Sólo si José no anda crudo porque si es así me voy a tardar en la descargada, la vez anterior, acuérdate, cuando me toco ir a México andaba embriagado, no amarró bien la carga y se cayeron dos pacas y me las cobraron.
—Consíguete otro peón— dice Alejandra mientras enreda a su manera una tortilla para echársela a la boca— con ese andas perdiendo.
— ¡Hay! Hija —contesta la mamá— como si fuera tan fácil, tiene que ser alguien de confianza, que conozca tu padre, ha habido muchos asaltos en la carretera y muchos de ellos son de los amigos de los peones; en nadie se puede confiar.
— ¡Mamá me voy con el pelirrojo! —Grita Martín interrumpiendo ávidamente la conversación— voy a ir al billar—. Te dice uno y no haces caso, prefiero que vayas a jugar básquet hijo— Dice su mamá dirigiéndose a la cocina para dejar los platos sucios. La cocina luce blancas paredes y las esquinas con barniz de cochambre, frente a la entrada de la cocina se encuentra el refrigerador  y de lado izquierdo y hasta el fondo, la alacena y a un lado de esta se encuentra la puerta al patio trasero de la casa lugar donde se localizan los tendederos, el lavadero y el calentador de agua. Dando vuelta por el pasillo que conduce al espacio posterior  donde se encuentra la ventana del cuarto de las hermanas y enseguida el cancel que conduce al pasillo interior que divide la casa en dos. Entrando por el pasillo inmediatamente, la puerta del cuarto de Martín, de manera que puede salir por el cancel sin tener que cruzar por las demás habitaciones. Lo que hace Martín en sus escapatorias son dos opciones, una es salir por la puerta de atrás, pasar por la ventana del cuarto de las hermanas un poco agazapado, cruzar el pasillo por donde se localiza el lavadero y los tanques de gas, pasar desapercibido por la puerta de la cocina y brincar la barda pisando los cachivaches que su papá guarda, cosas que por lo general son del camión o los juguetes inservibles guardados por años; La otra opción que tiene Martín para escapar de su casa es salir por el patio trasero y brincar la frontera hacia los espacios vecinos, deslizarse por la angostura hasta alcanzar la sombra del follaje de jacaranda, en el jardín de enfrente; de allí deslizar el pistillo de la chapa y abrir la puerta que da a la calle Porfirio Díaz. Muchas de las veces Martín cruza por un pasadizo apresado entre propiedades que comunica a las calles Porfirio Díaz y la calle 20 de Noviembre casi coincidiendo con la calle Hidalgo. La calle hidalgo empieza en la 20 de noviembre y termina por aquel lado del hospital general.

            Adonde va a jugar billar es en la calle Xicohténcatl, la calzada que tiene al final la iglesia de San Nicolás. Pasa por los baños “Niágara” y cuando pasa se le antoja bañarse con Verónica, en ocasiones sube por la calle del vecino, o bien por la calle donde se localizan las oficinas de teléfonos. Significa que Martín conoce la ciudad y muy bien puesto que había pasado su infancia vendiendo periódico por todas las calles y avenidas. Su amigo el pelirrojo es el camarada de las correrías les gusta disfrutar y tener aventuras. El nombre del pelirrojo es Antonio Contreras Gutiérrez, vive en la colonia Xicohténcatl conocida como la “Loma”, su papá tiene una tienda sobre la calle seis y él vive en la 17 José Montiel Carpinteiro “Pepe” vive por la calle 13 y la 23 por el campo de béisbol por lo que  se conocen de vista estos dos hombres pero no se hablan y creo que hay cierto rechazo entre los dos. Pepe ha entrado a la tienda del pelirrojo una que otra vez a comprar cigarros, no le importuna pero Pepe tiene algo en los ojos que a Antonio Contreras no le gusta, este, tiene una familia de tamaño regular, dos hermanos chicos, y una hermana un año mayor que él, también con el cabello rojizo. Al pelirrojo le  gusta Matilde, su rival en amores es Alfredo. Más de una ocasión ha ido a esperarla afuera de la escuela, en la salida cuando terminan las clases de computación pero se encuentra con que Alfredo está esperándola o bien Martín. Más de una vez los dos amigos se han ido a embriagar en el bar el tío Benja pero Martín se asegura de no encontrarse con su padre.

