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Peregrino 8


PEREGRINO EN LA AZOTEA V






E
xplotaba un fragor en el cielo, los tremores eran incendiados por la arribada de material volcánico. El eruptivo sitio se acomodaba muy bien al pensamiento que había fabricado durante las dos últimas décadas del siglo. La memoria se había consumido, esa bodega ya estaba llena, fui a conseguir pero la realización del huracán estaba en su apogeo; tomé la decisión de liberar a la memoria y sólo quedarme con la historia de mis antepasados. Yo sé que el cielo de los mahometanos no es para mí, tampoco su infierno. Me complazco tal águila imperial en los cielos de nadie. Soy un nacer nuevo con cientos de noches y días esperándome. Que comiencen los dioses a combatir, ya no me importa morir para que surja mi vida. El amanecer me acaricia con su bandera hondeando, yo le sonrío y me cobijo en ella. Como un cometa voy desplazándome por esta vida llena de aburrimiento. Hay que ir al encuentro de la muerte si es necesario, con toda nuestra aura indomable. Me encamino hacia una quietud que ya ansío tener, a eso mi espalda se pone jubilosa. Se moldea una esperanza, y luego otra, y así poco a poco vamos formando un futuro con historia galopante.

Sólo yo sobre mis ideas, por eso cada vez estoy tentado a contradecirme, eso es algo superior. La rotación cultivada de mi espíritu se vaciaba mineralmente en la evasión. Cada vez maquillo mi imagen y oculto mi verdadero ser. Eso he aprendido. Voy transparente, casi incoloro, ando ungido por la pulcritud que me rodea, coqueteo con la holgazanería, sus ampolletas hacen que pueda alcanzar al hombre de la mirada furiosa, después de todo, soy una ventana para que pasen las nubes. No tengo otra función más que ser  el cartero de los mundos imaginarios que existen desde siempre, ¡Esos celajes vaporosos! Con una llave no sé de que evito mi torrente, cuando comienza esa gran descarga amilano el paso, freno el ímpetu, aprieto los puños y me los muerdo, la era no se merece tanto aspaviento, ya hay suficientes locos andorreando la vida. Mi genética atiborrada danza un vals y me aconseja cada vez que busco un verbo.

Mi voz apelmazada por el rugido de las fiestas de Diciembre, me dejo conducir, este año me traerán los reyes magos un traje del hombre araña; Entonces sí nadie podrá contra mí. Ya cambiaron la suela de sus zapatos, ahora ellos son los gobernadores de la dirección otro es quien pone a pies los distintos senderos y sigo sus rumbos con bombos y platillos. Sigo indócil con una terquedad santificada, mi deportiva meta se atiene a mis deseos mientras sudo la camiseta. Mis hermanos cuelgan a los hombros costales de carbón mientras que yo ando como pípila cargando un currículo que quiero desaparecer porque me hostiga el incienso y la locura me seduce y Don Goyo tan joven como siempre, fuma entre nosotros la pipa de la paz.

Otros siguen fingiendo y no se desenmascaran porque les estorba o bien la moral o su nombre, así como su constitución de humanos; dejar atrás la vieja piel da un poco de añoranza, pero una vez que se ha meditado no hay vuelta atrás, entonces puedo pensar que piso el siglo con esa luz nueva que es el reorden simbólico, ese que cada quien tiene pendiente en su cabeza, ¡Sí, allí están, esos elementos ahora insostenibles, los ordenes de control que  pueden brincarse, la nueva barbarie en la que nos vemos sumidos, la autorrepresión reconfortante! ¿Ya observaron el mundo yuxtapuesto de gigantes y liliputienses? Entre ambos hay un abismo abrumador, como boyeur atisbo la excreción genética, los seres anómalos, la nueva discriminación futura. Hay una vieja fachada que está cayéndose, afortunadamente sabemos como construir otra, son los mismos materiales, pero trabajados de manera distinta y son las virtudes olvidadas, el sacrificio humano, la moral humanista, la sexualidad flexible.

Me veo afectado por una desgana que recorre todo mi espíritu, como un escalofrío de principio de resfriado, es como el momento de no querer entender nada, de dejar que todo nos circule y nos compenetre sin hacer ninguna resistencia. La comisión que regula mi desgana se asemeja a un colmenar nihilista que quiere edificar sin voluntad, o como esperar que aquello que quiere ocurrir, haga lo que sea, es algo sencillo de explicar, simplemente dejando las manos quietas para que no hagan nada, y atenerse a la simple expectación del fenómeno, a la apreciación del actuar de lo otro y sin tomar partido más que como testigo, pero sin ninguna exigencia o atadura; a mí realmente que me importa eso, me tiene sin cuidado, y si todo eso es nada, pues que siga siendo, no me interesa que sea mejor, que se chingue. Hay que hacer más basura, a contaminar todo, hacer que se pudra más rápido, tal vez así contribuyamos un poco más para que próximamente nazcan cosas mejores o también peores y aún así cambiantes. Hablo y digo las cosas porque para mí se acabaron las oportunidades, ya no las tengo, por eso sostengo mi berrinche, por tal razón lanzo un tronado grito al cielo, ya que mi escándalo no pasará más allá de mis narices, me siento seguro de estos pataleos porque a nadie tengo que pedirle disculpas, ¡Y váyanse al diablo todos los mexicanos!

Que apreciado smog este con el que palabreo mis arrogancias, con qué delicadeza escucha mis tronados discursos, con que desvelo y humildad tiende su oreja al suelo. Me veo como el político pródigo que no tardará en enriquecerse de la noche a la mañana, como el sofista que lanza la toalla frente a Sócrates, como el último de los mohicanos a punto de que un capitalismo encapuchado me despelleje la cabellera y así ésta, mi parafernalia, me envolverá como una hoja de tamal.

Qué más da decir mentiras, luego es mejor no hacerse responsable de las cosas que dice uno. La humanidad como única responsable de nuestros pensamientos, negar que haya sido de humano alguno, el pensamiento que tengo. El filósofo renuncia a sus ideas, se cobija en la ignominia, se maquilla de hipocresía, es el personaje que estaría orgulloso de ser completamente inconsciente, habido de desvanecerse en el tiempo contemporáneo, en el neobarroquismo untoso; Pues bien, he de comentar el largo listado de mis flaquezas, hubo un tiempo que trate de habituarme  a ese complicado ocultamiento, pero después de ejercitar mi desgana, mi dejadez, mi lúcida simplicidad, ya se desquebrajó el caparazón de mi falsa fortaleza y dejo chorrear por litros mis fragilidades. Lanzo al viento el múltiple ropaje que estaba obligado a usar, ese que estaba casi vulcanizado en la piel, aquel que por mis dudas e inseguridades me negaba a desplazar hacia algún tiradero, pero como se desvaneció el futuro que tenía guardado en la cara anterior de la solapa, pues ahora tendrán que soportar mis engreimientos, mis ojos olivados y mi pobre inteligencia. Es el momento de sincerarse para así ser un poco más farsante. Entonces llanamente he de comentar que soy poeta aunque los frijoles y la pobreza que me acompaña me lo niegan, no me desvelo porque soy incapaz de dejar perderme esos hermosos sueños que tengo y que disfruto tanto; soy karateca aunque no comulgue con partirle sin más el hocico a mi contrincante, lanzo blasfemias en la oquedad y luego como el mejor santurrón de la parroquia, rezo el credo fuerte para que todos oigan. Sostengo afirmaciones, se toman por buenas, y luego me paso al otro extremo de la dialéctica para seguir en el enredo  y así de ese modo festejar a solas baile y baile, risa y risa con las luces apagadas. Dejar que las cosas y las personas se acomoden a mis intereses y a mi ojo avizor, soy el boyeur que se alimenta de los errores de los demás, así como de las estupideces que hacemos todos en comunión; y ahora no hago otra cosa que rescribir la misma historia del igual espíritu insumiso, esos que tanto han coreado los años, no los que tengo, esos no importan, sino los  del vecino demiurgo. Es el momento de afirmarme como una barcaza en un mar que es mi historia vivida, la historia que me cuento a mí mismo para seguir siendo algo armado: a puros pesares, a contragolpes e infortunios. La espalda se retuerce en los fuetazos que me da la existencia, así como los que me acomodo yo mismo en deseadas flagelaciones, esos que son fantasmas que me persiguen, me atormentan y traigo pegados como sanguijuelas, así de ese modo me acomodo a existir aclimatándome a este tiempo, en el sitio en el que he venido a caer, a curarme de la caída; veo como mi espiritualidad se detiene y no avanza, correteo las cosas que son del César porque no me queda de otra si es que quiero que las raíces sigan existiendo. En el tórrido amoldamiento a la mexicana, ya no me reconozco, soy una entidad que se ha perdido, he sido una identidad defecada por una democracia mezquina, que no me convence, que me globaliza a puñetazos, pero, ¿Cuándo estrenaremos distintos sustentáculos postizos? ¿Hasta cuando habremos de convencernos de que no los necesitamos? Me asomo a la noche y esa negrura me hace una caricia, comparte mis vacilaciones.

Siguen  pareciéndome hermosos los pellejos que cuelgan del cielo, sigo apreciando la quietud con la que duerme la ciudad de mucha historia y pocos mitos, que siga así al fin y al cabo su ogaño no tiene cabida en la globalización, o sea que desapareció en el siglo XXI y si algo queda… La globalización es una mina que desenmascara sin complacencia, ya digerida da hipo. Cuando comprendí que el espejo que observaba  era la historia y nos reflejaba, los pies se aplomaban confiadamente en el futuro. En mí la hibridez de historia y mitos: cual chascarrillo que pronto no tardará en apearse; sólo ir a emparentar algunos conceptos, desmadejar algunas imágenes y despreciar algunos inflamientos, con eso y ya estará perdido en las masas, buscando soledades, hurgando para encontrarse en el eco contaminado, en el estilo que da vida, hace perder, cobija y arrastra, biodegrada extendiéndonos.

