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peregrino 5


PEREGRINO 11


“si tu espada es muy corta, da un paso más”
Madres espartanas



A
rrasan de presiones los corolarios de mis entrañas, entre tanta ansiedad que coquetea y se apeñusca en las sienes; el ardiente tesoro de ironías se ha quedado callado. Tú, lo sabías bien, intuías que andaría como zombi por las tierras del conflicto. —Fíjate bien como me muestras tu cariño, matándome como alfil sin destino— Soy terrestre en esta manzana de la discordia que es la tierra: terreno gótico que diligencia tempestades en un eterno experimento. ¡Esa es una realidad divertida! No hemos aprendido nada, seguimos navegando taciturnos hacia un misterio sutil, a veces ambiguo; a veces indefinible. ¿Has sentido aquel vértigo cuando te quitan la tierra? Esos estragos caen en mí a cántaros. Siento esa catástrofe que después se pone como de color de cemento. Gota  a gota voy cuarteándome hasta ser otra cosa distinta, otro cántaro. Ya no quiero sentir esa presión que hace advertirme deformado, que ya el resorte pusilánime me ha absorbido en sus tensiones, en sus vaivenes. Exangüe he de quedarme quieto. Que dulzura es cuando no muevo ni un dedo, cuando la ansiedad queda atrapada en los corolarios. Transitoriamente me siento un rododendro o un árbol de limón: bellísimamente agrio. Indemne, con el ajenjo apocalíptico, paso sonochando por la vida que me apretuja como carta entre baraja. Como santuario me acurruco soberbio en mi identidad personal, ya que detesto las disyunciones nacionales o locales. ¡Pueden jactarse fanfarrones: los provincianos que se creen los ombligos del mundo! Soy la ceniza rebotando por allí. Soy el polvo en resurrección soliviantado por soplos que proceden de un murmullo: la ubicuidad que campea solaz.

Mi subterránea conciencia la conservo en un búnker, camuflajeo sus inquietudes de cisma; su hurañeza social la decapito. ¡Que el caos no salga! No son mis días, y su dinámica dice otra cosa: tañen campanas de incienso y escupitajo, de adoración y vituperio. Explota todo en un festejo de máscaras excitadas.

La política se articula como el negocio más rentable, y yo, como el peor de los imbéciles elijo ser poeta; el pueblo no puede percibirme de otra manera que como un sujeto hinchado de locura, un raquítico de razón, un fruto dionisiaco, un cerebro fértil de paranoias. Festejen estas declaraciones, puesto que ya no tendrán que inventarlas, no usen la imaginación. Ya lo he improvisado todo; me he complacido al experimentar todo sistema de demencia. Ese ha sido mi cielo. He probado toda mezcla. He pasado a ser un hombre civilizado.

Se equivocan al pensar que seré el cómplice de su desarticulación, de los crímenes contra la diversidad, no soy ningún chapucero, soy de vidrio y me reflejo y te reflejo a ti que estás leyendo. La desolación es tuya  y mía. ¿Crees que una melladura en la conciencia puede revelarnos que aún podemos? Seré el amante de ese delirio subterráneo, es el horizonte casto que enchulece el destino. Cual barca en un lago me multiplico como espíritu clonado, los vaivenes no están aquí sino en el horizonte que se engolosina en sus latidos. El gendarme de los genes ha muerto; soy el espíritu clonado que ha brotado de esa defunción. Soy el abundante hombre doble, el otro, la otredad propagada en una muda constante ya sin el prototipo, sin esa raíz consecuente. Hay que fijarse en los efectos que dejó aquel espectro. Nunca olvidaré el viento que ha arrastrado y transitado por las representaciones. Bueno, sí, hay que tener cordura, pero también considerémosla como un flujo extraordinario en el espectro de los corolarios de mis entrañas.

Acumulé monedas de ironía, a fin de enriquecerme con burlas eruditas; en el pasado me consagré a un florido silencio que ha resucitado en cada temporada ya  que es nutrido por la entidad tozuda en la nada, en la oxidación. De esa manera soy, es el procedimiento por el cual se descalza a la impaciencia. ¿Será evidente que cuando la ironía salta es porque se ha puesto coqueta la existencia?

Tengo ante mí un nuevo latido resorbido a ruta constante: esta facultad fascina por ser como sedienta esponja contraída  a dicha tierra.  He terminado de atar amarres ¡es la fase donde hago escalas! Como pararse ante un río para contemplar: su monotonía, los espectros que asoman en las ondas del agua, el olor de la humedad que se evaporiza al sol, o los flujos de gorriones que van río arriba.

Me he posesionado de este recogimiento hasta el interior, desde hace tiempo ha sido mi horizonte, el examen de ese acontecimiento son: o pájaros hechos smog o libros fermentados como alcohol de años. Yo  no puedo con toda la vida; por eso me recojo en el aura del autismo, me comporto como un limítrofe, finjo ser medio idiota, inclusive hasta yo estoy convencido de que esa es mi nave de locos a la deriva. No obstante soy el cachorro que raspa las ideas como si fueran el mismo destino. Como una representación que da existencia a la vida me poseo. El destino es como el líquido que escurre entre las manos; pero, al fin y con cabo que se vaya todo. No necesito de nada. Ser como el cántaro que se queda aunque sea con la frescura del pozo, es la conquista de ese alimento, el soplo divino de Dios que expira misterio.

Con la frente al sol matutino lanzo al aire un amplio bostezo que llega a despeinarme, que permite caer uno más de mis huidizos cabellos de esta despoblada frente. Hago un análisis rápido del día: aire obsoleto, pobre y desnutrido; sol frívolo con el calor que ataca fuerte las grietas de la cara; minutos diurnos que escalan peldaños y que juntos se hacen horas; una docena de natas que parecen austeras nubes, se escurren en el espacio como leche derramada en una esfera. El olor del día será seguramente de azoteas con su cotidiano barullo, de colectivos que regresan del mercado, de evaporaciones del Zahuapan. El pronóstico pinta muy bien, suena a una música placentera.

Me diligencio un bostezo extra. Me flaquean los brazos: se estiran como queriendo escaparse; tal pareciera que quisieran alcanzar algún hemisferio o muslo de amante. Los ojos como estanques de aguas verdes, se agitan con parpadeos que interrumpen ver el cielo. Se destapan los oídos. Se abre una boca inmensa, a manera de boa constrictor. Truenan los oídos, el sonido parece al que hace el pollo muerto cuando se le rompen las patas por sus articulaciones. Escurren gotas de los estanques de aguas verdes. Vibración flotante. Resbalan a plomo. Se desmaya la modorra y queda como sombra, la arrastro sin más y se pliega al suelo como flujo gelatinoso; la cargo como si fuera mi calvario, el lodo insacudible.

Voy a la ciudad pequeña. Recorro el sendero. Los campos de cultivo entecos. Me da vértigo ver aquello. Una caricatura de campesino voltea la tierra con el azadón, tal pareciera que busca esperanzas en el terreno arcilloso, o como si con su faena, le diera cuerda a una invisible máquina para hacer nubes. El horizonte luce tiñoso, es legaña que pena como fantasma. Las nopaleras se arrugan, son magras lenguas que brotan del suelo faltas de saliva; sin ella se cuartean tal corteza de árbol centenario. Sigue el vértigo. Soy miembro permanente de los de abajo, es así que el aturdimiento  es cotidiano, ya casi no lo siento, no hace daño, es como estar “crudo” todo el tiempo.