            Martín entra al billar, las mesas esparcidas en el salón color crema, las bolas se golpean unas a otras con un sonido seco, en la mesa número cuatro se encuentra con el pelirrojo. —Carambola tres bandas o sencilla— Dice el  pelirrojo mientras toma el tacón, Martín mira a su amigo con reserva, y se recarga en la orilla de la mesa —No tengo ganas, ¿No te aburres de estar haciendo siempre lo mismo? Porque no mejor vamos a otro lado a vagar o bien a Santa Ana pero hasta eso no quiero, me aburre, ¡estoy harto! Vente, deja eso, vamos al pocito- el pelirrojo hace caso a su amigo y deja lo que está haciendo. La tarde está soplando un poco la noche. Sobre la iglesia la final de la calle se observan pequeñas nubes que se van conformando. Los ruidos de los pensionados infantes del internado amarillas se escuchan por el enrejado del patio que da a la calle mestizada de marcas de carros. —Que te pasa ¿estás sacado de onda? Dice el pelirrojo que camina cerca de las paredes guindas, —sí…no sé que me pasa, en el taller de torno no hago bien las cosas se me hace que no sirvo para eso, Don Rodolfo nada más me mira con ojos de pistola cuando hecho a perder el material, en el básquet, nada más es la cáscara o la reta. El entrenador no se aparece. El domingo no entré a jugar, estuve todo el juego en la banca— Martín mira el cristo dentro de la iglesia y sin sentir  absolutamente nada por él, da vuelta rumbo al pocito.
—Y eso que tiene de extraordinario— contesta el pelirrojo.
—pues nada, para ti nada, pero para mi significa otra cosa, quiero… por el momento… quiero embriagarme y quedarme dormido por varios días, me vale, ya no quiero ir a trabajar ni a jugar básquet, me vale, ¡voy a mandar todo al diablo!
—Y que vas ha hacer ahora, ¿Le vas a cantar a tu papá la canción que la otra vez escuchamos en la radio?
Ya  vete a trabajar papá.
Ya vete a trabajar.
Quiero dinero.
¡Quiero dinero!
Ya vete a trabajar papa.
Ya vete a trabajar.

—No le hagas, mi papá me va a agenciar de peón en la fábrica— Dice Martín mientras observa al paso, una tienda y en los anaqueles unas botellas de tequila, ron y brandy— traes dinero, compramos aquí un cuartito y nos la chupamos en la subida con una botanita ¿Te parece?

—Pero…este.
—Sólo un tequila para calentar el ambiente
—Cómpralo— dice el pelirrojo mientras saca de su cartera un billete, Martín extiende la mano.

Es lo que hace Martín por varios meses, embriagarse, fumar marihuana, perderse, olvidar todo. Comprar un litro de tinher, inhalarlo y viajar por sus vapores ¿Por qué resulta tan sencillo entregarse a este deseo, a estos vicios, si casi no coinciden con su vida en una comunidad provinciana en Tlaxcala? Creo que, no lo sé, no puedo precisar porque sucede que Martín Barrios entre a este mundo paradisíaco pero inaprensible. El mundo celestial y bucólico de compuestos que hacen que Martín cambie a ambientes plácidos en menos de lo que pide una sociedad. No es para tanto el problema con lo que él escoge, puede perfectamente ofrecerse a toda clase de opciones pero continuar acoplado con la sociedad, con el mundo que lo circunda. Es lo que Pepe hace, vivir su vida y desconectarse, hacer un viaje y después regresar como nada, como siempre. Después de unos meses Martín no puede controlar a ese animal ávido de cada vez más y más placer sensorial, el éxodo lo atrapa, no es el cigarro, el carrujo o la bolsa con cemento, sino la experimentación de variadas combinaciones fortuitas, multiplica sus sentidos, los juega desde su cerebro en una suerte subjetiva e interna. Sólo, Martín en su mundo, no hay más que eso —hay que cerrar más el círculo— Dice mientras que la estopa entre sus dos cavidades nasales se trata de inflamar como pulmón en apuros Martín trata de invitar al pelirrojo a su nuevo ambiente, pero al pelirrojo no le late, además de que el nuevo amigo no le cae bien. El pelirrojo por otras circunstancias no continúa en esos meses con la amistad de Martín porque su papá se pone grave, lo operan, está en cama por un tiempo y el pelirrojo tiene que encargarse de la tienda.

Martín es risueño, la cara se le contenta, la frente se mueve cuando se inflaman las venas de la sien. Postrado en la silla. Su escritorio renueva el tono sombrío de la habitación obscura. Martín resucita su ímpetu de genio del lenguaje, intenta engendrar un pasaporte entre las cosas y los nombres, entre los patronímicos trascendentales y filosóficos con las cosas cotidianas de su conciencia. Verónica lo encuentra en esa posición, trata de platicar con él pero no es posible porque el lenguaje se le estrella en la cara. Acomoda el rostro del hombre en sus labios y terminan sus labios comidos por la cara que no da tiempo de inspirar y si de jadear. Ambos se entregan, se alimentan de la voluptuosidad que eructa el organismo gozoso. El vello pubiano es un testigo más entre los objetos del drogado.

