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peregrino 6


PEREGRINO 111


“Hay que  estar siempre borracho, todo consiste en eso; es la única cuestión, para no sentir la carga horrible del tiempo, que os rompe los hombros y os inclina hacia el suelo, teneis que embriagaos sin tregua. Pero ¿de qué?, de vino, de poesía o de virtud, de lo que queráis, pero embriagaos“
Charles Baudelaire


“Mientras duran nuestras ficciones dura nuestra existencia”
E M. Cioaran



L
a escarpada prótesis hacía delinquir en un trastabillo con la pata de la silla, después del lloro, le pusimos melaza en ungüentos sobre la suplida extremidad. El condenado sitio brillaba de espesos goteos que escurrían en el piso agujerado, dos órbitas de espejos aplaudían cada vez que pasaban frente a nosotros; yo le dije a ella, mientras le secaba una lágrima —virgen mía, tengo sed de tus pechos, yo sé que es imposible pero por lo menos, déjame intentarlo. —Entonces saltó del sitio y corrió más veloz que los antílopes  huidizos de las fauces de una leona. Tomé la silla, le arranqué una pata y sin maquinar nada magullé unas lonjas a golpes hasta hacerlas grano de aire. Intenté  la transparencia de mi humanidad con el pordiosero de la esquina, pero el muy idiota se dispuso a darme de golpes. Me defendí como pude, le lance un derechazo a la quijada que hizo escupir dientes, sangre, y un ojo morado no bastaron con silenciarlo; me puso una tunda, el dolor se me ha quedado constipado;  volví a darle un golpe al ojo y se lo dejé hecho un ojal, al cabo de un rato estaba durmiendo. Lance monedas dentro del sombrero. El mundo estaba iluminado con amortiguados colores. En las montañas había ronquidos, estos hacían que las piedras se engurruñaran en la tierra, intentando formar raíces. Entré de nuevo a la cervecería, allí estaba mi amigo tragándose la melaza a cucharadas y bebiendo cerveza en tarro. Se la arrebaté, sentí como escurría en la garganta, la puse en la barra, me embarré de melaza y empece a elevarme del suelo. En la comarca las aves hacían nido en globos esparcidos en el aire. Había macacos abajo, lanzaban rayos de luz provenientes de las dos órbitas de espejos. El horizonte se interrumpía en la escarpada quietud del espacio, en lontananza, algunos  pliegues del cerro marino engañaban con la ilusión de ser ola. Los macacos con rayos hacían caer los nidos para comer sus huevos. Y no la veía por ningún lado. Entré a la nave de los filibusteros, pero tan pronto me vieron, me mentaron la madre, a tal extremo que se me tostaron las orejas. Supe algo del mar y le reclamé el porque era gigantesco, tome mi honda y le di mero en el ojo, el huracán había iniciado y sorbía el agua tratando de dejarlo seco. El huracán se embriagó de sal y vomitó los excesos con una jaqueca de oreja a oreja. Envolví al huracán taimado con mis pensamientos y se convirtió en vaivén sensual, me excité a tal grado que  el palo mayor de la nave de los filibusteros era una nimiedad. Recorrí por los gélidos páramos para bajar la calentura y me dio catarro, estornudé como enloquecido durante tres días y dos noches, a modo de auténtica táctica de burócrata. Acaricié cuerpos de edificios y sobre sus paredes escurrían aforismos en lenguas  muertas; las trompetas en las azoteas iniciaron una marcha, he hicieron a los macacos acomodarse en sillas para ver la función. Me aposté sobre una piedra magnética. La levitación de mi entusiasmo no se hizo esperar, allí estaba ella bailando en una sola pierna y con manos de gitana divertía al auditorio de una manera hipnotizable.

Aferrados a cordeles, las almejas y los mejillones hacían el telón del lugar, algunos agricultores y ganaderos llegaban con todo y rancho; el burócrata de la entrada tomaba su calculadora para determinar el tamaño del campo. Una azafata inicio por acomodar a la concurrencia y a los que eran indeseables para ella les inflaba los chalecos salvavidas y salían disparados hacia arriba e iban a caer a los rascacielos, cerca de los suburbios indeseables. Algunos habían llegado desde el purgatorio y estaban muy cansados, otros más habían caído al infierno y su caída había durado cinco días y cinco noches hasta llegar aquí. ¡Qué aburrido! Si supieran que venir a ver bailar a mi amante no es nada gracioso. Los cornos y cornetines se esforzaban en afinar sus destemplados soplidos, y el del bombo, se concentraba sincrónicamente  con el indio guarachudo para marcar el paso. Los extras de la obra eran personajes de circo: la mujer barbuda, el par de enanos, el corcovado, los perrillos saltarines con su respectivo payaso. Saqué de mi bolsa la bomba atómica y salí corriendo. El barbecho realizado había sido estupendo. Muerto el cerdo se acabó el chillido. Eran unas encantadoras víctimas propiciatorias. Las chuletas caían del cielo y yo contemplativo, establecía la dulzura. En la cara mi solaz retozo. Escribía una página más en mi vida. Recordé mi origen, algunas lombrices triquinosas hacían cosquillas en la mente y hacían del cuerpo espasmos incontrolables, colocaba el sombrero y continuaba la marcha. El contrabando de mi existencia por este hermoso espacio me acostumbraba a estar siempre borracho. La insurrección permanente me había costado: amante, amigos, familia. Mamé  disturbios desde la infancia, con el pensamiento le escupía en la cara ante el gobernante, al monje loco le levantaba las enaguas. Era un bardo incontrolable, codicioso, haragán, insaciable, obsceno; era la personalidad con Kleen Bebe, en gestación. La naturaleza me había nombrado su hijo predilecto, su cachorro de mármol. Los arreglos a mi espíritu de pradera habían sido un fracaso. La escuela era impotente y senil, estaba por acabar con armas explosivas las escuelitas ociosas. La longeva anarquía la había heredado de los testículos de Dionisos. Los granos de paciencia los guardaba en un saquito conectado con el glande. He arreado todo el entusiasmo desde que tenía los ojos de tigre, la abstención había sido fructífera, la tregua había sido reconfortante.

Me asome al foso que había dejado el bombazo y allí estaba la prótesis aún moviéndose sola, como pata desarticulada de insecto; lancé unos piedrazos he hicieron quedarse quieta. Se aproximó un tartamudo y quiso ayudarme pero no entendí que cosa quería. Se quedó acuclillado frente a la pieza ortopédica, queriendo reconocer al dueño. Mientras me alejaba, él recitaba un poema amoroso. ¿Adónde habré dejado mi sonado argumento? Contagie a la humedad con mi sequía. Los estantes estaban repletos de un morado que aligeraba los techos y me formaba granos rojos. El quetzal repiqueteaba el pico. No escuché nada, tenía los sentidos empaquetados. Las antiguas imágenes obscuras se ponían intrépidas.  La céntrica piedra candente me miraba con gracia, le dije: —eres bienvenida, deja tus botas en la recepción y ven descalza conmigo, no importa si te arrastras como lagartija— y se le acomodaba la gracilidad cual niña de kinder. La metrópoli se poblaba de disturbios a través de la salada noche. Saqué un par de pechos parecidos a monederos de marchanta, las garrafas eran tan enormes que imaginar romperlas era una hazaña de nacos fogosos.

Vivía donde crecen los pirules y donde el aire marítimo se despeña en la nada, esa era mi esquina, mi tren estático, mi barco municipal, ¡Eah! ¡Conozcan el arrecife donde se esconde la diversidad de animales, de plancton, de algas marinas! Véanme, soy el cielo azul de esta entidad corpulenta, por mí crecen los celajes vaporosos, por mí arrea el aire ese ganado de nubes golpeando con rayos a las más perezosas. El aire empuja como si quisiera penetrarme, no se da cuenta que somos de la misma constitución. Soy el halo de esta pradera reciclada, volveremos a esculpir en la roca otros ídolos de aire, y sacaremos los que están ocultos y los turistas verán mi aire exótico. La airosidad  es una cualidad del órgano espiritual, Jesucristo fue siempre un viento que arrasó ciudades a su paso. La cariñosidad de las masas nunca tuvo lugar ni lo tendrá porque su envoltura tiene otra arquitectura, que debería ser ontico-teológica, cosa que lo dudo, y siempre dudaré de las políticas de la burguesía, sus comodidades anodinas. Las futilidades no han sido una bandera que yo salude. La costumbre me hizo un limítrofe de mis capacidades. Las mejores faenas no deberían importunarme porque afean mi humanidad. Nací siendo un ocioso, mis manos nunca han sabido lo que es un martillo, ni siquiera sé si es un instrumento de cocina.

Este escrito se parece al de un hombre francés muy rimbombante, pero yo soy tlaxcalteco y atrás de mí no se ha escrito nada. Estoy iniciando por inventar en mi pueblo la anarquía y e iniciado por sembrar el desconcierto en el alma, en mi alma. Que me importan las almas de los demás. —Ya se encargará Dios de ellas— En este balneario sólo yo me solazo. Lo que busco es desperezarme las articulaciones, macerar la inteligencia, la memoria, mi historia, los sentidos, el orden contextual. Había estado jalonando la historia pero no. Desconozco desde este momento la historia porque la conozco, porque partiendo del conocimiento de todo, inicio en la nada, en una reescritura de la humanidad. Yo no soy un retazo, mi integridad afea a los demás. Me cocino como un manjar propio de reyes, me degusto como me place. Soy una confesión con millones de cómplices. Soy una aldea terrícola saltando a tontas y a locas festejando cualquier cosa. En el orbe se posesiona el espíritu del derrotado, hacía falta la alegría, el jolgorio. Festejemos que se acabó el milenio y nuestra alma no creció ni tantito. ¡Sí, eso es!, ¡Bravo! ¡Alegrémonos de que seguimos siendo unos animales, de que somos un precioso ornato del cosmos!

