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peregrino 7


PEREGRINO IV


“Yo busco ahora exagerar lo esencial”
Van Gogh



M
i doncella palabra vuelve a hacer el socorro descendiendo hasta la aurora actual, el avance se rasga como una galleta, me cobijo en el duro trampolín de mis añejos pasos, el venero gorjea muy dentro, pronto aparecerá el breve hilo acuoso que decantará momentos marítimos. Como lienzo en mi garganta aparece la noche, un espeso azul llameante descongela el breve lapso en un reflejo simultaneo; el sonido contemplativo oscurece las grietas suspendidas en el oquedal. La conducta cae encimada en la costilla fértil de la mirada, prendo la luz y siento como si con eso me viera la vida y me sonriera. Estoy acostado esperando atrapar con un hilo de ociosidad toda la nervadura, el celaje oculto de mis libros.

Mi doncella palabra vocaliza tosiendo un yo adolescente y moribundo, balbucea algo que atrapa el instante en nuestros fantasmas; ha llegado el momento de continuar haciendo llagas en el espíritu insumiso. Es la tierra arcillosa por donde pasa una hoja de papel rozando apenas, con el peso de un trapo duro, mis manos reposan como libros, ¡Hay! Si la cara pudiera ponerse más gentil con ellas; si pudiéramos reconocer que dejarlas quietas es algo sabio. El próximo futuro podría hacer debutar ya no las manos sino la imaginación; entonces sí, mi nube devoraría a este yo que he sido desde hace mucho: una puerta vagabunda.

Me dispongo a fabricar un terrible sueño de hadas. Duermo. La noche sigue insumisa oliendo a taco árabe. Para soñar, desmayo mis ojos. Respiro profundo.

Según como pasan los años voy viendo como se desmayan mis sueños poco a poco, como coágulos afianzados en el cemento gélido; melaza insufrible e incapaz  de levantar el ánimo. Los años pasajeros promovieron una esperanza fulgurante como un camino de babosa en el vidrio matutino de la ventana. La filosofía  me había regalado estructuras huecas, transparentes, la pincelada de conocer resultó una fruslería de menta; en ese establo descubrí que yo era un horizonte y que cada cual era un horizonte, habría de sobresellar la maleza de mis entrañas pero era demasiado fuerte la fuente de lo imaginario, la otra cara se contoneaba como bulto espiritista; era un resoplido que asomaba en la buhardilla arcillosa, sotabanco que no alegorizaba en conceptos sino en imágenes  y colores bordados. Era una brújula que indicaba cualquier otro lado.

Estoy al pie de los síntomas de mi locura, el garbo se descuelga para dejar habituar tal alboroto, pronto empiezo a interpretar los signos de mis fantasmas. Percibo escalofríos embalsamados, es de allí de donde mi locura germina; quiero domesticar las siluetas que de pronto flachean en este trayecto de penumbra. Pronto estaré sacándole filo a mis armas. Todo para que mi espíritu se sienta complacido.

Voy despertando las cortinas con un jalón de orejas, hacen estornudar un sol en la sobrecama: la pintura, el tejido es una con un guerrero de Cacaxtla, él borra todo vestigio de que no existo; su lucha perfilada orina un quejido de orgullo, mi diadema se ablanda, se hace líquida sobre los ojos. Por sobre la ventana, a lo lejos, no puedo descubrir la ciudad que ha sido vituperada a complacencia, sólo rescoldos quedan de ella; el quejido de orgullo se sigue escuchando en las campanadas que se esconden bajo tierra. Por fuera, tras la ventana, las moscas revolotean guitarreando las cuerdas aéreas inexistentes en una danza circular y azarosa. Las observo apaciblemente, mi relajación no despierta a movimiento corpóreo alguno. Los  ojos se me duermen en una pose absorta, como si no les importara captar los objetos, las entidades móviles, los insectos zumbones. Voy en este momento a desprestigiar la realidad durmiéndome un poco.

Ya expiró mi futuro perfilándose intrépidamente en una nave inconclusa, ciudad cuyo futuro atrapa fantasmas del pasado, he tenido miedo en los fantasmas, pero, su presencia se desmaya cada vez más, escucho sus anorexias cuando jalo del gatillo cotidiano, cuando me desvanezco en lo diurno intrascendente; extiendo mis alas y me tiro al suelo, recibiendo la lluvia de historias en mi regazo. Es gloria de pocos y horizonte de muchos, tener eso poco es ya bastante, aunque para mí sean sólo irrealidades, infame ociosidad  que hace congelar todo en sueños, sueños de todos, sueños del mundo.

Este es un buen sitio para poner el pensamiento a orear, decantarlo desde la banqueta hasta la cabeza, pensamiento que resulta complejo porque así nace, porque así es como me devora a mí mismo, descubro a una ciudad que ha sido encuerada por mi cabeza, ante eso bruñe el bostezo, mis pensamientos reposan como libros. El gato se acuesta en mis pensamientos y se relame las patas, tal parece que ha tenido buena acogida en tan mullido sitio, cuando encuentra alguna pulga hace tronarla con los colmillos, algunas saltan a mis pensamientos y causan comezón o cavilaciones inquietas, saltarinas. El gato echado despatarra sus extremidades.

Había preludiado sangre en el ojo interior desde los días en que cada vez que apagaba la luz saltaba un quejido, tronaban objetos que azarosamente caían, ojos escalofriantes que atisbaban colores enamorados en mi aura peregrina; sabía que la serie de codificación era esplendorosa y sobradamente plena. Sacudía las neuronas más escamosas y se asomaban unas, las más volátiles. Observaba las nubes debutantes y mis agallas las utilizaba para soplar las semillas hueras atravesadas en mis pasos, la perplejidad de las nubes absortas y disque debutantes murmuraban rayones en el instante. Lo imaginario era en mí como renacuajos sin corral apelotonados en una charca a punto de desaparecer.

Siento un embarazo en mis costillas; ha sido la poética de mis copiosos desvaríos quien ha inflamado mi esperanza en las letras; mentol y canela en mis apolillados desvelos, porque una babosa intestina se perfila a nacer en un puño de hojas; con que beatitud se va deletreando su existencia. Verbigracia en letras y metáforas, me atrapó su economía poética; no había que edificar sino que para que fructificara había que combinar una serie de cadáveres, voltearlos porque estaban de cabeza. Se mueven las grietas a mi paso.