Tal vez no sea importante narrar como era el clima cuando esta acción sucedía porque a los protagonistas no les importaba, pero se veía maravillosa la tarde, como toda tarde tlaxcalteca, con los edificios que la representan, que sentimos como nuestros, que son parte de nuestra vida, de nuestra casa. Y ese cielo tan limpio y aplastante contrapuesto a la ciudad, tan azul que muchos extranjeros han envidiado y se han maravillado  de cosas que a nosotros nos parecen cotidianas: el parque, las escalinatas, el pequeño lucero que despierta en el atardecer, el primero. El aire se ha quedado pasmado, como queriendo respetar la paz devota de la ciudad. El verde se exhibe en cualquier rincón: el verdemar, el aceitunado, el cetrino, son los colores que respira la naturaleza en derredor.

Verónica quedó embarazada, al saberlo le dio escalofrío al pensar lo que dirían sus papás cuando se enteraran. Optó por ocultarlo. Su abdomen con los meses se fue abultando y la piel elástica puso a mano sus virtudes plásticas, sus pechos antes pequeños se abultaron a medida que se acercaban los días de alumbramiento. Acarició el pensamiento del aborto, pero salieron en estampida los sentimientos de culpabilidad. Observaba que la culpa era sólo de ella por no prevenirse y que Martín no tenía nada que ver con su error. Al final de cuentas, Martín se enteró en el último mes, cuando el crío estaba punto de salirse, eso lo enloqueció aún más. Fue entonces cuando los padres de Martín se enteraron de lo que estaba sucediendo con su hijo, con la certeza en la lengua porque para entonces su locura corría por todos los rincones de la casa; a tal punto de que esa demencia los exiliara por algunos días a dormir entre los trebejos, a un lado de la cocina o bien cerca de los tendederos, tenía tal fuerza que Francisco estuvo a punto de ser ahogado por Martín en la pila del lavadero. La esquizofrenia guiñaba entre los ojos asustados del pariente. Esa noche Martín escapó por la parte trasera de la casa y cruzó el corredor de los vecinos hacia la noche.

            Sólo bastó con que comiera un par de deliciosas memelas en el mercado Venustiano Carranza en Puebla, para pescar una tifoidea que se sumó a la gastritis complicada que acarrea a todas partes y no vigila, si, eso le sucedió a Pepe y como se la pasa y trabajando y comiendo cualquier cosa, desde un “gansito” hasta las cemitas y la garnacha grasosa mal vista o bien la  torta de jamón con refresco (que en ocasiones se transforma en torta de fiambre y refresco revuelto con piquete) lo internaron en el hospital general cuando su caso era crónico, las complicaciones fueron llegando una tras otra y tal vez, su mala suerte honestamente se ensañaba con él, la última enfermedad que se le encimó fue el cólera pescada por una “agua curativa” que le había enviado Doña Jacinta, la curandera de un pueblo, lugar de donde era su padre. José Montiel Carpinteiro muere un viernes precioso, día que todo aparece como naciente, como si todo en el mundo estuviera correcto con José Montiel Carpinteiro o sin José Montiel Carpinteiro; Día en que se estrena la feria de ese año en Tlaxcala. Cuando lo entierran en el panteón del Jesucito, las familias y parejas van felices a disfrutar en el Centro Expositor, al ver el ataúd bajan la mirada pero cuando llegan a los juegos mecánicos, se olvidan de la caja. Alguien lloró por él, cuando llegue el día de muertos, seguro tendrá su ofrenda, con sus hojaldras, la fruta, las cruces, el incienso, las velas, el cempasúchil, y sus pertenencias personales. Es la muerte, ella tiene aprobación y cuando lo hace nos destornilla las acciones, nos besa con violencia; el vivo se ríe, se mofa, la ironía mortuoria se pone terca y se embellece mexicanamente en las fechas de octubre y noviembre.

Perdido en su cabeza convertida en ciudad, en cosmos frenético, llega a casa de Verónica, la noche ronca en los parpadeos de las luminarias —te fabricaré un cuerpo de mujer con la inspiración puesta en las manos—. Es la oración más coherente que se le escucha, abre el portón y entra a la casa. La penumbra destrenza sus finos hilos por los muros y se acurruca como un cachorro en las enredaderas del patio, estas enredaderas perfumadas de jardín y la rosaleda de azucena y madreselva viven su estancia afanosamente.