¡Qué pacífico es vivir en mi jacalito cerca de los cerros blancos! Escribir estas pocas letras es lo mismo que abrir el surco; pero en lo primero me siento como solo. No busco las raíces porque sé que no encontraré nada; es preciso entender que en esta tierra nunca se ha escarbado más que lo suficiente para que el maíz brote, así que ni siquiera remover los treinta centímetros. Únicamente me paro allí, en el campo. La  raíz es todo el horizonte que campea en el paisaje alargado. ¿Encontraste alguien allí? Tuviste suerte puesto que otros que ya han muerto giraron trescientos sesenta grados y no encontraron a nadie, prefirieron volver a ser tierra, pero surcada por ellos, sin raíz, sin un rostro que los hiciera sentirse acompañados. El relieve de esas sinuosas ondas de surco son juguetonas. He de aprender a jugar con ellas, para eso están allí. Puede que una visión borrosa en lontananza me haga pensar en un pilar con una enorme base o bien el tótem al que podría adorar para así dejar pasar el tiempo, pero dejo eso, no es mas que la representación inconexa.

Estoy empeñado en castigar a la conciencia, inculparla de los abismos que encuentro al caminar, deseo trazar en ella una denuncia, desmembrar  su anatomía para ver si así me encuentro, para ver si me beneficio de algo. Seguramente la conciencia tiene llagas, heridas que deja la historia o torturas prendidas a ella como tatuajes. No siento nada al hablar sobre esto, es un estupor el que se presenta. La conciencia es un tanto torpe como para hacer juicios inteligentes, ella es una viejecita que me ayuda a cruzar la calle; es ella el tapiz humoso por donde se asoma la modernidad, juguetea conmigo cuando veo la tele; palidece cuando la invito a la briosa crítica. La conciencia es la cómplice de actos tanto notorios como desconocidos, hay tanto que decir de ella, que si escribo un par de cuartillas me parece ingrato

Cruzo el puente, abajo se va evaporando el agua de drenaje. El paisaje ha cambiado; lo que eran campos de cultivo ahora son el cultivo de casas como campos.

Me silencio ahora. Me acuerdo de la historia. Dejo a esa  esfera de la interioridad  -que es la conciencia- que me juzgue. Yo me quedo callado como un armario metido en un sótano glacial. Una resistencia sería que se escaparan palabras de la boca, que se escabulleran por algún boquete he hicieran ruido, que causaran un significado, que se remitieran a algo, a una imagen. Rechinan los ojos moviéndose en todas direcciones, la mandíbula se mueve castañeteando dientes. Callo ahora pero... siento la textura de la palabra desobediente. ¡Le doy cachetadas con la lengua! Flagelo su significado hasta que queda un hablar en lenguas. Respiro.

Camino por la acera de la calle principal de la ciudad pequeña, los autos recorren las últimas distancias del día. A mi paso, se asoman sombras móviles que figuran perros ovillados, barrotes de purgatorio, monstruos informes que se agazapan al sentir mi presencia; una más, alargada y delante, alcanza a dos muchachas que esperan el colectivo, las cubre desde los tobillos y sube hasta velarlas; sus ojos contentos me miran sin inmutarse. Recorro más adelante el parque. En las cafeterías del portal también hay sombras, opacidad sofisticada, que parpadean sobre los cafés humeantes o se ocultan bajo los manteles. Hay un barullo en la zona. Percibo los pedazos de penumbra, esas siluetas que se inventan solas utilizando la luz contra otras cosas, mezclando con multitud de elementos y refracciones. Advierto en las sombras: gestos, muecas irónicas; ellas dicen mucho, se interpretan, hay en ellas una situación oculta. Encuentro en las siluetas lóbregas, virtudes, ellas  no son vanidosas, sino leales, sumisas, modestas; Tal vez sea por eso que ahora hablo de ellas. Me gustaría ser una pero diminuta sombra de la letra “a” o de la coma, sombra de una sombra de ala de una mosca.

Encuentro el aliento de esa sombra que colgaba como un lienzo tendido al sol, era la sombra que asomaba como un velo; de allí fue donde salió la pelirroja pregunta. El diario afirmaba en planas que no había para que echar una ojeada al cielo, que había que ponerles candados a los ojos, pero yo oteaba, y la mirada en vez de  trasformarse en bostezo se hacía aliento. Mi constitución –como miembro permanente de los de abajo— era un tiovivo en vida en vez de una rueda de la fortuna, la subsistencia me hacía permanecer a ras del suelo y en lontananza, la tormenta como negro tumor benigno se alejaba difuminándose con la naciente noche; la tormenta dejaba un barniz acuoso en las tierras del valle. Desde ese tiempo hasta acá he disfrutado de paisajes verdosamente contentos, las semillas caen a la tierra como este lenguaje en la hoja, mi muerte se da y el encino cuando seco alumbra en la fogata, así, el lenguaje llega más allá que mi propia muerte. Y aquí festejo mis preguntas, los inicios pasados, el hermoso canto de las trompetas de principios de milenio. Festejen, ¡sí! ¡Festejen! Hoy es su día, nuestro día, podrán hacer conmigo lo que quieran; quemen el encino, y reunidos en torno a la fogata, denles nuevos nombres a los mares y a las montañas, olvídense de los nudos de la  banca; ignoren, solos desarmarán su nudo ciego.

Dejé que mi destino me acompañara a la cama. Hemos de descansar. Tengo los brazos fatigados. Me acuesto. El tedio se tizna de bostezos. A la luna he regalado las siluetas proyectadas en la almohada. La habitación es tan sencilla que hace marear con su eco, está poblada de sombras. De improviso, el perfil del avión entra por la ventana y chicotea la monotonía, algunas manchas de los opacos vidrios tosen al unísono un movimiento casi imperceptible, como un pecio fugaz, lo que dura un parpadeo y se disipa.

Duermo y desde el cielo la alfombra del país se mece, el sol place acicalado y yo en las alturas soy un poema que se despierta, que apenas inicia despatarrando sus miembros a horizontes cardinales. El paisaje es principesco. La verde mañana se ilumina de distancias. Las nubes sonrientes avanzan en regimientos aéreos, y aquí, bajo mis pies, el Popocatépetl pareciera estar ocupado en espantarlas; el volcán y su casual música respira como una casa de alebrijes sonoros. Atisbo, son las carreteras como flechas sin combustible, pegadas al suelo como rocas domadas; atisbo, son las gentes que como ardillas suben y bajan recorriendo los pisos de los edificios; atisbo, un océano flaco que suma dos grados más; atisbo, computadoras personales que se encienden con señas y que poco a poco van formando un hilo umbilical tan fuerte como el carbono de tungsteno; atisbo, un pájaro —como representante de ese mundo— que tan pronto como deposito sobre él la mirada, el pájaro vuela; atisbo, las imágenes obscuras en lugares tan ácidos como la misma alma de Satanás...                  Columbrando en torno al panorama, despierto al amanecer. Una estrella del tamaño de un mosquito se acomoda sesgada en la ventana. Mi garganta olfativa percibe el jardín salpicado de rocío. Me asombro del árbol que viste un traje hermoso de opacidad y frente a él, la sombra que asomaba como un velo: mi amante en bata con su melena rojiza y suelta caminando con los pies desnudos por el pasto. Ella era mi pregunta y mi respuesta, más tarde, su voz tan dulce me visitaba la oreja, sus manos y las mías festejan danzando en el encuentro.

Acostumbrado a ser una bestia. El humano bestia. Quería vestirme de discordia, tragar venenos, corretear a la presa fácil, ultrajar a mitad de la mañana cualquier musa. Pasar por un desnaturalizado. Comer limones podridos, pisotear alacranes o bien arrancar con los dientes los  bracitos regordetes de los cachorros. Abrí la boca para lanzar blasfemias contra todo, eso era parte de ser bestia; el espanto de la gente vino después, cuando la enfermedad me había cundido. Cada sílaba me llenaba de asombro como si tuviera aroma propio. Era excitante como la carne roja o como el afrodisíaco más potente. Quería gemir cuando mi cuerpo estuviera consumiéndose de algo, ingurgitado como carroña, atropellado en la autopista en horas pico o castigado por una jauría de feos.