La tierra cae en la cara y mi humanidad en un par de hojas, en ellas atrapo el instante como un cordero el calor de su lana, para mí es el canto de las sirenas quienes calientan el bálsamo en mi cuerpo, me quedo receptivo. Anegado de esa conjugación constitutiva. Intrincado en la vida, me valido del poema para seguir siendo, pero sin embargo me contemplo lloroso, estoy mero abajo, en los sótanos de la historia. Empiezo por amar este tiempo con un certero abrazo, la vida sonríe porque danzo, porque siendo poema, picoteo los tacones con un ritmo demoníaco, mi constante vaivén  en el instante es la infiltración jocosa y carnavalesca. Estoy temporizado con los símbolos de mañana, por eso río y canto los de ahora, los celebro, maravillosa inundación del ser actual intrincado en mí; observa como me tiro al suelo y pateo la tierra arenosa con un compás de lo más originario. ¡Contempla vida como lanzo a  los planetas mis aullidos de gloría!

Rasguño desde la felicidad más apartada el lado oscuro de la razón, sí, es la comunidad más distante, casi silueta, la menos familiar en la cual ando reciclando signos que todos guardamos dentro. Si es verdad, entonces un día, cuando bendigamos al nuevo tótem, el sueño del poeta se hará realidad porque el objeto habrá sido domesticado, ya no dominará esta realidad que representamos fuera. La mayor gloria no será la esperanza sino la confianza en uno mismo, en el otro, en la otredad. Bailaremos en el lado oscuro sin el temor de encontrarnos con nuestros fantasmas; aullaremos como escarabajos estimulados frente a lo luminoso, el vientre y la tumba serán confortados por la celebración de la vida, ya no como caída, ya sin pecado, sino como creación en sí y para sí, vivencia palpitante que ha olvidado las curas ¡Euforia de la magia hecha existencia!

¿Qué queda de la noche cuando aparece el día? Seguramente no es el silencio porque en el silencio de la noche sigo escuchando la maquinaria, el zumbido ininterrumpible  de quien sabe que maldita cosa, es el burbujeo de cosas como: agua, cascadas, barullo; respiraciones de miles y miles que asemejan a un colmenar tendido al viento, mezcla de escapes gaseosos en una tubería y neuronas que vibran  con desesperación. Es tal vez el aire que por las calles, los edificios y árboles festeja con un séquito de ausencias nuestro sueño; es tal vez la conjunción de los sueños de miles y miles; su electrificación, su imbricamiento sumergido en la negrura callada... no sé que sea pero mi radar deja captar hasta lo más imperceptible. Ésta es la noche en que la nocturnidad se hace para mí en día, en que lo que está allá afuera sigue viviendo a pesar de nuestra ausencia, estoy empezando a comprender que nuestra presencia en la noche no es obligada, pero cuanto perdemos al no estar con ella.

Cuando aparece la noche aparecen las preguntas, todas me atosigan en mi duermevela, las interrogaciones con voces aterciopeladas bailan en la frente; yo, como una mueca de loco en extinción no respondo a ninguna. Limítrofe en saberes ando perdido en mi propio laberinto, ando en esta tenebrosidad como una lencería con miedo en lo oscuro: quiero escapar de ese cuerpo de amante y languidecerme como tela sin soporte, como una ramera perdida en sus propias piernas. Noctámbulo, me arrastro por las edificaciones de la conciencia y saco a orear mi silencio, mi boca es una salud que armoniza con lo callado propio del oxigeno, elemento circular como las dos letras que lo custodian.

Mi beodo aliento de bardo perfuma la intimidad, surge la consagración, pero una emboscada del ego hace de mí, menjurjes de alquimista. Apoltrono la soledad con un séquito de ausencias. Me gobierno a mí mismo. Beben de mi pecho las burbujas de la medianoche, con ello busco taparle la boca a la incertidumbre. Me apresto para que las ilusiones me apoquen la intención, siento ya amar el fingimiento de su desprecio, gusanos que como sanguijuelas chupan coágulos. Las ilusiones son cual sierpes que se arrancan y destrozan a pedazos las unas a las otras, efecto dominó que antorcha nuestros elementos. Ilusiones sociales, magulladas por todos y diseccionadas por mi fastidio; hay ilusiones que se acobardan al verme, en otras soy yo el cobarde con la mano en la cintura. Las ilusiones creadas por la ambigüedad calzan unos zapatos de esperanza acojinados con una mullida plantilla de quimeras.

Hablar más es estar más tiempo ausente, hay que hacer de la boca una entidad moribunda, hacer que su languidez se haga presente, es preferible cantar como un mariachi. ¡Hasta aquí llegó mi borbollón de palabras! Talento al que le he torcido el pescuezo, ha sido para mí laurel mefistofélico, diadema coronadamente horrorosa, garganta tapada de elocuencia, la máquina  embobinada sobre sí misma, conectada internamente. Edgar ha hablado de muchas cosas, en sus labios han jiloteado pensamientos en rizos delgados, ha sido pensamiento en mente gorda circulando por pasillos largos; verbo que ha movido montañas, mientras ha empujado la tinta en sus entrañas ¡hay! Si no sufriera yo de un desabasto de metáforas, no tendría que teclear narraciones, desgraciadamente no escribo tan rápido, necesito el respaldo de mi propia historia. ¿Se encorva acaso mi desgarbado abrazo creativo? ¡Vamos! ¡Ea!, ¡A seguir todos mí acostumbrado soplo de osadía!

Me muevo por las calles como autómata con un dejo de locura, aquél otro se mueve porque se aburre, aquella otra porque quiere mercar el cuerpo o saberse vista, y otros más porque les empuja la inercia; en fin,  somos unos jarros de tierra cocida con patas, huecos al principio de los días, estamos abiertos y dispuestos a llenarnos con cualquier cosa, el caso es llenarnos, y se llena uno en las calles, en el rostro que tienen las distintas avenidas, el pomposo ego requinta su biblioteca. En la calle, la espinosa vanidad celebra su encumbrada peña como pezón de quinceañera ¡Oh! ¡Si supiera el hombre que andamos vistiendo al humo! Lo que es hoy mañana no será, fue la perorata gastada, de mal gusto.

