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peregrino3


PRENDIDO A LA LEYENDA


 “Para andar conmigo me bastan mis pensamientos”
Lope de Vega



V
iene avanzando la vegetación citadina, se guarece en los jardines de fachada suntuosa y yo en el auto, husmeo hacia los escaparates donde  las mujeres buscan la talla para guardar su par de pezones. Dentro de la tienda vi a la hembra-fruta, como una ilusión fantasmagórica. ¿Cómo es posible que una hermosa como ella me entusiasme el apetito? Si está tan lejos, si no coincide el tiempo, el espacio, el círculo. El recuerdo pasa dando tumbos en la memoria. Es un hecho. Malgasté el tiempo en tu sentimiento. En eso se acerca la mosca y yo diciéndole con sorna: “ven mi amor  que aquí está tu  matamoscas” y vuela golpeándose en el parabrisas dejando una melaza de entrañas.

Quiero que todas las hembras-fruta del pueblo vengan a visitarme. Aquí está su manjar; soy yo y todo este espacio es gratis. ¡Viva el mundo! Pero sin embargo pasa algo en el adentro que nada ni nadie llena y tu que estas conmigo Diosito ¿Sabes qué? Ya me siento humanamente solo; se me hace tan baladí estar en este planeta jugando al hacer, siendo que la genética tiene un punto final donde el ser no pasa, no es, es nulidad; ahora que estas conmigo. Qué importa. Acompáñame un día más en esta travesía.

¿Qué me espera en el mes siguiente si vivo en el edén? Asisto al baile del norte. Las exclamaciones  charras  son estridentes como si fueran los nietos de la “División del Norte” aún festejando las batallas. Siento la vibración en el pulmón, la entidad sonora me detiene como un macizo a la enredadera flácida. Y en la pista, bailan trenzados. Algunos no se conocen pero “no leaunque” aún así, el dúo se confunde en el cuarteto de piernas. Todos los espectáculos de un baile tienen una función: unir. Pero ¡Por Dios! El miedo de azotarme en los sentimientos propios es lo que hace que me aferre a esta silla en el baile de boda. ¡Diosito curtido de amor, ayúdame! Me siento desprotejido. Dame un consejo, una facultad. El entorno y la hora del día me son adversos, por lo menos déjame “ver”. —Escucho la voz de un demiurgo Curtido:

—Después del baile. Así, así, jugando, jugando le muerdes la media y poco a poco vas hincando tu voluptuosidad sobre la nalga— Y entonces, fue cuando le hice caso. Estuve prendido a la leyenda. Fui protagonista del Dios Eros. La leyenda se fijó en la visión sensual que corona la pupila diestra, sexualmente subversiva. Cuando permanecí prendido a la leyenda provoqué: Venas acústicas, brazos de estelas, galaxias orbitando en tu regazo; cantos y misterios embetunados en el bálsamo de besos. Me transubstancio en selva, en verde, en verano, en la vacación de la hembra virgen, en su propia ansia contenida. Me avisa la leyenda. —Suelta... ¡Muerde, muerde!— Soy trozo, ella pozo. Soy sandalia de alientos que se alimenta de la leyenda lánguida. La leyenda es caliente. Es la engendradora del sinfín, de la amalgama de epidermis, del cutis aglutinado en el corcel afrodisíaco.

Uno de tus cabellos quedó estático, prendido en el azulejo, como un recuerdo del tejido de caricias. El cabello y el reloj olvidado en el lavabo sensibilizan mis labios buscándote en el aroma del aire, como oliendo a la hembra en celo. Necesito afeitarme en tu sutil aura de niña costeña. Eres mi espacio. El orden geométrico que regula mi éxtasis de vida. Eres el dardo aconchado y oscilante entre mi cuerpo. Eres aliento impetuoso y quebrado en la tarde nublada de primavera.