Estoy a punto de lanzar un par de ataques semióticos. Me limpio el culo con las opiniones políticas, porque no entiendo nada, soy un bruto, confundo la magnesia con la gimnasia; la democracia me regaña todos los días y todos  los días le beso los pies como su más hacendoso esclavo. Me estorbaban los viejos manuscritos, la antigua poesía pues me intimidaba, pero, la poesía sigue estando en pañales, no hay progreso en ella, la historia del mundo no tiene que ver sino con la historia del hombre relacionándose con la existencia. El tiempo es un colador, la poesía paja se preocupa porque no pasa. Escribiré poesía antes de que se me derrame el cerebro en seis pies de tierra. Y es que eso de envejecer, mientras más pronto, mejor. ¡Ah! Quiero que desaparezca el lugar donde yo muera, esa también es tu tumba. No importa ya, rasguemos la vida y después a ver que pasa, es de nadie la incumbencia: el éxodo de huesos.

La mujer de aroma virgen pasó con una insignificante dosis de sonido en las alas. La lascividad tizna ésta frente. Te desnudo, y con la lengua en tu paladar escribo mi nombre en él. ¡Besos! En la larga estancia deseo tus instintos más salvajes, los de osa  lujuriosa, La música pasó chupando entre los labios algo, cualquier cosa. Al final, me convencen tus orgasmos en la noche. Mañana desayunaré en la pieza de azabache dos estrellas y un vaso de vía láctea. Amanece, le compro a la tribu una mujer decrépita, coja; del coraje, inicio matando los moscos a mordiscos. Amo a las moscas porque intuyo que por lo menos ellas me comprenden, son una concurrencia que deja minúsculas marcas como motas. Parpadea una institución, su andamiaje pronto se verá desnudo, el temor al desvanecerse la prótesis de la fe habrá sido incalculable y lo que se creía sólido  será gelatinoso. No quisieron desbastar los prejuiciosos muros del género, la melladura había estado desde que el sajón barbudo tomó la palabra.

Río Zahuapan ¿Estás contento con pasar por Tlaxcala? Si no es así vamonos juntos, te invito a una parranda, vamos allá donde el Sena y te aseguro que nos respetan. Pero mira nada más estas echo una piltrafa, ¡Industrialízate!, Compórtate como un moderno, has tenido la misma visión que cuando te lanzaron piraguas para conquistar a los aztecas, allá por donde el puente colgante se divertía mareando a los infantes. Si sigues así no te llevo, te quedarás castigado, eres un bisabuelo desdentado, aprende a los Cerros Blancos, a la Malinche. ¡Industrialízate! Consíguete una amante, cualquier cosa que encuentres por la calle. Si sigues así serás un cadáver, y en toda la ribereña estarás sepultado. ¡Dios! Eso sería una desolación. ¡Vamos! Levántate, no estarás peor que si ya estuvieras muerto, vamos allá donde el Sena, te aseguro que nos respetan. Compraremos una isla en el río francés…  —el muy inteligente sólo se me queda mirando con unos ojitos diminutos como de capulín.y mis bombonados ojitos de perro rabioso pero amable desvían la mirada hacia el parque. ¿Adónde habré dejado mi sonado argumento?

La mansión estaba recientemente restaurada con vestigios estilo mudejár, la porosa alfombra circundaba desde el piso hasta los techos en un color verdoso claro y olivo; había perfiles con narices como guadañas y en los altos, los retablos de sátiros copulando con doncellas. Tenían los encumbrados techos cornisas ribeteadas en estuco y oro. En un muro había dos emplomados paralelos que representaban a leones perfilados en postura de ataque y tras la ventana, se extendía el jardín palaciego que ocupaba una extensión digna de la casa. La escalera a los pisos superiores era sostenida por un par de columnas salomónicas con la baranda en madera palo de rosa con incrustaciones de cedro estilo Luis XV. Vi bajar a la anfitriona parcialmente desnuda, traía una gasa que cubría el cuerpo y hacía verlo inmaculado y etéreo, con ella venían dos sirvientas desnudas, más bajas de estatura, y jóvenes. Exhausto de hacerles el amor me puse a contemplar el jardín, recorrí la estancia y luego me asomé al ventanal que daba a la calle y ahí estaba el parque; mis amigos de copas se divertían con una botella con cañita. Un viejo pasa cerca de la mansión, carga en una bolsa de mandado un pedazo de su esófago, seguramente se lo lleva al doctor para que lo examine. El farol de la residencia recorría con su rayo las mentes de los compañeros. En el limbo se desmayaban las ideas y eran archivadas en la computadora. Un arrebatado graznido de alebrijes me dejó doble de turbulencias, era el síncope. La obsolescencia de la donante transitaba por la fiesta de cuerpos avecindados. El pozo en el jardín junto a la fuente de Tritón fabricaba esencias de raíz  y una maizera carnívora fermentaba el horror a las moscas atrapadas en su laberinto. El corsé de la casa eran las matas trepadoras: yedras y madreselvas, y el día vertido, en el sentimiento de frontera. La participación debía de ser constante como una hipérbole mezcolanza de mundos burgueses y en donde la sequía amenazaba volverme inepto. Pasé a la cocina y me preparé un sándwich con mayonesa, frijoles, queso Oaxaca y jamón de pierna, un trago de coñac. Cuando me fui las dos sirvientas me habían tomado afecto y el haraquiri resultante fue muy folclórico, espeluznante y sin ninguna gracia. El quórum en la amplia sala había desaparecido.

Mis hermosos amigos en el parque parecían vikingos tlaxcaltecos disfrutando con su botellita con caña, siempre me han parecido simpáticos, son una banda de perros contentos y borrachones; de bailarines, de cachorros de la cultura autóctona y rústica. Sobre todo me encanta su tesón por la promiscuidad entre la burocracia y las instituciones corruptas. Los placeres de la carne son su trabajo y su ocio más complaciente. Disfrutan de la libertad de la nutria y la ardilla. Son perezosos hasta el orgasmo. Sus eyaculaciones diarias son periódicas, envidia de los casados. Hablan de todo y de nada, ven pasar las nubes y se reconfortan vomitando atrás de la iglesia de San José  o fumando marihuana en la cómoda banca de la capilla abierta. Nunca les falta la damajuana, son dandys con el perfil del matlalcueyalt. Su carraspera romántica es mestiza que raya en la medianía. Gueto de lumpen cuyo dios abrasivo es el  espíritu del vino. — ¡Hey! Amigos de correrías vomitemos juntos y andemos por las calles con alcohol hasta la madre, cantemos una de José Alfredo Jiménez o de Alex Lora. Subamos a rajamadre las escalinatas y después con los ojos vendados rodemos como pelotas. Qué chingao nos importa la globalización, volvámonos unas perfectas bestias de la vida nocturna, adueñémonos de la ciudad, sitiemos y capturemos la noche porque es nuestra.

 Quetzales, urracas y petirrojos circulan por la avenida principal de la metrópoli, tienen el aura propia de las almas cosmopolitas que viajan a las afamadas ciudades del mundo como: Amster, Sao Plotino, y Stalinscov. Sus ojos vidriosos presumen un color rojizo y una mirada señoreada, sus gestos son altivos y gallardos, el hedonismo les pertenece como una talega llena de objetos de tiendas de modas. Hay además, abejorros y saltamontes que chocan entre los edificios y penetran en las oficinas de los burócratas esperando dádivas y reconocimientos, los beneficios han sido para ellos muy complacientes; saben dar la cachetada con guante blanco, sus cánticos son alabanzas de la tradición y las buenas costumbres, su política de derecha o a donde convenga con tal de continuar con las comodidades de las familias pudientes de la ciudad.

La faena en esa selva era simple, los acuarios que circundaban las habitaciones de la residencia incluían un mantenimiento permanente tanto del agua, las plantas y los animales marinos. La maquinaria y sistemas de distribución, de filtros, de bombeo, y de temperatura  entre otros artefactos estaban localizados bajo la bañera de vidrio de 12 pulgadas con esmerilaciones cuyo tema eran los peces míticos como: el caballo de mar, el pulpo, la ballena y el tiburón. Había un énfasis en la amplitud. El techo del cuarto de maquinas era iluminado por ese tragaluz inmenso que en días de fiesta orgiástica era un panorama propio de asentaderas acuáticas en show. La televisión ocupaba una cuarta parte del muro norte  y el frigorífico  de lado derecho llegaba a ser un bloque de diseño contemporáneo utilitario y ergonómico. Las colecciones gastronómicas guardadas allí eran de una diversidad sorprendente. Iban desde las canastas recolectadas en los viajes turísticos, los arcones obsequiados durante cargos administrativos anteriores, las piezas de caza de un lustro atrás y en una variedad de safari como: pavos, venados, cabras monteses, lagartos, avestruces, patos, gusanos de maguey  víboras, y chapulines de Egipto. Había quesos de distintos tamaños y variedades, carnes frías, embutidos y refrigerios; lonjas ahumadas de puerco, de ternera y cabrito; leche de vaca y cabra, frutas de países distintos y hortalizas de la región, así como condimentos de los más exóticos países. La mansión era una selva, donde vivían papagayos, guacamayas y pavorreales. El agua era el elemento substancial de la estancia, así que la piscina se erguía en el centro del ambiente frondoso, las cascadas artificiales eran trofeos silvestres y escarpados; los peces circulaban por todo el estanque que iba a dar también como ventanas acuáticas a las habitaciones de la residencia. Todo era un paraíso  porque el condado era uno donde viven los hombres más ricos del mundo. El volcán desde tiempo de los aztecas había cosechado el temor entre los habitantes y allí a un costado, como encuadrado en un paisaje brutal, levantaba sus fumaradas de miedo. Una roca candente cayó en la piscina y dejó en lugar de agua, vapor. La lluvia vino después y los animales se hicieron roca, reposando y precipitándose la ceniza, las llamas consumieron lo flamable y a lo sólido se le asentó una capa gruesa, como esmalte de cemento. Las fuentes quedaron como monumentos misteriosos de antigua cultura, como tótems petrificados. La abulia se posesionó del ambiente e intermitentemente el volcán deja escurrir una pasta de lava chiclosa que llega hasta el mar.