La vida es incompleta si no está presente la parte del dolor, de lo animal. La vida entre el “moisés” y el sepulcro lo sentía tibio y yo quise arrancar de todo; quería escuchar a mis maestros y escuchar también mis consejos, esos decían otra cosa, me daban indicaciones de perderme, rasgarme; azotarme en las paredes y reír con las mejillas sonrosadas, tiernas. Quería mis propias reprensiones, ultrajarme a conveniencia, vengarme por nada de algún desconocido, rayarle el alma, cosechar de su campo ampliamente cultivado, además de ofrecerle amigos, como un ramillete de flores.

Esos eran mis mejores años. Para los de enfrente mi vida estaba anidada en el fracaso, metida en una conchita diminuta en un  charco de campo perdido en un sitio desconocido. Y gritando a todos lados mis victorias, nadie me escuchaba, la arena que les tapaba los oídos formaba microhuracanes en sus lóbulos. Y yo en mi pradera, acercándome a las puertas negras, como de noche, ensalzadas en  balaustradas marmóreas, y los otros empujando con vigor la puerta liviana, de globo. El pueblo inundado de sendas extraviadas, yo escogía el de mayores pedruscos, o sea el de losanantes filos de roca; al final a todos nos tocaba un sepulcro bendito, abajo, en la caliente tierra. No quería recuerdos, no historia, no descendencia. Buscaba el abismo del azufre más picante. Pararme a ver los muertos, pisar los cráneos a  diestra y siniestra. Ser un hombre tachable. El hombre de la mirada más amarga, con el verbo más mordaz.

Quería el ambiente borrascoso, inhumano, con los volcanes escupiendo lodo caliente, ácido, tizones de muerte, los campos helados, tiesos, pobres como el recuerdo. Las casas carcomidas por la  opulenta sarna, rebosante de alimañas con el apetito más insaciable. Ver las marchas fúnebres con un bostezo de tanto observar, y las adúlteras circundando mi espacio, pidiendo mis labios almendrados.

Mi jardín de tierras dentro de un laberinto chorreó como esperma la ceniza. Era la fluidez del tiempo quien pregonaba el anatema. Como un ronquido despertaron los vientos y llegaron a Puebla, eran arcabuces en ráfagas que chiflaban sobre los autos. El inflexible sol como mi vientre se golpeaba con algo en los pulmones. Inició la turbación con la  “Z” aquella que está al final del vocabulario, allá, muy lejos, donde termina todo. Estoy dispuesto a matar la turbación con esponjas procreadas en la historia de la palabra; como palabra es el hombre y la tierra el Popocatépetl, y todo junto polvo. No tengo más remedio que dar azotes al viento. Sigo siendo ceniza, polvo nacido en Tlaxcala como un Ícaro accidentado. Mi nave se torció en las manecillas del consumo, y pensé, como si fuera un rechinido, que me salvaría del acorde del calendario; de este último sufro claustrofobia, porque no me ha dejado en paz, pensé en la emancipación y ahora el rechinido estaba en otra cosa. El proceso de purificación nunca fue. El tiempo me comprará un altar que se hundirá en la tierra de maíz, en esos casos estoy salvado, sobreviviré. Con algo se hizo terrestre mi insolencia, se estrelló en los días de feria, cuando todo marchaba bien, los tesoros se escanciaban en el jarrón antiguo; Hollywood nos pertenecía porque estaba en las tierras del Matlalcueyatl. Se agregaron otros ungüentos, otras noches, otros sindicatos. Los bárbaros del mundo hicieron estragos con sus imágenes. Las máscaras se tiñeron de abundantes colores, algunas se hicieron piedra, otras sacrificaron su insumo en la realidad virtual del kitch abortado desde un pueblo insolente.

De buena sombra resultó tu insulto —le dije, mientras soltaba las amarras de mi nave clandestina— aunque fuera chorro resultó inalcanzable, no pude tocarlo, se escapó entre dientes, mientras tu lengua se mecía al compás de un chicle. ¿Acaso pensarás hacerme daño si estás cubierto de costras de hule, de papel, de olores suntuosos? Y yo receptivo de ojos, como un escaparate con la textura de la epocalidad, me detendré y sentado en una silla veré las fumaradas, oiré el rugido de la tierra de maíz. Comenzará a lanzar uno por uno los alfileres hincados en su piel. Mientras unas se rascaban el ojo, otros más compartían el V.I.H. todo por amor, esa creación más excelsa que nadie haya imaginado. Y yo en tu caverna como casa tomaré directrices para comprimir y explotar y una vez estando ahí reformaré tus dientes desde el hueco con un grito, y sobrevivirás con pelo ceniciento. Atrás de mi vista estás tú, volando en el barrio de las gaviotas, subiendo al cielo hasta llegar a la cabellera de los vientos; atrás estás tú, como vigilando mi espalda doble, de ceniza y viento y la corriente con canales que me llegan hasta el trasero. Golpeo con algo y eres tú, es tu cabeza volando al cielo por encima del Popocatépetl, de azufre, de escoria. Subo un peldaño por encima de mi pensamiento, se escucha otra vez el rechinido criollo, entonces, correteo un camión para buscar las esencias, los aceites benditos, las unciones que camuflarán el eco; esta vez soy yo en un espejo acuático: la laguna de Acuitlapilco.

Tres perros y una gallina asoleados en el patio, me acompañan en las pesadillas con las  hormigas coloradas; con un bronceador les froto el vientre a los domésticos color trigo, quedándose pasmados, como idos, impávidos. La excitación de mi insolencia no nace ahí sino en el diálogo unívoco que vomita un cuadro de imágenes con volumen y sintonía. Fabricaré un canal cantante de agonía, será el fin del aborto y entonces sí, sobreviviré. La gota neófita toma el autobús, ella descalza de un destino, deja estelas de nada, mientras ve pasar el vapor, el paisaje entre el nacimiento y la muerte; su anatomía injertada en los días de feria y en una cuadratura entre el Popocatépetl, el Iztaccihuatl, la Malinche y el cielo. Inventaron  la excusa seductora mullida en la  burocracia, y la “Z” que inició la turbación ahora viaja en autobús por las cañadas, su sequedad y el inflexible sol como mi vientre hace compañía con una dureza absoluta, con una fluidez absoluta. Rompe el freno la ceniza y se destraba la agonía con resortes anatómicos de México; ahora bien, el tiempo de aires con una dureza absoluta, con una fluidez absoluta, me persiguió hasta aquel paraje; es decir, el patio de perros bronceados al unísono con mi vientre. El paisaje me permitía ver las fumaradas, el calendario pronunciaba en la grafía: “domingo”, en esos casos estoy salvado, sobreviviré... Y existió el día, todos asentaron su bendición local, lo vistieron con cada cotidianidad, con cada particularidad, la sinfonía de estos actos llegó a ser un bazar repleto hasta que llegó la noche. En ese ghetto de sombras me acurruqué como la onda en un círculo, el murmullo de las dispersas luces arrulló la ubicuidad y soñé con otra fecha igual.

Untado en las sábanas llegó la libélula y yo en fuga, con los besos sin huella, se hunden entre las alas de la negrura y la libélula persiguiendo. La evasión, costándome las manos; porque ellas se quedan oliendo a caballito del diablo, a amante, a flujo de noche evaporada. Tu toquido clandestino me despertó. Las migraciones subterráneas estrujaron la nieve y la inercia hizo su faena, alborotando a la  concurrencia; es decir, los arcabuces de viento, las rutas de nieve, el chalet de la montaña, los cíclopes informativos. El chirrido de los cascos desalojando; y el pueblo zombi se deja al olvido, como un fantasma inerme en los laberintos del purgatorio. Solo unos trapos, los menos desvencijados entraron al costal y a lomo de hombre se separaron de su historia, de los antepasados, del agua que regala  la  montaña en la tierra de maíz; y se queda como esperando cualquier cosa el pueblo zombi, ido, pasmado, impávido y con él los objetos de la  aldea como: el maíz que en el solar se camuflaba con el polvo, con el color gris de la ceniza, los perros que para no aburrirse se muerden y mastican las patas y las colas unos a otros, las gallinas depositan austeros huevos en el tepetate, en el suelo duro del gallinero. Las casas con sus ruidos en compás, hacen la sinfonía con el rasgueo de los chinamites, los polocotes, las bisagras de la  ventana, la hierva barrida por el aire, las herraduras del burro somnoliento, el cerdo inapetente; el aire, siempre el aire perturbando todo, vigilando las ausencias del pueblo, en la tierra de maíz. Tan sólo yo quedo de todo aquello, en un  día de domingo, mientras en otro lado del mundo, el puritano tedio hace plétora al compás de una raza norteña.

