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Peregrino 2


IRSE


“Sólo soy sin soledad”

Luis Cardoza y Aragón



—M
e fui para ver si se me pegaba algo del espíritu de villano, porque se me estaba durmiendo la ganancia. Como cabezota de pulpo movía los tentáculos tratando de inquietar las cosas, de darles vitalidad y escudriñaba las rocas y las casuchas de la entidad para buscar evidencias de la existencia. Cantaba fértil pero la ceniza de siempre ahorcaba la voz, y lo volvía a intentar saltando la cerca de la adolescencia y el grito de intrepidez ponía a correr los testículos como larvas hambrientas en un cuerpo recién muerto. El sentir las cosquillitas del camino me hacía indulgente con los amigos. Lo que quería era salir corriendo, pepenar un viento del cielo, tomarlo desprevenido, cogerlo a horcajadas; y ya teniéndolo a conveniencia soltar todo su ímpetu hacia lugares desconocidos, hinchados de sequía, viviendo en una región remota parecida a la del poeta Zen Chang, en el Gulag, por donde pasaba la ruta de la seda. Y le gritaba a ese viento del cielo al estar en movimiento: “Usted no me haga caso si lloro, si grito,  usted no cuente conmigo, siga adelante. Haga cuanto sea posible. Tampoco tenga usted miedo de matarme” (Alfonso Reyes) Y la fuerza me revolcaba en las azoteas de cientos de ciudades anidadas en las costas, en los remotos sitios del Ecuador o el Indostán.

—Se propuso que mi vida fuera de esa manera, hospedada en un naufragio, que hiciera de la vida, el asomo de hazañas; porque no estaba conforme, y la propuesta decía: “Que se vaya sin despedirse” (Alfonso Reyes) pero yo quería despedirme también de la hembra-fruta.

—Ya que me había curtido de inteligencia en una ciudad históricamente reacia, lo que quedaba era echarse a dormir como un santo marrano o bien calzar el veloz guarache para andar por los montes inhóspitos; por el lomerío como carcaza de elefante, echado, agreste. Era lo que mi maestro quería y lo que él pensaba: “Mientras haya hombres que emigren, habrá aventureros y conquistadores; es decir, reyes de la tierra” (Alfonso Reyes) Mi maestro quería que me acostumbrara a ser  una bestia, que  aprendiera de la poesía, entre otras cosas.

—Le dije al sirviente: —“...haz que todo me sea alistado para la hora de partir” (Alfonso Reyes).

—Mientras alistaban las maletas, la mosca merodeaba en la ventana tratando de entrar al cuarto, parecía que quería volar sobre mis pensamientos. Le dije:    — ¡Sácate de aquí, perra!— Y cortaba los ligamentos con la tierra de maíz cerrando la cortina para no ver tanto el tendido citadino, como la mosca terca e inconsciente que quería penetrar en la interioridad con aleteos en los cristales. La mosca estaba poseída de una terquedad  insaciable, avizorando sin descanso; y yo, acuciaba el viaje puesto que ya quería estar curtido y bronceado por el sol más salvaje. Los rayitos de luz de la entidad históricamente reacia dejé que hicieran de las suyas mientras no estaba.

—Mi maestro me estrujaba la conciencia con sus enseñanzas panorámicas y decía dándome una palmadita en el hombro: —tú que eres el cachorro más joven de la literatura mexicana, tendrás que salir, irte de este pueblo sutil donde pasea la nada y donde viven tus prejuicios de ostra; Porque yo lo sé, “Un día sobreviene el desequilibrio, empieza el conflicto, empieza el drama; Hay que emigrar. He aquí que comienza la historia”— (Alfonso Reyes). Si no fuera por mi maestro, casi profeta; hubiera seguido cubriéndome con una cobija y diciendo a mí adentro —no quiero saber nada del mundo— y soñar que me cubro con una cobija y me digo —no quiero saber nada del mundo— y soñar, y en el sueño soñar que me cubro con una cobija...