Era un día nublado cuando formularon construir mi casa en un pedazo de calvario, horizonte-corcel que haría huir a las hojas sobre la tierra arcillosa. ¡Si tan sólo esa tierra pudiera dejar ver el paisaje! Pero ese sitio hacía que tú y yo y todo el demás circo borboteara en un estanque, la nata estacionada. Era una perspectiva de argolla en morbosa ponzoña que hacía ver todo de noche, olor melifico y decidido a convulsionar mi puerta en dichas colinas; limite ciego de las capacidades, era entonces la demasiada fe que lloraba de ausencia. ¡Si tan sólo ese calvario pudiera dejar ver el horizonte! Había un viento que iluminaban mis ojos pero había gránulos de arena que los apagaban, lanzaba tarascadas a las nubosidades, quería hacerme presente pero no sabía cuanto tiempo tenía que esperar para que amaneciera.

Salí a la calle para vitaminizar mi historia, el día está medio  inconsciente, el mediodía se está descascarando con tibieza. Con tales medios ¿qué puedo esperar yo de tales regalías? Izo una mirada endemoniada, me visto con vestimentas de paciencia, hago como que ando buscando algo. Veo el horizonte que trata de acomodarse al sino humano, elástico, gelatinoso; sí, hermoso horizonte son los pellejos que cuelgan del techo de la ciudad; busco hacer un par de hazañas, soltar trompadas, descarriar mi huella esponjada; pero en ésta entidad es como estar metido en una panza de vaca. Conspiro contra lo establecido y espero mi arresto... o huir, esas son las dos opciones: dejarme arrestar es dejar descalcificarme de letras y transformarme en una garrapata y huir es escapar como una descarga de inodoro y vivir como un exiliado social. Hago con todo ese pensamiento un chiloso taquito. ¡Hay que dejar  que este aturdimiento nos gobierne! Que vivan filtrados al alma estos vahídos, gocemos del menguado hábitat y su empalagoso destino. Mi muerte espeta diamantes por la boca porque mi alma es lenguaje escapándose de ella.

Bueno fuera que encontrara mi destino volteando la esquina, y así de frente, patearle el trasero. Y allí, sin esperarlo, lo que voltea la esquina, lo que salta, es un trozo de instinto que quiere como que amarme con un certero abrazo; me defiendo con patadas de lima-lama, aquello me deja herido del hueso izquierdo. Con un caldo de templanza curo mis heridas, continuo en mi trayecto de espectros y de sombras.

Una y otra vez repito la capacidad salvaje de mis instintos; suntuosa confabulación de Eros y Baco para hacer de mí una estopa nocturna, ellos malversaban por su cuenta la economía erótica y etílica que yo codiciosamente guardaba ¡bravo! ¡Ea! Provocadores de las maravillas, que yo lanzaré guirnaldas y flores olorosas a  su paso, y me dedicaré a la limpieza de ese santuario donde viven; no me importa ser el esclavo de las linfas, con tal de conseguir sus provechosos favores ¡y bien! Cuando me entrego a todas y las amo aunque puncen el orgullo, no me importa ya estar postrado frente a ellas mirando el  piso de baldosas, sumiso ante su cuerpo de demiurgo femíneo, de vírgenes lujuriosas, cachondas; y yo como un readaptado a esos quehaceres, me dedico a olfatear la venérea ambientación propia de sueños juveniles, pero mira que nada ha quedado de mi musgo taciturno, nada hay que pueda convencerme de abandonar este hermoso deleite sensual que como un embajador a sus conferencias ando sometido.

Estuve en cierto momento preocupado porque el consuelo no llegaba a mí ansiada playa, era yo el emplazamiento de un espasmo incontrolable, y buscaba modos de escanciar mis espasmos; Al momento, la libido, no estaba del todo permitida en las letras sexualmente escandalosas pero mejor esperanza no podría tener que ésta en la cual me trepo, como simio contento, ya no creo en el paraíso de la falsa moral sexual, he aceptado sin recodo  ni vericueto la animalidad amatoria y el consuelo mamario que tenemos todos. He forjado la aspereza en la mente que habían cincelado, con el prejuicio granítico, duro y mientras más duro más quebradizo, era el tabú exorbitante. Es el momento del rompimiento de mi ingenuo himen de la conciencia sexual, nada más obsoleto que la moral puritana de las abuelas; no guardaré ni un ápice de pudor al desnudarme frente a mis amantes ¡vamos! Es el momento de poner de ambiente el sitio con música y comidas suntuosas, hagamos desparramar la sensualidad como fuente ingobernable. Pero mira que ya no me  importa lo que diga mi madre, lo que quiero hacer es huir de esa seguridad moral que tiene la sociedad. ¡Lancémonos todos a una fiesta de besos y caricias! Tal vez eso curaría nuestras carencias, el deseo amoroso, el hambre libidinal, sería como aletargar el apetito lujurioso, desmembrar frenos moralinos, implicar el desajuste de la tranquilidad suspendida. Ésta es una letanía para explayar mis insinuaciones para dirigirnos todos hacia un cómodo lupanar, donde la degeneración, el tequila, el alcohol, la música infame sean el contexto de lo más versátil, y aquello todo, todo sin piedad, haciendo una farra colectiva ¡Ha!  Dioses lujuriosos, diligentes y socarrones, inmisericordes y libertinos, si antes hubiera sabido que andaba en la pobreza de mi vida ¡pero yo los conjuro a poseerme! ¡Oh! Gocemos del talento que tienen las doncellas. Vamos corriendo a amar sus extremidades, transformémonos en sátiros gentiles ¡Vengan muchachas y regenten lo más venéreo que hay aquí! Y allí las veo, desde este sitio musical como bajan desde el cielo las vírgenes, una por una, en sus pies perfumados traen la espuma de Afrodita. Soy el nuevo, como musgo tierno saliendo del cascarón, neófito de las vicisitudes amatorias, salgo ahora a encontrarme de nuevo en la vagina, sitio desdoblado, en latente despliegue, zona muñiente, paraje de mis próximos recreos ¡Dios! Heme aquí entregado a esta legítima gracia. Entrega venturosa en los hechizos, novedad ondulante que me acampa.