Me rasco los ojos, me los saco con una cuchara y los pulo con pericia en las manos, los froto en la camisa como duraznos jugosos, les doy su manita de  gato, y los vuelvo a colocar; levanto el párpado como cortina de teatro e introduzco las canicas con ternura, doy un martillazo para ajustarlos como chumacera exacta… ¡qué imbécil soy! Me han quedado guangos, ahora no veo más que puros delirios, todo chueco y defectuoso. Mis lámparas perciben tetraedros luminosos y coloreados, el sentido de la vista se me ha estropeado. Que incomprensiva  es la existencia, yo que he sido para ella un ojo de buey, mi faena  había sido el énfasis en la imagen, el bricolage de tonos, nitideces y colores. Me han encantado las figuras humanas sobre todo las que son como borrones sin nombre. Las arrugas se me crucificaban en la cara, tenía una abonada fertilidad de arrugas, parecía que tenía formada la cara de pura retacería. Véanme, ahora ya saben que existe la bestia de las mil cabezas y en cada cabeza mil y un remangos.

Mi presagio se acomodaba vaporoso; sin embargo, la sensación seguía gruñendo sus tripas como hombre pobre. El sonrojo se descompuso por toda la cara. Los elementos de la noche se posesionaban de las extremidades y rechinaban sexy. Los censores  formaban disidencias que se dirigían por todo el macadam y daban vuelta en la rotonda y quedaban allí como satélites. Era el tiovivo latino, el rebaño giratorio, la fluidez celebrante, la rotación explosiva, el vértigo complaciente. ¡No hacían falta los alcoholes porque el espíritu estaba embriagado! Las bocinas aplaudían fuerte como orejas de Dumbo, el mercado se ponía a dar de brincos como perro pequinés. En cuanto vino la noche, descolgué dos estrellas, las partí en dos y me hice un jugo; cuando lancé las cáscaras a la basura, la luna me picó en la mano, desde entonces lo lunático se me pega a la espalda como  el Pípila rubicundo. A pesar de lo que... sigo siendo un hombre desheredado de inteligencia, el barniz que me puso Dios, se decoloro y al final se esfumó. Nunca he tratado de buscar obleas de inteligencia por las bibliotecas y archivos o buscando en los hombres más sabios del pueblo, esa idea ingeniosa no me llega porque carezco de cacumen. En ese sentido, no me pienso como el último de los mohicanos  porque todos somos iguales, en mi pueblo me codeo con el gentío que está igual, y como dice mi primo —“eso sí es ser democrático.”— La pericia de confundirme es un regalo de las deidades del ejido. El recetario de dioses es como el almanaque del más antiguo Galván, no cambia nada. Permanecemos en el eterno retorno de lo mesmo.

Permanecí en la vida a modo de menesteroso sexual del villorrio. Y un día me encontré con ella, era una mujer dilapidada de encuentro, desmadejada en su naturaleza retráctil por su coquetería a conveniencia. Su pezón de monedita de tostón. Caminaba como si de un momento a otro se le fuera a romper el himen. Las aceras saltando y brincando atrás, en fila. Y yo le dije: —“si tu virginidad es un infierno, yo te llevo al cielo.”— Su belleza me persiguió por toda la ciudad como perro policía. Y no había manera de hacer que olvidara el piropo, no pasó mucho tiempo, en la noche, e hicimos el amor —Quítate de enfrente, — le dije—. El delirio era tal que se antojaba tenerlo como almohada de sepulcro, empece a hacer con su cabello una trenza  y lo utilicé para bajar a los tugurios más inhóspitos donde viven las mariposas de espejismo lóbrego. Era una parroquia resplandeciente. Habían muerto las religiones y las ruinas se acomodaban bien para transformar en bar los espacios bajo la bóveda principal. En el camarín estaban los disfraces de los nuevos saltimbanquis. En el ambiente flotaba una ingravidez propia de un siglo muerto, como un modo de ir borrando el pasado, como si la indigestión de años hubiese sido fatal. Un hervor de cebada y lúpulo gorjeaba en una estancia churrigueresca. Una pila de fémures y húmeros dividía la gran sala del vestíbulo. Un muñeco suspendido por hilos se movía al compás tanto del viento que empujaba papalotes por el cielo como por los saltimbanquis astutos. La nave estaba techada por un artesonado elegante, los encargados de la limpieza vaciaban dos botellas de dos litros de coca cola y se ponían a trapear el piso, estaba antes resbaloso, después se le pegaban las moscas en regimientos. Las mariposas de espejismo lóbrego me estaban esperando, cuando solté la trenza para saludarlas le prendieron cerillos y el fuego se fue hacia arriba quemando y subiendo. La pitonisa principal era una mujer con cuerpo de arpón. Tan flaca y deformada, que las nalgas las traía bien pegadas y antes de que peligrara el sexo con un desprecio mío, lo evaporé lascivo en el escenario. ¡Todos aplaudieron el sainete! Y el coro griego repetía en las distintas voces:

¡Cismas lavados, simbólicos somos!,
 ¡Cataplasmas de estelas provincianas!
Estamos, aquí estamos.
Estamos, aquí estamos
Bailamos y aquí somos.

Y se anunciaba el environment, el jarrón de jalea real circulaba entre los celebrantes, se alistaban las luces que irradiaban al fantoche suspendido de hilos y que hacían con su juego un ensalzamiento celeste. La protagonista  principal buscaba algo entre los montículos de fruslerías en las mesas del camarín y gritaba por todos lados — ¡Me lo perdí el peine!— preguntaba a los encargados de la limpieza y a los saltimbanquis, desarreglaba los fémures y húmeros apilados y continuaba gritando — ¡Me lo perdí el peine!— Las mariposas de espejismo lóbrego continuaban alistándose y su primer traje era de ninfas. Hay la introducción de la obra en donde un tropel de gatos cruza el escenario con antifaces de los distintos animales de la selva, simbolizando con ello el paraíso. El primer acto era la parte donde las ninfas son correteadas por los sátiros en el jardín del Olimpo y son raptadas concienzudamente... Un macaco —como de los que había en el otro mundo—  amarra unas espuelas a mis botas. Los cantos continúan  y retumban en los muros y el artesonado:

¡Cismas lavados, simbólicos somos!,
 ¡Cataplasmas de estelas provincianas!
Estamos, aquí estamos.
Estamos, aquí estamos
Bailamos y aquí somos.

Las linfas salen de paseo y las gasas transparentes que llevan por vestido son agitadas por el minúsculo viento fresco; todo está en calma. Las esclavas sirven vino en las copas y acomodan las viandas en las fuentes nutricias. El par de árboles arrancados el día anterior del bosque hacen un escenario propio y realista; de pronto, un saltimbanqui encargado de telones, se desbarranca desde el techo y cae sobre la protagonista con estruendo seco de huesos. Al ser volteado por las ninfas, el saltimbanqui deja caer un peine de entre sus ropas. Las ninfas sacan de entre sus cabellos, filosos cuchillos y descuartizan a la protagonista principal, limpian los huesos más largos, humeros y fémures y los acomodan en la pila ósea. El coro entona su melodía:

Te lo encontraste, tu peine
Y ha sido la muerte
Ya no disfrutarás con los sátiros
Los piojos no escapan del peine
Bailamos y aquí somos
Estamos, aquí estamos.

Los sátiros huelen desde las regiones remotas el dulzón sabor de la sangre de la hembra muerta, llega la manada de sátiros golpeando sus pezuñas en  el bruñido piso y espantan las moscas pegadas al suelo. Vienen excitados. Traen entre las piernas un miembro enorme, como de burro en cuarentena, algunos se acomodan el órgano como corbata, otros ya han intentado de introducirlo en las vulvas de las ninfas y algunas de ellas han sido arrastradas por el escenario pegadas al macho como infelices perras en celo. Un sátiro viejo, cara de salvadillo, eunuco, llega a caballo. Desmonta. Llega a las viandas y se despacha con cuchara de panadero y se ahoga en vino. Una tierna adolescente le ofrece sus pechos y él ávidamente chupa las tetas quinceañeras, sus ojos son unos meteoros que rebotan en risas libidinosas. Las estrellas errantes que se atrevían a cruzar el vitral en el alto muro seguían caminos marítimos, charlaban siluetas, eran senderos pétreos como acueductos de Pemex. Marcaban una flecha. El macaco con una mímica que envidiarían los lingüistas me señaló el caballo del sátiro viejo y después las espuelas que él me había puesto, como un discípulo del “Zorro” monté de un salto y encabritando al caballo lo alce de patas,  y sus instintos de corcel alado revolotearon cual colibrí en ayunas.

 La savia del sueño había escurrido por los exteriores de la población. Los retazos de noche eran mutilados por el alba. La frivolidad del carácter del caballo era terca y pesada. Me llevó a la guerra de las letras. Desmonté. Puse una mirada de águila y el caballo huyó como si hubiera visto al nagual. La formalidad estaba congelada en surcos. Las solidificaciones eran comprensivas. Los rebaños estaban regulados por una playa de rutinas canonizadas. Sólo bastó un átomo mío para desgarrar sus composiciones líricas. A las palabras les doy unas patadas en el culo mientras me paseo en Cervantina. ¡Que hermoso es vivir en ésta tribu de liliputienses! Es la frivolidad de los órganos puritanos quienes frenan el cortejo de la locura. Yo estoy por una poesía que le huela la boca, que aspire incienso hasta por sus más recónditos abismos. La fluidez de esta piedra es un retablo de lo más sediento ¿Cómo pretenden ponerle un corazón de reloj a un astro peregrino? ¿Acáso tales caricias descubren congojas? Reconozcamos que lo que hace falta es dejarle sabañones a las metáforas, sacarlas a escobazos; a ese convoy seductor y errabundo que es la palabra hay que embriagarla en un bricolage de tierras vidriadas y lujosas. Yo no pertenezco a ningún lado, en todo sitio soy turista, la perla perdida en un espectáculo, la intuición que nadie intuye, la exclusa en donde ninguno quiere dar la vuelta. Aborto nausea sin control, estoy condenado por los demiurgos a ser un disidente. Con aullidos me ambiento en ésta circunstancia desértica, este es mi planeta, yo soy el propietario, donde bailo las lágrimas de los huracanes indomesticables ¿A dónde habré dejado mi sonado argumento?