El cielo como que quiere caerse en pedazos, tal vez se asoma por el sonido su verdadera liviandad, suena como las hojas de lata chocando entre sí, al final de cuentas corroboré aquello que decía tanta gente, y sí, en verdad en el cielo revolotean los ángeles.  Y aquí estoy como todo un olímpico moribundo, congestionado de incomunicación y rascándome los sobacos para que mi coquetería no se aburra, me encuentro aquí, reinventando un modo de muerte y haciendo proyectos para el día de mañana, acomodo la cobija, un murmullo apagado se llevan por el pasillo el par de doctores de guardia, la abulia continúa fumándome, esos bueyes de blanco se gastaron mis ahorros; por un lado ya me cansé de luchar, pero por el otro me digo “más allá” a ver la puerta de Breandenburgo, el muro de Berlín, a la Basílica de San Pedro, el muro de las Lamentaciones, el puente de Brooklin la plaza de armas de Guadalajara; a ver las pinturas rupestres de los aborígenes Australianos, así como el palacio del Maharajá en Mysore. Sí, más allá de este guheto de enfermos  y desahuciados, más allá de estos sueños incumplidos. Un lunar en la pierna crece, el otro está en la nalga, me confieso perdido. Ya terminé por lamer todo el calendario y mi desacralización se llevó a cabo desde  la lengua.

La mañana ha amanecido muy poética: el rocío terminará por evaporarse, los chiflidos del lechero despertarán a los perros, las abejas soñolientas han comenzado a circular frente a mi ventana, justo a saquear el néctar del árbol de enfrente; las cortinas de los comercios iniciarán con sus ruidazos justo a las 8:30, las ambulancias empezarán a traer al hospital heridos y accidentados en horas inesperadas, los coches desde temprana hora arrancaron por vomitar niños frente a la escuela y así como los escupen, se marchan. Cada vez la ciudad vocaliza sonorizaciones intangibles e ininteligibles, aguardo pensativo a que lleguen cosas interesantes, cosas que pueda yo decodificar. Es la ciudad borracha de sol, gótica y moldeada de ruidos, desentrenada, convicta de albores cotidianos, va bebiendo cotidianidades como si saboreara un refresco. La noche se engulle algún lamento que pudiera pronunciar: los quejidos, el murmullo callado, el aura gutural del leve suspiro. Ando amedrentado por esa negrura aborigen, como nieve que hace murmullos en las calles de Cuahutémoc; todo ello me llega a mí como una golosina acidulada  con envoltura ruidosa. Después avivarán los motores. Como un chicle a despertar bien masticado de sueños, como campeón del escapismo me he bronceado en el África meridional. No hubo corbata para el distrito al que me he dirigido, Satanás estuvo acompañándome.

A la mañana volveré a caminar al trabajo, de nuevo con el estómago vacío y mis ideas llenas de sueños parcialmente dormidos; esa tregua me dará de comer, las urracas seguirán con su graznido en la misma dirección. Al anochecer andaré con la espalda partida, con dolores como agujas punzantes, algo despeinado y sudoroso aparte del espíritu fragmentado en trozos como rompecabezas, como tijereteado con herramientas de pollero, pero a pesar de todo ello, seguiré teniendo una sonrisa plena, como si Dios estuviera asomándose a mi paso, como si Él estuviera más convencido que yo de las cosas que hago; o sea, de las locuras que me corretean. Dejé mi pasado totalmente manchado, costroso de candideces, ahora yo reclamo mis adversidades por los tumbos que he dado por la vida, el pasado de cada uno no debe ser  como las partes nobles de las cuales no se deben de tocar, hay que sacarlas a la ventana para que sedimenten su sonar. Ya me acobardé  a seguir escribiendo letras, mejor voy a contar números. Y así ovillado, contando cifras y parcialmente lagañoso, con las rodillas tronándome de tan viejas y desnutridas, continúo mi sonambulismo en los brazos de la resistencia. Yo sí tengo pelos en la lengua, y cada vez me crecen más, se me escurren como cascada por fuera de los dientes, lo menos que puedo hacer es ser hipócrita. Desde que la prudencia se me apasiona humosa, yo rejuvenezco como secreción húmeda de colegiala. Tardíamente me he convencido de esta yuxtaposición actual de mi pasado con mi inobjetable futuro. Quiero atragantarme de existencia pero esta se me da por gotero. Soy un naufrago tlaxcalteca sacando la lengua para degustar la sabia de esa gota tan preciada, esa tan exclusiva que sirve para atarnos a la vida compacta.

El puto estaba emperifollado de alhajas, sus manos eran unos cangrejos brillosos y neobarrocos, como todo un closet de bisutería muy pintoresca y un tanto folklórica, me enamoré de ese bello espécimen, él era un diablo ofreciéndome una manzana, como serpiente de paraíso, una flor para un amante sumiso, mi niña, pequeña camelia, rododendro, jazmín de mi barrio. Él es dragón nocturno que ha comenzado a diseminar su fértil origen.

Llegué justo cuando terminó el camino, entonces empezaron todos a gritar pero como no tenían sentido de crítica  poco a poco se acoplaron hasta hacerse un murmullo, como de moscas zumbando. Se miraban unos a otros pero como nadie tenía ideas, algo así como comenzar a construir un sendero, pues se quedaban como estatuas de chocolate, como esperando a que el sol de la naturaleza, las derritiera e hiciera de ellos algo cambiante. Sé que el primer escalón a la luz está en las tinieblas, ellos no querían dar el primer impulso, les faltaba esa voluntad cíclope que nace de adentro, y ellos contestaban: “mire este tiempo señor, se ha enanizado” los miraba hacia abajo, la perspectiva que tenían me causaba cierta ternura y les contestaba: “Si se puede comenzar así, se puede terminar del mismo modo”. Miré la contigüidad de embrollos  en los cuales andaba pellizcando, y luego me lavé  los dientes muy concienzudamente con pasta mentolada, para por lo menos dispersar el amargor de la boca.

Se me apareció algo que desde hacía mucho estaba necesitado y era mi codicia, me la guardé  en una bolsa del pantalón, el bolsillo empezó a inflarse como pez globo, eso movió a herirme con sus espinas en la carne y cada vez penetraban hasta el mismo tuétano a tal grado que luego ya no tenía consuelo ni relajación, introduje la mano y sentí de inmediato la caca, era pegajosa y espesa como vómito de borracho, me apresuré a sacar la mano, pero a como iba sacándola me iban creciendo las uñas como roña de perro. La bolsa había crecido en forma de saco e impedía  una movilidad sustantiva como para que mi existencia  fuera enriquecedora. La codicia era algo así como aquello que se te sube y difícilmente te deja, como el color de la piel. La codicia hacía muy bien su trabajo. Sentía las piernas ceñidas, los miembros entumidos, la piel rosada y eso me hacía suponer que había caído en una desgracia; escupí al suelo, luego embarré  eso a la tierra con la suela del zapato, sentía que había dejado atrás todo espíritu ecológico; la hipótesis era que como ya no había ninguna  relación sentimental con los objetos, esa tal sensibilidad se había perdido, pues ahora solo era el tiempo de maniobrar el interés que va siempre hacia el egoísmo de cada uno.

Levanto el botecito para que me socorran con unas monedas, tal vez el próximo año pueda merecer una cena de navidad. La esperanza muere al último. Ya le di de comer a mi futuro, el día que me aguarde será de rayos de sol sobre las hojas de los árboles, o el sol por sobre mis cobijas; en conclusión, abreviando al máximo: costillas rotas en estómago vacío. Cabeza aparcada en el estado de Tlaxcala. Tengo la vanidad distribuida entre las greñas que me quedan y el hombro algo gélido viendo al sur, con ese par de cosas, me doy a la tarea de dudar en donde estoy, dudo de muchas cosas, me atraganto de dudas, me calcino dudando. Me gusta cuando mi cabeza no tiene preguntas, carece de cuestionamientos, me gusta cuando no tengo que cosa preguntar, cuando no tengo interrogaciones, cuando las dudas se han extinguido. Como no tengo preguntas, mejor me duermo. No hay para que llenar esa tipografía donde no hay nada. Tal parece que industrializo la incertidumbre, la reinvento, la multiplico, la exploto para hacer un libro. Soy un vil y un mendigo que pide limosna con su botecito de lata todo mugroso y oliendo a central de abasto.

Ya terminé de armar la estructura de mis sueños, llegó la realidad y no entiendo en lo absoluto, no sé que hacer con ella, no armo nada; además con el estómago roto de hambre no va uno a ningún sitio, lo único que puede hacer uno es cavilar sobre la eternidad de las moscas zumbonas. Los aires de la existencia me resultan tal cual un cucurucho muy divertido y ante la realidad soy chico fácil, ella, me coge que da gusto. ¡Vaya intercambio de fluidos! Sigo adornándome con mi letargo ancestral conocido por todos, algunos bostezos, las manos calientes y dormidas, los ojos soñolientos y el cuerpo hecho un fardo de huesos y carne; Además, tengo la espalda adolorida, los ojos de sueño y no quiero despertar de mi abulia. La esperanza me ataca a dentelladas, la nada con un leve vuelo cimbra en el cielo, puntilloso pongo el cuerpo para que el anhelo hinque los dientes y forme retazos. Las venas reverdecen en el descampado dorso y más allá justo en las uñas la convexidad  juega a la resbaladilla. Llegó la hora de que un hombre como yo se acaricie las piernas, con las puntas de los pies sumergidos en las cobijas; he de confesar  que dormí con un oso  de peluche entre mis muslos. Salta el oso y saludo a la inmediatez que me persigue como si fueran voces de las masas o de la conciencia crítica. He columbrado algunos espejismos. Hay un gallo y un perico que se hacen beneficiarios del rocío gélido de la mañana, sus cantos hacen nupcias en mis oídos. ¿Ya se fijaron cuanta sustancia se ha chorreado? Y yo aquí dentro de mi pecera, que hermosa existencia ingrávida. Me pongo en buena posición, cómodo como un alfil en descanso y divagan pensamientos como barajas. Subrayé una idea y un atisbo en la testa parietal izquierda, me resultó algo diluido criollo e indiferente, como bibelot de narcotraficante. Sigo con el temblor incesante, las ambigüedades me agandallan. La gravedad me chupa la estatura, se la bebe como vino santificado en plena cuaresma. Parece como si tuviera chile en el cerebro, siento un extraño cosquilleo, como demasiado electrificado, y en ocasiones esa acumulación en el cuerpo causa escalofríos, una palpitación constante, insistente sobre las venas, las corneas se someten a un breve temblor que hace delirar a una visión turbia cargada de centelleos vertiginosos. Mi vértigo se obsesiona en un alcance laborioso, yo lo dejo que se vaya pues sé que su hacer es estéril.