La virgen y su sitial en las alturas. Ella baja. Su espuma de diosa: refresco mentolado y suculento; y de golpe, sin ninguna interpretación capté tu cuerpo como un objeto trascendental. Tu cuerpo se hizo un delicioso argumento para convencer a mis huidizos instintos ¡Oh! ¡Resignación! Cómo chaman empedernido y desprovisto de poder, busco destrabar tu brujería, pero no, aquí estoy, me has conquistado, tu capacidad de encariñarte a mi cuerpo es infinita y busco en tu cara las facciones que más me gustan, te empeñas en que mi instinto te sonría y continúas impulsándome a tocar tus íntimas cortinas plegadizas, sonriéndome con tus ojos asfaltados, moviendo tu cadera despilfarrada ¡Oh Dios pido misericordia! Pero si tú lo quieres... vamonos.

Tu venida lujosa y allí en cama, con tus tirantes caídos, con ojos que se dan a desear, insumisos, me posees, conquistándome a partir de caricias. Me transformo en una ensalada de erotismo entre tus manos, ¡vaya escandaloso paisaje de bellos cuneiformes! Y luz desde tus muslos aterciopelados, me encuentro en la puerta de tu colina, mis manos como aldabones en las costillas ¡Aleluya!... Ahora sí, vida, desdeña mi osadía.

Levanto el pensamiento entre mis manos, le enhebro un par de ideas reverberantes, la pijama duerme caliente mientras el insomnio me patalea con éxtasis de chaman en trance; Durmiendo o entresoñando he de favorecerme con un lapicero en la mano; La hurañeza lunar pace izquierdamente en la ventana, al rato se desbocará como vaca sin mecate; ¡Vean como alborea la letra! La vigorosidad de la palabra penetra en los músculos, ellas se me han vertebrado como petróleo crudo a una gaviota. Vaya que si le doy importancia a mis adelantos, aunque a veces sienta que ha sido una pírrica victoria decantada. Es el momento en que siento amanecer de su aturdimiento a ese alunado ser que anda como que muy contento dentro de mí; anda chapoteando en mis propios despojos, haciendo reclamos ahogados en la oquedad y necesito ya no negar mi identidad poética constante, sí, desde  este pequeño sitio mi voz se levanta hasta las nubes, traspasa fronteras, llega a los planetas, eso es lo que hay que hacer, canturrear la indígena sinceridad poética  que cargo, he de lanzarla al aire como confeti, y por añadidura yo también he de desmembrarme hacia los cuatro puntos, no creo poder  hacerme un mejor favor que este, y es que ha sido mi semental empeño el que ha hecho que la genética común trastrueque hacia el oficio abecedario. He de moldear –si es que se puede- el futuro que me persigue, los vericuetos que me esperan pero eso sí... eso sí,  amo esta discontinua esperanza y también la inseguridad que de modo socarrón me guiñe el ojo y es que mi horizonte ha sido desde que tengo memoria un continuo desparpajo, el reviente de perspectivas posibles, la caja de Pandora que escupe posibilidades; es el flujo mismo de historia y horizonte, el instante inorgánico cual tiempo que consumo como un desesperado, es la socavación de mi vida implícita y es el tiempo la siguiente entidad que yo abordo, tropieza conmigo a cada guiño del segundero; para calmarlo primero la mente atempero; me extiendo en  su alfombra, me declaro dormido en sus hechizos, su musicalidad no existe; es el placebo de la modernidad para sentirnos en desarrollo, su caciquismo acaracolado fríe el ímpetu de mis años, mejor obsolescencia no podría haber que ésta verdosa apariencia quimérica y el tiempo me asfixia, su zigzagueante evento de instantes me malluga el inconsolable ser ¡vaya manera de entregarme al inhóspito vacío! Y heme aquí en este tiempo y en este espacio, haciéndome el disimulado, disque tratando de buscar algo, pero en realidad es sólo puro pretexto. Sigo por mi vida fingiendo un poco, pero como un poseído, voy de  engaño en engaño y quien cae en el garlito soy yo mismo. Aquí me vez, echando veneno para no aburrirme, heme aquí comiendo arroz, sacándome los largos pelos de  la lengua; ando por la existencia creyéndome cabeza de arlequín, como un hermoso comediante andrugiento, voy acomodándome en la mejor de las riquezas y no en el peor de los infortunios, pero todos vamos parejos. ¡Aja! Desde aquí, sin moverme, adivino tu desdicha y eso que andas por allí tongoneándote por las calles, presumiendo de tu mísero objetivo de vida ¡vamos!  Soy la inmóvil atalaya que divisa como va  cada uno con su historia haciendo recovecos e infatuados trabajos por el camino ¡Ea! Que no necesitas engañarme, sincérate; declara a tu blasfemado orgullo como un santo que no ha hecho otra cosa que orar en la humildad pastoril ¡Basta! Déjense de languideces, a nadie beneficia el que te conviertas en un cliché viviente.

La ciudad atrapa por la yugular tanto a casas como a calles y yo ya no creo que exista un alma que las haga volver a respirar libremente ¡Oh! Viento ha lo tuyo y suelta tu yodo santificado sobre estas víctimas sumisas,  ¿Cómo poder enjuiciar una entidad en donde estamos incluidos? Y allí en el cielo unos tumores; la perennidad de las nubes fofas ya no me atraen, han pasado a ser un ostentoso elemento que no llama la atención, son al igual que la montaña y las planicies de arena, el par de bibelots insignificantes del paisaje.

Entre pomposas eternidades arrancadas del génesis voy arrastrando mi penitencia en soledad acrisolada y recuerdo por momentos como siendo Pandora mi dueña yo era lo que se guardaba, y al momento de salir, perseguía mi juventud por todo el reino de los cielos hasta caer a este planeta de invidentes, era una entidad sin tiempo, por tal razón no necesitaba recuerdos; mi historia, era la historia de mundos posibles ocultada en el vacío, pero. ¡Oh! Sagrada, bendita memoria de chapulín, si acaso he de extrañarte, derribaré de un soplo esa nostalgia.