El país de las letras es un caracol, es el laberinto donde vivimos  encerrados contados minotauros que no cuidan nada, sino que hacen más grande el caracol, lúdica angustia de un espectáculo pedante. ¡Poesía, cuento, novela, ensayo, teatro, todos desmembren a Edgar! Y déjenlo como una carcaza asoleada, háganlo una playa donde el turista tome sus vacaciones inacabables. Asólense todos sobre mi espalda de garabatos, construyan sobre de ella castillos de arena, y ahóguense en el mar, embriagados de permanentes horas en el sitio hasta que anden hurgando por los rincones y buscando su pensamiento huido. Y en el traspié, voy acomodando rocas a hurtadillas para que sigan asiendo lo suyo. Mi palabra es el iceberg de mis libros. Los torrentes se acomodaron desde antes de que yo naciera, los esclavos de la palabra trabajaron duro para que cuando yo viniera me sintiera cómodo, e hiciera una síntesis del espíritu esencial. La estatua de los cómodos se va desvaneciendo, ya marchito desde principio de siglo, ahora es una masa informe que puede significar cualquier cosa. La secularización de estas letras va hacia la manipulación de los gustos, hacia la multiplicidad de la publicidad, hacia el mercado. Yo me alejo de esos barcos y este embuste que lanzo al viento es laico porque no tiene ni mascaradas ni intenciones, es semen de verbo. Es la  industria de metáforas la que sirve para maldita la cosa, triste escolta de caballos. El monoteísmo de la poesía se descascara por lo imaginario y también por el debilitamiento de la realidad. Mi anarquía procrea una racionalidad súbdita de la escritura, de la palabra escrita. Ando buscando que el pensamiento me dé alcance. Ésta es la guerra. ¿Quién quiere chapurrear sus letras antitéticas a las mías? ¿He? Hagan lo que quieran, a mí me resultan cual plegarias de clemencia. He querido establecer el derecho a la política de la deconstrucción de las letras, ¡Oh! La tempestad beligerante nada recóndito y explota destruyendo el silencio, las guerras y tempestades no tienen ritmo ni rima, hacemos violines al endecasílabo, mis vahídos son por causa de la diferencia. Muevo hilos del lenguaje porque ese es mi títere y soy un basto espectáculo que se recrea en la nada. El lenguaje es mi casa, yo soy casa, soy entidad circundante, soy clima y verde de montaña, las tempestades salen porque yo soy el viento y escribo con las máquinas de los muertos, utilizo sus códigos reciclados que han llegado a esta playa desde el naufragio de los palimpsestos, desde ese día he sudado verbos y la espalda saca la columna a orear y luego la ocupo de abanico. La vecindad en el arte ha muerto porque es una puta que se vende. Y, esta estructura abecedaria debía estar en el paraíso o en Alcatraz. Desfilan miles y miles frente a mí por ser una pieza de museo, moveré símbolos para saber cuales son los nuevos santuarios. Ya lancé la primera golondrina, toca a todos darle de escopetazos o dejarla volar hasta que llegue a la ciudad de: “Olvido”. ¡Ea! Vamos poetas del siglo XXI, amémonos los unos a los otros con la voluptuosidad de Romeo y Julieta. Voy por la vereda de la eventualidad exhalando experiencia y apariencia balsámica. Con un sopapo de metáforas desgarré la realidad poética. Pellizco una lonja de costumbre y se pone contenta en el sobo liviano. El sinónimo de la prosa poética es de sístole y diástole, por eso corre con callo. Un escenario de viento me amarró a su cintura de desnudez como un escorpión, enterré el aguijón y la forma usada se desvaneció en un vahído negro. Se quedó retozando en el libro de olas poéticas  del arquero. Hombre vaporoso, soy tu tierra. Artistas todos: desfigurar, arrugar y contraer como un velo fúnebre, ese es la prima, evádete de la costumbre y de los prejuicios y sígueme, hagamos una pira e incendiémoslas con ocote.

¡Escúchame bien! Me estás contaminando. Te estás pensando muy buena. ¡No seas pendeja! Yo no soy de temporadas, soy de tiempo completo y cuando vuelva los ojos no habrá nada. Mi sortilegio habrá sido permanente. Degluto tinieblas como muertos a las flores de cempasuchil. Mi tenaz pulimento es de moscas a sus patas. Pertenezco a una antología llamada Edgar ¡Ah! Y no lanzo blasfemias ni gritos porque eso es de adolescentes malcriados; y además, es muy romántico. La moda es minimalista y a la poesía le quito la corsetería de años. La moda de hoy es andar apezonados por la vida erótica y sin contemplaciones, de ahora en adelante esconder pezones es una salvajada. Vean los míos, son hermosos. He iniciado cauterizando los dogmas por la boca. La moral sexual subsecuente será otra que tendrá que ver más con la ley de la naturaleza y no con una moral religiosa. Esto es una granizada a la moral. Rindámonos indiscriminadamente a las sugerencias de las pasiones y seremos imperecederamente complacidos con placeres de Sodoma. ¡Oh! Jugueteos de  las pupilas de Safo. Torturo a mi amante con deseos criminales; yo monstruo libertino, con  las mujeres pervertidas soy un dulce a sus ojos. ¿Qué me importan a mí los megalitos? Hagan con ellos grava para construir una espectacular casa con motivos cavernarios. Mi lengua chupa el agrio sabor del plumaje de los árboles del parque; los edificios con una gruesa capa de piel de dinosaurio caminan en oleadas siguiendo el paso de las instituciones. La elasticidad de la política económica es antagónica a la resistencia de las fuerzas gravitatorias de los cuerpos.  El cementerio tiene cara de esqueleto, me acomodo en él, como agua en joroba de camello, y en la cripta me fragmento en sueños. Dejé las ventanas abiertas en la noche y entró el espíritu malicioso porque este que escribe no soy yo, yo soy una persona amable. Las palabras que estaban enfantasmadas hicieron su presencia cuando apagué  la luz, el musgo nocturno se posesionó de los ojos.  En un rincón cándido de mi espíritu, la luz tiene voz de azucena, mientras tanto, fornican las arterias al corazón y me hacen vivir. Ruedo en las nubes puntillosas, la bujía permanece  comiendo oxígeno desde el arbotante de la fachada. ¿Adónde habré dejado mi sonado argumento?

Se asoman las patadas de la aurora y Dios desciende del mar en un “caza”; recoge algas como trenzas de limón y vino. ¡Ah! Veloces bombos satinan su llegada, las astillas de las nubes se vuelven granizos y él les da de latigazos con un relámpago de hierbabuena, que hacen del horizonte rizos de yodo y plata. Paños de salitre escurren, son las olas y hacen de las playas un pomo de gaseosa. Siente en sus desvelos el zarpazo del océano, pintando en lontananza nuevos tablones de sino humano.

Hace falta estar hipnotizado, tener metidas en los ojos virutas vitrificadas o cal viva, para no ver la luz que salta a la viga que traemos en el ojo ¿Te lastima el aire? Come arena espumosa o hirviente, es un bien remedio.  Quiero que vengan y exploren estos ojos llenos de lloro y aceitunas. Vengan conmigo, llorosos cabellos de almohadas albinas como perros fieles a vigilar mi sicómoro de  sueños. Cual Jerez espuma nuestra diaria palabra se encamina en su rutina y atisba atrás. Hace falta querer ya en vidas el pasado pero sólo blasfemias entona un adolescente como yo. Era un amoscado niño cuando las cosas no pasaban, los antiguos y primeros pobladores me obligaron a hacerles séquito y ellos me dieron poderes para mover la Malintzi. Naufraga el puente rojo en jaqueca y sus rizos desdentados vomitan el cauce de autos ¡Buenos días! Sube un árbol de la calle a la combi y con cara de alcalde saluda como político; un hombre-poema en forma de rayo cobra el pasaje éticamente y las cebras como salvajes huyen de las llantas.

El sol como dado hace suertes y cambia la geografía, así es como la costilla de Malintzi se desmorona en las barrancas bajas y arenosas, se arquea, quiere alzarse pero su pesadez de años muele el quejido y termina por sumergirse en el vaho respiratorio de los árboles. Mi casa de cruz es un cisne congelado a punto del vuelo. Un momento de huevo se estrella en la noche y contemplativo oteo la luna echa yema, el astro de jinete husmea el universo y a su paso  hace polvo la vía láctea. Las calmosas calles humeantes después de la ligera lluvia, en un viernes social, duermen tranquilas, acomodan las lámparas de las esquinas como almohadas, la gata rosa se columpia con todo y maullidos por los cables de luz y hace guardar en el aire su aroma en celo. Se ha quedado suspendido en ecos el sonido del reloj de la antigua capilla real de indios. Las gardenias y huele de noches bautizan mi soledad en naufragio, así como su aroma, así me diluyo como algodón de azúcar en boca de colegial. Dos carros nebulosos como Inflamaciones aéreas, taladran la planicie alta de los cerros blancos y se ocultan esas luciérnagas borrascosas.