Entra a la recámara y busca a Verónica, algunas ropas se encuentran en el suelo; baja las escaleras y en la puerta, en el descanso  de los escalones, se encuentra con un quejido que atraviesa el umbral oscuro, la puerta está entreabierta. La casa vacía, cosa que a Martín no le importa, en el suelo y envuelta en harapos y toallas, ovillada, se encuentra Verónica, respira como si estuviera jugando, gastando energía de una manera bestial, puja fuerte, hay un rechinido de dientes que se atreven a llegar a encimarse con los chillidos de las cajas en su espalda, entre los claroscuros se descubren las piernas abiertas, de lado con una extremidad levantada encima de la lavadora, junto a las casuelas para el mole. La dilatación entre sus piernas es evidente, se acerca el hombre, se enternece y acuclilla, al tiempo que estira las manos y recibe una cabeza pequeña de recién nacido, los pujidos enérgicos. Los gritos traspasan las cajas y se empujan hasta quedar en las esquinas. El tiempo fuma un éxtasis de esfuerzos e intenta asirse entre los puños apretados de la nueva madre. Sale. Los brazos, el cuerpecito, hecho de agua, blando, líquido baboso y llora. Martín corta el hilo umbilical, envuelve el cuerpo en una toalla y sale tropezando, la madre mientras se desmaya por el esfuerzo —frío, te calentaré, espera, purificado, sí eso es purificado con el sol. Martín se dirige y camina por media hora hasta las afueras de la ciudad; hace una parada, deja en el suelo el recién nacido y se droga, al tiempo que llena de cemento una bolsa, llega a los hornos de ladrillo, lugar de trabajo de los parientes de Don Rodolfo donde en una ocasión llevaron un camión con grava. El horno arderá toda la noche; los ladrillos están rojos, el fuego candente. Desde la rampa, sobre la chimenea, lanza la toalla con todo y su peso al fondo del fuego, truenan los ladrillos al impacto. Martín camina. La madrugada todavía está lejana; le restan tres horas, Martín deambula, se apea luego en un camión que se dirige al norte.

Su familia la encuentra inconsciente en el cuarto oscuro, la internan inmediatamente en el hospital general. Verónica tuvo que ir a la correccional de menores. A Martín se le persigue por asesinato.


M
artín llega a Chihuahua, con el sol en la cara, la sequedad del campo llena la vista, se trepa la aridez en los orificios nasales, viste el horizonte una sabana muy mexicana, el viaje ha sido largo, la aventura de dos semanas de viaje, han hecho voltear algunas estructuras de su sesera. Intenta pensar pero las nubes en su inconsciente se entregan a la abulia regiamente pegada. Martín se interna en la asierra y pasa por una ciudad llamada Cuahutémoc. Vive por allí, en la calle, recorriendo la calle cuarta, la tercera, el parque, la población de Anáhuac. Lo contratan unos señores para ayudar a cuidar un rancho, propiedad de unos narcos. Martín cuida las mangueras, las matas, se encarga de hacer la cosecha junto con otras diecinueve gentes. Cuando le resulta oportuno se recrea en la casería de los venados o a disparar los cuernos de chivo. Martín es un drogadicto ligeramente perdido, poco a poco se le va secando el cerebro hasta que la ilación de las ideas se le han desaparecido he intenta hablar pero su discurso es el soliloquio en un mundo estrecho. El capataz decide deshacerse de él y lo deja en chihuahua no sin antes darle una tunda que lo deja a punto de ser irreconocible. Martín vaga en la ciudad, por meses recorre colonias, se hace de amigos que después son enemigos: los cholos. En la colonia Rosario tiene sus enemigos, le han hecho salvajadas y media por un mendrugo de pan. Se queda quieto e ido y duerme mientras cae la helada. Las cortinas de las tiendas se cierran en un día de aquellos que se pintan solos.

—Quiero liquidar todo, me vale puta madre, andrajos y escupitajos sobre esta calle. Pinches cholos me los encuentro y les parto su madre. La raza me constipa la felicidad, la rabia se atora entre los árboles. ¡Que me ves! Jodido, a poco crees que… mucho, mucho por tu verte, verte, pulgoso y verrugiento. Mear, rascuacho esta, mira. Los huevos, ¿mamá?...dámelos mamá esos chilaquiles, quiero, comerte mamá. Poca madre, no quiero ver, desaparezcan.

El hombre desnutrido acomoda sus nalgas en el escalón y se recuesta sobre el codo, la avenida Aldama es transitada por autos y gente que corre a hacer sus quehaceres cotidianos. El pordiosero, con andrajos por vestidos apesta la banqueta con sus malolientes garras. Los cabellos lucen duros, como rizos hechos de chapopote. Mantiene la mirada perdida en el infinito mientras la muchedumbre pasa a unos metros. Como un roble desvencijado, permanece por varias horas. Su rostro cochambroso es inoportuno y no concuerda con el gentío que bañados caminan con diferentes rumbos por las arterias, él con los pies en ruinas, los pedazos de tenis se asemejan a un objeto informe, cartografía extraña en el zapato, negros con mapas que han dejado el orín escurrido.