¡Sí, tengo los brazos cruzados!, Y no tengo la intención de ser otra cosa que esta enorme bestia que soy ahora. Me encanta la dulzura de los literatos, me atacan con risas y poemas, yo, mientras escucho, se me escurre la baba por los labios, ¡cuanta alegría hay en la humildad que heredé! Si no fuera por eso sería una bestia triste, amargada; ¡ah! Los momentos peligrosos, las visiones que he tenido, los soles que me han alimentado, los años que me han galopado. Ha sido un afeite la existencia y los incógnitos senderos, los andamios inéditos han  clareado mis pasos, en delgado pétalo de días. Mi doncella palabra se asoma una y otra vez y ausculta mi interior, hace cohibir a mis pequeños elementos; en lontananza, la pirámide  de mis desconsuelos pide aires que no llegan, que no conozco, pero el mestizo descalabro de esas edificaciones deletrea una buena parte de mí. Es antiguo, esa sutileza porción es añeja como mi conciencia, cual cántaro receptor de bazares y tesoros.

Desconfío de la vertiente de voluntad que sostiene el cuerpo, de las excitaciones de los políticos, de los órganos democráticos mustios, de la ternura anatómica de los párrocos. Desconfío de mi locura, porque tal vez no lo sea; desconfío de mis ojos, porque se piensan que lo han visto todo; desconfío de mi memoria, porque esta siempre ha sido una voz marchita; desconfío de mi humanidad, porque en veces despierta la bestia indómita e infame; desconfío del inconsciente porque Dios no me agracio con tal cosa; desconfío de mi propia metafísica porque ésta cabalga con mi historia y del mismo modo no se detiene; desconfío de mi imaginación porque cuando menos quiero, tuerce hacia la lógica más cotidiana; desconfío de mis conocimientos porque el tiempo los desmorona. Desconfío de lo que he escrito y de mis obras, porque traicionan, se vuelven contra uno, o bien se convierten en unas independientes y mal agradecidas. Desconfío de mi nombre, porque tarde o temprano me dará una estocada, sobre los hombros o en el vientre. Desconfío de mi humildad porque tal vez sea soberbia disfrazada a conveniencia.  

¡Me aparto de mis años y rejuvenezco a conveniencia! Soy un adolescente  que busca por las calles a una quinceañera como amante, ¡Tú!, sí, ¡Aja! Vayamos a un hotel y desnudémonos; corramos a la cama y allí copulemos como conejos en cuarentena, ¡qué delicia de piel! Exploro con la lengua cada sobresalto, degusto la mezcla de las sales minerales, y los mellizos tropezones que me saludan, son confundidos con chupones memoriales de mi lactancia. Recorro el sendero universal, siento el incognoscible hoyo negro que me aspira, sus fuerzas de absorción son tan potentes que desfallezco al succionar mi genética. Como un beodo, ronco como motocicleta de dos levas.

La burbuja de mis adversidades se muda a la época, somos uno en la eventualidad, como sal y vidrio hacemos la envoltura de nuestra existencia; La desventura es la compatriota más amable, descuenta su rosario sobre este yo que es su oración diluida. Una vez más afirmo que soy balneario de ella.  Incontinente resbala su metrópolis sobre mi psiquis, en tanto que la arquitectura personal visualiza el mimo del flagelo.

Los años muestran su ronquido en la navegación antigua, su baraja de días explora la batalla cansada, su desmayado bostezo de diferencias hace desplegar una modorra quijotezca. Lo percibo porque estoy dentro de ese ghetto en forma de gaviota, con el pico hacia el suelo, con el airecillo golpeando el abrigo de plumas; un muro imperfecto es el suelo, como ley infranqueable, hierra cada vez que quiere tantearme. ¿Por qué se aletarga el humano cuando ya tiene toda una historia casi regalada? ¿Por qué persigue complicarse la existencia con amnesias históricas? ¡Hagámonos tontos, sí, confundamos todo, sí, hagámonos creer que el aire es el suelo y el suelo el aire! ¡Aja!, Estrellémonos desde lo alto del cielo como mierda de pajarraco, tal vez esa intención nos aclare que son necesarias las diferencias y los misterios y que ese “no pasarán” es un imperativo infranqueable. ¡En el momento más alejado de la historia del hombre existirán aún las desemejanzas entre el amo y el esclavo! Pero, ¿será tan sutil que no la percibamos? Como no percibimos hoy como la mercadotecnia y publicidad hacen maravillas con los medios y tienen en ascuas a las masas.  Hablo como un “rojo”, como un hombre de la extrema izquierda, es la mirada que sólo quiere aclarar mi pensamiento. Este pensamiento no se dirige a ningún lado, sólo está como tosiendo su asma, contrayendo instintivamente las bolsas de aire, es como un resoplido insignificante que hace un puerco sobre el comedero y su excremento, o como el último mugido del toro de lidia que acaba de ser traspasado por la espada del torero; también podría considerar que es como el pensamiento que se dirige a sí mismo antes de dar por terminada su función, porque acaba de ser urbanizada por el no-pensar, por el bisbiseo de los sombies sin voluntad, aquellos que no saben a donde van, pero eso sí, van bien contentos, a estrellarse desde el cielo hasta el suelo.