Cuando los payasos viajan al sur, existe el 70% de probabilidades de lluvia. Las metáforas son buenas, siempre y cuando haya árboles sembrados en la tierra. Aquí es la tierra, si lo dudamos fracasamos. He encontrado metáforas comestibles, metáforas citadinas, metáforas prestidigitadoras. Hoy estreno, la gran función de los  fantasmas actúa con alas de metáfora: me encontré tres algodones cobijados, adoquines rosáceos y una ofrenda de peticiones magisteriales. Es de hecho que procuremos broncearnos en las comunicaciones. La estética además siempre ha sido mi agonía, sobre todo si es unisex; por otro lado, las matrículas de un texto me dejan extasiado. Para la década que viene me acostumbraré a todo, inclusive  a ser de la burguesía, hasta que dé sobre mi bandera. La bandera de un muerto es una lápida y sólo comeremos hot-dog  mientras disfrutamos de nuestros mitos. En ese caso considero necesario reformar en diez años mis    p a s o s.      El porvenir      por que ahora mismo no creo en la futurología ¡prontamente! Un sonido de cuerpos me hizo temblar al mismo tiempo que sostenía los bikinis con los dientes de Nueva York. Un pelícano me informa sobre la economía, las computadoras, los libros... sin miedo a la vida. Un alcatraz me  enseña a comer pescado, sabía hacerlo con gran maestría. Para entonces me había subido a la grupa de un trailer que bostezaba y otros siete autos más, sufrían de tos, se convulsionaron con azúcar en el estómago. Vuelvo a zambullir florestas a una corona de muerto. ¿Acaso parezco pelicano? Sobre todo uno verde, de dos litros. Tuve atención como un cirujano, el tratamiento a la arquitectura podrida ahí donde no había paso, donde el transporte público quedaba prohibido; donde los adoquines rosados se fermentan. Los semáforos hacen gimnasia al compás de la luz. Las láminas sociales me motivaron a ser un alambre, un carro, un dintel, un chocolate. Has oído mi timbre, sueno como pancarta con un 15% de descuento. Pronto, me encontré a una máscara que comía, que actuaba como borracho, como otros cuatro en un auto. Juego con las máscaras, las mastico, como si jugara con un carrusel por la vida, por el tiempo, recreándome con mil máscaras, con mil juegos. La diversidad de la carátula semántica se acrecienta, pero aún así, no quiere, no está abierta, no está atada al magno espectáculo, ella es la exhibición. Una morena hermosa refresca mi erotismo. He  empezado a hablar, necesito de cierto lubricante que quedó guardado en la galera. La mujer estará conmigo para introducir el jarabe en la boca.

Los hombres de burbuja laten en el mundo, tienen una vida foránea, la imagen es la arquitectura de su esencialidad; su interior es llenado por el aire cuya vestibulación esférica nos dice que la textura es lisa y doméstica. Un rayo de luz en el prisma nos brinda una gama de colores, es el arco iris, su variedad le llega a los hombres de burbuja y  ellos complacidos los relevan, mientras, se esparcen en el aire: hombres de burbuja roja, verde, azul, etcétera. La sociedad de hombres de burbuja tienen la política de “navegar en la homogeneidad”; es decir, todos tienen el derecho de ser iguales a todos los demás, esa es su libertad. El principal enemigo de los hombres de burbuja es el vidrio, la  visión que se representa ante ese objeto enemigo es el simbolismo por el cual hay que negar y luchar. En el principio de las fechas, la antigüedad señala en los mitos, el desencuentro, la separación, la disparidad de la imagen con el vacío, el éter. La religión de los hombres de burbuja es el aliciente en la muerte, la promesa de que en la eternidad se vive en pleno la homogeneidad, el paraíso prometido. Los hombres de burbuja desde los sótanos hasta los grandes escaparates de la ciudad, lucen los atavíos propios de la moda; quien sepa administrar y exhibir la gran variedad de mascaradas es el prototipo del hombre burbuja, la estela de quienes siguen estas enseñanzas es infinita y fructífera tanto como los espacios entre dos puntos. Lo importante es el contorno; así se acercarán una  vez más al barroco cuyo eje central son los górgoros de la presencia falsa y mientras más postiza mejor. El carnaval, la fiesta, el mitote, los circos, la feria es el mundo de los hombres de burbuja, también lo es el supermercado, los gigantescos almacenes, los cafés, las avenidas, los estadios; en resumen, cualquier lugar donde haya show. Los hombres de burbuja como lo dije en un principio, son el gremio con la vida forastera, el bazar de su contorno esconde un armario de masa gaseosa, de vacío; el miedo a encontrar esa oquedad en ellos los hace hincharse como globos perdidos hacia el sol.

Era tan alto el árbol que cuando lo derribaron y construyeron una fábrica y después ésta desapareció; los ciudadanos se preguntan ahora y dicen que existe magia, cuando ven caer hojas de la nada.

Las palabras nada más saltaron sin pedir permiso en la habitación, de manera inconveniente se escuchó -¡Voy a atarme a tus labios!- Se regó en la alfombra, se escurrió por la garganta; fue a dar a las patas de la silla, de la mesa, a las extremidades de los insectos que revoloteaban en la penumbra. La logística de media caña en la luna indicaba que sobre su ser seguían presurosos los días, se aglutinaba la memoria tratando de impedir la historia; aún en la temporada, en que el mundo pedía vida y por tal deseo la fecha seguía en rechinidos, como una faena frívola. Su ser se escuchó en la habitación, por la locución suelta, casi inconsciente a manera de conciencia sofisticada; se acomodó el sentimiento entre las almohadas tratando también de ver en todo el espacio donde estaban y saber que había pasado. El zumbido áspero de la frase se quedó quieto en la epidermis del subconsciente, formó allí su hogar y falleció. -¡Voy a atarme a tus labios!- Se escuchó después un embate de cubos de marfil disparatados en la probabilidad. Las palabras eran recolectadas por el ciclo hasta el infinito, cuando la  historia requiéscat in pace y dejen de atarse los labios del calendario.