Llegaron los años  en donde la economía empieza a brillar y los hombres a opacarse, ya cayó el rocío a este pueblo, falta que el sol deje desmoronar sus rayos sobre este caserío donde su historia rica no puede hacer que sus hombres actuales se despabilen, tenemos conciencia de la fragilidad de los grandes relatos del mundo, por eso es importante trabajar sobre un reorden simbólico donde la maternidad se ajusta a los parámetros de existencia de la humanidad, es decir, un crecimiento humano responsable, con estrategias que impulsan la vida a lo mejor posible... pero, ¿Puede el ronquido de un japonés provocar un aironzazo en Tlaxcala? Creo que de eso se trata la globalización.

Entre canas e insaciable calvicie atisbo la modernidad que como nieve me hace tiritar. El consumo y la globalización son falsas utopías sin horizonte histórico, prefiero comer frijoles, quelites, entre otros amabilísimos comestibles. Estos son los elementos: el espacio en el que vivo, la temporalidad, la abúlica fantasmagoricidad social en la que convivo, el tianguis global; Por tanto, ahora entiendo: me muevo en la misma dirección que los comerciales. Sólo hace falta  formular el imaginario colectivo internacional, conformar ese fruto, parodiar mis carcajadas centrífugas. He de continuar con otra cosa antes de que se me acabe la carcajada que me acabo de provocar.

Voy por estas diurnidades contando mis días, recorriéndolos como calle avecindada de putas, no sé si tú, hermosa de la calle tendrás por allí guardado un poco de aire facial, y luego no sé como pero salí encontrándome con esa suntuaria niña que me miraba desde la carpeta asfáltica. Voy escaneando mis pasos para que  me acuerde de esas imágenes antiguas de olímpicos huecos. Siento la planta de los pies muy paseada, ambas parecen un par de turistas novatos. Mi sombra se cobija en las palabras: son como pedazos de hojalata que quieren armar la covacha. Me incliné para levantar un poco de herencia geográfica, me truenan los tobillos y no encuentro el borde aterciopelado de mis raíces. Los vapores de mayo, como criados indóciles se pasean entre los días nublados. La geografía revolotea maloliente como callejón insano de New York, mi inclinación fue tal que las vértebras dieron lo máximo hasta formar un cucurucho, un cono, como el mapa de México decantando hacia el norte.

El continente que me corona babea una época insulsa, de a tostón, el treinta por ciento de ellos tiene cansada la planta de los pies. Quiero pasarme entero su jugo, dicen que sabe bueno sobre todo por su democracia. ¿Han observado como lo muevo y lo desvisto de una manera de lo más hermenéutica y posmoderna? Acabo por empezar a desabrocharme la  dentadura, aquella salomónica mansedumbre la he pisoteado con verdadera complacencia, y el continente timorato hace su mayordomía en el tianguis mundial. Ruge su ingenio pero yo bajo los brazos en gesto de infraestructura, pues soy apenas un querubín de cachetes inflados. La desparramazón diamantina ha sido una subasta tramposa, se da anómala, iniciadamente rota.

Pasó cerca el zumbido del fantasma, y rápidamente alcancé a decir ¡anda ven a consolar mis sueños! Una mirada tubular me agradecía el despojo que había puesto frente al ente encogido. Entonces me dije: bueno pues, ahora que ya estoy amedrentado tú que eres de alguna manera una forma de policía puedes ahora obrar de mil maneras  sobre mí —llegó el fantasma  a decir que él no entendía nada de la política, que él lo único que quería hacer era pasear por la rivera de algún enjuto riachuelo feliz y en día domingo.

Sentado con la pierna cruzada, con el aspecto de un conquistador, con el pensamiento un tanto coqueto como quien quiere apachurrar a alguna muchacha descuidada, me encuentro dentro del sitio de los grandes sabios de la literatura, observando y escuchando sus disertaciones, se aprecia el hambre que tienen que son capaces de comerse al vecino de junto. Ante tal contexto poco a poco se me va agenciando la cultura. Este universo es de puros cintas negras y para que no me vea en desventaja y este juego sea más entuertado, me acomodo en esta silla predilecta y luego los ninguneo aunque estén en el estrado para que sientan feo. Ellos dicen que no sirvo para nada y he de demostrarles que tienen toda la razón. Poco a poco nos vamos entendiendo.

¡Hea aquí! Me veo masticando los colmillos de los terrícolas y ellos remediados en un hedonismo testarudo, estoy manifiesto en hollarlos hasta que se me escapen las gotas de sudor en plena y descampada frente. Los terrícolas se han posesionado de esas flores mañaneras, creyendo que son los únicos  que pueden apropiarse de ellas. Todos han pedido misericordia, su ofuscamiento igual que su historia se ha atrasado porque han sido conquistados  demasiado tarde, y porque nadie los ha guerreado verdaderamente. Ahora chiflo para que salgan de las cañadas, para que se dejen ver entre los matorrales, para que salgan a la descampada a mentarme el enigma que traen en sus raíces. Voy a tratar de extraer sus esperanzas falsas. Tengo mi puño cerrado y voy a descargarlo en algún sitio, y que sitio no es más acogedor que ese.

Tengo mis manos roñosas y no tengo otra voz más que ésta, me he compadecido demasiado tarde, y ya eso no sirve de nada, verán que mi palabra tiene pegada la razón por un largo tiempo y no hay modo de desarticularla de manera sencilla, tal vez porque no quiero cometer los fallos del automatismo. Soy vaporoso como las flores de las begonias en plena primavera, ya me creció el mal del pinto, mi tronco ya serpenteó y no lavo la ropa sucia en casa sino que la presto para que todos la olfateen a complacencia. Lo  siento mucho pero ya me voy a trabajar, allí los dejo con estas letras inútiles, no cabe duda de que son unos ociosos hasta el tuétano, voy a hacer creer a mi genoma de que estamos sanos y aliviados; voy también a engañar a mi genética para que se conecte en entramados muy avanzados y complejos y luego a salir corriendo como el mejor de los seductores. Me vendieron un panorama falso, que se percibía tibio y pesado, como sabrán la mantequilla no es mi consistencia; ya me encontré con mi verdad y ésta es totalmente opaca, por eso afirmo el esplendor de la incertidumbre que me campea. Voy por la vida subido en una comedia, ¿Qué paisaje puede haber si voy enconchado conmigo mismo? La temperatura se mide por los cantos del gallo y por la velocidad en la que me voy desnutriendo, o sea que si mi estómago gruñe de hambre es porque ha amanecido, entonces es la hora de salir corriendo a perseguir el otoño. El estómago ya está suficientemente encallecido para soportar el hambre y las penurias. Alguien me castigó para tener el hambre siempre de frente, persiguiéndome como borracho rijoso, ante tal empecinamiento, bajo la guardia y dejo que me tumben los dientes de un certero patadón en la quijada.

Es tiempo de no esperar a nadie, de irme así conmigo mismo, hacia el horizonte que me persigue, a un encontronazo bien templado como una carrera de cachorritos torpes de patas, me he avecindado más voluntarioso porque lo otro no me convence, me aburre. No he medido mis pasos, el aire en la cara revolotea mi cabello, en el cielo hay pedazos de cielo que ni se conocen ni se ajustan. He llegado a determinar cuan cerca estoy de  perder mi pedantees, cuando voy por las calles, asomando mi cara de pordiosero. No me acuerdo muy bien, pero por allí he dejado mis pasos, en distintos sitios he marcado mis huellas, he rejuvenecido según como se han ido, mis pies han rozado el pasto recién regado y ha sido una grata frescura. Y aquí, en estas calles andan llevando el ritmo de la prisa, de la celeridad, es la arritmia propia del accidente, andan la mayor parte del tiempo con las neuronas dislocadas. La gente de las calles toca las puertas, busca personas, comercia algo, se entretiene y sin embargo parece que no va a ningún lado. Hay una tormenta de frivolidades en el exterior, se está vitrificando como ventanas barrocas de catedral y todo se va y regresa, con el aironzazo cargado de mensajes. Que hermoso paisaje el de las mil cabezas y centenares de ecos, todos esos aspectos me miran y yo les miento la madre.

La noche se está despellejando en tonos blanquizcos y mañaneros. Observo la goma de maná que se apelotona entre las montañas, ante esa sugerencia me detengo pues ya tengo armada la noche que necesito. El aire se despostilla en los acantilados y queda  extraído por espectros de soplos diurnos. Desde la tarde enloqueció la temperatura. Las nubes pasan arrastrando los pies como toalla sanitaria sobre clítoris exhibido. Tengo ganas de algo así como de ocultar mi mente entre los tallos de los crisantemos, dejarla allí como un tenue efluvio que le hace vapor y la alimenta de fresca humedad. Que fácil es mover las manos y no pensar en nadie y no pensar en nada. Cargo elementos que fabrican la incertidumbre. ¡Ya llegó la ansiedad  a volar como papalote! De inmediato quiero despegar al sitio donde se asoman las naranjas entre las ramas verdosas. Como artista, me han derrotado los medios masivos de comunicación, aún cuando  todavía no intento nada. Me he acompañado de un arte que salva a los vivos de la misericordia de la decadencia. Mi obra es un pequeño bebe que alimento y paseo desde Manchurria hasta el Indostan. Me asomo también a las pestañas que están chillando de emoción, así como también me asomo a ver el perro que se lame la cola y orina las jardineras, es un ser cuya felicidad muchos envidiarían sin contemplación. Ante eso, bebo la tranquilidad que me socorre desde la bella e histórica altiplanicie. Ando buscando desde esta pose de citadino amaestrado algún chamán para que me ayude a superar mi nihilismo; la gente tiene razón al deprimirse y despertar después ya cuando el sol hizo la recogida de oportunidades. Escupo azarosamente  en las encrucijadas para optar por una dirección, oigo que me truena un ligamento y que rebota entre las fibras como liga de bongi: soy alcalde del infinito.