Agradezco el olvido de tu reloj porque así podré unir el lazo de tu retorno. El reloj como una sortija de alianza, mostrando las horas pendientes, inquietas, tu próximo tiempo regalado, poseído, las horas ofrecidas. Los segmentos de mi crono se extinguen en la cotidianidad y renace en el encuentro balsámico de los besos. Los piropos prendidos a tu cabellera continúan como diademas que enmarcan el encanto, la magia de angelical dama. Pusiste  alquimias para guardar mi corazón en tu seno. Puchero de encantos como la melena tibia cobijándome cual capa, tanto como manto seductor que abriga las pasiones, encanto causante de entrar a tu parroquia. Ahora no soy más que una cuenta en tu rosario.

El sol rabioso lanza sus dentelladas sobre la tierra recién mojada, así se pinta el día cuando complacido, me deshueso la pereza. La hembra-fruta leyó sobre mí un paisaje de erotismo ancestral, tan antiguo como el recuerdo; ella  acarició los reflejos de una litografía y al fin de cuentas domó al semental cristiano y apacible. Era yo un budín de voluptuosidad. Los pedazos de insistencia hicieron su show en el tobillo femíneo y pusieron jugoso el asunto. Por la noche, la nocturnidad torpe permitió la aburrida epidemia de lunares minúsculos, de la luna rubicunda y de moscas zumbonas. La mosca posesiva insistió sobre la fruta fresca, y la fruta fresca fui yo, y le dije con grito despatarrado: “¡Ámame aunque sea fruta! Entreabre el piquito mi vida, así, así... ¡Cómeme!

Ando buscando por las calles y para ti, una metáfora ingeniosa, que diga todo; es decir, que encuentre en ella: genialidad destello, fiereza, óptica y a lo dicho agregaría otra lista de calificativos cubiertos en la ignominia. Desespero. El encarnado horizonte de nuevo se vuelve a poner desasosegado y eso no ayuda, las malditas moscas copulan donde más les apetece, entonces me distraen de este enorme esfuerzo: eyaculo enunciados fresas y ridículos. Mi maestro casi profeta dice tras la conciencia: “quien dice cosas sabias no sabe nada” Sí, ya lo sé, estoy harto de consejitos “socráticos” y tibios, ese griego lo tengo como el hombre más feo que ha creado la humanidad, si pasó a la posteridad fue por su filosofar; tan siquiera yo, me construyo los ojos de tigre, pero de tigre amable, moderno.

Leyenda. Tengo ganas de ti, pero mi cabeza sigue cosechando ideas como las anteriores, no lo puedo evitar, soy aún como la mosca merodeando la miel; pero, no soy  la abeja, no es mi identidad; me nutro de cuanta cosa pueda lamer. Intuyéndote. Acaricio el sexo de mi esperanza, después será el tuyo hecho fruta.

Me dirijo en busca de una parturienta para alquilar sus chillidos, porque me hacen falta; necesito escuchar el desgarramiento en alaridos para traer a la vida; y llenarme de asombro hasta sentir como se enchina el cuero, extasiarme con el dolor ajeno, cerrar los ojos y al abrirlos atisbar un nuevo ser; excitarme con la crepitación del vecino, como en la película protagonizada por Ignacio López Tarzo donde trabaja de vidriero. ¡Cuánta belleza estética hay en el dolor! Si no encuentro lo que busco, por lo menos comerciaré mi piel con la hembra-fruta, para un masaje insano. 

La belleza de las mujeres me invita a una ruta elástica. Me preparo como amante a chupar lo inalcanzable. Pero... ¡Si  pudiera llegar al manantial donde nace lo clandestino! Sí, eso es... lo prohibido como símbolo de mi libertad, como corona de héroe indómito. Como si adquiriera una fuente de vida furtiva y con ella industrializar la anarquía. Que me invite Afrodita a algún bacanal, al cabo que ya desde hace meses estoy dispuesto a todo, inclusive ha ser de la burguesía. Quiero que me ocurra íntegramente como en un principio. Sí, eso es, que acontezca lo peor, al fin y al cabo no estaré mejor que si ya estuviera muerto.