Se hablaba del lanchón de la ciudad como tortuga presa en la quietud de un beso inaudito. Todos estábamos tristes. La capital lo ameritaba. Un niño sube en su díptero y observa el galápago, y es el paisaje en el que Cristo renace curando pecados radicales, es la evocación de quien araba su ideario en el desierto con pericia, sembraba el amor, pero el rotativo sacro se obstinaba en hablar solo del paso dado. Después del diluvio, lo demás sucedía cabal e invariablemente; la vida era insondable y furtiva. Un ciego lamía el arco iris e improvisaba oraciones al horizonte. Pasaban los buces, esos que hacen chispear ciudades enteras, y sobre el alambre de su estela, me acurrucaría; después del estallido tendería mi ropa a secar. Las nubes se cuidaban de merecer completamente el crédito de la desgracia. El cielo marinero y fulminante permanecía echando su cortina a manera de brazos gorilezcos. Y como era el día del juicio, pues ya has de saber, aparecieron los horarios anunciando las tinieblas. El camino cojeaba un poco, era previsible si se habla de México. En la pasarela de la noche pusimos un par de tonadas y bailamos los dientes. Unas mujeres incendiaban sobre su propia melena el incontinente esplendor. También yo cojeaba, bajo el puente rojo de Tlaxcala; porque estaba herido en el tendón de mi inteligencia. Por eso la mujer aún no se la comía toda. (Y tampoco me convidaba de su manzana) el ángel se posesionó de un subteniente, y trató de quitarla, pero... la cerca de piedra se reflejaba exacta en el camino. Y su reflejo no se movía. Un desfile de armadillos bajó por los pasillos de mi inconsciente, y se asomó al arco del pie izquierdo. Ya estando allí levantaron el índice señalando la era del vacío. La sierra de piedra tenía en la boca la manzana (aquella que la mujer no se ha comido toda), insisto, aunque tenga la vista distraída, que de cerca parecía un cigüeñal redondo, pues estaba verde. Todas las tortugas tocaban sus cornetas, Adán lloraba con los fuertes. ¿Tú crees aún en las cigüeñas? —le pregunté a un zopenco mientras lo interrumpía su pérfida esposa—   Pero, en realidad había empezado a madrugar, a  salir la neblina de las ciudades, y ya no podía hacer nada porque para entonces el Diluvio había terminado.

Tlaxcala, tierra que me acogió de noche, cuando la luz del alba dormía. Era yo un náufrago retozando en el espacio citadino. Entonces vi a él: Baudelaire tomado café  en los portales y le diría alguien “Y acaso estás aquí, de pronto inmóvil ¡cómo! ¿Usted aquí, amigo mío? ¿Usted en un lugar como este? ¿Usted que se alimenta de ambrosía y bebe quintaesencias? ¡Estoy asombrado!”  Al alba descubro esta isla  desierta, árida. La mañana me sorprende con el rostro tan desnudo que tiembla.

Ya no tengo voz de adivinanza, ahora me dedico a copiar los semblantes desde esta esquina, desde el  litoral que me pertenece y el nombre que deseaban las tormentas. Y me voy por tu orilla Tlaxcala. Pensativo. No encuentro un aire enchulado que te cuelgue de los ojos y los dientes como una envoltura. Te he pensado como el colibrí estático dentro del halo de su movimiento. Sin más que aire de haber sido, centrifugado. Ahora, y  no hablas. No hablas y te he encontrado sabiéndote colectiva. Por que supe que Baudelaire había llegado aquí y aquí mismo perdió su aureola a cambio de mis llagas, a eso no esperé misterio.

No esperé y aquí me hirió su mano, aquí su sueño. Esta mañana me consume en su rescoldo la conciencia de Tlaxcala, su sonrisa, su poesía, su luz y lucho contra ello durante toda la noche. Su hermoso guardián insobornable  puesto allí en la casa de la radio al final de las escalinatas, se erige poderoso. Para llegar a su rostro despoblado, sin huella, no creería en la escalera inaccesible de la noche ni en su arena, sino en su vientre histórico. Tu mirada lee el amor que me agobia en estos tiempos, porque las políticas quieren que nada espere. ¡Que todo sea ya!

En la agónica gota de vestigios, un reloj ha descubierto la  vanidad, la ubicuidad en vano. Poco a poco voy captando la desencadenada y amarga huella eterna que cae sobre mí. El tiempo hecho una trampa de lodo. Y no me atrevo a hacer otra cosa. ¡De ceniza soy! Que ironía. La repetición de otro yo: sería una máquina los restos de mí mismo, estéril y terrible dejado por el silencio. La espera de las mujeres en esta entidad ha sido permanente, lo que ha llegado es  Angélica del eco: mi sobrina.

De interpretar de mí mismo se puede hasta el delito mismo. Me atrevo a poner las manos encima y así revelo esta materia. Desde la mecánica sangre matemática, se aventura la noche a preguntarme de las cosas en mi oído, por no hallar nada, la respuesta permanece en un reloj a la sombra. El tacto de Tlaxcala se eriza en esta tormenta de televisores, radios, computadoras... no resistiría verme al espejo y encontrarme poseído. Tengo miedo a mí mismo. Del tiempo en México, digo que lo he visto como una fruta seca, ajada, que cae sobre mi lluvia cognitiva.

Solo la indiferencia de un Dios que no me ve, que me ignora es permisible, me envuelve una ahumada pausa de desprecio. Prometió —no sé quien— olvidarme, desarticulando mi agrisada ceniza. Mis bellos castigan el sobaco con una ignota lágrima de sal; la misma que fue recogida por la soledad. Una luz opaca percibe la música en un silencioso tono vino. Me comía la niebla. Solo el objeto quedaba como un silencio en que tenderme, más cómodo que un sarcófago egipcio, pétreo y ergonómico.

Y no me queda en que soñar más que este objeto. Y ya lo he roto. Todas las palabras son mis objetos. Perforo de extremo a extremo los lenguajes. Fabrico llagas verbales para entretenerme los sábados y los domingos, esto para que mi instinto oscuro florezca en lo que queda de mí, ya que de la sombra no espero nada. Es tiempo —todos descansen—            de dejar el viento al velo de la soledad. La agónica inquietud de los relojes está en cada cerebro, en cada hombre. ¿No se han dado cuenta que parecen maquinarias de cera? Dejen perdido al silencio, que lo devore todo, tal vez sea lo mejor.

La palabra. El verbo dará la señal divina de lo conveniente. Hago este testamento como gotas de un  testigo mudo, lejano. Nuestros disfraces han sido eficaces en la crisálida de la noche; nos hemos visto como dioses irremediables de todo corazón, de toda voluntad. A marcar el paso, sí, ¡Ahora todos con el izquierdo! Al mismo tiempo y dar el renovado paso: Estirpe de camellos. Para ellos es importante tenderse al sol como moscas de porquería. Hundirse en criptas de papel, existir ahorcados prendidos de las lámparas de la certidumbre o bien, dando vueltas en la pista como bestias de circo. Esa es la muerte mediata, esto se ha encubierto en una libertad inasible. Todos han acompañado y usado el ropero de la historia, lo dejan hecho un sudario. En la tumba de la hora, los solitarios suicidios de un instante se cobran a precio debido. Con buena negociación y deliberado hasta el infinito hemos dejado que las palabras se escapen como una ambulancia en fuga. Determinamos el futuro como ágiles tigres ocultos en nuestra propia maleza. Los anales bajo espejos, se perciben como trenes por encima de toda la tierra que lanzan unos dolorosos suspiros eléctricos. Puedo seguir trazando en estos momentos un escenario en que la breve luz del tiempo quede crucificada en mi mano, embalsamada totalmente aunque esto se perciba como un crimen venenoso. Habría de jugar con las luciérnagas de mis primaveras, tal vez sea el lado más cómodo y lleno de estrellas. Me ha invadido el sentimiento apasionado con una fiereza inaudita. Casi de locura. A mi existencia se apoltrona el temple fervoroso por las cosas mexicanas, me han envuelto sus ronquidos profundos. Por las mañanas cuando salgo a las calles me cubro con una envoltura nativa. Es la libélula hispánica la que invita a broncearme bajo su sombra. De esa manera me he convertido en un tamal, en un envoltorio azteca, en una pecosa imagen de autóctono, inclusive en un galante frijol de mayo. La nación me ha sonreído con mi opulento perfil charro. Ha sido mi cuna nacional, mi jardín colonizado. Es el amado terruño fresco, impávido, hecho mole, hecho memela, hecho taco. Los días le han llegado de no sé donde, ¿habrá conquistado aunque sea un poco de tiempo? Porque la historia me ha dicho lo contrario. La historia me ha dado sus excusas argumentando que Spedy González ya anduvo en fuga, por las calles de Texas, Chicago, San Francisco. La sombra del ente se hizo garnacha azteca, como el indio sentado a la sombra de un nopal, así la conquista se coronó haragana, perezosa. La  globosidad considera a la aldea como un deprimido ser aporreado a la usanza de las tribus más viejas. Pero se ha retoñado y la mexicanidad se hizo folklore internacional, su cosmopolitismo me capitalizó la gana, el delirio; entonces el trueque: del mito, las tradiciones, las costumbres populares, la cultura colonial, las imágenes de un país latino por la sombra extranjera, el estilo de vida mestizado, las rutinas exóticas, las vidas extrañas a la par de sus necesidades y comodidades de mil puntos o sea la miscelánea de fin de siglo.