Llegó la hora de orinar a los transeúntes, de gruñirles a la cara para intentar ganarme un territorio en esta vecindad mojada, y claro, sería mejor y estaría más cómodo si edifico una empalizada de troncos para poder ladrar desde allí a mi gusto, pero me equivoco y son otros los que hacen gruñidos frente a mi casa, me acomodo para continuar en este circo de  maromas  y de teatros. Y sigo aquí en una vida difícil suficientemente hambreada; luego les explicaré concienzudamente porqué gracias a tales reveses necesito de una pila para poder levantarme de la cama. Mi cabalístico consuelo hace  un rellano en el horizonte, ya mi espíritu ha aprendido a manejar el requinto de la época. Para los días que vienen tendré un horizonte muy sonriente puesto que el aire de la ciudad sabe que vivo en este mundo, ¡Qué placentero es vivir entre los pliegues sociales! A diario he de hacerme fuerte con mis fracasos. Figúrense que necesito más de un descalabro moral para que me sienta bellamente acomplejado. Pasan mis yagas a todo vapor por el camino sinuoso siguiendo a unos planetas que vinieron entre semana a saludarme, pasaron los topes en invierno y luego siguieron su camino, ellos regresarán el día en que se apagará el sol. ¿Pero hoy en la actualidad, cuando apagaremos la luz e iluminaremos nuestro destino?

Me rodeo de una decoración singular, es la ropa sucia, las cajas donde se guardan las cosas, los trebejos, el espejo pañoso, la mortecina luz que parpadea dentro del ovalado biombo; las sombras chinescas se joroban incómodamente y de manera ingrávida sobre los objetos. ¿Qué más puede encontrarse en noches tan claras como ésta? Después de la tormenta, ya que ha amainado la tarde, continúan algunas gotas tardías que  insisten en terminar de hacer su trabajo. Los grillos, las ranas y las gotas más perezosas que caen al final de la llovizna nocturnal me ponen soñoliento. Los truenos van y vienen como si quisieran  dar consuelo, y ahora que ha terminado de llover, me dispongo a robarle el bolso a una viejecita, tal motivo hace que las bromas se me caigan de las manos.

Pronto me voy a deshacer de la sapiencia, esa que traigo como musgo, me convence estar más bien un poco descerebrado. Casi me veo ya en el barrio eucarístico con la astucia propia de un bistec, con mi cerebro encapsulado en una corcholata... ¡Pero cuanta sustantividad hay en estas palabras enfangadas suntuosamente! He de orientar mis cabildeos. Hay que andar siempre persiguiendo el  equilibrio, ir tras él aunque nos esquive en la próxima interconexión. Y allí voy caminando sobre la crueldad, dirigiéndome a casa, siguiendo el camino amarillo. Voy a recolectar un poco de fruta de la que hay en las carreteras, de esas, de las que cualquiera puede apropiarse, y son palabras, oraciones discontinuas: me salen plumas por la garganta, y un par de zopilotes también. Escribo estas cosas y aún no se me han roto las manos, significa que podré seguir haciéndolo para así poderme quitar la seriedad que alguna vez se me quiso quedar pegada, así, como un panal de palabras con espíritu de equilibrista.  Voy por la vida esperando que las palabras se fumiguen unas a otras, las provoco para que se claven dagas entre sí, nada es más esplendoroso cuando en ese combate ambos salen perdiendo una parte de ellas, y yo me pongo a recolectar esos elementos desperdigados, son emblemas escondidos en lo profundo. He de introducir la mano en la palabra y arrancarle algunos resortes, como sacar las vísceras de un animal recién muerto, observar el vaho que emana y se desperdiga en el espacio, así es como las palabras pueden dar consejos, aparte de degustar sus infinitos; además, la oración más singular  es la que sale a golpes de inocencia, aquella que cuesta tanto por ser y estar en las simientes y en más de una ocasión hay que volver a articular nuestro espíritu infantil o dejar de acobardarnos ante el gentío de la literatura mundial, pero así me llueva lava no me moveré de mi guardia. Algunas ideas llegan cuando tenemos la mente desocupada, cuando se insiste en ser un parásito de la sociedad, hasta el mismo momento en que uno mismo se considera una tiña difícil de sanar Es una guerra conmigo mismo, con las palabras, lucha intestinal de la conciencia: la palabra y sus símbolos, el verbo y sus significaciones, a lo que voy a esta guerra es a perseguir a mis futuros mensajes y a desenvainar mi espada para que ninguna palabra me salga al encuentro. Me chisporrotea en el ojo un cometa verbal que va y viene en una serie de estructuras metafísicas como un caldo de cultivo. Parece como si verdaderamente las palabras tuvieran un lugar a donde ir, pareciera que están seguras de lo que hacen pero no es así, dudan y trastabillan, traquetean su existencia igualmente penosa como la nuestra

Esta es la poesía poderosa, aquella de la cual todos nos queremos embarrar de algún modo, porque vive pegada a la vida cotidiana, aquella que coexiste de hambre del día de hoy  y se desampara de las esperanzas del día de mañana. Con las manos de un matacuás continuo mis desavenencias, pues bien, como les iba yo diciendo, nada más con cargar a la virgen se me cae el suspiro, pero lo he pensado muy pausadamente, considero que algún día dejaré de nombrarme, terminaré con este hipo al que he hecho desbalagar sin ton ni son; Con cuanto confort me sentiría al ya no sentir el peso de tanta letra tarada que he tirado por los caminos. Es como cuando alguien toma un bastón que ante los demás le da un carácter, ese bastón nadie se lo da sino simplemente el bastón crece como matorral en sus manos o como alguien que en un carnaval le toca ser el rey feo simplemente porque estaba en ese sitio cuando arrancó el desfile, lo más difícil es cuando te das cuenta de que ese sitio y cualquier otro es lo mismo, los sitios no tienen la menor importancia. Cuando uno llega a dicha madurez ya no piensa uno en comerse al mundo.

Ando en esto, construyendo los sueños de otros porque los míos no funcionaron, y  aquí  desde esta pose, juego a ser el incomprensible. He de utilizar como pretexto mi muerte temprana para desatar mi locura heredada; pero mientras, me lanzo a un dance con el sonido fantasma. Con cuanto dolor voy acarreando mi existencia por este sendero que se ve derecho pero que en realidad esta demasiado torcido como la psiquis que me ando cargando ahorita. Porque suelo ser para los demás el testigo incomodo, la entidad que estorba, el sujeto que desacomoda las ilaciones y entretejimientos, el objeto peligroso, el animal que anda sin mecate, o el aire insano del cual todos huyen.  Pero de todos modos; gracias.

A hurtadillas suburbanas mantengo mi equilibrio, la vivacidad que mantiene un insecto al vuelo entre los rayos del sol así es como este indio que soy mantiene su secuencia con fervorosa hilaridad. El aire de la mañana tiene entre sí un bocado exquisito, el buqué de un trabajador de minas, el soplo que refrigera a un termitero, el primer viento  que mueve a un barco en vela en un mar muerto incluso de suspiros. Este halo me contiene: las luciérnagas que aparecen a las once de la mañana, la huella que deja en sus indumentarias el desarrapado, la hermosa cara de un criminal recién muerto, el nutritivo afeite de una diosa lasciva, la quietud del sepulcro de un santo.
Me fui caminando por el camino pedregoso, cuando la luna ni sus luces y las curvas pendencieras e insistentes querían lanzarme fuera del camino, allá por los matorrales por donde se escuchan los grillos, ranas y sepa Dios que otras sabandijas maléficas, creo escuchar a un nagual medio deficiente, aquello me observa sobre los desconocidos cerros, yo no espero nada; La sangre sigue corriendo con vivacidad pendenciera, las espinas del camino parecen monasterios sobre el paso de los gigantes, el esplendor de un avión se opaca tras la nube que guerrea contra los escarpados allá en lontananza. Si, sí me he tropezado, me tropiezo tantas veces como sea necesario, me he reventado la boca varias veces, el pellejo que traigo habla como mapa de raspones, cortadas y quemadas como una corteza de eucalipto al paso de décadas. De la vida, he disfrutado de su arritmia que he recorrido como un doloroso penitente, de los trastabíllelos y traspiés sobre el tezontle mal puesto, de las máscaras de juguetería  que pululan en torno al calcáreo monte, de la pólvora silvestre que cae en este verbo Edgareano.

Lisonjeo mis pertenencias con muy poco entusiasmo, allano sus mediaciones con frescura aterciopelada, los cartones, la madera, los distintos tejidos de tela, los plásticos multicolores, el vidrio pañoso y los metales lisos e insensibles; todo ese avecindamiento es permanente, la complicidad congelada en el sujeto, ante ellos descubro mi liviandad, me sorprendo de cuanto me parezco a ellos, de sus semejanzas con el interior  en el que ando navegando; nada sigue cuando nuestra personalidad está reflejada totalmente en los objetos en donde nos vemos envueltos o sea cuando nuestro contexto inmediato, aquello que tenemos a la mano nos hace transparentar la interioridad hasta desnudarnos y quedarnos vacíos según el grado que ya hayamos alcanzado, en este sentido las religiones orientales  me dan la razón al ir del ser, a la nada, de lo lleno a lo vacío o sea esa complejidad in entendible para los Occidentales como lo es el abandono del yo que sería el último paraje del sujeto. Lo animado e inanimado se confunden y se traban, yo mismo voy de este al otro lado, canturreo ambas tonadas, sin embargo dicha fenomenología peregrina no quiebra, al final de cuentas no se vence a sí misma, queda incompleta. El ser partícipe con el objeto no lo es todo; una buena parte del tejido entre ambos viene de la imaginación, de esa entidad en buena parte despreciada, pobremente potenciada bajo los escarnios  de nuestros fantasmas, los prejuicios heredados de aquí de allá y de todos lados.

Hoy he tornado de nueva cuenta hacia mí, he visto el mismo polvo en mi interioridad, aquel que por dejadez he vuelto a dejar en el mismo sitio; he regresado a regodearme en ese seno naufragante que me hace resbalar hacia esa libertad abrumadora, libertad que me parte el hocico porque no sé que hacer con ella y que me provoca vómitos sólo de atisbar los colosales abismos.  El alma ya no se alivia ni sentándome en un bar, la carcoma a cundido como un aullido limpio en desierto, ha sido desde hace mucho tiempo una costra imperfecta, permanentemente resanada. Voy aquí y allá disfrazando la comedia que he de protagonizar segmento a segmento, uno a uno ante cada uno y ante mí mismo; aquí y allá, extendido en este cabaret existencial como un crucigrama irresuelto y permanentemente en crecimiento; Los esfuerzos continúan con su tesón a desfigurarme, alteración que persigue igualmente esta modernidad maniática. Aún sigo siendo un aprendiz de esta actualidad de pesadumbre. La economía de mi bolsillo sigue sorbiendo el color rojo de los números flacos que todo economista desprecia. Tengo miedo de la gente que mueve el polvo de la banqueta, esa que ha perdido sus ilusiones, aquella que busca horizontes caminando entre las partículas de la contaminación y tengo miedo de estar en el mismo sitio con mis pasos haciendo lo mismo. Cerca estoy de pensar cuan caprichosa es esta actualidad mixta donde se mezcla esa cuestión dolorosa de ser humanos, y esa otra cuestión de ser en parte animales. El dinero me detiene con una gracia inconfundible que si no fuera saldría corriendo como asno sin mecate.