—“De los que se van nos vienen las mayores virtudes. La ingratitud, el desamor a lo que nos abriga y guarece o en otra forma, la inadaptación son cosas necesarias para que la vida se mueva. Los inadaptados son los motores de la sociedad”— (Alfonso Reyes)  Seguía comentando el maestro cuando el sol de la tarde me espiaba desde la ventana de cortinas corridas, con los aleteos de la mosca en los cristales. En la ciudad, el sol rabioso lanzaba sus dentelladas sobre la tierra recién mojada. Entonces entró el sirviente para decirme que todo estaba listo, que no esperara más. Y  mi maestro  dejando un lapso continuaba: “El hombre no quiere aceptar; lo que quiere el hombre es innovar, desde innovarse así mismo hasta innovar el ambiente. En medio de nuestras ciudades estables, cruza una invisible caravana de los que están yendo a otra ciudad; de los que se marchan por marcharse. Si el hombre quiere la renovación, es porque en el fondo, protesta, sonríe. Su arma de renovación es la libertad” (Alfonso Reyes) —Lo he entendido todo.

La noche haragana había embarrado todo sin consideración y dije a la concurrencia, (o sea, la mosca, mi maestro y la ciudad históricamente reacia):   —guarden silencio todos, me doy a la tarea de tener un largo y hermoso sueño— Y en los sueños que tuve siguió la soledad presumiéndome sus virtudes y en ellas los arrumacos: imágenes de la hembra-fruta. Necesitaba recorrer el sendero con mi espíritu de ferocidad bajo el brazo, pues no había de otra; mi chance se había guardado en la metáfora candente, aunque traté en grado sumo escribir cosas de florecitas y horizontes arrebolados; Pero el espíritu dado se me anquilosa. No quiero ser un Nietzsche pero la conciencia ya la tengo demasiado emponzoñada.

El autobús y yo en él, impregnó una cantidad incontable de kilómetros sobre el asfalto. Del otro lado y sin que yo lo escuchara, mi maestro seguía diciendo al viento del cielo: “Que se vaya sin despedirse. Que se escape una noche por la ventana, descolgándose por una cuerda y con un revolver en la mano procure llevar deshecho el lazo de la corbata y el sombrero abollado; Algún desgarrón en el traje no estará de más y tanto mejor si se cala un antifaz de terciopelo negro. Trate en fin, de tener el aire de un malhechor, de uno que va contra la vida” (Alfonso Reyes). Descubro lomeríos como carcazas de elefante, echados, quietos, agrestes. Se presentan en la ventana. Los pedazos de horizonte hacen su show en ese marco. El lomerío y el marco se orientan hacia las puertas de la sierra; la cordillera Occidental de México.

No entiendo nada ni comprendo nada. Algunos pedazos  de mí están vivos. Para que se nutran me quedo quieto, como momia, palpando el calor que chupa el movimiento de los matorrales cercanos. Deshaciéndome, sintiéndome vivo. Palpito en esta entidad seca. La carroña de letras que cargaba en mi interior la he cercenado. Se pone otra cosa del yo. Aclararon los ojos de tigre, revientan las corneas con furia; ayudan a avizorar el entorno norteño y llego al pueblo hecho de madera y sierra. Es el ranchillo donde las moscas en cuanto llego se acicalan con prisa sobre mi piel. Y en la casa donde me reciben, a un lado de la cama, se yergue la cabeza en yeso de un Cristo que se asoma a las cuarteadas del techo de triplay.

—Ya aclararon los ojos de tigre, se sienten vivos y miran hacia las puertas de la sierra. Me arropo en ellas, con ímpetu me abrazan y yo me acurruco en las cordilleras humosas, frescas... No estás. Desconozco en el aire caliente tu presencia, te sueño, y oigo que llamas a la genética. Soñé que era correteado por ti, hermoso fantasma y yo me resistía dantesco. Bajar la testa ante la belleza es como poner a andar el aparato de la vibración sexual, y al ver la nalga, solo elucubrar la manera de como entrar en tu eco. Me he abstenido de ti, por una fuerza que hay sobre mí que desconozco y la fuerza quiere que aclaren aún más los ojos de tigre, pero aún así, apetezco un sueño donde estés desnuda, entregada, con el pecho brindado a mis ansiadas manos— El hombre de historia en retozo se queda como pasmado dejándose chupar por la incertidumbre, cercena con una filosa guadaña los arbustos del páramo y queda tras la labor una placa de costra seca. La llanura y el horizonte no se interrumpen sino que continúan unidos durante estables noches. El desierto educa al hombre de historia en retozo, fraguando su ímpetu sobre su espalda de estrenada joroba; mientras trabaja, acaricia los dientes de un recuerdo; es parecido a un sueño peregrino que hace referencia de los distintos paraísos, de la ciudad históricamente reacia, de la hembra-fruta, del maestro, de la mosca terca y empecinada, de los ojos de tigre. Un insecto interrumpe, aplaca a la mosca con un certero golpe, cuenta los minutos y a cada porrazo lo intercala con el cercenado de arbustos con la guadaña: crash-crash, pum-pum, crash-crash. Se ocupa del entorno, la piel se encallece, la sangre se espesa, siente como si el plasma fuera acuoso plomo. Tras de sí, el nuberío salvaje va irrigando con saña las costras secas del terreno.