—Rechazo. Lenguetazos, ¡Arriba Villa! ¿Dónde quedaste? Verónica, vero, vero, dame tu amor, tra la la la la, dame un beso en la frente, un beso en la cara, el hijo se quedó ahogado en la frente del pocito, purificado, se asustó, pero la pequeña quedó contenta. La fábrica de la fuente era roja, con fuego, pero, no importa, grita, como si fuera un espíritu de berrinche, se le quitó con un baño de asiento, vi. El espíritu como humo de colores, como operación. Tropezón de los altos horizontes. No quiero ser…sueño, imagen, pelirrojo dime ¿es? Pinche, no me seguiste, azar. La lotería, la tropa. Los primeros años, la vida, los veo nuevos. Me veo Dios. Ese otro. Como un jabón (profesor que pasa) ventana de tortillas. Dame limosna brother, necesito el aliviane o te matarili. ¡Payaso, invítame a cenar!... pechuda dame tu mamar. Korima please, korima gringüito korima.

Atravesó el estacionamiento hasta llegar a los contenedores de basura. Al pasar por las rejas que dividen el jardín del estacionamiento, su rostro se desfigura en sombras e iluminaciones con el sol atravesando los setos; el restaurante tiene una riqueza de desperdicios que Martín aprovecha.

—llegó la hora de poner ojitos de mariposa, rasguñar, rasguñar, tra la la, buscar esmeraldas de Pepe, desde Chihuahua hasta que me equivoque, Pepe. La rabia se atora entre los árboles. Esmeralda. Ese jabón me persigue. Ahora espuma. Se atraviesan los cholos este gran plato me los chingo, rudo, ser rudo con… tendré que hacerlo rápido antes de que mi madre se descuide en este cuarto oscuro. Costrita de chilaquil, más jaboncillo helado más mmm. Miguitas, pedazo de trasero (un cacho de torta a medio morder) pizza ¡si me persiguen los cholos me los chingo! Pepe donde estás, te quiero mucho, enséñame a carpintear, aleccióname la gloria. El viejo inclinado en pacas de algodón… no me voy a apurar, tengo que ir a recoger a mí hermana a la escuela de computación, a donde podré tomar el camión que va a Tlaxcala, la terminal está en la loma. Mucho, sí mucho antes de que los calambres cerebrales me atacando, si mucho de que los colores cerebrales se fundan en el sol, como todos los gestos… son genitales de la cara. Comerme el rayo de luz atraviesa la jeta. Los inventos que hace la vida. Pedazo de carne hecho éxtasis. Brillitos que ha sembrado el sol en esta tierra, en la fachada. No puedo dejar de verte. Todo el mundo me lo dice pero, que hago en esta habitación, con el permiso de todos, te fabricaré un cuerpo de mujer con la inspiración en las manos… veo que los sonidos en cotidianas se confunden con el viento en las ramas, en los autobuses, en los vidrios del hotel, o bien en el zumbido de las moscas sobre los toros. Sobre estos sonidos navegan las sirenas así como también en el chirriadero de llantas de los carros de… en el murmullo de la cascada duerme aura del colibrí entre las alas… y su cuerpo estático. Te fabricaré un cuerpo de mujer con la inspiración, dientes, el cuarto oscuro. ¿Sabrá mi madre que estoy aquí? Verónica, quiero tu sexo, como si fuera un sol, en un cuarto. La cabellera espuma en el murmullo agua estampida por raudales, hacen el encanto, canto de sirenas. Verónica como aquél existe en Grecia o en algún lugar de la Mancha. Tras la cortina de agua, como un lecho marino. Todo está postizo. ¡No puedo dejar de verte! ¡Verónicaaaaaa! ¡Verónica! ¡Verónicaaaaaa! ¡Verónica…! ¡Verónicaaaaaa! ¡Verónica!

—Martín se queda dormido, la banqueta es el colchón, una de por allí, la que sea, su cuerpo acostado en forma de cubito lateral con la barba hincada en el suelo orinado. En sus sueños ocurren cosas.