Cada vez cae mi voz por las cañerías de esta ciudad de poco destino y sí mucho color azulado en sus montañas, persigo el infinito con un pantalón desajustado de la cintura, me sueno la nariz cada vez que aparece por estos lugares la creatividad que como un pez blanco he de ensartarlo en una neurona o en un bite previsto para ese disimulo. No voy a repetir de nuevo lo que siento por los literatos anodinos, me da pereza tan solo referirme a ellos; y aquí vamos de nuevo surfleando en letras de selva virgen, eliminando mis condiciones de letrado donde cada sentido me llama a su paraíso.

Soñé un día al hombre que soy ahora, desde entonces se confunden mis sueños con aquellas realidades que dejé en la historia, sepultadas  en mi pasado; ¿Cómo pude pensar que este sueño que soy ahora era lo mejor? ¿Cómo iba a saber que aquel sueño era un sueño enano, el de un liliputiense? ¿Cómo iba yo a saber que el sueño pudo haber sido más grande y que pudimos haber crecido juntos? Ante mi rostro giboso, con las ojeras de un desahuciado ahora miro y sueño al que fue ayer, para así poder o aunque sea intentar regresar a aquello que fui, de reencontrar a aquel que soñó.

Llegó la hora de que derrame unas lagrimas ante los demás, me uniré a ellos para sollozar por las vidas que han culminado y que habían sido los testigos de nuestras vidas, las entidades que nos sostienen. Los fundamentos que dan sentido a esta vida que llevamos pesadamente. El viento lúgubre pronostica una soledad más continua, voy meciéndome en esta realidad que va cambiando y que me cambia. Los globos de seguridad ya se rompieron,  ahora olfateo el retraimiento inmenso que me acompaña y que permanecerá por largo tiempo.

Ya amaneció de nueva cuenta mi pesadumbre, y he aquí que he  vuelto de nuevo a mis antiguas congojas; sí, aún quiero continuar a pesar de aquel vacío que me ha dejado la noche. Mi espíritu ha emprendido hacia una nausea que me devora y que sigue sembrando en mis pedazos la desconfianza ¡Ya no quiero seguir luchando!  Quiero terminar vencido como trigal después del ventarrón. Se sigue aclarando mi intención, esta, la que promulgo, en este vacío que me divaga.  Nada, absolutamente nada en el murmullo que se recostó en la noche, que me guió hasta este amanecer demasiado viejo como para que nazca de nuevo, pero, me pregunto: ¿Cómo sobreponerse a la pose del que ya no tiene ni tendrá ninguna gloria? Comenzar a contemplarse como el muerto, que simplemente llegó a serlo sin causar ningún desacomodo; y es que ya goberné la utopía de mi destino y el destinatario se rió de mí, él me invitó seguidamente a la desdicha, al continuo desenvolvimiento por estos malabares. Es sobrecogedor como voy quedando sólo de oportunidades, sitiado de la suerte, ofrendado al dios del ninguneo.  He perdido todo interés  por continuar con el espíritu borgiano, sólo yo sé sobre las grandes  satisfacciones que me ha dado, este hecho a nadie a convencido mas que a mí mismo y estoy seguro que a mis setenta años disfrutaré ese periodo tan hermoso, no significa que he de clausurar ese interés, sino que es el momento de llenar de nueva cuenta la mina que he vaciado a lo largo de este periodo.

Por el momento, no tengo ningún interés en seguir en una disertación sobre mis desilusiones, no se me ocurre otra cosa más que tallarme los ojos y cuando estaba así, se me subieron las hormigas una vez que ya me había orinado la incertidumbre. Trato de desangrarme durante estas continuas diurnidades para ver si así mi existencia sabe un poco mejor que el día de ayer; nadie puede negarlo, soy bueno para sortear los caminos pero termino con un jaque mortal que es la vida misma poniéndome a prueba ¡aja! Me he señoreado en esta pose de rey que anda a hurtadillas, escondido de las luces de neón, de las sillas por sobre el estrado, y estos diarios placeres de la vida los empleo para seguir escogiendo mis destinos  por siempre perseguidos, y es que mi destino será cada vez más aplastante y tendrá la misma hambre de ahorita, la misma hambre de un desarrapado. Gorgorea en mi interior el espécimen divino, engendro llamativo que en espirales araña los intestinos y mientras eso pasa, me convenzo  de que mis ideas aún se fraguan y sin que yo lo sepa. ¿Quien no ha hecho oleajes para hacer que su voz se haga un péndulo y mueva el tiempo? ¿Que no acaso alguna vez fui complaciente con mi criollo desarraigo con la tierra, con el mestizaje con el que me habían comprometido? Me han puesto un puente para que tanto yo como las nubes nos acomodemos a viajar de una manera de lo más singular. Los ojos de mi dios se parecen a los míos, tienen el fulgor de la fiereza y el temperamento de un ser salvaje.

Mi ingenuidad se fuma un puro y contempla bienaventuradamente mi caída hacia el abismo infernal de la malicia. Con que facilidad se distribuye a los buenos y a los malos, la maldad y la democracia, pero, tal como lo predije, los mensajes que llegaron hicieron temblar al mundo, las imprecaciones que surgen de la media luna, del tigre del desierto; serán sólo un legajo de las enormes acciones por la fe. Hemos de construir tumbas hermosas donde hogareñamente nos apretujemos cientos de humanos, a dormir en un sepulcro de mármol y oro. ¿A dónde hemos de pedir más que este amado consuelo? ¿Qué cosa  espera alguien que se la pasa destruyendo la casa de los demás?... seguramente la destrucción de la suya; porque recordemos que alguna vez dijo alguien que diente por diente cobraríamos, cada cosa en su momento. Uno de los ardides que impera  en la actualidad es la falsificación de las fortalezas, la sequía pronta de la seguridad inflada, el arraigamiento fructífero de las viejas y nuevas venganzas, el descobijamiento de antiguas rencillas que hoy son nuevas y fieras batallas, por eso mi diario acontecer se rasguña con la ferocidad del afgano y con la estupidez sosa del anglosajón. Pero ¡qué horror! La campaña de los desesperados, aquellos que sienten que se les ha desmoronado sus cimientos, hojalá y tuvieran un poco más de fe, tal vez si hubieran guardado sus energías para la defensiva. La infamia se encorva en los corazones de la industria militar, con que gentileza masacran rebaños de pobres desahuciados, luego de que están muertos llega la ayuda humanitaria para aquellos que han resistido la inanición subyugada, no hay para que pedir tanta piedad si nuestras voces no tienen altoparlantes, nuestra verdad no sirve porque no está besada por la justicia infinita, tal vez nosotros somos culpables por no ser occidentales; los asesinatos son un canto para la democracia que se codea con la economía global; las bandadas de miserables son un estorbo para nuestra conciencia tan tranquila y feliz, vean todos como les arrojo a los campos minados osos de peluche para que acaricien la felicidad que yo siempre he poseído, con ese gesto quiero compartir mis bagatelas y sentir misericordia por ustedes los desgraciados. Pero sí, quiero saber hasta donde pueden aguantar tanta desdicha, quiero verlos esforzarse con sus vidas repugnantes, quiero jugar con sus existencias porque la vida me aburre y no tengo ni sueños ni dirección, solo la decadencia me guiñe el ojo. Me embriago de adrenalina nomás  de ver correr la sangre por sobre las piedras cortantes y polvosas de las montañas desérticas y la madre tierra acoge esa humedad plasmática y la convierte en veneno, en la venganza graciosa, en la fe de los infantes.  Desde la madrugada, el polvo ardiente que ha viajado desde el norte comienza su migración hacia el interior de mis pulmones, su toxicidad, un día cualquiera me hará un garrafón de polvo y engrudo. Su agridez se acumula en la saliva que atraganto con penosidad.  Y cuando estaba en eso me cayó un avión cuando estrangulaba este aire de  crimen. Son los soldados sobrealimentados con anabólicos esteroides contra soldados escuálidos  y famélicos, unos lo tienen todo, los otros sólo su dignidad ¿Quién ganará? Los perdedores siempre serán los perdedores, pero antes rodarán muchas cabezas por muchos años hasta que muera aquél que se convirtió en hombre y nazca el nuevo mito de aquel que también fue sacrificado y se le adorará. La tribu de  los sobrealimentados guerreros jamás se volverá a recuperar, pues las distintas tribus de famélicos estarán en su contra.