He creado los molinos forjados en amarillo con técnicas muy científicas, por el esfuerzo un pelo cae de la frente, se doblega ante la ley gravitatoria. Me puede. No me supo amar. Ahora continúo con huracanes de bolsillo y los articulo con hojas de chayote en frecuencias de a una en una para secar el aire jeroglífico que viene de las montañas. Esto es un embrujo moderno ¡Ah! Las diosas antiguas de estas tierras me han de ayudar, de la fertilidad, de la muerte y sus quintaesencias barnizarán con bendiciones mi piel. Profeticen todos que el molino está por hacerme tamal de hoja, de “camarita”. Una masa sintética, un cúmulo informe pero jocoso. Y yo me digo — ¡Sí, una masa y qué! ¡Respétenme o me voy corriendo!— El descoyuntamiento del calcetín humano y la vida literaria es una que se revierte en un arrobamiento de historia topográfica.

Manos de nieve se asocian con el frío de la mañana que consume iluminaciones como acaudalado. Escucho cantar las trompetas de los autos y los gallos de pelea han amanecido con plumas cada vez más feroces y en sus cantos, mascullan un incalculable estertor que llega hasta el entumecido campanario vertical, encajado en el centro del pueblo.

Mis signos desnudos pero infieles están aberrantes a una mirada apeldañada en el fluido desconcierto de las mentes; y este mundo que narro se parece al sol que se asoma a la ventana del cuarto de la calle Hidalgo. Así como estas palabras, así ha nacido el epazote, donde quiera, como oscuro sondeo en tierra mojada, sed de día,  como manos sin trabajo y esperando un grito transportado por garganta de temeroso; y las hojas olorosas caen a la quesadilla en el último instante de su ser. Incalculable tiempo disperso en un vestido del siglo XXI. Ascensión tumultuosa del mercado de masas, son las botellas espaciosas de un mundo estilizado en el caos, ambiguo, turbulento, excitado; es un territorio como texto de pasquín, de caricatura, de libro vaquero. Salvaje solución es la democracia que conviene a la burocracia, azulada, de papel. La burocracia es una ternura y simpática asna que acarrea costales de sal sobre el río salvaje, tiene la conciencia de un cerdo autista hecho salchicha. ¡Vengan a ver la novedad! Es el saltimbanqui nuevo que disfruta del caos crecidamente complaciente; vean al miedoso cagatintas disque  vanguardista, mófense de este indio idiota, todos al unísono. Vayan a su viña celeste de ruinas y figuras pacientes e incendien un día antes de la cosecha. Es la restauración del régimen de anesteciamiento cómodo, la loza segura, los reglamentos salteados de patologías y adormiladas rocas. Se debe cuidar que la cotidianidad sea perfecta, la piscina de la intelectualidad no debemos de dejarla moverse porque allí es donde comienza entero. Que continúe todo como una pasta exánime y mineral.  Transformémoslo en rododendro o en limón criollo listo para exprimir y guardar el sumo deshidratado en frascos herméticos. Se ha desplegado la música de los truenos con teponaxtle y chirimía, el campanario del pueblo está excitado en sus repiques, mortifican los oídos de los abuelos en cama. Se arrullan los árboles sobre las ramas de las palomas y allí hacen sus nidos, el cuervo bíblico pasa presumiendo sus colores de arco iris: rojo, verde, blanco, azul, rosa y un  anillo en el cuello de amarillo y naranja. Desabotonado lleva las botas de una gaviota y su antigüedad barre los muebles como edificios y se desbarranca como estatua en terremoto. Y aquí estoy como un sindicato de un partido en el poder, inamovible y chayotero, como un faraón con un regimiento de vacas gordas bien cuidadas y amaestradas para una ópera permanente: ensalzamiento de los valores que a la burocracia conviene. Canto de las leyes que regulan a las leyes, montaña de ociosos bien pagados que no sirven mas que para maldita la cosa y con un ronquido de ellos y les aumentan el sueldo porque se lo merecen. Exprimamos las arcas del estado para que todos nosotros, en casa, tengamos la vídeo más moderna, la de mayor fidelidad, aquella que acomoda en su memoria siete idiomas y que yo no me hago entender ni con la lengua materna. La ironía es cosa que no entendemos porque nosotros tenemos la razón, siempre la tenemos, si no, hacemos marchas y mítines, pintamos bardas y descascaramos las reliquias de la ciudad.

Salta la moda de planeta en planeta y las golosas de atuendos se imprimen en formas góticas transportadas al siglo nuevo, la disparidad no importa porque la dinámica de atracción es indefinible, se  ven como flechas, como lanzas de arquero, son las virreinas plisadas, las ajustadas siluetas en tonos enquistados al mercado glamoroso. Medidas parcas en pómulos salientes, sombras espantadas en los centelleos de las cámaras y reflectores. La orquestación viene de una idea orate de un estudioso o un demente que rompe la textura y llega a la poesía como nube nuclear. ¡Ah! El rebaño acalambrado en los viajes de contornos y gustos, liposucción y remiendos de piel, la obsolescencia de aceptar la cara imperfecta, ¡vamos todos a purgar de nuestros rostros todo desperfecto! No queramos vernos como el jorobado de nuestra señora de París. Es hora de clausurar todo murmullo que haga vernos como ángeles caídos, naturaleza inconclusa y obra coja. Invitemos a las mezclas a hacer un aborto tenebroso del físico y la plantilla renovada nos acarreará  muchos gustos de la arquitectura psicológica fertilizada. El ego es una población inacabable y todos somos narcisos auscultando nuestras perfecciones aunque sean falsedades y se comercia para engrandecer la vanidad con: cursos de superación personal, aerobics, pastillas para adelgazar, liposucción, alimentación psicológica, licenciaturas, cursos de especialización, maestrías, puestos públicos, rangos, niveles sociales, herramientas de trabajo de vanguardia, propiedades novedosas y altamente tecnológicas, la biblioteca completa de los más recientes libros mejor vendidos, visita a los sitios donde cohabitan los de clase adinerada o los centros turísticos más costosos. El egoísmo decanta sus quinta esencias en la permanente geografía de la sociedad translúcida y divulgada, es el mercado de personalidades prefabricadas. El monigote como un prototipo hermoso transformado en joya y silueta a seguir. Los visajes de la complacencia acomodada e  indiferente guiñen el ojo, danza un encuentro con la futilidad encarnada en el sopor. La moda me aburre, cuando la veo, ¡todos al unísono, a bostezar por ella! Muestran extravagancias que causan sueño, no despiertan ningún interés. La moda es el despeñadero de las deficiencias, de los sueños inalcanzables, de la fortaleza huida, es la luminiscencia del interno oscurecimiento.

Esto es una granizada a los ojos de un muerto. Edgar y sus distancias de percepciones imperceptibles y temblores dolorosos. ¡Préstame un baso que no se inflame! Sí, Junio es un excelente mes para morir. Es cuando las nubes están hinchadas, la tierra húmeda, las campanas esparcen los repiques con una sonoridad de envidia; se encuentran flores a buen precio, y los niños están a punto de vacaciones. Es un mes donde no hay muchas deudas y el café, el pan y el ataúd han bajado su precio o están en oferta. Entonces que esperas, ¡Dios, jálame!

La receta de cocina se lavaba la cara con especias, calzaba unas zapatillas de estufa color café, era la comodidad de changa en hazaña  fodonguil. Las reglas laicas eran llamadas a un aposento de camarín, su esposo hundido y negro, pasa el día tirando de la historia con cuerdas fútiles. Como una mermelada de parroquia, secular y cloroformizado ¡Vaya que si es ingenuo! Del esfuerzo se le sale el supositorio como bala asesina. Un pie de boca desayuna con dientes de dado: la guerra de los claveles. La receta de cocina no esquiva nada, se le incrusta en la lengua y sube por las cavernas del inconsciente. Y de esa manera liberó a la memoria como caja de pandora, ultrajada así, la isla dolorosa desgarró su intimidad y se acordó de todo; la herida resbaló hasta la banqueta e hizo surcos sembrando ceros y números arábigos, el organismo de la ciudad sintió eso como una circuncisión porque  ella era pura memoria de colonia mestizada, era elemento de ojo tolteca, se  cundió como una mecha astral. No había labriego, sola, la herida había hecho su aventura, el estiramiento de la zanja llegó hasta el Popocatépetl y el Iztaccihuatl  justo en medio, sendero que tiempo después utilizaría Hernán Cortés para llegar él y luego sus virreyes para que depositaran su atole genético en las doncellas aztecas.

El alquitrán me llevó al juicio final, el viaje había sido un tanto aceitoso pero con buen clima, la cana de viento había tenido un aliento substancioso y productivo ¡ala! Era el embestir de las playas que atacaban la quilla rompe madres; los pasajeros eran: la guerra civil, Octavio y la mariposa, reconociendo que por hábito, la muerte ignora a los asesinos pues son sus más fieles cómplices. La existencia me había barrido hasta el bochornoso inicio de milenio y no había manera de que los hombros saludaran a los extraños, pues teníamos una buena temporada de gravedad en las piernas. Los rebaños bajaron de los muslos y se hicieron poemas. El crepúsculo como una uva empezó a sacar de las nubes un espeso color alcohólico en tono rojizo, sabíamos que al día siguiente el calor sería insoportable, lancé un piedrazo y salió huyendo el último rayo de luz que fue a estamparse en el escarpado rocoso del horizonte. Los acordes del flete campirano eran olas que hacían marear a la mariposa y yo la llevaba al camarote para camuflagearla en la cama. El capitán era Octavio, su embestidura  presagiaba buenos arribos al templo de Delfos, su cariño a la mar calmosa  hacían del océano un balneario aunque los asesinos que habríamos de encontrarnos no pensaran lo mismo, desde el sótano salían a hurtadillas por la escotilla y caminaban sigilosos por la cubierta; saltaron al camarote y tomaron a la mariposa desprevenida, la guerra civil escuchó los gritos de ella y corrió como era su costumbre a enfrentarse a cualquier cosa, su espíritu beligerante había sido lanzado a la superficie. A orillas de la playa, Octavio tomó la decisión de lanzar un torpedo hacia sí mismo. Después de lanzado, la parábola que hizo la saeta náutica fue primorosa; el proyectil hizo de la guerra civil una fuga de tripas aireadas, la mariposa se transformó en oruga. Octavio la  cargó en un estuche y se dirigió al templo de Delfos, allí aguardarían al juicio final. La muerte había ignorado a los asesinos, pero también había ignorado a Octavio, porque Octavio era su más fiel cómplice.