Se ilustra el caos de la letra cuando se luce el corazón a pecho abierto, desgajado. En esos días, el circuito del verbo se queda quieto como un zorro en retozo, entonces, cuando hace énfasis el caos, resiste maniatada la capacidad de aburrimiento. Se pone a trabajar el escritor con un suntuoso vocabulario. Voy descortezando toda nomenclatura que me reta, escribo abundeces hasta indigestarme, ¡Vaya empacho!  La cuna terrestre del escritor es su frescura por sentirse en casa ajena como en casa propia. Sale a pastar caracteres e ideas, come codo a codo con los mayores representantes del periodo. La egoísta lengua y sus palabras educan a los autores de lejos y sin pesos. La divertida arena de la imagen se desnuda cuando el escritor quiere ser un intelectual consecuente. Los ciudadanos se ponen a leer la escritura de los literatos para liberar su interioridad. (Se dan palmadas para seguir luchando); cuando pasa el tiempo, se entra en un coche de agonía, entonces se escupe la amargura insobornable del recuerdo en las canosas espaldas. El aullido torrencial me invita a aplicar un sueño por cada estruendo. El meollo de mi existencia —en el momento—, supone una enmienda al rallar el discernimiento. Mientras, el entorno costeño simpáticamente con el huracán, hace galanteos a las playas perezosas. La rigidez de la tormenta se estanca en la pesada noche, haciendo eternizados embates. El rayo pulsa centellas que sangran el horizonte. La tenacidad del rayo se rivaliza con los granizos, con las gotas encapotadas. Mi discernimiento compara un ajuste doloroso con el ambiente. La sorpresa de la gaviota volando muy cerca me llega al cuerno. ¿Será porque nunca había visto un unicornio?

La inteligencia me saludó con su envolvente mentalidad enamorada. Muy dentro de mí, la he considerado como una vieja razón, que se adormila buscando mi esperanza, mi intelecto intestinal. La  inteligencia que era alquimista se hizo postmoderna, y se entretiene con los paquetes multimedia. Probé el ingles para remediar las comunicaciones y me supo a hot-dog. Se vistió la sinrazón con chaqueta sport y no había manera de bajarla del estrado, de la pasarela. Se meneaba la sinrazón sensualmente por todo aquello lleno de luces y aplausos. Me cansé de apurar a la inquietud para que hiciera bajarle o por lo menos que le arrebatara la chaqueta; pero la sinrazón continuaba con nuevas cosas y hasta payasadas que divertían al auditorio. Yo le gritaba desde el telón: “¡En otro lugar podremos payasear con la literatura, aquí no!” La inteligencia seguía saludándome desde  el palco de honor.

Las aguas de mi herencia me convidaron la subsistencia, pero había algo de ese saludo de la inteligencia y también algo del ropaje sport  de la sinrazón, en mi interior. Por lo regular consideraba a la razón devota, por su tendencia a tener fe en la verdad, pero ahora dudaba de ello porque la urbe no me pertenecía, sólo me invitaba al caos, a la locura. Y así se constituía la historia de la ciudad; en vueltas  de remordimiento se tipificaba la historia; y la palabra, el ropaje que vestía la inteligencia... La inteligencia seguía saludándome desde el  palco de honor. El horizonte nocturnal desbancó el sol a golpes de noche. Mientras descanso y me duermo en los laureles, la conciencia longeva permanece atada a la existencia. Y sueño que la inteligencia me saluda con su envolvente mentalidad enamorada.

 La inteligencia es, al parecer, la más divina de las cosas que conocemos. Mas para serlo efectivamente, ¿Cuál debe ser su estado habitual?” Aristóteles -Metafísica

Que me despierte la memoria para danzar con ella, pero huyó y de mí no quiso saber nada, yo le había jurado que le era fiel y ella me exigía más y cada vez más; mientras mi inteligencia solo se alimentaba de agua hasta que después de tanto sufrimiento, raquítica huyó también despavorida.

Les hablé por teléfono y les dije que yo era la torre de Babel, que era el verbo mágico que centelleaba en su entorno trascendental; pero ambas insistían en que les diera prestaciones, que ellas podrían ayudar a iluminar todo el entorno. Pedían un cambalache, que ellas regresaban a su hogar si yo me sacaba la muela rota y ellas me ayudaban a crear un poema. Les dije que tal vez pero que en el mundo no se permitía tales trueques, que las banquetas de la modernidad tenían otro tipo de tabla de valoración y que el poema valía lo de un guiñapo, en cambio la sacada de la muela era necesidad más apremiante. Me dijeron que sin embargo lo intentarían o bien que cobraría a gol la hora, que me pondrían a darle fuerte. Pasaron los días y poco a poco aparecían las ideas como cacas de mosca; una aquí y otra allá, esporádicas, como no queriendo ser recolectadas. Danzaba muy quedo la memoria, apenas si movía la cintura y las ideas aparecían acuosas, líquidas puesto que de eso se alimentaba la inteligencia. Me puede lo que no podía hacer pero era más la sed del conocimiento. La inteligencia me había mentido porque su modo de vivir era líquida, se alimentaba de agua y si era que permanecía atlética era porque yo la mantenía a raya, todo el tiempo ejercitada y entonces me debía ciertos favores; mientras que a la memoria se le había acumulado la historia y en ciertos momentos necesitaba del sueño y no sólo del baile para poder tensar los hilos de su danza, por eso cuando le pedía que me despertara ella quería continuar con el sueño, y se negaba. Yo no era la torre de Babel, yo sólo era el verbo mágico que centelleaba en su entorno trascendental y tenía cirios del conocer que hacían que las veredas fueran más seguras. Me había sacado la muela y el cambalache de “tú me sacas una muela y yo te escribo un poema”, no había dado resultado, tenía yo razón de que en las banquetas de la modernidad mi profesión flaqueaba por lo incógnito. Ellas retornaron poco a poco mezcladas en las ideas que llegaban a mí como cacas de mosca y en sus subterfugios gritaban: “¡a gol la hora! Que no se te olvide ¡a gol la hora!” Me puede mucho lo que no puedo hacer, como bailar tango con la memoria o darle de beber ácido a la inteligencia para que se eduque, pero es más mi sed de conocimiento; por eso las dejo en paz, que hagan lo suyo y lo que puedan.

Impávida quedó la estancia al recordar mis mozos años. Cuando de chamaco buceaba por las aventuras comestibles, tragábamos lodo, lombrices enteras, papas agusanadas. Retornó la asistencia con capucha disipando la incredulidad. Las condiciones me gritaban a la cara que no fuera melindroso. El barullo de los dientes hacía hincar a las manzanas. Entonces consideraba preparar mis ganas para cuando llegara la noche, se necesitaba de un sueño maduro y bien formado para olvidar los problemas gástricos. Pero sabemos que el aguante estomacal aunque se vista de seda, golpea fuerte. Las luces de mi intestino se fraguaban en aretes de aire. Las frondosas acedías estrujaban un eco en bolas por mi cuello. Mi madre preparaba el escrupuloso remedio y con la pócima me perseguía por todas partes. Me decía que el dolor era por los pecados cometidos y por las travesuras que había hecho en el día. Y me obligaba a reconciliarme con Dios. A punta de compromiso iba a misa y el virtuoso crucificado me obligaba a ser puro amor. Se acumulaba entonces suavemente la admiración en el porvenir. Ha quedado anegada  en la atmósfera del recinto el placer de la remembranza. He optado por secularizarla con locuciones de café. El cortés menjurje  de los días es la medicina que  vivifica el pasado.