Mientras observaba el suelo con una mirada abstraída, un pequeño objeto se me acercaba, tenía la inestabilidad de una entidad desbalanceada, era como si le pesaran las hormonas, mi excitación se puso a dar de brincos, a convulsionarse sobre la banca, a darse de topes sobre lo más cercano y era tu hermosura. Las panteras noctámbulas, se evaporaban cuando aparecía el alba con su rebozo de rocío. En esos parques sólo quedan los deportistas apresurándose a sudar la camiseta. Tú carretera de empalmes guiñe el ojo gótico; ¿Eran acaso tus redondeces quienes ejecutaban en mí tales hechicerías?  Y comentaba: ¡Vamos yendo hacia el placer, hacia la lubricidad que nos acoge con verdadero fervor y patriotismo! Se me rompía la intención con un chorro de agua. La fuente en desparpajos hacia el cielo, escupiéndose a sí misma; decidimos irnos hacia las copas de los árboles: Ella y yo sosteníamos la voz desde lo alto de las ramas y allí, haciendo el amor arriba de los troncos iba contra tu voluntad apretando esos cabellos desenfadados entre mis dedos, la vaciedad del rostro es iluminado candorosamente.  Las sombras de los fantasmas colgaban del techo azulado, a la izquierda de esa habitación abierta se apeñuscaban sus mascotas: los mosquitos, las larvas de mosca, el moho caliginoso. Después de que las hojas cayeron y volvieron a renacer, resultó ser al paso del tiempo una amante polar, su bazar de deseos se industrializaba gélidamente, desde que habíamos comenzado en un parque; su ternura era un saltamontes y quienes ejemplificaban esa ruta eran sus brazos. Sobre la esmeralda libélula, un hombre con aroma a infinitud , persigue espectros que se diluyen en lontananza

La energía del diablo ha llegado a acariciarme con su fino terciopelo, ella ha sido como un canto que ha llegado a mis oídos con uno que otro golpeteo. Lo perverso se me ha acalambrado como el ácido de un limón sobre la lengua,  y ha sido la acidez que me ha llegado a partir del año en el que vivo. Los extranjeros viven en sus guerras y me invitan a masacrar a inocentes, yo vengo a esta guerra ensortijado de fosas en los cabellos. Cuando regrese de nuevo el verano, la gangrena de las torres gemelas me habrá alcanzado. La alondra que correteo anarquistamente hace un merengue de mi tan confiada certidumbre, espero quedar satisfecho  de tal amuleto; y aquí voy por Tlaxcala respirando, metiendo el aire avejentado, venido a menos desde aquellos antiguos días—Mi madre una ocasión me dijo que volvería a ser en el futuro el mismo de antes, el mismo infante insufrible y desbalagado que anduvo por los caminos viejos de Tlaxcala, aquellos de tepetate y empedrado, los senderos, los caminos reales, aquellos en donde eran dueños los burros y los carretones— La intención de desprenderme de aquí ha sido cuantiosa. Aún no he encontrado quien afile mi machete para poder cortar con facilidad esas raíces; pero, se repite de nuevo en mi mente esa democracia pusilánime, coja, desbaratada, llena de iniquidades; La democracia trabaja con explosiones de virtud y de esa en la actualidad hay seriamente muy poca, ella es una chamaca que a veces o peca de ingenua o se le cae el moco. ¿Cuanta hospitalidad hemos de construir nosotros los  desheredados para saciar a los pudientes de enriquecida codicia? Mis pequeñas y grandes percepciones deambulan por la mezquindad de los aristócratas anodinos. Este es el lanzamiento de la realeza a una lumbre porosa, la coronación de la logia, el sitial  para la  gentuza que come su chatarra, el ritual fofo para adorar a los blandos del espíritu porque yo como una estatua voy disipado como un abismo muerto, enteramente ocioso. Tengo una alucinada y derramada frivolidad para los de allá afuera, ¡Cuanta esplendidez distribuyo aquí pausadamente! Voy a desparpajar unas oraciones en la iglesia a fin de que ese hombre se consuele aunque sea un poco sobre la enorme insensatez que me sublima. Me persigno frente a mi cabeza, afuera continúa la dramatización de los vientos inestables.

Todo ser vivo busca un sitio en donde extender su existencia, consumirla, yo he preferido esos sitios donde cuelgan del cielo pellejos caliginosos, parcos de abundancia y allí, una vez que ya esté metido en ese panteón de los desdichados, me buscaré en tus llagas. Habré de pedirte subir a bordo de mi mano derecha, esa con la que escribo estas maravillosas acotaciones, ya que he sabido por el cielo en el que vives que has pedido ayuda a los perturbados a ver si ellos tienen alguna respuesta. Y así como tú, reinicio a soñar esas angustias durante toda la noche: el cortejo con los locos, la observancia y calidez de las niñas, el desamparo permanente; por lo menos sé que todo loco tiene oculta cierta riqueza desconocida, en eso podremos estar ambos de acuerdo.

En efecto, con toda libertad sincera, ha salido en fuga el mapa de los antepasados, la diversidad de sus trazos ha estimulado mi regocijo como una golondrina que va al vuelo sin rumbo fijo. Después de esa distracción pesadamente confusa, continuo con esa larga lista de obsolescencias que a tantos les gusta delirar, como si subieran a un autobús de locos rumbo a la tierra de la  demencia. Voy a deglutir sobre ese rumbo algunos cambios de velocidades, la variedad que toma el peón en el juego es el jugo que le da vida a la existencia; hasta mí llegó una respuesta hecha de mimbre y recortada: No significa nada el que tiremos en lo oscuro los cuadernos de apuntes, tampoco el que nos veamos inmiscuidos en la gracia de una carambola de amantes, lo que sí hay que tomar en cuenta es que eso es parte de nuestra vida, y hay veces que en ello nos parapetamos  reconfortadamente. Hemos cambiado en este frenado de velocidades, la literatura se fue mucho al demonio, ahora soy comerciante y vendo pantaletas y pañales, como buen acomodador de frases y oraciones, ando subempleado en pinturas y regalos; El terapéutico acomodo de lentejuelas y canutillos,  de velas y adornos barrocos a servido para dejar  de bufar por un buen rato y así evitarme la diabetes. A aquel recuerdo letrado le dio Alsheimer  y me sirvió mucho de provecho, ya ni siquiera se hacer uso de la palabra, la sensación de culpa como barcaza hacía agua desde hace una cosecha, siempre me había repetido que la capacidad de asombro no sirve, si no llega a convulsionarte. Mis artes literarias ya se cansaron, prevengo un ascenso  hacia ningún sitio, la llegada hacia lo desconocido que tal vez tenga que ver con la educación con el cuerpo. ¡Sí! Este ha sido un buen momento para dejar mis intereses en un gancho colgados ¡Los ángeles deberían apalear a los poetas! Las hurañas teclas me tientan a seguir decodificando sobre de ellas, la tela cognitiva que se apeñusca en la conciencia. ¿Cuales son los próximos corazones en los que derramaré mi corrosividad?  Quiero ser como un quiste sobre de ellos en los que he de hacerme un monolito olímpico. He de mostrarles tanto mi debilidad como mi fuerza en una ruta que ya todos conocen, pero reinventada sobre un lecho de muerte, y voy bajo consuelos milenarios extendiéndome como tinta de la antigua china, cae la pluma en el cielo y las estrellas barren la banqueta para que pase mi tumba.

Tengo dentro de mis orejas un par de escarabajos que edifican hacia fuera el desequilibrio de las cosas y del mundo entero, por eso viajo como un peregrino, el druida tlaxcalteca en pesero, el paisaje siempre es café, polvoso, de estructuras marcianas; tras la ventanilla del autobús los mejillones se pegostean en el vidrio para viajar  de mojados; los viajantes van desprendiendo estelas multicolores como espejismos de paraíso, con que ferocidad voy y me paro en medio del edén a hacer con las vírgenes algunos erotismos; después de ese lance apenas si puedo tragar saliva con dolor de cabeza y los ojos agotados, me cobija en esta mansión de miseria los trapos de colores, el piso amarillento, la diarrea que me cunde desde el día domingo, y mis pasos que siguen teniendo el color de mis ojos. Duermo con una calentura de puta en cuarentena, luego llegó un pez a despertarme con un sonoro rechinar de dientes, se arrastraba por la habitación como engendro de los mil demonios. Cuando recobré la razón estaba sobre un balandro azul en rumbo fijo siguiendo un lampo, que a lo lejos se despatarraba por sobre el horizonte.

Me siento hundido, tratando de dejar los ojos pendientes, pero me gana esta abulia tan terca y tan constante, ese par de ojos van injertados a la realidad que me aburre. Si viera mi padre como disfruto de estos periodos de aletargamiento, de flacidez espiritual, de modorra industrializable, de comparsa con  la horizontalidad. Hay momentos en que pierdo la esperanza de continuar  con esto mismo y su somnolencia, pero recapitulo y sigo, a veces lo único que me interrumpe es una miada, la pequeña incomodidad de las cobijas o el zumbido del sueño que me lleva a otros devaneos igualmente desconocidos. Tumbado en la cama, con esa ingravidez continúo con deportes muy monos y nada desgastantes como el roce de las plantas de los pies, el continuo y desparpajado  bostezo, la palpitación automática, o mi goma para borrar tristes recuerdos. Me dejo de esos rebuznes poético-filosófico-literarios y me afano a convertirme en barbaján, en un cualquiera, en un don nadie.  Mi padre tenía la devoción, la alquimia de la quietud casi santa, perfecta, casta; de él he aprendido a hacer que el tiempo resbale como con aceite de ricino, sin dejar marca ni pena. Me aviento a la cama a hilvanar pensamientos cada vez más confusos, una y otra vez construyo  guarismos que sólo en la almohada  puedo delinear. Busco que sean suficientemente borrosos como para que me lleven a los sueños, a las dormitaciones, a la claridad del día de mañana. Nada tiene mayor importancia en este momento más que cerrar los ojos y volver a dormitar, acomodándome muy bien a todas esas angustias que me acompañan, tales como reír en el abismo, y bailar en honor a la incertidumbre. Los abismos están furiosos, son unos tipos sulfúricos, todos ellos en la intemperie braman con vigor las enormes cifras que saben atragantarse, y así es como les fascinan esos vinos ciegos, reaparecerá su misión de vértigo entre los despeñaderos, donde la atmósfera es sana aunque nos corte aún más las pequeñas llagas viejas que tenemos de años, cuando caminábamos en la tierra determinada por esa hogareña religión hecha para tener buena muerte, la que tiene la tradición de las yeguas moteadas. Sigo persiguiendo esos despreciables corazones por el boulevard, continúo lanzando un poco de la nieve que se acomoda en las jacarandas evaporadas. No hay nada para ti en la historia más que esos sitios elementales donde se pueden acomodar muy bien un par de perseguidos, y arrodillarlos con gran elegancia ante nosotros. He decidido pasearme por los sueños de algunas mujeres amadas, escuchar el zumbido de sus cuerpos que van en popa a la eternidad,  desbordando  su residual  y fecunda vida con el panorama de un impulso hacia los despeñaderos blancos y caliginosos; esos que se encuentran cerca del mar de la Mancha. Espasmos y lamentos se sumergen en mi espejo de aleteos y  lágrimas resignadas en el tórrido revés de la tropa, que se afana en buscarme  bajo las piedras o entre los surtidores o en el clima que está siempre en brumas, pero yo al igual que las afganas no poseo  ni siquiera el más mínimo lamento o dramas coagulados ¡Cuantas lágrimas aún puedo derramar ante mis desvaríos! ¿De que manera puedo mal formar  una docena de arrugas? ¿A donde puedo visitar al poeta que tiene panteras como rebaños y traga espuma horrible que queda quieta en la barba gris? El poeta que bebe hidrógeno y busca tempestades.