¿Eres tu mamá? ¿Supiste lo sierra? Como un demonio  corrí a tu encuentro y no estabas, eras espejismo. La vacuidad me vio y se puso a reír, se sonreía que no pude por más de que lo intente al despertar de mi sueño, una gota tuya bastaba para dormir como un bendito, como un santo, pensé volar estilo gaviota y subir a la azotea de la cocina, y mírate lavar los trastes desde la ventana empinada. Con los cachetes colgando al suelo pero algo me lo quitó. Me quitó la esperanza, me golpeó la suerte y me dejó cabizbajo entre una atarjea en la avenida Aldama en Chihuahua. Entonces mamá me imaginé que con un ronquido fuerte llegaría hasta la playa con algo, en las manos… como plumas y en las plumas colores diminutos. Tan microscópico como los corazones de los átomos. Deslicé mi vista en el tobogán de un centro vacacional en Acapulco y fue mi cuerpo quien disfrutó la travesía. Me escurrí como una baraja en manos de tahúr o como fichas de dominó en cascada simétrica; mientras pasaba eso veía a las mujeres en el show danzando desnudas, por la pista con un traje de nada, provocando, bañándose atrás del cristal con su piel broncínea, incitando al estremecimiento, la algarabía, el griterío de los hombres empeñados en aclimatarse a una región de paraíso. Esto me pareció en verdad, prodigioso, tenía prisa mamá de encontrar los límites que no tengo ¡yo que regué las matas y extendí la manguera, y coseché las colitas y!  Que más hice mamá ¿Vendí periódico? Que más hice mamá…

            Don Javier Santander alista la maleta que cargará a la ciudad de Chihuahua, lugar donde se llevará a cabo la feria y exposición de máquinas y herramientas. En ella habrá demostraciones y conferencias sobre las novedades tecnológicas en el ramo. Los trabajadores en el taller se encuentran laborando. Don Javier les ha dado instrucciones a sus hijos el día anterior. Su esposa alista el desayuno, el olfato dice que es algo preparado con chorizo y frijoles o con chorizo y huevo. Aunque Don Javier prefiere no llevar nada pero para evitar los disgustos con su mujer se guarda de discutir el punto, lo que sucede es que Don Javier sabe que no es posible andar cargando sándwich al mismo tiempo que un par de maletas porque a veces ocurren cosas como por ejemplo, que los emparedados se hagan una torta de masa aplastada entre el equipaje, que hedionda el camión a chorizo y huevo,  que después de comerlos empiece a tener problemas con el estómago y tenga que abrir las  ventanillas  o bien que no se los pueda comer porque el acompañante contiguo le dé asco el huevo frío o que el de junto traiga un gran desayuno y eclipse un tentempié pobre de huevo con frijoles

            La casa de Don Javier Santander luce espléndida a las diez de la mañana. Si eso es, luce magnífica con sus macetones a las orillas del cuadro que marca el patio, los helechos están colocados en donde la sombra permanece acostada sobre de ellos, si, exacto, allí a un lado de la cocina y el muro de una de las paredes del taller, las enredaderas entre ellas la gran buganvilla por encima del cuarto de utensilios frente al baño. Los geranios reverdecen y sus colores bermellón azafranado, lechoso y combinados, engalanan los pisos y muros de revoque rústico, el pájaro en el árbol de pirú entra y sale del nido donde esperan calentarse dos huevos albinos y pecosos. El jardín de trebejos continúa haciendo lo mismo que antes, pudriéndose y oxidándose frente a la casa, se han agregado nuevos hierros inservibles, algunos de ellos agregados por los errores de Martín. La población de Santa Ana es una ciudad que se mueve, el comercio progresa, las prendas fabricadas en esta región han adquirido renombre nacional. La iglesia de Guadalupe situada en la esquina se bendice con los rayos de sol y son las palomas las que coronan el cielo cerca del taller.

El taxi espera en la calle Manuel Roldán, el hombre al volante ojea  una revista de “chanoc”, por cierto parece muy interesante por lo que se ve. Don Javier Santander ha pedido a Armando Lima que suba el equipaje y éste ha dejado de hacer un engrane de 20 dientes tipo helicoidal para una transmisión de motor a 45° en Hierro colado —échale ganas ¡he! Y cuando regrese hablamos sobre el aumento que me pediste hace un mes— Dice Don Javier mientras agacha la cabeza para entrar al taxi —sí patrón cuando regrese lo platicamos, ¡ha! Le quería pedir permiso para faltar el sábado porque voy a ser padrino y tengo que ir a la misa— dice Armando mientras mira como vuelan las palomas arriba, sobre su pelo lacio y desarreglado. —Está bien, avísale a mi hijo para que te pague el viernes. Vámonos chofer.