—La soledad sigue presumiéndome sus virtudes cuando la saboreo como si fuera una pizza marinera o un cóctel de camarones; el silencio lo palpo, es una joya pulimentada. Solo, me descubro como un Buda meditabundo, pero otro dechado de Buda donde el interior se recrea dando tumbos a manera de una larga feria de pueblo. Vacacionándome al calor llanero y obstinado, descubro eriales como carcazas de elefante, echados, quietos, agrestes; así también adentro está la maleza, cizaña que se agiganta al descuido, se pone obesa, se engrasa y entonces sí, lo mejor será que a ésta cabeza cebada venga Diosito y le arranque la conciencia.

—Mirando las puertas de la sierra en la cordillera Occidental, me quedo quieto como momia palpando el calor que chupa el movimiento del cuerpo. Las nubes encarnadas quemándose en el horizonte son el marco para añorar tu erótica parroquia. Me duermo saciándome en las corretizas con cien mil vírgenes... Ya no lo son tanto.

—A la mañana, me despierto cuando el sol me espía desde la ventana, al  filo descansa germinando el maíz para el alcohólico jarabe. El sol rabioso lanza sus dentelladas sobre la tierra recién mojada y a mí me asalta la pobreza material en medio de la sierra. Recostado veo la cara de Cristo asomándose a las cuarteadas del techo de madera, con la cara de sufrimiento, como si le doliera estar en esa posición. En el patio mañanero seco y llano, es el niño mojando con jeringa el ojo al pollito que sólo dice “pío”; otro animal de la granja es el gallo tuerto. Así como el gallo tuerto come de lado, así yo, con el ojo de buey me nutro de ideas a diestra y siniestra.

—Durante la reunión familiar, miraron la novedosa imagen sacra clavando la vista en las nubes caprichosas de una ciudad lejana. Escuché susurrar a mi maestro: “Cuando se debilita el cuerpo, la fe crece como la tierra esponjosa se deshace al ataque marino.” ¡Que piensen lo que gusten! Lo que yo tengo es un Dios curtido de amor que me ayuda a aclarar los ojos de tigre; este Dios que tengo ayuda demasiado, ahora revientan las corneas con furia desatada. Son ojos que avizoran el entorno norteño.

—Arrojo palabras sobre la inmensa cañada y el eco responde con un atado de insultos. ¡Qué caramba! Vivo pateando la grava del camino de las Cuarenta Casas; colisionando con el acantilado. El entorno hace aplacar el insomnio de mi espíritu de pradera. Tengo los tobillos de espantapájaros. “Y querías ser peregrino, —contesta el maestro tras la conciencia— pero usted no sabe nada de poesía y relatos ¡He! usted no es más que un pellejo y se dice escritor ¡Ja! que chamaco cagatintas está usted.” ¡Maldita sea! Yo hago lo que puedo y si al maestro no le entona, pues no estamos para darle gusto a todos, yo escribo para la ciudad históricamente reacia, para que el hombre de historia en retozo se despierte.

Mientras estaba alegando en el interior, llegué al pueblo donde las moscas se acicalan sobre mi piel; estando en Cuarenta Casas, siguen hiriéndome los moscardones con sus aleteos y zumban en las orejas anidando en ellas. Quiero que todas las moscas del pueblo vengan a carcomer y a defecar larvas a este espíritu de pradera, tal vez sea lo mejor, que venga todo y que todo sea ya; al fin y al cabo no soy más que una cuenta en el rosario histórico.

Aletargado e idiota como vaca garrapatienta en compañía de las moscas circunvecinas, con llagas en las corneas y con ellas tener la gracia de ver a las libélulas copulando en el aire desértico y allí andar por la sierra coleccionando imágenes de la madera, de la mujer y del sentir de mi madre que aquí vive.