He pulido mi bella faz con el velo del fantasma, lo que él ha buscado en los turnos de la medianoche  han sido los  vuelos de sus aristotélicas figuras, las cenizas han quedado en la canasta cerca de los planetas que han sido arrebatados a los diablos de los desastres ¡Vamos en busca de las cantoras para que hagan florecer un tiempo nuevo en sus voces absurdas! Esta es mi epopeya, la que sólo desparpajos acomoda como hechos, la que sólo en los manicomios se logra vociferar. Y eso es todo lo que soy, una tolva por donde pasa el tiempo ¿Quién no ha hecho oleajes para hacer que su voz se haga un péndulo y mueva el tiempo? Cuanto fango se necesita para dejar de ser un beato, o sea la figura de barro y majada que codiciarían los pobres y desvalidos, aquellos que sólo tienen harapos tristes sobre sus cuerpos muertos. He redondeado los kilómetros de suplicios por los que todos pasamos, de tal modo que detestemos menos cuando lleguemos al huerto humano, donde se cultivan los frutos tanto de los hábiles como de los enfurecidos de la vida; ¡Vean como salen de esos frutos sus propios alientos! Sus feroces espasmos que aunque son de ese modo ustedes no perciben; ¿Consideran a caso necesario que les vocifere su largo discurso convincente el de la cabeza blanca y cuerpo grande? Y observa como bastará sólo un poco de tu sed para que me desparrame en tus labios diminutos y seducir de ese modo tu cuerpo totalmente ofrecido, como desfloramiento primigenio.

No tendrá rendimiento esta palabra porque sus senderos seguirán siendo ásperos como los hombres primitivos y también porque su ancla ha sido afirmada en los altos peñascos donde corre la lava y el áncora es llevada y fundida en el entorno; las sendas embrionarias donde se desliza esta palabra, son infructuosas porque nadie escoge por voluntad propia los caminos más tortuosos e infames, sino aquellos que son fáciles de digerir, sin embargo, creo que cada humano tiene ganas de descubrir su silvestre interioridad y su pozo de vulgaridades y en este conjunto de oraciones encontrarán  un muelle donde cada uno puede atar su espíritu y dejarse impregnar por la niebla del alba.  He podido acodarme sobre el escritorio y descubrir viendo las letras que aquel, el de las palabras, ese que es más que yo, algún día me va a partir el hocico y va ha hacer que mi nariz sangre por el madrazo tan contundente, para entonces abre descendido hasta la ciudad monstruosa, esa que a veces tiene cielos de lujo e idiotas en sus elites.

Vuelvo a estas vísperas de los años nuevos, donde el placer por el futuro se avecina jovial en la estación más friolenta ¡Si pudiera yo vengarme de sus paseos! Observar como viajan con el ganado con su pose de seres salvajes con el celo apropiado de sus nimiedades y yo viéndolos con una mirada mortal, maravillosamente contemplativa y más bien como tiempo sostenido. Muchas ocasiones me he tropezado en esas banquetas de ciudades desconocidas, donde la gente sana su interior en las caridades que decantan en la banqueta, buscan mejorar un corazón que desde que nació ya está partido, buscan una recompensa en la conciencia conmovida; cubican sus ganancias futuras ofrendando, pero yo seré un sonámbulo  como las sombras de los autos en la noche o las palmeras de la costera; sólo así me olvidaré  de todo, olvidaré que algún día estaré muy lejos, asaltando los corazones de los anónimos, acomodando mi genética para potenciar los imaginarios, olvidaré todo aquello que he maldecido y de aquello de lo que me he vanagloriado, olvidaré que algún día fui humano y que perseguía como un poseído mis sueños tan pobres y desnutridos; sí, sólo así me olvidaré de todo, me olvidaré que alguna vez busqué el conocimiento de las cosas, de la realidad, y la sabiduría me llegó espantosamente frente a una realidad que me acalambra por la ignorancia que tenemos de nosotros mismos, me quedé por largo rato observando el abismo, dije una oración y esa oración rebotó en mi oquedad, es el latido del corazón que continuará hasta que ya no haya resonancia en esta caja que soy yo, perfectamente vacía. ¿Has pensado que pasará cuando ya no esté, cuando ya no puedas escuchar mi corazón? Las cosas habrán cambiado muy poco pero las minúsculas semillas de mi canto podrán despertar los guardados sofocos y escupirlos indolentemente.

         Después de tantos años mi joroba se ha transformado en elegancia, quizá alguno ha de preguntar porqué, lo que pasa es que en mi vida me he dedicado al ofrecimiento de las disculpas, de agachar la cabeza para que otros pasen sobre de mí, mis educadores me habían adoctrinado maravillosamente; fueron días de melcocha, de decir sí al mismo tiempo que se pone una sonrisa de estúpido que quiere ser aceptado en la sociedad; uno puede ser inmensamente feliz de ese modo, pero no veas la otra cara, no te muestres ingrato al levantar tu mirada furiosa, esa que da mentadas de madre, que injuria, que acalambra las castas, los escalones; porque entonces sí estarás desprotegido, desnudo de estructuras, experimentando en las veredas adversas, sobre esas nervaduras nadan los perseguidos. ¡Ya no estoy en esa disposición de pedir perdón! De eso ya estoy tan aburrido como rabioso, ahora quiero andar por el estercolero de la desgracia. No sé ciertamente de donde se me ha pegado esta indocilidad, ha sido de algún modo un extraño envenenamiento, una alquimia impura que he de haber tomado en una fonda del mercado, pero dicho movimiento me pone chueco, el bacanal ya lo estoy viendo, lo mejor será que vaya en este momento a vomitar al baño todo lo que me he tragado; puede que en la enorme sopa salga alguno que otro nagual amargo que habré comido sin darme cuenta; mas por lo mismo, algunos no estarán de acuerdo en que yo levante la mirada, el que sea engreído, el que tenga mi máscara altanera ¡Sí! Soy soberbio y esa es mi mayor venganza, después de todo algo ha de quedarme del ampuloso mercado y esta virtud  se recuesta mucho mejor entre los desposeídos.

Circula el año y aún no he terminado de cansar la planta de los pies, continuo ensuciándome del polvo en las avenidas, sigo trapeando con mi espíritu el sudor que ha dejado la gente en las calles, continuo salpicándome del lodo que se ha asentado en los caminos tortuosos e insolventes; ando y mi respiración se subyuga para hacerme vivo, para mantenerme constante, para continuar limpiando de escombros la ciudad; sólo en parte estoy en contra de esta potencia vana, esta la que me hace permanecer a ras del suelo, a la altura donde el polvo habita, sitio donde nos avecina las pequeñas partículas, el cosmos de los zapatos, del olor de los pies de los peregrinos o de los comerciantes ambulantes, es una altitud propia como para que los perros te laman la cara. A cuantos sitios he pertenecido y cuantos panoramas he sacrificado para ponerme el  guarache que cobija al desarrapado, heme aquí con una pulida obsesión por demostrar que nada me importa, que todo se resbala por donde danza el polvo, que la polvareda encima nuestro es de nosotros, ese es  nuestro destino, la arcilla de la que estamos formados es miel sobre esos caminos de ceniza asfixiantes, hay que llenar de presunción nuestro sofoco pues así será que comprendamos nuestra constitución inútil.

Tengo frente a mí una cosmovisión harapienta, algo greñuda y contundente, en ella veo la historia famélica que se avecina, la fastuosidad de las zarandajas del mercado y un horizonte de fantochadas deleznables. No estamos ahuyentando la turdidez de las corrientes, sino que trenzamos la capa de las distancias. Andamos sumergidos en los conteos transparentes de los ríos, la modernidad se ha hecho un pambazo, aún así caminamos en ella, pero el paso ha  calentado la isla de colas con el mundo, en donde no hay lugar para la desconexión. Pronto se sabrá que caminaríamos jugando en rostros fecundos. Yo partí el mundo para confiar más en las partes. Mientras continúo, la tierra sigue conmigo así como las escarpadas de un espacio desconocido, opalescente; mi vía se curva por la bifurcación. En la actualidad hay tanto reacomodo social que el pudor no me permite decir nada más.

Escribo la historia con mi espalda sudada y con algo de dolor en las vértebras, me siento en flor de loto para ser un nihilista completo y para tratar de concentrarme en las próximas mentadas de madre ¿En qué sitios repartiré mi pesadumbre? El bostezo me trajo de nueva cuenta hacia mí, otra vez quiero despedirme y llegar a las zonas donde me pertenezco, el lugar donde soy la única fruta que trago, el elemento que me auto devora, el distrito donde olvido el dolor de la espalda, o el cansancio del trajín diario. Hace falta sólo un poco para que me contagie de las formas chinescas, cosas informes que se pegostean sobre los techos y las cosas, los objetos que allí viven y convidan su haber; Quiero extender mi espalda en mi camastro y dejar que allí quede soldado a la malla de alambre y resortes y no volver a tener el alharaquiento tormento que me acongoja. Pero cuanto sentimiento en mi se pone reacio, y hace un rellano en la infamia obsoleta que me acucia. Voy a fanfarrear en los sitios áridos  y mustios  el fariseísmo al que quiero entregarme, quiero ser en él fecundizante y rotundo. Voy a buscar a las víboras, a las raíces informes y cafés que se desprenden desde la tierra y forman arcos felposos, como si fueran cosas que solo las mentes dañadas fecundizan y son como espantajos.  Y se presentan de nuevo esos entes como vísceras cancerígenas o como bulbos gruesos atacados por viruela negra y escamosa. Ya me torcí hacia el abismo, hacia el par de cuevas que me miran como ojos enterrados bajo los muebles y que les caen pelusa en las corneas; a los bellos de mis piernas les ha crecido una especie de bulbos negros, como trufas con musgo, como cebollas  babosas y todos andan a cuestas con esta epidemia tuberosa, celulítica, fofa, gelatinosa, donde cada quién por la mañana tiene que rasurarse los bulbos y mientras más permanecen en la cama más les crece. Y adornar los tubérculos con moños es la moda porque eso también es revelarse contra la autoridad, contra la misma moral y la estética imperante.