Más de uno ha de pensar que soy un gachupín, que soy un ocioso y que por eso me dedico a las letras. Nada más alejado de la realidad, no soy ningún acomodado, no voy a los cafetines ni tengo amigos de la alta alcurnia porque no tengo dinero, vivo al día, es decir, cuando nos vamos a la cama, por la noche, no sabemos si al día siguiente comeremos algo. Es la incertidumbre de desconocer si el día de mañana tendremos algo en el estómago, si tendremos la esperanza de echarnos algo a la boca; la austeridad de nuestra existencia viene acompañada de la alegría y la mente despierta, lista para tomar la oportunidad de ganar algún dinero para la comida. La humildad se ambienta en mis espacios, en las habitaciones de la casa, la sencillez de los muros hace pedir demasiado poco a la vida: un techo y una pena de comida para poder seguir viviendo. ¡Ha! Si viera Dios que un poeta pobre es de lo más triste. La creatividad tiene que ver con la ociosidad, y esta ociosidad que llevo a cuestas desde hace unos años es impuesta, el desempleo en el que estoy acorralado me impulsa a manejar metáforas y poemas, cuentos y ensayos que no tienen flujo hacia ningún lado, son como peldaños que conducen a ningún sitio, es más o menos como una travesía subterránea que tiene vertiente hacia la nada o bien la caverna oculta que nadie ha visto y que allí estoy yo metido.

La furia de mis pasos deletrea tu nube de bostezos por la próxima fiesta de fraternidad. El oro que dilapidarán en el jolgorio acarreará jaquecas y enfermedades y mientras la  campana  retumbará en las nubes, estará cuarteada por lo que el niño andará suelto meándose por todos lados. Consideré que la temporada de inclemencias nos haría más fuertes, por lo que dejé suelta a la imaginación para que describiera los horrores nunca soñados, los terrores jamás sentidos.

De un momento a otro voy a salir a la calle a tumbar dientes. ¡Estoy feroz! Iniciaré por sembrar cohetones y levadura de fuego en azoteas, en las esquinas estaré esperando para que pase el primer ingenuo y sacarle el aire de los pulmones. Sí, no es necesario que me entiendan, no se  agobien, yo no lo hago; mi intermitente descalabro de locura acaba de centellear, ha sido un obús que ha transformado a este su psicópata preferido en un dulce del diablo, mi embestidura había estado bien protegida en cuerpo de limítrofe; y ahora, como bola radioactiva o pez globo, hace su hinchazón para provocar una fuga: la suya o la del otro. La gripe de locura es un bello delirio que una y otra vez hermosamente me ataca. La cocción de esa jalea real viene desde la carne y el poeta-carne se apresura a dejar de ser: de aliento divino a entidad golpeadora.

Tarde, sabor fresa, se inclina para abrocharse los zapatos. Su diamantino despertar me obliga a sonreírle con mis cuatro dientes de a tostón. ¡Mira arriba Tarde, que te han caído algunas nubes en el estómago! Deja esos zapatos y observa el horizonte, tal vez alguna aventura se ha de acercar por la noche; da de patadas de mula a esos algodones si no quieres que te arruinen tu solariego desdoblamiento. Por mí no te preocupes, puedes caer sobre mí, como plancha de luchador, al fin y al cabo quiero cincelar una vez más el perfil de esbelto trashumante. ¿Tiene alguien alguna idea de como poder ayudarle a amarrarle los zapatos?

He iniciado desde hace algunos años, el relato de mis enloquecimientos y mis desavenencias; siempre que tengo la oportunidad de congratularme en esos vahídos me atraganto de ellos, por lo regular salgo airoso, como si con ello me ubicara en un limbo de pertenencias e impertinencias y en él decantar todo estado confuso, el elemento flaco o cojo que se ha posesionado de mí en cierto momento. Para entonces perece el ímpetu,  pero continúa ensanchándose en ese hueco, la voluntad. Es una situación de decantación o más bien destilación procesada muy dentro del pensar, del lenguaje; la apilación de imágenes y lenguaje se vuelven confusos y llega el momento en que en ese desván de la conciencia no cabe un trebejo extra. La creatividad puede resultar afortunada al mezclar como en un cubo los dados y formar, con creación excelsa; la producción singular.

A sido un peregrinar casi perpetuo—por lo menos así lo he intuido— por el mundo de las letras, como una sonoridad rítmica que no se interrumpe, que continua como el tintineo de una moneda que jamás termina de dar abajo, en veces es esto, en veces aquello, y no hay modo de decir que ya está todo consumado, que hemos completado el círculo y ahora estamos en la acera opuesta. Las letras como ámbito de conocimiento es interminable, sólo divagamos la mirada sobre algunas cosas, las que nos llegan, las que son clásicas o las que son de nuestro gusto, por lo demás es un pequeño monstruo magnifico de incontables cabezas. Mi incumbencia no es propiamente con los autores sino con su lenguaje y sus ideas, la principal atracción es esa herramienta primordial del literato que es el lenguaje, el modo de manejarla y apreciar esa artesanía; las ideas que pueden ser imágenes o conceptos impregnan la expresión, hacen y modelan; ornamentan la oración y la hacen concebible. ¿Acaso tiene importancia quien la concibió y en que tiempo ha ocurrido eso? Las fechas son impertinentes, alteran negativamente, distraen, llaman la atención y apartan de lo verdaderamente importante. El tiempo, como un elemento visual-lineal ha quedado en desuso, desde el mismo momento en que inició el resquebrajamiento de la modernidad o la crítica a ella. Me parece que, a lugar a esto, podría iniciarse un tamiz de las ideas y del lenguaje que daría cabida no al descubrimiento de nuevos autores sino la selección sin tiempo y sin nombre de las letras. Esta idea  ya ha sido extendida, se ha dicho que la humanidad escribe un sólo libro, la obra es una, pero no es el enciclopedismo: la idea de la conjunción de las ciencias tuvo una función de orden, de estructura; muy al contrario lo que se pretendiera sería la selección humana de sus obras de oro. Aquellas sin tacha, sin mácula de error. Pero asoma de inmediato los cuestionamientos: ¿Bajo que parámetros juzgamos que una obra puede considerarse como elemento de una selección humana y que esa obra es insubstituible?  A alguno le escuche decir que si tuviéramos en nuestras manos la eternidad y conociendo el abecedario podríamos escribir el Quijote o Hamlet, yo pienso que algún dios que tuviera tal cualidad no escribiría ninguna de las dos, ni haría alguna cosa, su razón de ser, está completo, no hay cosa externa que lo haga complementarse, por tal razón concebir un Quijote o un Hamlet es insustancial.