Siempre que asueto, capturo tu cuerpo de anillos arquitectualizado en círculos y hondas. Reposas sobre la gran roca y tus pies desnudos refrescándose en el agua... ¡Cuánta doncellez y tú sonriendo! Haz de mirarme aunque sea feo. Aquietado en la vacación, doy mis sudores al caliente entorno y es Puerto Palomas donde arrojo palabras a la calle y a lo lejos responde un gavilán con su planear sobre un cuerpo putrefacto de narco; no hay problema, de lo gris hay mucho y de lo blanco poco. Me preguntaba viendo el cielo seminublado ¿Hasta dónde entrarán éstas nubes extranjeras? Me horneo debajo de ellas y continúan como huracán en el lado estadounidense; mientras ocurría esto, me quedaba sentado en el ano donde salen las  hormigas y gozo sus cosquillas cuando llegan a la lengua.

         En el viaje, acaricio las risas de un recuerdo avistando desde el autobús los pedazos de horizonte que hacen su show en el arco  de la ventana. En el asiento contiguo, a una mujer se le corona la fealdad en el ceñudo rostro. En un viaje largo como este, al final del trayecto a la mente no viene nada más que la maldita peste, pero muy a pesar de mi insistencia se descompone el insomnio en una  decena de imágenes, de pensares, de reflexiones y no se queda quieta; cuando esto sucede me pregunto: ¿Qué diablos me pasa? ¿Qué cosa tienes en la cabeza? ¿Por qué eres así? Y sabes, me gustaría habrírte la cabeza de un hachazo para ver que tienes y saber todo lo que estás pensando. Así ¡Crash! A la par, la mosca posesiva insiste sobre la fruta fresca que el mocoso manosea durante el trayecto. El tren pita en la penumbra y el traca-trac, traca-trac, me alimenta con su rítmica. En el sueño, —el peregrino habla de los distintos paraísos—, la sierra tarahumara es uno de ellos y junto a las truchas camino a lado de su estanque y el río huele a pescado; a los peñascos los desgajo de pura travesura y dejo que rueden las piedras al fondo del barranco, hasta el agua corriente. El sonido del río continúa día y noche. La sierra tarahumara me adormece y yo me cuezo en su infierno natural; a la mañana siguiente se despereza el apetito y degluto burros, sandías, café, frijoles y huevos hasta que siento que el ombligo se voltea de a  tiro. Me recuesto en la hamaca del hermoso patio, bostezo una mirada al cielo; las nubes se van acercando como velo y más atrás siguen otras más salvajes, negras, espesas, altas, infladas, robustas de aire, informes. Mientras el sol es eclipsado por las ramas refrescantes y yo en esta hamaca, cierro los ojos percibiendo pasar sombras, escucho un sonido... Me gustaría saber qué cosa le pasa a ese pájaro que gorjea cantando a poca distancia ¿Cómo estaría yo de loco si me pongo a dar de gritos en este enclave serrano?

Después de la siesta y caminar un rato, al brincar se me desparramaron las metáforas sobre el río y prontamente tomaron curso; dejé correr dos en tanto que las demás fueron recuperadas. Lo que pasó con aquellas dos metáforas tiene un principio poético, pero un final incierto, no recuerdo de qué trataban pero me da gusto haberlas inventado. En la acción se armó un puño de mareos en una decena de imágenes pantanosas, era el movimiento hipnótico del río, era el lecho del arroyo que chupaba con insistencia el zapato. El mareo me noqueó la conciencia; al rato, caminado en el zoquete, en el lodo, me consuelo teniendo a mi madre a la diestra.

El coyote hace un desgarriate en la penumbra y el croc-croc, croc-croc, croc-croc, croc-croc; me alimenta el entusiasmo de cazar su salea; cuando di con él, acorralado y cobarde, se coronó la incertidumbre en su rostro desaliñado. Si se avistan nubes rojas quemándose en el horizonte sólo es la piel del coyote recién arrancada y tendida al sol; si alguien no me creyera es porque no tiene imaginación y eso no se da, dar imaginación es algo tan difícil como rellenar un tamal de agua.