Acababa de comenzar la tarde y ya estaba cansado de la anochecida, decidía mejor ir a casa a tomar una taza de café; afuera  soplaba un viento que no se arriesgaba del todo a despeinarnos y allí, como si fueran de raza superior van esas naves, surcando las ciudades, constatando que están saltando sobre sus tumbas futuras, desgreñando los días que transcurren, haciendo flamas con su  insistencia. La calle  ha desovado infinidad de canalladas y a danzado también sobre de ella la ingravidez de los grandes logros humanos, ante ello, trato de mantenerme estupefacto pero no puedo, se me aplatana una sonrisa en la cara, me canturrea la gravidez de la cotidianidad, observo como se alejan los pasos y voy remiso acobardándome en mi desdicha. Ando con una vida con las alas extendidas y con el cuerpo hecho con despojos y signos oscuros, esa es la onerosidad en la que en farras ando desgreñándome. He canturreado una canción cuando tenía mis manos sucias, como cantera bruta salía de la garganta, los sonidos se quedaron huérfanos cuando se fue el agua sucia que cargaba la mugre de mis manos.

Aquello que me salió al encuentro era una bebible sonrisa de colegiala, con un retozo de miedo, como si fuera toda ella una desventura que llega a mí en avalancha. Las venas de tus cabellos bajaban de lo alto, desnudos, como ramificados por una trenza van como sarmientos colgados en los muros, son tus joyas los hombros, como vasijas torneadas, como máscaras colgadas al lado de los labios curvos; y  allí en esa rendija aparecen tus pensamientos, peces de ternura, que florecen desde el pecho engreído. Rejuvenece el pájaro con todo y fisuras con su pico sepulcral y su estatura bajo el hombro, roza los pliegues, se engulle en el musgo por el tipludo afrodisíaco. La cosmovisión odorífera canturrea la apoteosis sin pudor, la contundente faramalla de acueductos. Va premioso a regalar sus uvas, la rama de oliva que carga en su genética, el instinto dormido que desde ese instante rejuvenece y presume su felposidad como fastuoso pavo real autóctono.  Las hormigas siguen por las banquetas buscando los sustentos, el breve paraíso sobre el suelo, van empujando el yunque espigado de la existencia, con premura y sin cuestionarse nada, codo a codo granula su alharaca diaria, conque poco consuelo se vanaglorian y yo con una rejega demasiado sembrada voy dando tumbos, de nalgas sobre de ellas, raspándome la cola y sufriendo por mis desavenencias.

El trafico se afana en moverse, pitan frente al semáforo, uno tras el otro van circulando, los sonidos se dispersan en el aire, y yo me quedo quieto para que todo pase frente de mí. Cuantas filas de carros habrá de aquí hasta el infinito,  cuantos motores habrán de rugir hasta que yo muera, ese mar por más que corra sólo ira a otros extremos igualmente perseguidos. Hay un terraplén lleno de pensamientos como playa abierta a la luz y se petrifica como horizonte asustado; yo quiebro su peso en un torrente hasta que los dedos me sangran como colmillos de fiera voraz. Me acomodo para disfrutar del verano, veo las curvas de la muchacha que se van acercando poco a poco, preparo el bronceador.

Esos ciervos lanzan sus palabrejas, trinos de susto, alientos de temor del moribundo, sus locuras flotan como un globo entre las gradas del circo, son almas que buscan tormento, o andan en busca de la espada que se les entierre en la espalda, sus cuerpos fatigados serán arrojados al fangal. Llegaron a tocar a mi puerta algunos aztecas obscenos y algunos orates de orfebrería que aspiraban bálsamos tortuosos en sus bagatelas con una jocosa audacia, de ello he de tener una comprensión austera, llana, pues la cosmovisión se hace confeti al llegar a la resistencia. La voluntad de Dios me extirpó un mendrugo de entretenimiento y me dejó sólo un orín que gozo pellizcando. El caos hace fructificar esperanzas. No distingo a la soledad, sino hasta que estoy bien metido en ella; Mientras coqueteo con estas oraciones, voy a cargar mis propósitos arbitrarios en un respiro.

Estoy aquí parado tratando de congestionar un trágico eructo que haga morirme de una vez, pues como ustedes habrán visto, he cacareado una perspectiva acongojada para que la fluidez del tiempo continúe en la misma dirección, hacia ese sitio donde sólo pueden ser entre el rebaño mis tiernos pensamientos. Ando alzándole las faldas a la realidad para verle sus vergüenzas y  tratando de congeniar con esta vida aplatanada y rancia, voy con mi esbozo flotante a buscar la marea que volteé de cabeza el iceberg de mis dudas; con esta poesía ando ralo, suelto, como orín de borracho, en suma: ando chisporroteando una inspiración muy guanga; Pues era de suponerse no encuentro aún el amplio sitio que serviría para decantar mi locura. De ahora en adelante todos tenderán a pensar en mí, y estaré en los oquedales más apartados, en la fronda paradisíaca más oculta, en el sitio del termitero más escondido. Resulté ser alérgico a la murmuración que hace Dios en las ciudades. Qué hago aquí ¡Maldita sea! Con una figura tan rural como la mía pero cuanta tristeza va cargando mi cuerpo flaco, a final de cuentas, llega la múltiple adversidad y yo cantando, aja, sí, se me emociona la cabeza: a ti persigo.

Ya terminé por conocer las sombras; Nada más glorioso que eso, ante estas negruras lo único que falta es que mis manos no me obedezcan. Me entregué al vacío, sólo falta bajar el swich, pero la verga se me para y quiere engendrar embriones igualmente enfermos. Ovillado en este hueco del mundo, la naturaleza insiste en humillarme, desconozco cuales son las intenciones, pareciera que la voluntad de Dios quiere arrancarme un pedazo. No hay que hacer nada, hay que irnos y dejar todo tumbado, jugar a ser fugitivos. Diezmar la esperanza falsa y mal puesta. Con la mente quiero hacerles boquetes a los autos, orinarme en los parabrisas, contaminar los interiores con gases del estómago, eructar frente al espejo retrovisor, dar de brincos y patadas dentro como enfermo mental, manejar como una bestia siniestra, cantar bien fuerte para que todo el tráfico sepa que me conozco la canción: ¡Quiero ser un patán feliz!

Mi espiritual enjundia es reversible en los días nublados, voy lánguido y chirriante al miserable exterminio de mi peregrinaje por estas azoteas. Ando por las calles vendiendo una insurrección para entretenerme en este campo agreste; al paso es como despiojar a un etéreo chango que va de rama en rama, por los días que han comenzado. Malmandado me complazco en oler la caterva de poseídos que codo a codo van restregándose sus egos a los vecinos de junto. Estuve riéndome hasta lograr un dolor de estómago, asestando un golpe de mi buena sátira en esta serranía. Estoy insurrecto en este rato con chispas de furor y voy globoso a señalar a los hombres violados de la mente; e interesado, en buscar los desconciertos con las lágrimas como gemas en mi tullido rostro, y pues, es  irremediable sostener que hace falta a mi espíritu una pronta hojalateada, pues su múltiple abollamiento afea el pelaje que se asoma superficialmente, dado que en esa extensión fútil está la charola insurrecta, sediciosa, díscola, perturbada.

Me asomo a la calle a ver a que hora aparecen mis confusiones para seguir haciendo poesía inestable, pero lo que llega de allá es el sonido del transporte público, las vulgaridades que de allí emanan, el olor que chisguetea de los puestos de tacos, de los tamales y de la chimenea de los baños públicos. Este día está demasiado hojalateado. Son los carros de colores, la avenida jadeante, el husmeo  que me cunde en un avance quebradizo, mis pasos siguen teniendo el obvio croquis del titubeo.  Mis pequeñas y grandes percepciones deambulan por este  diplomático medio ambiente, me recibe inaugurando una lluvia de tronidos, el gemebundo motor multiplicado, como un fruto, riega granadas zumbadas sobre dicho ecosistema, sí, ese es el problema de la excesiva movilidad de hoy. Mi diario acontecer se rasguña con las sombras de los fantasmas que cuelgan del techo de la ciudad. Y aquí voy por Tlaxcala ventilándome, ya terminé de soñar estas angustias durante el transcurso por la calle: lo perverso se me ha acalambrado como el ácido de un limón sobre la lengua, y ya lo ves, trato de desangrarme durante esas continúas jornadas  para ver si así mi existencia sabe un poco mejor que hasta hace un rato. Contra la voluntad del espanto que percibo, aprieto mis pelos desparpajados  y los sorbo a la lengua; sembrando así en mis pedazos la desconfianza. Voy a ingerir algunos cambios de vivezas, dejarme en piloto automático, entregarme manso a los diarios placeres de la vida y emplearlos como todo el mundo lo hace y todo el mundo se sale con la suya; dejar al traste esa preocupación fina, puntiaguda e inservible, pues sabemos sobradamente que es delgado y cascado el artificio como un encaje superfluo. El día de hoy no tengo ganas de confesar mis cobardías; más al contrario, ingurgitar maniobras propias de canallas sumisos como tantos en esta calle.

Somos muchas veces como el engrudo, unimos las cosas más fútiles Estoy pronto a dominar las direcciones, sólo falta exhortar a los fetiches a que no se atraviesen por mi camino. El valor de este producto es cada vez más insignificante y eso que apenas ando explorando esta interioridad, he de imaginar que si me introduzco completamente termino por perder todo valor, pero ya no quiero seguir luchando. Voy examinándome con fino escrúpulo y falsamente me convenzo de que en mi interior habita la certidumbre. Todavía ando con ganas de seguir madurando, persigo con demagogia mis desasosiegos. He perdido todo interés por continuar la mutación de mis gustos y de mis abnegados adormecimientos. Me repatea la fineza de la chusma, hasta un sorbo de orín sabe mejor, pues el pervertido promontorio de mis virtudes ha escanciado sus gemas hacia una oquedad sin fondo; voy tembloroso y acaricio mis ojos para ver si así se domestican a descubrir cosas menos empobrecidas, si no queda de otra y no hay mas que esta existencia que es opaca y enjuta que llevo a todos lados. Una y otra vez allí está la humillación a la que soy sometido. Es una  degradación que se me pega como saliva y yo sigo dizque señoreado con una pose de rey que anda a hurtadillas. ¿Ya vieron como va de tropezones la luz en este horizonte lacrimógeno? y pues nada, absolutamente nada en el murmullo que se recuesta en la noche y pasta en la negrura.