En un hotel llamado “Atilano’s –según grafía de la toalla- me  rasuraba; con un poco de agua remojaba el jabón, hacía espuma y esa espuma la repartía en la cara. Mojaba las patillas, el mentón, con el rastrillo rozar la piel. El espejo del baño del cuarto de hotel era iluminado por una lámpara de fabricación áspera, siendo un modelo pobre y de acartonado barroquismo. La lamparilla se presumía entre los demás accesorios del lugar. Seguía rasurando el mentón, el cuello, la orilla del labio inferior. Un poco más de agua, un poco más de jabón. Era un proceso habitual. El agua estaba caliente y eso le daba cierto confort, nada más cierto confort. El lugar del hotel era un lugar del país, el lugar del país era un lugar en el mundo. El lugar de la luz era el mundo y la luz que iluminaba la cara era del cuarto de hotel.

Sentado frente a una mesa ruinosa escribía poemas. Veía la gabardina colgada en el ganchillo, un cuadro pintado por un excéntrico y una cama. Era el aposento donde cabalgaba y se divertía la interioridad; frente a la ventana circulaban peatones. La tarde quieta, penumbrosa. Las cosas pierden color y el sol exánime riega los últimos sedimentos de luz entre las dos montañas, el horizonte parduzco campea en la lejanía, todo se pinta de colores fallecientes; surge una estrella, se asoma otra en el espacio, surgen muchas más, se robustece el cielo de luminosidades que alegran mi apreciación del entorno. Traté de ponerme en contacto con unos monjes para que me dieran la receta de cómo ser más virtuoso pero no los encontré. Se volvieron fantasmas. Me vi afectado al entrar en su territorio, atravesando los grandes muros, sus fachadas, los claustros, donde presurosos se ocultan y rezan todo el tiempo. Tienen particularidades que los hacen anacrónicos, ellos son los monjes fantasmas, con túnicas cafés, un cordón con barbillas a la  cintura y usan huaraches negros; con ello tratan de mostrar que su pobreza en el vestido es lo que buscan en la vida. Ellos han creído en un Dios del cual ahora no menciono porque tal vez podríamos hacernos lémures de la moral cristiana; además, su tejido discursivo y comunitario siempre es remitido a la religiosidad yuxtapuesta con la cultura, la economía y la política. Pero aparte, el espíritu fálico que se presenta en ellos los hace estremecerse y quebrarse como vidrios.

Retoñó la violencia de tu arribo en abrazos cachondos. El vaho de la lujuria payaseó en torno al casamiento. El descortés menjurje de los días es la medicina que curó las instalaciones del edificio. Llegaste justo cuando apresté mis ganas para soñarte, consideraba pertrechar para que cuando la noche me aplastara, -el horizonte nocturnal desbancó el sol a golpes de noche- adornara un sueño de ti maduro y bien formado. Pero no hacía falta, eras, asomando tu belleza y provocando la impavidez de la estancia. El circuito del tiempo se quedó quieto como un gato en retozo, y nos amamos en la puerta. Los besos, las caricias estrujaron el sentimiento. Son las cortinas, son las alfombras, son los cuadros de la decoración, son los sonidos del estéreo, son las luces repartidas en cada habitación, son las  luciérnagas del pequeño jardín, son las ropas regadas por el departamento, son los mullidos edredones que esperan tu perfume, son tus besos los que me atacan.

Nos confinamos a la osadía de besos orales en clave de picaportes, despilfarrando besuqueos en cada tramo de piel. Cuando llegó la hora de la cama, el intrépido sostén se acomodó a lado de la silla, su ruido se mudó hogareño a la vista. Al día siguiente tus pasos se enfrían poco a poco a la lejanía.

Se alisó el cabello la vergüenza y se sentó para observarme  bermejo,  y no hice nada al escuchar disculpas. Miré la sombra de tu excusa, pero a menos que me ofrecieras una tremenda consideración, creería en tu perdón. Ni siquiera el beso arrebatado te redituaría una apetencia mía, ¿podrías hacer que reconsiderara la fe si no me quieres, si te doy caricias y besos y eres piedra? Por que me has dicho que el engaño me lo he tragado de un sorbetón durante un año y ya hasta aquél que amaste murió, y no lo supe. Mientras que tu sonrisa deambulaba en mi interior, tú cogías al toro con tus senos. Paseabas por las ferias, te regalaba ositos de peluche y excitaba en el sobo y besuqueo nocturno. Y yo soñando con mi futura esposa, y tú en la vacación de un amor nuevo, estrenado. Yo pensando que seguías amándome pero el gran cenote de amar se transformó con los años en orín de hormiga. El pecoso sentimiento devaluado ahora no sirve de nada, aunque me voy a diligenciar la penitencia de olvidarte y apañarme a la soledad; tendrás que rasguñar otra pasión o vender el corazón a destajo. Tú decides si los ojos se transforman en mediterráneos o en proyecciones de gaviota. La excitación de mi corazón se forma siempre apeada al camisón de la nada y su acicalada melancolía. Cada cual monta su propio porvenir. La mar, como el canto del gorrión dio puñetazos de pasión a la nada, cuando mi cascada de risas se borró a mis espaldas, entonces sentí eso como una pelota de piedra aplastando mi cabeza; como si se inclinara la pesadumbre hasta besarme los pies. Se licuó la remembranza en la mansedumbre otoñal de mi ímpetu. Se calculó la dolencia con la báscula de mi entusiasmo. Planifiqué contar los vidrios hincados a mi estima para poder percibir el arquetipo ninguneado; pero para que, si al estudiarlo, mi afecto gozaba al destartalarse. Decidí plantar en el fondo de los mares tal escudriñamiento. El esqueleto fugaz de mi existencia se cosechó al final, cuando me besó el homicidio.

Estando muerto pertenecí a la ciudad de arena y su lujuria se ancló en el siglo de la consideración. Y confinado a la osadía de un beso oral en clave, trabajé durante las  décadas suficientes para ayudar a limpiar de clamor las calles. No pude, sólo porque el sonsonete de la democracia se eclipsaba con el rechazo. Permaneció sobado el entrecejo con el encrispamiento interno de mi ironía. Esperé a que despertaran los belfos de la ciudadanía para ponérmelos de gorro. Mi simpatía hizo remangárselos hasta las axilas. Andan todos mostrando su mentón hueco y resecado. Los agitados indigentes alrededor de la ciudad de arena, instruían sobre la frivolidad de una envejecida existencia, y muy a su pesar, cuando el sereno les vomitaba la cara de vaho, recordaban su vida a cuestas, mientras el perro sumiso contagiaba de pasos la desnivelada penumbra. Y yo les dije: “si ven en mi cara el espeluznante tono del intelecto, mejor échense a   correr, porque cada quien consume sus vicios como si fuera su peculiar destino.” Las luces de la ciudad, en clave comentaron que habías ido a refugiarte en sábanas de trabajo. Aspiraba a meterme en tu boca y llegar a los  sentimientos, pero te fuiste con la prisa que lleva el segundo. Sabías de la atracción del estupefaciente de amor que me ha hecho, por un lustro, ser vicioso de abolengo. Ahora que te has ido a refugiarte en  sábanas de trabajo, espero que me sueñes y ser, el miserable borrego saltando las cercas de tu representación.