¡Festejen la provincia! Aparece a los oídos: el globero y su pitido, la orgánica del afilador de cuchillos, el chirrido apesadumbrado de los árboles del parque, la resonancia de las campanadas de la iglesia. Es la provincia; sus quejidos los amaría hasta los dólares. La prensa necesitaba víctimas propiciatorias. El borrachín bordaba témpanos de alcohol en el sombrero de ala ancha,  como un jazmín y adornado con un pájaro en la frente; estaba el soberbio cono erguido como un pecho de silicona de estrella de cine. Las células de la sardina comen granos de sal como bolas de boliche, son domadoras de mareas libidinosas como penitentes al rayo de Zeus, cabalgan con su bocio. Decreto para que no caigan pelotas al río: quitar la escuela y ponerla en otro lugar. Pestañean las gafas aventureras en un sirio como animo apostado  en el aguacero desde la ocasión en que me desmayé para alcanzar  la sed, en banderas enrolladas como cucuruchos. La información es muy sexy  y engorda cada vez que llaman a Jesús desde su boca. Dios ha venido a promover la perennidad de la fe que ahora se encuentra despoblada, a punto de vértigo, cual  cisma de la santurronería. La túnica del diccionario me ha habitado con una longitud doble y espantosa tal cual metrópoli púdica que atiende de que la moral se cuide de taparse los calzones espirituales, si no quiere que se los bajen en cualquier esquina. El espejismo de la faena copulativa, el éter que hay que encontrar en los frutos de la existencia. Sabiduría de la demencia troglodita e infante. Me solazo en el mástil de la locura. Pellizco los víveres de mi fortaleza, he de prolongar  la tranquilidad absurda e inconcebible de la propiedad-resorte que predestina el tapete metafórico. Enceramos los reflejos descompuestos en ojos de daga de dama: se propasa el torero y lanza sus calzones a la cara de la infanta; la catarata del  conflicto hizo de él, directrices que han desembarcado en una cara roja. Me han embaucado lamiendo un manojo de entusiastas gatos. La vectorialidad de la verdad cimarrona se pigmenta de colores como el blanco y el negro. El perro estrellado se descorcha en la autopista y su cualidad de can se derrite como libro evaporado. La inepta perversidad hipnotiza con pigmentos mediterráneos y con gorriones de bajo nivel casi ancianos y alas encallecidas; toca persuadir el fomento, el remedio casero se envuelve en la contingencia y las iglesias son castillos de arena que algún día estarán a ras del suelo, tiembla la iglesia y se derrumba el atrio. Utilizaremos —como es la costumbre— el sillar para la edificación de templos nuevos, aunque se caigan las iglesias; las montañas, cerros y Tlaxcala seguirán allí.

Respiro la época sanitaria donde las llamas del contacto llegan a la canción de contagio, quizá habría que entregarnos  a un penalty para sentir la existencia castigadora, impuesto tácito para el poeta que llega a los límites de la generación. La tarima está vacía en el desierto, las dunas son una escolta sinuosa y acolchada, la tarde sebosa se va escurriendo a la placa trasera de esta casa. Mi amabilidad se columpia en un letargo cuando cruzo las avenidas de la gran tienda, gesticulo los ojos sobre las nalgas de las clientes, y sobo los empaques de piernas de pollo, frente a los refrigeradores, imaginándome situaciones libidinosas. Me cosecho como un cazador empedernido, correteo por todo el departamento de damas a las amables señoras. Indago en las puertas de sus piernas una comisura; los movimientos dadivosos y perennes  desmayan el ojo y refrescan el paisaje de cuerpos en fiebre subterránea.

Me propuse lavar los dientes a la democracia porque a veces los trae sarrosos y en algunos sitios ha brotado de manera apreciable, animada gingivitis tonificada y huraña. Es un discurso nuevo, que siempre se renueva de aventuras para el pueblo. La democracia desafía a la demagogia racional y trata de escaparse  con mordisqueos de locura.  Este paisaje no es real, más bien es uno que ha pintado Hermenegildo Bustos, son los sortilegios en refugio liberado. ¿Soy un marginal de rostros y luz? Un navajazo de frío, bajó desde el Popocatépetl y me hirió la frente. Las células bendicen la aglutinación floreada de la libertad en personajes igualmente genéticos. La alquimia malcriada, tempestuosa y gritona; desaparece de entre las casas viejas y se acomoda gustosa en mausoleo.

Poetas ha habido muchos, yo soy uno de tantos que hace de su vida una poesía, lo que le rodea se convierte en cúmulo de expresión poética ¡Y aquí ando decantando mi vida en un único libro! Sólo falta para eso, haraganear con el empeño que tendría un hijo de faraón; tesón ardiente que todos guardamos dentro, ello es un cráneo imantado para los días postreros. Poesía, ensangrentada y desnuda. La poesía se hace de pasos cortos, bien distribuidos a lo largo de un serpenteado camino. La poesía no se crea ni se destruye, solamente se asolea. ¿Quieren verme como un hermoso  hombre valiente…?  ¡Diablos! Yo no soy eso, vuelvo a repetirlo, yo sólo soy un peatón que va por la vida lanzando señuelos de ensueño en la  noche trashumante. De pronto la poesía me grita — ¡desátame!— la veo con sus pequeños ojos desesperados, maniatada como un secuestrado del mochaorejas — ¡desátame!— mueve los hombros y se sacude. Me acerco. Rompo las cuerdas y queda liberada. Pasa un momento y luego… ríe ella y afirma   —te engañé, ¡te engañé! Te engañé. — Doy la vuelta y me dirijo a la banqueta — ¿A dónde vas?— me pregunta. No le contesto; un gesto generoso del codo la despide. Doy la vuelta a la esquina y frente se acerca alguien — ¡Hola! Soy yo, tu abnegada musa; vengo a ayudarte con tu creatividad– ¡Sáquese  a la chingada! Déjeme en paz sacudir la nada a puros gargajos. Tomo el transbordador y viajo al inconsciente, de lado izquierdo se encuentra un ídolo de Dionisos alumbrado con teas y media docena de plantas carnívoras; el edificio tiene la arquitectura de un perro andaluz; hay descalabros en el horizonte, la localidad es basta como la ciudad Apolinea. No tengo que ver nada con este poema, es el estanque de la literatura y eso es bueno, no importa quien. Defiendo como legitima mi entidad salvaje que ha sido guardada, conservada por mis antepasados porque sin ellos no hay sillar. Llamo a gritos al silencio y no se acerca, voy al mar a buscar el mejor caracol, me pongo a hurgar en las vertientes y encuentro uno que es perfecto altoparlante. Las cosas eran objetos bien guardados y empaquetados. Me gozo con la calma de un hueso de dinosaurio para hacerse rocoso. Los poetas son seres que se comunican con las piedras. Sí, soy un chaman y que… A las nubes las moldeo y hago artesanía tlaxcalteca. Levántense, les doy la vida a los dirones, a los aporiconteos y a las pronusas. Busco algún poste de luz o un árbol para darle las buenas noches y nada. Un pedazo de cedro burgués me calma la democracia con sus piernas de ixtle. Para que crezca el ego denme un premio, un reconocimiento y hechenme a perder, Incidan en la perdición de un profeta y ganen un fanfarrón. Celebro la vida, la existencia se empalma y la sobrevivo. Mi nombre no importa, no hay necesidad de él. El poema ha sido de muchos. Entre todos construimos uno solo, es cosa que en la época no entendemos, queremos todo agenciarnos, la apropiación, la vanidad del: Yo hice esa machincuepa, ¡todos, apláudanme! El hedonismo exacerbado se apoltrona como entidad absoluta en los días de feria. Me acurruco ovillado dentro de un macetero, no son mis días, pero si me ponen agua al poco tiempo lanzo ramas. ¿Adónde habré dejado mi sonado argumento?

Amante bonita, ¡Qué bien mueves la cola! Bajo esos cálidos vestidos; dame tus chuletas, que mis ansias no han comido. ¡Oh! Ven amante hermosa y desnúdame, quítame la corbata, acaricia el cabello, pasa tus manos por mi espalda que parece un ancho tronco y acaricia mis nalgas estrechas, etcétera. No tengo nada sobre el cuerpo, así, desnudo, después del baño, desnudo como inmaculado espíritu de Buda. Dejando que las gotas de agua se vayan secando. Ésta es poesía erótica que aguarda en ti mujer, continua, yo no tengo imaginación, etcétera. ¡Continua! Ahora narra como has introducido tu lengua entre mis labios, que tus manos han ido a depositarse como una cuenca entre mis piernas y en tu antebrazo palpita un gendarme nazi pidiendo la contraofensiva en las playas de Normandía. Acomoda mis muslos a conveniencia, eres reina y señora de la situación, en este campo tú mandas, mi cuerpo desnudo es tu campo de concentración, tu herramienta, di que te encanta sentirte penetrada, afirma conmigo que esperabas con ansia el día “D" goza de mi sexo, luego lo desinflas con hielo y lo cuelgas como pijama en el ropero para cuando gustes tomar otro tentempié, etcétera. ¡Continua! Yo no tengo imaginación.