Como peregrino que soy, antes que nada soy líquido, y yo comiendo todo: alcoholes, plomo caliente, ácidos, limones podridos, vinagre; todo eso durante todos los días, ¿no me lo creen? Pues échenme los días que gusten, verán como me los paso como si fueran agua. A los días de la semana les jalo las riendas, por ejemplo: a los días jueves los educo a golpes y a los días viernes los domo con alcoholes por la noche. De prisa pasa un loco, con dos trapos en cada mano, llega a la gasolinera y vocifera: ¡Tanque lleno! Con saña y riendo el trabajador hace la maldad, el trastornado comienza a inhalar y queda con los cachetes húmedos y dice: “¡Gracias por la reserva!” Y huye del  protagonismo. El empleado de la gasolinera se ríe con su cara estúpida, llena de arrugas grotescas, la estolidez la trae pegada como una costra rosácea y en su sueño diurno disfruta del paisaje citadino.

Y soy líquido. La acuosa y móvil materia, solo resbalo peregrino con el declive del entorno, reboto, me golpeo con los obstáculos y si me hiero en la rusticidad del campo, me pongo un vendaje y sigo el rumbo. Por ejemplo: ahorita estoy andando como el dromedario en tiempos de sequía, es decir, me vale madre y me despeño en la cascada de Basaseachic.

Y fui a correr después de no hacerlo durante dos años y siento como lo sedentario se me escarapela, como si me abriera desde dentro y tronaran los huesos del tórax; similar a la escena terrorífica de “Haliens”. En el trote vibra todo el cuerpo, sudo como demente en África, se me cosecha el sudor en los sobacos; dejo huellas de peste por todos lados, ¡Vaya idea de correr! Cuando me imagino que adelante va la hembra-fruta, aprieto el paso, pataleo con fuerza el cemento. ¡Cuánto impulso y el corazón no para! Pum-pum, pum-pum, pum-pum; y los pulmones meten el aire a jaloneos forzosos ¡Haumm... fiuu! ¡Haumm... fiuu! ¡Haumm... fiuu! Y el entorno impávido se queda quieto y yo desesperado sigo dando de manotazos al aire como intentando alcanzar algo y el aire burlón pasa por entre las orejas empujándolas en contrasentido. Y surge el problema de siempre: los tobillos, estos se niegan a continuar con un grito de dolor como advertencia y yo lanzando las piernas a chicotazos, los tobillos obedecen a medias ganas hasta que una piedra socia tuerce el pie, me voy de bruces tragando hierba, sintiendo arena entre los dientes y un hilito de sangre en el bigote cuaja prontamente. Frustrado, con cojera y aturdido regreso a casa. Mi espíritu de pradera de a tiro no viste chaqueta sport y la hembra-fruta inalcanzable ha sido o bien el sueño o el horizonte de todo hombre. Bueno, quizá lo barrigón me incremente la simpatía, de eso tengo pocas ganancias. Quiero que me pase todo por dentro, explotar y dar con el vomito que me restringe, pero quizá no sea tanto y sólo sea que no me pongo coqueto. Rescoldos y virutas hay en todos lados. Yo así soy, acepto todo y quiero que todo sea ya, que suceda y que sea el acaecer: un espíritu cachondo en su entorno, un ángel caído, primerizo y juguetón; un mexicano bragado.

Acaricio los callos de un evento, la celebrada luce hermosa en sus quince años a pesar del síndrome Down que carga su genética y que gracias a ello la fiesta es tan fresca como el bróculi con colegas del síndrome, retrasados mentales, limítrofes y hasta uno de labio leporino, de “colado”; fuera de eso y sin embargo la fiesta luce como de costumbre. Yo me camuflajé sin agregarme nada ¡Me sentía como en casa! Y luego fueron llegando una a una, las mujeres solteras, hermosas todas ellas, desparramando su belleza en cada silla, yo dije al ver todo eso: ¡Cuánto paisaje hermoso y yo en ayunas! Y comienza el baile, y danzan muchos, y ellos con su pareja, y los músicos: rascan, golpean, soplan haciendo el ritmo y yo aquí sentado como mongol dando un suspiro, y las mujeres sentadas con su desesperación en aumento, llevando el compás con los pies bajo los manteles blancos y se sirve más vino, y el brindis, y la quinceañera pidiendo aplausos y siguen bailando con la canción de éxito y... y... y... y yo aquí echando raíces en esta silla, medito un poco y me digo, —o ya estoy muy curtido por la filosofía que es netamente contemplativa, o bien soy un pusilánime, porque por más que empujo mi aire castigador este es un costal de papas, vamos ¡hea!, Tú puedes, no estarás mejor que si estuvieras muerto—... pero nada. Pensé que mi cara de idiota se quedaría por allá, pero sorpresa —y la sorpresa me la vuelve a colocar— la sigo trayendo puesta; escucho a mi maestro tras la conciencia: “—mira nada más tu cara la veo bien cuarteada... tas’ jodido y arrugado—” ¡Oh! Pues dame chance, si envejecer no es ningún pecado. Y el baile sigue. Danzan entrelazados; el humo de cigarrillos hace exhibirse, elevándose en el ambiente y yo sigo sembrado en esta silla con las raíces dando vueltas como arcaico sicómoro en sombra  por las columnas blanqueadas. Y me doy aires, me entusiasmo pensando: ser un “güey” tiene algo de simpático, a lo mejor algún día me afortuno y si no tengo suerte en algunas cosas, tal vez en otras sí; al fin y al cabo cada una de esas bellezas tienen en algún rinconcito un amor, como dice la cita:

No hay muchacha sin amores —ni feria sin ladrones— ni judío ni doblones —ni vieja sin devociones, ni república sin cabrones— ni granja vieja sin ratones[1]

Además esos galanes que, ¡pues nada! Son unos hermosos floripondios campiranos que andan presumiendo su viril machismo pero ¡Lástima! No pasarán a la posteridad. Y viene una sorpresa tras de mi asiento, en la mesa contigua, una hermosa mujer de tez costeña, se aproxima con la mirada, a machetazo certero dando con todo y tasajea las raíces que había cultivado en mi silla; la invito a bailar y en la pista de baile, rico su cuerpo me sirvo con cuchara de panadero. Después del baile un buen pozole. A tales horas de la madrugada a todas las mujeres se les acaba la imaginación, ya no flirtean, a su coquetería le da sueño. Durmiendo en cama. Solo. Medito: no soy más que una cuenta en el rosario de esa bailadora. Duermo, y el ronquido parece motocicleta en subida.

Diosito ha de perdonar por esconderme de él en esta tierra; soy su cachorro que cuida a sol y a sombra, la travesura o bien no resulta o soy muy malo para jugar a las escondidillas ¡Diosito me cuida demasiado! Cuanta comodidad siendo una feliz garrapata, y chupo con avidez formando gárgaras con la comida, me inflo las vísceras hasta el hartazgo; y las víboras son mis compañeras, en los terrenos piedrudos ya no se procrean de las grandes, de las víboras que muerden fuerte ¡Puras piltrafas! Minúsculas como yo, si viera el mundo como tengo ganas de que una serpiente se trague un zapato con todo y relleno y oír el crujido en el interior de su piel. ¡Crack! ¡Grubp!

Al despertar del sueño llega la idea pero desde el interior se me hace bola, o más bien como una flema hecha hebra y quería lanzarla fuera, escupirla, pero la lengua empujaba el asco y todo quedaba contra la pared; hasta que vencido, dejé todo como estaba. Algún día saldrá la idea. Estoy esperanzado. Quieto, todo quieto, como anestesiado en plancha. Se me cansa la palpitación. Poco a poco los ojitos se me acurrucan en los párpados. El aire entra y sale como si dentro fuera su casa. Abono palabras en la habitación que caen diseminadas, y, estando así, mullido sobre las palabras; chiflo una tonada sinfónica; mientras ellas van evaporándose como alcanfor por la columna vertebral en una danza ritual. Y ya ves, allí está. Uno nunca sabe cuando el cerebro va a lanzar esporas. Acaricio las palabras. Palpo las ideas, las formo en hileras, me recuesto encima. Necesito de almohada. Entre las cuencas de mis manos armo un sinuoso almohadón ¡Dulces sueños en esta vegetación nocturna!

Los elementos me aquietan el entusiasmo y con el regazo duro, atlético, descanso acurrucándome en las ideas, en las tersas palabras que se ejercitan una tras otra. Cuando busco como un literato empedernido la palabra faltante, dejo que se oiga, que tintinee entre los dientes, saboreo sus sílabas, la pronuncio con los diferentes acentos que pueda tener. ¡Amo la naturaleza poética!

Como globo recién inflado, la luna luce su hinchazón. Dicen que se ve un conejo sobre de ella, yo sólo alcanzo a ver manchones informes, tal vez esos sean sólo cuentos de hadas. Durante la noche, las nubes se besan, se excitan y separan; traman algo con el estado del tiempo. Cierro los ojitos para que se muevan los nubarrones como intratables ovejas.