En la ciudad de México el metro recorre la metrópoli en vías energizadas y como venas con gente hace lujo de su rapidez. En la central del norte en la delegación Gustavo A. Madero los maleteros se pelean el cliente vestidos con su bata café y con números en la espalda bastante evidentes. Las salas de espera llenas de gente. Las taquillas con filas constantes de gente desesperada, en el arribe otro tumulto quiere ver aparecer a su conocido. En los puestos de periódico las noticias se dejan ver de manera cruel a los vacacionistas no falta colgada por allí la revista pornográfica con su póster cachondo y a todo color. El señor Santillán aguarda en la sala de espera número dos. Lugar donde salen los camiones de la línea “Ómnibus de México.” Después de una hora ya que ha experimentado un sinnúmero de posiciones de sentado y ha estudiado las actitudes de los demás ansiosos, se alista a subir al camión cuando por una bocina chilla algo que no se percibe sino solo un lenguaje tipo central camionera con un acento ladino. El policía marca el boleto con un perforador y observa los ojos del señor para saber si no es maleante o si acaso ha visto esa cara en la ficha de los perseguidos por la policía, al contemplar el camión curiosea que es uno de primera el color azul en franjas combina con el color de la corbata de los choféres. El boleto señala el asiento número 21 con destino a Chihuahua, la fecha es ilegible y el precio también, en números rojos tiene la siguiente numeración A8871891, en una esquina de este tíquet se lee ¡Gracias por viajar con nosotros!

En camino. Los horizontes presumen una nata cochambrosa en el cielo, costra que divide en dos  la visión del mundo y la visualidad que tienen los de la capital. El viajero después de pasar la ciudad de Querétaro trata de dormir, pero el mal olor del baño tose a sus espaldas. En el trayecto se acuerda de aquellos años en la Volkswagen, cuando hizo su examen para entrar a la escuela de capacitación de esa empresa. Era chaparro y flaco, como cualquiera que acaba de terminar la secundaria. Le dije a mi santa madre que me gustaría  trabajar en la Volkswagen. Esta empresa tenía en su escuela de capacitación, cuatro especialidades que eran, máquinas y herramientas, diseño industrial y ensamblaje. De todas ellas me gustaba más la de diseño industrial; después de que tuve la oportunidad de entrar, claro, gracias a las palancas de mi tío Manuel Q.P.D., pude ingresar pero no a la especialidad de diseño industrial sino a la de máquinas y herramientas. Teníamos varios maestros, era muy interesante estudiar dentro de la misma fábrica porque se conocía el ambiente, enseñaban las cosas como quien dice en carne viva, como ninguna escuela en la región. Ocurrieron aventuras interesantes y cosas de comentar como cuando estaba esmerilando un chaflán de una placa de media pulgada para la cubierta de un domo para aceites, entonces se va la luz, y se me olvida apagarla, y sin darme cuenta la deposito en el suelo, con el disco de la muela lista como una llanta de carroza sevillana, le platicaba a mi amigo Carlos sobre cualquier cosa cuando regresa la luz y ¡Dios mío de mi alma! Y santa cruz me ampare: disparada la esmeriladora de mano a 100 kilómetros por hora. Recuerdo que nos pusimos a resguardo y fue el jefe de sección quien desconectó el infernal aparato. Eso me descontó puntos para estar en la lista  de los becados que estudiarían en Alemania en años subsecuentes ¡que joder! Entre otras cosas. Mi padre por aquellos años estaba desahuciado era de la generación de los españoles exiliados y yo había llegado a esta tierra mexicana de jovencito; era México aunque  España me gritaba desde el fondo de mi corazón, como si me respirara en el oído “Tú eres español, ¡De Galicia!” mi esposa ha sido para mi el regalo de Dios, si, es religiosa y respeta las tradiciones que hemos heredado, seguramente por la tarde irá a la iglesia de la esquina y frente a un altar rezará al santo patrono de las carreteras San Sebastián de Aparicio  la novena del apóstol.

Martín atraviesa la avenida Universidad, a la altura del Departamento de Filosofía  y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua, un costal lo acompaña con todo y barniz de mugre. Respira la roña del boquete enganchado en sus manos, estas, horneadas por el sol, con una capa perfecta de roña  e inmundicia y en las uñas, ostenta el cúmulo pululante de tierras coleccionadas en múltiples meses de porquería. En el restauran del hotel “Nieves” le esta esperando un plato con desperdicios que ha dejado un forastero chilango. Se ve que son un par de burritos de carne deshebrada, un chile “chilaca” relleno de queso suadero a medio morder y una servilleta pegajosa y flemática sobre la patena chorreada del perro soez.