Se pausa una mortecina y sombra apariencia de museo que se respira. Vivo en una tierra igualmente vieja que Grecia. Tan antigua como el polvo que levantaron las doce tribus de Israel en su vía crusis. Anudo. Cuando dirigí una mirada a ellos, los dragones se transformaron en princesas. Anudo. Saca la rosa, arranca un pétalo y como si fuera una hostia dice —esto te protegerá— el pétalo lo he guardado al rededor del corazón como una perfecta concha. Anudo. Dime sol, ¿Ya amaneció? Y no me engañes como otros. Me parpadean en las cavidades los rayos ultravioleta, no cabe duda. Anudo, Brisas estivales se han desherrumbado desde el calendario, la playa y el mar me siguen como soldados obedientes. Anudo. Soy la estirpe que dilapidan los millones de sabios en este pueblo, soy un indígena hermético que se pasea por la historia. Anudo. Han hecho rutilar mis canas, arroz hilado y trenzado: relampagueante en la amanecida, gracias, ¡buenos días! Anudo. Atravesé con un golpe de túnel el cerro frente a Tlahuicole y mis segundos llegaban hasta Apizaco. Subí por el teleférico hasta la explanada de los altos cerros blancos y allí estaba el mirador y el centro de investigación. Anudo. ¿Has visto por el telescopio la nebulosa? Sí, pues allí quiero entrar con el ciclópeo miembro para hacerla concebir más Universo. Anudo. La adolescente reclama su sexualidad bien despierta, pero la sargenta zambute con calzador el corpiño, los pezones se asfixian, ella quiere ser acariciada por un hombre, saberse deseada y reconocer su cuerpo por las manos masculinas. ¡Oh! Pequeña fogosa, si pudieras amarme a obscuras. Anudo. La crítica y yo salimos de paseo, el tufo de todo aquello que debía de señalarse era inhumano, pero el contrabando de la conciencia hacía dormir a la impaciencia, el énfasis en la purga voceaba en la dinámica del arpón. Zumbaba por las costas del siglo e íbamos a parar al hemisferio de Neptuno; el alegato declinaba en favor de las mayorías y el otro se guardaba de vulcanizar los comentarios en la playa. Se guarecía en las catedrales de estalactitas y allí gritaba toda impertinencia y toda pertenencia, las gotas salobres y sedimentarias continuaban igual como los miles de años antes y los otros tantos iguales después de la usurpación. Anudo.

Los jóvenes ojos de la mujer madura me invitan a una parranda de deseos. Las venas se desbocan en surtidores sanguíneos. Una estocada de cupido ha traspasado mi pecho desde semanas anteriores. En el parque de San Antonio, cuando andábamos corriendo por el loco pasto, un rayo de sol cayó sobre tu cabellera, yo celoso busqué como un maniático por toda la melena, odiaba el hecho de que te tocara, el rayo de sol se fue difuminando  hasta hacer los cabellos refulgentes, quedé beodo de contento. Después del banquete, de las copas y los cigarros, los cinco sentidos siguen de fiesta, las risas ociosas y las lágrimas absurdas se desperdigan sin ton ni son, se tropieza la razón por la banqueta y suelta una fábula de injurias. Seguimos caminando hasta llegar a la cama y allí desparramamos la desnudez con caricias.

¡Hay, si estuviera menos harto de la ciudad! Si tan sólo pudiera ser feliz en ella, pero me aburre, y la detesto: el ruido y las masas de gente, el amontonamiento de industrias del transporte, las casas apeñuscadas unas de otras, la necesidad de soportar al prójimo, la inercia que tienen todos como borregos al modo como lo señala Zaratustra; es la fauna donde hay que sobrevivir, un sitio como el purgatorio de Dante, donde hay que cuidarse y donde te obligan a andar siempre ciscado. Con todo lo que he dicho apenas si podría encontrar excusas para no morir y es que no encuentro objetivos que me puedan salvar de este calvario. Y el ruido es la notable condena que me acongoja, a nadie parece importarle que la contaminación inicia por el oído, porque todo ese excremento va hasta el alma ¡envidio al autista porque él es el rey de su interioridad! La ciudad es lugar enajenante, provocador, cómplice de las bajezas, auspiciador del caos; más conviene irse a alguna barranca desconocida, lejos, a las planicies frondosas de Chiapas, al campo agrícola y vivir en una choza toda propia donde sea uno el hacedor del propio ruido. Irme al campo a cultivar hortalizas, a entregarme a las labores de granjero, sí, a pesar de mi pereza quiero arar el campo, sentir como el sol tatema el cutis guardado en las paredes de la biblioteca o de los muros de la ciudad; mejor esperanza no podría haber, sería un paraíso para un demente o sitio de recreo para un anacoreta. Realmente me tiene en descuido la vida de los demás, quizá para algunos estar solos es un sacrificio, para mí es una bendición, la gracia que Dios concede a unos cuantos.

La pobreza no me espanta, nunca me he separado de ella, tal parece que va a ser una constante en mi vida, nací y  se predestino la penuria como ángel de la guarda. No me oficio en la mendicidad, seguramente tendría menor suerte con las gentes dadivosas, por mi cara de maldito y mal nacido provocaría instintos de protección más que de compasión ¡y aquí estoy! Muriendo para ganarme la tortilla y la manteca de puerco. No he encontrado empleo en cinco años en este México tan querido y tan asesino de talentos. —si el caso se da de que haya por allí alguno que otro desvalagado— No deseo mucho, soy un poeta que sólo requiere de necesidades apremiantes y básicas: un par de calcetines y unos zapatos sin agujero no estarán de más en este triste paisaje, de comer: la sopa caliente y un cuarto de kilo de tortillas es suficiente para calmar mi indomesticable estomago de rotito.  Me declaro un poeta que vive en la pobreza, mi cotidianidad es con aquellos seres que viven al día, de aquellos humanos que machacan su orgullo en situaciones inhumanas. Soy el poeta de los pobres y los comprendo aunque ellos no me comprendan, pero yo sí, por ser uno de ellos. Carezco de la certeza de conocer si Dios ha guardado para el día de mañana, algún bocado para este su amado hijo pródigo de irreverencias. No tengo bajo el sol sino mi miseria y quiero que sea considerada y respetada; ¡Soy el poeta desheredado de todo! No tengo herencia material, y mi padre nunca leyó un libro ni siquiera por equivocación, por lo tanto, ni herencia literaria, aunque sea nieto de la revolución poética, nieto de Alberti, de Huidobro, de Nietzsche, de Rimbaud, de Verlaine, de Eliot, de Pound, de Paz. ¡Ah! La pobreza de mi vida, que si la conocieran, verían que el mundo es muy injusto. A grado tal que a ocurrido la situación de pedir a un amigo que compre un pantalón de veinte pesos para poder levantarme de la cama —los pudorosos calzones son un lujo—  y salir a la calle. ¿Porqué habría de tocarme campear en el sitio de los desamparados, de los sin techo? Soy de la comunidad que pasa cientos de veces por el ojo de una aguja —y eso que no somos camellos— y que entramos y salimos por el reino de los cielos como si fuera nuestra casa. Y a esto no me explico porque Dios me querrá tanto. La tierra es la tortura del pobre, y yo como infortunado pido indulgencia al hombre que tiene, y les pregunto: ¿Conocen alguna asociación misericordiosa de beneficencia que pueda socorrerme?

Los coyotes que me odian, van poniendo una alfombra ensangrentada en el camino de sesgos y recodos, de espinos y de zarzas; mientras, sus bocas  gangosean extraños cantos recopilados en un hablar en lenguas propio del  uso del peyote. ¿Serán mamarrachos cantando su cobardía? A orillas las tripas arrastradas por el empedrado polvoroso y las moscas untando en ellas huevesillos de larva y los enjambres de mosquitillos coronando el ambiente. Me gusta navegar en los colmillos de mis enemigos, díganme si no hay cierto placer el sentir que casi lo engullen a uno y sentirse cada vez más fuerte, vigorizado por el atrevimiento, pero que vacación tan placentera  y furibunda que piloteo yo con la confianza como bigote. ¡Y usar sus colmillos para hacerme una cómoda sombra en el camino ante el frenesí de la temporada! Los simbolismos incomprensibles en el piso se articulan en conjunto con honores de faraón contemporáneo. ¡Languidezco y me muero con sus piadosos deseos! No sé lo que quieren pero no me quieren. Soy el distinto y a ese hay que ningunearlo y así lo descartamos, pero a mí las alfombras de plasma me laten simpáticas, aunado a que el color es altamente pasional: rojo virginal, rojo sexual, rojo labial, rojo venéreo. Las alusiones en lugar de perjudicar me invitan  a una bacanal libidinosa. ¡Bah! Si supieran que estoy a punto de soltar flatulencias en su honor. Nunca me había sentido tan sano de contento y pleno que si me lo pidieran les perdonaría su hálito pusilánime. Es para mí como alfombrar a mis plantas con el ropaje del edén. ¿Porqué los medianos necesitarán testigos, gratificación, legitimación cual sea? La amante seguidora y escucha de burros, el viajecito que merezco como premio a mis desfacesdesfases psicológicos, la legitimación como miembro del gremio de los académicos y literatos oficiales, por un gobierno cualquiera que se ha empoltronado en una estructura hueca, egoísta, ociosa y carente de sino; que igualmente necesita de legitimación por los chamanes del pueblo, los sabios orgánicos, los artistas mestizos y hedonistas. ¡Por la ciencia y la tecnología! ¡La religión y la historia! ¡Que bien me aparto de todo y nada me importa! Y no pertenezco a ninguna escuela, no me sujeto a ninguna institución, no le rindo cuentas a nadie, ni siquiera a mi propia conciencia porque es algo que nunca he entendido y no sé a que cosa se refieren con eso. Y bien, ¡Sí! Ya pueden iniciar el rito para crucificarme, seré el mártir sufriente; los críticos filisteos pueden empezar a fundir los clavos y aserrar los troncos. Los gobiernos actuales son una casta de enanos, incultos consumados, hato de egocentristas pobres de carácter, disminuidos de personalidad. A cuantos egregios veo a lo largo de la historia del hombre y estos de hoy son una caricatura, sus discursos no producen más que sopor, carecen de alguna idea original y si alguno lanza algún eructo, este a mí me causa un leve bostezo. ¿Que cosa puedo hacer para no codearme con la lacra embarrada en la burocracia del régimen en turno?