Se enfermó el proceso de amarte con tu abulia. Se acicalaba mi oído para escuchar tu nombre y escuchaba las claves en luces de un atardecer decaído. Aún recuerdo todo lo tuyo. Era rudo el ungüento de caricias. Todavía inhalo la presencia como un poseído. Despilfarrabas tu piel en mi boca. Retoñabas con la violencia de tus abrazos las calenturas cachondas. El vaho de la lujuria payaseaba en torno al casamiento. El intrépido sostén se acomodaba al lado de la silla, su ruido se mudaba hogareño a la vista. Observaba con el rabillo prudente del fisgón los movimientos sensuales, con la naturaleza parida desde el interior. La indulgente mata de cabello me acogía como una concha, sintiéndome ladrón de tu estela en sombras quiméricas. Tus senos me coronaban la intención de estas avaras manos. Poblabas el entorno con tu presencia de mujer. Generoso el vector de tu presencia localizaba el jadeo en una llaga. Desvestía la llamarada de erecciones en tu estrella dilatada, e inventaba las directrices de la felicidad con los puntos cardinales de tu sexo. Tu playa virginal me llamaba a viajar a tu floresta.

He decidido apostar tus ojos a mi sofisticado instinto de esperanza; la cascada de la desesperación me ha encaminado a los arbustos de la certidumbre. Me alenté con gusto. La tenaz antena de la invulnerabilidad me cubre de besos. He ignorado tu camisón de ignorancia porque las faenas se proponen destriparme el goce químico de la reconciliación. Viejo el retardo. Esperé después del Apocalipsis. Aún creo que vendrás.

Anoche estuve pensando, y supe que te necesito más que todos los planes y proyectos a que me he cometido. Tú, eres mi equipo, la mano derecha de mi cuerpo. Me has dicho que tienes guardados tus besos para mí y sin embargo a veces te siento tan lejana como si quisieras que yo partiese al extranjero sin ti, o iniciar el camino yo solo; mas te diré que no podría porque tú eres el sustento que alienta mi  creencia. Tú eres la que ha iluminado mi fe aunque yo haya ocultado este querer por mucho tiempo.

“Siempre te amaré”, porque siempre ha sido el tiempo que ha transcurrido y siempre tú en mis sueños diurnos y nocturnos, como  una historia clandestina jamás sacada a la luz. Somos aunque no lo creas, una complementación celestial, erótica, mística. Pero, ante todo el mundo estamos solos, desnudos, viéndonos a los ojos con esa sinceridad adherida. Los dos somos una sola  historia, yo he iniciado la introducción, ahora toca a los dos poner a reaccionar los engranes del primer capítulo.

Poco amor nos matará, es así que espero una inundación en la pequeña isla que tengo por corazón. Puedo intuir la quemazón pasional, el rito que revalora al dios Eros. Tú, mi templo de oración, la creación, el alma, el veinte de mi futuro. He pensado realmente que la primera vida de Fausto no me convenía al encontrar tanta pasión y amor en tus rodillas.

Sigo tentado por todos los medios a invadir la totalidad de tus miradas, quiero ser el protagonista más importante de tu vista, aún más, de tus labios, de tu epidermis, de tu interior. Tengo planes para tu boca: que sea siempre mía. Tengo planes para mi espalda y mis caderas: tuyo con el corazón como moño. Tú y yo, somos prioridad, la razón de una vida, la unificación prestada por el misterio de la existencia; somos: sexo en murmullos y muerte, diablos y flores,  risa loca. Entenderás que esto significa reinventar el amor, interpretarlo con nuestros sentimientos. Somos los protagonistas de nuestra aventura mortal, hemos ya partido al puerto hercúleo. Sabemos bien que el amor no significa nada más: sudoración en el lecho y llanto de bebe. Somos diablos, el navío que revienta ciclones y llamaradas, el velero cuyo generador de movimiento es el soplo de un creador. ¿Sabías acaso que tu cuerpo era el hechicero de mis piernas? Tu cuerpo es ternura rodeada por gentecillas que paralizan mis tobillos, la entrepierna, los muslos. Cobíjame en tu aliento. Soy insaciable de los diamantinos encantos de tu belleza. Eres la candidata para revolcar mis hemisferios, me he vuelto loco rodándome en tus caricias. Ahora estoy seguro de que somos cíclopes encarnados en humanos, debemos permitirnos rodar esta interpretación, producir una representación en la cual se recupere el dominio trágico del amor estético de los hijos del cielo y de la tierra. Somos la metáfora heredada de vida. La resurrección de la poderosa aura humana, aquella que hace ver al hombre en medio del Universo no solo como simple adorno, sino como el propulsor, el corazón de la totalidad, el prisma que difumina la multiplicidad.

Te invito a pintar el cielo de colores nunca vistos, son colores irradiados desde el corazón. Voy a trastornar la razón con la gravitación interna, dame tus brazos que derramaremos fuerzas centrífugas en los pálidos puertos de la actualidad. Si nos hace falta algo pediremos prestado en la sutil claridad de nuestra obra: producir y fabricar el amor en cantidades titánicas. Tengo en mi lengua clavada mil palabras para ti: niña costeña. De antemano, tengo agradecimientos que se asientan en mi voz. Quiero agradecerte muchas cosas, entre ellas, el que me tengas confianza; eso me convierte en un hombre de caparazón magnánimo. Agradezco el cariño que me tienes porque tal vez no lo merezca y eso, me trastorna los hemisferios de mi inteligencia. Reconozco que compartas tu tiempo con un hombre como yo, también el que regales en mis labios tus labios y hagas que tu alma la roce con el aliento de tu boca; el que seas sincera conmigo y me confieses tu historia, tus deseos y te quedes desnuda del ego, el que ofrezcas tu cuerpo a mis brazos, mis besos, mis caricias y más he de agradecerte el cariño considerable que me tienes. Te agradezco que me aceptes tal como soy y que en ese tal como soy tú desaparezcas como un alma en pena, para ser yo, para ser tú, para ser uno sólo. Te agradezco que soportes lo que tú no soportas y el que contribuyas con lo que yo necesito, lo que yo deseo.

Por otro lado... perdóname. Por no comprenderte en lo absoluto, por ser un terco al quererte; mi nena marina, la mujer, la ninfa, mi todo. Perdóname el que mi oficio sea el que es, por buscar nuestra felicidad en el tiempo más conveniente y el que oculte mis sentimientos cuando estos están sazonados en tu vientre. Perdóname por ser incomprensible y por ser un hombre tan pequeño que ama a una mujer grande casi diosa, casi ángel. Un ángel perdido que encontró un centelleo de sol en mis ojos. Indúltame por ser un niño. La vida es así. La vida se toma, se regala, se respira. Tú eres el don de vida, por eso mismo a ti, perdón te pido. Hay en mi lengua clavadas mil palabras que agitan mi mente: un agradecimiento, un perdón y un te quiero. Lo que me atormenta es tu recuerdo en este otoño color trigo. Quiero estirarme para alcanzar todo lo tuyo, pero, sólo encuentro espejismos desnudos de ti, descalzos de tu presencia. Me encuentro solo como un alfil sin piezas, sin tablero, sin jugada.  Y tú me miras y no haces nada. Nuestra imposibilidad se estrella en el cántaro desbordado de pasión, de amor ardiente, protagonizado en una nave llamada “tú y yo”. Nunca me escucharás aunque mis sonidos se multipliquen por ser tú el motor, y no lo harás porque yo no entiendo las cosas. Así como te pienso es más puro y  más eterno y esta perpetuidad no está en el tiempo sino en el sentimiento que hiere, sangra y se dulcifica en la existencia. Tal vez estaré pensando en ser flagelado por este deseo y el infinito recuerdo, el irrompible pensar intenso y vivo de tú en todas partes como un horizonte y yo un minúsculo caminante con la esperanza constante: entregar la expiración cuando mi cuerpo no tenga más fuerzas y considere que estás muy cerca... Tú mi horizonte. Estás cerca cuando doy un paso y te alejas dos en un juego olímpico de la vida.