—La música, aquí, en la espalda—articula Martín— Lo que cuesta y regarlo con paciencia, muy pendiente. La clave de sol sacudiéndose galantemente ante un comprador. Se me olvida mamá. Pepe. Tú Verónica. Besador tu, sí tu  Cómetela que no quede la mujer desnuda, con todo y resplandor; su almanaque que se acaba, corretéala felino, ¿qué no se cansa? Recétale el cuarto oscuro para que las manos se inquieten en el destino, y siempre sea una fiesta y esa mujer desnuda que sea foco en el cielo ahogado en la muerte. La carne.  El horario de su sangre que escurre. La autorización. En septiembre vi. El sol por la sierra. Mamá viste los sierra. Pepe te quiero, los líquidos de oro, el polvo, el talco bendito, ¡esto es Acapulco! Abril es un trozo de Paz la fe de mi camino y el gélido placer transformado en líquido rincón de un cuarto oscuro. La riqueza. La leña. El hogar. La nobleza. Viste la arena de los ladrillos que se cocían en el rincón del cuarto oscuro, por allá en la sierra, por donde Don Jacinto sembraba la amapola, la marabana, en tizne, la uzi escupiendo estruendos y yo vibrando de alegría. ¡Cuanta felicidad hay aquí! Es mi hogar, mi pecho. Comer. Besador, cómetela que no quede nada ni siquiera el pezón lechoso, jugoso, combinado. Saliva.  ¡Pínches cholos si se me aparecen me los cojo! Por la Rosario ni me aparezco ¡Que barrio ese! Que barrio…

La tarjeta que enseña al taxista, el recién visitante, dice: Av. Pacheco y Ojinaga #1000 chihuahua TEL 13 01 94 informes con el licenciado Raymundo Orozco T. Secretario de Difusión y Propaganda.

—Me podría llevar a un hotel de regular categoría ¡claro hombre!, no quiero uno de cinco estrellas pero, me gustaría uno que estuviera cerca de esta dirección— el señor Santander muestra la tarjeta al norteño y este con voz ronca contesta. —con gusto conozco uno en la avenida Tecnológico, para ir a esta dirección tiene que irse por Agustín Melgar antes de llegar a la avenida de las Américas
—Ha,mm Disculpe pero no conozco la ciudad vengo a una feria-exposición de máquinas y herramientas- dice el turista mientras el taxi circula por las avenidas
—sí creo que sí, llevé a uno más temprano a esa dirección y después lo regresé al edificio de “COMERMEX” en el centro, creo que allí van a ser las conferencias— vocifera el norteño mientras frena en el semáforo, los peatones con una confianza absoluta cruzan sobre las líneas preventivas— en esta ciudad— dice el conductor con aire de orgullo— sí es más importante el peatón que el conductor porque lo que es en otras como… ¿De donde viene?— De Tlaxcala, soy de una población cercana a la capital  que se llama Santa Ana
—Y ¿Ese Estado en donde queda?
—Este…mmm por Puebla… A dos horas de la capital.
—Ya lo decía yo que tenía acento chilango, ¿pero es usted español? O me equivoco.
—No, no se equivoca, tengo sangre Galicia —mientras dice esto el español observa el letrero;”Hotel Nieves” y al dar la vuelta al estacionamiento frente a él se encuentra una piscina tras la cerca, a un costado de mano izquierda las oficinas de administración y junto se encuentra el restaurante. La cocina está al fondo de mano izquierda con una ventana hacia la piscina.

Martín cruza el aparcadero y se dirige a la esquina más oculta del hotel, el lugar de la basura permanece ensimismado en la roña el plato sigue allí, entre las barbas de ese ser el señor Santander cree reconocer a alguien y pronuncia el nombre de Martín sin recibir  respuesta. Martín se recarga en la pared sin soltar el talego lleno de objetos múltiples y misteriosos, con gran cuidado toma el plato, empieza a masticar uno de los burritos, y la demás comida la deja resbalar dentro del zurrón ayudado por la servilleta, la dobla, corrige las esquinas y la guarda en alguna de las bolsas de su chaqueta.

No le quedaba duda, ese vagabundo era Martín, eran los ojos cafés de vista distraída, la frente amplia al estilo Pedro Infante, el rostro era el que había conocido, tiempo atrás y las manos fuertes que recordaba en una temporada ayudarle en el taller de torno. El señor Santander no pudo más, no pudo hacer más que sólo recordar a ese individuo que allá a veinte pasos hurgaba en su costal buscando algo, tal vez la razón, la cordura que le faltaba. El señor Santander visitó Chihuahua, anduvo por las calles pero no volvió a encontrar a Martín, se perdió entre los basureros de la ciudad. Tal vez, sí, tal vez no esté allí sino en otra ciudad, viendo como la gente va y viene por las calles con prisa viviendo su vida.