El sol dardaba un rayo monótono y murmullo argentino. A complacencia iba hilvanando mi paisaje de cosas de campo, de pueblos avecindados en la carretera, de nubes afantasmadas, lechosas y desesperantes. Acomodé el mirar substantivado en el césped granate, en los negros robles, en el gregoriano de las golondrinas. Cuando llegué a Puebla vi caerse el jardín con el temblor. No era cosa del jardinero —de imprevisto, una mosca atraviesa con insólita rapidez por las ideas que plasmo en la hoja— ciertamente él abogaba en no improvisar los contornos de los setos, en dejarlos quietos  como estatuas gélidamente feroces, pero desconocían que la astucia geológica lleva a los cerros viejos —vuelve a pasar la mosca—y aún verdosos a pastar avena telúrica. El cielo indígena que se contemplaba era de sombrero de paja y bronceado contorno; gentilidad de luciérnaga: invitaba a la obscuridad temprana en ciudad colonial.

El viento ha derribado la esperanza, yo la vestía en saco, me embriagaba de ella en sueños plenos y profundos. Las montañas distantes me resultaban detenidas y sumisas. —Aplaco la mosca con un certero golpe— La esperanza —Dicen— muere al último, en mi caso se ha adelantado con firme estampida. Ha sido una vieja cómplice de la inmovilidad y la inercia. He quedado de la esperanza como un huérfano pobre y sin hermana mayor. Queda en mi un surtidor de desengaño que irriga en torno de las  entidades sociales. Con la suspicacia del zorro, voy a tientas previendo a cabalidad. Busco por el mundo, alguien que me hable de la esperanza, que me diga mentiras, y afirme que el futuro que me aguarda será cada vez mejor, que podemos ilusionarnos con que en el mañana esperado, seremos todos distintos, nuestras instituciones y gobiernos serán de una pulcritud y orgullo de festejo. Me acongojé al leer en el cielo pigmeas prosperidades y  un Goliat de catástrofes inesperadas.

Ésta marmórea y sádica obra es un relicario pulcro guardado entre los pechos duros de una joven doncella, sus senos como pálidos nenúfares regentan dulcemente el resguardo; del guardapelo brotan espectros que lanza el poeta ebrio desde las noches calladas y apacibles. Ahora sé que es posible salir a la calle con dignidad luciendo un relicario con apetecibles guardianes. Ella tiene una piel de frondosidad de selva lacandona, razón de añadidura para continuar la obra sin freno compungido. De tan cerca, llegué a su corazón con un salto de pulga y me dijo: —si quieres eternizarte debes morirte— ¿eh? —que estas sordo o que, digo que: ¡Si quieres eternizarte debes morirte!— ¡Ah! Estoy allí cerca, en un cofrecito que vibra al ritmo del pecho que me calienta. No sé porque presiento que algún día Tlaxcala me va a odiar y voy a ser desterrado de este precioso lugar que tanto amo.

Se abaten sobre de mí todos los recuerdos como colmena al ataque. Anoche, temblaba la luna con su barniz de cinc tras el vapor de los cristales de la ventana, y mi espíritu enamorado recordó su cuerpo flaco. Ningún terrenal ente conoce cuanto la quise, había encarnado en ella la adoración de la mujer divina, de la belleza, de la entidad sagrada y virginal, de lo femineo. Al aterrizar mi utópico espejismo, era la hermosa mujer fodonga, y afeitaba sus arrugas con emplastos que no engañaban a nadie. La sangre sutil como veneno, recorría sus instintos lesbios. Instrumentaba con ella un juramento de amor baladí, para romperlo mañana, pues, seguramente perseguirías las mismas faldas que yo en tiempos continuos y a competencia. Te comenté que los poetas no sirven para el casamiento, son idealistas de jarabe espeso, son soñadores de mundos metafísicos, su ego lloriquea por todo poro y pide poros ajenos para complacerse en su interioridad, son unos vagos y mal peinados que se enchulecen en la bohemia del pueblito insignificante y perdido en el mundo. ¡No, eso no!, Mejor cásate con un hombre panzudo de gruesa papada y mirada de chuleta, algún día me estarás agradecida.

¡Hay! Soltando flatulencias a la época de consumo. ¿No se imaginan que —por ser tan seductor— es mi calvario? El vellocino de bisutería que todos quieren medirse para sentirse beatificados. Llenar el ser con el objeto de mercado de masas y tener la perspectiva negra, rosada. Y así el individualismo se aplatana en las ciudades; invita con una sensualidad de éxtasis lánguido los precios que son realmente inabordables. ¡Pero vaya! Ya me cansé de acurrucarme en ideas sanas y sueños pudibundos. Se trata de potenciar los sentidos y sin saberlo potencian también verbigracia los más insanos e inhumanos: recorrer distancias, tener el ojo del lince en distintos sitios, manejar la información propia de sabios que yo no puedo digerir porque soy un bruto. ¡Compren tal cosa y serán los más sabios, los más hermosos, los más virtuosos de la tribu! Escuchar, ver, tocar, olfatear y degustar todo en un sólo estuche y superior a la realidad: el limón más agrio que el limón, el sexo más real que el sexo, la muerte más y mejor experimentada, ¡todo tratando de superar a la naturaleza y a la venta! La discordia de intereses ficticios, juegos fatuos propios de una vida aburrida sin nada que les asombre, viendo pasar frente las imágenes inconexas, tragando elementos gástricos parodiados que son más bien un incienso rancio propio de demiurgo decadente. ¡Cuanta felicidad y astucia en tiendas Liverbool, Sakls, Neiman Mármol, One Avenue! Y así, orgullosos, se columpian en el viento frío de los aires acondicionados como bisabuelo en invierno negro. Cloquean las naciones, unidas en el egoísmo  y la ociosidad. ¡Oh! El neoliberalismo nos salvará de nuestra pobreza, recibamos esa “nueva” ideología optimista con fanfarrias para emperador. Se equivocan aquellos que piensan que nuestra civilización es la peor que existe, lo dicen porque en el baile les ha tocado con la corcovada, la política y la economía se juntan entre mis pantuflas, entonces quiero ser diputado. Vamos amando la “identidad” oficial, esa que presenta el simulacro sutil a conveniencia. Seamos felices en este acorazado de falsedades. 

Y fue el sueño medio podrido, acurrucado en un catre de dos cobijas. ¡Con qué lentitud fui deletreando mi existencia!  Los pajarracos remaban el aire verde con pesadas alas de beso. Mi cuerpo afable festoneaba con rojos halagos el horizonte; y allí, en la arroyada, cruzaban por el agua fangosa del río Zahuapan los cuerpos putrefactos, hediondos y agusanados; en los cadáveres helados las lombrices se confundían con los piojos y tomaron por barcaza tan englobada nave. Los infelices muertos viajaban con ligero vaivén, sus dedos secos de vida, colgaban hacia la profundidad y algunas veces atrapaban lirios enganchados a esa ancla. La catástrofe ocurrida río arriba se desvendaba desde la montaña. Los órganos salientes de animales domésticos chocaban entre sí como troncos azarosos, y las ramas giraban dando tumbos por la vera y las rocas afiladas. El sol estaba radiante, parecía que el torrente indómito no tenía nada que ver con la bella mañana de abril, no había enturbiamiento en el asombroso azul etéreo  del medio día. ¡Que hermoso era ver mi cuerpo navegar en lontananza! ¡Ah! Perderme en un lugar secreto de la campiña. Dios no podría favorecerme  de mejor manera que esta sepultura tan merecida.

La voiture s’ arrete. Une clarinette  du cristal annonce me arribe. Y aquí estoy, el Sena se pasea dulcemente como un vagabundo, J’ai l’ame vagabonde également qui el, tengo predilección por los paseos de algodón. Abrocho una sonrisa a la concurrencia del café, la foule détourner les marron yeux. ¡Hé quoi!, Gran cosa, como si me hicieran falta. Mis ojitos de capulin  en resplandor andan extasiados, igualmente que allá en tlaxcalita tan chula. ¡Amigos todos, vayamos a comprar la isla de San Luis! Y sin nadie adentro, pasaremos a beber vino hasta ahogarnos, olvídense de la botella con cañita, industrialicémonos y tú Zahuapan bebe un poco más y embriágate, brinda por Malinche y sueña que la tienes en tus brazos ¡bravo! Un poco más. Ocupemos los días enamorándonos de  Marianne, la que sea, cualquiera que encontremos en la avenida. Vayamos a reírnos al teatro, que hombres estos tan simpáticos, sí eso es, siguen pareciéndome simpáticos, a pesar de su espíritu inflado, nación que quiere verse como la punta de la democracia, como la que impuso en tantos lados, que ya ni quiero acordarme. “Siguen pareciéndome simpáticos”. ¡Vayamos a comprar la isla de San Luis! Besos, muchos besos a las colegialas de pechos duros, a las niñas coquetas de catorce años, aquellas que no se cansan de agitar su cabello al viento, de volatilizar su encanto ondulante.

Ahora todos estense quietos, dejen descansar. He terminado. Quiero dormir un largo sueño para quitar el dolor que tengo en la espalda, me untaré un poco de melaza en el dorso y a ver que sucede………………………….
……………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………… Cuando se vayan no olviden apagar la luz, y mirar si no se ha quedado algo en la hornilla de la estufa…