En algún lado había escuchado sobre la deconstrucción del discurso, y yo podría referirme al inicio de la deconstrucción del discurso literario, como el modo de hacer el repaso y la limpieza de la obra. Todo el mundo sabe —o por lo menos lo saben aquellos profesionales dedicados a ello—que el lenguaje cambia, está en movimiento, se transforma en el hombre  y con el hombre, es la herramienta maleable; pero la obra se queda, no se transforma, queda congelada en su autor y en su tiempo, dos elementos ahora enemigos de la movilidad; aquello que queda paralizado muere, sea el tiempo un pequeño momento o un período más extenso. Lo que tendría movilidad, —y eso sería mientras está más cerca del momento— sería la obra fresca, la contemporánea, pero mientras más coetánea menos tiene las posibilidades de trascendencia, se esclerotiza en el nombre y en el tiempo y aún más en la época en que la mercadotecnia se corona hegemónica.

Me dirigía a la biblioteca totalmente distraído, levanté la mirada al parque y me encontré con que Noviembre estaba en los jardines, en las patinetas de los chamacos y en el incienso de los muertos. Se había revolcado ante mí una realidad muy ensimismada y rala, su vaporización se condensó e hizo una presentación notable de una realidad que no entiendo y que mucho menos me interesa.  

Aún soy de los que come quelites en las temporadas en que llueve mucho, sí, la entidad compleja que se alimenta de frijoles, de quelites, de tortillas y nopales. Me pongo como gallo en tal degustación, me ufano de tales alimentos transitorios. Yo que me alimento intelectivamente de esencias, devoro tamales con queso y epazote, de leche y chocolate con mucha leche. Mi identidad se cuece ante tales dicotomías. La disparidad corporal con el logos. La direccionalidad radical de estos elementos acaece como barro moldeado, produce cosas viscerales y al mismo tiempo cognitivas. Me he sumergido tanto en la intemporalidad de Parménides como en la temporalidad del mole  y las garnachas suculentas, así como en las anatomías afrodisíacas de las habas cocidas.

Me consuelo entre los vericuetos afrodisíacos de la vida, ¡Vaya hermosa ambientación de mi existencia! Vivo en una untuosidad exótica, propia de zares, y voy y me retraigo a complacencia, me entrego a mis quehaceres y a mis deseos, hago que la sangre se inyecte de oxigeno. Vivo el encanto que posee un bachiller enamorado. La felicidad, me hace el amor, me coge. ¡Me creerán que pido más! Pero mira tristeza que en este momento te veo decepcionada, estas como taradita, si supieras… Bendita franqueza de bardo norteño, laconismo de los pensamientos con las sensaciones: suma señorial de la vivencia.

Hemos de tener la esperanza  en que las nubes no permitirán caer sobre esta ciudad histórica, las gotas de lodo ácido y azufroso que ha prometido el dios Vulcano. Desde que me intercalé furtivamente en esta tribu tlaxcalteca, comencé a barnizar en el transcurso de los años, un enternecimiento por las representaciones con las que convivo, por los escenarios en donde me aparezco, por los caminos y urbanismos  en donde se recrea mi existencia. ¿Qué sería de un hombre que desprecia el terruño, que lo maldice, que prefiere olvidar su ambientación, el contexto donde se desenvuelve? Afortunadamente  el hombre toma cariño del lugar donde ha crecido, su historia se teje con la historia  vecinal, con la historia de la entidad, con su ciudad; la ciudad tiene tiempos, eventos, y personajes que hacen las acciones; una ciudad se forma con población y con otro tipo de estructuras, no es posible pensar a una ciudad fantasma porque deja de ser ciudad y pasa a ser ruina o cultura extinguida, es así, que el entretejimiento se da yuxtapuesto, se ensambla de manera conveniente entre población y entorno y del mismo modo con el tiempo.

La humildad es una tía a la que acudo cuando yo mismo me levanto del suelo más de lo conveniente. Siempre que voy demasiado rápido, en el ensalzamiento de mi ego surge un arrastre de esa humildad a veces indeseable pero por el bien del espíritu, es mejor concurrir a ella; no sea que esa fatuidad nos haga resbalar hacia el efervescente egoísmo. La vanidad hace trastabillar a un buen aprendiz de literato y suele convertirlo en un fanfarrón sin luces futuras y sin  una historia realmente apreciable. Hay una distancia entre el hombre que es bueno en algo, y que no se ufana en ello y el que presume de algo y levanta el cuello por encima de los demás; el primero por lo regular llega a ser un hombre sabio, de sabiduría plena, aquel que llega a comprender la esencia del hombre, es decir, de la humanidad, el otro sigue dilapidando su historia en sus propias nimiedades que son su propio yo interior, para ser y sentirse satisfecho, necesita del otro, para que lo reconozca y así sentirse completo; es decir, depende del reconocimiento del otro para ser, para sentirse más que el otro, pero existe un pequeño problema, en este caso, sólo falta que este individuo cometa un error, un solo error para que la muleta que es el otro le quite su apoyo y este termine en el suelo. Cuando se acude a una tía como la humildad, el otro está dado como una compaginación y entre los dos se sostienen en la existencia, viven intercalados, reconociéndose como necesarios, es un respeto del otro individuo por su valía y no porque pueda algún día servir o utilizarse de algún modo.

El grupo de poetas jóvenes estaba decidido en abrir puertas, pero el cacique de la poesía, llamado “Siglo Pasado” se empeñaba en continuar con su inmovilidad.  Hay que hacer huir del camino de la poesía toda pose mediana, tomar revancha de ese lapso de laberintos con virtudes de compasión y sentimientos débiles, ¡Oda a la burla y a la astucia! Mi idea era dejar entrar en las letras nuestras mayores y mejores mentiras, —La poesía ante todo es engaño y eso desde Homero hasta nuestros días. — dejar que se coronara la astucia como elemento literario faltante, que simplemente el escritor fuera un poseído por lo imaginario, un cínico, el necesario insolente del mundo que hace mover no solo conciencias sino esencias. El escritor como una entidad “punta de lanza” contra nuestros fantasmas, como aquel que es el primero en enfrentarse a nuestros miedos internos, los que diariamente cuestionan nuestro ser en el mundo, o la realidad inmadura casi ingenua que nos representamos.  A los poetas hay que mandarlos a las montañas, allí sí que hay material para incendiarse e incendiar el espíritu, ellos están predestinados a ese laberinto; para ellos será un galimatías, pero para el que los escucha será un sendero amarillo con paisajes arrebolados de metáforas broncas e indóciles recientemente domadas y sometidas, eso será encontrarse con zonas de garambullos rosas, valles chipotudos y costrosos, campiñas estresadas durante el plenilunio. Pero... yo no sé nada, lo único que he sabido hacer es acomodar palabras de tal modo que formen ideas muy bien recamadas. Sí, vale la pena sacrificarse por una metáfora huidiza.