Amanecí con cara de angelito. Asomo por entre las cobijas y siento algo duro, hinchado entre las piernas. La cara de angelito se escabulle como bocanada de cigarro. Se me despierta la cara pornográfica y la saliva trata de escurrirse incontinente por el almohadón, — ¡Oh pecado...!— Me doy de flagelaciones, trato de domar el cuerpo, pero este se encabrita como toro de rodeo; cuento hasta tres, y ya estoy en la ducha fría.

En el jardín hay un vaho imperceptible que huye escapando de la tierra mojada, ¿el culpable será el sol?... Ando por todo el pueblo buscando imágenes para mi libro. Parezco efluvio en penitencia. Impaciente la calma, se apresura a mirar a todos lados. Me subo al autobús y veo: sombreros, gorras, pañoletas, y piernas de veintidós años enfundadas en minifalda; sin esperar a nada, el sol goloso se unta en las piernas con la huida de las sombras del camino. ¡Qué envidia de manoseo! Paso por una escuela. Una jauría de carros llega a escupir una centena de alumnos y así como aparecen se esfuman. Los escolares como pipilas cargan una mochila enorme que iguala su peso. ¡Ni modo! Educarse en México es engorroso.

Desde el último día que nos vimos —pienso en voz alta como si le hablara a mi maestro— ya envejecí tres meses más. Ahora se me caen los cabellos a puños. Sufro de calvicie, y de coraje me arranco los cabellos. Con los puños llenos de pelos voy y los meto bajo tierra, para que siquiera sirvan de  abono. ¡Al infierno con todo: cara, pelos y cráneo! Al fin y al cabo, me han de amar aunque sea feo.

Al ángel de la guarda lo tengo colgado como en una escena de la película El Silencio De  Los Inocentes. Se queda allí como mariposa ensartada con un poste de teléfonos. El ángel alado se encabrita, tiritan de enojo sus alas.  Ser un mendigo o un peregrino tiene sus ventajas y salir como ahora a cualquier sitio, al fin y al cabo que importa, por  doquiera. He de emigrar a donde sea, quizá California sea mi próxima parada o el Canadá; en fin... el encuentro interno siempre se da interiormente. Romper con todo. Y que al intuirme solo, me dé frío, y estando durmiendo en el cemento soñar a un hombre que  se llamaba Edgar y que vivía en Tlaxcala y que era filósofo y que se volvió peregrino y que ahora duerme en una ciudad remota, tan remota como el río Nilo del río Bravo; y la soledad, como moneda insustituible y coexistente con millones de habitantes. ¡Si piensan compartir su abulia no se molesten! Ya tengo mucha aquí, en el estómago, sí, aquí en las orejas, en la frente. ¿La ven?

El urbanismo es un retazo de mi visión introspectiva. Ahora todo lo comprendo con justeza; los elementos se injertan uno tras otro, aunque el vértigo de sus interacciones hace melladura en la inteligencia. Y todo se fuga, como si fuera sudor evaporado en un desierto infame. Después de todo, la fragmentación del ser es tan añoso como el ser mismo. Entonces, ¿yo que medito? Si la cavilación de esas diluidas redes de la metafísica no tienen cabida en la nueva conciencia. Porque el escaparate de la epocalidad  se camuflagea con mil símbolos, con mil redes,  y esas mismas con un sinfín de texturas... ¿y mi huella? ... esa no queda, porque si soy la entidad que está mudando en el contexto peregrino de la existencia, esta queda negada como si fuera un estornudo en medio de un ciclón. Contemplo la desolación global como si fuera la embestidura perfecta. Cierro un ojito y con el otro me veo en un balneario bronceándome el pellejo como una hoja de tabaco y acompañado de la hembra-fruta. Cierro los dos ojitos y me descubro haciéndole arrumacos a la hembra fruta, acciono el interruptor de la conciencia y sucede lo indescriptible.

Me gusta gritar, hasta sentir que casi se me zafan las muelas. ¿Y gritar qué cosa? Lo que sea... leperadas, maldiciones, blasfemias; pero luego llega mi maestro y comienza con los sermones invariables. Total, hasta la hembra fruta me reclama. Sus castos oídos necesitan seguir siendo virgencitos y mejor cierro la bocota. Eso sí, levanto el codo y salgo corriendo como niño malcriado.



[1] .- Reyes Alfonso Obras Completas III pagina 41