¡Malditos hijos de la soberbia! Estando ustedes frente a mí,  veo que crecen en su adentro, aquellos sus gusanos: kilos de larvas que los acabarán y los pondrán decadentes. Solo sirvieron como carne hedionda para hacer engordar lombrices, desde antes de nacer sabían que su historia nunca fue, turistas abúlicos por la vida, jumentos eucarísticamente dignificados en su pocilga, enclenques timoratos que tipludamente corean su incompetencia, esclavos de los liliputienses, mojigatos de linaje emponzoñado... ¡Solicito el servicio de la maldición a las potencias temibles e infernales: Hades, Hécate, Perséfone!, yo los conjuro  extendiendo las palmas de mis manos hacia abajo y golpeando la tierra. Aparécete ante mi San Policarpo, yo te reto a desobedecer ordenes  divinas y realiza el mal en esta tierra de canallas y pusilánimes, devóralos con el fuego eterno y convierte en sal sus cerebros de mosquito. —Si no me haces la gracia chicotearé tu efigie— Pero...  ¡Vaya credo que me obliga a tener indulgencia hasta con mis propios enemigos!

Llegó la hora en que yo debo cruzar el infierno. Bajo las escaleras. Giro hacia la izquierda. Se rezaga mi sombra y la espero. ¡No me gustaría andar por esos sitios solo! Abro la puerta del zaguán y allí están esos dos perros cancerberos, uno se me lanza y me atasca una tarascada, brota algo de la pierna, un poco más abajo, me doy cuenta que es mi virginidad, ésta huye por la planta de los pies, se escapa dando temblorosos sobresaltos ¡vieja cobarde!  Pero que gloriosa iluminación la de estos aposentos propios de reyes. Y mira esas bibliotecas completas con libros únicos y anatemisados  por las distintas religiones y el conocimiento despreciado encubado en los edificios anexos, y el saber guardado en la memoria de esas máquinas fascinantes. Y allí están en ese hotel todos aquellos autores librescos que formaron mi experiencia literaria, nombres como: Marx, Kant, Goethe, Baudelaire, Freud, Paúl Valery, Nietzsche, Hegel, Kafka, Mallarmé, Tristán, Joice, Benjamín, Beckett, Allan Poe, Víctor Hugo, Rimbaud, Habermas, Vicente Huidobro; Lautreamont, Hölderling,  Verlaine, Apollinaire, Baudelaire Shakespeare, por decir solo nombres. Bueno, estaba muy bien allá, pero yo aquí me quedo, este infierno se ha convertido desde hoy en mi paraíso.

Mi discurso me produce un miedo enorme, es algo que yo como autor no puedo controlar, discurso que se aparta de mí, una entidad insumisa que no puedo someter, que se va, me asalta, descontrola mis gustos e intereses, yo que soy un cobarde me atemoriza la idea de tener algún día que poner la cara por ella o bien salir en su defensa. A veces yo no me considero una persona que pueda crear una hermosa frase, pero ya que la tengo armada, ya que la he leído en voz alta, que la he corregido cuatro o cinco veces, que he sopesado su sonoridad, su sintaxis y la idea bien expresada, salgo con que: esa frase la habrá hecho otro no sé quien, porque está demasiado bien echa. Entonces dudo de mis capacidades, me freno, y le enjareto el logro al vecino o a los dados que ha lanzado algún nomo. Y así sigo frase tras frase, obra tras obra, tan inseguro como los pronósticos del tiempo. Significa que mi proceso creativo dudo que sea mío, y así me quedo, ese es uno de los fantasmas que heredé de cuando jovencito. En aquél entonces, todo proceso creativo es una tontería, son locuras, son babosadas; son mentiras, son inventos (de un modo despectivo), ¿sobreponerse? Mi ego también es muy grande, y a diario lo alimento con jalea real. ¿Alguien quiere un poco de esa medicina?

Las cosas que hice las hice a pesar de que sabía las limitaciones y tal vez las intrascendencias. Una y otra vez luchando con mi pasado, sobreponiéndome ante mí mismo, convenciéndome ocultamente de que las cosas que hago sirven para algo, y hacer caso omiso de los chismes que sisean sobre mi ocio, mi desempleo, mi soltería; en cierto momento pensé que lo importante es lo que queda escrito lo demás es pura basura. Pero también es importante la vida, las cosas que se escapan, lo inatrapable, los momentos que ocurren una sola vez, y en ocasiones esos eventos, difíciles de expresar en letras, los quiere cada quien para uno, queremos no compartirlas con nadie, se convierten en pequeños tesoros o joyas de las cuales queremos gozar interiormente, enorgullecernos de ellas, sentirnos plenos ante tales experiencias, satisfechos de la vida, contentos de haber vivido. En ocasiones, me perseguía una sombra y más que sombra era una imagen. Cuando niño veía al afilador de cuchillos,  era un hombre que cuando trabajaba sobre su máquina no iba a ningún lado, pero sí sacaba muchas chispas. Cuando veía a ese hombre me veía a mí mismo, era mi imagen, era yo pedalendo salvajemente, viendo un horizonte que permanecía estático y el paisaje el mismo; y caía el sudor de la frente, sudando como poseído; y las chispas desperdigándose, como un fabricante de chispas, o hacedor de ilusiones. Me imaginaba ser un hombre cuyo oficio era no moverse, no emigrar, permanecer ante el mismo panorama, pero las chispas que pensaba eran internas, intrínsecamente destellantes; perfeccionando el filo de un cuchillo me veía entregado a un trabajo  arduo y por inamovible poco agradecido.